miércoles, 18 de junio de 2008

Mesa para tres, cama para uno

por Javier Debarnot

      Los cuatro eran apasionados por el póquer. También supieron ser grandes amigos en su adolescencia, pero luego de algunas manos que vinieron cambiadas hubo un corte en la relación, y aunque una de las opciones era barajar y dar de nuevo, decidieron seguir cada uno por su lado. Se acabaron las vacaciones juntos y dijeron “no va más” las borracheras de viernes por la noche, pero jamás extirparon a las mesas de póquer de sus vidas. Con el correr de los años, las convirtieron en una religión con misas semanales a las que faltar era un pecado imperdonable.
 
      Cuando cada uno de los cuatro tuvo un trabajo con ingresos dignos, redoblaron la apuesta de sus partidas de jueves: de ser solo por amor al arte pasaron a hacerse por plata. Todo se volvió más interesante, más a cara de perro, y la cuenta regresiva para llegar al día del encuentro se les hacía cada vez más lenta. Maxi, Juan, el Flaco y Diego se desesperaban por que llegue la gran cita, siempre en la casa del primero. Casi como una ley sagrada, cuando alguno empezaba una relación seria con una chica, le aclaraba que “no existiría durante ningún jueves por la noche desde ese día hasta el mismísimo fin del mundo”. Para graficar el exceso, Diego hasta le hizo firmar una aceptación por escrito a una novia que tuvo mientras vivía en La Paternal.
 
      Tres minutos antes de las nueve, un ansioso y acelerado Flaco ametrallaba con su dedo el portero eléctrico de Maxi. Y en menos de un cuarto de hora era una fija que ya estuvieran los cuatro, colgando sus camperas en la silla y acomodándose para luchar a naipe partido. Se veían solamente esa noche y hablaban a cuentagotas del resto de sus vidas. Aquella amistad juvenil e idílica había quedado atrás y, a pesar de la buena relación que mantenían, todos coincidían en que al haber guita de por medio lo mejor era no compartir nada ajeno a las partidas de los jueves. Porque retomar y afianzar los lazos podía complicarlo todo, porque “cuando sabés que un amigo está medio tirado, te da no sé qué sacarle cincuenta mangos en una noche”, era un pensamiento general del grupo.
 
      Lanzados al terreno de juego, Juan era el más regular, con una estrategia algo cauta que nunca lo llevaba a arriesgar más de lo que sus cartas le permitían. Maxi era pura intuición y tenía sus rachas, muchos golpes de suerte y algunos de bronca sobre el mantel cuando no venía esa jota tan deseada. El Flaco era un espectáculo por sí solo, relataba la partida, gesticulaba y no se ahorraba ni medio gesto ampuloso, y Diego era el más callado, auspiciando cada velada con su cara de póquer. Ganaban y perdían por partes iguales, o quizás Maxi llevaba una mínima ventaja, pero la percepción de los cuatro era la de una batalla pareja que iba repitiéndose semana a semana, mes a mes y año a año.
 
      Un sábado de octubre, el Flaco llegó a una fiesta de casamiento y en la recepción lo vio a Juan. Resulta que uno era amigo del novio y otro un primo lejano. Una gran casualidad que se dimensionó aún más cuando apareció Maxi, cuya pareja había sido compañera de trabajo de la chica que se casaba.
 
      Los tres estaban en mesas separadas, pero transcurridas varias horas, mientras la mayoría bailaba o causaba vergüenza ajena en la pista, ellos se juntaron botella de vino de por medio. Se les fue subiendo el alcohol y salieron a escena viejas anécdotas de antaño. Tinto va, tinto viene, clima fraterno y carcajada fácil, hasta que Maxi tiró una copa de un codazo. Al correr una porción de mantel empapado, quedó al descubierto una mesa de vidrio transparente y un chiste del Flaco encendió la mecha. Entonces lo planearon todo.
 
      Un tiempo después, estaban los cuatro en su escenografía habitual de cada jueves: el living de la casa de Maxi, sin novias, sin prisa y, de momento, cada uno con mucho dinero fresco.
 
