lunes, 14 de septiembre de 2009

Aislados

por Javier Debarnot

      Nunca había cerrado los ojos, razón por la cual todas las instantáneas del horror quedarían tatuadas en sus retinas. En ese momento se preocupó por no abrir su boca impidiendo que el agua empezara a rellenarle los pulmones, y con una inusual calma pataleó y braceó con todas sus fuerzas alejándose de partes del fuselaje del avión que se hundían arrastrándolo todo a su paso. En pocos segundos y sorteando cuerpos y restos maltrechos, Robert se esfumó de la oscuridad de las profundidades, emergió a la superficie y allí nadó dejando atrás la peor escena de su vida.
 
      Tiempo después, el único sobreviviente llegaría jadeando desesperadamente hasta la orilla de una isla dibujada en el medio de la nada y sin permiso para retratarse en mapa alguno. Extasiado, Robert se desplomó sobre uno de los respaldos de asiento que también habían sido arrastrados al igual que él, y allí se durmió temblando del frío y del terror que todavía lo invadían. Con la salida del sol pudo descubrir la belleza de ese sitio, que durante su arribo a medianoche sólo estaba cubierto de una negra espesura que le había impedido ver más allá de dos metros de distancia. Tal fue la majestuosidad del lugar que divisó al despertar, que en su mente todavía adormecida se creyó muerto y en el Cielo.
 
      Pasado el estupor de aquel primer amanecer en la isla, primero vació sus bolsillos y dejó los pocos efectos personales que habían resultado ilesos de la masacre a la merced de los rayos de sol para que se secaran, y luego salió a inspeccionar el área. No se adentró mucho más que unas tres o cuatro hileras de árboles que atiborraban la escenografía allí donde se acababa la playa. Se notó con pocas fuerzas y empezó a sentir el hambre, hasta que esos pesares se le alivianaron cuando encontró un radiotransmisor a la sombra de una palmera. Robert lo encendió y no tardó nada en captar una frecuencia que depositaría en sus oídos la única voz que escucharía en la isla.
 
      -Escúchame bien, Robert Harris, no me gusta repetirme por lo cual todo lo diré una sola vez. Has sido elegido para pasar aquí el resto de tus días. Jamás podrás salir de esta isla, y ni te ilusiones con que alguien algún día pueda rescatarte. Esta isla existe sólo para ti y para mí, y fue real para otros que he escogido antes de ti y también lo será para los que traiga en el futuro una vez que ni tus huesos queden en pie.
 
      Mientras sostenía la radio, el superviviente inició una furibunda recorrida visual de todo lo que lo rodeaba y se aventuró a hacer aquello a lo que antes no se había animado: adentrarse en el corazón de la isla. Iba buscando por instinto a esa persona que machacaba su cabeza con palabras y frases cristalinas que se le clavaban como sentencias escalofriantes.
 
      -¿Dónde estás? ¿Quién eres? -atinó a interrumpirlo por primera vez.
 
      -¡Calla y escucha! Estoy en todos lados y en ninguno. Soy el mismísimo demonio, ¿ahora me entiendes?
 
      -Pero si esta isla... –ni por un instante Robert se había permitido dudar de lo que escuchaba y eso lo atemorizó casi hasta paralizarle todo desde la punta de sus pies hasta su pelo, aunque como pudo fue articulando sus pensamientos vocablo a vocablo– Esta isla parece más bien el paraíso –reflexionó y le dio paso a un silencio efímero que se cortó de cuajo con una carcajada atroz y más diabólica que nunca.
 
      -Es lo que me encanta. La imagen que casi todos los hombres tienen del paraíso será tu propio infierno, pero eso no es todo. Una de las pocas cosas que aprecio son las paradojas, como habrás visto, y ahora escucha muy bien: la paradoja más grande es que yo, el propio demonio, sólo te pediré que hagas una obra de bien.
 
      Robert aflojó su cuerpo y, casi derrumbándose, se dejó caer y contener por el tronco de una palmera que hizo de respaldo para su espalda. Entonces bajó el rostro escondiéndolo entre sus rodillas y se hizo muy pequeño mientras su interlocutor extendía el suspenso. Quedó allí, atado a la sumisión, hasta que de pronto cruzó el umbral y de esa imaginaria puerta emergió envalentonado. Viéndose perdido, trocó su actitud blanda y temerosa por un decidido espíritu de lucha y no dudó en gritarle a aquel que le hablaba con descaro.
 
      -¿Y qué es lo que tengo que hacer? A ver… ¡Dímelo y ya veré si me da la gana hacerlo!
 
      -Bueno, Harris, veo que aún corre sangre por tus venas. Escúchame bien: ya te expliqué que antes que tú hubo otros. El primer detalle que te pido es que cuando encuentres al cadáver de quien te antecedió le des una digna sepultura. No me gusta que mi casa vaya siendo un depósito de cuerpos que se ponen putrefactos al sol, ¿me entiendes? Ahora oye bien, esa mujer que encontrarás y enterrarás adonde te plazca, fue quien construyó un refugio en el que tú podrás vivir dignamente. Está en el otro lado de la isla, y te aseguro que a ella le llevó casi todos los años que le quedaban de su vida, por lo tanto la disfrutarás más tú que ella.
 
      Mientras continuaba con el transmisor en su mano, Robert dilucidaba cada palabra del otro. La idea de que todo iba en serio se le iba haciendo carne en su cuerpo, penetrándole en los poros e impregnándose en cada estrato de su intelecto, después de librar pequeñas batallas contra el sentido común en donde prevalecía esa nueva realidad por sobre la ilusión de un rescate heroico perpetrado en esa isla en medio de la nada.
 
