jueves, 17 de julio de 2008

Los cinco mares


por Javier Debarnot

     El mar siempre tuvo algo para mí. Atracción, misterio, algo. Pero desde que tengo uso de razón, me recuerdo muchísimas veces perdiendo mi mirada en el horizonte, mar de por medio. Por eso no me resulta extraño que muchos de los sucesos más importantes de mi vida los haya ido a buscar cruzando un océano. 

     Un gélido mediodía de enero de 2002, el aeropuerto de "El Prat" me recibió con la calidez que no iba a encontrar en las afueras del mismo, habiendo dejado atrás quince horas de vuelo desde Buenos Aires con tediosa escala en Madrid incluida. Tenía apenas un par de valijas en las cuales algunos objetos iban a brillar por su ausencia: la noche previa al viaje, una borrachera motivaría que al otro día olvidara empacar la máquina de afeitar, el pijama y algunos otros elementos tan vitales para el turista. Lo que no me faltaba era la ilusión de estar llegando a una ciudad donde me iban a pasar cosas. Pero de todas maneras, ni me imaginaba que mi vida iba a cambiar por completo luego de esa efímera estadía en Barcelona. 

     Me dejé llevar por la cinta transportadora del corredor que comunica al aeropuerto con la estación del tren, y desde allí fui casi imantado hasta la imponente Terminal de Sants. Traté de recordar las instrucciones que mi amiga argentina viviendo en Cataluña me había precisado para llegar a su piso: la línea azul del metro hasta Diagonal, y allí combinación con la verde hasta Fontana. Llegué. Ella no estaba en casa porque en ese horario trabajaba como empleada en una de las tantas tiendas de El Corte Inglés. 

     La soledad me venía acompañando desde que me había subido al avión en Buenos Aires, así que no iba a echarla justo cuando comenzaba a intimar con ella. Podía quedarme solo hasta la noche, momento en el cual mi amiga iba a regresar de trabajo. Maté el tiempo en un MacDonald’s de la calle Gran de Gracia y quiso la casualidad que un rato después le escribiera un e-mail a una mujer que había conocido una semana atrás en Argentina. Ella tenía planes de volar a Barcelona un par de días después que yo. 

     A la noche me encontré con mi amiga, en definitiva la persona que me había motivado a cruzar el Atlántico. Y todo fue tan frío como el clima de ese invierno mediterráneo. Sólo un puñado de noches bastaron para darme cuenta de que las insinuaciones que me había hecho en charlas telefónicas previas se quedaban en simples insinuaciones, y nunca iban a ir más allá de eso. 

     Durante esos días, deambulamos por decenas de bares, contorneamos el Parc Güell y subimos por los eternos escalones de la Sagrada Familia, y ella jamás se animó a refrendar los sentimientos que había enarbolado, convirtiéndose en una genial escapista de la talla de Harry Houdini. En otro local de comida rápida, mi paciencia llegó al fin y decidí cortar todo entre cafés y croissants. Asumiendo el riesgo de volver a quedarme solo en Barcelona, le puse el punto final a mi historia con ella. Sin saberlo, desde la más absoluta soledad estaba muy cerca de encontrar a la persona que iba a cambiarle el rumbo a mi existencia. 

     Visité el museo del Camp Nou y esa noche volví a comunicarme con aquella mujer que había conocido en Argentina antes de venirme. Se trataba de una amiga de una compañera de trabajo que venía a vivir a Barcelona. Nos habíamos visto por única vez en una confitería de Buenos Aires, causándonos una promisoria impresión el uno al otro. Fue por eso que arreglamos una cita para esa helada noche de sábado bajo el Arco del Triunfo. 

     Lo que siguió a ese encuentro fue la magia hecha carne en nuestras almas. Nos emborrachamos en un bar estilo rastafari que nunca jamás volveríamos a encontrar. Meses después divagaríamos juntos pensando que ese lugar existió sólo aquella noche, que fue un montaje, que el resto se trataba de extras y sólo nosotros fuimos nosotros mismos. Volviendo a la realidad, ese enero nos echaron del bar a las tres de la mañana. Ya en la calle, no perdí más el tiempo y le comí la boca a besos cuando ella se descuidó por unos segundos. Ocurrió en el banco de una plaza sobre la Avenida Marina, sitio al que sí volveríamos miles de besos. 

     Nunca más nos despegamos y los más variados escenarios iban a ser testigos del andar de nuestras sombras siempre entrelazadas: la Rambla, el cine del complejo Maremagnun, las orillas de la Barceloneta aún en ese frío enero, otra vez el Parc Güell y otra vez La Sagrada Familia, pero esta vez en recorridas que encerraban risas, sueños, más besos, ilusiones, abrazos y el deseo de vivir un futuro compartido. Justamente en uno de los tantos bancos de la plaza aledaña a La Sagrada Familia le prometí a ella volver a Barcelona para estar de nuevo juntos, ya que lo mío era un simple viaje y su estadía era permanente. 

     Los días que me restaban de mis vacaciones en la ciudad se escurrieron como agua entre los dedos, pero resultaron ser los más intensos que compartí con alguien. Yo tuve que volar de nuevo a Buenos Aires pero regresé a Cataluña en menos de tres meses. En mi equipaje estaba la máquina de afeitar, un pijama, y todo lo necesario para seguir mi vida allí, en un piso de la calle Sants junto a ella. 

