martes, 20 de mayo de 2008

¿Podés volar?

por Javier Debarnot

      La pregunta sonó caprichosa. Parecían solo un par de palabras cargadas de inocencia lanzadas por un soldado novato buscando la respuesta de un gladiador de mil batallas, pero de aquellas que habían quedado muy atrás en el tiempo. Fabián necesitaba avivar el fuego de su alma, necesitaba una contienda épica más y ese nuevo desafío le había caído como un pequeño pedazo de carbón entre maderas rancias y cenizas hechas polvo.
 
      Su corazón pedía a gritos sentir la gloria otra vez y la oportunidad había llegado. Un centenar de testigos dice que se trató de un simple partido de fútbol en Tortuguitas para definir un ascenso a primera, pero en realidad fue una confrontación que ponía cara a cara a dos fuerzas desiguales. Un equipo venia arrasando con todo y devorándose crudos a sus rivales. Y el otro llegaba por el camino opuesto, sufriendo más de la cuenta, casi dejando la vida en cada choque y resurgiendo de la muerte justo cuando los cuervos empezaban a merodear sobre sus heridas.
 
      No era multitudinaria la concurrencia, pero el actor estelar y arquero del equipo más débil imaginaba miles de retinas expectantes en un símil Coliseo Romano, bramando por una lucha épica con sabor a todo o nada, pulgar arriba o abajo para sentenciar toda una trayectoria que ya en el crepúsculo amagaba con marchitarse.
 
      Un error de cálculo del guerrero dejó su arco desguarnecido e hizo que el partido se pusiera 1 a 0 en beneficio de los favoritos, de esos leones que rugían en ese circo hostil. Cualquiera que hubiese visto ese partido hubiera pensado que el viejo guardametas nunca volvería a ser el titán de antaño y que David jamás derrotaría a Goliat.
 
      Acabó la primera parte confirmándose toda la lógica. Hasta allí estaría llegando el recorrido del equipo que nadie imaginaba en una final, y ya se vislumbraba el carruaje transformándose en el zapallo de esa voluntariosa Cenicienta. Pero aunque faltaba poquito, todavía no eran las doce y nuestro héroe lo sabía. Como tampoco desconocía que el empate no alcanzaba, por lo cual la misión de su equipo sería sí o sí marcar dos goles para ganar.
 
      Al salir a jugar la etapa final, las llamas de Fabián se encendieron de repente y, a fuerza de atajadas monstruosas, sus diez compañeros iban a beber sorbos de la copa en la que su temple desbordaba. Esa tarde quedaría marcada por sus hazañas. Vulneraba disparos a quemarropa con destino seguro de red, goles en teoría hechos, pero que no iban a serlo ese sábado porque ese era “su sábado”. Los delanteros contrarios, líderes en cualquier tabla de tantos marcados, asistencias y efectividad, iban achicándose y ridiculizándose luego de cada intento que sucumbía en las manos del viejo golero de casi cuarenta abriles.
 
      Pero ahora ese titán tenía diez aliados furiosos embanderados bajo una camiseta azul con vivos amarillos, un equipo llamado El Tri que no tenia nada que perder porque ya había llegado demasiado lejos. Ese día, el sentido de lo imposible no encontró lugar en el cuerpo del héroe que se despertaba de un sueño tan profundo, tan largo y con tanta abstinencia de consagraciones. El contagio precedió al milagro, y aunque el empate llegaría de forma casi anecdótica, poco tiempo después se dio vuelta el marcador en una ráfaga furiosa que pulverizó las ilusiones de Concordia, aquel rival tan temido, tan invencible, pero en definitiva tan humano.
 
      Un equipo que en su último momento soltó a su jugador estrella y le encomendó una corrida quijotesca, que culminó con un remate de esos que rozan la perfección: violento, combado, venenoso y con sed de ángulo superior izquierdo. Claro que en el arco estaba nuestro gladiador que a esa altura ya no parecía mortal. Su humanidad se disfrazo de intuición, de malabarismo, de reflejos en estado puro. Se lanzó al aire y en ese instante sintió que su fuego sagrado estaba más caliente que nunca. Sus dedos rozaron esa caprichosa pelota y la impulsaron al corner por arriba del travesaño.
 
      Sólo le quedaba algo por hacer en ese día en que había vuelto a la gloria: decirle a aquel soldado que había osado con preguntarle semejante obviedad:
 
      -¿Vos querías saber si podía volar?
 
      Cuando sonó el pitazo final del histórico 2 a 1 de El Tri contra Concordia, los últimos rayos de la tarde bañaban el verde césped, pero Fabián sintió una lluvia de pétalos desparramarse por el campo que para él nunca había dejado de ser la arena del Coliseo. Mientras tanto, una parte de su alma volaba hacia una parcela etérea que inscribía su nombre para siempre. Justo ahí, en el cielo de los héroes.
 
