miércoles, 6 de junio de 2018

Un infarto en el entretiempo

por Javier Debarnot

Dice la actual esperanza de vida al nacer que, si no ocurre nada raro, se pueden vivir como mínimo 80 años. Podemos concluir que son dos tiempos de 40 años y pico. El 6 de junio de 2017, meses después de soplar las 41 velas, yo estaba en el descanso, digamos en el vestuario, preparándome para salir a jugar la segunda parte de mi vida.

Entonces, el Barba me frenó en las escaleras del túnel y me dijo:

-No, Javi, descansá tranquilo que el segundo tiempo no lo jugás.

De repente, y cuando uno piensa que lo tiene todo controlado, pasa algo que te deja acostado mirando al techo. A los tres segundos se te empieza a nublar todo y "clac", se te apaga un rato la vida. Lo que algunos pueden definir como metáfora de aprendizaje, para mí fue una embolia pulmonar.

Eso lo iba a saber varias horas después, lo de mi diagnóstico. La embolia pulmonar, una absurda desconocida para mí, era siendo más específicos un trombo-embolismo pulmonar, y siendo más dramáticos, un infarto de pulmón. El tema es que cuando me recuperé de ese primer desmayo, tenía en primer plano las tres caras que más me importan en el mundo, mi mujer y mis hijos, que en ese momento fueron ángeles y, por suerte, me daban la bienvenida otra vez al mundo.

Nunca me había desmayado en mi vida sin razón aparente. Andre me dijo con mucha sensatez que debíamos ir al médico, y como está a unos 400 metros de casa, decidimos ir caminando. Pero algo no iba bien, o no seguía yendo bien, porque tuve que sentarme en plena vereda para no desmayarme por segunda vez en menos de una hora. Y entonces conocí un techo inédito en mi vida, el del interior de una ambulancia.

El primer destino, un centro de salud pública, fue un acto fallido que no hizo más que ahondar mi problema. En realidad, el error fue de un compatriota que estaba a cargo y que en una horita me estaba dando el alta y me mandaba de vuelta a casa por mis propios medios. Casi me desmayo otra vez y ahí fue cuando mi propia mujer le sugirió al médico cordobés que podía estar sufriendo una trombosis, al ver que mi pierna derecha estaba un poco hinchada y ardía de temperatura.

Sí, el simpático doc a punto estuvo de mandarse una gran cagada, y yo me puse en sintonía con él orinándome encima al desmayarme como Dios manda, otra vez hacia la oscuridad hecha y derecha. Al despertarme recibí esa noticia estupenda, de que al perder el conocimiento suelen aflojarse los esfínteres, así que iba a estar con el pantalón meado por unas cuantas horas. Con la dignidad por el piso, otra vez me tocó apreciar el techo de la ambulancia que me iba a depositar en el Hospital Clinic.

Pasé el resto del día y absolutamente toda la noche en una camilla que iban acomodando como una pieza de Tetris en la sala de Urgencias que se iba renovando minuto a minuto. En ese periplo me tuve que quitar la ropa, ponerme esa bata que te deja con el culo al aire y escuchar mientras tanto gritos y quejidos de toda calaña. El mundo de la sanidad pública es maravillosamente caótico, pero el personal médico y de enfermería obra el milagro de que te sientas seguro y cuidado.

Durante esa eterna vigilia me dieron el diagnóstico oficial, el trombo-embolismo que había provocado los múltiples síncopes, o dicho en cristiano, los benditos desmayos. Yo no entendía nada de todo eso, y los médicos tampoco sobre las causas que habían motivado mi ingreso a Urgencias. La patología que estaba sufriendo era típica de un paciente de vida sedentaria, fumador o protagonista reciente de un viaje que le hubiera inmovilizado las piernas por largas horas. Y yo venía nadando tres veces por semana, llevaba meses sin meterle tabaco a mis pulmones y un par de años sin subirme a un avión para cruzar el océano. ¿Por qué a mí?

La cuestión es que una vena se había obstruido en mi pierna derecha y era la culpable de todo. Esa misma noche, estando yo casi desnudo y entubado por mil lados, me presentaron a quien iba a acompañarme durante cada día por unos interminables seis meses: la señora heparina, encargada de anti-coagularme. Además de sacarme veinticinco mil muestras de sangre y pincharme por aquí y por allá hasta dejar mis brazos en modo colador, en plena madrugada me llevaron a hacerme un TAC para observar de qué manera se había desperdigado el coágulo de mi pierna derecha hacia el pulmón ocasionándome los desmayos. Había que evaluar los daños y por suerte habían sido mínimos.

Me di cuenta durante el trayecto de Urgencias a Tomografías que llevaba horas mirando los techos del Clinic, y esa sería la tónica durante los siguientes cuatro días que me quedaban de internación. Si uno es creyente y se ve en las últimas, observar hacia arriba quizás te sugiere que detrás del cielo raso se esconde tu futura morada. Pero yo no quería saber nada del Cielo, porque sentía que la tierra me estaba esperando para jugar la segunda parte de mi vida con toda la intensidad del mundo.

El problema fue cuando, ya trasladado a Helios -que era un sector del hospital que se antojaba como una especie de limbo porque era la escala entre Urgencias y las habitaciones de las especialidades-, pude recuperar mi móvil después de unas eternas 24 horas. Mal dormido, débil y sucio, la orden que mandó mi cerebro a mis dedos no fue la propicia: buscar en Google las benditas palabras "trombo-embolismo pulmonar". Que idea tan pelotuda, Javi.