     Pero en el libreto de nuestras vidas, a veces a Dios se le traspapelan algunas hojas que nos complican la puesta en escena. Y en ese momento, los papeles que fallaron fueron los de la ciudadanía española de mi mujer. Entonces todo se hizo barranca abajo y antes de que descendieran hasta cero nuestros extractos bancarios, vimos atinado seguir nuestro camino otra vez en la tierra que nos vio nacer. 

     Tras la dura vuelta a empezar, en menos de lo que imaginamos ya estábamos viviendo juntos, casados y con un par de ojos enormes y vivaces, los de nuestro hijo, reflejándonos en sus pupilas que todo valió la pena. Nuestra efímera pero idílica historia en Barcelona había dejado una puerta abierta en esa ciudad, aguardando por nosotros cuando se diera la ocasión para el regreso. Solucionado el tema papeles, se complicó un poco el día a día en Argentina y ahí sentimos otro guiño del destino, otra vez motivándonos para cambiar de continente. 

     Fue la quinta vez en cinco años que crucé el océano. Otra vez fue alejarse de nuestra familia y de los amigos de toda la vida, para buscar ese algo que todavía no sabemos exactamente qué es, pero nos motiva. Nos hace fuertes desde la distancia y nos enlaza aún más a los tres, que si Dios quiere seremos cuatro gracias a otro par de ojos vivaces que por ahora sólo divisan el vientre de su mamá. 

     El último viaje hacia Barcelona fue también como salir al terreno de juego para disputar un partido muy particular. Fue duro en sus comienzos porque tuvimos que cuidarnos las espaldas, en inferioridad numérica y contra un rival que a veces nos resultaba hostil, porque siempre lo es para el recién llegado. Pero hoy por hoy, habiendo pasado un par de años, puedo decir que se trata de una revancha que vamos ganando. Con lo justo, pero disfrutamos esa ventaja parcial y pensamos en continuar sacando diferencias. Aunque claro, pase lo que pase, yo quiero seguir cruzando mares.




11 comentarios:

chapi dijo...

Creo que el post es el ideal para desearte muchísima suerte en tu próximo cruce del charco y no te olvides del encargo que te pedí: un beso al suelo de mi parte!!!
Abrazote a vos y a la flia.

Vachi dijo...

Qué lindo relato y qué linda historia. Mucha suerte.
Saludos!

Anónimo dijo...

Era hora que aprovecharas esta historia tan linda. Hablamos.

Martín.

nehuatl dijo...

Asi que papa por segunda vez... ¡Felicidades!

Tu historia de amor me encanto, fuiste por una mujer y terminaste enamorado de otra, que por casualidad le escribiste, que por casualidad la conociste y que ella se iba a vivir para alla, donde tu estabas tomando tus vacaciones que tenias planeadas con alguien mas. Wow.

Me gusto mucho la parte en la que dices: "Ya en la calle, no perdí más el tiempo y le comí la boca a besos cuando ella se descuidó por unos segundos". Cuanto te leia y empezaste a contar sobre ella, no sabia como ibas a cruzar la barrera de amistad a romance, y la forma en la que lo hiciste me parecio romantica y muy apasionante.

Espero que puedas cruzar todos los oceanos que tu quieras, junto con tu familia.

Un beso!

SebaCar dijo...

Me emocionó mucho el post ! Felicitaciones por el nuevo integrante de la familia, esa que conozco poco pero me bastó para apreciarlos !
Muy linda historia !!!

Abrazo !!

YO !

PD: hoy si lei ! jajaja, te contesto por aca tu emilio !

mazlov dijo...

Me encantó el relato. Hace poco que soy jugador de este partido, y espero llegar a conseguir ventaja cuanto antes :)

Anónimo dijo...

Dee sa historia que alguna ves me contaste me acuerdo lo de las 3 de la mañana en pedo y enamorandose la rubia y vos, falto el viaje en el tren para conocer familiares y que con tal de estar con ella ni te importaba a donde.
Lo unico que falto nombrar Fue la creadora del cuento de juntar al pibe de nuñez con la rubia de banfield.
De lo mejor como siempre , besos para vos la rubia y el pibe propaganda, para el que viene ya vere como lo o la llamo

Zurdita dijo...

ey cat, como va?
bueno me puse a leer, estan buenos igual no llegue a leer todo. aca esta mi blog si te queres pasar, subi cosas corte "los problemas del verano" y alguna que otra gilada, si tenes tiempo leelo, aunque lo dudo porque en menos de una semana nos vemos cara a cara:P
beeso chauuu


Vick

Anónimo dijo...

Estupenda historia!!!
Los esperamos muy, muy ansiosos para darles muchos abrazos.

Besos
Claudina

Romina dijo...

Muy buena historia, y muy romántica, además.

Anónimo dijo...

No hay palabras, no sé qué comentario poner... es el que más me gustó Javi!!!
Super romántico, y de sólo pensar que es tu propia historia me emociona y me hace llorar.
ME SUPER RECONTRA ENCANTÓ!
Mari

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