viernes, 5 de diciembre de 2008

Si yo hubiera estado, no hubiera pasado


por Javier Debarnot

      -Si yo hubiera estado, no hubiera pasado –le dije con firmeza a mi papá sin intención de iniciar una discusión que se iba a alargar inútilmente. El acontecimiento era de ligero a insignificante para muchos, pero de vida o muerte para unos pocos en los que me incluía: perder una vez más contra Boca devenía en mi ser una depresión de varios días.
      En la cancha de River, con casi todo el público a favor, un 0-1 a los cuarenta y siete del segundo tiempo era mucho más de lo que un corazón gallina podía soportar. Y encima con gol de cabeza de Figueroa tras un corner tirado por Riquelme. Y yo no había estado presente quién sabe por qué. Lo padecí por radio y todavía lo sufría cuando volvió mi papá de su trabajo, en donde también había seguido el clásico pero por internet.
      -De verdad que estoy seguro que hubiera sido otra cosa conmigo en la cancha- le insistía.
      -Pero no, Javi, no seas cabezón, no hubiera cambiado nada.
      -Yo no digo que lo hubiera llamado a nuestro arquero antes del partido y le hubiera dicho que tenga cuidado, que no salga a cortar un centro al pedo en el último minuto, eso no, se supone que yo no sabría nada de lo que iba a pasar, pero mi presencia seguro que hubiera desencadenado un partido distinto.
      -¿Ah, sí? ¿Y por qué? ¿Qué te hace suponer eso?
      -Por el famoso “efecto mariposa”, eso que dicen, que el aleteo de una mariposa en una parte del mundo puede desencadenar un tifón del otro lado del planeta.
      -Dale, “efecto mariposa” –se sonrío mi papá –andá a dormir.
      Me acosté mascullando bronca y concilié el sueño después de girar trescientas catorce veces sobre la almohada. Amanecí amnésico del día anterior y cuando fui a la cocina le apunté directo al diario que descansaba en la mesada. No me sorprendió nada que fuera la edición del domingo, con el titular “Hoy chocan River y Boca” en primera plana. Sin saberlo, el destino o el tiempo o quien sea me estaba regalando una oportunidad única para comprobar mi teoría.
      A la hora señalada estaba haciéndome un lugar en la popular local. Se venía un partido terrible, con River en la punta del campeonato y Boca a dos puntos, todo esto faltando tres fechas. Yo no tenía ni idea de que la película que iba a vivir ya estaba guionada y el final ya estaba escrito (iban a ganar los malos). Osea que si nadie se salía del libreto, entraría Figueroa a las cuarenta del segundo y con un cabezazo aprovecharía una salida en falso de Ojeda para hacer ganar al visitante sobre el epílogo.
      Claro que había algo distinto. Un protagonista que no había formado parte del guión original en esta inédita repetición: yo. Aunque no ocupaba un rol estelar, ni siquiera de reparto. Apenas era un extra más entre miles, pero antes no había estado y ahora estaba allí, justo cuando empezó el partido.
      Ya se había consumido todo el primer tiempo y parte del segundo y yo había hecho lo propio con seis cigarrillos. Cuando iba por el séptimo, la piedrita de mi encendedor se zafó y ya no había remedio porque no largaba ni chispas. Lo guardé en mi bolsillo, porque aún roto sabía que ese Bic amarillo estaba invicto cada vez que lo había llevado a la cancha. Entonces giré mi cabeza hacia la derecha, inconciente de que estaba por encender la mecha que lo desencadenaría todo.
      -¿Me das fuego?- le pedí al que estaba a mí lado. No era precisamente un barrabrava, pero sí un aspirante a serlo y por eso hacía méritos cumpliendo una labor casi de sirviente, la de sostener con uno de sus brazos la mano de un barra hecho y derecho, que se bamboleaba haciendo equilibrio sobre un para-avalancha.
      -¿Te aguantás, Walter? Un cachito mientras le doy fuego al pibe – le preguntó al de arriba, y éste se soltó, elevó el pulgar y creyó que soportaría, pero el litro de tinto que llevaba en la sangre le haría perder la vertical para tirarlo al diablo. “¡La concha de la lora!”, llegó a gritar mientras se desplomaba hacia delante provocando un verdadero efecto dominó o avalancha en el lenguaje futbolero.
      Yo zafé corriéndome rápido a un lado, pero una manada de treinta hinchas fueron bajando de a dos o tres escalones a la vez, disminuyendo la velocidad a medida que se alejaban del lugar donde había caído la primera víctima. Unos quince metros más abajo estaban un vendedor de Coca Cola y su cliente y ambos fueron alcanzados por los últimos coletazos de la avalancha. El transpirado comerciante se dio de narices contra el piso junto con la última gaseosa que desparramó su burbujeante negrura. Pero al menos ahí se trazó el punto final de la embestida de humanos.
      Todavía insultando por lo bajo, el cocacolero estaba subiendo a reponer su bandeja cuando un hombre le pidió una bebida sin advertir que el vendedor iba desnudo de mercadería. Éste se alejó bufando sin siquiera responderle y lo dejó al comprador soportando los reclamos de su hijo pequeño, que quería la Coca sí o sí y ya. Su padre sabía que cuando a su primogénito se le metía un capricho en la cabeza, no complacerlo era quedar expuesto a un escándalo madre.
      Llevándose al niño casi a la rastra, el hincha llegó al patio interno de la tribuna y se dirigió a un puesto de gaseosas. El playón estaba desierto, claro, porque faltando apenas quince minutos y con el partido cero a cero, nadie quería perderse el posible primer gol de la tarde. El empleado estaba tranquilamente hablando por su celular, que cortó cuando llegó el hombre con su hijo. Después de venderles las gaseosas y la hamburguesa de rigor, le mandó un mensaje de texto a su cuñado para avisarle que ya estaba liberado y podía seguir con la charla.
      Al costado del campo, el cabo Muñoz se distraía leyendo una bandera cuando un brusco temblor lo sobresaltó. Siempre le pasaba lo mismo cuando le vibraba de golpe el móvil en su bolsillo. El sacudón le hizo dar un brinco y la gorra de policía se le deslizó por detrás de la nuca. Presa de una brisa pasajera, se le voló metro y medio hacia uno de los carteles de publicidad.
      El alcanza pelotas dejó de lado su estatismo y se acercó hasta la gorra para alcanzársela a su dueño, con tanta mala suerte que justo en ese segundo salió un balón del campo, pasó a su lado y siguió de largo. Un jugador de Boca lo asechó para que le diera rápido otra pelota, pero el chico recién de incorporaba después de socorrer al policía. La demora se hizo eterna para el futbolista que quería iniciar un rápido contragolpe, así que mientras lo insultó al pibe por su desidia, fue él mismo por el esférico que rodaba a escasos metros.
      El defensor sacó el lateral pero le iban a pesar esos instantes perdidos. El apuro le nubló el panorama y perdió precisión, entonces la pelota fue interceptada por un jugador de River que dejó parado al teórico receptor. El delantero local salió como una flecha y tuvo que ser frenado como sea, y el tirón de la camiseta le costó a Battaglia la segunda amarilla y posterior expulsión.
      Figueroa, que corría junto al banco listo para saltar al campo, fue el que más maldijo cuando vio que echaban a su compañero. El técnico se vio obligado a reforzar el mediocampo metiendo al colombiano Vargas, y habiéndose realizado los tres cambios, el rubio debió volver cabizbajo junto al resto de los suplentes. El clásico no lo iba a tener como protagonista ni siquiera un ratito.
      En el minuto cuarenta y siete, Riquelme lanzó un corner que se fue abriendo hacia el segundo palo, Ojeda salió inútilmente a cazar mariposas y el que entraba sin marcas era Vargas. No estaba Figueroa, claro, aunque el volante igual se elevó para intentar impactar la pelota hacia el arco desguarnecido, pero a pesar de estirar hasta lo que pudo su metro setenta y tres, el balón lo sobró y le quedó a un defensor de River.
      Con las últimas fuerzas que le quedaban, Villagra metió un pelotazo iniciando una contra feroz que culminaría con un furibundo derechazo de Falcao. La letra “o” mayúscula se dibujó en las gargantas de los miles de hinchas de River que gritaron el gol como un orgasmo apoteótico. Yo era uno más entre todos ellos, y sin saber por qué, me sentía más partícipe que nunca. Ahí se me cruzó por la cabeza que en algún momento había dudado sobre ir o no a la cancha y qué idiotez hubiera sido quedarme afuera. Pitó el árbitro y el clásico bajó el telón.
      Recorriendo el glorioso camino de vuelta, entre cánticos y bocinazos me crucé con uno de mis mejores amigos, también de River pero sin mi fanatismo enfermizo. De hecho apenas había visto el primer tiempo en un bar.
      -Escuchá, Javi, no te quiero arruinar el momento pero la vi a tu novia con un flaco, creo que era el que salía antes con ella.
      -¿A Florencia? ¿A “mi” Florencia? No puede ser…– le contesté dándole más importancia a un colectivo 130 que pasaba lleno de hinchas que al asunto en sí.
      -Te juro que era ella, estaba tomando un helado con el ex-novio. Igual ella no me vio- me aclaró y se perdió entre los hinchas con la excusa de estar apurado, aunque yo sentí que le incomodaba darme más detalles de lo ocurrido.
      Llegué a casa y busqué mi celular, que nunca llevaba a la cancha simplemente por cábala –y había resultado una vez más-. La llamé a Flor y me respondió a los dos timbrazos, seca, fría y distante, casi que no era ella.
      -¿Es verdad que estabas con Matías tomando un helado? -ataqué sin rodeos.
      -Sí, claro que es verdad, pero ahorrate el pedido de explicaciones, porque ya no quiero saber nada más con vos.
      -¿Te volviste loca?
      -No, Javi, te lo había dicho ayer bien claro, si me dejabas una vez más por irte a la cancha se acababa todo.
      -¿Pero qué decís? – improvisé como pude –si no fui a la cancha, y encima estaba sin batería en el celular, ¿cómo podés terminar así una relación de casi dos años?
      -No mientas, no vale la pena. Sé que fuiste a la cancha porque te fui a buscar a tu casa y no había nadie.
      -Insisto, no podés echar todo a la basura por un simple desencuentro.
      Florencia hizo una pausa que me pareció eterna y trascartón me deslizó una frase que iba a retumbarme con aroma a “deja vú”.
      -Si hubieras estado en tu casa, nada de esto hubiera pasado.