Primer resultado, directo al mentón: "el 15% de los pacientes que sufren un trombo-embolismo fallece durante el primer mes de tratamiento". Okey, es obvio que yo estaba entre el 85% restante porque ahora estás leyendo esto, pero aquella mañana no fue una noticia muy alentadora que digamos. Además, la sentencia venía de una publicación seria, oficial, de España y del año anterior.
  
Andre, que iba de arriba a abajo haciendo todo por mí y por los nenes que estaban momentáneamente sin padre, muy cerca estuvo de quitarme el móvil, pero se apiadó de mí y en cambio me trajo amigos y libros. Trini, Cristian y el otro Javier fueron mis fieles laderos durante la corta estancia en el hospital. Mientras tanto, los siempre generosos Dani y Maricarmen cuidaban a mis hijos mientras mi mujer estaba conmigo.

La segunda noche, mi pesadilla fue estar imposibilitado por orden del médico para levantarme al baño, que lo tenía a dos metros, y entonces para "hacer lo segundo" no me quedaba otra que pedirle al enfermero que me alcanzara una especie de bandeja mullida. Una mierda, pero yo que soy muy pudoroso no soporté la presión y, a pesar de que lo intenté por duplicado, no pude dejar ningún regalo.

El mejor regalo me lo dieron a la mañana siguiente, y vino por partida doble. Permiso para caminar -y por ende cagar y ducharme- y el alta 24 horas después, con el inciso de que se trataba de un "alta con internación domiciliaria", es decir que no podría moverme de casa y que cada mañana vendría personal del hospital para supervisar cómo iba todo y si me aplicaba la inyección de heparina correspondiente.

Al final, la historia se extendió unas semanas más, con desfile de enfermeras incluido y algún que otro susto con nuevos amagues de desmayo, quizás la resaca del trombo que se resistía a irse sin saludar. Contando desde el día en que empezó todo, en la sanidad pública me habían dado una baja laboral de siete semanas, y yo, en una actitud para que pusieran una foto mía en cada centro de salud de España, pedí el alta voluntaria y volví a trabajar después de cuatro semanas. Regalé tres por amor al arte... ¿o por boludo?

Volví a la normalidad, al horario full-time de agencia e incluso a nadar y a practicar otros deportes como zurrar a mis hijos -broma-, pero cada mañana estuve obligado a auto-inyectarme la dosis diaria de heparina, a la derecha o izquierda del ombligo de forma alternada. Si Messi había hecho algo parecido durante años en su infancia, por qué no podía hacerlo yo durante unos ciento ochenta días.

¿Mi recompensa? No desarrollé mi físico para llenar los estadios de records y goles como la Pulga, pero simplemente pude volver al campo de juego para jugar el segundo tiempo de mi vida, aquellos cuarenta años y pico que en teoría me quedan antes del pitazo final del Barba. Y jugando con mi mujer y mis dos hijos al lado, estoy más que tranquilo de lo que pueda pasar de aquí en adelante, porque con ellos tres ya siento que voy ganando por goleada.





miércoles, 23 de mayo de 2018

¿De qué planeta viniste, paracaidista cósmico?

por Javier Debarnot

A mí me encantaría saltar en paracaídas. Algún día lo haré, en lo posible antes de morir. Pero hoy me atrevo a confesar otra cosa: no soporto a los paracaidistas que caen del cielo cada 4 años. Tengo fobia a los paracaidistas del Mundial.

Si durante tres años y diez meses te parece que el fútbol son "veintidós millonarios corriendo detrás de una pelota" -y de tu boca sale la gracia de preguntarte por qué no se compran una para cada uno, ya que son millonarios- pero hoy estás opinando sobre la lesión de Romero, quiero que lo sepas: estás entre los paracaidistas del Mundial que me gustaría que volaran por los aires.

No tolero esa invasión de decenas, cientos y miles de paracaidistas que empiezan a aterrizar cuando asoma la lista de los convocados o salen al aire las primeras publicidades conmemorativas. Y sobre esto último quiero comentar, con mucha rabia, que es muy habitual que estos anuncios estén creados para los paracaidistas. No todos, pero una parte importante busca alimentarles a ellos y a ellas esa absurda razón de ser que los hace nacer, crecer y reproducirse a medida que avanza Argentina, para morir de forma inexorable una vez acabado el Mundial.

Los problemas con esta gente, o más bien las razones para que le tenga alergia a la multitudinaria tribu, es que confunden desde el inicio la esencia de un campeonato mundial de fútbol. Está claro que el deporte no va con ellos, y así te lo hacen saber durante esos tres años y diez meses.

"¿Otra vez vas a trasnochar para ver un amistoso intrascendente de la Selección?".

"¿Cómo se puede estar triste por una Copita América?".

"¿Cómo es posible que el Pipo -sí, confunden un simple apodo- Higuaín gane más que un maestro?".

Hago una pausa para aclarar una cosa: todas las preguntas anteriores me parecen lógicas, sensatas y hasta acertadas. Respeto mucho a personas que tienen ese razonamiento claro, lúcido y fundamentado con respecto al combo fútbol, éxito, fracaso y millones. Lo aplaudo. Pero...

