martes, 29 de julio de 2008

Lo mucho que hubieran hecho

por Javier Debarnot

      La venda le apretaba los ojos y se extendía casi hasta la punta de su nariz. Apenas liberados sus orificios nasales, Juan podía percibir el hedor que despedía ese paño negro, mezcla de su propia mugre, sangre y transpiración. Ya había perdido toda noción de tiempo y espacio, sin diferenciar el día, la noche, la celda o el cuarto de interrogatorio.
 
      Juan terminaría de estudiar la carrera de Bellas Artes, pero no lo haría en los seis años originales sino que tardaría casi ocho. Promediando el ´82 tendría una crisis vocacional y se iría junto a Julieta, su novia desde los diecisiete, de mochilero al sur de Argentina. Conocería El Bolsón, Lago Puelo, San Martín de los Andes, y concebirían a su primera hija en un camping de la Colonia Suiza en Bariloche, tras una acaramelada noche mezcla de fogón, guitarra y piscos. A su regreso de aquel viaje que se extendería por once meses en lugar de los tres planeados, Juan volvería a la Facultad y afianzaría su amistad con Pedro, con quien, una vez recibido, montaría un negocio de venta de máscaras, disfraces y efectos especiales para eventos culturales. Casi al mismo tiempo en que Argentina saldría campeón del mundo en el ´86 nacería Benjamín, el varoncito de la familia, provocando algunos celos en su hermanita Valentina que ya tendría tres años. La empresa no iría del todo bien por lo cual le bajarían la persiana a fines de los ´80, quedando Juan sin empleo pero con muchas deudas. No le quedaría otra que comenzar a trabajar de lo que fuera, más cuando el sueldo de docente de Julieta apenas les alcanzaría para pagar el alquiler y los colegios de los nenes. Al día de hoy, Juan seguiría como asesor en la empresa textil de su suegro, algo frustrado en su vocación pero feliz por el crecimiento sano, alegre y sin fisuras de sus dos hijos, y esperaría la llegada del verano para viajar a Bariloche, a veces con toda la familia, en ocasiones sólo con Julieta, para rememorar ese año en que habrían tenido tantos sueños. 
 
      A Mariana no le preocupaba otra cosa más que no fuera sentirlo a él. No sufría ni hambre ni sed, pero su obsesión pasaba por ingerir raciones extra de alimento que sus compañeras de encierro le guardaban y acercaban. Sólo le pedían a cambio que ella les permitiese palpar su panza para sentir las inquietas pataditas que convidaban vida desde su vientre.
 
      Mariana completaría los últimos dos meses de su embarazo y entonces nacería Matías, en parto normal pero complicado. Diego, el padre del niño, se separaría de Mariana antes de que el pequeño cumpliera los dos años. Ella reharía su vida cambiándola por completo. Con la ayuda de su madre para encargarse de los quehaceres domésticos y del cuidado de Matías, retomaría sus estudios de Sociología por las noches y durante del día trabajaría como empleada en un local de venta de ropa deportiva. Allí conocería a Mauro, uno de sus clientes, con quien comenzaría una relación que avanzaría contra viento y marea a pesar de los constantes reparos que le pondría su mamá, quien nunca digeriría la partida del padre de su nieto. Pero Mariana lograría recibirse y renunciaría a la tienda, y conseguiría empleo de lo suyo en una Fundación relacionada con las víctimas de la violencia doméstica. Afianzaría sus lazos con Mauro y, sin posibilidad de volver a procrear por las complicaciones sufridas en el nacimiento de Matías, tomaría la decisión de adoptar otro hijo. Luego de arduos años de espera, en 1995 le darían a su cargo una niña de nombre Sofía. Ella sería la debilidad de su hermano Matías, ya adolescente con sus quince años. Mariana lograría por fin comprarse un departamento en Flores donde se iría a vivir con Mauro y sus dos hijos. A fines de 2002 fallecería su madre, a quien lloraría profundamente, pero su muerte también provocaría una cierta tranquilidad por los constantes roces que habrían quedado atrás entre la difunta y el nuevo esposo de Mariana. En la actualidad. sus días transcurrirían entre la entrega por su profesión y el cálido disfrute de los suyos en cada momento libre de su trabajo. 
 
