miércoles, 16 de febrero de 2011

La anciana ridícula

por Javier Debarnot
Basado en una historia real

I.

-Tengo que llevarme a Eva.
La Muerte soltó la frase entre dientes porque hubiera querido que nadie la escuchara. Incluso se avergonzaba y ese rubor le había conquistado su expresión sin permiso, pero aún así, si dijo lo que había dicho era porque no le quedaba opción. Obviamente era conciente de que el Ángel, el mismísimo Ángel de Eva, no iba a tomar esa declaración como algo que puede espetarse al pasar. Enseguida se estremeció y le clavó su mirada a la Muerte como dos llagas ardientes que todo lo perforan. 
-Sólo puedo aceptarte eso si se trata de una broma, pero aún viniendo de tu parte me parece de mal gusto. 
-Es verdad. 
-¿No fue suficiente cuando te llevaste a su madre siendo Eva apenas una adolescente? 
Entonces la Muerte rememoró su propia vida releyendo en su mente la infinidad de nombres incluidos en su lista negra, y ahí empezó a buscar el de la mujer que había traído al mundo a Eva. Enseguida confirmó para sus adentros que el Ángel tenía buena memoria, ya que fehacientemente su protegida se había quedado huérfana de madre sólo 19 años después de nacer. Eva Ofelia Andersson –con doble ese, como aclaraba siempre ella, aunque todos la conocían por el sobrenombre Chochi- fue desde entonces una luchadora tenaz que, después de haberle visto el rostro a la Muerte mientras le arrancaba a su mamá, decidió hacer de su vida algo grande. 
La situación económica de los suyos estuvo un tiempo haciendo equilibrio al borde de un precipicio, obligándola durante su niñez a asistir a un colegio como pupila, por el simple motivo de que en la institución podían hacerse cargo de alimentarla día y noche. Superados esos primeros años, luego vino el fallecimiento de su madre y ese hecho iba a meterle el miedo en el cuerpo: ¿y si a ella le tocara irse del mundo también joven como quien la había dado a luz? Pero Eva tenía los suficientes metros de hilo en el carretel como para bordar miles de amaneceres y entrelazar centenares de historias. 
Contrajo matrimonio de jovencita y de pronto sintió otro palo que el destino intentaba meterle en la rueda de su vida: además de criar a sus dos hijos, debía encargarse del cuidado de sus hermanos que eran muchos y muy pequeños. Lejos de amilanarse, Chochi les abrió su corazón a todos y fue ganándose la admiración del resto de su familia. No pudo avanzar todo lo que hubiera querido en sus estudios porque diversas circunstancias le pusieron una barrera infranqueable para ir más allá del tercer grado de la primaria, pero de todos modos fue incentivada lo suficiente como para poder continuar su camino educativo en modo autodidacta. Absorbió y absorbió conocimientos y sabiduría, una tan grande como para convidarle trozos a quien se los pidiera, condimentados y sazonados con la increíble lucidez que brillaba en cada una de sus frases aún en sus abriles más ancianos. 
Además de sus hijos y hermanos, la vida le regaló nietos y, ya entrada en la vejez, también la colmó de felicidad con la llegada de tres bisnietos que vieron en ella a una especie de sol añadido a sus infancias. Chochi ya no podía pedir más nada porque había recibido más de lo que hubiera imaginado en aquellos duros primeros pasos, pero aún así su perspicacia le hacía presagiar que, además de todo el cariño que siempre atesoraba y repartía a su familia, también tenía cuerda para rato. 
-¿Y cuándo piensas llevártela? 
-Mañana cumple 90 años, supongo que será el principio del fin. 
Ya no existía tensión en la conversación que mantenían la Muerte y el Ángel, habiendo comprendido este último que la decisión no tenía vuelta atrás pero tampoco parecía ser descabellada. La oportuna distensión después del ligero entredicho los había llevado a encender una fina hierba que, enrollada por un papiro, la Muerte y el Ángel fumaban de a uno por vez. Un humo embriagador los rodeaba y formaba una nube alrededor del árbol donde hablaban y filosofaban. 
-Tenés que dejarme hacerle un último regalo a Eva –dijo el Ángel–, pero para que pueda disfrutarlo necesita al menos un par de meses. 
-¿De qué se trata? –replicó relajadamente la Muerte mientras le pasaba la sagrada hierba que con sus brazas ardiendo iluminaba la oscuridad que ya empezaba a cernirse sobre ellos- ¿Qué es eso que planeas regalarle antes de que me la lleve para siempre? 
-Justamente eso –respondió el Ángel señalándole el cilindro que desprendía humo entre los finos dedos de la Muerte–. Eva toda su vida fumó tabaco, y creo que no es justo que se vaya de este mundo sin probar aquello que va mucho más allá de llenarse los pulmones de humo. 
-No veo por qué negarme -reflexionaba la Muerte-. ¿Pero pensaste de qué forma hacerle llegar este obsequio de la naturaleza? 
-Yo soy su Ángel etéreo, pero Chochi tiene su propio ángel en la tierra: su nieta María Eva.

II.

El nonagésimo cumpleaños de Chochi se consumió entre alegrías a granel y generosas raciones de comida y bebida. La viejita, que salvo algún que otro achaque gozaba de una salud que a su edad era para envidiarle, tenía carta libre para disfrutar de manjares que a otros ancianos suelen prohibirle, y durante ese día festivo le dio rienda suelta a su combinación favorita: el choripán con vino tinto. María Eva no sólo era una de sus nietas, sino también su confidente y gran amiga, y ambas se habían emborrachado con motivo del festejo. Pero lo que parecía un cuento idílico iba a dar un brusco giro a la trama apenas una semana después. 
Chochi, o la “anciana ridícula” como le decía María Eva parodiando a un capítulo de los Simpsons, fue una tarde a urgencias y volvió luego de varias horas con la peor sentencia incrustada en su cuerpo: un tumor atroz que le invadía varios órganos a los empujones y que portaba una desagradable pancarta anunciando un cáncer letal. No habría nada por hacer, sólo esperar a un final lo menos doloroso posible que iba a llegar más temprano que tarde. 
Ante esa desagradable situación y horrible espera, María Eva vio que los únicos momentos en que su abuela no permanecía postrada en la cama eran cuando fumaba sus innumerables cigarrillos, y entonces decidió ofrecerle una opción impensada para una mujer de noventa a pocos días de su hora final: probar marihuana. La primera y lógica reacción de Chochi fue la negación, pero interiormente en su alma, aquella que mantenía intacta pese al avance de la maldita enfermedad, fue sopesando el ofrecimiento de su nieta hasta que un día le hizo el pedido alto y claro, “traeme el porro”. 
-Pero anciana, te lo vengo ofreciendo hace semanas y te hacés la legalista, ¿y justo hoy me pedís que no tengo? –María Eva simuló un cierto enojo por la solicitud de Chochi justo cuando la hierba brillaba por su ausencia, pero en el fondo sintió la satisfacción de que su abuela se había dejado convencer. La joven sabía que, al decidirse la enferma a fumar marihuana, ésta iba a sentir una sensación inigualable que se asemejaría a un oasis en medio de la pesadilla del cáncer que no dejaba de avanzar. Al otro día, María Eva consiguió la bolsa mágica y se produjo el momento épico: la anciana ridícula probó droga por primera vez en su vida bajo la atenta supervisión de su nieta. 
Después de acabarse el porro iniciático con la naturalidad con la que consumía los cigarrillos de tabaco, Chochi hizo lo que últimamente le costaba horrores, que no era otra cosa que comer. La insensata enfermedad le había cerrado el estómago y muchos temían que la viejita se muriera antes de hambre que de cáncer, pero en ese preciso momento se iba a cortar de cuajo la temida inapetencia de Chochi. Gracias a los efectos de la hierba, se rompió el cerrojo que franqueaba el acceso a su estómago y entonces la anciana ridícula sintió un apetito voraz que la animó a acabarse un plato de fideos con tuco. Y no sólo los disfrutó como nunca, sino que además no le provocaron ninguna molestia posterior. 
Aunque lo mejor estaba por llegar. 
-Estoy de tan buen humor... tengo tantas ganas de reírme. 
Esa fue la frase que soltó Chochi antes de quedar atrapada en un estado de risa constante, que motivó que María Eva le confesara que lo que más había estado esperando era que ella pudiera reaccionar así, ya que la marihuana generalmente provocaba aquello. 
-Si hubiera sabido que se trataba de esto, me hubiera drogado toda mi vida -sentenció la enferma mientras disfrutaba como una niña de ese inédito estado del cuerpo, mente y corazón. 
Los días siguientes empezaron a hacérsele mucho más llevaderos a la anciana, que había hallado en la hierba que le proporcionaba su nieta el paliativo perfecto contra el igual impiadoso cáncer. Al principio eran rituales compartidos, porque Chochi siempre esperaba a María Eva para fumar a medias, pero llegaron más tarde algunas oportunidades en que la viejita no se aguantaba y decidía drogarse sin su mentora. Esas situaciones ponían al descubierto las salidas más brillantes de la anciana ridícula, que además del porro encendido en la mano siempre tenía en la mente una frase para la persona que la veía fumarlo. A una de sus hermanas le dijo “Alicia, éstas son drogas, pero no te doy a probar porque no quiero que te envicies”; y a la señora que la ayudaba con las tareas de la casa “Tere, este cigarrillo que voy a prender es droga, pero no te preocupes porque para consumo personal no es delito”. 
Quizás una de las situaciones más desopilantes se dio una tarde en que María Eva llegó a casa y vio que su abuela, en presencia de uno de sus hijos, hacía malabares para no dejar en evidencia su estado, escondiéndose de él para reírse bajo los efectos del porro. 
-¿Qué te pasa que estás así? -le pidió explicaciones la nieta. La realidad era que en la familia no todos entendían cómo una mujer a punto de morirse de cáncer podía estar consumiendo drogas, y el tío de María Eva era uno de los que, si se hubiera enterado, lo hubiera impedido sin miramientos. 
-La risa no puede salir porque llegó Mussolini –clarificó Chochi en una de sus últimas y memorables sentencias. 
Solamente pasaron tres semanas desde que la anciana ridícula probó el cautivante humo de la marihuana hasta que no pudo hacerlo nunca más. Duró unos veinte días ese estado de relajación que Chochi hallaba luego de inhalar las bocanadas desprendidas por la fina hierba. Fueron mágicos momentos que, ya a sus noventa, pudo compartir muchas veces con su nieta María Eva y en ocasiones se los guardaba sólo para ella. Pero finalmente, ni el destino ni la Muerte la dejaron permanecer más tiempo entre los mortales y se la llevaron un 30 de diciembre. Y aunque la partida de Chochi había estado más que anunciada, sus familiares más cercanos la lloraron y mucho. 

