jueves, 10 de abril de 2008

No apto para valientes

por Javier Debarnot

     Desde chiquitos empezamos a tener miedo. Incluso desde mucho antes de tener uso de la razón, cosa que a muchos les demora varias décadas. Es que el miedo es algo que no te lo enseña nadie, más bien uno lo aprehende a la fuerza. Y probablemente, eso pasa la primera vez que los padres desalmados nos dejan solos en la cuna, de noche, y con sombras raras que se dibujan en la pared de nuestra habitación.
 
     Una vez que ya tenemos instalado el miedo.exe en nuestro disco rígido interno, ahí sí que otras personas tienen vía libre para meternos aplicaciones que son fácilmente ejecutables: el hombre de la bolsa, el cuco, el fantasma Benito, el señor de las inyecciones, Menem, etc., etc. Hay también otros miedos que serían ridículos e insignificantes para el 99,9% de las personas, pero la pesadilla más cruel para el pobre desalmado que lo sufre. Y todos los tienen, eso está claro. No duden de que el hombre de la bolsa le tendría terror a un monólogo desvariado de Silvia Süller, el cuco no podría resistir caminar por Florida y Lavalle un lunes a las 11 de la mañana, y el fantasma Benito se haría pis encima de solo imaginarse quedar encerrado en el puesto de choripanes de la cancha de Independiente.
 
     Yo tengo los míos y voy a detallarlos a continuación, quedando expuesto para que cualquiera que lea estas líneas pueda señalarme como el salame que le tiene miedo a, por ejemplo, que lo maten en el subte. Ese temor, quizás el mayor de los de mi propiedad, se remonta a las primeras épocas en que empecé a usar este medio de transporte. Ya no de la mano de mi mamá en forma esporádica, sino solo y haciendo de ese tipo de viaje algo rutinario. Entonces, cuando me hallo en el andén esperando a que aparezca la formación, nunca puedo evitar mirar de reojo a mi alrededor, entre el resto de los futuros pasajeros del subte. Jamás de los jamases puede alejarse de mi cabeza la idea de que algún malnacido de los que me rodean va a empujarme a las vías, justo un segundo antes de que irrumpa el primer vagón. Y sanseacabó. Una vida y un cuerpo hechos pedazos y una deliciosa nota para la primera página de Crónica. Pero mientras esté atento, mientras siga teniendo ojos en la nuca y por qué no en las orejas, no van a poder conmigo. Que lo intenten en la superficie o en las alturas, porque mi miedo me hace fuerte para que nunca me puedan asesinar en el oscuro mundo subterráneo.
 
     Por suerte en la vida existen muchas compensaciones, por lo cual además del miedo a que me maten, también tengo miedo de matar, yo mismo y con mis propias manos. Y lo agravante es que la posible víctima no es ni más ni menos que mi hijo o algún otro bebé. La combinación letal se da apenas juntando dos factores: tener a la criatura “a upa” y estar cerca de un balcón. El terror a que se me caiga es casi insoportable, pero recién ahora me animo a confesarlo, consciente de que si lo dijera en el preciso instante, con mi hijo en brazos, la persona que escuchara mi miedo probablemente tendría dos reacciones. La primera, quitarme al niño indefenso y alejarlo de mi amenazadora presencia, y la segunda, empezar a asustarse de mí por considerarme un loco de mierda con tendencias asesinas. Cuando estoy en un balcón con mi hijo en brazos, siento que hay infinidad de posibilidades de que suceda algo imponderable, motivando la terrorífica escena en donde la inocente criatura se me resbala y cae al vacío. Entonces lo que intento es sacarle el “im” a lo imprevisto y evalúo: que no me tropiece con esas macetas, que no me chorree agua hirviendo mi cuñada mientras ceba unos mates, que no me estornude mi hijo en la cara dejándome sin visión por un par de segundos fatales. Que no pase nada de eso. Además me desplazo torpemente, porque la presencia de mi primogénito en mi pecho impide que pueda ver directamente mis pies, con lo cual camino medio a ciegas. A pesar de todos esos recaudos, la película en la que lo veo a él desprenderse de mis torpes fauces y caer desde el octavo piso se va reproduciendo una y otra vez, y cuando ya no puedo soportarla más, me quedo de espaldas a la baranda resguardándolo con mi cuerpo, o mejor me voy para adentro, busco otros brazos para que lo contengan y respiro aliviado. Ese no será el día en que se me caiga mi hijo por el balcón.
 
