miércoles, 26 de marzo de 2008

La falsa moral

por Javier Debarnot

     Lucas recordaba poco y nada de los desvariados sermones que le daba su abuelo Roque, pero quien sabe por qué, un par de frases suyas le quedaron grabadas para siempre. 
 
     -Como caballero que sos, le debés respeto a todas las damas, pero hay unas a las que particularmente no tenés que ofender jamás. 
 
     -¿A qué damas? 
 
     -A la moral y a las buenas costumbres. 
 
     Y justo en eso pensaba cuando empezó a trabajar como estatua viviente, cagando en un inodoro de la calle Florida. Claro que no se lo tomaba como un laburo cualquiera. Lucas exprimía al máximo su creatividad para darle constantes cambios de rumbo a sus estáticas actuaciones. Algunos días podía adivinarse por su expresión que había ingerido un suculento asado. En su siguiente presentación, la figura satirizada era la misma, pero los más perspicaces se daban cuenta de que se había manducado un pollo al horno con papas. Sucesivamente, simulaba la evacuación de una napolitana con puré, una ensalada rusa y hasta una tortilla española, dándole forma a una verdadera lección de post gastronomía mundial. 
 
     A un par de kilómetros del lugar donde Lucas se sentaba en el trono, andaba Peter Mac Calley, un visitante londinense deslumbrado por la magia del mítico Caminito. Había llegado al barrio de La Boca casi directo desde Ezeiza. Como su ansiedad por conocer ese atractivo turístico a orillas del Riachuelo era tan grande, apenas se había demorado para pasar por su hotel cuatro estrellas y dejar las maletas. Los traicioneros rayos de sol del mediodía no tardaron en divisar su piel pálida y ya lo tenían marcado como objetivo. Pero el deleite que sentía Peter por una pareja que bailaba tango ni le permitía pensar en el calor. 
 
     Raúl Ortiz, el Raulo para todos los vecinos de Ingeniero Budge, ese día había optado por resignar su ducha. Los veintinueve grados a las ocho de la mañana ni siquiera lo habían amilanado. Habían pesado más sus escasas ganas de salir de la casilla donde vivía con su mujer y sus siete hijos, recorrer los cuarenta metros que lo separaban del pozo de agua y transportar como mínimo tres baldes llenos para asearse, “hoy paso, qué joder”. Luego de haber sorbido un amargo cebado por su primogénito y de dar unas veinte zancadas rumbo a la terminal, ya estaba en viaje, subido a un colectivo cuya trompa olfateaba y desandaba el camino hacia el sur de la ciudad. 
 
     En la peatonal Florida pasan miles de personas y al mismo tiempo no pasa nadie. Cada uno a la suya, aislado del mundo pero conectado a su burbuja con el celular en la oreja. Lucas lo veía todo desde su pequeña tarima y se preguntaba cuánto tiempo iba a seguir dándole vergüenza ajena a los pocos que al menos le dedicaban tres segundos de su atención. Ni el oficinista hiperactivo, ni la administrativa triste y ni siquiera el skin-head facho podían imaginarse que el chico que estaba sentado en el inodoro sufría una brutal descompostura y le sobraban las ganas de pasar de la ficción a la realidad. De poder cagar como Dios manda. 
 
     Peter admiraba a los trovadores españoles desde que conoció a Sabina y a Serrat durante los Juegos Olímpicos de Barcelona ´92. Más que nada era fanático del músico catalán, por eso cuando Raúl lo convenció con un inglés muy básico de que Joan Manuel estaba de incógnito en Buenos Aires, primero lo dudó pero después empezó a convencerse a sí mismo. ¿Acaso no podía ser cierto que Serrat estaba dando un recital de incógnito en un bar donde años atrás había conocido a una novia argentina? 
 
     -¿Are you sure? 
 