III.

Subidos en la rama más alta de un robusto roble, el Ángel y la Muerte observaron el entierro en respetuoso silencio. Todos estaban conmovidos por el último adiós a la anciana ridícula, aunque una de las más afectadas era una María Eva que no encontraba consuelo. Al menos se había reconfortado habiendo dejado un último obsequio en el cajón de su querida abuela: el cigarrillo de marihuana que Chochi había empezado y que nunca pudo acabar antes de que el cáncer le apagara su corazón para siempre. 
Cuando todos se retiraron de la parcela donde yacían los restos de Eva Ofelia Andersson –con doble ese-, fue su nieta la única que permaneció en el lugar que ya había quedado silenciado de llantos y plegarias. Sólo unos pájaros cantaban mientras ella buscó en uno de sus bolsillos un manojo de semillas de cannabis listas para ser sembradas junto a la tumba de Chochi. A su abuela siempre le habían apasionado las plantas, por lo cual el homenaje era bueno por partida doble, por  su amor a la naturaleza y por tratarse de la especie vegetal que en sus últimos días le había proporcionado placer en pequeñas dosis. 
Habiéndose alejado María Eva, el Ángel experimentó una desesperante sensación de vacío sin poder hallarle un verdadero sentido a su existencia. Él también se aprestó a retirarse, pero antes no pudo evitar regar con sus lágrimas el montículo donde la chica había enterrado las semillas. No iban a ser suficientes para provocar un milagroso brote, pero fueron las primeras gotas que iba a beber la tierra que en un futuro vería crecer la mágica planta junto al lecho final de la anciana ridícula. 
Muy sola quedó la Muerte, que no atinó siquiera a un mínimo sollozo porque no formaba parte de su esencia, pero sí reflexionó unos minutos mientras la sombra del ocaso ya empezaba a recortarse sobre la tumba de Chochi. Habiendo vivido desde las alturas todo el dolor que había provocado su decisión de llevarse a la anciana, se vio invadida de golpe por un sentimiento que muy pocas veces se había hecho carne en la frialdad de su alma. Y entonces la Muerte se sintió más ridícula que nunca.


viernes, 12 de noviembre de 2010

Apenas un cuento infantil

por Javier Debarnot

Por primera vez desde que escribo aquí podrán ver una imagen ilustrando mi puñado de frases. Dicen que una sola de ellas vale más que mil palabras, cosa que yo no creo y puedo explicarles el porqué: si ven la foto de una casa, es esa casa y punto, pero si leen la palabra “casa”, ¿cuántas se pueden imaginar? La de ustedes, la mía, aquella donde pasaron su infancia o esa en la que transcurrieron las mejores vacaciones de su vida. Se dispara la imaginación y no hay quien pueda pararla.

Igual olvídense de todo porque esto viene con trampa. La imagen que verán es un simple rejuntado de palabras. No puedo con mi genio y sigo conservando este espacio sin mostrar siquiera una simple casa. Esto se sigue tratando de letras y más letras. Ahí van…



 
Lo que acaban de leer lo escribí cuando tenía siete años, o seis si ocurrió antes del 19 de abril de 1983. Lo primero que quiero asegurarles es que no consumía ningún tipo de drogas ni había engullido un pomo de acuarelas en la clase de plástica. No recuerdo el momento exacto en que creé aquel cuento, pero les doy fe de que aquello salió de mi cabeza.

¿Y a dónde quiero llegar con todo esto? ¿Por qué me veo en la necesidad de enseñarles esta minúscula porción de mi pasado? Sólo para advertirles. Apenas para contarles lo que les puede llegar a ocurrir…

Si alguno de sus hijos –los que ya tienen o los que en algún momento decidan tener- escribe algo parecido a aquello a la edad de siete años, muy probablemente después pase por acontecimientos bastante cercanos a estos:

Quizás sea uno de los pocos de su clase que le saque el jugo a un par de personajes muy odiados durante la primaria, el sujeto y el predicado, sólo porque gracias a ese mentado dúo se pueden montar las historias más increíbles incluso mientras la aburrida profe de matemáticas enseña la regla de tres simple en el pizarrón del aula.

Quizás sueñe con publicar un libro a la escasa edad de nueve años, y para ello se una a otro lunático del curso y juntos escriban la versión de “V, invasión extraterrestre” en formato “Elige tu propia aventura” ilustrándola en los recreos de cuarto grado, sin ningún éxito de ventas y menos fortuna para encontrar a algún editor interesado.

Quizás, cuando acabe el secundario, se tire a la pileta de la carrera de periodismo deportivo, pensando que ahí puedan confluir sus dos pasiones, la escritura y el fútbol, y que desde aquel lugar sea posible conjugar el drama, la aventura, el suspenso y la epopeya de eso que algunos bastardean diciendo que sólo se trata de veintidós tipos corriendo detrás de una pelota.

Quizás, al encontrar vacía la pileta a la que se hubo arrojado anteriormente, luego de recomponerse del golpe en la cabeza se anime a estudiar publicidad, ilusamente creyendo que también puede existir poesía para vender un centro comercial o metáforas para que alguien participe en una promo de galletitas dulces.

Quizás disfrute como nunca de aquellas primeras fases del enamoramiento, por tratarse de la oportunidad perfecta para escribir varias cartas como Dios manda, intentando no abusar de cursilismos pero poniendo toda la carne al asador para calar bien hondo en el corazón de la princesa de turno.

Quizás más grande, y ya más maduro, entienda que el verde césped de un manojo de oraciones bien enlazadas puede embarrarse después con hechos, entendiendo así que no basta con elegir las palabras adecuadas y plasmarlas como promesas en un trozo de papel, sino que después hay que cumplirlas en la vida, y si es posible al pie de la letra.

Quizás en una etapa sienta el impulso de lanzarse a escribir un guión de cine, lo haga con ímpetu y lo acabe al poco tiempo, sólo para él, demostrándose a sí mismo que es posible embarcarse en aventuras que lleguen a buen puerto sin hundirse a mitad de camino.

Quizás llegue un momento en el que se vea en la necesidad de volcar sus viejas historias y animarse a escupir unas nuevas, se nutra del alcance de internet y logre que al menos una decena de personas las lean con regularidad e incluso le festejen alguno de sus intentos por entretener con un simple relato.

Quizás se anime a fantasear con un proyecto utópico y se entusiasme con escribir su primera novela dirigida a un público infantil, sumergiéndose en un género mágico como lo es el circo, recuperando la constancia y la alegría de sentarse frente al teclado y contar algo, pero esta vez con constancia y compromiso.