Pero el tema es que los paracaidistas olvidan todo eso de la noche a la mañana. Desde que les inyectan la vacuna invisible pero letal que les produce "mundialitis aguda", sufren de una metamorfosis que da miedo y sería digna de un análisis socio-antropológico. Y este comportamiento casi neurótico se enciende diez minutos antes de que empiece cada partido.

La raza paracaidista quiere que los jugadores se emocionen cantando el himno. Que exageren, que se les hinchen las venas del cuello y que se les pongan los ojos vidriosos. Lo desean y lo necesitan porque ven en el fútbol una guerra con todas las letras. Para los paracaidistas, no es deporte. Es algo que no podrían explicar con palabras. No encuentran la lucidez para soltar una frase del estilo "veintidós millonarios" etcétera, etcétera.

La raza paracaidista se pinta la cara. Ay, esas banderitas argentinas en los cachetes, qué ridículo más grande. Y fantasean con que se les escapen lágrimas de emoción o de tristeza, y que al caer esas gotas les destiñan el celeste y blanco. Un buen primer plano con un buen filtro, son cien "likes" asegurados en Instagram.

La raza paracaidista, además, hace preguntas pelotudas durante los partidos. Nunca falta el salame que quiere saber por qué no entra otro 9 cuando el equipo ya agotó los tres cambios, ni la colgada que se sorprende al darse cuenta de que hacer un gol de caño no vale doble. Tampoco existe Mundial sin el desubicado de turno al que hay que explicarle el off-side usando tres celulares y un encendedor que hace de pelota sobre la mesa ratona del living.

La raza paracaidista cree que en cada Mundial nos unimos más como argentinos. Siente que yendo a celebrar al Obelisco nos transformamos automáticamente en una sociedad mejor. Que nos abrazamos como hermanos y somos superiores a Chile porque ellos quedaron afuera. Y por el descuido de toda esta gente, los políticos aprovechan para aprobar por lo bajo medidas que los desfavorezcan, y los paracaidistas no se dan cuenta porque están distraídos cantando el himno, pintándose la cara o preguntando por la ley del off-side.

Aclaro que los futboleros que somos futboleros a tiempo completo estamos un poco más atentos a lo que pasa entre bambalinas, es decir a que nos aumenten la luz justo cuando nos metemos en semifinales, porque nos acostumbramos a compaginar el deporte con el día a día. Y sí, aunque no lo parezca, somos conscientes de que nuestra propia vida es lo que más pesa, y que el fútbol es solo la más importante de las cosas menos importantes.

Si estás leyendo esto y te reconociste como paracaidista del Mundial, espero que no te sientas ofendido, pero es probable que sí lo hagas. Y te entiendo, cómo no hacerlo, porque en esta época estás bajo moción violenta, bajo los efectos de la enfermedad, y los síntomas, y éste es mi más sincero deseo, te afectarán hasta el 15 de julio, día en que Argentina juegue y gane la final.

Sólo les pido a los paracaidistas que intenten interferir lo menos posible en el evento que, para los futboleros de siempre, es la culminación de un deporte que tiene sus cosas buenas, regulares y malas, pero que seguimos con pasión los 365 días de cada año. Sin himnos. Sin pintarnos la cara y sin patriotismo barato. Y haciéndonos una única pregunta: por qué no nos dejan ver el Mundial tranquilos.





viernes, 3 de febrero de 2017

Matar a la abuelita


por Javier Debarnot

-Entiendo que sea triste que se muera la abuela de su mejor amiga... pero no es la madre, es la abuela- dijo mi viejo tirando el grado de parentesco sobre la mesa.

-Supongo que querrá acompañarla en un momento difícil -mi mamá aportó el punto de compasión necesaria.

-Sí, pero por la abuela no se justifica que Maru falte al trabajo.

Somos así. Creemos pertenecer a una sociedad tan civilizada que trasladamos las leyes laborales a la vida: si por fallecimiento de abuela de mejor amiga no corresponde faltar ni un día al trabajo, vemos como una insensatez que alguien se atreva a ausentarse de sus tareas sólo por estar junto a la nieta de la finada.

Era domingo a la noche cuando sonó el teléfono en casa, mi papá atendió y mi hermana menor le contó de la muerte de la abuela de Juli, más que nada para informarle sobre el futuro cronograma -velar a la viejita toda la noche y, antes del mediodía del lunes, ir al tortuoso entierro en un cementerio de la zona Norte-, aunque el subtitulado de esas frases era "no duermo en casa ni voy a trabajar mañana... buscate un reemplazo". Ocurre que mi papá, en aquella época, también era el jefe de mi hermana.

Maru recibió el visto bueno del viejo, desconociendo que era a regañadientes. Lo que nuestro progenitor no sabía era que, un rato antes... era domingo a la tardecita -en ese límite oscuro entre las siete y las ocho que marca la inequívoca llegada de la depresión post fin de semana- cuando mi hermana junto a Juli y Jesi, tres amigas inseparables de esos años, preferían matar el tiempo antes de que éste las incitara a suicidarse en pleno Parque Saavedra.

Había un par de chicos con ellas, y charla va, mate viene, surgió la alocada idea de viajar en ese preciso momento a Mar del Plata para ver el amanecer del lunes. ¿Y por qué no? ¿Cuál era, si no ese, el tiempo propicio para hacer esas pequeñas locuras de juventud?