viernes, 24 de octubre de 2008

Abusos horarios (Parte I)

por Javier Debarnot

      Marcos repasó por enésima vez en su billete los horarios de los vuelos Buenos Aires-Roma y Roma-Madrid. Y volvió a maldecir por la eterna escala de seis horas en el aeropuerto de la capital italiana. “Algo inventaré”, se resignó para adentro ya despojado de su equipaje. Sintiéndose ágil y liviano al sólo cargar una mochila y los tickets de embarque, se sentó en su asiento 19-J sin saber que esa libertad tenía las horas contadas.
 
       -Levante sus manos y póngalas detrás de la cabeza, ¡ahora! – le gritó un policía español. Casi en simultáneo, otro agente más grandote lo tiraba con rudeza contra una de las paredes de la terminal internacional de Barajas. Marcos intentó un casi tartamudo pedido de explicación, pero sus súplicas no se hicieron eco en los oídos de la ley y al cabo de pocos minutos ya estaba en una comisaría de Madrid.
 
       -Está arrestado por el asesinato de un hombre en Roma, tiene derecho a un abogado- así, con esa exacta, escueta y escalofriante frase fue recibido en el destacamento policial.
 
       Había tenido un viaje sin mayores sobresaltos. Había llegado a Italia y pasado la tediosa escala en tierra entre lectura y tabaco, con cinco cigarrillos fumados compulsivamente en las salas destinadas a tal fin. El vuelo Roma-Madrid se le había consumido como un video clip comparado con el trayecto largo con el que cruzó el Atlántico desde Argentina. Y de golpe, los tres policías armados hasta los dientes esperándolo en el aeropuerto de Madrid, culpándolo de haber matado a un tipo en un centro comercial italiano.
 
       Después de la desesperación inicial, Marcos se calmó porque estaba convencido de que se trataba de un error, uno de esos bien grandes. Pero la tranquilidad le duró poco más que un parpadeo cuando un policía tiró un par de fotos sobre la mesa del comisario. En ambas, no sólo se lo veía claramente a Marcos, sino que también se advertía que la víctima no era una persona ajena al presunto asesino. Era un hombre que había compartido el trayecto largo del vuelo con él, ubicado en la fila 18 junto a su mujer. Y supuestamente el acusado lo había acribillado con tres balazos en el estacionamiento del shopping “Porta Di Roma”.
 
       -Tenemos a varios testigos que dicen haberlo visto discutir con él en el avión. Hombre, está en graves problemas- lo desmoronó un oficial mientras sorbía su café- por no decir que no lo salva ni Dios.
 
       Eso era lo único que Marcos no podía negar. Las dos cosas. Que no lo salvaba ni Cristo ni que el entredicho con la víctima Francesco Zibaldi no había existido. Mientras sobrevolaban todavía territorio brasileño, el inicio de todo fue un cruce de miradas entre él y la bellísima mujer del italiano. Pero no había sido un intercambio visual cualquiera. Después de un comentario acerca del lugar disponible en el maletero superior, la exuberante Isabella le sonrió a Marcos mientras lo fulminaba con sus ojos color miel. Y Francesco captó esa escena con la precisión quirúrgica de un enfermo de celos.
 
       -Ma´ qué extraño, un argentino creyéndose el piu bello de la aeronave.
 
       -¿Perdón, creyéndose qué?
 
       -Mejor calla y dejemos aquesta discusión aquí, que ya no se me canta seguir parlando contigo.
 
       -Se está confundiendo…
 
       -Pero te digo que calles.. ¡Oigan!– gritó llamando la atención de veinte pasajeros a la redonda –Tengan tutto el cuidado con este argentino que le agrada la donna del prójimo– y se sentó sin decir más. A Marcos no le importó en ese momento que el italiano tuviera físico de jugador de rugby y se le hubiera abalanzado con un derechazo directo al pómulo. Pero lo que lo detuvo fue tomar conciencia de cuán poco atinado sería iniciar una pelea a 14.000 pies de altura faltando 8 horas para llegar a destino. Entonces se sentó callado, mordió los labios y, de haber sido posible, hubiera usado una de esas bolsas de papel que se guardan en el asiento de adelante para devolver toda la bronca que se le revolvía en el estómago. Todo por culpa de ese gorila metido en el cuerpo de un italiano que lo había dejado en ridículo con tanto viaje por delante. 
 