      Con 19 años y menos de cincuenta kilos, Fernando parecía un remedo de persona. Tan débil se encontraba que en ocasiones no tenía ni fuerzas para bajarse los pantalones, se hacía sus necesidades encima, y eso hacía más profunda su caída en el pozo de la degradación. Cada vez que dormía, soñaba con despertarse de aquella pesadilla atroz.
 
      Fernando seguiría viviendo con sus padres hasta 1983, justo el año en que volvería la democracia. Recién ese año dejaría de visitar cada semana las distintas villas de emergencia de Capital y el Conurbano, para enseñarles a leer y escribir a los más pequeños. Su trabajo como canillita y empezar a cursar varias materias de la carrera de Ciencias Políticas le quitarían el tiempo para aquellas labores sociales, aunque continuaría colaborando económicamente como padrino de un hogar de ayuda para niños carenciados de La Cava. En abril de 1989 asumiría como concejal en el distrito de San Fernando, cargo que ejercería durante dos períodos consecutivos. Tendría una convivencia de siete años con Viviana, compañera en sus épocas de militancia, pero rompería con ella durante un fin de semana en Colonia tras un ínfimo pero continuo desgaste de la relación. Abocado de lleno a la política, dentro del partido socialista subiría peldaño a peldaño hasta quedar cuarto en la lista de diputados que se presentarían como candidatos en las elecciones de 2003. No conseguiría una banca en el Congreso pero quedaría como mano derecha de un correligionario electo, con quien trabajaría con tesón en distintos proyectos de ley concernientes a la defensa de los derechos humanos. En el ámbito ajeno a la política, abriría una agencia de remises en Olivos que cerraría un par de años después, luego de que su sobrino fuera abatido por delincuentes en un caso de secuestro exprés con policías implicados que aún hoy estaría sin resolver por la Justicia. Fernando estaría luchando desde su lugar de diputado, pero más que nada de tío, para esclarecer el asesinato del único hijo de su hermana. 
 
      Alguna vez Laura había escuchado que el hombre era un animal de costumbres, pero jamás pensó en la aterradora forma en que comprobaría aquella premisa. Con su ojos clavados en la lamparita que bajaba y subía alternadamente su tensión, había aprendido a reconocer a sus compañeros por los desgarradores gritos que devolvían desde lejos ante la impiadosa acción de la picana.
 
      Laura volvería a su casa de Lanús, armaría las valijas y se marcharía de Argentina junto a su marido Julián y a Flor, su hija de cuatro años. El destino sería las islas Canarias, donde vivirían en paz y apaciblemente hasta fines de los ochenta, solventados por una tienda de artesanías en la playa y algunos esporádicos trabajos de Julián como cronista siguiendo los pasos de Tenerife, el equipo emblemático de la isla. El regreso a la patria, ya acallados los resabios de los tiempos del Proceso, les costaría bastante más que nada por Flor; la joven habría vivido la mayor parte de su vida en España y extrañaría mucho a sus amigos y a una forma de vida bastante más relajada que la Argentina de 1989 con la inflación tocando el cielo con las manos. Ante ese panorama serían duros los primeros años luego del exilio, pero algunos hechos encauzarían el barco de Laura y los suyos. Ella conseguiría un papel importante como protagonista de una afamada obra musical, cosechando los frutos de largos años de estudio en escuelas de teatro españolas y argentinas, y Julián lograría quedar en el staff fijo de periodistas del diario Página 12. Aún con el bienestar que esos ansiados empleos le darían a la familia, no podrían impedir lo que sucedería tras algunos años de insistencia: con su mayoría de edad y las valijas a cuestas, Flor se instalaría definitivamente en Santa Cruz de Tenerife. El matrimonio seguiría adelante, capeando alguna ola en el mar calmo de su relación, y Laura aguardaría ansiosa el arribo de cada agosto para sorprenderse en la sala de embarque de Ezeiza con la aparición de su Flor, cada temporada más parecida a ella. Este año y en ese aeropuerto vería por primera vez personalmente a Lolita, su nieta española. 
 
      A Juan, Mariana, Fernando y Laura no les duró mucho tiempo más aquel encierro en la clandestinidad. Al borde de los aviones Fokker de la Fuerza Aérea argentina y sedados hasta adormecer, quizás dejaron flamear por última vez su imaginación y sus sueños, aquellos que jamás pueden ser encerrados. Sus últimos pensamientos pueden haber sido fantasear con lo que habría sido de sus vidas. Porque ellos cuatro, como tantos miles entre 1976 y 1983, no sobrevivieron a la atrocidad de los vuelos de la muerte comandados por monstruos que seguían órdenes de una Junta diabólica.
 
