viernes, 24 de octubre de 2008

Abusos horarios (Parte I)

por Javier Debarnot

      Marcos repasó por enésima vez en su billete los horarios de los vuelos Buenos Aires-Roma y Roma-Madrid. Y volvió a maldecir por la eterna escala de seis horas en el aeropuerto de la capital italiana. “Algo inventaré”, se resignó para adentro ya despojado de su equipaje. Sintiéndose ágil y liviano al sólo cargar una mochila y los tickets de embarque, se sentó en su asiento 19-J sin saber que esa libertad tenía las horas contadas.
 
       -Levante sus manos y póngalas detrás de la cabeza, ¡ahora! – le gritó un policía español. Casi en simultáneo, otro agente más grandote lo tiraba con rudeza contra una de las paredes de la terminal internacional de Barajas. Marcos intentó un casi tartamudo pedido de explicación, pero sus súplicas no se hicieron eco en los oídos de la ley y al cabo de pocos minutos ya estaba en una comisaría de Madrid.
 
       -Está arrestado por el asesinato de un hombre en Roma, tiene derecho a un abogado- así, con esa exacta, escueta y escalofriante frase fue recibido en el destacamento policial.
 
       Había tenido un viaje sin mayores sobresaltos. Había llegado a Italia y pasado la tediosa escala en tierra entre lectura y tabaco, con cinco cigarrillos fumados compulsivamente en las salas destinadas a tal fin. El vuelo Roma-Madrid se le había consumido como un video clip comparado con el trayecto largo con el que cruzó el Atlántico desde Argentina. Y de golpe, los tres policías armados hasta los dientes esperándolo en el aeropuerto de Madrid, culpándolo de haber matado a un tipo en un centro comercial italiano.
 
       Después de la desesperación inicial, Marcos se calmó porque estaba convencido de que se trataba de un error, uno de esos bien grandes. Pero la tranquilidad le duró poco más que un parpadeo cuando un policía tiró un par de fotos sobre la mesa del comisario. En ambas, no sólo se lo veía claramente a Marcos, sino que también se advertía que la víctima no era una persona ajena al presunto asesino. Era un hombre que había compartido el trayecto largo del vuelo con él, ubicado en la fila 18 junto a su mujer. Y supuestamente el acusado lo había acribillado con tres balazos en el estacionamiento del shopping “Porta Di Roma”.
 
       -Tenemos a varios testigos que dicen haberlo visto discutir con él en el avión. Hombre, está en graves problemas- lo desmoronó un oficial mientras sorbía su café- por no decir que no lo salva ni Dios.
 
       Eso era lo único que Marcos no podía negar. Las dos cosas. Que no lo salvaba ni Cristo ni que el entredicho con la víctima Francesco Zibaldi no había existido. Mientras sobrevolaban todavía territorio brasileño, el inicio de todo fue un cruce de miradas entre él y la bellísima mujer del italiano. Pero no había sido un intercambio visual cualquiera. Después de un comentario acerca del lugar disponible en el maletero superior, la exuberante Isabella le sonrió a Marcos mientras lo fulminaba con sus ojos color miel. Y Francesco captó esa escena con la precisión quirúrgica de un enfermo de celos.
 
       -Ma´ qué extraño, un argentino creyéndose el piu bello de la aeronave.
 
       -¿Perdón, creyéndose qué?
 
       -Mejor calla y dejemos aquesta discusión aquí, que ya no se me canta seguir parlando contigo.
 
       -Se está confundiendo…
 
       -Pero te digo que calles.. ¡Oigan!– gritó llamando la atención de veinte pasajeros a la redonda –Tengan tutto el cuidado con este argentino que le agrada la donna del prójimo– y se sentó sin decir más. A Marcos no le importó en ese momento que el italiano tuviera físico de jugador de rugby y se le hubiera abalanzado con un derechazo directo al pómulo. Pero lo que lo detuvo fue tomar conciencia de cuán poco atinado sería iniciar una pelea a 14.000 pies de altura faltando 8 horas para llegar a destino. Entonces se sentó callado, mordió los labios y, de haber sido posible, hubiera usado una de esas bolsas de papel que se guardan en el asiento de adelante para devolver toda la bronca que se le revolvía en el estómago. Todo por culpa de ese gorila metido en el cuerpo de un italiano que lo había dejado en ridículo con tanto viaje por delante. 
 
