viernes, 5 de diciembre de 2008

Si yo hubiera estado, no hubiera pasado


por Javier Debarnot

      -Si yo hubiera estado, no hubiera pasado –le dije con firmeza a mi papá sin intención de iniciar una discusión que se iba a alargar inútilmente. El acontecimiento era de ligero a insignificante para muchos, pero de vida o muerte para unos pocos en los que me incluía: perder una vez más contra Boca devenía en mi ser una depresión de varios días.
      En la cancha de River, con casi todo el público a favor, un 0-1 a los cuarenta y siete del segundo tiempo era mucho más de lo que un corazón gallina podía soportar. Y encima con gol de cabeza de Figueroa tras un corner tirado por Riquelme. Y yo no había estado presente quién sabe por qué. Lo padecí por radio y todavía lo sufría cuando volvió mi papá de su trabajo, en donde también había seguido el clásico pero por internet.
      -De verdad que estoy seguro que hubiera sido otra cosa conmigo en la cancha- le insistía.
      -Pero no, Javi, no seas cabezón, no hubiera cambiado nada.
      -Yo no digo que lo hubiera llamado a nuestro arquero antes del partido y le hubiera dicho que tenga cuidado, que no salga a cortar un centro al pedo en el último minuto, eso no, se supone que yo no sabría nada de lo que iba a pasar, pero mi presencia seguro que hubiera desencadenado un partido distinto.
      -¿Ah, sí? ¿Y por qué? ¿Qué te hace suponer eso?
      -Por el famoso “efecto mariposa”, eso que dicen, que el aleteo de una mariposa en una parte del mundo puede desencadenar un tifón del otro lado del planeta.
      -Dale, “efecto mariposa” –se sonrío mi papá –andá a dormir.
      Me acosté mascullando bronca y concilié el sueño después de girar trescientas catorce veces sobre la almohada. Amanecí amnésico del día anterior y cuando fui a la cocina le apunté directo al diario que descansaba en la mesada. No me sorprendió nada que fuera la edición del domingo, con el titular “Hoy chocan River y Boca” en primera plana. Sin saberlo, el destino o el tiempo o quien sea me estaba regalando una oportunidad única para comprobar mi teoría.
      A la hora señalada estaba haciéndome un lugar en la popular local. Se venía un partido terrible, con River en la punta del campeonato y Boca a dos puntos, todo esto faltando tres fechas. Yo no tenía ni idea de que la película que iba a vivir ya estaba guionada y el final ya estaba escrito (iban a ganar los malos). Osea que si nadie se salía del libreto, entraría Figueroa a las cuarenta del segundo y con un cabezazo aprovecharía una salida en falso de Ojeda para hacer ganar al visitante sobre el epílogo.
      Claro que había algo distinto. Un protagonista que no había formado parte del guión original en esta inédita repetición: yo. Aunque no ocupaba un rol estelar, ni siquiera de reparto. Apenas era un extra más entre miles, pero antes no había estado y ahora estaba allí, justo cuando empezó el partido.
      Ya se había consumido todo el primer tiempo y parte del segundo y yo había hecho lo propio con seis cigarrillos. Cuando iba por el séptimo, la piedrita de mi encendedor se zafó y ya no había remedio porque no largaba ni chispas. Lo guardé en mi bolsillo, porque aún roto sabía que ese Bic amarillo estaba invicto cada vez que lo había llevado a la cancha. Entonces giré mi cabeza hacia la derecha, inconciente de que estaba por encender la mecha que lo desencadenaría todo.
      -¿Me das fuego?- le pedí al que estaba a mí lado. No era precisamente un barrabrava, pero sí un aspirante a serlo y por eso hacía méritos cumpliendo una labor casi de sirviente, la de sostener con uno de sus brazos la mano de un barra hecho y derecho, que se bamboleaba haciendo equilibrio sobre un para-avalancha.
      -¿Te aguantás, Walter? Un cachito mientras le doy fuego al pibe – le preguntó al de arriba, y éste se soltó, elevó el pulgar y creyó que soportaría, pero el litro de tinto que llevaba en la sangre le haría perder la vertical para tirarlo al diablo. “¡La concha de la lora!”, llegó a gritar mientras se desplomaba hacia delante provocando un verdadero efecto dominó o avalancha en el lenguaje futbolero.
      Yo zafé corriéndome rápido a un lado, pero una manada de treinta hinchas fueron bajando de a dos o tres escalones a la vez, disminuyendo la velocidad a medida que se alejaban del lugar donde había caído la primera víctima. Unos quince metros más abajo estaban un vendedor de Coca Cola y su cliente y ambos fueron alcanzados por los últimos coletazos de la avalancha. El transpirado comerciante se dio de narices contra el piso junto con la última gaseosa que desparramó su burbujeante negrura. Pero al menos ahí se trazó el punto final de la embestida de humanos.
      Todavía insultando por lo bajo, el cocacolero estaba subiendo a reponer su bandeja cuando un hombre le pidió una bebida sin advertir que el vendedor iba desnudo de mercadería. Éste se alejó bufando sin siquiera responderle y lo dejó al comprador soportando los reclamos de su hijo pequeño, que quería la Coca sí o sí y ya. Su padre sabía que cuando a su primogénito se le metía un capricho en la cabeza, no complacerlo era quedar expuesto a un escándalo madre.