     Cuando voy por la calle, más que nada en alguna muy transitada o una avenida, suele aparecer otro de mis miedos: que me den un roscazo en plena vía pública. Claro, esto no es algo que ocurriría al azar o sin razón aparente. El motivo lo provoco yo, no es algo que pasa todos los días, pero de tanto en tanto preparo la mesa para que me sirvan un buen bife. ¿Cómo? Con un choque de hombros, un simple e inocente impacto entre uno de mis brazos y el de algún desconocido de sexo masculino. Se da cuando hay poco espacio para transitar, voy hacia alguna dirección y se viene otro en sentido contrario. Yo hago mi parte corriéndome unos centímetros para evitar el choque, pero el otro también tiene que hacer lo suyo. Hete aquí que el muy guapo no lo hace, y entonces, en el instante previo a la colisión, endurezco mi hombro y que sea lo que Dios quiera. Las consecuencias del impacto dependen de la contextura física del digámosle otro vehículo. Si es pequeño, queda girando como molinete de subte; si es parejo, se amortigua bastante el choque; y si es grandote, ese lado de mi cuerpo se acordará de él durante el resto de la mañana con bronca y dolor. Claro que después viene el instante culminante, la reacción pos-hombrazo. Antes de que yo perdiera la inocencia, giraba mi cabeza mientras caminaba para ver el rostro del damnificado y acaso ofrecerle una disculpa. Todo cambió cuando recibí un elocuente “¿Qué te pasa, la concha de tu hermana?”. Entonces dejé de vivir en el mundo que alguna vez imaginó Lennon y nunca más volví a darme vuelta para verificar los daños. Aprieto los dientes, aligero algo mis ya de por sí largas zancadas y hasta entrecierro un poco los ojos. Quedo a la tensa espera, aguardando ese gancho cobarde lanzado a mis espaldas directo al pómulo. La tensión dura unos 10 ó 15 metros, y una vez pasados, resoplo y me relajo, preparándome para volver a endurecer mi hombro cuando la situación lo requiera. A fecha de hoy, la piña nunca me llegó, pero qué mal que la paso temiendo que, alguna tarde y en una vereda cualquiera, ese puño desconocido haga un furtivo nido en mi cara.
 
     Cada vez que estoy en alguna reunión importante, casi siempre de ámbito laboral, tengo que usar un equis porcentaje de mi mente para controlar otro de mis miedos: que se me escape el pedo más inoportuno de la historia. Y lo escribo así, grandilocuente, no por imaginarme que sería una sonora ventosidad, sino porque no conozco antecedentes reales de personas que se hayan desgraciado en una situación similar, y por lo tanto sería realmente de terror si yo fuera un adelantado en la causa. No se piensen que soy de aquellos tipos simpáticos pero indeseables a los que se le escapan pedos por la vida. No, señor, yo los reservo para mi intimidad, o los dejaba ir en esa sórdida etapa adolescente en donde tirarse pedos con los amigos sonaba bien. Por eso reside mi pánico, por el temor a lo desconocido. ¿Cómo reaccionaría una mesa de tres hombres con corbata y dos mujeres con fragancias europeas y Palms ante un escape de gas? ¿Lo dejarían pasar haciéndose nerviosamente los desentendidos? ¿Estallarían de la risa? ¿O me espetarían un comentario rebajándome por mi bajeza? Por fortuna, mi esfuerzo por evitar que algo se escape sigue invicto. Sólo es cuestión de apretar fuerte ahí abajo y crear la muralla para que nada se piante entre nuestro trasero y la base de la silla. Si a alguno le pasa o le pasó, tendrá sus técnicas para salir airoso en la lucha contra una indeseada fuga de aire. El temor seguirá ahí, siempre presente, pero continuará inmaculado sin ninguna mancha marrón que lo tiña de vergüenza.
 
     Como conclusión final, puedo asegurar que uno se va acostumbrando a convivir con sus miedos. Los míos me acompañan pero a la vez me protegen. Gracias a ellos me vengo salvando de ser asesinado en el subte, de matar a mi hijo, de que me golpeen por la espalda y de dejar escapar un pedo en el momento injusto. Pero ahora me doy cuenta de que me está invadiendo otro temor, y es que hayan empezado a leer estas líneas, les hayan parecido insulsas y las hayan dejado abandonadas en el espacio en blanco que encontraron entre el segundo y tercer párrafo. Aunque pensándolo bien, si aún están aquí, significa que puedo abrir la jaula y dejar volar a ese miedo, aquel miedo de ser ignorado por no tener nada interesante que decir.
 
 


11 comentarios:

Anónimo dijo...

Este la verdad muy bueno, pero para ser sincero y alimentarte un poco el miedo, a tu post anterior lo deje en la tercer linea.

Dr egrus

Anónimo dijo...

Bien Javi, no tengas miedo que abandonemos la lectura entre párrafos, o mejor escribí todo en un solo párrafo. :P ++++ Sigo con mis cuentas, el tren le gana a todos por ahora. Hablamos.

