lunes, 2 de junio de 2008

Séver led odnum le


por Javier Debarnot

      -¿Cuánto falta para llegar a Amsterdam?
 
      -Querrás decir, “cuánto falta para que Amsterdam llegue a nosotros”.
 
      Yo miraba a mi interlocutor con cara de creerme el tipo más astuto del pasaje. El problema es que él me miraba raro. No sólo él, sino todos los que cruzaban palabras conmigo en ese vagón, o en el de atrás, o en el comedor. ¿Y desde cuándo esa sensación de incomprendido? Justo a partir de que le pregunté al primero si se había dado cuenta de que el tren no se estaba moviendo, que lo que se movía era el mundo exterior.
 
      Está bien, lo admito, en ocasiones consumo marihuana y ésta se trataba de una de ellas. Me había fumado un fino antes de subir y acomodarme a mi asiento, pero conozco bien los efectos que produce el porro, y una cosa es que un semáforo en rojo dure seis minutos y otra muy distinta que haya movimientos inversos a los habituales. Yo drogado puedo tener la percepción de que una canción de Los Ramones es eterna, pero nunca vería un edificio subiendo y bajando con el ascensor clavado en el octavo. Entonces, lo que pasaba y me deslumbraba a través de la ventana era realidad pura y dura, y nada que ver con delirios ni bajones.
 
      Me di cuenta cuando arrancó el tren. Estaba de lo más relajado, con un parietal contra el vidrio, y me tildé viendo una bandera multicolor que se posaba en el techo de un chiringuito. Así estuve por casi un cuarto de hora, o al menos era lo que suponía en mi particular estado. Al principio me sorprendió cómo brillaba, pero eso no fue nada comparado con lo que pasaría después. El lienzo, que siempre había estado estático, comenzó a flamear justo en el momento en que se puso en marcha el vagón. Era imposible tanta casualidad, tamaña coincidencia, que una ráfaga de viento comenzara a bambolear la bandera en el preciso instante en que arrancara el tren. Entonces supe que el chiringuito se estaba alejando junto con todo lo que lo rodeaba, y encima que yo no sentía ese mínimo pero perceptible hormigueo en la panza que sobreviene cuando empezamos a movernos. No me jodan. Nosotros los pasajeros seguíamos quietos y el resto del mundo se desplazaba hacia la derecha. O a la izquierda, según la visión del que iba en el tren.
 
      Ya de pie, después de haber saltado del asiento como un resorte, imaginé que debía tener una terrible cara de alarmado, porque los que me rodeaban tiñeron el color de sus rostros. Pero mi excitación era tal que no me preocupaba nada de eso. Necesitaba chequear algo más para confirmar mi percepción al cien por ciento. Y sí, cartón lleno, mientras caminaba por el pasillo, estaba desplazándome por una superficie bien firme y estática. Nada se movía bajo mis pies. Volví a mirar por la ventana y ahí estaba el camino, avanzando como siempre. O como nunca, porque era la primera vez que realmente iba hacia adelante y no que quedaba atrás.
 
      -¿Se dan cuenta de que se está moviendo lo de afuera? –grité mirando a todos y a nadie.
 
      Las respuestas fueron múltiples, pero ninguna se pareció a la que esperaba. Fueron apenas reacciones: unos me evitaron, alguno se sonrió con la sorna que se le dedica a un loco simpático y otros hundieron sus dientes de arriba en el labio inferior. La mayoría exteriorizaba indignación y lástima por mí. Me quedé unos segundos absorto, y lo que más me sorprendió fue ver que ninguno miró por las ventanas. Pobres diablos. Me dio bronca porque ni siquiera dudaron sobre la probabilidad de que les estuviera diciendo algo coherente. Entonces supuse que preocuparme por el qué dirán ya debía quedar atrás.
 