      -Les juro que todo quedó ahí. Jamás volví a dirigirle la palabra ni a tener contacto con este tal Francesco- se deshacía en explicaciones ante los policías, aunque no podía dejar de admitir que el tipo que aparecía disparándole a la víctima en el centro comercial era muy parecido a él, además de estar exactamente igual de vestido. Mismo peinado, misma contextura física, mismo todo. Un escalofriante calco de Marcos pero en versión asesina.
 
       Sin tiempo para más reclamos ni explicaciones, y debido a los incesantes pedidos de la Justicia italiana exigiendo la presencia del acusado para “tirarlo a los leones”, el joven argentino fue extraditado. A pocos días del crimen ya se encontraba en un juzgado de la zona céntrica de Roma aguardando por una impiadosa sentencia. La prensa sensacionalista hablaba de 30 años de prisión, argumentándose en una supuesta premeditación y sangre fría para ajusticiar a Francesco por la espalda. En cada telediario se recalcaba la intachable conducta de la víctima, pintándolo casi como el “Gandhi genovés”.
 
       El día del juicio llegó muy pronto para Marcos. Apenas había conocido al abogado que le proporcionó el poder judicial italiano, un profesional de las leyes cuya defensa pendía de una leve brisa para desmoronarse, como un castillo de naipes armado junto a una ventana abierta de cara a una ventosa avenida. No pudo conseguir ni siquiera a una persona que atestiguará haber visto a Marcos en el aeropuerto de Fiumiccino. O alguien que declarara que el acusado estuvo todo ese tiempo leyendo, y no enfrascado en una venganza absurda y exagerada que lo llevaría a matar a Zibaldi con la saña de un asesino sicótico.
 
       Cuando todo iba encaminado hacia una inapelable sentencia condenatoria para Marcos, apareció un hombre cargando varias carpetas. Captando la atención de la sala, subió al estrado como testigo de la defensa presentándose como el Dr. Furlang, un científico español con una extensa trayectoria en el exterior que incluía prestigiosas universidades norteamericanas. Eran las cuatro de la tarde cuando, en perfecto castellano, comenzó su exposición que iba siendo traducida al italiano casi en simultáneo.
 
       -Antes de empezar mi argumentación les pido algo sencillo a todos los que están en la sala: juez, abogados, jurado y periodistas. Les pido que miren la hora en su reloj. ¿Verdad que son las cuatro y veinticinco de la tarde? Pues miren, me voy a acercar al acusado y le voy a preguntar qué hora registra su reloj. Juro que esto no está preparado.
 
       -Sé que son las cuatro y media, pero en mi reloj son las once y veintisiete de la mañana- contestó el joven sin saber hacia dónde llevaba todo eso.
 
       -Claro, -continuó convincentemente Furlang- Marcos conserva todavía la hora correspondiente a Argentina, de donde salió hace tres días. Y les informo que, por si no hicieron la cuenta, la diferencia son 5 horas. Supongo que la mayoría de ustedes habrá hecho un viaje en avión que implicara un cambio en los husos horarios. Cuando se vuela de oriente hacia occidente, hay que ir disminuyendo horas. Por el contrario, cuando vamos de occidente hacia oriente, las horas hay que añadirlas. En este último caso, quizás alguno se haya preguntado alguna vez: “¿y a dónde van esas horas que me salteo? ¿quién me las devuelve?”. Ahora mismo les voy a dar la respuesta: nadie devuelve esas horas, como se imaginarán, pero prepárense para escuchar una revelación que sólo conocen los organismos de inteligencia más poderosos del mundo.
 
       (continuará...)
 



Abusos horarios (Parte II)


por Javier Debarnot

      El doctor Furlang continuó con su exposición, sintiendo que cada una de sus palabras sonaba firme en los oídos de todos.
 
      -El cuerpo humano no está preparado para esa “sustracción” de un período de tiempo superior a las dos horas. Es antinatural para los parámetros de evolución temporal de cada uno de los microorganismos y células del individuo, y por lo tanto, cuando se producen estos bruscos cambios de husos horarios, se manifiesta una importante serie de malestares que van desde problemas de circulación, coágulos, trombosis, y paros cardiorrespiratorios, que por supuesto pueden conducir hasta la muerte. Este fenómeno conocido como el Síndrome de Jet Lag fue descubierto con los primeros vuelos transatlánticos que datan de principio de siglo. Hubo cientos de víctimas mortales y a punto estuvo de desatarse un escándalo que seguramente hubiera cambiado el curso y la historia de la aviación comercial. Pero todo gran problema tiene una gran solución que se traduce en la cantidad de ceros que le dan forma a una cifra millonaria. Los gobiernos más poderosos le dieron el ultimátum a las compañías aéreas: debían solucionar este grave inconveniente, y entonces éstas le pagaron millones de dólares a un grupo de los más prestigiosos científicos, para que idearan la forma de evitar el mortal Síndrome de Jet Lag- culminó esa frase Furlang y hábilmente dejó pasar unos segundos que acrecentaron la ansiedad de los presentes.
 
      -Estos genios lo lograron, y como todos los grandes genios, fueron adelantados a su época. Después de diversos estudios donde exploraron teorías de física cuántica y cuarta dimensión, llegaron a una conclusión: lo más viable para evitar todos los síntomas que les mencioné sería crear un desdoblamiento de la materia en el propio ser humano. Dicho en términos no científicos, para que todos puedan entenderlo, sería como una especie de “alter ego” pero tangible; un clon, diríamos en los tiempos que corren. ¿Para qué? Para que absorba todos esos malestares que se pueden producir debido al abrupto salto temporal, dejando ileso al organismo original que reaccionará como si nunca hubiera pasado nada. Pero la pregunta que todos ustedes estarán pensando es: ¿cómo hacer que se desdoble el organismo dejando salir a ese clon que se quedará con los probables virus? La respuesta es tan simple como sorprendente: con un impulso electromagnético.
 
      Eran casi las cinco cuando los periodistas italianos, argentinos y españoles tenían la inconfundible percepción de que estaban ante la noticia de la semana. Seguramente desde la puerta del juzgado abrirían la transmisión en vivo todos los informativos. Mientras tanto, el doctor proseguía.
 
      -Hay una norma vigente dentro de la Ley Internacional de Aviación. Por supuesto que es ultra secreta y sé que voy a tener problemas por revelarla, pero la cuestión es que esta norma rige la instalación en toda aeronave comercial de un dispositivo conocido en la jerga como “JLN”, que son las siglas de Jet Lag Neutralize. Todos los que han volado sabrán que, antes de despegar, desde la cabina se les pide a los pasajeros que desconecten todo artefacto electrónico para que no interfiera con los instrumentos de comando. Les informo que es todo una fachada- subía y bajaba el tono Furlang, con la habilidad de un maestro de ceremonias.- Es verdad que es fundamental que no haya interferencias, pero no para despegar sino para calibrar el “JLN”. Este sistema electromagnético está conectado a la base de todos los asientos, y con solo oprimir un botón, produce el efecto buscado.
 
