sábado, 23 de junio de 2018

Agua fiesta

por Javier Debarnot

El servicio meteorológico, siempre tan aguafiestas, venía anticipando que a la hora de la final se largaría una tormenta. Pero uno tiene la esperanza de que el pronóstico se equivoque, ese de índole climático y también aquel que presagiaba que era imposible conseguir entradas para el partido más importante de la historia para mi club.

Estando todavía en Barcelona, empecé a mover varios hilos para ver si algún amigo desde Buenos Aires me conseguía un sitio para el encuentro definitorio de la Copa Libertadores. A los dos días recibí una respuesta categórica: era imposible.

Fue un mazazo inesperado, suficiente para expulsar a todas las ilusiones de mi cuerpo con sus gorros y banderas. “Salgan ya mismo, no habrá milagro”, les dije y las vi alejarse cabizbajas hacia el destierro de los sueños truncos.

Vi el lado bueno: al menos podría seguir la final por televisión, cerca del estadio y sentado en el sillón con mi padre. Iba a volver a Argentina después de siete años, y ver a River campeón en el living de mi vieja casa ya era un motivo de inmensa alegría.

Pero cuando la misma noche de mi regreso mi papá dijo “yo podría entrar gratis con mi carnet de vitalicio”, sentí un estruendo lejano, el de miles de maletas apoyándose en el suelo a la vez: mis ilusiones dejaban su equipaje suspendiendo su viaje a tierras oscuras para volver corriendo hacia mí con sus gorros y banderas. Volví a creer.

Lo que son las vueltas de la vida. Cuando somos chiquitos, queremos parecer más grandes; cuando nos hacemos grandes, queremos volver a parecer chicos; y cuando necesitamos colarnos para ver una final de Copa –en este caso yo con el carnet de mi padre- haríamos lo imposible por simular que tenemos cuarenta y ocho años aunque el documento acuse treinta y nueve. 

Faltaban tres días para la gran cita y yo soñaba con un par de cartas que tendrían que ser mis cómplices: la oscuridad de la noche que ocultaría mi rostro juvenil, y la multitud que lo torna todo confuso.

El día D hubo apenas un tenso cruce de miradas entre el empleado de River y yo. El mundo se detuvo a nuestro alrededor y ni nos hablamos. Sólo existió telepatía. “Vos no tenés cuarenta y ocho años”. “Obvio, pero dejame entrar”. La palmada del portero en mi espalda fue como un “pasá rápido antes de que me arrepienta”. Y entonces pisé el Monumental después de siete años.

Cuando el equipo estaba a punto de salir al campo, el humo de las bengalas y el olor a pólvora de los petardos provocó algo embriagador en mi cuerpo. Miré otra vez al cielo para ver si llovería, pero cuando bajé los ojos entendí que ya era tarde para frenar la catarata que se me venía encima.

Estaba en el lugar donde había soñado gracias al carnet de mi viejo. Era eso lo que le daba el toque agridulce al momento, que él no estuviera conmigo como había estado casi siempre. Como cuando se perdía los goles por llevarme al baño a los catorce minutos del partido porque yo sólo tenía cuatro años; o como cuando siendo un poco más grande me alzaba para que viera desde la parte alta de la tribuna a los hinchas que allá abajo parecían hormigas; o como cuando me enseñaba que aunque estuviéramos lejos y no se advirtieran los números de las camisetas de nuestros jugadores, podíamos reconocerlos por su forma de caminar, o que en una tarde de lluvia había que tener cuidado con Lanús porque “era un equipo bueno en el barro”; o como cuando yo tenía trece y a él le agarró una lumbalgia que lo dejó tieso sobre uno de los playones internos y yo no sabía cómo ayudarlo, aunque al final fue cuestión de esperar a que pasaran su dolor y también mi angustia; o como cuando yo procuraba sentarme siempre a su derecha y camuflar con mi brazo más lejano a él el cigarrillo que atesoraban clandestinamente mis dedos, como si no se diera cuenta de que había empezado a fumar; o como cuando aproveché un entretiempo de un partido de Copa para decirle que habíamos decidido irnos a vivir a España con mi mujer y mi hijo, y se lo dije tan de golpe que le debe haber caído peor que un gol de Palermo sobre la hora.