 


viernes, 2 de mayo de 2008

Road story

por Javier Debarnot

     Impulsada por el viento, la brasa del Camel voló desde la parte exterior de la ventana delantera hasta meterse por la de atrás. Se dejó caer por el espacio existente entre la base y el respaldo del asiento y en pocos segundos ya estaba en el maletero, acolchonada por una bolsa de residuos gris. Al tratarse de una de esas que se encienden enseguida, apenas hubo unos instantes de olor a plástico chamuscado antes de que brotara la violenta llamarada 

     El fuego llegó al tanque de gasolina y la explosión fue instantánea, transformando al coche en una antorcha rodante. El conductor, también rodeado por las llamas, poco pudo hacer para evitar el impacto contra un árbol. Entre alaridos de dolor logró abrir la puerta del lado del acompañante y abandonar esa maraña de metales, vidrios y tapizados ardientes. 

     A los cuatro pasos se desplomó al borde de la ruta, atormentado por un infierno cruel que lo consumía por dentro y por fuera, y sólo encontró alivio al dejar de respirar para siempre. Su cuerpo seguía carbonizándose cuando llegó el primer auto que luego atraería a otra decena de vehículos, entre ambulancia, bomberos, policía, mirones y prensa.

      Los primeros agentes descubrieron el parte del terror: había restos de cuatro personas entre los escombros y cenizas, pero de tres de ellas sólo se encontraron sus cabezas. Nacía el “misterio de los decapitados”, que a partir de ese momento iba a irrumpir con cientos de minutos en televisión y litros y litros de tinta en los principales periódicos de California.

      Unas horas antes de haber dado con el auto incendiado, otro patrullero se había topado con los cuerpos sin vida de una joven pareja, pero en ese hallazgo no había dudas con respecto al motivo de los decesos. Tom tenía una herida de bala que le perforaba el cráneo y su esposa Kelly dos impactos a la altura del corazón. Hasta el más novato de los policías sospechaba de una conexión entre los seis cadáveres encontrados en un radio que no excedía los cincuenta kilómetros en pleno desierto.

      Una semana atrás, Tom y Kelly viajaban con su Cadillac 66 por la ruta 95 en dirección a Las Vegas. Llevando ya horas y horas de ruta y desierto, el hastío ya era un pasajero más. La pareja de recién casados necesitaba cualquier excusa para romper la monotonía del viaje, y fue entonces cuando unos metros más adelante aparecieron dos siluetas al costado del camino.

      -¿Los llevamos? -preguntó Tom casi afirmando mientras bajaba la velocidad.

      -Ni soñando –le retrucó la chica poniendo su pie izquierdo sobre el derecho de su marido para obligarlo a presionar el acelerador.

      Con un chillido estridente y levantando una nube de polvo, el Cadillac dejó atrás a la pareja de mochileros que hacía dedo intentando que los arrimaran a Henderson Park. Todavía maldecían a los conductores del auto por su poca hospitalidad, mientras estos se increpaban mutuamente dentro de la cabina.

      -La próxima vez que metas un pie en el acelerador, me divorcio.

      -Aquí en el medio de la nada, si están armados y nos hacen algo no se entera ni Cristo, ¡infeliz!

      -Si fueran todos como tú, cuando nosotros hacíamos dedo no nos hubieran levantado jamás.

      -Me aburres.

      Kelly encendió una radio donde sonaba una abúlica canción y sus voces se apagaron por los siguientes cuarenta minutos. Casualmente, el motivo por el que volverían a hablar sería otro caminante junto a la ruta que les rogaba un aventón. Tom miró a su mujer sin decir nada y ésta le asintió también en silencio. La chica se había arrepentido de haber dejado librados a su suerte kilómetros atrás a los dos jóvenes, y veía la oportunidad de resarcirse llevando a aquel nuevo individuo. Su marido notó en ella un semblante de paz mientras estaba a punto de detener el vehículo, pero decidió romper esa calma en trizas. Esta vez, sin necesidad de que le pusieran un pie encima, fue el propio Tom quien aceleró violentamente el Cadillac y dejó paralizado al hombre que esperaba de pie, ya presto a acomodar su bolso naranja en el coche.

      -¿Qué estás haciendo, idiota? –disparó la chica con odio.

      -¿Has visto qué feo que es? –no se hizo rogar la respuesta socarrona de Tom.