      -Cuando se está volando a gran altura, promediando el trayecto, es el momento adecuado para liberar del “JLN” las imperceptibles pero potentes descargas que provocarán en cada persona el desdoblamiento de su materia orgánica. Es en ese instante donde, para decirlo gráficamente, todos los clones abandonan sus cuerpos o envases originales y se materializan en el espacio físico real. Y entonces debo aclararles algo crucial en todo este accionar: en los instantes previos a esta situación, siempre se simula alguna turbulencia para que todos los pasajeros se pongan el cinturón de seguridad. Por tal motivo, cuando viene la descarga y nace cada clon, éste intenta separarse del cuerpo que lo contenía pero choca contra el mecanismo de seguridad, y en ese rebote vuelve inmediatamente a formar parte de su cuerpo mentor, por así decirle. Esta transición dura centésimas de segundo, pero es suficiente para que el clon haya absorbido y liberado todos los síntomas del salto temporal. Nadie se da cuenta, nadie sufre, y el vuelo continúa como si nada hubiera pasado.
 
      Por primera vez en un cuarto de hora, intervino el juez de la causa aprovechando la pausa que intencionalmente había hecho el doctor.
 
      -Señor Furlang –arrancó firme y ofuscado- no tengo palabras, o más bien podría hablar de delirio, ciencia ficción, etcétera, etcétera, para describir todo lo que usted acaba de contar. Pero en el caso de que tuviera un mínimo asidero, ¿qué es lo que nos quiere transmitir concerniente al crimen que cometió el señor Marcos Di Salvo?
 
      -Pues que por algún motivo, está claro que Marcos no tenía puesto el cinturón en la transición de la que les hablé. Su alter ego salió de su cuerpo y nunca volvió a formar parte de él. Entonces, este clon de Marcos, resultó invisible en los primeros instantes pero luego se fue materializando tangiblemente hasta tener volumen, forma, peso… vamos, hasta ser una réplica exacta. Y a nivel intelectual, es al igual que la parte física, un desdoblamiento de la psiquis del individuo, pero con un exacerbamiento de los más bajos instintos, léase violencia, rabia, pasión, venganza. Cada clon que escapa tiene dos objetivos: primero no ser descubierto por su modelo original, y segundo cumplir con un deseo reprimido de este último.
 
      En ese preciso instante Marcos se sirvió el tercer vaso de agua y se lo bebió, aunque le hubiera venido mejor echárselo en la cara para reaccionar. Estaba como atontado.
 
      -Para resumirles: el clon de Marcos permaneció oculto durante lo que quedó del trayecto hasta Roma. Quizás se escondió en el baño, o fue a ocupar algún asiento libre en otro sector del avión. De alguna forma burló la vigilancia en el aeropuerto y ganó la calle. Siguió a Francesco Zibaldi hasta su barrio, consiguió un arma y simplemente esperó el momento propicio para ajusticiarlo, todo esto mientras el Marcos original, éste que aquí vemos –lo señalaba ampulosamente - estaba tranquilo esperando que se consumiera su escala en Fiumiccino y luego iba a seguir su vuelo rumbo a Madrid. Su único pecado pudo haber sido pensar, luego de la discusión con Zibaldi, “que mataría a ese tipo”. Pero que yo sepa, y me dirijo al jurado, no pueden juzgar a nadie por un arrebato de malas intenciones. Si no, no existirían cárceles en el mundo que pudieran contenernos a todos nosotros, ¿no? – Furlang tomó una bocanada de aire y volvió a arrancar con más firmeza que nunca - Marcos Di Salvo es absolutamente inocente del cargo del que se le acusa, y pido en este mismo momento que sea absuelto y que pongan todos los servicios de inteligencia y seguridad en pos de atrapar al verdadero asesino, es decir, su clon o alter ego. Esto es todo lo que tengo para decirles. Muchas gracias.
 
      Marcos fue condenado por homicidio calificado a los pocos minutos. Y al doctor Furlang lo internaron en un neuropsiquiátrico ubicado en las afueras de Turín. La prensa italiana quedó satisfecha porque al joven le cayó todo el peso de la ley: veintisiete años de prisión en una cárcel de máxima seguridad considerada de las más duras de Roma. A poco estuvo Marcos de estallar en un brote de locura cuando le comunicaron la sentencia. Su abogado ni atinó a pedir una apelación, al menos durante esa jornada que se recordaría como “el día del circo más desopilante de la historia judicial italiana”.
 
      Meses más tarde, Marcos ya se había malacostumbrado a su nueva vida. Una rutina que no se le desea ni al peor enemigo, su día a día en el pabellón condimentado con los peores ingredientes que puedan imaginarse: maltratos, vejaciones, soledad y pérdida de esperanza. Y no pasaba una sola noche en la que antes de conciliar el sueño no se preguntara qué había ocurrido en aquel vuelo y en aquella escala maldita. Ningún médico pudo comprobar algún tipo de síndrome de doble personalidad ni nada por el estilo. Él no podía más que negar que hubiera asesinado a Zibaldi, pero nadie le daba crédito y era tratado como un lunático desequilibrado.
 
      Una mañana volvía del patio y se dirigía a la cocina donde cumplía sus labores de limpieza, pero un guardia lo interceptó a medio camino.
 
      -Oye, argentino maricón- se le mofaba el policía más inescrupuloso de la prisión – tienes una visita, dirígete ahora mismo al despacho del alcalde.
 
      El recluso dejó la pila de trapos que iba cargando y, sorprendido, modificó el trayecto mientras iba nutriéndose de incertidumbre y ansiedad, porque jamás habían ido a verlo. En eso estaba Marcos, turbado en sus intrigantes pensamientos cuando el guardia le gritó desde el pasillo.
 
      -Por cierto, no sabía que tenías un hermano gemelo.





martes, 16 de septiembre de 2008

Gritos que nadie oye

por Javier Debarnot

      Sin ningún aviso, saltaron los tapones de electricidad de la casa amarilla con tejas rojas ubicada en el número 66 de la Avenida Seis. Lo último que había llegado a escuchar Sofía había sido la escalofriante noticia sobre un asesino que venía huyendo de la policía por los barrios de esa misma zona. Ante el súbito apagón, la joven dejó caer la abúlica novela que estaba leyendo y fue inmediatamente en dirección a la cocina.
 
      Una feroz brisa se colaba por el ventanal del salón principal y motivaba un incesante golpeteo en las aberturas laterales. El camisolín blanco de Sofía se bamboleaba al ritmo del viento mientras sus pies descalzos repiqueteaban por las crujientes escaleras buscando la planta de abajo. Sólo se escuchaba el sonido de las ventanas y también la perturbadora respiración de la chica con atisbos de un ataque de asma.
 
      En su arremetida hacia las alacenas, Sofía tropezó con una banqueta y casi golpeó su cabeza contra un borde saliente, pero se sobrepuso y abrió una de las puertas con algo de nervios y mucho de impaciencia. Ella odiaba la oscuridad, por no decir que la misma le sembraba un pánico atroz. Manoteó un paquete viejo de velas, después los fósforos que descansaban junto a una hornalla y, una vez encendida la llama, buscó temblorosamente un manojo de pilas que dejó caer en el bolsillo de su camisón por si el corte de luz se llegara a demorar más de la cuenta. Sin gustarle demasiado la idea, se vio obligada a salir al corredor externo para ver qué había ocurrido con la electricidad.
 