Quizás atraviese una época de descuido y desidia, abandone los cuentos personales y deje reposando los proyectos, y ese lapso de tiempo coincida con momentos de ánimo bajo, preguntándose de a ratos cuál es la realidad, si está deprimido porque no escribe o si no escribe porque está deprimido, en una especie de pez que irremediablemente se muerde la cola.

Quizás un día, con treinta y cuatro años, viendo crecer a sus hijos se proyecte en ellos hacia el pasado y recuerde su infancia. Entonces, tal vez eso lo lleve a buscar un viejo cuento y, una vez hallado en un cofre repleto de tesoros, se encuentre sin la necesidad de inventar algo o de buscar metáforas, se olvide de toda literatura y escriba sencillamente una historia como ésta.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Toda la verdad y nada más que la verdad

por Javier Debarnot

Muchos sueñan con ser millonarios, otros con ser poderosos, y quizás una porción mínima, simplemente con ser héroes. Yo a decir verdad nunca me acosté deseando nada de eso, pero en mis treinta y cuatro años de vida estuve bastante cerca de cumplir una de esas tres aspiraciones: ser un héroe, pero de los de carne y hueso. ¿O acaso no lo es alguien que le salva la vida a un desconocido sin pretender recompensa alguna?
Me tengo que remontar a un tiempo mucho más lejano, precisamente a épocas en las que empezaba a adormecer la adolescencia pero la adultez se vislumbraba recién a cientos de kilómetros en mi hoja de ruta. Apenas tenía dieciocho años, aún vivía con mis padres y trabajaba como cadete en una pequeña editorial de libros escolares, aunque lo único que importa en la historia es que, luego de finalizar mis labores, volvía en el autobús de la línea 168 un viernes 21 de octubre de 1994 a las cuatro y pico de la tarde.
En un colectivo medio vacío, yo viajaba sentado en el tercer o cuarto asiento de la fila de butacas individuales a la izquierda del vehículo, y seguro que iba escuchando alguna radio en mi walkman hasta que algo me llamó la atención y motivó que me arrancara los auriculares de los oídos para prestarle todos los sentidos a la particular puesta en escena que comenzaba a tomar forma a mi alrededor. El chofer del 168 discutía con un hombre que se había bajado de un coche particular, y de pronto este último se subió al autobús para seguir la confrontación allí, casi cara a cara y a la vista de los alrededor de veinte pasajeros que en ese instante estábamos detenidos en un semáforo en rojo en plena avenida Cabildo de la zona norte de la Capital Federal.
Sin dudas todo se había originado en alguna imprudente maniobra por parte de uno que había puesto en riesgo la seguridad del otro, pero ya a esa altura no importaba el motivo sino continuar enfrascados en una discusión que sólo podía acabar de una forma. Mal. Que “dame los papeles de tu seguro”, que "te los doy si me das los tuyos”, que "si no me los das te tiro esta bolsa de monedas en medio de la avenida” y que "tirala, nomás”.
No voy a entrar en detalles porque esto se haría verdaderamente largo, pero resumiendo puedo decirles que de repente el chofer del colectivo iba persiguiendo al otro sujeto –ya en su vehículo-, habiéndose desviado del recorrido original del 168 hasta internarse en las tranquilas calles de Belgrano y Núñez. Y atención al detalle: por supuesto que en el interior del autobús íbamos todos nosotros, los incrédulos pasajeros que ni atinamos a abrir la boca. El dato de que no dijimos nada es fundamental de cara a lo que pasaría después, así que tomen nota.
La persecución no duró más de cinco o seis calles. ¿En tiempo? Minuto y medio, como mucho. En la última esquina, intentando sortear una cuneta a una velocidad mayor a la recomendada para un pesado colectivo, éste pegó un salto al estilo Dukes de Hazzard y entonces imagínense lo que pasó. Cuando volvió a tocar tierra nos bamboleamos todos y recuerdo a una señora mayor caer directamente al suelo. Creo haberla ayudado a levantarse y juro que el golpe le había dolido un poco pero no se la veía muy averiada, por decirlo de alguna forma. El chofer supuso que nunca alcanzaría al ágil coche que ya iba desapareciendo de su horizonte, y habiendo considerado el peligro que le estaba causando al pasaje, detuvo la malograda búsqueda y retomó con calma su recorrido habitual. Pero tenía un problema: había sido robado por el dueño del vehículo.
Entonces, el conductor del colectivo supo que, si no iba a una comisaría a denunciar lo sucedido, al llegar a su destino podría encontrarse con un problema tan terminal como perder su empleo. Pidió que alguien lo acompañara como testigo pero los pasajeros callamos, seguramente debido al estado de shock que nos invadía al estar aún fresca la insólita persecución de la que habíamos sido parte. Posiblemente ahí fue cuando el chofer volvió a perder los estribos y dijo “entonces vamos todos”. El vehículo estuvo detenido y luego de unos segundos una voz rompió la tensión del ambiente.
-Yo te acompaño.
Era el héroe que pedía esa situación surrealista. Era yo. Apenas la totalidad del pasaje hubo abandonado el colectivo, fuimos a la seccional y contamos lo ocurrido al detalle. Después, el conductor me invitó a una gaseosa que tomamos sentados en la vereda, me agradeció, le di la mano y me fui. No volvería a verlo hasta cuatro años más tarde. En ese lapso, además de las vueltas que dio mi vida, una mañana me encontré con una nota en el periódico con un titular que me llamó la atención: “Juzgan a un chofer por el secuestro de varios pasajeros”. Cuando empecé a leer ya vislumbraba algo familiar. Ya era 1996, pero palabras clave como “168”, “persecución”, y la estocada final con la fecha exacta, “21 de octubre de 1994”, me dio la certeza total: era mi colectivo, había sido la situación vivida aquella tarde primaveral.
Pero me sobresaltaron muchos datos que no cuadraban. Siempre gocé y aún gozo de buena memoria y por eso supe que gran parte de las cosas que se relataban no eran reales. ¿Qué me tenían que contar si yo había estado ahí viéndolo todo en tercera fila de los asientos individuales? Leí que el chofer, ante nuestros pedidos de auxilio que nunca habían existido, nos gritaba desaforado “el que quiera bajarse, que salte por la ventana”. Me enteré que como mínimo tres pasajeros habían sufrido lesiones severas. Y nunca encontré la parte de la historia en la que al pobre colectivero le robaban una bolsa con cincuenta pesos en monedas. La conclusión de este cóctel de mentiras y omisiones era tajante. Estaban a punto de mandar al pobre chofer a juicio.
Evidentemente, un grupo de buitres rapaces y carroñeros bien escondido en cuerpos humanos de diferentes abogados, le había sugerido a las supuestas víctimas que inventaran y exageraran los hechos. Así ganarían dinero ellos y se pudriría en la cárcel un desafortunado hombre que había tenido un rapto de locura, eso sí, pero no se trataba ni por los pelos de un secuestrador psicópata.
Llamé al periódico y pedí que me comunicaran con el periodista que había firmado la noticia. Cuando comprobaron que realmente sabía de lo que estaba hablando, no pasó mucho tiempo para que me contactaran con la abogada del acusado. Y luego de haber contado la historia muchas veces a familiares y amigos, sin darme cuenta pasaron otros dos años, porque la injusticia es lenta, hasta que llegó a casa de mis padres la citación para el juicio oral y público contra el colectivero. Iba a ser el único testigo que presentaría la defensa. Sería también el momento con el que había fantaseado más de una vez, el de cerrarle el pico con mis respuestas a un fiscal sobrado que ni se iba a imaginar que con mi memoria podía comérmelo con patatas.
Pero para eso faltaban unos días. El colectivero me llamó y me relató su calvario. Ya le habían quitado el carnet de conducir, no tenía trabajo pero la peor pesadilla empezaría después del juicio, ya que de no mediar un milagro se debería comer cerca de diez años de prisión. Lo tranquilicé explicándole que yo iba a decir simplemente lo que había vivido, y teniendo en cuenta las mentiras que se iban a exponer en su contra, el contraste sería inesperado.
Esa no fue la única llamada que recibiría. Justo la noche anterior, alguien preguntó por mí y, al confirmar que uno de mis oídos estaba pegado al teléfono, me dijo claro y pausado “hay mucha guita en juego, pendejo, y a ver si por intentar defender a un chofer de cuarta acabás debajo de las ruedas de un colectivo… mirá que por la calle hay muchos, noche y día, ¿eh?”. Tu tu tuuuuu. El desgraciado me cortó sin darme una mínima posibilidad de réplica o de mandarlo a la concha de su hermana. Todo eso hubiera quedado en una simple y más que jugosa anécdota para adjuntar al resto de la historieta, si no fuera porque esa misma madrugada me iban a dar un auténtico susto.
Cuando estaba acabando de cruzar la avenida Cabildo, un colectivo que aparentemente iba a detenerse porque su semáforo estaba en rojo, de golpe aceleró y se me vino encima. Estuve rápido de reflejos y pegué un salto ya casi llegando a la vereda. El condenado estuvo tan cerca de atropellarme que imaginen que alcanzó a impactar contra una carpeta tamaño A3 que llevaba en mi brazo y la voló por los aires. Mientras me tranquilizaban las únicas dos personas que habían visto el incidente, yo junté los papeles desperdigados por el pavimento húmedo y me juré más convicción que nunca en el juicio que empezaría en un puñado de horas.
La última vez que me había puesto un traje había sido para el casamiento de uno de mis primos. Esa ocasión ameritaba que volviera a hacerlo. Durante la primera parte del juicio permanecí casi aislado, en una sala de testigos que no nos permitía, ni a mí ni al resto, escuchar cómo se iban desarrollando las preguntas, las respuestas y los alegatos. Cuando llegó mi turno, estuve más tranquilo que nunca y no le dejé ver en mi historia ningún punto débil a la abogada querellante. Terminó rendida, presa de una indignación que yo le había provocado al no caer en ninguna de sus trampas o estrategias de zorra intentando que me contradijera. Jamás lo hice.
Supe por intermedio de una amiga que trabajaba en un juzgado contiguo que al final al chofer lo condenaron a dos años en suspenso. Eso significaba que no iría a la cárcel, eso quería decir que probablemente no lo violarían en prisión, no perdería a su familia y no se degradaría psicológicamente durante su condena, un mínimo de cinco años de no mediar mi testimonio, en donde nadie velaría por él desde afuera. Le evité todo eso sólo contando la verdad.
Lo escribí al principio y lo recalco ahora: no me propuse ser un héroe, pero no pueden negarme que los hechos y las circunstancias que entrelazaron toda esta historia pueden haberme transformado en uno aunque sea por un rato. Y lo más importante, juro que lo que les he relatado es toda la verdad y nada más que la verdad. Todo, todo, incluyendo la pesadilla que tuve la noche anterior al juicio en la que me amenazaban por teléfono y casi me atropellaba un colectivo.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Aislados