      Llevándose al niño casi a la rastra, el hincha llegó al patio interno de la tribuna y se dirigió a un puesto de gaseosas. El playón estaba desierto, claro, porque faltando apenas quince minutos y con el partido cero a cero, nadie quería perderse el posible primer gol de la tarde. El empleado estaba tranquilamente hablando por su celular, que cortó cuando llegó el hombre con su hijo. Después de venderles las gaseosas y la hamburguesa de rigor, le mandó un mensaje de texto a su cuñado para avisarle que ya estaba liberado y podía seguir con la charla.
      Al costado del campo, el cabo Muñoz se distraía leyendo una bandera cuando un brusco temblor lo sobresaltó. Siempre le pasaba lo mismo cuando le vibraba de golpe el móvil en su bolsillo. El sacudón le hizo dar un brinco y la gorra de policía se le deslizó por detrás de la nuca. Presa de una brisa pasajera, se le voló metro y medio hacia uno de los carteles de publicidad.
      El alcanza pelotas dejó de lado su estatismo y se acercó hasta la gorra para alcanzársela a su dueño, con tanta mala suerte que justo en ese segundo salió un balón del campo, pasó a su lado y siguió de largo. Un jugador de Boca lo asechó para que le diera rápido otra pelota, pero el chico recién de incorporaba después de socorrer al policía. La demora se hizo eterna para el futbolista que quería iniciar un rápido contragolpe, así que mientras lo insultó al pibe por su desidia, fue él mismo por el esférico que rodaba a escasos metros.
      El defensor sacó el lateral pero le iban a pesar esos instantes perdidos. El apuro le nubló el panorama y perdió precisión, entonces la pelota fue interceptada por un jugador de River que dejó parado al teórico receptor. El delantero local salió como una flecha y tuvo que ser frenado como sea, y el tirón de la camiseta le costó a Battaglia la segunda amarilla y posterior expulsión.
      Figueroa, que corría junto al banco listo para saltar al campo, fue el que más maldijo cuando vio que echaban a su compañero. El técnico se vio obligado a reforzar el mediocampo metiendo al colombiano Vargas, y habiéndose realizado los tres cambios, el rubio debió volver cabizbajo junto al resto de los suplentes. El clásico no lo iba a tener como protagonista ni siquiera un ratito.
      En el minuto cuarenta y siete, Riquelme lanzó un corner que se fue abriendo hacia el segundo palo, Ojeda salió inútilmente a cazar mariposas y el que entraba sin marcas era Vargas. No estaba Figueroa, claro, aunque el volante igual se elevó para intentar impactar la pelota hacia el arco desguarnecido, pero a pesar de estirar hasta lo que pudo su metro setenta y tres, el balón lo sobró y le quedó a un defensor de River.
      Con las últimas fuerzas que le quedaban, Villagra metió un pelotazo iniciando una contra feroz que culminaría con un furibundo derechazo de Falcao. La letra “o” mayúscula se dibujó en las gargantas de los miles de hinchas de River que gritaron el gol como un orgasmo apoteótico. Yo era uno más entre todos ellos, y sin saber por qué, me sentía más partícipe que nunca. Ahí se me cruzó por la cabeza que en algún momento había dudado sobre ir o no a la cancha y qué idiotez hubiera sido quedarme afuera. Pitó el árbitro y el clásico bajó el telón.
      Recorriendo el glorioso camino de vuelta, entre cánticos y bocinazos me crucé con uno de mis mejores amigos, también de River pero sin mi fanatismo enfermizo. De hecho apenas había visto el primer tiempo en un bar.
      -Escuchá, Javi, no te quiero arruinar el momento pero la vi a tu novia con un flaco, creo que era el que salía antes con ella.
      -¿A Florencia? ¿A “mi” Florencia? No puede ser…– le contesté dándole más importancia a un colectivo 130 que pasaba lleno de hinchas que al asunto en sí.
      -Te juro que era ella, estaba tomando un helado con el ex-novio. Igual ella no me vio- me aclaró y se perdió entre los hinchas con la excusa de estar apurado, aunque yo sentí que le incomodaba darme más detalles de lo ocurrido.
      Llegué a casa y busqué mi celular, que nunca llevaba a la cancha simplemente por cábala –y había resultado una vez más-. La llamé a Flor y me respondió a los dos timbrazos, seca, fría y distante, casi que no era ella.
      -¿Es verdad que estabas con Matías tomando un helado? -ataqué sin rodeos.
      -Sí, claro que es verdad, pero ahorrate el pedido de explicaciones, porque ya no quiero saber nada más con vos.
      -¿Te volviste loca?
      -No, Javi, te lo había dicho ayer bien claro, si me dejabas una vez más por irte a la cancha se acababa todo.
      -¿Pero qué decís? – improvisé como pude –si no fui a la cancha, y encima estaba sin batería en el celular, ¿cómo podés terminar así una relación de casi dos años?
      -No mientas, no vale la pena. Sé que fuiste a la cancha porque te fui a buscar a tu casa y no había nadie.
      -Insisto, no podés echar todo a la basura por un simple desencuentro.
      Florencia hizo una pausa que me pareció eterna y trascartón me deslizó una frase que iba a retumbarme con aroma a “deja vú”.
      -Si hubieras estado en tu casa, nada de esto hubiera pasado.