      Afuera ya llovía. Una oscuridad inquietante la rodeó por completo mientras comenzaba a recorrer los veinte pasos que la separaban de los comandos de la luz. Las tinieblas fueron de golpe interrumpidas por un relámpago que en apenas un segundo marcó el contraste entre la blancura de su ropa y la cautivante noche oscura que la contorneaba. Sofía abrió la compuerta del disyuntor y se estremeció: los cables estaban cortados, prolijamente rebanados, sin dudas por una persona.
 
      Tratando de aparentar para ella misma una calma que no existía, volvió sobre sus pisadas entrando nuevamente a la casa. El cartel pegado en el refrigerador de “Sofi, volvemos el lunes” firmado por mamá y papá, ofició como mudo testigo del andar ya frenético de la chica buscando el inalámbrico de la sala de estar. Tan turbada estaba que tardó un tiempo mayor al habitual en reaccionar que sin electricidad ese aparato jamás iba a recibir o despedir una señal. Afuera la tormenta se iba desatando con una fuerza cada vez mayor. La puerta de entrada había quedado entreabierta y el viento no iba a tener piedad con ella. La estrelló contra su marco y motivó que Sofi pegara el primer grito agudo de la noche. Claro que no iba a ser el último.
 
      Una vez ubicada la vieja radio a pilas, la chica la hizo funcionar y se sentó sobre una cama para recuperar el aliento. La antena captaba una estación donde seguían brindando precisiones sobre el asesino. “Podemos aseverar que se trata de un violador que anteanoche irrumpió en un Convento de Hermanas Religiosas. Su ex-novia habría tomado los hábitos y es por tal motivo que el psicópata tiene un particular ensañamiento con las monjas…”, sonaba con voz alarmista por el parlante del artefacto.
 
      Nerviosa y casi el la antesala de la locura, Sofía decidió levantarse para hacer quién sabe qué. Cuando apoyó una de sus manos sobre la almohada, y gracias a un relámpago que iluminó parcialmente la escena, pudo divisar que la funda blanca se había teñido de rojo. Había sangre y era la suya. Esta vez, más que gritar se le erizaron los pelos. Con algo de lógica supuso que se pudo haber cortado la palma en un par de oportunidades, abriendo la caja donde estaban los tapones o bien maniobrando con la radio para colocarle las pilas. Se tranquilizó.
 
      Tomó la vela que había apoyado en una mesa de luz y se desplazó hasta el baño, donde iba a encontrar una canilla para limpiar la herida que no parecía tan grave. En vez de calmarse, vaya a saber por qué justo en ese instante recordó lo que le habían contado sobre encender una vela en la oscuridad y mirarse al espejo: el mito decía que uno podría ver al mismísimo diablo. Sofía elevó su vista y no tardó mucho en lanzar el alarido más estridente de la noche. No había divisado a Satanás, sino más bien todo lo contrario. El reflejo le devolvió a la chica la imagen de ella misma, pero con un velo de monja.
 
      Dejó caer la llama y emprendió una carrera despavorida. Apenas después de escuchar por la radio que “el asesino estaba deambulando por la Avenida Seis”, Sofía ya había ganado la calle. Y entonces sus ojos no podían creer lo que vieron, porque todas las casas eran exactamente como la suya. Corrió unos doscientos metros pero todo era una eterna Avenida Seis, con construcciones idénticas una al lado de la otra. La lluvia ya casi no le permitía ver a más de cinco metros de distancia. No le quedó otra alternativa que entrar en una de las casas para buscar resguardo. Justo cruzó la puerta cuando, desde la misma radio, el mismo locutor decía que “un vecino había visto al psicópata meterse por la ventana de una casa amarilla con tejas rojas”.



martes, 29 de julio de 2008

Lo mucho que hubieran hecho

por Javier Debarnot

      La venda le apretaba los ojos y se extendía casi hasta la punta de su nariz. Apenas liberados sus orificios nasales, Juan podía percibir el hedor que despedía ese paño negro, mezcla de su propia mugre, sangre y transpiración. Ya había perdido toda noción de tiempo y espacio, sin diferenciar el día, la noche, la celda o el cuarto de interrogatorio.
 
      Juan terminaría de estudiar la carrera de Bellas Artes, pero no lo haría en los seis años originales sino que tardaría casi ocho. Promediando el ´82 tendría una crisis vocacional y se iría junto a Julieta, su novia desde los diecisiete, de mochilero al sur de Argentina. Conocería El Bolsón, Lago Puelo, San Martín de los Andes, y concebirían a su primera hija en un camping de la Colonia Suiza en Bariloche, tras una acaramelada noche mezcla de fogón, guitarra y piscos. A su regreso de aquel viaje que se extendería por once meses en lugar de los tres planeados, Juan volvería a la Facultad y afianzaría su amistad con Pedro, con quien, una vez recibido, montaría un negocio de venta de máscaras, disfraces y efectos especiales para eventos culturales. Casi al mismo tiempo en que Argentina saldría campeón del mundo en el ´86 nacería Benjamín, el varoncito de la familia, provocando algunos celos en su hermanita Valentina que ya tendría tres años. La empresa no iría del todo bien por lo cual le bajarían la persiana a fines de los ´80, quedando Juan sin empleo pero con muchas deudas. No le quedaría otra que comenzar a trabajar de lo que fuera, más cuando el sueldo de docente de Julieta apenas les alcanzaría para pagar el alquiler y los colegios de los nenes. Al día de hoy, Juan seguiría como asesor en la empresa textil de su suegro, algo frustrado en su vocación pero feliz por el crecimiento sano, alegre y sin fisuras de sus dos hijos, y esperaría la llegada del verano para viajar a Bariloche, a veces con toda la familia, en ocasiones sólo con Julieta, para rememorar ese año en que habrían tenido tantos sueños. 
 
      A Mariana no le preocupaba otra cosa más que no fuera sentirlo a él. No sufría ni hambre ni sed, pero su obsesión pasaba por ingerir raciones extra de alimento que sus compañeras de encierro le guardaban y acercaban. Sólo le pedían a cambio que ella les permitiese palpar su panza para sentir las inquietas pataditas que convidaban vida desde su vientre.
 
      Mariana completaría los últimos dos meses de su embarazo y entonces nacería Matías, en parto normal pero complicado. Diego, el padre del niño, se separaría de Mariana antes de que el pequeño cumpliera los dos años. Ella reharía su vida cambiándola por completo. Con la ayuda de su madre para encargarse de los quehaceres domésticos y del cuidado de Matías, retomaría sus estudios de Sociología por las noches y durante del día trabajaría como empleada en un local de venta de ropa deportiva. Allí conocería a Mauro, uno de sus clientes, con quien comenzaría una relación que avanzaría contra viento y marea a pesar de los constantes reparos que le pondría su mamá, quien nunca digeriría la partida del padre de su nieto. Pero Mariana lograría recibirse y renunciaría a la tienda, y conseguiría empleo de lo suyo en una Fundación relacionada con las víctimas de la violencia doméstica. Afianzaría sus lazos con Mauro y, sin posibilidad de volver a procrear por las complicaciones sufridas en el nacimiento de Matías, tomaría la decisión de adoptar otro hijo. Luego de arduos años de espera, en 1995 le darían a su cargo una niña de nombre Sofía. Ella sería la debilidad de su hermano Matías, ya adolescente con sus quince años. Mariana lograría por fin comprarse un departamento en Flores donde se iría a vivir con Mauro y sus dos hijos. A fines de 2002 fallecería su madre, a quien lloraría profundamente, pero su muerte también provocaría una cierta tranquilidad por los constantes roces que habrían quedado atrás entre la difunta y el nuevo esposo de Mariana. En la actualidad. sus días transcurrirían entre la entrega por su profesión y el cálido disfrute de los suyos en cada momento libre de su trabajo. 
 