por Javier Debarnot

Nunca había cerrado los ojos, razón por la cual todas las instantáneas del horror quedarían tatuadas en sus retinas. En ese momento se preocupó por no abrir su boca impidiendo que el agua empezara a rellenarle los pulmones, y con una inusual calma pataleó y braceó con todas sus fuerzas alejándose de partes del fuselaje del avión que se hundían arrastrándolo todo a su paso. En pocos segundos y sorteando cuerpos y restos maltrechos, Robert se esfumó de la oscuridad de las profundidades, emergió a la superficie y allí nadó dejando atrás la peor escena de su vida.

Tiempo después, el único sobreviviente llegaría jadeando desesperadamente hasta la orilla de una isla dibujada en el medio de la nada y sin permiso para retratarse en mapa alguno. Extasiado, Robert se desplomó sobre uno de los respaldos de asiento que también habían sido arrastrados al igual que él, y allí se durmió temblando del frío y del terror que todavía lo invadían. Con la salida del sol pudo descubrir la belleza de ese sitio, que durante su arribo a medianoche sólo estaba cubierto de una negra espesura que le había impedido ver más allá de dos metros de distancia. Tal fue la majestuosidad del lugar que divisó al despertar, que en su mente todavía adormecida se creyó muerto y en el Cielo.

Pasado el estupor de aquel primer amanecer en la isla, primero vació sus bolsillos y dejó los pocos efectos personales que habían resultado ilesos de la masacre a la merced de los rayos de sol para que se secaran, y luego salió a inspeccionar el área. No se adentró mucho más que unas tres o cuatro hileras de árboles que atiborraban la escenografía allí donde se acababa la playa. Se notó con pocas fuerzas y empezó a sentir el hambre, hasta que esos pesares se le alivianaron cuando encontró un radiotransmisor a la sombra de una palmera. Robert lo encendió y no tardó nada en captar una frecuencia que depositaría en sus oídos la única voz que escucharía en la isla.

-Escúchame bien, Robert Harris, no me gusta repetirme por lo cual todo lo diré una sola vez. Has sido elegido para pasar aquí el resto de tus días. Jamás podrás salir de esta isla, y ni te ilusiones con que alguien algún día pueda rescatarte. Esta isla existe sólo para ti y para mí, y fue real para otros que he escogido antes de ti y también lo será para los que traiga en el futuro una vez que ni tus huesos queden en pie.

Mientras sostenía la radio, el superviviente inició una furibunda recorrida visual de todo lo que lo rodeaba y se aventuró a hacer aquello a lo que antes no se había animado: adentrarse en el corazón de la isla. Iba buscando por instinto a esa persona que machacaba su cabeza con palabras y frases cristalinas que se le clavaban como sentencias escalofriantes.

-¿Dónde estás? ¿Quién eres? -atinó a interrumpirlo por primera vez.

-¡Calla y escucha! Estoy en todos lados y en ninguno. Soy el mismísimo demonio, ¿ahora me entiendes?

-Pero si esta isla... –ni por un instante Robert se había permitido dudar de lo que escuchaba y eso lo atemorizó casi hasta paralizarle todo desde la punta de sus pies hasta su pelo, aunque como pudo fue articulando sus pensamientos vocablo a vocablo– Esta isla parece más bien el paraíso –reflexionó y le dio paso a un silencio efímero que se cortó de cuajo con una carcajada atroz y más diabólica que nunca.

-Es lo que me encanta. La imagen que casi todos los hombres tienen del paraíso será tu propio infierno, pero eso no es todo. Una de las pocas cosas que aprecio son las paradojas, como habrás visto, y ahora escucha muy bien: la paradoja más grande es que yo, el propio demonio, sólo te pediré que hagas una obra de bien.

Robert aflojó su cuerpo y, casi derrumbándose, se dejó caer y contener por el tronco de una palmera que hizo de respaldo para su espalda. Entonces bajó el rostro escondiéndolo entre sus rodillas y se hizo muy pequeño mientras su interlocutor extendía el suspenso. Quedó allí, atado a la sumisión, hasta que de pronto cruzó el umbral y de esa imaginaria puerta emergió envalentonado. Viéndose perdido, trocó su actitud blanda y temerosa por un decidido espíritu de lucha y no dudó en gritarle a aquel que le hablaba con descaro.

-¿Y qué es lo que tengo que hacer? A ver… ¡Dímelo y ya veré si me da la gana hacerlo!

-Bueno, Harris, veo que aún corre sangre por tus venas. Escúchame bien: ya te expliqué que antes que tú hubo otros. El primer detalle que te pido es que cuando encuentres al cadáver de quien te antecedió le des una digna sepultura. No me gusta que mi casa vaya siendo un depósito de cuerpos que se ponen putrefactos al sol, ¿me entiendes? Ahora oye bien, esa mujer que encontrarás y enterrarás adonde te plazca, fue quien construyó un refugio en el que tú podrás vivir dignamente. Está en el otro lado de la isla, y te aseguro que a ella le llevó casi todos los años que le quedaban de su vida, por lo tanto la disfrutarás más tú que ella.

Mientras continuaba con el transmisor en su mano, Robert dilucidaba cada palabra del otro. La idea de que todo iba en serio se le iba haciendo carne en su cuerpo, penetrándole en los poros e impregnándose en cada estrato de su intelecto, después de librar pequeñas batallas contra el sentido común en donde prevalecía esa nueva realidad por sobre la ilusión de un rescate heroico perpetrado en esa isla en medio de la nada.

El demonio le comunicó su supuesta labor, aquella que según el propio Satanás contenía tintes de obra de caridad: debía hallar y matar como sea a unas víboras de la especie cobra filipina que acechaban en esa zona y eran consideradas de las más venenosas del mundo. La tarea de Robert sería eliminar a cada uno de los pocos ejemplares que existían en la isla, evitando así que se reprodujeran y extendieran su halo más voraz hasta convertirse en una plaga asesina, haciendo que cada metro cuadrado de aquel frondoso paisaje fuera una posible trampa mortal esperando a ser activada.

-Si tú no te encargas de ellas, el próximo visitante perecerá bajo sus fauces, no tengas dudas -fue la advertencia que le reafirmaba a Robert que aquella misión era efectivamente una empresa pensada para obtener réditos futuros y no verse beneficiado él mismo. Él debería arremangarse durante su estadía para que un futuro isleño pudiera caminar en paz sin estar bajo la constante amenaza de una súbita picadura que depositaría en su sangre el veneno suficiente para dejarle respirar por apenas un par de horas.