Martín.

Javier Rey dijo...

Q haces querido! Muy bueno el post, yo tambien tengo miedo a los balcones, en realidad es miedo a tirarme. Siempre q me asomo a un balcon imagino que me tiro y evalua donde impactaria mi cuerpo, cuantas ramas de aquel arbol romperia y cuanto aplastaria al techo de aqul coche estacionado.
En cuanto al pedo, siempre te queda el fantastico antecedente de Maria Amuchastegui y su famoso pedo televisivo mientras daba su programa de gimnasia "Buen Dia Maria". Abrazo de blog!

Anónimo dijo...

hola javi! leí todo tu post del miedo, yo tb tengo miedos cotidianos. me sumo al miedo de tirarme de un balcón, por eso creo que nunca podría vivir en un piso alto. y en reuniones de trabajo, tengo miedo de un día sacarme y gritarle al cliente "por qué carajo no te gusta el logo hijo de re mil puta?". por suerte por ahora controlo mi carácter!! jeje. beso grande! magui

Anónimo dijo...

El mejor de los tres. Seguí así. Te falto nombrar el miedo de ligar tres cuatros en un última mano de truco, con un chico empatado en 14...

Ale

chapi dijo...

Javi: Hace poco estuve en unos acantilados de Irlanda y observé algo con respecto al miedo: la gente está recontracagada pero se acerca bien al borde para sacarse la foto. La vida peligra, pero los tipos quieren tener la fotito obligatoria.
A veces me da miedo terminar haciendo cosas como esas :P
Abrazo!

Andrés Ini dijo...

Javi! Gracias por tu mensaje en mi blog. ¿Vos me seguís desde el primer momento? Yo desde tus brillantes guiones de títeres y muñecos Matell, con Barney y sus amigos.
Tus miedos, son mis miedos. Te entiendo en demasía con lo del balcón, creo que alguna vez habré tirado a alguien, pero aún no me detuvieron.

Anónimo dijo...

Muy bueno, me encanto , la verdad que uno se siente identificado con todos esos miedos;
Te felicito !! Espero leer un par mas de estos !!
Abrazo
Batigonchi

Hermanos Bladimir dijo...

bueno bueno, pero seamos sinceros, quién no tiró alguna vez a alguien por el balcón. yo he tirado miles, tal vez millones de bebés. y cada vez que me asomo a un precipicio con un niño en brazos, no tarda en aparecer mi miedo a no poder tirarlo, miedo a que se quede agarrado de la reja de abajo. imagino tener que soltarle sus dedos del cable con un palo o una escoba, desesperado para no ser descubierto. transpiro pensando en q todos me miran desde abajo, mientras yo le arrojo objetos al resistente chico. imagino q el niño se ríe de mí, se burla de mi situación, de lo patético q debo verme. en ese preciso instante lo arrojo, al grito de "burlate ahora, pelotudo". muere al darse contra el techo de la parada del 126, y rebota quedando al lado de la pequeña montaña de otros bebés del día, si aún no pasó el barrendero.
en cuanto a los chocahombros q, como vos bien decís, no cumplen con su parte, su fracción del contrato implícito de la sociedad, yo les esquivo el hombro, pero después los sigo, los observo, y estudio, quizás enfermizamente, sus rutinas. me alquilo un depto alto, entre sus calles habituales, y le arrojo bebés a la cabeza.
y ahí mato dos miedos de un tiro.
o de un bebé.

muchos saludos, pintoresco el blog!!

Anónimo dijo...

Tenés que perder el miedo a que tu bebé se caiga del balcón. Te paso un video inspirador:

http://www.youtube.com/watch?v=rI7IGW8RXiM

Ale

Renzo dijo...

Muy buen relato. Posibles soluciones a los 4 miedos arriba citados:
1- Subte: esperar la formacion de espaldas. Seguramente hará mas ruido que ese maldito asesino serial que viene en puntitas de pie.
2- Balcon vs bebe: es realmente necesario tenerlo a upa? Por cuanto tiempo? De evaluarse estas opciones yo tomaria el recaudo de sacar cuanto elemento "tropezable" se encuentre y me pondria cerca del "otro" extremo del balcon... el mas seguro.
3- Chocahombros: identificar al oponente, encarar con mas velocidad, cruzar la mirada en forma desafiante y no bajarla. En el momento del impacto girar el cuerpo acompañando el del adversario para poder ver con claridad su estrepitosa caida. Muy Steven Seagal.
4- Pedo inoportuno: no es mi especialidad, pero con el correr de los años aprendi a liberarlos sin que la presion los haga "audibles". Esta estrategia nos brinda la posibilidad de inculpar a otro o simplemente echarle la culpa al perro.
Saludos y gran Blog

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