Quizás el recuerdo de todo eso junto hizo brotar lágrimas de mis ojos que no estaban pronosticadas, o quizás sí, y en realidad era el agua que sí o sí estaba destinada a caer esa noche de agosto. Quizás ese quiebre sea la explicación de por qué el fútbol es una pasión tan simple y compleja al mismo tiempo, pero que tal vez se resuma en que el fútbol es una excusa para querer y ser querido. Acaso esa salida al campo de River conmigo presente pero sin mi papá, y después de una larga ausencia, sirvió para reafirmar que el deporte de los veintidós tipos corriendo detrás de una pelota no es más que un puente entre mi viejo y yo, desde donde vemos cómo van pasando los años, cómo crecemos y envejecemos, cómo cambiamos y cómo nos cambian la vida y sus circunstancias, mientras de fondo están los veintidós tipos corriendo detrás de una pelota de los que sólo nos interesan once.

Y después de ese descubrimiento empezaron a caer cubos de agua sobre los hinchas, los jugadores, los arcos y el balón, cuando a mí ya se me había apagado el llanto. Enseguida vino la ansiada final que trajo otra lluvia, en este caso de goles, y un par de horas más tarde hubo fiesta. Pero habiendo descubierto yo la verdadera magia y esencia del fútbol, ¿alguien puede creer que de verdad interesaba el resultado por sobre todas esas pasiones desatadas? La respuesta es obvia. Claro que sí.




miércoles, 6 de junio de 2018

Un infarto en el entretiempo

por Javier Debarnot

Dice la actual esperanza de vida al nacer que, si no ocurre nada raro, se pueden vivir como mínimo 80 años. Podemos concluir que son dos tiempos de 40 años y pico. El 6 de junio de 2017, meses después de soplar las 41 velas, yo estaba en el descanso, digamos en el vestuario, preparándome para salir a jugar la segunda parte de mi vida.

Entonces, el Barba me frenó en las escaleras del túnel y me dijo:

-No, Javi, descansá tranquilo que el segundo tiempo no lo jugás.

De repente, y cuando uno piensa que lo tiene todo controlado, pasa algo que te deja acostado mirando al techo. A los tres segundos se te empieza a nublar todo y "clac", se te apaga un rato la vida. Lo que algunos pueden definir como metáfora de aprendizaje, para mí fue una embolia pulmonar.

Eso lo iba a saber varias horas después, lo de mi diagnóstico. La embolia pulmonar, una absurda desconocida para mí, era siendo más específicos un trombo-embolismo pulmonar, y siendo más dramáticos, un infarto de pulmón. El tema es que cuando me recuperé de ese primer desmayo, tenía en primer plano las tres caras que más me importan en el mundo, mi mujer y mis hijos, que en ese momento fueron ángeles y, por suerte, me daban la bienvenida otra vez al mundo.

Nunca me había desmayado en mi vida sin razón aparente. Andre me dijo con mucha sensatez que debíamos ir al médico, y como está a unos 400 metros de casa, decidimos ir caminando. Pero algo no iba bien, o no seguía yendo bien, porque tuve que sentarme en plena vereda para no desmayarme por segunda vez en menos de una hora. Y entonces conocí un techo inédito en mi vida, el del interior de una ambulancia.

El primer destino, un centro de salud pública, fue un acto fallido que no hizo más que ahondar mi problema. En realidad, el error fue de un compatriota que estaba a cargo y que en una horita me estaba dando el alta y me mandaba de vuelta a casa por mis propios medios. Casi me desmayo otra vez y ahí fue cuando mi propia mujer le sugirió al médico cordobés que podía estar sufriendo una trombosis, al ver que mi pierna derecha estaba un poco hinchada y ardía de temperatura.

Sí, el simpático doc a punto estuvo de mandarse una gran cagada, y yo me puse en sintonía con él orinándome encima al desmayarme como Dios manda, otra vez hacia la oscuridad hecha y derecha. Al despertarme recibí esa noticia estupenda, de que al perder el conocimiento suelen aflojarse los esfínteres, así que iba a estar con el pantalón meado por unas cuantas horas. Con la dignidad por el piso, otra vez me tocó apreciar el techo de la ambulancia que me iba a depositar en el Hospital Clinic.

Pasé el resto del día y absolutamente toda la noche en una camilla que iban acomodando como una pieza de Tetris en la sala de Urgencias que se iba renovando minuto a minuto. En ese periplo me tuve que quitar la ropa, ponerme esa bata que te deja con el culo al aire y escuchar mientras tanto gritos y quejidos de toda calaña. El mundo de la sanidad pública es maravillosamente caótico, pero el personal médico y de enfermería obra el milagro de que te sientas seguro y cuidado.