El superviviente se permitió enfrentar al demonio y desafiarlo, preguntándole qué pasaría si no cumplía con ese legado que tan caprichosamente le había sido asignado. Y el ser supremo le contestó con pasmosa tranquilidad que en verdad no podía obligarlo a nada, pero que en realidad él lo estaba ayudando dándole un objetivo, una razón de vivir, sin la cual sólo le quedaría ir pasando cada día hasta morir en la soledad más absoluta.

-No tengo nada que perder aquí, ¿por qué no dedicarme a la nada misma hasta que me llegue la hora? -se jactó Robert ya convencido de que haría lo que se le plazca.

-Siempre hay algo más para perder -le sentenció el demonio casi como si fuera un versículo de su propio evangelio. No hubo mucho más diálogo en aquel momento más que unas cuantas frases más de Robert, recalcando que “lo único bueno que he hecho en mi vida está a miles de kilómetros de aquí y ni Dios ni nadie le pondrán una mano encima”. Pasados unos minutos, el transmisor quedó mudo y nunca más brotaría sonido alguno. Esa tarde, el hombre recorrió la isla y si bien no se topó con ninguna serpiente, sí halló la casa que, tal lo había dicho el diablo, tenía muchas comodidades para sobrellevar su vida en aquel sitio salvaje.

A pocos metros del refugio y cuando se disponía a inspeccionar los alrededores, Robert se tropezó con un manojo de huesos que evidentemente pertenecían a la mujer que había construido el paraje. Cargándose de un respeto y compromiso que pocas veces había desembolsado en su vida, cumplió al menos esa parte del pedido y, luego de cavar con mucho ímpetu un pozo, sepultó los restos de su antecesora en la parte oeste de la playa.

Habiendo sufrido el accidente aéreo a la edad de cincuenta y cuatro años, Robert J. Harris dejó atrás las poco más de cinco décadas que lo habían cobijado en su San Francisco natal y comenzó una nueva vida. Atrás quedó su vertiginosa carrera como asesor de bolsa y luego banquero que le había dejado varios ceros en su cuenta pero pocos amigos en su haber a raíz de un inescrupuloso carácter que siempre lo llevaba a buscar el bien propio por sobre el ajeno. En la isla se topó con su lugar en el mundo, aprendió a pescar, a valerse de los más ingeniosos métodos para hacerse de su comida y pronto dejó de echar de menos al mundo civilizado.

Unas pocas veces le pareció oír un sonido chirriante de algo que reptaba sobre hojas secas, y hasta alguna noche de luna llena creyó ver brillar un par de ojos fríos a pocos centímetros del suelo, pudiendo pertenecer a alguna de aquellas cobras filipinas que habitaban la isla según el demonio. Pero jamás se planteó cazarlas para acabar con su raza a pesar de que había adquirido la capacidad para hacerlo. Siempre pensó muy en su línea egoísta que sería problema del que viniera si se topaba con una gran cantidad de serpientes venenosas. Gastó los años en vivirlos a sus anchas, mejoró el refugio sólo lo suficiente y tampoco se preocupó mucho por mantener la limpieza y el orden de la porción que habitualmente ocupaba.

Cuando alcanzó según sus cálculos una edad que pasaba la barrera de los setenta se dio cuenta que de a poco las fuerzas comenzaban a abandonarlo. No tardó mucho en pensar, teniendo en cuenta que reflexionar era una actividad a la que no le escapaba, que quizás alguna mañana de ellas no despertaría o que un golpe mientras pescara entre las filosas rocas del acantilado podría llegar a ocasionarle la muerte. Entonces improvisó una especie de lápida en la que sólo faltaría rellenar con su cuerpo y la fecha del deceso. De esto último probablemente nadie podría saberlo, pero sí ser sepultado por el futuro náufrago así como él había puesto bajo tierra el esqueleto de la antigua moradora. Puso su nombre, elaboró también una especie de testamento sobre unos papiros que colocó bajo una roca y agregó una foto personal que había guardado siempre en su billetera.

Robert pereció a las edad de setenta y siete años. Una fría ventisca no se había apiadado de él mientras regresaba empapado de una excursión al sur en busca de dorados para la cena y, habiéndosele metido una gripe en su cuerpo ya debilitado, apenas pudo sobrevivir unas semanas hasta que cerró sus ojos para siempre en la parte más alta de la isla, lugar al que casi se había arrastrado porque era el sitio que le parecía más indicado para morir. Falleció allí arriba, como a él le gustaba, teniéndolo todo a sus pies.

No más de unos dos años después de la última exhalación de Robert, alguien nuevo llegó a la isla. Se trataba de Steve, un talentoso científico que antes del accidente que lo devino en único sobreviviente estaba volando de Nueva Orleáns a Londres para dar una conferencia sobre energías alternativas. Tenía apenas treinta y ocho años, dos hijos y un gran futuro en su carrera que se estrelló bruscamente como el 745 que había quedado en el fondo del Atlántico. Al igual que casi todos los que misteriosamente llegaban a la orilla de la playa, Steve pasó la primera noche a la intemperie y sólo al día siguiente se le dio por inspeccionar su nuevo paradero. Nunca encontró ninguna radio ni nadie se comunicó con él de alguna extraña forma.

Entonces, al correr una rama que se interponía en su camino algo le saltó y en un segundo fatal sintió un pinchazo que comenzó a nublarle la vista. Mareado y adormecido, el hombre quedó en el suelo y desde esa posición alcanzó a divisar la cola de una víbora que serpenteaba entre hojas alejándose de la escena del futuro crimen. A Steve paradójicamente no le quedó otra que empezar a arrastrarse luego de haber recibido el estiletazo de la serpiente. Y en ese estado estaba cuando, a pocos metros, divisó una piedra desde cuyo extremo flameaba una hoja con una leyenda que no alcanzaba a leer porque su visión perdía precisión a una velocidad que lo atemorizaba.

Quedó casi desplomado, sin poder mover casi ningún músculo a medida que iba sintiendo que aún estático volaba de fiebre. Con las escasas energías que le brotaban a cuentagotas, Steve intentó llegar con su mano al papiro que despuntaba de la roca y sacó fuerzas de donde no tenía para lograr arrancarlo. Se lo puso a escasos centímetros del rostro y se disponía a dilucidar lo que estaba escrito en el mismo cuando se levantó una brisa feroz. Tan sorpresivo fue el soplido del viento que el herido no tuvo reflejos para evitar que se le volara el objeto que tenía en sus manos. Iba a morir sin haber podido leer el testamento que Robert J. Harris había dejado de puño y letra.

En ese documento, el autor dejaba constancia que le legaría toda su fortuna a la única persona que había valorado en su vida, su hijo mayor. Éste era aquel que agonizaba en la misma isla, envenenado por una serpiente que su propio padre nunca se había decidido a matar por pereza, egoísmo o lo que fuera, decisión que, atroz y macabramente, terminó cavándole su tumba.