      El demonio le comunicó su supuesta labor, aquella que según el propio Satanás contenía tintes de obra de caridad: debía hallar y matar como sea a unas víboras de la especie cobra filipina que acechaban en esa zona y eran consideradas de las más venenosas del mundo. La tarea de Robert sería eliminar a cada uno de los pocos ejemplares que existían en la isla, evitando así que se reprodujeran y extendieran su halo más voraz hasta convertirse en una plaga asesina, haciendo que cada metro cuadrado de aquel frondoso paisaje fuera una posible trampa mortal esperando a ser activada.
 
      -Si tú no te encargas de ellas, el próximo visitante perecerá bajo sus fauces, no tengas dudas -fue la advertencia que le reafirmaba a Robert que aquella misión era efectivamente una empresa pensada para obtener réditos futuros y no verse beneficiado él mismo. Él debería arremangarse durante su estadía para que un futuro isleño pudiera caminar en paz sin estar bajo la constante amenaza de una súbita picadura que depositaría en su sangre el veneno suficiente para dejarle respirar por apenas un par de horas.
 
      El superviviente se permitió enfrentar al demonio y desafiarlo, preguntándole qué pasaría si no cumplía con ese legado que tan caprichosamente le había sido asignado. Y el ser supremo le contestó con pasmosa tranquilidad que en verdad no podía obligarlo a nada, pero que en realidad él lo estaba ayudando dándole un objetivo, una razón de vivir, sin la cual sólo le quedaría ir pasando cada día hasta morir en la soledad más absoluta.
 
      -No tengo nada que perder aquí, ¿por qué no dedicarme a la nada misma hasta que me llegue la hora? -se jactó Robert ya convencido de que haría lo que se le plazca.
 
      -Siempre hay algo más para perder -le sentenció el demonio casi como si fuera un versículo de su propio evangelio. No hubo mucho más diálogo en aquel momento más que unas cuantas frases más de Robert, recalcando que “lo único bueno que he hecho en mi vida está a miles de kilómetros de aquí y ni Dios ni nadie le pondrán una mano encima”. Pasados unos minutos, el transmisor quedó mudo y nunca más brotaría sonido alguno. Esa tarde, el hombre recorrió la isla y si bien no se topó con ninguna serpiente, sí halló la casa que, tal lo había dicho el diablo, tenía muchas comodidades para sobrellevar su vida en aquel sitio salvaje.
 
      A pocos metros del refugio y cuando se disponía a inspeccionar los alrededores, Robert se tropezó con un manojo de huesos que evidentemente pertenecían a la mujer que había construido el paraje. Cargándose de un respeto y compromiso que pocas veces había desembolsado en su vida, cumplió al menos esa parte del pedido y, luego de cavar con mucho ímpetu un pozo, sepultó los restos de su antecesora en la parte oeste de la playa.
 
      Habiendo sufrido el accidente aéreo a la edad de cincuenta y cuatro años, Robert J. Harris dejó atrás las poco más de cinco décadas que lo habían cobijado en su San Francisco natal y comenzó una nueva vida. Atrás quedó su vertiginosa carrera como asesor de bolsa y luego banquero que le había dejado varios ceros en su cuenta pero pocos amigos en su haber a raíz de un inescrupuloso carácter que siempre lo llevaba a buscar el bien propio por sobre el ajeno. En la isla se topó con su lugar en el mundo, aprendió a pescar, a valerse de los más ingeniosos métodos para hacerse de su comida y pronto dejó de echar de menos al mundo civilizado.
 
      Unas pocas veces le pareció oír un sonido chirriante de algo que reptaba sobre hojas secas, y hasta alguna noche de luna llena creyó ver brillar un par de ojos fríos a pocos centímetros del suelo, pudiendo pertenecer a alguna de aquellas cobras filipinas que habitaban la isla según el demonio. Pero jamás se planteó cazarlas para acabar con su raza a pesar de que había adquirido la capacidad para hacerlo. Siempre pensó muy en su línea egoísta que sería problema del que viniera si se topaba con una gran cantidad de serpientes venenosas. Gastó los años en vivirlos a sus anchas, mejoró el refugio sólo lo suficiente y tampoco se preocupó mucho por mantener la limpieza y el orden de la porción que habitualmente ocupaba.
 
      Cuando alcanzó según sus cálculos una edad que pasaba la barrera de los setenta se dio cuenta que de a poco las fuerzas comenzaban a abandonarlo. No tardó mucho en pensar, teniendo en cuenta que reflexionar era una actividad a la que no le escapaba, que quizás alguna mañana de ellas no despertaría o que un golpe mientras pescara entre las filosas rocas del acantilado podría llegar a ocasionarle la muerte. Entonces improvisó una especie de lápida en la que sólo faltaría rellenar con su cuerpo y la fecha del deceso. De esto último probablemente nadie podría saberlo, pero sí ser sepultado por el futuro náufrago así como él había puesto bajo tierra el esqueleto de la antigua moradora. Puso su nombre, elaboró también una especie de testamento sobre unos papiros que colocó bajo una roca y agregó una foto personal que había guardado siempre en su billetera.
 
      Robert pereció a las edad de setenta y siete años. Una fría ventisca no se había apiadado de él mientras regresaba empapado de una excursión al sur en busca de dorados para la cena y, habiéndosele metido una gripe en su cuerpo ya debilitado, apenas pudo sobrevivir unas semanas hasta que cerró sus ojos para siempre en la parte más alta de la isla, lugar al que casi se había arrastrado porque era el sitio que le parecía más indicado para morir. Falleció allí arriba, como a él le gustaba, teniéndolo todo a sus pies.
 