      -Tremenda idea la de jugarnos el aguinaldo, ¿a quién se le había ocurrido? –preguntó Diego mientras mezclaba parsimoniosamente el mazo.
 
      -A Juan –avisó Maxi- Éste vio que venía en racha y tiró la propuesta, y claro, como todos estábamos desesperados por recuperar como sea, entramos como tres caballos.
 
      -¡Pará, pará! –terció el Flaco- Yo nunca estuve muy convencido, ¿eh? Es más, propongo volver a la modalidad tradicional.
 
      -No, Flaquito, hoy es último jueves del mes, y las leyes son intocables –sentenció Diego y arrojó la primera carta.
 
      Pasadas varias manos y un par de horas, los billetes habían merodeado por las cuatro esquinas de la mesa como prostitutas oliendo al mejor postor. Había más de cuatro mil pesos sobre el tapete y la consigna era clara: nadie se podía retirar en caso de seguir teniendo efectivo, por lo cual el juego finalizaba sólo cuando uno los limpiaba a todos. En la anteúltima mano, Maxi vio como su última porción de riqueza fue ultrajada por una pierna de tréboles de Juan. Y quedó seco. Pero se aprovechó de su condición de dueño de casa y manoteó de un cajón un par de entradas para ver a U2.
 
      -¿Puedo entrar a jugar con estas entradas? Son de campo y me salieron ciento veinte mangos.
 
      Los demás, todos admiradores de la banda pero sin ticket para ese sábado, le dieron su venia no sin antes tratarlo de loco desquiciado.
 
      Así llegaron a lo que sería el final de la partida. Unas manos atrás, el Flaco había quemado accidentalmente una punta del mantel sobre el cual se decidía la suerte de los cuatro. Un par de insultos de Maxi precedieron a que quitaran el malogrado paño que tantos juegos había cobijado, quedando la mesa de vidrio transparente como único soporte del ida y vuelta de los naipes. Justo fue el anfitrión el encargado de mezclar y dar. Allá fueron las cinco cartas a cada uno de los cuatro.
 
      Siempre el primero en levantar y orejear era Diego, y los demás trataban de que su cara de piedra les transmitiera algo, pero su expresividad se mantenía bien fiel a la nada misma. Sus dedos juguetearon hasta levantar las primeras dos: as de diamantes y as de corazones. Comienzo de lujo, aunque detrás llegaron una reina de tréboles y un diez y un ocho insignificantes.
 
      Los demás tuvieron suerte diversa, pero todos empezaron a engrosar el suculento pozo aún antes de cambiar las cartas. Cuando estaban a punto de pedir, sonó una estridente melodía en un celular, el de Maxi, que en una hábil maniobra lo tomó con una de sus manos y lo llevó hasta debajo de la mesa. Entonces ensayó un discurso de distracción mientras tocaba varios botones simulando no saber cuál era el indicado.
 
      -A este bicho nunca lo termino de entender. Pucha, es un mensaje de mi vieja diciéndome que internaron a mi abuela. ¿Cómo se hacía para responder? Puta madre, bueno, la llamo y listo – los otros estaban más pendientes de lo que debían pedir en esa trascendental mano que en la salud de su abuela– Muchachos, voy un segundo a la cocina. Dejo mis cartas y el mazo acá.
 
      Con sus cartas grabadas en su mente, Maxi entró a la cocina y, mientras simulaba una escueta charla con su madre, se movió con la velocidad de un experto por los distintas pantallas de su teléfono móvil, fue hasta la carpeta de fotos y visualizó la que había sacado segundos atrás. Por fortuna había calculado el encuadre exacto para que se vieran bien nítidos los naipes que Juan y el Flaco amablemente habían dejado boca abajo sobre la mesa “invisible”. Memorizó, calculó y decidió. Y en menos de dos minutos ya estaba otra vez sentado, con los otros que lo aguardaban ansiosos para hacer los cambios y ni le preguntaron por su abuela.
 
      -¿Dos, me dijiste? –le preguntó al Flaco.
 