      Con 19 años y menos de cincuenta kilos, Fernando parecía un remedo de persona. Tan débil se encontraba que en ocasiones no tenía ni fuerzas para bajarse los pantalones, se hacía sus necesidades encima, y eso hacía más profunda su caída en el pozo de la degradación. Cada vez que dormía, soñaba con despertarse de aquella pesadilla atroz.
 
      Fernando seguiría viviendo con sus padres hasta 1983, justo el año en que volvería la democracia. Recién ese año dejaría de visitar cada semana las distintas villas de emergencia de Capital y el Conurbano, para enseñarles a leer y escribir a los más pequeños. Su trabajo como canillita y empezar a cursar varias materias de la carrera de Ciencias Políticas le quitarían el tiempo para aquellas labores sociales, aunque continuaría colaborando económicamente como padrino de un hogar de ayuda para niños carenciados de La Cava. En abril de 1989 asumiría como concejal en el distrito de San Fernando, cargo que ejercería durante dos períodos consecutivos. Tendría una convivencia de siete años con Viviana, compañera en sus épocas de militancia, pero rompería con ella durante un fin de semana en Colonia tras un ínfimo pero continuo desgaste de la relación. Abocado de lleno a la política, dentro del partido socialista subiría peldaño a peldaño hasta quedar cuarto en la lista de diputados que se presentarían como candidatos en las elecciones de 2003. No conseguiría una banca en el Congreso pero quedaría como mano derecha de un correligionario electo, con quien trabajaría con tesón en distintos proyectos de ley concernientes a la defensa de los derechos humanos. En el ámbito ajeno a la política, abriría una agencia de remises en Olivos que cerraría un par de años después, luego de que su sobrino fuera abatido por delincuentes en un caso de secuestro exprés con policías implicados que aún hoy estaría sin resolver por la Justicia. Fernando estaría luchando desde su lugar de diputado, pero más que nada de tío, para esclarecer el asesinato del único hijo de su hermana. 
 
      Alguna vez Laura había escuchado que el hombre era un animal de costumbres, pero jamás pensó en la aterradora forma en que comprobaría aquella premisa. Con su ojos clavados en la lamparita que bajaba y subía alternadamente su tensión, había aprendido a reconocer a sus compañeros por los desgarradores gritos que devolvían desde lejos ante la impiadosa acción de la picana.
 
      Laura volvería a su casa de Lanús, armaría las valijas y se marcharía de Argentina junto a su marido Julián y a Flor, su hija de cuatro años. El destino sería las islas Canarias, donde vivirían en paz y apaciblemente hasta fines de los ochenta, solventados por una tienda de artesanías en la playa y algunos esporádicos trabajos de Julián como cronista siguiendo los pasos de Tenerife, el equipo emblemático de la isla. El regreso a la patria, ya acallados los resabios de los tiempos del Proceso, les costaría bastante más que nada por Flor; la joven habría vivido la mayor parte de su vida en España y extrañaría mucho a sus amigos y a una forma de vida bastante más relajada que la Argentina de 1989 con la inflación tocando el cielo con las manos. Ante ese panorama serían duros los primeros años luego del exilio, pero algunos hechos encauzarían el barco de Laura y los suyos. Ella conseguiría un papel importante como protagonista de una afamada obra musical, cosechando los frutos de largos años de estudio en escuelas de teatro españolas y argentinas, y Julián lograría quedar en el staff fijo de periodistas del diario Página 12. Aún con el bienestar que esos ansiados empleos le darían a la familia, no podrían impedir lo que sucedería tras algunos años de insistencia: con su mayoría de edad y las valijas a cuestas, Flor se instalaría definitivamente en Santa Cruz de Tenerife. El matrimonio seguiría adelante, capeando alguna ola en el mar calmo de su relación, y Laura aguardaría ansiosa el arribo de cada agosto para sorprenderse en la sala de embarque de Ezeiza con la aparición de su Flor, cada temporada más parecida a ella. Este año y en ese aeropuerto vería por primera vez personalmente a Lolita, su nieta española. 
 
      A Juan, Mariana, Fernando y Laura no les duró mucho tiempo más aquel encierro en la clandestinidad. Al borde de los aviones Fokker de la Fuerza Aérea argentina y sedados hasta adormecer, quizás dejaron flamear por última vez su imaginación y sus sueños, aquellos que jamás pueden ser encerrados. Sus últimos pensamientos pueden haber sido fantasear con lo que habría sido de sus vidas. Porque ellos cuatro, como tantos miles entre 1976 y 1983, no sobrevivieron a la atrocidad de los vuelos de la muerte comandados por monstruos que seguían órdenes de una Junta diabólica.
 
      En su memoria, además de honrarlos por lo que fueron, merecerían ser recordados por todo aquello que pudieron haber sido.
 
 



jueves, 17 de julio de 2008

Los cinco mares


por Javier Debarnot

     El mar siempre tuvo algo para mí. Atracción, misterio, algo. Pero desde que tengo uso de razón, me recuerdo muchísimas veces perdiendo mi mirada en el horizonte, mar de por medio. Por eso no me resulta extraño que muchos de los sucesos más importantes de mi vida los haya ido a buscar cruzando un océano. 

     Un gélido mediodía de enero de 2002, el aeropuerto de "El Prat" me recibió con la calidez que no iba a encontrar en las afueras del mismo, habiendo dejado atrás quince horas de vuelo desde Buenos Aires con tediosa escala en Madrid incluida. Tenía apenas un par de valijas en las cuales algunos objetos iban a brillar por su ausencia: la noche previa al viaje, una borrachera motivaría que al otro día olvidara empacar la máquina de afeitar, el pijama y algunos otros elementos tan vitales para el turista. Lo que no me faltaba era la ilusión de estar llegando a una ciudad donde me iban a pasar cosas. Pero de todas maneras, ni me imaginaba que mi vida iba a cambiar por completo luego de esa efímera estadía en Barcelona. 

     Me dejé llevar por la cinta transportadora del corredor que comunica al aeropuerto con la estación del tren, y desde allí fui casi imantado hasta la imponente Terminal de Sants. Traté de recordar las instrucciones que mi amiga argentina viviendo en Cataluña me había precisado para llegar a su piso: la línea azul del metro hasta Diagonal, y allí combinación con la verde hasta Fontana. Llegué. Ella no estaba en casa porque en ese horario trabajaba como empleada en una de las tantas tiendas de El Corte Inglés. 

     La soledad me venía acompañando desde que me había subido al avión en Buenos Aires, así que no iba a echarla justo cuando comenzaba a intimar con ella. Podía quedarme solo hasta la noche, momento en el cual mi amiga iba a regresar de trabajo. Maté el tiempo en un MacDonald’s de la calle Gran de Gracia y quiso la casualidad que un rato después le escribiera un e-mail a una mujer que había conocido una semana atrás en Argentina. Ella tenía planes de volar a Barcelona un par de días después que yo. 