      No más de unos dos años después de la última exhalación de Robert, alguien nuevo llegó a la isla. Se trataba de Steve, un talentoso científico que antes del accidente que lo devino en único sobreviviente estaba volando de Nueva Orleáns a Londres para dar una conferencia sobre energías alternativas. Tenía apenas treinta y ocho años, dos hijos y un gran futuro en su carrera que se estrelló bruscamente como el 745 que había quedado en el fondo del Atlántico. Al igual que casi todos los que misteriosamente llegaban a la orilla de la playa, Steve pasó la primera noche a la intemperie y sólo al día siguiente se le dio por inspeccionar su nuevo paradero. Nunca encontró ninguna radio ni nadie se comunicó con él de alguna extraña forma.
 
      Entonces, al correr una rama que se interponía en su camino algo le saltó y en un segundo fatal sintió un pinchazo que comenzó a nublarle la vista. Mareado y adormecido, el hombre quedó en el suelo y desde esa posición alcanzó a divisar la cola de una víbora que serpenteaba entre hojas alejándose de la escena del futuro crimen. A Steve paradójicamente no le quedó otra que empezar a arrastrarse luego de haber recibido el estiletazo de la serpiente. Y en ese estado estaba cuando, a pocos metros, divisó una piedra desde cuyo extremo flameaba una hoja con una leyenda que no alcanzaba a leer porque su visión perdía precisión a una velocidad que lo atemorizaba.
 
      Quedó casi desplomado, sin poder mover casi ningún músculo a medida que iba sintiendo que aún estático volaba de fiebre. Con las escasas energías que le brotaban a cuentagotas, Steve intentó llegar con su mano al papiro que despuntaba de la roca y sacó fuerzas de donde no tenía para lograr arrancarlo. Se lo puso a escasos centímetros del rostro y se disponía a dilucidar lo que estaba escrito en el mismo cuando se levantó una brisa feroz. Tan sorpresivo fue el soplido del viento que el herido no tuvo reflejos para evitar que se le volara el objeto que tenía en sus manos. Iba a morir sin haber podido leer el testamento que Robert J. Harris había dejado de puño y letra.
 
      En ese documento, el autor dejaba constancia que le legaría toda su fortuna a la única persona que había valorado en su vida, su hijo mayor. Éste era aquel que agonizaba en la misma isla, envenenado por una serpiente que su propio padre nunca se había decidido a matar por pereza, egoísmo o lo que fuera, decisión que, atroz y macabramente, terminó cavándole su tumba.
 
 

domingo, 28 de junio de 2009

No te excedas con las copas


por Javier Debarnot

      Recibir un amigo que viene desde el otro lado del charco es siempre un motivo de inmensa alegría. Los primeros minutos son un torbellino de anécdotas de allí y de acá, frases desordenadas y risa fácil celebrando el reencuentro. Ayer, una vez agotada la emoción de habernos visto con Nacho, de repente él se acordó de que tenía algo para darme.

      -No sabés, Javi, me encontré con Alejo y mirá lo que te manda – me soltó mientras me pasaba un pequeño bulto extraído de un bolsillo lateral de su mochila. Sonreí pensando en aquel viejo amigo de la facultad e imaginé que me estaba obsequiando ese trofeo que habíamos ganado juntos en un concurso de creatividad. Pero cuando tuve el paquete entre mis dedos, lo sopesé y reaccioné. Primero: era demasiado pesado como para tratarse de una diminuta copa de metal; segundo: Nacho no tenía ninguna relación con mis compañeros de la carrera de Publicidad; y tercero y garrafal: ahí caí que yo conocía a otro Alejo que era quien me estaba retornando algo mío. Juro que se me heló la sangre cuando supe que ese objeto volvía a mis manos, después de trece años y habiendo cruzado todo un océano.

      Corría 1996 cuando los sábados por la noche empezaron a volvérsenos monótonos, a Nacho, Gastón, Emilio, Marcelo y a mí. Los viernes salíamos a bailar y para evitar repetir el mismo programa al día siguiente nos vimos en la necesidad de buscar otras alternativas de ocio. Entonces se volvieron furor las partidas de tute cabrero por unos pocos billetes, pero para no acabar saturados también de los naipes, fuimos por una tercera opción. Ni nos imaginábamos lo mal que iba a salirnos, de lo contrario hubiéramos elegido seguir emborrachándonos cada sábado para ir al boliche de siempre. Pero nadie tiene el domingo el diario del lunes, claro.

      Nacho y Gastón conocían de la facultad de económicas a un tal Alejo, que por supuesto cayó bien en el resto del grupo. Era un tipo extremadamente tímido pero agradable, siempre portando una sonrisa y charlas interesantes. Fue en una de éstas cuando nos enteramos que practicaba seguido “el juego de la copa”. Nosotros cinco lo habíamos intentado un puñado de veces en el pasado, siempre con el fracaso total como resultado. Preparábamos todo, pegábamos las letras a una mesa e incluso llegamos a encender alguna vela para aportarle misticismo a la cosa, pero nunca pasaba ni fu ni fa. La copa ni se mosqueaba y nuestras risas primero y resignación después iban entrando a escena hasta desvanecer el clima por completo.

      Parecía ser que Alejo se tomaba la cuestión bastante en serio y, una vez salido el tema, se ofreció para acompañarnos en un enésimo intento de mover la copa. Estábamos en casa de Nacho cuando ocurrió el milagro: se movía, claramente se deslizaba hacia cada letra y encima formando palabras lógicas en idioma castellano. Como se supone que para que funcione no puede haber más de cuatro o cinco dedos sobre la base de la copa, al principio quedamos un par afuera, sólo mirando. Y creíamos que el resto la movilizaba adrede para asustar a los que rodeaban la mesa en actitud meramente pasiva. La paranoia se hizo trizas enseguida, porque cada uno de los cinco se fue incorporando al juego y todos sentimos, por primera vez, que algo estaba pasando.