domingo, 28 de junio de 2009

No te excedas con las copas

por Javier Debarnot

Recibir un amigo que viene desde el otro lado del charco es siempre un motivo de inmensa alegría. Los primeros minutos son un torbellino de anécdotas de allí y de acá, frases desordenadas y risa fácil celebrando el reencuentro. Ayer, una vez agotada la emoción de habernos visto con Nacho, de repente él se acordó de que tenía algo para darme.
-No sabés, Javi, me encontré con Alejo y mirá lo que te manda – me soltó mientras me pasaba un pequeño bulto extraído de un bolsillo lateral de su mochila. Sonreí pensando en aquel viejo amigo de la facultad e imaginé que me estaba obsequiando ese trofeo que habíamos ganado juntos en un concurso de creatividad. Pero cuando tuve el paquete entre mis dedos, lo sopesé y reaccioné. Primero: era demasiado pesado como para tratarse de una diminuta copa de metal; segundo: Nacho no tenía ninguna relación con mis compañeros de la carrera de Publicidad; y tercero y garrafal: ahí caí que yo conocía a otro Alejo que era quien me estaba retornando algo mío. Juro que se me heló la sangre cuando supe que ese objeto volvía a mis manos, después de trece años y habiendo cruzado todo un océano.
Corría 1996 cuando los sábados por la noche empezaron a volvérsenos monótonos, a Nacho, Gastón, Emilio, Marcelo y a mí. Los viernes salíamos a bailar y para evitar repetir el mismo programa al día siguiente nos vimos en la necesidad de buscar otras alternativas de ocio. Entonces se volvieron furor las partidas de tute cabrero por unos pocos billetes, pero para no acabar saturados también de los naipes, fuimos por una tercera opción. Ni nos imaginábamos lo mal que iba a salirnos, de lo contrario hubiéramos elegido seguir emborrachándonos cada sábado para ir al boliche de siempre. Pero nadie tiene el domingo el diario del lunes, claro.
Nacho y Gastón conocían de la facultad de económicas a un tal Alejo, que por supuesto cayó bien en el resto del grupo. Era un tipo extremadamente tímido pero agradable, siempre portando una sonrisa y charlas interesantes. Fue en una de éstas cuando nos enteramos que practicaba seguido “el juego de la copa”. Nosotros cinco lo habíamos intentado un puñado de veces en el pasado, siempre con el fracaso total como resultado. Preparábamos todo, pegábamos las letras a una mesa e incluso llegamos a encender alguna vela para aportarle misticismo a la cosa, pero nunca pasaba ni fu ni fa. La copa ni se mosqueaba y nuestras risas primero y resignación después iban entrando a escena hasta desvanecer el clima por completo.
Parecía ser que Alejo se tomaba la cuestión bastante en serio y, una vez salido el tema, se ofreció para acompañarnos en un enésimo intento de mover la copa. Estábamos en casa de Nacho cuando ocurrió el milagro: se movía, claramente se deslizaba hacia cada letra y encima formando palabras lógicas en idioma castellano. Como se supone que para que funcione no puede haber más de cuatro o cinco dedos sobre la base de la copa, al principio quedamos un par afuera, sólo mirando. Y creíamos que el resto la movilizaba adrede para asustar a los que rodeaban la mesa en actitud meramente pasiva. La paranoia se hizo trizas enseguida, porque cada uno de los cinco se fue incorporando al juego y todos sentimos, por primera vez, que algo estaba pasando.
Repetimos el rito varias veces, siempre con Alejo como maestro de ceremonias. Y nunca más la copa quedaría estancada en el centro. Sentimos que fue como cuando de niños aprendíamos a andar en bicicleta, que una vez logrado el éxito no hay vuelta atrás y es un conocimiento que queda para toda la vida. Así fue con este juego que para muchos era impracticable, por imposibilidad de que les funcione o por temor a las consecuencias. Nosotros en ningún momento nos pusimos a pensar en eso. Yo personalmente no me lo tomé muy en serio, sino apenas como un juego en el que había que respetar las reglas: preguntar siempre quién era el espíritu invocado, indagar con respeto sin inmiscuirse en cuestiones escabrosas y, sobretodo, nunca jamás abandonar el juego sin despedirse. Ese era el abecé que Alejo nos dejó como legado y siempre, casi siempre, intentábamos seguir al pie de la copa.
La noche que lo hicimos sin la presencia del “maestro” nos sirvió para desterrar las sospechas de que sólo funcionaba porque estaba él. Comprobamos que aún sin Alejo, nosotros nos movíamos a las anchas del juego con idénticos y efectivos resultados, la misma fluidez en el desplazamiento de la copa y la exactitud en cada respuesta. Es importante aclarar que siempre nos mantuvimos en una misma línea de preguntas no demasiado comprometidas. En todos existía el temor a querer saber, por ejemplo, cuánto le quedaba de vida a tal o cual o algo trascendental por el estilo. Éramos felices preguntando quién iba a salir campeón del torneo Clausura. Y llegábamos a la conclusión de que el invocado no entendía nada de fútbol cuando nos hacía escribir Banfield.
Esa misma noche también hubo un hecho fundamental desembocado por la ausencia de Alejo. Él era quien siempre nos proveía del elemento clave, y al no estar, yo mismo aporté una nueva copa. La birlé del mueble donde mis padres guardaban las bebidas alcohólicas, y se trataba de un pequeño vaso de vidrio macizo de no más de diez centímetros de altura, con líneas verticales que le daban una textura desde la base hasta la abertura. ¿Cuál fue su rendimiento en la mesa? Óptimo al punto de quedar a partir de esa velada como la copa oficial hasta la madrugada fatídica.
Pasaron varios meses a pleno apogeo en el arte de invocar almas ajenas. Insisto en que no creo del todo en eso, creo en Dios y soy conciente de que existe algo más allá de la muerte, pero no me cabe que aquellos espíritus errantes gasten su tiempo participando de un juego de adolescentes aburridos, porque deben tener menesteres mucho más importantes. Ese era mi pensamiento y me obligaba a buscar otra explicación por la cual se movía la copa, hasta que la hallé en apenas cinco palabras: el poder de la mente. Yo y varios más de los chicos creíamos que inconcientemente empujábamos la copa, que existía una cierta telepatía en nuestros cerebros que motivaba que todos actuáramos de forma similar yendo hasta la letra que pedía la lógica de ese momento. Para corroborar la teoría, una noche decidimos hacerlo con los ojos cerrados, es decir, no ver el abecedario que rodeaba en forma aleatoria la copa. Se puede decir que cobró más fuerza que nunca el enunciado del poder de la mente, porque ante la pregunta de “a qué te dedicabas” formulada sin que podamos ver las letras -salvo Marcelo que tenía que comprobar la respuesta-, la copa contestó “srdjan”, que no resultaba ninguna palabra lógica a no ser que estuviera hablando en serbio o algo por el estilo.
Igualmente, aún convencidos de que el movimiento del vaso de mis padres se producía por una acción provocada inconcientemente por nosotros, se nos fue haciendo un vicio incurable. Y tan amos del juego nos sentíamos que llegó incluso el momento en que podíamos descartar casi todos los elementos manteniendo la misma efectividad. No necesitábamos noche, ni mesa, ni letras, ni estar sentados sin las piernas cruzadas. No requeríamos ni siquiera de la copa. Usábamos un simple encendedor como reemplazo, poníamos nuestros dedos sobre él y especificábamos que el cenicero era el “sí” y el paquete de cigarrillos el “no”, más que nada Gastón y yo. En el lugar que fuera, usando como base el apoyabrazos de un sofá, preguntábamos cosas simples para que decidiera el espíritu con respuestas afirmativas o negativas. Es verdad que siempre existió la sospecha de que uno de los dos movía descaradamente el objeto. Aprovecho por si él está leyendo esto para aclararle que yo nunca lo hice, y deseo que no haya sido él el desubicado embaucador. Recuerdo un episodio crucial una tarde en lo de Nacho, cuando seguíamos por televisión unas elecciones en las que la actriz Pinky era candidata a intendente por el partido de La Matanza.
-¿Pinky va a quedar elegida?- preguntamos con Gastón con nuestros índices sobre un pequeño mechero verde. La símil copa se movió hasta una caja de Camel y eso significaba que no. Minutos después Nacho hizo zapping y nos encontramos con la actriz brindando una conferencia de prensa en la que festejaba su victoria. Nos miramos desilusionados restándole credibilidad a nuestro bendito juego, pero increíblemente, media hora más tarde se dieron vuelta los resultados proclamando la definitiva derrota de Pinky en lo que sería uno de los papelones más grandes de los actos eleccionarios en Argentina. Gastón y yo lo festejamos y nos quedamos tranquilos, concientes de que por esa época la copa no nos fallaba casi nunca.
Estábamos demasiado confiados y relajados con el juego, olvidando quizás aquel respeto inicial. Hubo un toque de atención una noche en casa de mis padres, cuando en pleno desarrollo tradicional, con la clásica copa, letras y cierta solemnidad, la luz se cortó de golpe justo en una pregunta comprometida. La novia de Emilio estaba junto a una ventana desde donde veía una soga vacía de las que se utilizan para tender ropa, sólo con una decena de broches enganchados. Ella jura que, de estar estos últimos absolutamente quietos, comenzaron a girar sobre sí mismos justo cuando se apagó todo. El chillido de los elementos de madera dando vueltas por la soga era notorio, debo reconocerlo, y más al ser concientes de que era una noche de verano sin que corriera una mínima gota de viento. Nos fuimos de casa buscando evadirnos del extraño acontecimiento. La principal afectada era de por sí de pocas palabras, aunque esa noche directamente perdió el habla por unas cuantas horas.
El sábado de la desgracia casualmente fue la de la vuelta de Alejo al juego. Al día siguiente viajaba a Estados Unidos por varios meses y quería despedirse de nosotros. No había excusa mejor que hacer un último juego de la copa, pero como Dios manda y no como nosotros algunas veces lo habíamos desdibujado con encendedores y ceniceros. La cita era en casa de Emilio, que vivía con sus papás y con su hermana melliza Rocío. En aquella época ninguno de los de nuestro entorno podía resistir la tentación de vivir aquella sobrenatural experiencia y Rocío no iba a ser la excepción. El problema es que, además de ser una chica inocente y diáfana, era demasiado temerosa, no tanto como para no animarse a jugar, pero asustadiza al fin. Y parece ser que la copa capta el miedo, lo huele, y aparentemente no le gusta.
Ya cuando invocamos al espíritu algo iba descarriado y nos dimos cuenta al preguntarle si era bueno o malo. Por primera vez en meses, nuestro visitante reconocía no ser un alma noble ni bondadosa, y aunque su respuesta nos encendió una alarma, seguimos. Estando Alejo en la mesa, era él quien llevaba la voz cantante y su seriedad y respeto eran tales que nunca se salteaba un paso. Lo siguiente era indagar para ver si el convocado conocía a alguno de los presentes. Todos temimos lo peor y parece que –repito- la copa olfatea el miedo.
Una a una se fueron sucediendo las letras hasta formar la palabra “Rocío”. Yo la miraba de reojo porque estaba justo a mi lado y me preocupó su semblante cuando le brotó una lágrima que empezó a bajar por su mejilla. Supe que no iba a resistir por mucho tiempo pero el show debía continuar.
-¿Querés dejarle algún mensaje a Rocío? – pronunció alto y claro Alejo. Lo que ocurrió después bien pudo haber sido el remate de una broma de mal gusto hacia la hermana de Emilio, pero perjuramos que no lo fue. Nuestros dedos temblorosos, incluido el de Rocío, fueron llevando compulsivamente la copa hasta la “m”, la “u”, la “e”, y como para que quedara bien claro, con idéntica velocidad y energía repetimos la palabra muerte un par de veces más. La verdad es que no podíamos detenernos y nos dejábamos llevar hasta que sucedió lo inevitable. Rocío quitó su índice apartando también los del resto, tomó la copa y, al grito desesperado de “¡basta!”, sin pensarlo la arrojó por un ventanal abierto a escasos metros de la mesa. Se hizo un silencio nervioso de dos segundos que parecieron siglos hasta que Alejo lo rompió.
-¿Qué hacés, boluda?- le repetía con un rostro desencajado y desconocido para todos nosotros, porque su expresión hasta aquel instante siempre emanaba tranquilidad y paz. Evidentemente, lo que había hecho Rocío significaba para Alejo el peor de los pecados. No pasó menos de un minuto para que el maestro de ceremonias recogiera su abrigo y se marchara entre continuos alaridos. Ni se despidió de nosotros de lo turbado que estaba, aún sabiendo que pasaría mucho tiempo para volver a vernos porque su avión salía en pocas horas. Todos nos quedamos helados pero enseguida decidimos consolar a Rocío y cuestionarnos el insólito accionar de Alejo. Sólo después alguien, creo que Marcelo, atinó a asomarse por la ventana intentando seguir el rastro imaginario que había dejado la copa. No cabían dudas de que su aterrizaje había sido en un terreno perteneciente a una casa aledaña en construcción.
Pocas veces volvimos a hablar de esa noche pero quedaron secuelas. Por fortuna, nada le sucedió a Rocío más allá de algunas aisladas pesadillas. Mis padres nunca se preguntaron por la copa que faltaba en su bar, pero yo sí me encargué varias veces de curiosear sobre el chalet que levantaron junto al departamento de Emilio. No puedo negar que a pesar de mi escepticismo por la verdadera seriedad del juego que practicábamos, saber que el instrumento para hacerlo había caído en ese sitio me perturbaba. Temía enterarme de que ocurriera alguna desgracia, porque nadie me hubiera quitado la culpa, a mí y a todos los que habíamos decidido experimentar con fuego. Gracias a Dios, a través de porteros y vecinos de la zona nunca llegaron a mis oídos malas noticias de esa casa. Al menos así fue durante los años en los que esporádicamente me ocupaba del tema hasta que lo olvidé por completo.
A Alejo no lo volvimos a ver en años. Había partido a Norteamérica la misma mañana del incidente y, no siendo época de teléfonos móviles ni correos electrónicos, perdimos todo tipo de contacto hasta que Nacho, una semana antes de emprender el viaje que hoy lo había traído hasta Barcelona, se lo topó de casualidad en un recital de rock. Estando en 2009, sí pudieron intercambiar sus números de celular, quedaron en encontrarse otro día y fue entonces cuando Alejo le dio a Nacho la copa que ahora regresaba a mí. Cuando la desenvolví, además de las evidencias del paso del tiempo, hallé en ella una ostensible rajadura que, intuí, pudo haberse ocasionado con la caída. Me pregunté en voz alta cuándo había sido que Alejo la había recuperado, y la respuesta de Nacho iba a atarme varios cabos sueltos.
-Fue a buscarla la misma noche que Rocío la tiró. Trepó por una empalizada y la encontró entre unos pastizales. No podía permitirse que quedara librada a la suerte, más que nada porque era un ser maligno el que había sido invocado. Esa fue la explicación que me dio. Está loco, ¿no?
-Bueno, entonces no pasó nada en la casa de al lado porque la copa sólo estuvo minutos ahí – agregué rememorando mi preocupación en aquellos años - ¿Y qué fue de la vida de Alejo todo este tiempo?
No debí haber preguntado eso, porque hubiera preferido no saber de la innumerable cantidad de desgracias que sufrió a partir de esa noche. Supe que su viaje de estudios fue un verdadero martirio, que nunca se adaptó a California y que reprobó el Master con las peores notas, aunque había sido mucho peor lo que le ocurrió a su familia al haber sido atracada en su casa de fin de semana en Pilar. Años después de la frustrada excursión de estudios, el chico volvió a Argentina, se puso de novio y su enamorada fue atropellada por un taxista borracho quedando postrada en una cama de hospital por nueve meses. Como si no bastara, en 2001 Alejo fue una víctima más del Corralito y al no poder retirar la suficiente cantidad de dólares una deuda lo obligó a cerrar su negocio de imprenta. Con lo poco que había rescatado, invirtió en letras junto a un socio que acabó estafándolo, y su último estigma fue en octubre de 2007 cuando recibió una bala de goma que le rozó un pulmón, durante una marcha inicialmente pacífica contra la inseguridad que acabó en una refriega entre activistas de izquierda y policías con él en el medio, por supuesto.
Mientras escribo, levanto la vista del teclado y veo la copa posada a la derecha de la mesa. No sé si Alejo me la mandó de vuelta como para decirme “ya sufrí demasiado, ahora te toca a vos” o él cree que sencillamente tiene que regresar a su dueño original. Detrás de mí hay otra ventana abierta, admito que evalúo la posibilidad de darle un nuevo vuelo furtivo, pero temo que me la encuentre otra vez quién sabe cuándo y en qué manos. En este momento sigue aquí y ya se me ocurrirá qué destino darle. O no.
Por las dudas, les pido a mis lectores que se fijen de vez en cuando si escribí algún nuevo cuento. Si pasa más tiempo del habitual y continúa estando este testimonio como mi obra final, les ruego averigüen con las personas más cercanas a mí por mi paradero, o por mi salud, o por mi vida. Y si me ha sucedido algo extraño, pueden servirse de estas líneas para intentar explicar lo inexplicable.

