miércoles, 2 de julio de 2008

El nudo en la garganta

Por Javier Debarnot

     No era una entrevista de trabajo común y corriente. No lo iba a ser por las formas ni por el contenido. Y ya era novedosa por el formato: yo, dos de mis mejores amigos y el cuñado de uno de ellos (en adelante, el "gancho") nos presentábamos ante el supuesto gerente de una supuesta empresa (de aquí en más, el "supremo"). Todos juntos en una oficinita de dos por dos (desde ahora, el "sucucho").
 
     Era febrero en Buenos Aires y hacía un calor hostil para Nico, para Edu y para mí, todos trajeados, resultándonos tortuoso lidiar entre la corbata y el clima. Llegamos temprano a un diminuto despacho céntrico y tuvimos que esperar unos minutos. La idea era dejar de engrosar el índice de desempleados, y para eso íbamos a ver a un conocido del “gancho” que nos tentaría con un trabajo único: excelente sueldo, increíbles comisiones, posibilidad de viajes y ambiente distendido. Sin dudas, el paraíso para tres jóvenes de veintitrés años. Y más con la posibilidad de entrar los tres juntos.
 
     Vimos una tarima con una campana a metro setenta de altura, y empezamos a hacer chistes relacionados. El clima previo se parecía más a un recreo que al recomendable para la antesala de una entrevista. Habiendo vencido la tentación de reírnos por cualquier idiotez, llegó la hora de pasar al “sucucho”. Nos acomodamos como pudimos, los tres desempleados casi pegados uno al lado del otro y el “gancho” a la derecha, en posición de nexo entre nosotros y el “supremo”. Este último hizo un comentario socarrón como para romper el hielo y arrancamos.
 
     La empresa podría decirse que era de viajes. Vendía, teóricamente, paquetes turísticos para la atractiva ciudad brasileña de Buzios. Necesitaban más gente que ofertara este producto, y nos querían hacer creer que nosotros tres éramos los indicados, por juventud, empuje, frescura, ambición, ímpetu, y toda una serie de virtudes entre las que quizás sólo teníamos la primera. Pero el “supremo” tenía la misión de empalagarnos para que cada uno se creyera el gran vendedor, una especie de “soldado universal” que aniquila a todos con cartuchos cargados con viajes a Buzios. Por suerte, tanto Edu como Nico como yo supimos lo que había que saber sólo transcurridos cinco minutos de reunión. El “supremo” era un idiota.
 
     Su apariencia despistaba bastante, con lo cual si no abría su bocaza no parecía para nada el estúpido que verdaderamente llevaba adentro. Cuarentón, con algunas canas prolijamente acomodadas, de tez blanca, bien parecido y bien vestido. Con una impecable camisa blanca y corbata gris al tono. Tenía un hablar pausado pero con tono pedante y excesivamente pretencioso, y sus palabras, a pesar de que nunca tambaleaban, siempre tenían en la mirada del “gancho” el bastón que necesitaban para avanzar con paso firme sobre nosotros. El mediador avalaba, a veces en silencio, otras con monosílabos u onomatopeyas, cada frase, historia y consejo del “supremo”.
 
     Paralelamente al descubrir que nuestro entrevistador era un ser despreciable, supimos que jamás haríamos ese trabajo. Pero decidimos seguirle el juego los tres, que al parecer estábamos en sintonía en forma telepática. Cada uno a su manera se encargó de decirle lo que quería escuchar a este idiota, en frases que rozaban el límite con lo desopilante. Yo, por ejemplo, que venía de trabajar en una agencia de publicidad que era lo que más me gustaba en ese momento, lo miré fijo para espetarle que “me cansé de laburar de lo que me gusta y ganar poco, quiero hacer algo para llenarme de guita”. A medida que iba soltando cada una de estas ridículas palabras, veía de reojo a mi izquierda que se asomaban, estirándose como si tuvieran cuellos de jirafa, las cabezas de Nico y de Edu que me observaban estupefactos. Se podían leer claros y cristalinos sus pensamientos: “¿qué está diciendo éste?”.
 
     Yo también me sumé a ese desconcierto y quedé al borde de la tortícolis al arquearme para ver la cara de Nico, cuando suelto de cuerpo dijo “más que estudiar, lo importante es tener un objetivo claro, ¿para qué perder cuatro horas en un lugar tan inútil como la facultad?”. Y la remató Edu con una incoherencia tan grande que mi mente decidió borrar para que no quedara un mínimo rastro.
 