Los minutos siguientes se gastaron con el entusiasmo típico que provoca el subirse a una aventura inesperada, y más que nada se consumieron en conseguir todo aquello que iban a consumir en el viaje, con escala obligada en la Villa 31 previas vueltas de Retiro a Constitución y viceversa. Con el vino, la cerveza y otras yerbas, mi hermana y sus amigas fueron bienvenidas al tren que las depositó en Mar del Plata, y allí se supieron felices por largas horas.

Antes de haber llegado a la ciudad balnearia, había pasado el momento crucial de la llamada de Maru a mis viejos. Y lo del supuesto deceso de la abuela de Juli había sido una idea de la mismísima Juli. "Vos decí que se murió mi abuela, yo que me voy a dormir a la casa de Jesi, y Jesi que se viene a la mía", lo habían planeado y todo parecía estar saliendo a la perfección.

Pero mientras mi hermana y sus amigos surfeaban en su micro-mundo de rebeldes con casa, en Buenos Aires amaneció y las madres de Juli y Jesi vieron que las camas de sus hijas estaban sin uso, ¡ay!, los primeros síntomas del síndrome del nido vacío.

-¿Cómo que Juli no está en tu casa, si me dijo que se quedaba a dormir con tu hija?

-Yo creí que era al revés -contestó la mamá de Jesi, y con esa simple llamada ya empezaron a oler algo raro, hasta que ese aroma las llevó hasta la tercera en discordia.

-Hola Marta -saludó la madre de Juli a la mía.

-Hola, siento lo de tu madre, te doy mi más sentido pésame.

El mundo se detuvo por primera vez ese lunes, pero sobreponiéndose al sudor frío que debe provocar la noticia de la muerte de un ser cercanísimo, a los pocos segundos llega la constatación de que todo es una confusión, o más bien una mentira gigante de esas con las que recomiendan no jugar.

Eran años en los que los móviles no eran muy populares, así que sólo cabía esperar. Después de la afortunada resurrección de la abuela, cualquiera de las tres involucradas tenía que dar una señal de vida.

Cuando después del mediodía sonó el teléfono en casa, atendió mi santa madre y era mi hermana, yo me dispuse a disfrutar de una jugosa charla. Era para ponerse cómodo en el sofá y comer algo dulce imaginando la escena. Desde un locutorio de Mar del Plata, Maru avisaba que había acabado el entierro, que estaban cansadas después de una larga noche y que iba a seguir acompañando a Juli unas horas más.

Y entonces olfateé que para mi vieja había llegado ese momento tan placentero, el de la estocada mortal, esa sensación que se tiene cuando se sabe que otra persona te está mintiendo con descaro y ni se imagina que uno conoce la verdad y está a punto de desenmascararla.

-Cuando vuelvas del entierro traé churros... pelotuda.

Para los desprevenidos, los churros son muy típicos de la costa argentina, y con esa frase magistral mi mamá le dijo sin decírselo "ya sé que están de joda en Mar del Plata, que no se murió la abuela de Juli y que cuando vuelvas te vas a arrepentir de la jodita que, entre otras cosas, hizo que tu padre tuviera que pagarle a un reemplazo para que trabaje en tu lugar".

Maru salió del locutorio y sólo tuvo que soltar un lapidario "ya saben todo". ¿Hubo entonces arrepentimiento, entraron en razones y abrieron su corazón por las mentiras? Mejor abrieron un par de cervezas más y decidieron acabar el viaje bien arriba, y que el problema de la vuelta a casa fuera para las Maru, Juli y Jesi del futuro.

De las tres involucradas, sólo mi hermana se quedó con un pequeño pero molesto nudo en su pecho que iba a acompañarla un tiempo más. Si los crímenes prescriben en una equis cantidad de años: ¿cuántos tendrían que pasar con la abuela de Juli viva para que Maru no se sintiera culpable de su muerte si ésta se produjera? Tardó bastante en animarse a ir a la casa de su amiga por el miedo a tener que mirar a los ojos a su madre... o a su abuela.

Por fortuna, la anciana vivió muchos años más. Lo que nunca supo mi hermana fue que, por esos caprichos del destino, el tiempo que le quedó de vida a la abuela de su amiga era la cuerda que les quedaba en el carretel a ella, a Juli y a Jesi para hacer locuras juveniles. Y a partir del día de su muerte, empezaba el tiempo de hacerse cargo, vivir... y dejar vivir sin matar a la abuelita. 




martes, 10 de noviembre de 2015

Compra-venta

por Javier Debarnot

Mauricio, a quien todos conocían como el Master, era el vendedor ambulante más caradura del mundo, capaz de ofrecerle a los transeúntes los productos más inusuales y, lo más llamativo, hacerles creer que los necesitan. Un jueves a las dos de la tarde, iba caminando por las calles porteñas del centro cuando se detuvo a atarse con más fuerza los cordones de sus zapatos. Lo interrumpió una voz de alguien que pasaba.

-¿Qué estás vendiendo?

-Lo que vos quieras comprar, papá –le contestó sin siquiera girar su cuello, todavía tironeando de uno de los cordones de su calzado hasta que se le partió por su exceso de fuerza.

-Parece que hoy no es tu día de suerte –seguía hablándole el hombre que se había parado a su lado.

-Yo no necesito suerte, ¿vos qué necesitás? Yo te vendo lo que sea.

-Ah, qué bueno, porque yo justamente compro lo que sea.

-Entonces encontraste al tipo indicado. Lo querés, lo tenés. Decime ya mismo qué es lo que te haría feliz.