      En su memoria, además de honrarlos por lo que fueron, merecerían ser recordados por todo aquello que pudieron haber sido.
 
 



jueves, 17 de julio de 2008

Los cinco mares


por Javier Debarnot

     El mar siempre tuvo algo para mí. Atracción, misterio, algo. Pero desde que tengo uso de razón, me recuerdo muchísimas veces perdiendo mi mirada en el horizonte, mar de por medio. Por eso no me resulta extraño que muchos de los sucesos más importantes de mi vida los haya ido a buscar cruzando un océano. 

     Un gélido mediodía de enero de 2002, el aeropuerto de "El Prat" me recibió con la calidez que no iba a encontrar en las afueras del mismo, habiendo dejado atrás quince horas de vuelo desde Buenos Aires con tediosa escala en Madrid incluida. Tenía apenas un par de valijas en las cuales algunos objetos iban a brillar por su ausencia: la noche previa al viaje, una borrachera motivaría que al otro día olvidara empacar la máquina de afeitar, el pijama y algunos otros elementos tan vitales para el turista. Lo que no me faltaba era la ilusión de estar llegando a una ciudad donde me iban a pasar cosas. Pero de todas maneras, ni me imaginaba que mi vida iba a cambiar por completo luego de esa efímera estadía en Barcelona. 

     Me dejé llevar por la cinta transportadora del corredor que comunica al aeropuerto con la estación del tren, y desde allí fui casi imantado hasta la imponente Terminal de Sants. Traté de recordar las instrucciones que mi amiga argentina viviendo en Cataluña me había precisado para llegar a su piso: la línea azul del metro hasta Diagonal, y allí combinación con la verde hasta Fontana. Llegué. Ella no estaba en casa porque en ese horario trabajaba como empleada en una de las tantas tiendas de El Corte Inglés. 

     La soledad me venía acompañando desde que me había subido al avión en Buenos Aires, así que no iba a echarla justo cuando comenzaba a intimar con ella. Podía quedarme solo hasta la noche, momento en el cual mi amiga iba a regresar de trabajo. Maté el tiempo en un MacDonald’s de la calle Gran de Gracia y quiso la casualidad que un rato después le escribiera un e-mail a una mujer que había conocido una semana atrás en Argentina. Ella tenía planes de volar a Barcelona un par de días después que yo. 

     A la noche me encontré con mi amiga, en definitiva la persona que me había motivado a cruzar el Atlántico. Y todo fue tan frío como el clima de ese invierno mediterráneo. Sólo un puñado de noches bastaron para darme cuenta de que las insinuaciones que me había hecho en charlas telefónicas previas se quedaban en simples insinuaciones, y nunca iban a ir más allá de eso. 

     Durante esos días, deambulamos por decenas de bares, contorneamos el Parc Güell y subimos por los eternos escalones de la Sagrada Familia, y ella jamás se animó a refrendar los sentimientos que había enarbolado, convirtiéndose en una genial escapista de la talla de Harry Houdini. En otro local de comida rápida, mi paciencia llegó al fin y decidí cortar todo entre cafés y croissants. Asumiendo el riesgo de volver a quedarme solo en Barcelona, le puse el punto final a mi historia con ella. Sin saberlo, desde la más absoluta soledad estaba muy cerca de encontrar a la persona que iba a cambiarle el rumbo a mi existencia. 

     Visité el museo del Camp Nou y esa noche volví a comunicarme con aquella mujer que había conocido en Argentina antes de venirme. Se trataba de una amiga de una compañera de trabajo que venía a vivir a Barcelona. Nos habíamos visto por única vez en una confitería de Buenos Aires, causándonos una promisoria impresión el uno al otro. Fue por eso que arreglamos una cita para esa helada noche de sábado bajo el Arco del Triunfo. 

     Lo que siguió a ese encuentro fue la magia hecha carne en nuestras almas. Nos emborrachamos en un bar estilo rastafari que nunca jamás volveríamos a encontrar. Meses después divagaríamos juntos pensando que ese lugar existió sólo aquella noche, que fue un montaje, que el resto se trataba de extras y sólo nosotros fuimos nosotros mismos. Volviendo a la realidad, ese enero nos echaron del bar a las tres de la mañana. Ya en la calle, no perdí más el tiempo y le comí la boca a besos cuando ella se descuidó por unos segundos. Ocurrió en el banco de una plaza sobre la Avenida Marina, sitio al que sí volveríamos miles de besos. 