     “Yes, man, yes”, intentaba ser convincente el Raulo, sintiendo que ya estaba a punto de pescar a su presa. “Fifty dollars” fue el precio que el argentino le puso al privilegio de ver a Serrat en una taberna de La Boca, y Peter sacó un reluciente billete que fue a parar a la riñonera de Raúl. Entonces, justo cuando éste último estaba pensando que ya se había hecho el día, se le encendió una luz de alarma que lo llevó a apoyarle el brazo en el hombro al inglés impidiendo su ingreso al bar. 
 
     -No camera, Serrat don´t like flashes. No papparazis. 
 
     El pobre Peter, habiendo visto a su alrededor a un policía con aspecto de bonachón que le había hecho un guiño cómplice aprobando la exigencia del Raulo, se armó de la tranquilidad necesaria para dejar en las manos del extraño su filmadora digital valuada en unos ochocientos dólares. Y entró. 
 
     Al mismo tiempo que se le acrecentaban a Lucas las ganas de mover el vientre, también avizoraba en su mente cada vez más nítida la imagen de su abuelo Roque y la vergüenza que le provocaría ver a su nieto sentado con los pantalones bajos en plena calle, a la vista de cientos de transeúntes. Miraba de reojo la vieja lata de Nesquik que había encontrado en una estantería del patio y que en ese momento hacía las veces de alcancía. La orejeaba y solamente un par de monedas de veinticinco centavos brillaban por su presencia, un escaso botín para casi dos horas y media de sudor y fuerza. 
 
     Una mezcla de sensaciones se hicieron carne en el cuerpo de Peter luego de haber entrado a un lugar maloliente donde había más moscas que comensales, zumbando alrededor de un especial de salame cubierto de mugre. Fue imposible salir inmune luego de ver la expresión burlona solapada en la cara de un mozo sesentón, que había abierto al límite sus ojos ocres y arqueado las cejas hasta donde se comenzaban a trazar las marcas de su frente. Lo peor fue cuando cruzó la puerta para buscar a Raúl y reclamarle una explicación, sus cincuenta dólares y su cámara de video. Todo eso había desaparecido incluyendo a Raúl. ¿El policía? O se había ido a perseguir al ladrón o más bien había huido con su cómplice. Otra opción no había. 
 
     A solo dos manzanas del bar, el embaucador se colgaba de un 152 que dejaba pitando la fila formada por otros cuatro colectivos. Todavía jadeaba cuando se bajó en Paseo Colón, mientras pensaba que literalmente ya no estaba para esos trotes. En el barrio de San Telmo llegó casi imantado hasta un turbio local que compraba y vendía productos electrónicos, y convirtió la camarita en un dinero que le iba a servir para alimentar por varias semanas a su mujer e hijos. 
 
     Media hora más tarde, Peter llegó caminando hasta el lugar donde sólo un par de caminantes habían detenido su marcha y apreciaban el número de Lucas haciendo sus necesidades. El británico se contuvo no más de unos segundos, hasta que volvió a abrir la boca que tenía cerrada desde que había sido estafado por el Raulo en el bar. Explotó. 
 
     -Ey, “you”, “argentinou” caradura. ¿Por qué no va a trabajar dignamente levantando bolsas “to the puertou”? No se da cuenta que “people” ganan su “dinerou” con esfuerzo, y “people” como usted son los que hacen que “this big country” esté “quietou”, que no avance porque lo único que hace usted es cagar, como lo hacen los políticos con el “pueblou”, y encima los siguen votando. Y a “people” como usted le dan monedas por estar “cagandou”. Antes “people” tiraba monedas a las fuentes, hechas por artistas, y “now” las monedas se las dan a “people” como usted. 
 
     Seguidamente, levantó su mano derecha adornada con un costoso Rólex, cerró su puño con fruición y elevó su dedo mayor dándole forma al universal “fuck you”. Lucas se preguntó “¿qué mierda estoy haciendo?” y, para hacerle honor a su abuelo, se levantó primero los pantalones y después él mismo, recogió todos los bártulos y prometió marcharse para siempre de esa esquina y de ese dudoso número artístico. 
 