      Nadie ajeno al plan se hubiera dado cuenta de que Maxi estiró y plegó sus dedos de forma tal para que el Flaco supiera la posición de las cartas que tenía que devolver. Lo mismo hizo el dueño de casa con Juan, induciéndolo a que le pasara exactamente lo que él necesitaba para formar un póquer de reyes. Porque las cartas que devolvieron los otros, fueron a parar disimuladamente al mazo general, y de ahí el anfitrión las había hecho propias. La trampa estaba servida y la víctima humeaba como un manjar en la víspera de ser deglutido.
 
      Diego se había quedado con sus dos ases y la reina, y habiendo descartado las otras dos, recibió un nuevo as y otra reluciente reina. El potente full que tenía en sus manos lo animó a poner toda la carne al asador. Los demás, siguiendo el plan al pie de la letra, también se desbocaron y enseguida vaciaron sus bolsillos. Un suculento botín había quedado ahí, a la espera de un único dueño.
 
      El Flaco y Juan bajaron dos sendos e insignificantes pares dobles que parecían tener muy poco que decir. Cuando Maxi desplegó su póquer de reyes, los otros dos ensayaron una más que creíble queja por verse despojados de lo suyo, y sólo faltaba que Diego enseñara sus cartas.
 
      De dónde habría salido ese increíble póquer de ases, es al día de hoy que Juan, Maxi y el Flaco se lo siguen preguntando. Los tres sabían que el plan era casi perfecto, pero nunca iban a poder librarlo de quedar como un barco a la deriva del azar. Diego se quedó con cuatro mil doscientos pesos y el par de entradas para ver a U2, y antes de irse pidió llevarse también la baraja de la suerte que aún se encontraba desperdigaba sobre la mesa. Ninguno se negó e incluso Juan le pidió que prendiera fuego a esas cartas malditas.
 
      En el taxi de regreso, Diego se acomodó la campera y algo liviano cayó sobre el asiento. Y no era que tenía un as en la manga.
 
      Tenía una reina.
 
 


lunes, 2 de junio de 2008

Séver led odnum le


por Javier Debarnot

      -¿Cuánto falta para llegar a Amsterdam?
 
      -Querrás decir, “cuánto falta para que Amsterdam llegue a nosotros”.
 
      Yo miraba a mi interlocutor con cara de creerme el tipo más astuto del pasaje. El problema es que él me miraba raro. No sólo él, sino todos los que cruzaban palabras conmigo en ese vagón, o en el de atrás, o en el comedor. ¿Y desde cuándo esa sensación de incomprendido? Justo a partir de que le pregunté al primero si se había dado cuenta de que el tren no se estaba moviendo, que lo que se movía era el mundo exterior.
 
      Está bien, lo admito, en ocasiones consumo marihuana y ésta se trataba de una de ellas. Me había fumado un fino antes de subir y acomodarme a mi asiento, pero conozco bien los efectos que produce el porro, y una cosa es que un semáforo en rojo dure seis minutos y otra muy distinta que haya movimientos inversos a los habituales. Yo drogado puedo tener la percepción de que una canción de Los Ramones es eterna, pero nunca vería un edificio subiendo y bajando con el ascensor clavado en el octavo. Entonces, lo que pasaba y me deslumbraba a través de la ventana era realidad pura y dura, y nada que ver con delirios ni bajones.
 
      Me di cuenta cuando arrancó el tren. Estaba de lo más relajado, con un parietal contra el vidrio, y me tildé viendo una bandera multicolor que se posaba en el techo de un chiringuito. Así estuve por casi un cuarto de hora, o al menos era lo que suponía en mi particular estado. Al principio me sorprendió cómo brillaba, pero eso no fue nada comparado con lo que pasaría después. El lienzo, que siempre había estado estático, comenzó a flamear justo en el momento en que se puso en marcha el vagón. Era imposible tanta casualidad, tamaña coincidencia, que una ráfaga de viento comenzara a bambolear la bandera en el preciso instante en que arrancara el tren. Entonces supe que el chiringuito se estaba alejando junto con todo lo que lo rodeaba, y encima que yo no sentía ese mínimo pero perceptible hormigueo en la panza que sobreviene cuando empezamos a movernos. No me jodan. Nosotros los pasajeros seguíamos quietos y el resto del mundo se desplazaba hacia la derecha. O a la izquierda, según la visión del que iba en el tren.
 