     Nunca más nos despegamos y los más variados escenarios iban a ser testigos del andar de nuestras sombras siempre entrelazadas: la Rambla, el cine del complejo Maremagnun, las orillas de la Barceloneta aún en ese frío enero, otra vez el Parc Güell y otra vez La Sagrada Familia, pero esta vez en recorridas que encerraban risas, sueños, más besos, ilusiones, abrazos y el deseo de vivir un futuro compartido. Justamente en uno de los tantos bancos de la plaza aledaña a La Sagrada Familia le prometí a ella volver a Barcelona para estar de nuevo juntos, ya que lo mío era un simple viaje y su estadía era permanente. 

     Los días que me restaban de mis vacaciones en la ciudad se escurrieron como agua entre los dedos, pero resultaron ser los más intensos que compartí con alguien. Yo tuve que volar de nuevo a Buenos Aires pero regresé a Cataluña en menos de tres meses. En mi equipaje estaba la máquina de afeitar, un pijama, y todo lo necesario para seguir mi vida allí, en un piso de la calle Sants junto a ella. 

     Pero en el libreto de nuestras vidas, a veces a Dios se le traspapelan algunas hojas que nos complican la puesta en escena. Y en ese momento, los papeles que fallaron fueron los de la ciudadanía española de mi mujer. Entonces todo se hizo barranca abajo y antes de que descendieran hasta cero nuestros extractos bancarios, vimos atinado seguir nuestro camino otra vez en la tierra que nos vio nacer. 

     Tras la dura vuelta a empezar, en menos de lo que imaginamos ya estábamos viviendo juntos, casados y con un par de ojos enormes y vivaces, los de nuestro hijo, reflejándonos en sus pupilas que todo valió la pena. Nuestra efímera pero idílica historia en Barcelona había dejado una puerta abierta en esa ciudad, aguardando por nosotros cuando se diera la ocasión para el regreso. Solucionado el tema papeles, se complicó un poco el día a día en Argentina y ahí sentimos otro guiño del destino, otra vez motivándonos para cambiar de continente. 

     Fue la quinta vez en cinco años que crucé el océano. Otra vez fue alejarse de nuestra familia y de los amigos de toda la vida, para buscar ese algo que todavía no sabemos exactamente qué es, pero nos motiva. Nos hace fuertes desde la distancia y nos enlaza aún más a los tres, que si Dios quiere seremos cuatro gracias a otro par de ojos vivaces que por ahora sólo divisan el vientre de su mamá. 

     El último viaje hacia Barcelona fue también como salir al terreno de juego para disputar un partido muy particular. Fue duro en sus comienzos porque tuvimos que cuidarnos las espaldas, en inferioridad numérica y contra un rival que a veces nos resultaba hostil, porque siempre lo es para el recién llegado. Pero hoy por hoy, habiendo pasado un par de años, puedo decir que se trata de una revancha que vamos ganando. Con lo justo, pero disfrutamos esa ventaja parcial y pensamos en continuar sacando diferencias. Aunque claro, pase lo que pase, yo quiero seguir cruzando mares.




miércoles, 2 de julio de 2008

El nudo en la garganta

Por Javier Debarnot

     No era una entrevista de trabajo común y corriente. No lo iba a ser por las formas ni por el contenido. Y ya era novedosa por el formato: yo, dos de mis mejores amigos y el cuñado de uno de ellos (en adelante, el "gancho") nos presentábamos ante el supuesto gerente de una supuesta empresa (de aquí en más, el "supremo"). Todos juntos en una oficinita de dos por dos (desde ahora, el "sucucho").
 
     Era febrero en Buenos Aires y hacía un calor hostil para Nico, para Edu y para mí, todos trajeados, resultándonos tortuoso lidiar entre la corbata y el clima. Llegamos temprano a un diminuto despacho céntrico y tuvimos que esperar unos minutos. La idea era dejar de engrosar el índice de desempleados, y para eso íbamos a ver a un conocido del “gancho” que nos tentaría con un trabajo único: excelente sueldo, increíbles comisiones, posibilidad de viajes y ambiente distendido. Sin dudas, el paraíso para tres jóvenes de veintitrés años. Y más con la posibilidad de entrar los tres juntos.
 