      Repetimos el rito varias veces, siempre con Alejo como maestro de ceremonias. Y nunca más la copa quedaría estancada en el centro. Sentimos que fue como cuando de niños aprendíamos a andar en bicicleta, que una vez logrado el éxito no hay vuelta atrás y es un conocimiento que queda para toda la vida. Así fue con este juego que para muchos era impracticable, por imposibilidad de que les funcione o por temor a las consecuencias. Nosotros en ningún momento nos pusimos a pensar en eso. Yo personalmente no me lo tomé muy en serio, sino apenas como un juego en el que había que respetar las reglas: preguntar siempre quién era el espíritu invocado, indagar con respeto sin inmiscuirse en cuestiones escabrosas y, sobretodo, nunca jamás abandonar el juego sin despedirse. Ese era el abecé que Alejo nos dejó como legado y siempre, casi siempre, intentábamos seguir al pie de la copa.

      La noche que lo hicimos sin la presencia del “maestro” nos sirvió para desterrar las sospechas de que sólo funcionaba porque estaba él. Comprobamos que aún sin Alejo, nosotros nos movíamos a las anchas del juego con idénticos y efectivos resultados, la misma fluidez en el desplazamiento de la copa y la exactitud en cada respuesta. Es importante aclarar que siempre nos mantuvimos en una misma línea de preguntas no demasiado comprometidas. En todos existía el temor a querer saber, por ejemplo, cuánto le quedaba de vida a tal o cual o algo trascendental por el estilo. Éramos felices preguntando quién iba a salir campeón del torneo Clausura. Y llegábamos a la conclusión de que el invocado no entendía nada de fútbol cuando nos hacía escribir Banfield.

      Esa misma noche también hubo un hecho fundamental desembocado por la ausencia de Alejo. Él era quien siempre nos proveía del elemento clave, y al no estar, yo mismo aporté una nueva copa. La birlé del mueble donde mis padres guardaban las bebidas alcohólicas, y se trataba de un pequeño vaso de vidrio macizo de no más de diez centímetros de altura, con líneas verticales que le daban una textura desde la base hasta la abertura. ¿Cuál fue su rendimiento en la mesa? Óptimo al punto de quedar a partir de esa velada como la copa oficial hasta la madrugada fatídica.

      Pasaron varios meses a pleno apogeo en el arte de invocar almas ajenas. Insisto en que no creo del todo en eso, creo en Dios y soy conciente de que existe algo más allá de la muerte, pero no me cabe que aquellos espíritus errantes gasten su tiempo participando de un juego de adolescentes aburridos, porque deben tener menesteres mucho más importantes. Ese era mi pensamiento y me obligaba a buscar otra explicación por la cual se movía la copa, hasta que la hallé en apenas cinco palabras: el poder de la mente. Yo y varios más de los chicos creíamos que inconcientemente empujábamos la copa, que existía una cierta telepatía en nuestros cerebros que motivaba que todos actuáramos de forma similar yendo hasta la letra que pedía la lógica de ese momento. Para corroborar la teoría, una noche decidimos hacerlo con los ojos cerrados, es decir, no ver el abecedario que rodeaba en forma aleatoria la copa. Se puede decir que cobró más fuerza que nunca el enunciado del poder de la mente, porque ante la pregunta de “a qué te dedicabas” formulada sin que podamos ver las letras -salvo Marcelo que tenía que comprobar la respuesta-, la copa contestó “srdjan”, que no resultaba ninguna palabra lógica a no ser que estuviera hablando en serbio o algo por el estilo.

      Igualmente, aún convencidos de que el movimiento del vaso de mis padres se producía por una acción provocada inconcientemente por nosotros, se nos fue haciendo un vicio incurable. Y tan amos del juego nos sentíamos que llegó incluso el momento en que podíamos descartar casi todos los elementos manteniendo la misma efectividad. No necesitábamos noche, ni mesa, ni letras, ni estar sentados sin las piernas cruzadas. No requeríamos ni siquiera de la copa. Usábamos un simple encendedor como reemplazo, poníamos nuestros dedos sobre él y especificábamos que el cenicero era el “sí” y el paquete de cigarrillos el “no”, más que nada Gastón y yo. En el lugar que fuera, usando como base el apoyabrazos de un sofá, preguntábamos cosas simples para que decidiera el espíritu con respuestas afirmativas o negativas. Es verdad que siempre existió la sospecha de que uno de los dos movía descaradamente el objeto. Aprovecho por si él está leyendo esto para aclararle que yo nunca lo hice, y deseo que no haya sido él el desubicado embaucador. Recuerdo un episodio crucial una tarde en lo de Nacho, cuando seguíamos por televisión unas elecciones en las que la actriz Pinky era candidata a intendente por el partido de La Matanza.

      -¿Pinky va a quedar elegida?- preguntamos con Gastón con nuestros índices sobre un pequeño mechero verde. La símil copa se movió hasta una caja de Camel y eso significaba que no. Minutos después Nacho hizo zapping y nos encontramos con la actriz brindando una conferencia de prensa en la que festejaba su victoria. Nos miramos desilusionados restándole credibilidad a nuestro bendito juego, pero increíblemente, media hora más tarde se dieron vuelta los resultados proclamando la definitiva derrota de Pinky en lo que sería uno de los papelones más grandes de los actos eleccionarios en Argentina. Gastón y yo lo festejamos y nos quedamos tranquilos, concientes de que por esa época la copa no nos fallaba casi nunca.

      Estábamos demasiado confiados y relajados con el juego, olvidando quizás aquel respeto inicial. Hubo un toque de atención una noche en casa de mis padres, cuando en pleno desarrollo tradicional, con la clásica copa, letras y cierta solemnidad, la luz se cortó de golpe justo en una pregunta comprometida. La novia de Emilio estaba junto a una ventana desde donde veía una soga vacía de las que se utilizan para tender ropa, sólo con una decena de broches enganchados. Ella jura que, de estar estos últimos absolutamente quietos, comenzaron a girar sobre sí mismos justo cuando se apagó todo. El chillido de los elementos de madera dando vueltas por la soga era notorio, debo reconocerlo, y más al ser concientes de que era una noche de verano sin que corriera una mínima gota de viento. Nos fuimos de casa buscando evadirnos del extraño acontecimiento. La principal afectada era de por sí de pocas palabras, aunque esa noche directamente perdió el habla por unas cuantas horas.