      Ya de pie, después de haber saltado del asiento como un resorte, imaginé que debía tener una terrible cara de alarmado, porque los que me rodeaban tiñeron el color de sus rostros. Pero mi excitación era tal que no me preocupaba nada de eso. Necesitaba chequear algo más para confirmar mi percepción al cien por ciento. Y sí, cartón lleno, mientras caminaba por el pasillo, estaba desplazándome por una superficie bien firme y estática. Nada se movía bajo mis pies. Volví a mirar por la ventana y ahí estaba el camino, avanzando como siempre. O como nunca, porque era la primera vez que realmente iba hacia adelante y no que quedaba atrás.
 
      -¿Se dan cuenta de que se está moviendo lo de afuera? –grité mirando a todos y a nadie.
 
      Las respuestas fueron múltiples, pero ninguna se pareció a la que esperaba. Fueron apenas reacciones: unos me evitaron, alguno se sonrió con la sorna que se le dedica a un loco simpático y otros hundieron sus dientes de arriba en el labio inferior. La mayoría exteriorizaba indignación y lástima por mí. Me quedé unos segundos absorto, y lo que más me sorprendió fue ver que ninguno miró por las ventanas. Pobres diablos. Me dio bronca porque ni siquiera dudaron sobre la probabilidad de que les estuviera diciendo algo coherente. Entonces supuse que preocuparme por el qué dirán ya debía quedar atrás.
 
      Ni escuché el “vete de aquí, drogón” que me tiró un adolescente cobarde cuando ya estaba de espaldas abandonando ese vagón, aunque tampoco me hubiera importado. En el siguiente coche el panorama era igual: todos estaban como si nada, y no había ni ún “otro yo” revolucionado por el descubrimiento. Pero ni evalué emitir palabra. Quizás se estaba dando algo parecido a un viejo cuento infantil en el cual unos supuestos modistas le cobraban fortunas a un rey para hacerle un original traje, con la particularidad de que el atuendo sería invisible para los tontos y sólo la gente lista podría admirar la prenda. El que no viera la ropa del monarca formaría parte del mundo de los idiotas, y por lo tanto se dio la lógica: nadie se animaba a decir que el emperador iba en calzoncillos. Sólo un niño fue el que destapó la olla diciendo la verdad. ¿Sería yo el único que se daba cuenta que el tren estaba parado mientras avanzaba el mundo? ¿O realmente estaba más drogado que nunca?
 
      No. No creo. La marihuana no te hace alucinar, pero sí te da hambre, un hambre que se hace un hambre atroz después de apenas una hora. ¿Dónde andaba el vagón comedor? Allá iba. Y fue genial darme cuenta camino al mismo que no iba a sufrir el síndrome de comer en movimiento, porque soy uno de esos que si me tomo un zumo de frutas en un viaje de quince minutos en autobús, se me revuelve el estómago. Por fin iba a disfrutar de alguna delicia en un viaje.
 
      Dos frankfurt bien condimentados, unas patatas bravas con un batido de melocotón y una suculenta porción de torta de chocolate. Debe haber sido en tiempo récord. Llené mi panza hasta que mis bolsillos estuvieran vacíos, sin quedarme ni una moneda de diez céntimos para darle de propina a la mesera, que dicho sea de paso estaba buena y se mostró muy simpática y cortés trayéndome un plato detrás de otro. Y aún mantuvo su sonrisa, aunque mirándome con un dejo de rareza, cuando la invité a salir “una vez que parara el mundo”. No sé si habría entendido que le hablaba literalmente, creo que no.
 
      Y ya en otro vagón, mientras hacía la digestión fumando plácidamente, uno del asiento de al lado me consultó cuánto faltaba para llegar a Amsterdam. Le marqué el error, recalcando que era la ciudad holandesa la que se debía estar acercando. Cuando me puso cara de “¿qué estás diciendo, idiota?” ya definitivamente empezaba a irritarme eso de vivir a contramano de todos en mi versión personal de “el mundo del revés”. Pero antes de embarcarme en una nueva discusión sin sentido, me levanté y me fui.
 