martes, 2 de junio de 2009

La conquista

por Javier Debarnot

Lunes. Para Juan era un día cualquiera, uno más de esos que se acumulaban intrascendentemente en su vida. Se sentó en el banco de siempre a la hora de siempre, y oteó el recipiente en el que llevaba sus sándwiches. Sacó uno y empezó a comer casi de compromiso, sumido en un vacío que lo llenaba por completo, hasta que levantó la vista y miró más allá de las rebanadas de pan que sostenían sus manos. En ese instante mágico la vio a ella.

Dos asientos en diagonal hacia la izquierda del banco en el que Juan pasaba cada mediodía, aterrizó una mujer que imantaba miradas. Tenía cabellos largos y rizados, tez blanca y penetrantes ojos marrones que etiquetaban un cuerpo que sugería armonía y sensualidad en cada curva. Vestía sencillo, con blusa negra y falda gris oscura, y leía un libro que Juan intuyó desde lejos que sería de Paulo Coelho por el diseño de la portada. Desde ese momento, el joven de los abúlicos almuerzos en el parque se sintió atraído por ella. No es que se enamoró perdidamente, pero la chica le gustó mucho. ¿Pero igual haría algo al respecto?

Juan era tímido a ultranzas. Temeroso de por sí a hacerse notar por la vida, tenía dificultad para relacionarse e interactuar hasta con sus compañeros de oficina, y ni hablar de las mujeres. O más bien, ni hablar con las mujeres. La sola presencia de una dama que lo cautivaba le producía efectos adversos más marcados que cualquier medicamento: leve a moderado tartamudeo, temblores en las manos, aumento brusco de palpitaciones y otras complicaciones más. Tenía veintiocho abriles y las chicas con las que había estado se podían contar con los dedos de una mano, y aún así sobraban cuatro.