Durante esa eterna vigilia me dieron el diagnóstico oficial, el trombo-embolismo que había provocado los múltiples síncopes, o dicho en cristiano, los benditos desmayos. Yo no entendía nada de todo eso, y los médicos tampoco sobre las causas que habían motivado mi ingreso a Urgencias. La patología que estaba sufriendo era típica de un paciente de vida sedentaria, fumador o protagonista reciente de un viaje que le hubiera inmovilizado las piernas por largas horas. Y yo venía nadando tres veces por semana, llevaba meses sin meterle tabaco a mis pulmones y un par de años sin subirme a un avión para cruzar el océano. ¿Por qué a mí?

La cuestión es que una vena se había obstruido en mi pierna derecha y era la culpable de todo. Esa misma noche, estando yo casi desnudo y entubado por mil lados, me presentaron a quien iba a acompañarme durante cada día por unos interminables seis meses: la señora heparina, encargada de anti-coagularme. Además de sacarme veinticinco mil muestras de sangre y pincharme por aquí y por allá hasta dejar mis brazos en modo colador, en plena madrugada me llevaron a hacerme un TAC para observar de qué manera se había desperdigado el coágulo de mi pierna derecha hacia el pulmón ocasionándome los desmayos. Había que evaluar los daños y por suerte habían sido mínimos.

Me di cuenta durante el trayecto de Urgencias a Tomografías que llevaba horas mirando los techos del Clinic, y esa sería la tónica durante los siguientes cuatro días que me quedaban de internación. Si uno es creyente y se ve en las últimas, observar hacia arriba quizás te sugiere que detrás del cielo raso se esconde tu futura morada. Pero yo no quería saber nada del Cielo, porque sentía que la tierra me estaba esperando para jugar la segunda parte de mi vida con toda la intensidad del mundo.

El problema fue cuando, ya trasladado a Helios -que era un sector del hospital que se antojaba como una especie de limbo porque era la escala entre Urgencias y las habitaciones de las especialidades-, pude recuperar mi móvil después de unas eternas 24 horas. Mal dormido, débil y sucio, la orden que mandó mi cerebro a mis dedos no fue la propicia: buscar en Google las benditas palabras "trombo-embolismo pulmonar". Que idea tan pelotuda, Javi.

Primer resultado, directo al mentón: "el 15% de los pacientes que sufren un trombo-embolismo fallece durante el primer mes de tratamiento". Okey, es obvio que yo estaba entre el 85% restante porque ahora estás leyendo esto, pero aquella mañana no fue una noticia muy alentadora que digamos. Además, la sentencia venía de una publicación seria, oficial, de España y del año anterior.
  
Andre, que iba de arriba a abajo haciendo todo por mí y por los nenes que estaban momentáneamente sin padre, muy cerca estuvo de quitarme el móvil, pero se apiadó de mí y en cambio me trajo amigos y libros. Trini, Cristian y el otro Javier fueron mis fieles laderos durante la corta estancia en el hospital. Mientras tanto, los siempre generosos Dani y Maricarmen cuidaban a mis hijos mientras mi mujer estaba conmigo.

La segunda noche, mi pesadilla fue estar imposibilitado por orden del médico para levantarme al baño, que lo tenía a dos metros, y entonces para "hacer lo segundo" no me quedaba otra que pedirle al enfermero que me alcanzara una especie de bandeja mullida. Una mierda, pero yo que soy muy pudoroso no soporté la presión y, a pesar de que lo intenté por duplicado, no pude dejar ningún regalo.

El mejor regalo me lo dieron a la mañana siguiente, y vino por partida doble. Permiso para caminar -y por ende cagar y ducharme- y el alta 24 horas después, con el inciso de que se trataba de un "alta con internación domiciliaria", es decir que no podría moverme de casa y que cada mañana vendría personal del hospital para supervisar cómo iba todo y si me aplicaba la inyección de heparina correspondiente.

Al final, la historia se extendió unas semanas más, con desfile de enfermeras incluido y algún que otro susto con nuevos amagues de desmayo, quizás la resaca del trombo que se resistía a irse sin saludar. Contando desde el día en que empezó todo, en la sanidad pública me habían dado una baja laboral de siete semanas, y yo, en una actitud para que pusieran una foto mía en cada centro de salud de España, pedí el alta voluntaria y volví a trabajar después de cuatro semanas. Regalé tres por amor al arte... ¿o por boludo?