-Quiero tu vergüenza.

Mauricio dejó caer el cordón al suelo y por primera vez enfocó a su interlocutor, un individuo de mediana estatura, bastante flaco, de tez renegrida y pelo enrulado y desprolijo, que lo miraba sin pestañear.

-Te compro la vergüenza. ¿Es tan difícil? Pensé que vendías todo.

-Pará, loco de mierda, claro que vendo todo –Mauricio se puso de pie y quedó cara a cara con el extraño personaje-, ¿pero cómo me vas a comprar la vergüenza? Vos no tenés vergüenza, por eso me decís semejante locura.

-¿Vendés o no? Ponele precio y listo.

-A ver, supongamos que te creo. Te pido mil pesos, bah, si al fin y al cabo yo tengo una sola vergüenza, dos mil pesos y te la llevás ahora mismo.

-¡Hecho! Ahora tenés que completar acá –agregó sacando una hoja en blanco de uno de los bolsillos internos de su campera de jean–. Escribí la palabra vergüenza, ¿tenés una lapicera?

El Master se dio cuenta de que la cosa iba serio mientras abría su portafolio y sacaba una de las estilográficas que vendía por cinco pesos. Utilizó su maletín como apoyo y garabateó la palabra solicitada.

-Ahora firmalo –le dijo el extraño comprador, y cuando vio que Mauricio se aprestaba a estampar su rúbrica en el trozo de papel, lo paró en seco con una frase cortante-. No, firmalo con sangre, hacete un tajito en la palma, o en un dedo, ¡tomá!

Mauricio se quedó helado cuando vio que su particular cliente le extendía una mano rígida con un cutter atrapado entre sus dedos aguardando que el vendedor lo utilizara para tajearse y firmar con sangre el documento de la atípica transacción. Y así lo hizo el Master: humedeció la hoja con el líquido de factor RH positivo que bombeaba su corazón y se la entregó al individuo. Éste sacó un manojo de dinero, contó veinte billetes y se los entregó a Mauricio. Sin decir más, se fue caminando por Lavalle hasta desaparecer entre la maraña de transeúntes.

Todavía con la boca abierta, el dueño del portafolio lleno de camisas y baratijas se percató de que el rostro del prócer Julio Argentino Roca de la primera lámina del billete había quedado manchado con su propia sangre. Unos segundos después, Mauricio dejó la esquina con dos mil pesos en su bolsillo y, en teoría, despojado de su vergüenza.

Desde aquel día, hay que tener mucho cuidado con él, porque un hombre que no tiene vergüenza es capaz de venderte lo que sea. Incluso hasta un país.






martes, 27 de octubre de 2015

La ventanita del humor

por Javier Debarnot

Lo reconozco: soy un actor frustrado. También soy músico y futbolista frustrado, pero tampoco hay que ahondar en mis frustraciones que ya está visto que tengo varias. Mi trunco camino hacia el terreno actoral se cruzó en mi vida varias veces, pero siempre me encontró con el GPS en modo inútil y nunca logré recalcular la forma de llegar a pisar las tablas. Aunque alguna vez me empujaron en cierta forma al escenario, y eso sí que no. A mí no me gusta que me fuercen a nada.

En realidad, con respecto a mi vena actoral, jamás estuve cerca de, por ejemplo, inscribirme en un taller de teatro o algo por el estilo. No llegué siquiera a planteármelo dos veces, como mucho una vez y media pero quedo ahí, en estériles hipótesis. Aunque en alguna ocasión participé voluntariamente en episodios que coqueteaban con la actuación, empezando por los típicos actos escolares.

Promediando la escuela secundaria, reclamé el papel protagónico en una obra en donde parodiábamos una popular serie de aquellos años en Argentina. Reconozco que el desafío no era mayúsculo porque yo mismo era el guionista y me puse algunas líneas de diálogo para mi lucimiento personal. Tal vez algunos contenidos del texto no eran idóneos para un colegio de monjas, y ahora que lo analizo a la distancia, quizás el hecho de llamar “Tío Teto” a uno de los personajes haya sido una de las razones para que me expulsaran a los pocos meses. Podría ser.

En los últimos tiempos, comenzaron a florecer por todos lados los espectáculos callejeros donde actores, músicos, bailarines, equilibristas o contorsionistas nos convidaban su talento con shows de menor o mayor calidad. Nunca dejaré de brindar y apoyar esa iniciativa de llevar la cultura al pueblo, en pequeñas dosis pero siempre gratuitas, pero hay algo que no puedo tolerar y que me saca de quicio: cuando los artistas fuerzan al público a intervenir.

En la mayoría de los casos, lo que hacen estos actores de cuarta –nótese mi indignación- es convocar a algún desprevenido asistente a hacer el ridículo delante del resto del improvisado auditorio. Cuando los protagonistas necesitan a otro para realzar el valor de su función, ¿será porque artísticamente no puede sostenerse por sí sola? Nadie me quita de la cabeza que los que requieren a un pobre diablo para que sea el blanco de las risas son comediantes mediocres, a quienes no les queda otra salida que compensar la baja calidad del número como sea.