      El sábado de la desgracia casualmente fue la de la vuelta de Alejo al juego. Al día siguiente viajaba a Estados Unidos por varios meses y quería despedirse de nosotros. No había excusa mejor que hacer un último juego de la copa, pero como Dios manda y no como nosotros algunas veces lo habíamos desdibujado con encendedores y ceniceros. La cita era en casa de Emilio, que vivía con sus papás y con su hermana melliza Rocío. En aquella época ninguno de los de nuestro entorno podía resistir la tentación de vivir aquella sobrenatural experiencia y Rocío no iba a ser la excepción. El problema es que, además de ser una chica inocente y diáfana, era demasiado temerosa, no tanto como para no animarse a jugar, pero asustadiza al fin. Y parece ser que la copa capta el miedo, lo huele, y aparentemente no le gusta.

      Ya cuando invocamos al espíritu algo iba descarriado y nos dimos cuenta al preguntarle si era bueno o malo. Por primera vez en meses, nuestro visitante reconocía no ser un alma noble ni bondadosa, y aunque su respuesta nos encendió una alarma, seguimos. Estando Alejo en la mesa, era él quien llevaba la voz cantante y su seriedad y respeto eran tales que nunca se salteaba un paso. Lo siguiente era indagar para ver si el convocado conocía a alguno de los presentes. Todos temimos lo peor y parece que –repito- la copa olfatea el miedo.

      Una a una se fueron sucediendo las letras hasta formar la palabra “Rocío”. Yo la miraba de reojo porque estaba justo a mi lado y me preocupó su semblante cuando le brotó una lágrima que empezó a bajar por su mejilla. Supe que no iba a resistir por mucho tiempo pero el show debía continuar.

      -¿Querés dejarle algún mensaje a Rocío? – pronunció alto y claro Alejo. Lo que ocurrió después bien pudo haber sido el remate de una broma de mal gusto hacia la hermana de Emilio, pero perjuramos que no lo fue. Nuestros dedos temblorosos, incluido el de Rocío, fueron llevando compulsivamente la copa hasta la “m”, la “u”, la “e”, y como para que quedara bien claro, con idéntica velocidad y energía repetimos la palabra muerte un par de veces más. La verdad es que no podíamos detenernos y nos dejábamos llevar hasta que sucedió lo inevitable. Rocío quitó su índice apartando también los del resto, tomó la copa y, al grito desesperado de “¡basta!”, sin pensarlo la arrojó por un ventanal abierto a escasos metros de la mesa. Se hizo un silencio nervioso de dos segundos que parecieron siglos hasta que Alejo lo rompió.

      -¿Qué hacés, boluda?- le repetía con un rostro desencajado y desconocido para todos nosotros, porque su expresión hasta aquel instante siempre emanaba tranquilidad y paz. Evidentemente, lo que había hecho Rocío significaba para Alejo el peor de los pecados. No pasó menos de un minuto para que el maestro de ceremonias recogiera su abrigo y se marchara entre continuos alaridos. Ni se despidió de nosotros de lo turbado que estaba, aún sabiendo que pasaría mucho tiempo para volver a vernos porque su avión salía en pocas horas. Todos nos quedamos helados pero enseguida decidimos consolar a Rocío y cuestionarnos el insólito accionar de Alejo. Sólo después alguien, creo que Marcelo, atinó a asomarse por la ventana intentando seguir el rastro imaginario que había dejado la copa. No cabían dudas de que su aterrizaje había sido en un terreno perteneciente a una casa aledaña en construcción.

      Pocas veces volvimos a hablar de esa noche pero quedaron secuelas. Por fortuna, nada le sucedió a Rocío más allá de algunas aisladas pesadillas. Mis padres nunca se preguntaron por la copa que faltaba en su bar, pero yo sí me encargué varias veces de curiosear sobre el chalet que levantaron junto al departamento de Emilio. No puedo negar que a pesar de mi escepticismo por la verdadera seriedad del juego que practicábamos, saber que el instrumento para hacerlo había caído en ese sitio me perturbaba. Temía enterarme de que ocurriera alguna desgracia, porque nadie me hubiera quitado la culpa, a mí y a todos los que habíamos decidido experimentar con fuego. Gracias a Dios, a través de porteros y vecinos de la zona nunca llegaron a mis oídos malas noticias de esa casa. Al menos así fue durante los años en los que esporádicamente me ocupaba del tema hasta que lo olvidé por completo.

      A Alejo no lo volvimos a ver en años. Había partido a Norteamérica la misma mañana del incidente y, no siendo época de teléfonos móviles ni correos electrónicos, perdimos todo tipo de contacto hasta que Nacho, una semana antes de emprender el viaje que hoy lo había traído hasta Barcelona, se lo topó de casualidad en un recital de rock. Estando en 2009, sí pudieron intercambiar sus números de celular, quedaron en encontrarse otro día y fue entonces cuando Alejo le dio a Nacho la copa que ahora regresaba a mí. Cuando la desenvolví, además de las evidencias del paso del tiempo, hallé en ella una ostensible rajadura que, intuí, pudo haberse ocasionado con la caída. Me pregunté en voz alta cuándo había sido que Alejo la había recuperado, y la respuesta de Nacho iba a atarme varios cabos sueltos.

      -Fue a buscarla la misma noche que Rocío la tiró. Trepó por una empalizada y la encontró entre unos pastizales. No podía permitirse que quedara librada a la suerte, más que nada porque era un ser maligno el que había sido invocado. Esa fue la explicación que me dio. Está loco, ¿no?