      Ni escuché el “vete de aquí, drogón” que me tiró un adolescente cobarde cuando ya estaba de espaldas abandonando ese vagón, aunque tampoco me hubiera importado. En el siguiente coche el panorama era igual: todos estaban como si nada, y no había ni ún “otro yo” revolucionado por el descubrimiento. Pero ni evalué emitir palabra. Quizás se estaba dando algo parecido a un viejo cuento infantil en el cual unos supuestos modistas le cobraban fortunas a un rey para hacerle un original traje, con la particularidad de que el atuendo sería invisible para los tontos y sólo la gente lista podría admirar la prenda. El que no viera la ropa del monarca formaría parte del mundo de los idiotas, y por lo tanto se dio la lógica: nadie se animaba a decir que el emperador iba en calzoncillos. Sólo un niño fue el que destapó la olla diciendo la verdad. ¿Sería yo el único que se daba cuenta que el tren estaba parado mientras avanzaba el mundo? ¿O realmente estaba más drogado que nunca?
 
      No. No creo. La marihuana no te hace alucinar, pero sí te da hambre, un hambre que se hace un hambre atroz después de apenas una hora. ¿Dónde andaba el vagón comedor? Allá iba. Y fue genial darme cuenta camino al mismo que no iba a sufrir el síndrome de comer en movimiento, porque soy uno de esos que si me tomo un zumo de frutas en un viaje de quince minutos en autobús, se me revuelve el estómago. Por fin iba a disfrutar de alguna delicia en un viaje.
 
      Dos frankfurt bien condimentados, unas patatas bravas con un batido de melocotón y una suculenta porción de torta de chocolate. Debe haber sido en tiempo récord. Llené mi panza hasta que mis bolsillos estuvieran vacíos, sin quedarme ni una moneda de diez céntimos para darle de propina a la mesera, que dicho sea de paso estaba buena y se mostró muy simpática y cortés trayéndome un plato detrás de otro. Y aún mantuvo su sonrisa, aunque mirándome con un dejo de rareza, cuando la invité a salir “una vez que parara el mundo”. No sé si habría entendido que le hablaba literalmente, creo que no.
 
      Y ya en otro vagón, mientras hacía la digestión fumando plácidamente, uno del asiento de al lado me consultó cuánto faltaba para llegar a Amsterdam. Le marqué el error, recalcando que era la ciudad holandesa la que se debía estar acercando. Cuando me puso cara de “¿qué estás diciendo, idiota?” ya definitivamente empezaba a irritarme eso de vivir a contramano de todos en mi versión personal de “el mundo del revés”. Pero antes de embarcarme en una nueva discusión sin sentido, me levanté y me fui.
 
      Caminaba por los pasillos y a lo lejos lo vi. Desde siempre, su presencia me causaba estupor en cualquier medio de transporte donde él se mueve como ballena asesina buscando desayunarse a un inocente pescadito. El guardia. Con su infaltable gorra que termina de pintarlo al óleo de alcahuete de cuerpo entero. Y encima, lo peor, esa vez yo no tenía boleto. Mientras aceleraba el paso disimulando para que no advirtiera que lo mío era una huida, le eché un ojo a un cartel que indicaba la multa por si te pescan sin ticket. Maldición, eran sesenta euros con cinco y ahí me cayó la ficha de que no se me caería ni una moneda: estaba seco por culpa de mi despilfarro en el vagón comedor. El guardia redobló su paso y ahí intuí que el desalmado había olfateado mi desesperación.
 
      Sólo quedaba un vagón hasta toparme con la locomotora. No tenía otra opción que resignarme y esperar. Al menos mi recorrido había sido ágil, pensaba, ya que si se hubiera estado moviendo el tren, seguro me hubiese tropezado fiel a mi torpeza. Agitado, comprobaba por la ventana que todo seguía como desde el momento en que se había puesto en marcha el mundo exterior. Estábamos parados, se venía el guardia, y todavía faltaba tanto camino por recorrer, o en ese caso, tanto recorrido por caminar. El repiqueteo de las pesadas botas de mi enemigo ya llegaba a mis oídos encendiendo alarmas y tácticas de evasión. Me quedé tieso preparado para el momento más tenso del día.
 