Y por ello yo, el actor frustrado, llevo largas temporadas huyéndoles. O si no me queda otra, ubicándome bien lejos, escondido entre el público, en todas aquellas propuestas de teatro callejero donde sospecho que pueden meter a alguien del público de sopetón. Es una de mis mayores pesadillas, que me tiren al improvisado escenario, que me pongan un gorro estrafalario y que me obliguen a hacer malabares con una bandeja o algo peor, que me hagan bailar una coreografía idiota. Ay, qué mal la pasaría. Lo peor es que estos malnacidos se dan cuenta dónde está la persona que no quiere participar y van directo a cazarlo, como tiburones olfateando los hilos de sangre que manan de la vergüenza de un tipo reservado. 

Cuando hace dos semanas, mientras tomaba mate delante de la ventana de mi casa, vi que en el parque de abajo empezaban a montar un escenario suspiré aliviado. Habría show y mis hijos querrían que los acompañara a presenciarlo y eso conllevaría el riesgo de ser tirado a los leones por un inescrupuloso artista, pero la cercanía con mi domicilio me permitiría dejarlos ir solos y vigilarlos desde el segundo piso.

El día de la función, unas doscientas almas incluyendo a las dos de mi descendencia estaban acomodadas en su sitio para ver la actuación de un payaso. En general no me caen bien los payasos, quizás desde que la película “It” me obsequió un variado catálogo de pesadillas en mi niñez, y por ello agradecí estar salvaguardado en casa, lejos de la sonrisa maliciosa de este artista. ¿Todo controlado? No, no y no. Qué tremendo error fue, justo cuando iba a empezar la obra, asomarme por la ventana para espiar lo que pasaba sin contar que el payaso se iba a fijar de pronto en mí, y señalarme desde el escenario.

-¡Tu! El chico de camiseta roja que está en la ventana tendiendo la ropa –me gritó captando definitivamente la atención de todo el público, logrando que en una sincronizada coreografía doscientos cuellos giraran hacia mí.

-¿Yo? –solo intentaba ganar tiempo.

-¡Sí! ¿Por qué no te vienes? ¿No te dejan? –dijo el payaso arrancando la primera carcajada de la grada.

-No, no me dejan –contesté siguiendo un poco la gracia, pero rogando que desde la distancia no notaran que mi cara estaba del color de mi camiseta.

-¡Quita ya esa sábana que el vecino de abajo tiene derechos judiciales a tener su ventana descubierta! –el desalmado comediante empezaba a burlarse de mí, y por detrás retumbaban las risas de mi mujer que, sabiendo lo que odio ser forzado para participar en un show, no podía creer que estuviera siendo humillado desde el salón de mi casa.

-¡Quítala ya! –me seguía insistiendo, y yo definitivamente ya no estaba disfrutando ese diálogo de “ida e ida”, y concluí que debía hacer algo ya.

Desde mi ventana, estaba en el sitio perfecto para hacer algunas gracias que causarían una buena impresión en el público, más que nada por la perspectiva. El truco del ascensor, que consistía en apretar un botón imaginario y dejarse deslizar hacia abajo como si estuviera descendiendo, y como la gente me veía sólo de la cintura hacia arriba, el efecto quedaría bien logrado. O la escalera mecánica, similar al truco anterior pero desde una posición lateral. Al final, descarté esas opciones y opté por mi número más espectacular que sería envidiado por los mejores magos del mundo: la desaparición total.

Media hora más tarde, mi mujer me pidió que fuera a buscar a los niños al parque. La obra ya había concluido pero el público y el payaso seguían deambulando por la zona. ¿Iba a quedar como un cobarde y no animarme a dar la cara? Eso jamás. Bajé como un duque y caminé con la frente alta entre la multitud y los artistas., recogí a mis hijos y regresé a mi ventana hinchado de valentía, restándole importancia a la pregunta que me hizo mi primogénito.

-¿Papá, por qué te cambiaste la camiseta y tenés un peinado nuevo?

Maldito payaso.





martes, 13 de octubre de 2015

¿Una carta?

por Javier Debarnot

Hace pocos días, metiendo cosas en cajas para nuestra futura mudanza a Dublin, casi que me tropecé con una carta de una ex-novia de la juventud, una solitaria hoja amarillenta que llevaba dos décadas atrapada en un sobre de papel y que me provocó lo obvia curiosidad, muchísima, de querer saber lo que me decía esa chica tantos años atrás cuando nuestras vidas eran otras, porque ella y yo éramos otros, muy distintos, nosotros y todo el mundo que nos rodeaba.

Leí…

Barcelona, viernes 13 de octubre de 1995

Amor:

Tengo tantas cosas para decirte que no sé ni por dónde empezar. La mano me tiembla de la emoción y por eso te anticipo que la letra me va a salir así, medio deforme y fea, como si en vez de escribirte con una lapicera tuviera un taladro en la mano. Te puse dos líneas más arriba que no sabía por dónde empezar y me acabo de iluminar. Sé que es medio egoísta arrancar hablando de mí, pero es que no hay otra persona en el mundo con quien quiero compartir esta alegría: ¡TENGO TRABAJO! Fueron tres semanas eternas de esperas y llamadas, pero al final sonó el bendito teléfono y era la secretaria del gerente. Me dijo que tras un largo proceso de selección había sido yo la elegida, ¿pero querés que te diga una cosa? No es por agrandarme o “hablar con el diario del lunes” (la frase que tanto usás vos), pero yo estaba segura de que me iba a quedar con el puesto desde el mismo instante en que me fui de la entrevista, sí, señor, si había estado 10 puntos, cero nervios, segura, ya sabés que nunca me resultaron fácil estas historias, pero esta vez fue distinto, se dio todo redondo y creo que estaba escrito que este puesto era para mí. ¡Iupi! No veo la hora de que brindemos juntos por esto… y por muchas cosas más. Empezaré en dos semanas, justo cuando arranque noviembre. ¡Qué ansiedad!