     Esa misma tarde, un viejito se dejó tentar por un cartel que ofrecía una cámara de video nueva por escasos billetes. Venía de cobrar un dinero importante y siempre tuvo la ilusión de tener algo con que filmar a sus dos bisnietos. Don Roque jamás se hubiera podido imaginar que ese producto electrónico se lo habían robado a un honesto turista inglés, y menos que la propia víctima iba a ser responsable de aleccionar a su nieto para que dejara de hacer papelones por la calle. Si hubiera conocido los pormenores que rodearon a esa cámara, probablemente se hubiera alegrado al enterarse que, el día siguiente, Raúl fue a cambiar el billete de cincuenta dólares de Peter y el cajero del banco lo desayunó con la noticia de que era falso. “Por fin un tiro para el lado de la justicia”, casi seguro que eso hubiera pensado. 
 
     Solo en su hogar, Roque se sentó en el sofá del living para conocer el funcionamiento de la filmadora, y logró que apenas conectando un cable y tocando dos botones la pantalla ya devolviera las primeras imágenes. Dentro de la cámara había quedado un disco que sin duda pertenecía al dueño original de la misma. 
 
     A medida que se le endurecía el miembro a Peter mientras un niño de ocho años le practicaba sexo oral con lágrimas en los ojos, lo propio hacía el corazón del pobre anciano, que no pudo soportar ese aberrante y cobarde abuso. Justo en ese instante sonaba el teléfono pero nadie pudo levantar el tubo. Lucas volvería a insistir con el llamado un rato después, con intenciones de saber cómo estaba su abuelo luego de tanto tiempo. Lo atendió un enfermero, que fue el encargado de comunicarle que apenas unos minutos antes el viejo Roque se había ido para siempre.



lunes, 10 de marzo de 2008

Falta envido y truco

 por Javier Debarnot

     Hay oficios y profesiones que no requieren más explicaciones que la simple mención de ellos. “Soy doctor”, “soy abogado”, “soy domador de anacondas epilépticas”. Claro y conciso, cortito y al pie, ante estas afirmaciones no nos cuesta nada imaginarnos a un hombre operando, a otro mintiendo y al último consumiendo drogas duras antes de empezar su trabajo.

     El problema es el que vengo teniendo yo, hace casi una década, cuando tengo que contarle a alguien que no conozco de qué me gano la vida. “Soy creativo”, digo con cierta timidez y sin mostrar ni una pizca de soberbia, pero no puedo evitar recordar a un genial cómico cuyo nombre desconozco que en un monólogo en el que se mofaba de los que trabajaban en publicidad, reproducía el siguiente diálogo:

     -¿De qué trabajás?

     -Soy creativo, ¿y vos?

     -¿Yo? (haciendo una pausa) Yo soy genial.

     Y sí, a quién se le ocurre bautizar a una profesión con un adjetivo. Pero la cuestión es que creativo viene del verbo crear, y lo que se supone que inventamos nosotros son propagandas. Porque claro, alguien las hace. No es que cae un diluvio y un meteorólogo dice: “una continua lluvia se está desatando sobre la Capital Federal. Desde las 8 de la mañana han caído 20 milímetros y 17 propagandas. Les recomiendo a los que viven por Flores que vean una de autos que cayó cerca de la estación, y no se pierdan la parte en la que sale una boca de la guantera y le pregunta al conductor si lo conoce a Marcelo”. Sería divertido si fuera así, pero lo malo es que yo no tendría laburo.

     Las propagandas –publicidades, para los que estamos en el ambiente- no se limitan a las que vemos con la tele, pero para la mayoría de la gente no existe otro campo de trabajo que no sea ese, la mismísima caja boba. Cuando alguien se entera de que trabajamos de creativos y no tiene mucha idea de qué va la cosa, probablemente te pregunte: “¿Entonces vos sos el que hizo esa de las toallitas femeninas con jirafas que vuelan?”. Ante nuestra negativa, te contestan con un “Ah” desilusionado y te miran como si fueras un pedazo de fracasado, como si un creativo hecho y derecho sólo es aquel que te mete un bicho de zoológico en una nube. Ahora el interrogante lo lanzo yo: ¿acaso a gente que se dedica a otra cosa los bombardean de esta forma?