      -Les juro que todo quedó ahí. Jamás volví a dirigirle la palabra ni a tener contacto con este tal Francesco- se deshacía en explicaciones ante los policías, aunque no podía dejar de admitir que el tipo que aparecía disparándole a la víctima en el centro comercial era muy parecido a él, además de estar exactamente igual de vestido. Mismo peinado, misma contextura física, mismo todo. Un escalofriante calco de Marcos pero en versión asesina.
 
       Sin tiempo para más reclamos ni explicaciones, y debido a los incesantes pedidos de la Justicia italiana exigiendo la presencia del acusado para “tirarlo a los leones”, el joven argentino fue extraditado. A pocos días del crimen ya se encontraba en un juzgado de la zona céntrica de Roma aguardando por una impiadosa sentencia. La prensa sensacionalista hablaba de 30 años de prisión, argumentándose en una supuesta premeditación y sangre fría para ajusticiar a Francesco por la espalda. En cada telediario se recalcaba la intachable conducta de la víctima, pintándolo casi como el “Gandhi genovés”.
 
       El día del juicio llegó muy pronto para Marcos. Apenas había conocido al abogado que le proporcionó el poder judicial italiano, un profesional de las leyes cuya defensa pendía de una leve brisa para desmoronarse, como un castillo de naipes armado junto a una ventana abierta de cara a una ventosa avenida. No pudo conseguir ni siquiera a una persona que atestiguará haber visto a Marcos en el aeropuerto de Fiumiccino. O alguien que declarara que el acusado estuvo todo ese tiempo leyendo, y no enfrascado en una venganza absurda y exagerada que lo llevaría a matar a Zibaldi con la saña de un asesino sicótico.
 
       Cuando todo iba encaminado hacia una inapelable sentencia condenatoria para Marcos, apareció un hombre cargando varias carpetas. Captando la atención de la sala, subió al estrado como testigo de la defensa presentándose como el Dr. Furlang, un científico español con una extensa trayectoria en el exterior que incluía prestigiosas universidades norteamericanas. Eran las cuatro de la tarde cuando, en perfecto castellano, comenzó su exposición que iba siendo traducida al italiano casi en simultáneo.
 
       -Antes de empezar mi argumentación les pido algo sencillo a todos los que están en la sala: juez, abogados, jurado y periodistas. Les pido que miren la hora en su reloj. ¿Verdad que son las cuatro y veinticinco de la tarde? Pues miren, me voy a acercar al acusado y le voy a preguntar qué hora registra su reloj. Juro que esto no está preparado.
 
       -Sé que son las cuatro y media, pero en mi reloj son las once y veintisiete de la mañana- contestó el joven sin saber hacia dónde llevaba todo eso.
 
       -Claro, -continuó convincentemente Furlang- Marcos conserva todavía la hora correspondiente a Argentina, de donde salió hace tres días. Y les informo que, por si no hicieron la cuenta, la diferencia son 5 horas. Supongo que la mayoría de ustedes habrá hecho un viaje en avión que implicara un cambio en los husos horarios. Cuando se vuela de oriente hacia occidente, hay que ir disminuyendo horas. Por el contrario, cuando vamos de occidente hacia oriente, las horas hay que añadirlas. En este último caso, quizás alguno se haya preguntado alguna vez: “¿y a dónde van esas horas que me salteo? ¿quién me las devuelve?”. Ahora mismo les voy a dar la respuesta: nadie devuelve esas horas, como se imaginarán, pero prepárense para escuchar una revelación que sólo conocen los organismos de inteligencia más poderosos del mundo.
 
       (continuará...)
 



Abusos horarios (Parte II)


por Javier Debarnot

      El doctor Furlang continuó con su exposición, sintiendo que cada una de sus palabras sonaba firme en los oídos de todos.
 