Esos veinte minutos del encuentro inicial, a Juan se le pasaron como nada. No dejó de observarla hasta que se dio cuenta que era hora de volver a su trabajo. Se levantó raudo y apuró los últimos mordiscos a su almuerzo, dedicándole una última mirada a la chica cuando pasó a su lado. Desapareció de la plaza con la ilusión de volver a verla.

Martes. A la misma hora y en el mismo lugar, el destino le hizo un guiñó a Juan y le devolvió a su princesa. Otra vez llegó para sentarse muy cerca del chico, con el libro del día anterior pero con una expresión más relajada. Con su belleza intacta, leía unas líneas y distraía su vista en el verde y celeste de los alrededores del parque. Entonces, en uno de esos recorridos, sus ojos profundos se cruzaron con los tímidos de Juan que, ruborizado y tenso, bajó su vista refugiándose una vez más en su porción de tarta. Y no hubo más en ese mediodía soleado de octubre.

Miércoles. Siendo la una menos veinte, la chica llegó y se sentó al igual que el resto de la semana, aunque aquella vez, según el obsesivo reloj de Juan, había aparecido con un retraso de quince minutos. Eso significaba que el joven tenía menos tiempo para hacer algo, para intentar la heroica misión de dirigirse a la mujer que a esa altura ya lo inquietaba con creces. Pensó, caviló, repensó y se desdijo en sus vagas ideas sobre cómo abordarla. Hasta que llegó a una cobarde conclusión final, al día siguiente le diría algo. Cuando la doncella se alejaba, a Juan le resonó como un martirio la frase de un profesor de su facultad: mañana es el adverbio de los vencidos. Para él, mañana era como la manta que lo arropaba en la fría noche del día a día. Esa madrugada soñaría mil veces con sus acciones y las posibles reacciones de ella. Lamentablemente, en pocas de esas fantasías encontraba un final feliz.

Jueves. Era el día señalado, con un Juan que estaba tan nervioso que se le cerró el estómago, y por eso ni abrió la viandera que rellenaba su mochila azul. La observó llegar, con la falda del lunes pero con una blusa blanca abotonada sólo hasta la mitad que dejaba apreciar un sugerente escote. La vista del tímido se zambulló ahí mismo, aunque el salto desde la altura lo colmó de vértigo hasta agobiarlo. Fue inevitable que su tensión no parara de aumentar, no obstante el chico se puso de pié y comenzó a caminar en dirección a ella. Sudaba. Se deshacía por dentro. Pero fue.

Iba repasando la oración, la simple oración con la que le hablaría una vez que la tuviera enfrente. Tenía presentes las probables respuestas de ella y hacia donde podría llevar la charla según conviniera. Faltaban ocho, siete, seis pasos, y Juan avanzaba. Quedaban tres metros, sopló una leve brisa y la chica levantó su rostro percibiendo que alguien se le acercaba. Poco a poco, como en cámara lenta, giró su cara en torno a Juan hasta tener contacto visual pleno. Y en ese instante todo tembló.

Primero se estremeció el corazón del joven, pero pasadas unas milésimas de segundo vibró el celular que atesoraba en su bolsillo. Eso ocurrió cuando incluso ya había abierto la boca para despedir el primer vocablo y la chica estaba expectante, a la espera de un diálogo que nunca iba a existir. Imposible negar que para Juan fue un alivio atroz haber abortado de golpe la misión. Siguió de largo como si no hubiera pasado nada al tiempo que atendió su teléfono móvil. Era un llamado insípido de un compañero de la oficina que no duró más de un minuto, que resultó ser la perfecta excusa para aplazar una vez más el acercamiento. Engañándose a sí mismo, el chico volvió a su trabajo ese día creyendo que si no hubiese sido por ese llamado, hubiera pasado algo. Mientras se alejaba del parque, aún ya a cincuenta metros sus piernas temblaban por la emoción de la frustrada conquista.

Viernes. Había llegado para Juan la última chance, porque la noche anterior se le había metido en la cabeza que era ese día o nunca. No tenía ningún plan, con toda lógica, ya que al fin y al cabo nada le había funcionado hasta entonces. Sería lo que Dios quiera, y en eso estaba, justamente mirando algunas nubes que se amontonaban en el cielo, cuando llegó ella, a las dos y veintidós exactas. Algo cambió con respecto al resto de la semana, porque se sentó y enseguida se vio que su semblante era diferente. Estaba apagada, con una tristeza que invadía su rostro, pero no de melancolía, sino de congoja en estado puro. Juan la seguía de reojo y se desencajó al notarla tan turbada justo cuando era su ansiada oportunidad. Mucho más se sorprendió al divisar cómo de golpe la chica rompió en un llanto desesperado.
Una vez más, a pesar de los grises nubarrones, a Juan se le abrió el panorama. Supo que no había nada mejor que una dama sollozando, porque era una clara razón para acercarse a ella con la excusa de consolarla sin que pareciera algo forzado. Por una vez en su vida tuvo decisión y aplomo, y en un santiamén ya había invadido el terreno de la chica que seguía sumida en sus lamentos. Se sentó a su lado sin pedir permiso y arremetió con calma, toda aquella que se le había esfumado el día anterior cuando se había propuesto hablarle. Ese viernes sus palabras finalmente salieron sin pedir permiso.

-Disculpame, ¿estás bien? ¿Te puedo ayudar en algo?

-Eh... –se sorprendió al verlo de repente sentado a su lado- No, ¡hola! –sacó un pañuelo y se limpió el rostro secándose una lágrima que le había corrido apenas el maquillaje bajo su ojo izquierdo – Perdón, no quería hacer ningún escándalo.

-No, ¿qué escándalo? De verdad, sé que quizás me estoy metiendo donde no me corresponde, ¿pero te pasó algo grave?

-No tiene importancia, pero gracias por preguntar –la mujer parecía realmente haberse tranquilizado ante la presencia de Juan–. Veo que venís seguido por acá, si no me equivoco estabas ayer y también algún otro día de la semana. Te tengo visto... –le sonrió y pareció sonrojarse, y el joven sintió que de a poco se iba suscitando el momento mágico con el que siempre había fantaseado. Su doncella le retribuía toda su atención, reconocía haberse percatado de su presencia e incluso le hablaba con cierta cadencia en varias frases. Lo iba enamorando de cero a cien en un rato, haciéndolo sentir el hombre más feliz del mundo.

-Y pensar que no me animaba a hablarte, si hubiera sabido que eras tan sencilla...

La joven posó dulcemente su dedo índice en los labios de Juan, interrumpiendo su hablar, gesto que al chico lo derritió casi literalmente por dentro. Acto seguido, le sugirió intercambiar teléfonos para quedar alguna tarde a la salida de sus trabajos. Juan le dio su número y guardó el de ella en la memoria de su celular. Viendo que eran casi las tres, tuvo que empezar el triste trámite de la despedida.

-Bueno, Paula, increíble haberte conocido, lástima que haya sido en un momento difícil –Juan volvió atrás en el tiempo recordando lo que le había dado pie a todo–. A propósito, de verdad, ¿por qué llorabas?

-Cómo resumirte... -pensó Paula en voz alta- Me robaron, justo antes de venir al parque me había subido al subte, y evidentemente alguien metió mano en mi bolso sin que me diera cuenta. Se llevaron cuatrocientos pesos que necesitaba para un trámite. Muy tonta de mí. Pero qué le voy a hacer, si mi jefe me echa, algo nuevo surgirá...

Envalentonado por el momento, y con el agravante de que había cobrado su sueldo aquella mañana y llevaba todo el dinero en su bolsillo, Juan se ofreció a darle los cuatrocientos pesos para que Paula evitara tener un disgusto en su trabajo, permitiendo que se los devolviera el lunes. La chica primero se negó pero terminó aceptando, se mostró agradecida y lo despidió con un húmedo beso que le dejó la marca del pintalabios. Habían quedado en verse la semana siguiente. Juan se fue complacido y orgulloso como nunca y el fin de semana se le pasó con la lentitud de un año, aunque por suerte acabó.

Lunes otra vez. Juan esperaba en la plaza, esta vez en el banco donde siempre se reposaba Paula. Pasó más de media hora y nadie apareció. Entonces marcó el número que tenía en la memoria de su móvil y se sorprendió al ver que no pertenecía a ningún abonado en servicio. En otro parque bastante lejano estaba Paula. Llegó caminando parsimoniosamente buscando algo, hasta que lo encontró y tomó asiento cerca de su nuevo hallazgo. Con la malicia que sólo atesora un ser humano, sonrió pensando que la ciudad estaba llena de Juanes, y sólo era cuestión de esperarlos y hacerlos sentir especiales para dejarlos luego más desgraciados que nunca.

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