-Bueno, entonces no pasó nada en la casa de al lado porque la copa sólo estuvo minutos ahí –agregué rememorando mi preocupación en aquellos años- ¿Y qué fue de la vida de Alejo todo este tiempo?

      No debí haber preguntado eso, porque hubiera preferido no saber de la innumerable cantidad de desgracias que sufrió a partir de esa noche. Supe que su viaje de estudios fue un verdadero martirio, que nunca se adaptó a California y que reprobó el Master con las peores notas, aunque había sido mucho peor lo que le ocurrió a su familia al haber sido atracada en su casa de fin de semana en Pilar. Años después de la frustrada excursión de estudios, el chico volvió a Argentina, se puso de novio y su enamorada fue atropellada por un taxista borracho quedando postrada en una cama de hospital por nueve meses. Como si no bastara, en 2001 Alejo fue una víctima más del Corralito y al no poder retirar la suficiente cantidad de dólares una deuda lo obligó a cerrar su negocio de imprenta. Con lo poco que había rescatado, invirtió en letras junto a un socio que acabó estafándolo, y su último estigma fue en octubre de 2007 cuando recibió una bala de goma que le rozó un pulmón, durante una marcha inicialmente pacífica contra la inseguridad que acabó en una refriega entre activistas de izquierda y policías con él en el medio, por supuesto.

      Mientras escribo, levanto la vista del teclado y veo la copa posada a la derecha de la mesa. No sé si Alejo me la mandó de vuelta como para decirme “ya sufrí demasiado, ahora te toca a vos” o él cree que sencillamente tiene que regresar a su dueño original. Detrás de mí hay otra ventana abierta, admito que evalúo la posibilidad de darle un nuevo vuelo furtivo, pero temo que me la encuentre otra vez quién sabe cuándo y en qué manos. En este momento sigue aquí y ya se me ocurrirá qué destino darle. O no.

      Por las dudas, les pido a mis lectores que se fijen de vez en cuando si escribí algún nuevo cuento. Si pasa más tiempo del habitual y continúa estando este testimonio como mi obra final, les ruego averigüen con las personas más cercanas a mí por mi paradero, o por mi salud, o por mi vida. Y si me ha sucedido algo extraño, pueden servirse de estas líneas para intentar explicar lo inexplicable.


martes, 2 de junio de 2009

La conquista

por Javier Debarnot

      Lunes. Para Juan era un día cualquiera, uno más de esos que se acumulaban intrascendentemente en su vida. Se sentó en el banco de siempre a la hora de siempre, y oteó el recipiente en el que llevaba sus sándwiches. Sacó uno y empezó a comer casi de compromiso, sumido en un vacío que lo llenaba por completo, hasta que levantó la vista y miró más allá de las rebanadas de pan que sostenían sus manos. En ese instante mágico la vio a ella.
 
      Dos asientos en diagonal hacia la izquierda del banco en el que Juan pasaba cada mediodía, aterrizó una mujer que imantaba miradas. Tenía cabellos largos y rizados, tez blanca y penetrantes ojos marrones que etiquetaban un cuerpo que sugería armonía y sensualidad en cada curva. Vestía sencillo, con blusa negra y falda gris oscura, y leía un libro que Juan intuyó desde lejos que sería de Paulo Coelho por el diseño de la portada. Desde ese momento, el joven de los abúlicos almuerzos en el parque se sintió atraído por ella. No es que se enamoró perdidamente, pero la chica le gustó mucho. ¿Pero igual haría algo al respecto?
 
      Juan era tímido a ultranzas. Temeroso de por sí a hacerse notar por la vida, tenía dificultad para relacionarse e interactuar hasta con sus compañeros de oficina, y ni hablar de las mujeres. O más bien, ni hablar con las mujeres. La sola presencia de una dama que lo cautivaba le producía efectos adversos más marcados que cualquier medicamento: leve a moderado tartamudeo, temblores en las manos, aumento brusco de palpitaciones y otras complicaciones más. Tenía veintiocho abriles y las chicas con las que había estado se podían contar con los dedos de una mano, y aún así sobraban cuatro.
 
      Esos veinte minutos del encuentro inicial, a Juan se le pasaron como nada. No dejó de observarla hasta que se dio cuenta que era hora de volver a su trabajo. Se levantó raudo y apuró los últimos mordiscos a su almuerzo, dedicándole una última mirada a la chica cuando pasó a su lado. Desapareció de la plaza con la ilusión de volver a verla.
 
      Martes. A la misma hora y en el mismo lugar, el destino le hizo un guiñó a Juan y le devolvió a su princesa. Otra vez llegó para sentarse muy cerca del chico, con el libro del día anterior pero con una expresión más relajada. Con su belleza intacta, leía unas líneas y distraía su vista en el verde y celeste de los alrededores del parque. Entonces, en uno de esos recorridos, sus ojos profundos se cruzaron con los tímidos de Juan que, ruborizado y tenso, bajó su vista refugiándose una vez más en su porción de tarta. Y no hubo más en ese mediodía soleado de octubre.
 
      Miércoles. Siendo la una menos veinte, la chica llegó y se sentó al igual que el resto de la semana, aunque aquella vez, según el obsesivo reloj de Juan, había aparecido con un retraso de quince minutos. Eso significaba que el joven tenía menos tiempo para hacer algo, para intentar la heroica misión de dirigirse a la mujer que a esa altura ya lo inquietaba con creces. Pensó, caviló, repensó y se desdijo en sus vagas ideas sobre cómo abordarla. Hasta que llegó a una cobarde conclusión final, al día siguiente le diría algo. Cuando la doncella se alejaba, a Juan le resonó como un martirio la frase de un profesor de su facultad: mañana es el adverbio de los vencidos. Para él, mañana era como la manta que lo arropaba en la fría noche del día a día. Esa madrugada soñaría mil veces con sus acciones y las posibles reacciones de ella. Lamentablemente, en pocas de esas fantasías encontraba un final feliz.
 