     Mientras pasaban los minutos en el “sucucho”, se iba acentuando otro tic del “supremo” que realzaba los trazos de su burda caricatura. A este tipo le gustaba bromear, pero más que nada festejarse a sí mismo. Ante cada chascarrillo, chiste o enmienda del manual del astuto, repetía automáticamente una idéntica facción: abría la comisura izquierda de sus labios y dejaba ver una importante porción de su blanqueada dentadura. En forma simultánea buscaba al “gancho” con su mirada y, entonces sí, se detenía el tiempo con su sonrisa de lado congelada y un destello que brillaba en sus dientes, sonando un “clink” que no existía pero todos escuchábamos. “En este trabajo no tenés techo, lo que sí podés es levantarte a una clienta y decirle ´te echo cuatro´ en una noche”. Clink. “Quizás no le vendas un viaje al Dr. Quiroga por 200 pesos, pero te dará el nombre de cuatro conocidos y te irás de su casa con 800 pesos potenciales”. Clink. “¿Tienen alguna duda? Yo tengo duda la podonga”. Clink.
 
     Igual hubo un momento en que la vergüenza ajena que sentimos por el “supremo” llegó casi hasta el techo que él no tenía. Y como no podía faltar, ahí estaba el “gancho” para formar parte de la patética coreografía. El segundón contó que hacía un tiempo había organizado en soledad un stand en una exposición, y perdido absolutamente toda la inversión. Le había ido pésimo, saliendo de su bolsillo cinco mil pesos que nunca volvieron. “Pero yo no sentí que fracasé, porque me animé a hacer todo sin ayuda de nadie, ¡y lo disfruté, loco!”, le decía al “supremo”, que con un brillo en los ojos, casi se levantó de su asiento para gritar desinhibido “¡A mí me pasa lo mismo!”. Los tipos que más importancia le daban a lo material, se vanagloriaban de perder importantes sumas de dinero si es que el riesgo lo asumían ellos solitos. Hasta parecía que se excitaban con ello, al punto que si seguían hablando de sus frustraciones de negocios, temíamos que terminaran acabando sobre la mesa del “sucucho”.
 
     Nos fuimos de esa oficina después de dejarle al “supremo” la promesa de que los tres volveríamos al día siguiente para iniciar la capacitación. Le hicimos creer que nos parecía fabulosa la idea de vender viajes a Brasil puerta a puerta, sin sueldo fijo ni unos pesos para viáticos. Ya habíamos asentido ante su máxima de que “es muy mediocre la persona que prefiere ganar un dinero estipulado cada mes en lugar de arriesgarse a poder quedarse con miles de pesos, o nada”. Con nuestros veintitrés años, todo lo que queríamos era la primera opción para seguir, mientras tanto, encontrando nuestro camino por la vida, y no dejarlo todo por encolumnarnos en una organización sin pies y con una cabeza retorcida como la del “supremo”.
 
     A pesar de las innecesarias actuaciones que elaboramos Edu, Nico y yo, con papeles en las que habíamos ido en contra de nuestros principios, nos habíamos llevado algo de ese “sucucho” y del personaje nefasto que lo habitaba. Nos sirvió para recordar que en nuestro mundo abunda ese tipo de gente que quiere lavarnos la cabeza y darnos vuelta las cosas que tenemos más claras, con el único fin de usarnos para seguir consiguiendo lo único que para ellos vale por encima de las vocación y el conocimiento: el vil metal.
 
     Mientras volvíamos en subte, comentábamos cada una de las antológicas frases que habíamos escuchado, y llegamos al momento en que el “supremo” me había recalcado que yo llevaba desabrochado el último botón de la camisa. “Ese detalle de la vestimenta no habla bien de vos”, acompañado por su soberbia intolerable. Y me quedé pensando unos segundos, viendo su corbata bien firme y anudada con la camisa cerrada hasta arriba, que ese nudo en la garganta quizás tenía que ver con la forma de ser de gente como el “supremo”.
 
     Tener un nudo en la garganta hace más estrecho el lugar por donde se conecta la cabeza con el resto del cuerpo. No hay un tránsito fluido entre el corazón y la mente, por lo cual las ideas que se incuban en el cerebro no se dan un buen paseo por allá abajo, no se nutren de calor, de sentimiento, y terminan saliendo sin filtro, heladas, sin el latido de los que le buscan el verdadero sentido a la vida. Por suerte, me pasé y me paso la vida sin corbata, salvo raras y contadas excepciones, y aunque nunca es bueno generalizar, soy de mirar torcido a los que disfrutan de llevar el nudo de la corbata bien firme.
 