     (a un pintor) -¿Vos pintaste la Casa Rosada?

     (a un mozo) -¿Vos inventaste el gesto para pedir un cortado?

     (a un ferretero) -¿Vos le diste 104 años de vida al Magiclick?

     No, claro, a ellos no les preguntan nada de eso. Pero quién te dice, quizás sí lo harían si sus oficios, en vez de bautizarse pintor, mozo y ferretero, fueran “espléndido”, “talentoso” y “sin igual”. El lastre lo llevamos nosotros, los creativos. Más que lastre, las tremendas generalizaciones que caen sobre nosotros. Que somos tipos especiales, que nos creemos transgresores, una raza superior distinta al resto, etc. Cuán alejado de la realidad. Un creativo puede ser tan vulgar y tan brillante como cualquier otro ciudadano.

     Al igual que el pintor le tiene que dar una segunda mano a la pieza que todavía huele al abuelo finado, el mozo servirle una lágrima con una sonrisa a un tipo que nunca le deja propina y el ferretero darle el vuelto de cien a un loco al que le faltaban un par de tornillos, los creativos deben pensar día a día qué poner en el envase del insecticida, en el folleto del anti-hemorroidal, en el dorso del boleto capicúa y, si me corren, en el epitafio de la tía Carlota. Una propaganda de la tele es un privilegio para unos pocos.

     Ahora bien, cuando te dicen lo que tenés que “crear”, sea el texto para el insecticida, el hemorroidal o el epitafio, el primer paso es encontrarse con el famoso “síndrome de la hoja en blanco”. Ahí estamos, sentados frente al block o al documento de Word inmaculado, con el cursor titilando y centímetros y centímetros de tierra fértil sin un mísero carácter sembrado. Pasa un minuto, dos, cinco. Y siempre sobreviene el terror, las ganas de agarrar la hoja en blanco, engancharla a una regla y listo, ya tenemos nuestra bandera de “¡me rindo!”. No sé si esto le afectará a otros creativos, pero a mí me suele ocurrir bastante seguido, que me invada este lapidario pensamiento:

     -Acá van a descubrir que soy un choto y me van a dar un voleo en el culo.

     Y después de esa visión incontrastable, nos ataca la resignación, el pensar a qué nos vamos a dedicar una vez que nos hayan desenmascarado. Pero lo bueno es que la idea de ponernos una cancha de paddle en Finlandia quizás nos prenda una señal de alarma, indicándonos que ahí puede haber algo que sirva para nuestro actual desafío, ese que hacía minutos habíamos dado por perdido. Ahora mágicamente resucita. Anotamos “paddle en Finlandia” debajo del título “Frase para insecticida”, y ya flasheamos con las moscas prefiriendo alquilar las canchas antes que sucumbir ante la efectividad de nuestro producto. Seguro que después de otros tres minutos nos damos cuenta de que acabamos de pensar y escribir la idiotez más grande sobre la tierra, pero sabemos que hemos ganamos la primera batalla: la hoja en blanco ya es un recuerdo negro y lejano.

     ¿Y qué ocurre con nuestra postura a la hora de trabajar? Está claro que cuando ya tenemos la idea, es cuestión de darle a las teclas de la computadora y nuestra actitud no distará mucho de la de un data-entry o un administrativo que escribe una carta. El tema es antes, cuando todavía estamos pensando. Cuando entré a mi primera agencia y me estaba enfrentando por primera vez a la hoja en blanco, antes de pensar en el producto a vender creo que me pregunté si podría poner las patas cruzadas sobre la mesa, reclinarme en el respaldo de la silla, extender mis brazos, doblar los codos y hacerme la almohada personal con ambas palmas para cobijar mi nuca. Supuestamente, en esa posición relajada uno maximiza las posibilidades de que se le ocurra algo. Pero, ¿y los demás qué? ¿Qué pensarán viéndonos así? Lo bueno es que podemos engañarlos con la postura B, la del pensador clásico. Ésta incluye los pies sobre el suelo, el torso inclinado hacia delante y el codo derecho o izquierdo sobre el escritorio con la mano actuando de soporte para nuestra cabeza. Tiene dos opciones de terminación: la palma y los dedos contorneando nuestra pera o el puño cerrado sobre alguno de nuestros parietales, con la cabeza ligeramente inclinada hacia alguno de los lados.