     A la noche me encontré con mi amiga, en definitiva la persona que me había motivado a cruzar el Atlántico. Y todo fue tan frío como el clima de ese invierno mediterráneo. Sólo un puñado de noches bastaron para darme cuenta de que las insinuaciones que me había hecho en charlas telefónicas previas se quedaban en simples insinuaciones, y nunca iban a ir más allá de eso. 

     Durante esos días, deambulamos por decenas de bares, contorneamos el Parc Güell y subimos por los eternos escalones de la Sagrada Familia, y ella jamás se animó a refrendar los sentimientos que había enarbolado, convirtiéndose en una genial escapista de la talla de Harry Houdini. En otro local de comida rápida, mi paciencia llegó al fin y decidí cortar todo entre cafés y croissants. Asumiendo el riesgo de volver a quedarme solo en Barcelona, le puse el punto final a mi historia con ella. Sin saberlo, desde la más absoluta soledad estaba muy cerca de encontrar a la persona que iba a cambiarle el rumbo a mi existencia. 

     Visité el museo del Camp Nou y esa noche volví a comunicarme con aquella mujer que había conocido en Argentina antes de venirme. Se trataba de una amiga de una compañera de trabajo que venía a vivir a Barcelona. Nos habíamos visto por única vez en una confitería de Buenos Aires, causándonos una promisoria impresión el uno al otro. Fue por eso que arreglamos una cita para esa helada noche de sábado bajo el Arco del Triunfo. 

     Lo que siguió a ese encuentro fue la magia hecha carne en nuestras almas. Nos emborrachamos en un bar estilo rastafari que nunca jamás volveríamos a encontrar. Meses después divagaríamos juntos pensando que ese lugar existió sólo aquella noche, que fue un montaje, que el resto se trataba de extras y sólo nosotros fuimos nosotros mismos. Volviendo a la realidad, ese enero nos echaron del bar a las tres de la mañana. Ya en la calle, no perdí más el tiempo y le comí la boca a besos cuando ella se descuidó por unos segundos. Ocurrió en el banco de una plaza sobre la Avenida Marina, sitio al que sí volveríamos miles de besos. 

     Nunca más nos despegamos y los más variados escenarios iban a ser testigos del andar de nuestras sombras siempre entrelazadas: la Rambla, el cine del complejo Maremagnun, las orillas de la Barceloneta aún en ese frío enero, otra vez el Parc Güell y otra vez La Sagrada Familia, pero esta vez en recorridas que encerraban risas, sueños, más besos, ilusiones, abrazos y el deseo de vivir un futuro compartido. Justamente en uno de los tantos bancos de la plaza aledaña a La Sagrada Familia le prometí a ella volver a Barcelona para estar de nuevo juntos, ya que lo mío era un simple viaje y su estadía era permanente. 

     Los días que me restaban de mis vacaciones en la ciudad se escurrieron como agua entre los dedos, pero resultaron ser los más intensos que compartí con alguien. Yo tuve que volar de nuevo a Buenos Aires pero regresé a Cataluña en menos de tres meses. En mi equipaje estaba la máquina de afeitar, un pijama, y todo lo necesario para seguir mi vida allí, en un piso de la calle Sants junto a ella. 

     Pero en el libreto de nuestras vidas, a veces a Dios se le traspapelan algunas hojas que nos complican la puesta en escena. Y en ese momento, los papeles que fallaron fueron los de la ciudadanía española de mi mujer. Entonces todo se hizo barranca abajo y antes de que descendieran hasta cero nuestros extractos bancarios, vimos atinado seguir nuestro camino otra vez en la tierra que nos vio nacer. 

     Tras la dura vuelta a empezar, en menos de lo que imaginamos ya estábamos viviendo juntos, casados y con un par de ojos enormes y vivaces, los de nuestro hijo, reflejándonos en sus pupilas que todo valió la pena. Nuestra efímera pero idílica historia en Barcelona había dejado una puerta abierta en esa ciudad, aguardando por nosotros cuando se diera la ocasión para el regreso. Solucionado el tema papeles, se complicó un poco el día a día en Argentina y ahí sentimos otro guiño del destino, otra vez motivándonos para cambiar de continente. 

     Fue la quinta vez en cinco años que crucé el océano. Otra vez fue alejarse de nuestra familia y de los amigos de toda la vida, para buscar ese algo que todavía no sabemos exactamente qué es, pero nos motiva. Nos hace fuertes desde la distancia y nos enlaza aún más a los tres, que si Dios quiere seremos cuatro gracias a otro par de ojos vivaces que por ahora sólo divisan el vientre de su mamá. 

     El último viaje hacia Barcelona fue también como salir al terreno de juego para disputar un partido muy particular. Fue duro en sus comienzos porque tuvimos que cuidarnos las espaldas, en inferioridad numérica y contra un rival que a veces nos resultaba hostil, porque siempre lo es para el recién llegado. Pero hoy por hoy, habiendo pasado un par de años, puedo decir que se trata de una revancha que vamos ganando. Con lo justo, pero disfrutamos esa ventaja parcial y pensamos en continuar sacando diferencias. Aunque claro, pase lo que pase, yo quiero seguir cruzando mares.




miércoles, 2 de julio de 2008

El nudo en la garganta

Por Javier Debarnot

     No era una entrevista de trabajo común y corriente. No lo iba a ser por las formas ni por el contenido. Y ya era novedosa por el formato: yo, dos de mis mejores amigos y el cuñado de uno de ellos (en adelante, el "gancho") nos presentábamos ante el supuesto gerente de una supuesta empresa (de aquí en más, el "supremo"). Todos juntos en una oficinita de dos por dos (desde ahora, el "sucucho").
 
     Era febrero en Buenos Aires y hacía un calor hostil para Nico, para Edu y para mí, todos trajeados, resultándonos tortuoso lidiar entre la corbata y el clima. Llegamos temprano a un diminuto despacho céntrico y tuvimos que esperar unos minutos. La idea era dejar de engrosar el índice de desempleados, y para eso íbamos a ver a un conocido del “gancho” que nos tentaría con un trabajo único: excelente sueldo, increíbles comisiones, posibilidad de viajes y ambiente distendido. Sin dudas, el paraíso para tres jóvenes de veintitrés años. Y más con la posibilidad de entrar los tres juntos.
 
     Vimos una tarima con una campana a metro setenta de altura, y empezamos a hacer chistes relacionados. El clima previo se parecía más a un recreo que al recomendable para la antesala de una entrevista. Habiendo vencido la tentación de reírnos por cualquier idiotez, llegó la hora de pasar al “sucucho”. Nos acomodamos como pudimos, los tres desempleados casi pegados uno al lado del otro y el “gancho” a la derecha, en posición de nexo entre nosotros y el “supremo”. Este último hizo un comentario socarrón como para romper el hielo y arrancamos.
 
     La empresa podría decirse que era de viajes. Vendía, teóricamente, paquetes turísticos para la atractiva ciudad brasileña de Buzios. Necesitaban más gente que ofertara este producto, y nos querían hacer creer que nosotros tres éramos los indicados, por juventud, empuje, frescura, ambición, ímpetu, y toda una serie de virtudes entre las que quizás sólo teníamos la primera. Pero el “supremo” tenía la misión de empalagarnos para que cada uno se creyera el gran vendedor, una especie de “soldado universal” que aniquila a todos con cartuchos cargados con viajes a Buzios. Por suerte, tanto Edu como Nico como yo supimos lo que había que saber sólo transcurridos cinco minutos de reunión. El “supremo” era un idiota.
 