Para disfrutar los últimos cartuchos que me quedan de tiempo libre, el jueves pasado aprovechando que era fin de semana súper largo fuimos con los chicos en auto a un pueblo increíble que queda pasando la frontera de España, al sudeste de Francia. Se llama Perpiñán (en francés, sería Perpignan)… ¡y me encantó, amor! Buscalo en el mapa que te dejé en el estante del medio, al lado de la biblioteca. La cuestión es que estuvimos un día y medio, y creo que lo que más disfruté fue la tarde en que salí a caminar sola, porque me estaba agobiando de estar en el medio de las discusiones sin sentido de Paula y Gonzalo, a cualquier hora y en cualquier lugar. Sentada en el banco de un parque, la vista que tenía era espectacular. Saqué una foto pero mandé a revelar el rollo ayer, y supongo que las tendrán el lunes (no podía esperar a mandarte la carta hasta ese día con todas las novedades, jaja). No sé si saldrá bien la foto, pero por las dudas te cuento lo que recuerdo del lugar. Verde, mucho verde, bien cortadito, parecía una alfombra de lo bien cuidado que estaba el césped, y en el medio un canal chiquito de unos tres metros de ancho, no más. Las casitas pegadas al canal, todas iguales, una al lado de la otra, de un naranja ladrillo un poco gastado, y detrás unos edificios de no más de tres o cuatro pisos, que deben tener unas vistas que ni te imaginás… Ay, lo que me encantaría que estemos alguna vez los dos juntos por acá, disfrutando y oliendo este paisaje algún atardecer de otoño, y después tomarnos un cafecito caliente en bares perdidos y pintorescos que hay por la zona. Cruzo los dedos para que volvamos en poquito tiempo a Perpiñán, ¡te va a volver loco, también!

Y la que está como loca de contenta es Sofía, la chica que tuvo el bebé la semana pasada. Para refrescarte la memoria, es la que conocí haciendo las encuestas a las pocas semanas de haber llegado a Barcelona. Fui a visitarla a los dos días de haber nacido Marc, en la Clínica del Pilar, y por suerte solamente estaba su mamá en el momento en que yo estuve. La verdad que el bebé es precioso, muy tranquilito. En la media hora que lo vi, justo coincidió con un cambio de pañales y el chiquito se dejaba hacer todo sin chistar. Saqué muchas fotitos, es increíble… ¡Marc es la cara del papá! Bah, igual vos no lo conocés al papá y aparte siempre decís que los bebés no se parecen a nadie o se parecen a todo el mundo cuando son recién nacidos, así que no sé por qué te cuento o te escribo esto, jeje, ¡no te enojes!

¿Y cómo va tu proyecto, amor? Te prometo que yo te tengo más fe que nunca, ¡creo en tu talento! Hace un tiempito escuché una frase, no me acuerdo bien dónde ni tampoco exactamente cómo era, pero sí me quedé con la idea (con el concepto, como te gusta decir a vos “para hablar con propiedad”). La cuestión era algo así como que había que intentar cumplir los sueños, los propios, porque si no lo hacés vas a cumplir los sueños de otros aunque vos no quieras. Parece una obviedad, pero es una verdad más grande que una casa y que todos deberíamos tener en cuenta, o más que tener en cuenta, intentar hacerla realidad, ¿no? ¿De qué sirve hacer algo que no nos llene? ¿Para poder comprar más cosas? No, señor, creo que el precio de esas cosas puede ser altísimo si no estamos contentos con el método que usamos para conseguir ese dinero, con el día a día… En fin, me estoy yendo por las ramas, pero lo que quiero decirte con todo esto es que tenés que darle para adelante con la idea del estudio propio, no dejes que te siga mareando y volviéndote loco el insoportable de Ramírez… Sí, ya sé, es tu jefe, pero no te valora y yo sé lo increíblemente capaz que sos, y el día que te decidas y te vayas, ¡se va a arrepentir! Ya llegará el día, y te vas a llevar el mundo por delante (pero ojo, déjame subir a mí y vamos los dos juntos).

Amor, no quiero olvidarme en esta carta de contarte sobre una de las mejores películas que vi en mi vida. Se llama “Antes del amanecer” y es preciosa, pura poesía. Supongo que no les habrá costado mucho porque no tiene ni explosiones ni sangre ni asesinatos, es una simple historia de dos jóvenes hablando durante toda la película, hablando mientras pasean por Viena. Entran a un bar a tomar un café, se pierden por las calles de la ciudad, ven algún espectáculo callejero por ahí… no te quiero contar la película, pero estoy seguro que te va a encantar, y hasta te podrás sentir identificado con el personaje. Uno de los actores es Ethan Hawke, el de “Viven”, y a la chica no la conocía pero hay que seguirla, ¡es muy buena! Toda la película en sí es una obra de arte, cada diálogo, cada mirada, la música, los silencios, me ganó el corazón esta historia, te lo prometo. La vi en un cine de barrio, yo creo que aguantará unas semanas más porque el público sale emocionadísimo y seguro que todo el que ve la película, la recomienda. Se me acelera el corazón de sólo imaginarme poder verla con vos, en la misma sala en la que estuve yo. Cuando pasaban los títulos del final y se encendieron las luces, me caían las lágrimas como a una adolescente, pero no de tristeza porque la película no es un drama, todo lo contrario, era de la emoción, porque “Antes del amanecer” es un canto a la pasión, al acto de enamorarse pero enamorarse en serio. Insisto, una de las mejores películas que vi y me vas a dar la razón cuando puedas disfrutarla vos también.