      -El cuerpo humano no está preparado para esa “sustracción” de un período de tiempo superior a las dos horas. Es antinatural para los parámetros de evolución temporal de cada uno de los microorganismos y células del individuo, y por lo tanto, cuando se producen estos bruscos cambios de husos horarios, se manifiesta una importante serie de malestares que van desde problemas de circulación, coágulos, trombosis, y paros cardiorrespiratorios, que por supuesto pueden conducir hasta la muerte. Este fenómeno conocido como el Síndrome de Jet Lag fue descubierto con los primeros vuelos transatlánticos que datan de principio de siglo. Hubo cientos de víctimas mortales y a punto estuvo de desatarse un escándalo que seguramente hubiera cambiado el curso y la historia de la aviación comercial. Pero todo gran problema tiene una gran solución que se traduce en la cantidad de ceros que le dan forma a una cifra millonaria. Los gobiernos más poderosos le dieron el ultimátum a las compañías aéreas: debían solucionar este grave inconveniente, y entonces éstas le pagaron millones de dólares a un grupo de los más prestigiosos científicos, para que idearan la forma de evitar el mortal Síndrome de Jet Lag- culminó esa frase Furlang y hábilmente dejó pasar unos segundos que acrecentaron la ansiedad de los presentes.
 
      -Estos genios lo lograron, y como todos los grandes genios, fueron adelantados a su época. Después de diversos estudios donde exploraron teorías de física cuántica y cuarta dimensión, llegaron a una conclusión: lo más viable para evitar todos los síntomas que les mencioné sería crear un desdoblamiento de la materia en el propio ser humano. Dicho en términos no científicos, para que todos puedan entenderlo, sería como una especie de “alter ego” pero tangible; un clon, diríamos en los tiempos que corren. ¿Para qué? Para que absorba todos esos malestares que se pueden producir debido al abrupto salto temporal, dejando ileso al organismo original que reaccionará como si nunca hubiera pasado nada. Pero la pregunta que todos ustedes estarán pensando es: ¿cómo hacer que se desdoble el organismo dejando salir a ese clon que se quedará con los probables virus? La respuesta es tan simple como sorprendente: con un impulso electromagnético.
 
      Eran casi las cinco cuando los periodistas italianos, argentinos y españoles tenían la inconfundible percepción de que estaban ante la noticia de la semana. Seguramente desde la puerta del juzgado abrirían la transmisión en vivo todos los informativos. Mientras tanto, el doctor proseguía.
 
      -Hay una norma vigente dentro de la Ley Internacional de Aviación. Por supuesto que es ultra secreta y sé que voy a tener problemas por revelarla, pero la cuestión es que esta norma rige la instalación en toda aeronave comercial de un dispositivo conocido en la jerga como “JLN”, que son las siglas de Jet Lag Neutralize. Todos los que han volado sabrán que, antes de despegar, desde la cabina se les pide a los pasajeros que desconecten todo artefacto electrónico para que no interfiera con los instrumentos de comando. Les informo que es todo una fachada- subía y bajaba el tono Furlang, con la habilidad de un maestro de ceremonias.- Es verdad que es fundamental que no haya interferencias, pero no para despegar sino para calibrar el “JLN”. Este sistema electromagnético está conectado a la base de todos los asientos, y con solo oprimir un botón, produce el efecto buscado.
 
      -Cuando se está volando a gran altura, promediando el trayecto, es el momento adecuado para liberar del “JLN” las imperceptibles pero potentes descargas que provocarán en cada persona el desdoblamiento de su materia orgánica. Es en ese instante donde, para decirlo gráficamente, todos los clones abandonan sus cuerpos o envases originales y se materializan en el espacio físico real. Y entonces debo aclararles algo crucial en todo este accionar: en los instantes previos a esta situación, siempre se simula alguna turbulencia para que todos los pasajeros se pongan el cinturón de seguridad. Por tal motivo, cuando viene la descarga y nace cada clon, éste intenta separarse del cuerpo que lo contenía pero choca contra el mecanismo de seguridad, y en ese rebote vuelve inmediatamente a formar parte de su cuerpo mentor, por así decirle. Esta transición dura centésimas de segundo, pero es suficiente para que el clon haya absorbido y liberado todos los síntomas del salto temporal. Nadie se da cuenta, nadie sufre, y el vuelo continúa como si nada hubiera pasado.
 
      Por primera vez en un cuarto de hora, intervino el juez de la causa aprovechando la pausa que intencionalmente había hecho el doctor.
 
      -Señor Furlang –arrancó firme y ofuscado- no tengo palabras, o más bien podría hablar de delirio, ciencia ficción, etcétera, etcétera, para describir todo lo que usted acaba de contar. Pero en el caso de que tuviera un mínimo asidero, ¿qué es lo que nos quiere transmitir concerniente al crimen que cometió el señor Marcos Di Salvo?
 