      Volvieron a decirse los insultos más hirientes, se amenazaron con odio y se maldijeron hasta cansarse. Simultáneamente cayó la noche y sirvió para que le pusieran punto seguido a la reyerta y también a su estadía en el Cadillac. Apartándose de la ruta, por un puñado de dólares pasaron la noche en un hospedaje aledaño a Walker Lake. El tiempo se escurrió demasiado rápido y sin que se hubieran reconciliado ya estaban otra vez desandando la 95 con Kelly al volante. Tom ni siquiera miraba hacia adelante, para no toparse en un descuido con el espejo retrovisor que le devolviera los ojos de su mujer. Iba con el respaldo de su asiento inclinado a tope, su cuerpo recostado y sus piernas extendidas apoyadas en la ventana abierta. Abstraído de todo, apenas se percataba de los flecos de sus botas bailando con el viento cuando sucedió lo que tanto él como Kelly preveían. En la nada misma del desierto, una nueva silueta empezaba a agrandarse a medida que se acercaban. A diferencia del día anterior, enseguida percibieron que había un auto junto a la persona que les hacía seña para que frenaran.

      -Lo voy a levantar – aclaró Kelly sin esperar respuesta alguna.

      -Por mí, haz lo que quieras.

      Frenando unos metros adelante del vehículo del hombre que les pidió detenerse, Tom bajó y saludó cordialmente al extraño. Éste le explicó que había fundido el motor y que sólo necesitaba que lo alcanzaran hasta alguna gasolinera para ubicar a algún mecánico. Antes de subir al asiento de atrás del Cadillac, el desconocido pidió de meter sus cosas en el baúl. Tom y Kelly no lo sabían, pero en ese preciso instante, cuando arrancaron su auto con el tercer pasajero y sus pertenencias a bordo, estaban llevando consigo a todos los que se lo habían pedido el día anterior. En el maletero había una enorme bolsa en cuyo interior iban las cabezas de Max y Hannah, la pareja de mochileros, y también la de Washington, el joven del bolso naranja que tampoco habían levantado veinticuatro horas atrás.

      Media hora más tarde, la charla de presentación se había agotado y los primeros silencios empezaban a incomodar. El hombre aprovechó uno de ellos y pidió gentilmente que detuvieran la marcha para hacer sus necesidades. Una vez detenidos y con el extraño abajo del auto, Kelly sintonizó una radio que pasaba un boletín informativo de último momento. El pánico la invadió al escuchar la noticia de un asesino serial que actuaba en las inmediaciones de la ruta 95. Tom atinó a subir el volumen mientras uno de los locutores comenzaba a dar una descripción física del maniático, y su mujer miró por el espejo retrovisor buscando la presencia del extraño que hasta hacía segundos estaba unos metros detrás del Cadillac. Quedó perpleja al no observar nada ni en el cristal ni en los alrededores del auto, y entonces giró su cabeza para avisarle a su marido que iba a arrancar. Súbitamente sus ojos se paralizaron. Vio la figura del extraño emergiendo a las espaldas de Tom, del lado de afuera del auto, y disparándole un tiro de Mágnum 45 que le atravesó la cabeza.

      El intento desesperado de Kelly buscando arrancar el coche no fue suficiente. La llave le bailoteó en sus dedos temblorosos y no logró tener la coordinación necesaria para poner en marcha el motor. Ya había pasado el tiempo suficiente para que el asesino de su marido diera la vuelta con andar pausado y, sin más miramientos, le asestara un par de disparos en el pecho que le destrozaron el corazón. Quitó los dos cadáveres de los asientos y los puso a un costado del camino. Con una parsimoniosa tranquilidad, se dirigió al maletero y sacó una sierra eléctrica del bolso que llevaba junto a la bolsa gris, pero el artefacto se le atascó cuando intentaba rebanar la cabeza de Tom. Consciente de la imposibilidad y el riesgo de transportar los dos cuerpos enteros sin despertar sospechas, los dejó tirados a escasos metros del pavimento y retomó el viaje.

      Al día siguiente, mientras el Cadillac avanzaba por la ruta ladeando el Valle de la Muerte, el inescrupuloso conductor abrió el bolsillo de su campera de jean y sacó un paquete de Camel, encendió uno y comenzó a darle espaciadas pitadas. Iba sosteniendo el cigarro con su mano izquierda apoyando el codo sobre la ventana abierta, cuando divisó que venía un camión a gran velocidad en dirección opuesta. Sin perder la tranquilidad, giró el volante a la derecha para dejarle el espacio suficiente al otro vehículo.

      En la cabina de aquel Scania viajaba Scott Collins, el padre de Hannah, a quien le habían comunicado por radio que el cadáver de su hija había sido hallado junto al de su novio, ambos decapitados, unas horas atrás. Todavía hirviendo de bronca e impotencia, por su cabeza pasaban los pensamientos más violentos bañados de venganza.

      “No voy a descansar hasta que el hijo de puta que asesinó a mi hija arda en el infierno”.

      Unos veinte metros antes de cruzarse con el coche, el camionero pisó a fondo el pedal del acelerador. Aquella acción hizo brotar una ráfaga de viento que se inmiscuyó entre los dos vehículos, desestabilizando la punta del cigarrillo que el criminal llevaba entre sus dedos.




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