      Caminaba por los pasillos y a lo lejos lo vi. Desde siempre, su presencia me causaba estupor en cualquier medio de transporte donde él se mueve como ballena asesina buscando desayunarse a un inocente pescadito. El guardia. Con su infaltable gorra que termina de pintarlo al óleo de alcahuete de cuerpo entero. Y encima, lo peor, esa vez yo no tenía boleto. Mientras aceleraba el paso disimulando para que no advirtiera que lo mío era una huida, le eché un ojo a un cartel que indicaba la multa por si te pescan sin ticket. Maldición, eran sesenta euros con cinco y ahí me cayó la ficha de que no se me caería ni una moneda: estaba seco por culpa de mi despilfarro en el vagón comedor. El guardia redobló su paso y ahí intuí que el desalmado había olfateado mi desesperación.
 
      Sólo quedaba un vagón hasta toparme con la locomotora. No tenía otra opción que resignarme y esperar. Al menos mi recorrido había sido ágil, pensaba, ya que si se hubiera estado moviendo el tren, seguro me hubiese tropezado fiel a mi torpeza. Agitado, comprobaba por la ventana que todo seguía como desde el momento en que se había puesto en marcha el mundo exterior. Estábamos parados, se venía el guardia, y todavía faltaba tanto camino por recorrer, o en ese caso, tanto recorrido por caminar. El repiqueteo de las pesadas botas de mi enemigo ya llegaba a mis oídos encendiendo alarmas y tácticas de evasión. Me quedé tieso preparado para el momento más tenso del día.
 
      -Su boleto, por favor.
 
      -No tengo boleto, déjeme explicarle.
 
      -Sesenta euros con cinco, señor, ahora mismo.
 
      Desviando mi vista un segundo a la ventana, unas pobres vacas la estaban pasando peor que yo, intentando hacer pie en los pastizales que les resultaban como arenas movedizas. Y entonces sentí que un rayo me iluminó con el mejor argumento para defenderme cuando parecía que estaba llegando mi hora.
 
      -Pero si nosotros no nos movemos –señalé hacia afuera - ¿no ve que lo que avanza es el camino? – al verlo sonreír socarronamente, exploté - ¿de qué carajo se ríe? ¿Usted pretende cobrarme un boleto por estar quietos hace casi dos horas?
 
      -Acompáñeme, señor, por favor, y baje la voz.
 
      Me tuve que levantar del asiento, y continuamos una acalorada discusión mientras nos íbamos acercando a uno de los extremos del vagón. Una cosa llevó a la otra y debo reconocer que me excedí cuando le arrebaté la gorra al guardia y encima le di una palmadita en la nuca. Llegó otro hombre seguridad y todo fue un manojo de nervios, manotazos y confusión hasta que una puerta se abrió a la fuerza. Y les aseguro que es doloroso que te arrojen al mundo en movimiento.
 
      Rodé unos metros pero no me hice nada grave. Por suerte el camino no iba a gran velocidad cuando me lanzaron desde el tren. Me puse de pie y al principio tambaleé hasta mantenerme en posición vertical. Calculé que estaría yendo a unos cuarenta kilómetros por hora. Más allá de los rasguños que me había provocado la caída, estaba intacto pero no podía decir lo mismo de mis entrañas. No pasó mucho tiempo para que mi estómago sintiera el vaivén del movimiento y las salchichas le dieran rienda suelta a un bailoteo frenético. Las muy traicioneras iniciaron su ascenso y en pocos segundos las estaba devolviendo junto con el resto de los víveres.
 
      Todavía mareado y con algunas nauseas que refrescaban el hedor del vómito en mi garganta, me senté en el pasto y miré al cielo quejándome por mi suerte. Lo único que quería era saber cuánto tardaríamos en llegar al próximo tren, para bajarme de esa insufrible tierra firme que se bamboleaba de un lado a otro. ¿Acaso era mucho pedir?
 
 


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