      -Pues que por algún motivo, está claro que Marcos no tenía puesto el cinturón en la transición de la que les hablé. Su alter ego salió de su cuerpo y nunca volvió a formar parte de él. Entonces, este clon de Marcos, resultó invisible en los primeros instantes pero luego se fue materializando tangiblemente hasta tener volumen, forma, peso… vamos, hasta ser una réplica exacta. Y a nivel intelectual, es al igual que la parte física, un desdoblamiento de la psiquis del individuo, pero con un exacerbamiento de los más bajos instintos, léase violencia, rabia, pasión, venganza. Cada clon que escapa tiene dos objetivos: primero no ser descubierto por su modelo original, y segundo cumplir con un deseo reprimido de este último.
 
      En ese preciso instante Marcos se sirvió el tercer vaso de agua y se lo bebió, aunque le hubiera venido mejor echárselo en la cara para reaccionar. Estaba como atontado.
 
      -Para resumirles: el clon de Marcos permaneció oculto durante lo que quedó del trayecto hasta Roma. Quizás se escondió en el baño, o fue a ocupar algún asiento libre en otro sector del avión. De alguna forma burló la vigilancia en el aeropuerto y ganó la calle. Siguió a Francesco Zibaldi hasta su barrio, consiguió un arma y simplemente esperó el momento propicio para ajusticiarlo, todo esto mientras el Marcos original, éste que aquí vemos –lo señalaba ampulosamente - estaba tranquilo esperando que se consumiera su escala en Fiumiccino y luego iba a seguir su vuelo rumbo a Madrid. Su único pecado pudo haber sido pensar, luego de la discusión con Zibaldi, “que mataría a ese tipo”. Pero que yo sepa, y me dirijo al jurado, no pueden juzgar a nadie por un arrebato de malas intenciones. Si no, no existirían cárceles en el mundo que pudieran contenernos a todos nosotros, ¿no? – Furlang tomó una bocanada de aire y volvió a arrancar con más firmeza que nunca - Marcos Di Salvo es absolutamente inocente del cargo del que se le acusa, y pido en este mismo momento que sea absuelto y que pongan todos los servicios de inteligencia y seguridad en pos de atrapar al verdadero asesino, es decir, su clon o alter ego. Esto es todo lo que tengo para decirles. Muchas gracias.
 
      Marcos fue condenado por homicidio calificado a los pocos minutos. Y al doctor Furlang lo internaron en un neuropsiquiátrico ubicado en las afueras de Turín. La prensa italiana quedó satisfecha porque al joven le cayó todo el peso de la ley: veintisiete años de prisión en una cárcel de máxima seguridad considerada de las más duras de Roma. A poco estuvo Marcos de estallar en un brote de locura cuando le comunicaron la sentencia. Su abogado ni atinó a pedir una apelación, al menos durante esa jornada que se recordaría como “el día del circo más desopilante de la historia judicial italiana”.
 
      Meses más tarde, Marcos ya se había malacostumbrado a su nueva vida. Una rutina que no se le desea ni al peor enemigo, su día a día en el pabellón condimentado con los peores ingredientes que puedan imaginarse: maltratos, vejaciones, soledad y pérdida de esperanza. Y no pasaba una sola noche en la que antes de conciliar el sueño no se preguntara qué había ocurrido en aquel vuelo y en aquella escala maldita. Ningún médico pudo comprobar algún tipo de síndrome de doble personalidad ni nada por el estilo. Él no podía más que negar que hubiera asesinado a Zibaldi, pero nadie le daba crédito y era tratado como un lunático desequilibrado.
 
      Una mañana volvía del patio y se dirigía a la cocina donde cumplía sus labores de limpieza, pero un guardia lo interceptó a medio camino.
 
      -Oye, argentino maricón- se le mofaba el policía más inescrupuloso de la prisión – tienes una visita, dirígete ahora mismo al despacho del alcalde.
 
      El recluso dejó la pila de trapos que iba cargando y, sorprendido, modificó el trayecto mientras iba nutriéndose de incertidumbre y ansiedad, porque jamás habían ido a verlo. En eso estaba Marcos, turbado en sus intrigantes pensamientos cuando el guardia le gritó desde el pasillo.
 
      -Por cierto, no sabía que tenías un hermano gemelo.





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