      -Su boleto, por favor.
 
      -No tengo boleto, déjeme explicarle.
 
      -Sesenta euros con cinco, señor, ahora mismo.
 
      Desviando mi vista un segundo a la ventana, unas pobres vacas la estaban pasando peor que yo, intentando hacer pie en los pastizales que les resultaban como arenas movedizas. Y entonces sentí que un rayo me iluminó con el mejor argumento para defenderme cuando parecía que estaba llegando mi hora.
 
      -Pero si nosotros no nos movemos –señalé hacia afuera - ¿no ve que lo que avanza es el camino? – al verlo sonreír socarronamente, exploté - ¿de qué carajo se ríe? ¿Usted pretende cobrarme un boleto por estar quietos hace casi dos horas?
 
      -Acompáñeme, señor, por favor, y baje la voz.
 
      Me tuve que levantar del asiento, y continuamos una acalorada discusión mientras nos íbamos acercando a uno de los extremos del vagón. Una cosa llevó a la otra y debo reconocer que me excedí cuando le arrebaté la gorra al guardia y encima le di una palmadita en la nuca. Llegó otro hombre seguridad y todo fue un manojo de nervios, manotazos y confusión hasta que una puerta se abrió a la fuerza. Y les aseguro que es doloroso que te arrojen al mundo en movimiento.
 
      Rodé unos metros pero no me hice nada grave. Por suerte el camino no iba a gran velocidad cuando me lanzaron desde el tren. Me puse de pie y al principio tambaleé hasta mantenerme en posición vertical. Calculé que estaría yendo a unos cuarenta kilómetros por hora. Más allá de los rasguños que me había provocado la caída, estaba intacto pero no podía decir lo mismo de mis entrañas. No pasó mucho tiempo para que mi estómago sintiera el vaivén del movimiento y las salchichas le dieran rienda suelta a un bailoteo frenético. Las muy traicioneras iniciaron su ascenso y en pocos segundos las estaba devolviendo junto con el resto de los víveres.
 
      Todavía mareado y con algunas nauseas que refrescaban el hedor del vómito en mi garganta, me senté en el pasto y miré al cielo quejándome por mi suerte. Lo único que quería era saber cuánto tardaríamos en llegar al próximo tren, para bajarme de esa insufrible tierra firme que se bamboleaba de un lado a otro. ¿Acaso era mucho pedir?
 
 


7 comentarios:

Anónimo dijo...

"Lo único que quería era saber cuánto tardaríamos en llegar al próximo tren, para bajarme de esa insufrible tierra firme que se bamboleaba de un lado a otro."

Me quedo con esto ultimo amigo JV.

Dr egrus.

chapi dijo...

Javi, sos un vino de guarda: mejorás con el tiempo.

Anónimo dijo...

Todo muy rico, pero yo me quedo con el intento de levante a la camarera y el retruque de ir siempre a contramano. Muy bueno.

Anónimo dijo...

Muy bueno como todos pero ya se me quedan cortos, sera que lo tuyo cada ves me engancha mas ?
un te quiero grande y te espero en agosto

Andrés Ini dijo...

Muy bueno Javi! No te duermas en los laureles, actualizá!

Anónimo dijo...

Muy bueno; me atrapo un monton, el comentario a la camarera fue un golazo, ni hablar del titulo; hasta que lo tiraron del tren pensé que era veridico, ja
Abrazo
Gon

Anónimo dijo...

Espectacular Javi!!! Te imaginaba a vos, alucinando después de tomar unas cuantas Quilmes, jaja!
No pude compenetrarme en la historia desde el punto de vista del personaje principal, sino que de entrada ya lo creí borrachito, o mejor dicho medio "beodo", como dirían mami o Andy, ja!
Un abrazo!
Tu hermanita

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