     Con los años aprendí que por más que adoptemos la postura relajada o la del pensador clásico, siempre les ofrecemos a los compañeros de trabajo cuatro alternativas sobre nuestro enigmático accionar. Si estas percepciones se vuelven crónicas, se podrían marcar cuatro diferentes perfiles de creativos:

1) El que para los demás está inventando posibles nombres para un laxante y la realidad indica que es absolutamente cierto.

     Es el “Creativo Aplicado”: muy metódico y sacrificado, aún cuando su tarea sea “una cagada que no tiene nombre” como el caso mencionado. Es un ejemplo para el resto, y suele permanecer durante largo tiempo en una misma agencia. Aunque sea el más laborioso de todos, nunca será el preferido del jefe, ya que este último siempre termina aburriéndose del creativo cumplidor, al igual que la mayoría de las mujeres del novio o marido idem.

2) El que para los demás está haciendo una lista imaginaria de las diez modelos más buenas y efectivamente eso pasa por su cabeza.

     Es el “Creativo Acomodado”: seguro que es sobrino del Director Creativo o hijo del compañero de golf del gerente, o quizás entró a la agencia porque el dueño le debía un favor a su padre. Sin ninguna presión, a veces sin sueldo porque no necesita el dinero, es el único que puede estar 100% relajado. Al principio sus compañeros se cuidan de no criticar al jefe en presencia de él, pero al final se descubre que él lo aborrece más que nadie.

3) El que para los demás está pensando en el final de “Lost”, cuando en realidad está ideando el slogan para una loción contra la pediculosis.

     Es el “Creativo Falso”: un tipo peligroso del que hay que huir siempre. Cuando todos están distendidos él simulará estarlo, le venderá al resto el papel de compañero fiel, pero todo lo que estará haciendo es adelantar trabajo secretamente. Después dejará expuestos a todos ante el jefe. No hay que ser muy perspicaz para saber que esta raza de creativos es buchona, descarada y mala leche.

4) El que le hace creer a los demás que está pensando en un afiche de yogures, cuando en realidad está recordando el gol de Cuevas a Racing.

     Es el “Creativo Chanta”: suele tener una buena imagen, se vende muy bien e incluso es admirado por algunos compañeros, aunque los que más lo conocen no se dejan engañar por sus artimañas. Fabulador por naturaleza y competitivo al máximo, seguro que es un buen jugador de Truco, más bien un apasionado. Puede ganar o perder, pero con las cartas siempre dará pelea hasta el final. Si hay un mazo cerca, desafía al que sea y es capaz de postergar el trabajo más urgente con tal de jugar un “chico a 15”.

     Como habrán visto, el trabajo de creativo tiene sus trucos, sus ventajas y prejuicios como cualquier otro oficio. Se lo observa bajo una lupa porque no deja de ser la exageración de una virtud, una especie de talento que en la mayoría de los casos es innato. La gente nace con su dosis de creatividad. Algunos tienen poquita inventiva, otros la cantidad justa y determinadas personas superan la media. De este último grupo, la mayoría se vuelca para profesiones tradicionales en donde día a día pueda aplicar su creatividad, y una porción minúscula va a los papeles: sin escalas al trabajo de “creativo”.

     Para darle vida a este texto, créanme que pasé por varias de las etapas que les fui describiendo en estas mismas líneas, comenzando por el síndrome de la hoja en blanco. Alterné las posturas del relajado y el pensador clásico y de a ratos les hice creer a muchos que ideaba una promo para usuarios italianos de celulares. Me reservo para el final la confesión sobre la clase de creativo que soy, siempre dentro de los 4 estilos mencionados. La respuesta, simplemente, en las cuatro palabras del titulo.


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