Uy, me acabo de acordar de una buenísima: el martes pasado fue el cumpleaños de Anna, la compañera del Master, y fuimos a festejarlo yendo a una discoteca por el Puerto Olímpico. No estuvo mal, aunque no fue nada del otro mundo, pero lo gracioso o anecdótico fue toda la previa, porque no nos poníamos de acuerdo en nada: en elegir el lugar, decidir cuánto dinero juntar para el regalo y qué comprarle. Fueron unos días de auténtico despropósito, llamadas telefónicas de aquí para allá, reuniones en el bar de enfrente de la Uni con cambio repentino de tema cuando aparecía Anna, discusiones y cambios de planes, una y otra vez. La verdad que en algún momento tuve ganas de quedar al margen de todo porque se ponía muy denso el tema. Al final la fiesta empezó y se acabó en paz, pero de casualidad. Si el año que viene pasa lo mismo, ya le aclaré a mis compañeros que ni sueñen con mi colaboración. Así no.

Bueno, mi amor, no te agobio más con tantas historias que algunas te interesarán mucho, otras poquito y otras nada. Lo más importante es que al leerme sepas que estoy pendiente de vos todo el tiempo, quiero que me cuentes tus cosas también, todo lo que hacés y sentís. Y lo más importante, que te quede claro que te amo con todo mi corazón…

Valeria


Quedé absorto al terminar de leer la carta, y me quedé pensando un rato largo. Pero no es que me hayan conmovido las palabras de Valeria, de la que guardo un gran recuerdo pero que en definitiva había dejado de ser mi novia un año y medio después de aquella parrafada. Lo que motivó mi reflexión y quizás cierta preocupación fue el hecho de intentar imaginar cómo hubiera sido la carta de Valeria en los tiempos que corren. Cavilando varios minutos, llegué una conclusión y es hora de poner cartas en el asunto, porque la carta de Valeria –que ya no sería una carta o más bien estaría despedazada en varias partes- empezaría con un asunto, el asunto de un correo electrónico:



Primer párrafo:

Asunto: RV: Has sido seleccionada

Hola amor, te reenvío el correo que me llegó esta mañana. Estoy felizzzzzzzzzz.

Asunto: Has sido seleccionada

Buenos días, Valeria.

Has sido seleccionada para el puesto vacante en nuestra empresa de Recursos Humanos (Ref: RRHH-Auxliar). Muy pronto te contactaremos para definir detalles del puesto.

¡Enhorabuena!



Segundo párrafo:

@valeria79 te ha etiquetado en una foto de Instagram




Tercer párrafo:

Notificaciones de Facebook:

Valeria ha compartido contigo 23 fotos del álbum “Primeras sonrisas de Marc” 



Cuarto párrafo:

@valeria79 te ha retuiteado:

@lucaslopez “Si no trabajas para cumplir tus sueños, trabajarás para cumplir los sueños de otros” ¿No es una verdad más grande que una casa?



Quinto párrafo:

Valeria te ha enviado un archivo por WeTransfer.

Amor: vi esta película anoche. Me interesa que la veas y la comentamos...



Sexto párrafo:

Grupo de WhatsApp “Cumple 24 Anna”

Laia ha creado el grupo
Laia: ¿Todos de acuerdo en ir a una disco?
Pau: Por mí sí.
Roger: Vale.
Laura: ¿Y si hacemos algo más tranquilo?
Valeria: De acuerdo en lo de la disco.
Laia: Pongamos 5€ para el regalo, ¿ok?
Toni: Ok disco. Ok 5€.
Roger: 5€ es mucho.
Toni: Te sale la vena catalana.
Laia: Yo soy catalana y dije de poner 5, por mí pondría 10.
Roger: No sé qué opinan los demás.
Roger: ¿Vale?
Toni: ¿Ahora dices que vale? ¿Pones los 5 € o “la pela es la pela”?
Roger: Dije Vale por Valeria, que diga que opina.
Valeria: Yo pongo los 5 €, pero están un poco nerviosos.
Laia: Dejemos los juicios de valor de lado, ¿vale, Vale?
Valeria ha abandonado el grupo.
Toni: Qué susceptibles algunas…
Roger: Por qué no te callas.



Séptimo párrafo:

Chat de Messenger:
Valeria: Y lo más importante, que te quede claro que… (sin conexión de datos, aguarde para reenviar)
¡Mierda! El 3G, otra vez el 3G.



¿3G? Sí, “je je je”. El romanticismo en tiempos digitales es inversamente proporcional a la cantidad de megas que tiene tu plan de datos. ¿Romanticismo? Romanticismo era el que tenía remitente, destinatario y texto manuscrito, y a la emoción de escribir la carta luego se sumaba la aventura del cartero para que llegara más o menos a tiempo, o al menos que llegara antes de que nuestra amada cambiara de dueño. O sencillamente que llegara, a secas. Sin dudas, romanticismo era el de antes.




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