Volví a la normalidad, al horario full-time de agencia e incluso a nadar y a practicar otros deportes como zurrar a mis hijos -broma-, pero cada mañana estuve obligado a auto-inyectarme la dosis diaria de heparina, a la derecha o izquierda del ombligo de forma alternada. Si Messi había hecho algo parecido durante años en su infancia, por qué no podía hacerlo yo durante unos ciento ochenta días.

¿Mi recompensa? No desarrollé mi físico para llenar los estadios de records y goles como la Pulga, pero simplemente pude volver al campo de juego para jugar el segundo tiempo de mi vida, aquellos cuarenta años y pico que en teoría me quedan antes del pitazo final del Barba. Y jugando con mi mujer y mis dos hijos al lado, estoy más que tranquilo de lo que pueda pasar de aquí en adelante, porque con ellos tres ya siento que voy ganando por goleada.





viernes, 25 de mayo de 2018

Lazarillos

por Javier Debarnot

Aunque vivimos en una sociedad civilizada, en el fondo no somos más que perros.

Cobijados bajo el techo del consumismo, nos hacen creer que somos libres para hacer y tener lo que deseemos, ponen al alcance de los más pudientes grandes terrenos o terrenitos para los perros más callejeros, pero la realidad es que nos entretienen con huesos, pelotas y premios. A los que nos dominan les gusta que, de tanto en tanto, movamos la cola de felicidad, y que en lo posible no le mostremos los dientes a nuestros vecinos.

Saben que la mayoría de nosotros ladra de vez en cuando, pero rara vez muerde. Conocen también que, en un alto porcentaje, somos una raza noble. Y la nobleza, que nada tiene que ver con reyes ni sangre azul, nos lleva a ser animales con buenos propósitos, sin maldad. Y sobre todo, muy dispuestos a ayudar a nuestros amos.

Porque somos perros fieles.

Necesitamos a un amo para demostrar nuestra fidelidad. Para estar de forma incondicional con él. Y los amos, los que presumen de serlo o los que lo intentan, están por todos lados. Buscándonos, alzando su voz para que vayamos hacia ellos y nos echemos a sus pies. Porque nos necesitan para reafirmar su condición.

Hay amos que son superiores a otros, y tienen tanto poder que son capaces de infundirnos temor y respeto desde muy lejos, a millones de perros fieles y mansos como nosotros. No nos gustan, hasta los aborrecemos, pero dependemos de ellos, por aquello del terreno, de los huesos y los premios. Ya no nos hace gracia moverles la cola, pero no nos queda otra.

Entonces empezamos a ladrar cada vez más fuerte, y esos ladridos despiertan a otros amos. Ellos estaban entre nosotros, parecían ser parte de la jauría, y se identificaban con nuestra raza. Pero siempre fueron amos en potencia, menos poderosos que los que están allá lejos, de los que no queremos saber más nada. Con algunas palmadas que nos dan en el lomo, empiezan a convencernos. Nos echamos al suelo y nos acarician el pecho. Parecen perfectos, ellos sí.

Y entonces decidimos hacernos fieles a esos nuevos amos.

Empezamos a seguirlos a sol y sombra. Ellos demuestran ser diferentes a aquellos amos todopoderosos que pretenden dominarnos desde lejos. Tienen empatía, se agachan y escuchan nuestros quejidos. Por fin, después de tantos años, alguien se estremece con nuestros dolores de perros abandonados y traicionados.

De un día para el otro, notamos que nuestros ladridos tienen acuse de recibo en los nuevos amos y nos dan ganas de volver a mover la cola. Y aparece un motivo que nos hace recuperar nuestra esperanza y nos da motivos para unirnos y enseñar los dientes, para ir en busca de un nuevo objetivo en común.

Como todo buen amo, los nuevos nos hablan acerca del territorio.

Nos dicen que el territorio nos pertenece, que nada tienen que hacer los amos todopoderosos y lejanos si nosotros decidimos marcar nuestra tierra como propia. Es cierto: siglos atrás nuestros antepasados eran los dueños y fueron domesticados cruelmente. Además, a los amos insensatos de entonces no les gustaba nuestra forma de ladrar y nos la prohibieron. Por fortuna, han pasado los años y algunas cosas cambiaron, y una de ellas fue que pudimos volver a ladrar en nuestro propio idioma.