      Jueves. Era el día señalado, con un Juan que estaba tan nervioso que se le cerró el estómago, y por eso ni abrió la viandera que rellenaba su mochila azul. La observó llegar, con la falda del lunes pero con una blusa blanca abotonada sólo hasta la mitad que dejaba apreciar un sugerente escote. La vista del tímido se zambulló ahí mismo, aunque el salto desde la altura lo colmó de vértigo hasta agobiarlo. Fue inevitable que su tensión no parara de aumentar, no obstante el chico se puso de pié y comenzó a caminar en dirección a ella. Sudaba. Se deshacía por dentro. Pero fue.
 
      Iba repasando la oración, la simple oración con la que le hablaría una vez que la tuviera enfrente. Tenía presentes las probables respuestas de ella y hacia donde podría llevar la charla según conviniera. Faltaban ocho, siete, seis pasos, y Juan avanzaba. Quedaban tres metros, sopló una leve brisa y la chica levantó su rostro percibiendo que alguien se le acercaba. Poco a poco, como en cámara lenta, giró su cara en torno a Juan hasta tener contacto visual pleno. Y en ese instante todo tembló.
 
      Primero se estremeció el corazón del joven, pero pasadas unas milésimas de segundo vibró el celular que atesoraba en su bolsillo. Eso ocurrió cuando incluso ya había abierto la boca para despedir el primer vocablo y la chica estaba expectante, a la espera de un diálogo que nunca iba a existir. Imposible negar que para Juan fue un alivio atroz haber abortado de golpe la misión. Siguió de largo como si no hubiera pasado nada al tiempo que atendió su teléfono móvil. Era un llamado insípido de un compañero de la oficina que no duró más de un minuto, que resultó ser la perfecta excusa para aplazar una vez más el acercamiento. Engañándose a sí mismo, el chico volvió a su trabajo ese día creyendo que si no hubiese sido por ese llamado, hubiera pasado algo. Mientras se alejaba del parque, aún ya a cincuenta metros sus piernas temblaban por la emoción de la frustrada conquista.
 
      Viernes. Había llegado para Juan la última chance, porque la noche anterior se le había metido en la cabeza que era ese día o nunca. No tenía ningún plan, con toda lógica, ya que al fin y al cabo nada le había funcionado hasta entonces. Sería lo que Dios quiera, y en eso estaba, justamente mirando algunas nubes que se amontonaban en el cielo, cuando llegó ella, a las dos y veintidós exactas. Algo cambió con respecto al resto de la semana, porque se sentó y enseguida se vio que su semblante era diferente. Estaba apagada, con una tristeza que invadía su rostro, pero no de melancolía, sino de congoja en estado puro. Juan la seguía de reojo y se desencajó al notarla tan turbada justo cuando era su ansiada oportunidad. Mucho más se sorprendió al divisar cómo de golpe la chica rompió en un llanto desesperado.
 
      Una vez más, a pesar de los grises nubarrones, a Juan se le abrió el panorama. Supo que no había nada mejor que una dama sollozando, porque era una clara razón para acercarse a ella con la excusa de consolarla sin que pareciera algo forzado. Por una vez en su vida tuvo decisión y aplomo, y en un santiamén ya había invadido el terreno de la chica que seguía sumida en sus lamentos. Se sentó a su lado sin pedir permiso y arremetió con calma, toda aquella que se le había esfumado el día anterior cuando se había propuesto hablarle. Ese viernes sus palabras finalmente salieron sin pedir permiso.
 
      -Disculpame, ¿estás bien? ¿Te puedo ayudar en algo?
 
      -Eh... –se sorprendió al verlo de repente sentado a su lado- No, ¡hola! –sacó un pañuelo y se limpió el rostro secándose una lágrima que le había corrido apenas el maquillaje bajo su ojo izquierdo – Perdón, no quería hacer ningún escándalo.
 
      -No, ¿qué escándalo? De verdad, sé que quizás me estoy metiendo donde no me corresponde, ¿pero te pasó algo grave?
 
      -No tiene importancia, pero gracias por preguntar –la mujer parecía realmente haberse tranquilizado ante la presencia de Juan–. Veo que venís seguido por acá, si no me equivoco estabas ayer y también algún otro día de la semana. Te tengo visto... –le sonrió y pareció sonrojarse, y el joven sintió que de a poco se iba suscitando el momento mágico con el que siempre había fantaseado. Su doncella le retribuía toda su atención, reconocía haberse percatado de su presencia e incluso le hablaba con cierta cadencia en varias frases. Lo iba enamorando de cero a cien en un rato, haciéndolo sentir el hombre más feliz del mundo.
 
      -Y pensar que no me animaba a hablarte, si hubiera sabido que eras tan sencilla...
 
      La joven posó dulcemente su dedo índice en los labios de Juan, interrumpiendo su hablar, gesto que al chico lo derritió casi literalmente por dentro. Acto seguido, le sugirió intercambiar teléfonos para quedar alguna tarde a la salida de sus trabajos. Juan le dio su número y guardó el de ella en la memoria de su celular. Viendo que eran casi las tres, tuvo que empezar el triste trámite de la despedida.
 
      -Bueno, Paula, increíble haberte conocido, lástima que haya sido en un momento difícil –Juan volvió atrás en el tiempo recordando lo que le había dado pie a todo–. A propósito, de verdad, ¿por qué llorabas?
 
      -Cómo resumirte... -pensó Paula en voz alta- Me robaron, justo antes de venir al parque me había subido al subte, y evidentemente alguien metió mano en mi bolso sin que me diera cuenta. Se llevaron cuatrocientos pesos que necesitaba para un trámite. Muy tonta de mí. Pero qué le voy a hacer, si mi jefe me echa, algo nuevo surgirá...
 