     Vimos una tarima con una campana a metro setenta de altura, y empezamos a hacer chistes relacionados. El clima previo se parecía más a un recreo que al recomendable para la antesala de una entrevista. Habiendo vencido la tentación de reírnos por cualquier idiotez, llegó la hora de pasar al “sucucho”. Nos acomodamos como pudimos, los tres desempleados casi pegados uno al lado del otro y el “gancho” a la derecha, en posición de nexo entre nosotros y el “supremo”. Este último hizo un comentario socarrón como para romper el hielo y arrancamos.
 
     La empresa podría decirse que era de viajes. Vendía, teóricamente, paquetes turísticos para la atractiva ciudad brasileña de Buzios. Necesitaban más gente que ofertara este producto, y nos querían hacer creer que nosotros tres éramos los indicados, por juventud, empuje, frescura, ambición, ímpetu, y toda una serie de virtudes entre las que quizás sólo teníamos la primera. Pero el “supremo” tenía la misión de empalagarnos para que cada uno se creyera el gran vendedor, una especie de “soldado universal” que aniquila a todos con cartuchos cargados con viajes a Buzios. Por suerte, tanto Edu como Nico como yo supimos lo que había que saber sólo transcurridos cinco minutos de reunión. El “supremo” era un idiota.
 
     Su apariencia despistaba bastante, con lo cual si no abría su bocaza no parecía para nada el estúpido que verdaderamente llevaba adentro. Cuarentón, con algunas canas prolijamente acomodadas, de tez blanca, bien parecido y bien vestido. Con una impecable camisa blanca y corbata gris al tono. Tenía un hablar pausado pero con tono pedante y excesivamente pretencioso, y sus palabras, a pesar de que nunca tambaleaban, siempre tenían en la mirada del “gancho” el bastón que necesitaban para avanzar con paso firme sobre nosotros. El mediador avalaba, a veces en silencio, otras con monosílabos u onomatopeyas, cada frase, historia y consejo del “supremo”.
 
     Paralelamente al descubrir que nuestro entrevistador era un ser despreciable, supimos que jamás haríamos ese trabajo. Pero decidimos seguirle el juego los tres, que al parecer estábamos en sintonía en forma telepática. Cada uno a su manera se encargó de decirle lo que quería escuchar a este idiota, en frases que rozaban el límite con lo desopilante. Yo, por ejemplo, que venía de trabajar en una agencia de publicidad que era lo que más me gustaba en ese momento, lo miré fijo para espetarle que “me cansé de laburar de lo que me gusta y ganar poco, quiero hacer algo para llenarme de guita”. A medida que iba soltando cada una de estas ridículas palabras, veía de reojo a mi izquierda que se asomaban, estirándose como si tuvieran cuellos de jirafa, las cabezas de Nico y de Edu que me observaban estupefactos. Se podían leer claros y cristalinos sus pensamientos: “¿qué está diciendo éste?”.
 
     Yo también me sumé a ese desconcierto y quedé al borde de la tortícolis al arquearme para ver la cara de Nico, cuando suelto de cuerpo dijo “más que estudiar, lo importante es tener un objetivo claro, ¿para qué perder cuatro horas en un lugar tan inútil como la facultad?”. Y la remató Edu con una incoherencia tan grande que mi mente decidió borrar para que no quedara un mínimo rastro.
 
     Mientras pasaban los minutos en el “sucucho”, se iba acentuando otro tic del “supremo” que realzaba los trazos de su burda caricatura. A este tipo le gustaba bromear, pero más que nada festejarse a sí mismo. Ante cada chascarrillo, chiste o enmienda del manual del astuto, repetía automáticamente una idéntica facción: abría la comisura izquierda de sus labios y dejaba ver una importante porción de su blanqueada dentadura. En forma simultánea buscaba al “gancho” con su mirada y, entonces sí, se detenía el tiempo con su sonrisa de lado congelada y un destello que brillaba en sus dientes, sonando un “clink” que no existía pero todos escuchábamos. “En este trabajo no tenés techo, lo que sí podés es levantarte a una clienta y decirle ´te echo cuatro´ en una noche”. Clink. “Quizás no le vendas un viaje al Dr. Quiroga por 200 pesos, pero te dará el nombre de cuatro conocidos y te irás de su casa con 800 pesos potenciales”. Clink. “¿Tienen alguna duda? Yo tengo duda la podonga”. Clink.
 