     Su apariencia despistaba bastante, con lo cual si no abría su bocaza no parecía para nada el estúpido que verdaderamente llevaba adentro. Cuarentón, con algunas canas prolijamente acomodadas, de tez blanca, bien parecido y bien vestido. Con una impecable camisa blanca y corbata gris al tono. Tenía un hablar pausado pero con tono pedante y excesivamente pretencioso, y sus palabras, a pesar de que nunca tambaleaban, siempre tenían en la mirada del “gancho” el bastón que necesitaban para avanzar con paso firme sobre nosotros. El mediador avalaba, a veces en silencio, otras con monosílabos u onomatopeyas, cada frase, historia y consejo del “supremo”.
 
     Paralelamente al descubrir que nuestro entrevistador era un ser despreciable, supimos que jamás haríamos ese trabajo. Pero decidimos seguirle el juego los tres, que al parecer estábamos en sintonía en forma telepática. Cada uno a su manera se encargó de decirle lo que quería escuchar a este idiota, en frases que rozaban el límite con lo desopilante. Yo, por ejemplo, que venía de trabajar en una agencia de publicidad que era lo que más me gustaba en ese momento, lo miré fijo para espetarle que “me cansé de laburar de lo que me gusta y ganar poco, quiero hacer algo para llenarme de guita”. A medida que iba soltando cada una de estas ridículas palabras, veía de reojo a mi izquierda que se asomaban, estirándose como si tuvieran cuellos de jirafa, las cabezas de Nico y de Edu que me observaban estupefactos. Se podían leer claros y cristalinos sus pensamientos: “¿qué está diciendo éste?”.
 
     Yo también me sumé a ese desconcierto y quedé al borde de la tortícolis al arquearme para ver la cara de Nico, cuando suelto de cuerpo dijo “más que estudiar, lo importante es tener un objetivo claro, ¿para qué perder cuatro horas en un lugar tan inútil como la facultad?”. Y la remató Edu con una incoherencia tan grande que mi mente decidió borrar para que no quedara un mínimo rastro.
 
     Mientras pasaban los minutos en el “sucucho”, se iba acentuando otro tic del “supremo” que realzaba los trazos de su burda caricatura. A este tipo le gustaba bromear, pero más que nada festejarse a sí mismo. Ante cada chascarrillo, chiste o enmienda del manual del astuto, repetía automáticamente una idéntica facción: abría la comisura izquierda de sus labios y dejaba ver una importante porción de su blanqueada dentadura. En forma simultánea buscaba al “gancho” con su mirada y, entonces sí, se detenía el tiempo con su sonrisa de lado congelada y un destello que brillaba en sus dientes, sonando un “clink” que no existía pero todos escuchábamos. “En este trabajo no tenés techo, lo que sí podés es levantarte a una clienta y decirle ´te echo cuatro´ en una noche”. Clink. “Quizás no le vendas un viaje al Dr. Quiroga por 200 pesos, pero te dará el nombre de cuatro conocidos y te irás de su casa con 800 pesos potenciales”. Clink. “¿Tienen alguna duda? Yo tengo duda la podonga”. Clink.
 
     Igual hubo un momento en que la vergüenza ajena que sentimos por el “supremo” llegó casi hasta el techo que él no tenía. Y como no podía faltar, ahí estaba el “gancho” para formar parte de la patética coreografía. El segundón contó que hacía un tiempo había organizado en soledad un stand en una exposición, y perdido absolutamente toda la inversión. Le había ido pésimo, saliendo de su bolsillo cinco mil pesos que nunca volvieron. “Pero yo no sentí que fracasé, porque me animé a hacer todo sin ayuda de nadie, ¡y lo disfruté, loco!”, le decía al “supremo”, que con un brillo en los ojos, casi se levantó de su asiento para gritar desinhibido “¡A mí me pasa lo mismo!”. Los tipos que más importancia le daban a lo material, se vanagloriaban de perder importantes sumas de dinero si es que el riesgo lo asumían ellos solitos. Hasta parecía que se excitaban con ello, al punto que si seguían hablando de sus frustraciones de negocios, temíamos que terminaran acabando sobre la mesa del “sucucho”.
 
     Nos fuimos de esa oficina después de dejarle al “supremo” la promesa de que los tres volveríamos al día siguiente para iniciar la capacitación. Le hicimos creer que nos parecía fabulosa la idea de vender viajes a Brasil puerta a puerta, sin sueldo fijo ni unos pesos para viáticos. Ya habíamos asentido ante su máxima de que “es muy mediocre la persona que prefiere ganar un dinero estipulado cada mes en lugar de arriesgarse a poder quedarse con miles de pesos, o nada”. Con nuestros veintitrés años, todo lo que queríamos era la primera opción para seguir, mientras tanto, encontrando nuestro camino por la vida, y no dejarlo todo por encolumnarnos en una organización sin pies y con una cabeza retorcida como la del “supremo”.
 
     A pesar de las innecesarias actuaciones que elaboramos Edu, Nico y yo, con papeles en las que habíamos ido en contra de nuestros principios, nos habíamos llevado algo de ese “sucucho” y del personaje nefasto que lo habitaba. Nos sirvió para recordar que en nuestro mundo abunda ese tipo de gente que quiere lavarnos la cabeza y darnos vuelta las cosas que tenemos más claras, con el único fin de usarnos para seguir consiguiendo lo único que para ellos vale por encima de las vocación y el conocimiento: el vil metal.
 
     Mientras volvíamos en subte, comentábamos cada una de las antológicas frases que habíamos escuchado, y llegamos al momento en que el “supremo” me había recalcado que yo llevaba desabrochado el último botón de la camisa. “Ese detalle de la vestimenta no habla bien de vos”, acompañado por su soberbia intolerable. Y me quedé pensando unos segundos, viendo su corbata bien firme y anudada con la camisa cerrada hasta arriba, que ese nudo en la garganta quizás tenía que ver con la forma de ser de gente como el “supremo”.
 
     Tener un nudo en la garganta hace más estrecho el lugar por donde se conecta la cabeza con el resto del cuerpo. No hay un tránsito fluido entre el corazón y la mente, por lo cual las ideas que se incuban en el cerebro no se dan un buen paseo por allá abajo, no se nutren de calor, de sentimiento, y terminan saliendo sin filtro, heladas, sin el latido de los que le buscan el verdadero sentido a la vida. Por suerte, me pasé y me paso la vida sin corbata, salvo raras y contadas excepciones, y aunque nunca es bueno generalizar, soy de mirar torcido a los que disfrutan de llevar el nudo de la corbata bien firme.
 
     Gracias a Dios, así como existen estos personajes que se creen más que el resto, también hay gente sencilla. Por ejemplo un hombre que trabaja de sol a sol, en una obra, haciendo una tarea concisa sin necesidad de envolver a otro para ganarse el pan. Un tipo que con su simpleza se hace desear por la mujer que lo contrata para refaccionar el ático de su casa, y se revuelca con ella en un hotel alojamiento a la hora de la siesta. Y que mientras disfruta del cigarrillo posterior a la pasión más desenfrenada, es testigo del llamado que la dama recibe en su celular, en la que le inventa una historia más a su marido falto de magia, nada más y nada menos que el mismísimo “supremo”. Clink.


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