Pero la cuestión del territorio nunca se resolvió. Jamás volvió a ser como antes. Los amos todopoderosos, además de sordos con nuestros ladridos, tampoco tienen olfato, y dicen no sentir el aroma de la orina con la que perros de generaciones pasadas marcaron nuestra tierra, para luego sufrir el despojo y las vejaciones aun permaneciendo allí, bajo el poder de unos amos más poderosos.

Visto el panorama, los nuevos amos nos convencen para volver a marcar nuestro territorio.

Aunque nada tienen que ver con la realeza, los nuevos amos tampoco quieren ensuciarse las manos ni sudar demasiado. Para eso nos tienen a nosotros, sus perros fieles. Y nos instruyen poco a poco. Nos piden valentía, determinación y osadía, para seguir adelante con el plan por más inverosímil que éste se ponga. Nos animan a luchar contra las bestias que mandan los amos todopoderosos desde lejos, manadas de lobos salvajes que llegan muy bien adiestrados para comernos crudos.

La lucha por recuperar el territorio sale mal. Todo al revés. Algo no huele bien, pero nos cuesta advertirlo porque los nuevos amos nos han atrofiado un poco el olfato hablándonos de los inconfundibles aromas de una tierra que en realidad siempre tuvimos. Y entonces, odiando más que nunca y con razón a los amos todopoderosos que nos han molido a palos, nos damos cuenta de algo peor, que acaso duele más que las embestidas de los lobos salvajes.

Caemos en la cuenta de que el plan no era el mejor, que no estaba bien pensado, que acaso no significaba más que una jugarreta perpetrada a medianoche para quedarse con un territorio que los nuevos amos no sabrían ni cómo controlar.

Descubrimos que los nuevos amos están ciegos.

Que no sabrían qué hacer en caso de éxito, y menos cómo actuar cuando la noche cayera amenazante sobre la claridad aparente del plan. Y rota por los aires la cruzada de la independencia del territorio, las esquirlas vuelan y hasta hieren a algunos de los nuevos amos, condenándolos a prisión. Otros en cambio huyen, pero la evidencia ya ha quedado entre nosotros, los desamparados perros fieles. Estaban ciegos, no nos hubieran llevado a ningún lado, si no más bien todo lo contrario. Hubiésemos sido nosotros los encargados de guiarles.

Y entonces, despertamos y sabemos que en realidad somos perros lazarillos.

Como la fidelidad está en lo más profundo de nuestra esencia, allí seguimos, dispuestos a acompañar a los nuevos amos. A los que están en prisión, los esperamos allí afuera, y nos quedaremos echados hasta que los amos todopoderosos los liberen de una vez por todas, porque realmente no han cometido un delito que los haga merecedores de esa injusta condena. Y los otros nuevos amos, aunque ya fuera del territorio, siguen chasqueando los dedos haciendo ese llamado al que tanto nos encanta acudir.

Ellos están ciegos, ya lo sabemos, pero seguimos fieles a ellos, siguiéndoles a sol y sombra, esperando quién sabe qué. Y algunos de nosotros, redescubriéndonos como perros lazarillos, queremos hacerlo extensible al mundo para que sepan que somos lazarillos en el más amplio sentido de la palabra.

Y entonces, como buenos lazarillos, nos ponemos además lazos amarillos.





miércoles, 23 de mayo de 2018

¿De qué planeta viniste, paracaidista cósmico?

por Javier Debarnot

A mí me encantaría saltar en paracaídas. Algún día lo haré, en lo posible antes de morir. Pero hoy me atrevo a confesar otra cosa: no soporto a los paracaidistas que caen del cielo cada 4 años. Tengo fobia a los paracaidistas del Mundial.

Si durante tres años y diez meses te parece que el fútbol son "veintidós millonarios corriendo detrás de una pelota" -y de tu boca sale la gracia de preguntarte por qué no se compran una para cada uno, ya que son millonarios- pero hoy estás opinando sobre la lesión de Romero, quiero que lo sepas: estás entre los paracaidistas del Mundial que me gustaría que volaran por los aires.

No tolero esa invasión de decenas, cientos y miles de paracaidistas que empiezan a aterrizar cuando asoma la lista de los convocados o salen al aire las primeras publicidades conmemorativas. Y sobre esto último quiero comentar, con mucha rabia, que es muy habitual que estos anuncios estén creados para los paracaidistas. No todos, pero una parte importante busca alimentarles a ellos y a ellas esa absurda razón de ser que los hace nacer, crecer y reproducirse a medida que avanza Argentina, para morir de forma inexorable una vez acabado el Mundial.