     Gracias a Dios, así como existen estos personajes que se creen más que el resto, también hay gente sencilla. Por ejemplo un hombre que trabaja de sol a sol, en una obra, haciendo una tarea concisa sin necesidad de envolver a otro para ganarse el pan. Un tipo que con su simpleza se hace desear por la mujer que lo contrata para refaccionar el ático de su casa, y se revuelca con ella en un hotel alojamiento a la hora de la siesta. Y que mientras disfruta del cigarrillo posterior a la pasión más desenfrenada, es testigo del llamado que la dama recibe en su celular, en la que le inventa una historia más a su marido falto de magia, nada más y nada menos que el mismísimo “supremo”. Clink.


11 comentarios:

nehuatl dijo...

Antes que nada, debo decirte que el diseño que has elegido, no sienta muy bien, dificulta la lectura por lo pequeña de las letras.

Por lo demás, como siempre, de lo poco que te he leído, es sumamente bueno. Voluntariamente y con toda la gracia del mundo tú y tus amigos jugaron al teatro del absurdo con el supremo y lo llevaron, o lo llevaste tu solo mediante este texto, al punto final en que quien te lee aunque no lo conozca, lo considere patético.

chapi dijo...

Yo creo que "nudo" (así voy a apodar yo al "supremo") es un personaje característico (al menos) en Argentina.
Es el típico tipo que hace bastante guita pero tiene a TODOS los que están debajo de él en estado de miseria. Se me vienen imágenes a la cabeza, nombres también.
Existirán tantos "nudos" en los otros países como los hay argentos?

Anónimo dijo...

Mucha gracia, y muchas gracias; me causó y te doy por este particular y frecuente cuadro de nuestro país. Decadente se queda corto.
Martíntxo.

Anónimo dijo...

Jaja me parecio muy gracioso, me habia olvidado de esta anecdota, es fantastica. Igualmente hasta donde recuerdo, Edu le creyó todo al Supremo, y despues ustedes lo avivaron, ja
Abrazo
Gon

Renzo dijo...

Uff... "Supremos" hay para hacer dulce aca. Quien no conoce al menos uno? Algunos afortunados como el que suscribe se topo con 3 por lo menos.
Y lo mas triste es lo que ocurre con los que aparentan ser poderosos/adinerados y en realidad en la escala de poder/dinero estan bastante lejos de la imagen que muestran. No es que el tenerlos les de derecho a comportarse de esa manera, pero el no tenerlos y pretender ser "supremos" los hace tan pateticos...
Muy bien 10 por la historia, por el relato, por reflejar con tanta realidad este tipo de personajes tipicamente argentino y sobre todo por enarbolar la bandera de la lucha contra las corbatas apretadas. Son realmente necesarias en el trabajo??? Quizas la persona que tenga que decidir la abolicion de esta practica tan poco oxigenante tenga el nudo muy apretado :)
Slds

SebaCar dijo...

Javi ! Para ser sincero este ultimo post no lo lei, ni el anterior, el último fue el de "Séver led odnum le" y me pareció buenísimo. No tengo laptop y me conecto desde cibers y con poco tiempo, tus cuentos requieren de tiempo tranki para leer.
A simple vista me gusta mas este diseño !
Disculpa por el comentario colgado pero quería que sepas que te leo cuando tengo tiempo.
Abrazo grande y espero volver a verte este año y con mas suerte para el millo !

YO!

mazlov dijo...

Jajaja, me encanto la anectoda! Ojala todos los supremos fueran tan obvios. O mejor dicho, ojala tuvieramos mas capacidad para detectarlos :)

Vachi Gutierrez dijo...

Hola. Cai acá a raíz de tu comentario en Orsai sobre los encuestadores, que me pareció muy sensato. ¿Fue después de este intento de conseguir laburo que te hiciste encuestador?
Me gustó mucho el relato,y más que nada la reflexión final. Me pareció hasta poético el albañil que se ve seducido por la dueña de casa, casada con el supremo. Saludos desde Uruguay

Javi dijo...

vachi: bienvenida y gracias por comentar. En cuanto a tu pregunta, la respuesta es que "no, pasaron varios años y laburos entre la entrevista con el supremo -real en un 95%- y mi trabajo como encuestador". Pero ambos hechos son anecdóticos y bizarros.

Hermanos Bladimir dijo...

groso, muy bueno, como siempre. y me cabe mucho más el color azul q el rojo, para leer tus entradas largas, q se hacen cortas...

saludos!!

Anónimo dijo...

Grande CAPO!!! Lejos uno de los mejores!!!!
Yo también miro raro y hasta con algo de bronca a los giles con corbata...
Seguro es un cuento real, apuesto mil!
Muy muy bien narrado, y en un par de partes y al final me maté de risa.
EXCELENTÍSIMO!!!
Mari

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