10 comentarios:

Anónimo dijo...

Parece que todo en la vida tiene un precio. A veces se gana y otras se pierde. Muy bueno!...

Anónimo dijo...

Muy bueno Javi, a veces se pierde y otras también.

Martín

Itzia dijo...

Me perdi por completo en la parte del futbol, debo decirlo, no entiendo porque miles de personas se emocionan con una pelota.

Me gusto mucho. Pero no se que es mejor, ganar por los demas o perder por uno mismo.

Anónimo dijo...

Muy bueno, ahora... que novia mala onda. jejej

(MP)

chapi dijo...

Me gusta la historia... lástima lo inverosímil, no? A quién se le ocurre terminarla con River ganando?
Qué bueno que volviste!

Abrazo de gol.

Hermanos Bladimir dijo...

Brillante! (...Dijo La Nación)
Las descripciones dentro de la cancha no tienen comparación.
El eje del relato es un tema en el que uno alguna vez pensó: "Qué hubiera pasado si en vez de...".
Y la repuesta inmediata es: "Hubiera sido peor". Y eso es, justamente porque lo queremos cambiar nosotros, que somos humanos, y que podemos equivocarnos, y que solemos equivocarnos.

Ya lo dice el dicho "No hay mal que por bien no venga". Y creo que se refiere a que hay alguien que decide siempre mejor que uno mismo. Y toma el inconveniente "menos malo".

Potencial moraleja: Hay que vivir agradecido en todo momento? Siempre hay algo peor?

Un abrazo.

Pd.: Distintamente a lo escrito en el relato, yo creía que el aleteo de una mariposa en una parte del mundo podía desencadenar un "sifón" del otro lado del planeta. Y hasta ya tenía una teoría acerca de las industrias de la soda, y la contratación de mariposas en las antípodas de las fábricas...

Renzo dijo...

Muy bueno el relato como siempre. Ya lo habia leido apenas lo posteaste pero después de "lo de ayer" mi vuelta a la relectura era inevitable. Si CASLA hubiera sido mas inteligente, hoy el libro del futbol local hubiera cerrado con una pagina al mejor estilo "... y vivieron felices por siempre". Una pena, volvimos a la realidad y ganó el villano del cuento :)
Un abrazo Javier, segui asi.

Ale Connolly dijo...

Excelente javi. El relato de la cancha es microscópico y la frase del final cierra de la mejor manera.

Te mando un abrazo, felicidades a la distancia y saludos a la flia.

Ale

**VaNe** dijo...

Cuál sería la mejor? Cómo saberlo? En todo caso, dentro de lo que esté a nuestro alcance, llegado el caso de arrepentirse de algo, que sea de lo que se hizo y no de lo que se dejó de hacer. Muy poco para suponer quedaría después... no?
Me gustó... aunque confieso que la parte del fútbol... no cazo un fulbo jejejejejej
besos!

Anónimo dijo...

Este lo leí hace mucho, apenas lo escribiste, y me pareció espectacular porque justo un par de días antes había visto la película de "efecto mariposa" y bueno, me gustó muchísimo cómo encaraste la historia.
Además me acuerdo patente un día en la cancha, en el entretiempo, cuando vos mi hiciste exactamente el mismo planteo, es decir que ahí ya tenías la trama para tu cuento. Qué memoria eh!!! Seguro vos no te acordás!
Y lo del cabo Muñoz un show!!!
Mari

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