     Igual hubo un momento en que la vergüenza ajena que sentimos por el “supremo” llegó casi hasta el techo que él no tenía. Y como no podía faltar, ahí estaba el “gancho” para formar parte de la patética coreografía. El segundón contó que hacía un tiempo había organizado en soledad un stand en una exposición, y perdido absolutamente toda la inversión. Le había ido pésimo, saliendo de su bolsillo cinco mil pesos que nunca volvieron. “Pero yo no sentí que fracasé, porque me animé a hacer todo sin ayuda de nadie, ¡y lo disfruté, loco!”, le decía al “supremo”, que con un brillo en los ojos, casi se levantó de su asiento para gritar desinhibido “¡A mí me pasa lo mismo!”. Los tipos que más importancia le daban a lo material, se vanagloriaban de perder importantes sumas de dinero si es que el riesgo lo asumían ellos solitos. Hasta parecía que se excitaban con ello, al punto que si seguían hablando de sus frustraciones de negocios, temíamos que terminaran acabando sobre la mesa del “sucucho”.
 
     Nos fuimos de esa oficina después de dejarle al “supremo” la promesa de que los tres volveríamos al día siguiente para iniciar la capacitación. Le hicimos creer que nos parecía fabulosa la idea de vender viajes a Brasil puerta a puerta, sin sueldo fijo ni unos pesos para viáticos. Ya habíamos asentido ante su máxima de que “es muy mediocre la persona que prefiere ganar un dinero estipulado cada mes en lugar de arriesgarse a poder quedarse con miles de pesos, o nada”. Con nuestros veintitrés años, todo lo que queríamos era la primera opción para seguir, mientras tanto, encontrando nuestro camino por la vida, y no dejarlo todo por encolumnarnos en una organización sin pies y con una cabeza retorcida como la del “supremo”.
 
     A pesar de las innecesarias actuaciones que elaboramos Edu, Nico y yo, con papeles en las que habíamos ido en contra de nuestros principios, nos habíamos llevado algo de ese “sucucho” y del personaje nefasto que lo habitaba. Nos sirvió para recordar que en nuestro mundo abunda ese tipo de gente que quiere lavarnos la cabeza y darnos vuelta las cosas que tenemos más claras, con el único fin de usarnos para seguir consiguiendo lo único que para ellos vale por encima de las vocación y el conocimiento: el vil metal.
 
     Mientras volvíamos en subte, comentábamos cada una de las antológicas frases que habíamos escuchado, y llegamos al momento en que el “supremo” me había recalcado que yo llevaba desabrochado el último botón de la camisa. “Ese detalle de la vestimenta no habla bien de vos”, acompañado por su soberbia intolerable. Y me quedé pensando unos segundos, viendo su corbata bien firme y anudada con la camisa cerrada hasta arriba, que ese nudo en la garganta quizás tenía que ver con la forma de ser de gente como el “supremo”.
 
     Tener un nudo en la garganta hace más estrecho el lugar por donde se conecta la cabeza con el resto del cuerpo. No hay un tránsito fluido entre el corazón y la mente, por lo cual las ideas que se incuban en el cerebro no se dan un buen paseo por allá abajo, no se nutren de calor, de sentimiento, y terminan saliendo sin filtro, heladas, sin el latido de los que le buscan el verdadero sentido a la vida. Por suerte, me pasé y me paso la vida sin corbata, salvo raras y contadas excepciones, y aunque nunca es bueno generalizar, soy de mirar torcido a los que disfrutan de llevar el nudo de la corbata bien firme.
 
     Gracias a Dios, así como existen estos personajes que se creen más que el resto, también hay gente sencilla. Por ejemplo un hombre que trabaja de sol a sol, en una obra, haciendo una tarea concisa sin necesidad de envolver a otro para ganarse el pan. Un tipo que con su simpleza se hace desear por la mujer que lo contrata para refaccionar el ático de su casa, y se revuelca con ella en un hotel alojamiento a la hora de la siesta. Y que mientras disfruta del cigarrillo posterior a la pasión más desenfrenada, es testigo del llamado que la dama recibe en su celular, en la que le inventa una historia más a su marido falto de magia, nada más y nada menos que el mismísimo “supremo”. Clink.


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