Los problemas con esta gente, o más bien las razones para que le tenga alergia a la multitudinaria tribu, es que confunden desde el inicio la esencia de un campeonato mundial de fútbol. Está claro que el deporte no va con ellos, y así te lo hacen saber durante esos tres años y diez meses.

"¿Otra vez vas a trasnochar para ver un amistoso intrascendente de la Selección?".

"¿Cómo se puede estar triste por una Copita América?".

"¿Cómo es posible que el Pipo -sí, confunden un simple apodo- Higuaín gane más que un maestro?".

Hago una pausa para aclarar una cosa: todas las preguntas anteriores me parecen lógicas, sensatas y hasta acertadas. Respeto mucho a personas que tienen ese razonamiento claro, lúcido y fundamentado con respecto al combo fútbol, éxito, fracaso y millones. Lo aplaudo. Pero...

Pero el tema es que los paracaidistas olvidan todo eso de la noche a la mañana. Desde que les inyectan la vacuna invisible pero letal que les produce "mundialitis aguda", sufren de una metamorfosis que da miedo y sería digna de un análisis socio-antropológico. Y este comportamiento casi neurótico se enciende diez minutos antes de que empiece cada partido.

La raza paracaidista quiere que los jugadores se emocionen cantando el himno. Que exageren, que se les hinchen las venas del cuello y que se les pongan los ojos vidriosos. Lo desean y lo necesitan porque ven en el fútbol una guerra con todas las letras. Para los paracaidistas, no es deporte. Es algo que no podrían explicar con palabras. No encuentran la lucidez para soltar una frase del estilo "veintidós millonarios" etcétera, etcétera.

La raza paracaidista se pinta la cara. Ay, esas banderitas argentinas en los cachetes, qué ridículo más grande. Y fantasean con que se les escapen lágrimas de emoción o de tristeza, y que al caer esas gotas les destiñan el celeste y blanco. Un buen primer plano con un buen filtro, son cien "likes" asegurados en Instagram.

La raza paracaidista, además, hace preguntas pelotudas durante los partidos. Nunca falta el salame que quiere saber por qué no entra otro 9 cuando el equipo ya agotó los tres cambios, ni la colgada que se sorprende al darse cuenta de que hacer un gol de caño no vale doble. Tampoco existe Mundial sin el desubicado de turno al que hay que explicarle el off-side usando tres celulares y un encendedor que hace de pelota sobre la mesa ratona del living.

La raza paracaidista cree que en cada Mundial nos unimos más como argentinos. Siente que yendo a celebrar al Obelisco nos transformamos automáticamente en una sociedad mejor. Que nos abrazamos como hermanos y somos superiores a Chile porque ellos quedaron afuera. Y por el descuido de toda esta gente, los políticos aprovechan para aprobar por lo bajo medidas que los desfavorezcan, y los paracaidistas no se dan cuenta porque están distraídos cantando el himno, pintándose la cara o preguntando por la ley del off-side.

Aclaro que los futboleros que somos futboleros a tiempo completo estamos un poco más atentos a lo que pasa entre bambalinas, es decir a que nos aumenten la luz justo cuando nos metemos en semifinales, porque nos acostumbramos a compaginar el deporte con el día a día. Y sí, aunque no lo parezca, somos conscientes de que nuestra propia vida es lo que más pesa, y que el fútbol es solo la más importante de las cosas menos importantes.

Si estás leyendo esto y te reconociste como paracaidista del Mundial, espero que no te sientas ofendido, pero es probable que sí lo hagas. Y te entiendo, cómo no hacerlo, porque en esta época estás bajo moción violenta, bajo los efectos de la enfermedad, y los síntomas, y éste es mi más sincero deseo, te afectarán hasta el 15 de julio, día en que Argentina juegue y gane la final.

Sólo les pido a los paracaidistas que intenten interferir lo menos posible en el evento que, para los futboleros de siempre, es la culminación de un deporte que tiene sus cosas buenas, regulares y malas, pero que seguimos con pasión los 365 días de cada año. Sin himnos. Sin pintarnos la cara y sin patriotismo barato. Y haciéndonos una única pregunta: por qué no nos dejan ver el Mundial tranquilos.





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