      Envalentonado por el momento, y con el agravante de que había cobrado su sueldo aquella mañana y llevaba todo el dinero en su bolsillo, Juan se ofreció a darle los cuatrocientos pesos para que Paula evitara tener un disgusto en su trabajo, permitiendo que se los devolviera el lunes. La chica primero se negó pero terminó aceptando, se mostró agradecida y lo despidió con un húmedo beso que le dejó la marca del pintalabios. Habían quedado en verse la semana siguiente. Juan se fue complacido y orgulloso como nunca y el fin de semana se le pasó con la lentitud de un año, aunque por suerte acabó.
 
      Lunes otra vez. Juan esperaba en la plaza, esta vez en el banco donde siempre se reposaba Paula. Pasó más de media hora y nadie apareció. Entonces marcó el número que tenía en la memoria de su móvil y se sorprendió al ver que no pertenecía a ningún abonado en servicio. En otro parque bastante lejano estaba Paula. Llegó caminando parsimoniosamente buscando algo, hasta que lo encontró y tomó asiento cerca de su nuevo hallazgo. Con la malicia que sólo atesora un ser humano, sonrió pensando que la ciudad estaba llena de Juanes, y sólo era cuestión de esperarlos y hacerlos sentir especiales para dejarlos luego más desgraciados que nunca.
 
 

jueves, 30 de abril de 2009

Perdido en el Amazonas

por Javier Debarnot

      El último año de mi libertad viví la experiencia única de conocer el Amazonas. El broche de oro fue recorrer el brazo principal del mítico río desde Tabatinga hasta Manaos, en un barco de carga y pasajeros. Brasileños de la zona, algunos turistas europeos y de otros países de América fueron mis compañeros de expedición. Lorenzo, un científico francés, sería quien iba a marcar el rumbo, no del viaje sino de mi destino.
 
      El Voyager III era casi como el Titanic, excepto que no tenía ni sus dimensiones, ni sus chimeneas, ni su velocidad ni su lujo. Tampoco era su viaje inaugural. Pero yo, en cubierta y parado en la proa, me sentía como el rey del mundo, sobretodo al ver a lo lejos algún delfín rosa contorneando entre olas calmas, y no es que lo divisaba por estar bajo efectos de alguna droga amazónica, sino porque verdaderamente existía, siendo uno de los mamíferos más típicos y pintorescos de la región.
 
      El primer día de los tres que duraría la travesía, estaba sentado leyendo cuando se acercó Lorenzo, preguntándome si era interesante el libro que acaparaba mi atención. Le dije que se trataba de una novela de Vargas Llosa, “La fiesta del chivo”, pero mientras le relataba lo esencial del argumento me di cuenta que sólo era la excusa para entablar conversación. Y allí estábamos. Me contó que era un bioquímico en París, vivía sólo con un perro que había dejado al cuidado de una amiga y hacía tres meses que estaba recorriendo América del sur.
 
      Gracias al perfecto español de Lorenzo tuvimos casi dos horas de fluida conversación, que me sirvieron para descubrirlo como una persona muy agradable pero extremadamente melancólica. A pesar de su enorme capacidad profesional, equilibrado sentido común y envidiable posición económica, al francés se lo percibía triste y turbado, como cargando sobre sus espaldas una enorme carga que lo atormentaba. Quizás, el único camino para aliviar ese peso había sido el que me reveló en una escalofriante frase, que por supuesto jamás nadie me había dicho a la cara.
 
      -Pienso quitarme la vida muy pronto- hizo una pausa de esas que estremecen – aquí, en este mismo barco –remató mientras a mí me retumbaba todo. Me confesó que ya no soportaba ser invisible, que nadie le reconociera nada, que de sólo imaginar el resto de su vida igual a los años que llevaba en el ruedo estaba más convencido que nunca de ponerse el punto final. Lo extraño es que le cambiaba el semblante cuando fantaseaba con las repercusiones de su trágica decisión. “Estaré en las noticias, y al menos por un día el mundo sabrá de mi existencia”, se ilusionaba.
 
      -No sabrá de tu existencia –me hice el listo –sabrá del fin de ella, pero además, no creo que sea noticia una persona que se suicida. De verdad, Lorenzo, no sabría qué razones darte ahora para seguir viviendo, pero te pido que no te mates. Si tu ilusión es que te vean en los diarios, estoy casi seguro de que tu muerte no le importará a casi nadie.
 
      Las personas son casi siempre políticamente correctas cuando se relacionan con alguien que acaban de conocer. Por eso me sorprendí al haber actuado de la forma en que lo hice con Lorenzo, siendo honesto al punto de echarle por tierra algo que con seguridad llevaba pensando hacía varios días. Cuando lo noté más calmado, me despedí y bajé al piso donde estaba mi hamaca paraguaya, junto con otras decenas de ellas pegadas unas a otras donde descansábamos los pasajeros. Intenté concentrarme para proseguir con mi lectura pero me resultaba imposible evadir de mi mente la imagen de Lorenzo y sus desesperadas ansias suicidas.
 
      A pesar de que seguía siendo de día, la cena a bordo se servía temprano. Fui hasta una ventana que daba a la cocina, tomé una bandeja de metal oxidado y me puse detrás de dos brasileños que esperaban su turno para recibir sus raciones. Una mujer a la que le sobraban kilos y le escaseaba delicadeza me dio el menú del día, martillando su cuchara un par de veces contra mi plato mientras descargaba un guiso humeante.
 
      Al tiempo que me ubicaba en la punta de la única mesa que había, pensaba paradójicamente que esa comida, ese comedor y esas cocineras no estarían nada desubicados en una prisión, sin saber que aquella sería mi última cena afuera. Los dos brasileños junto con un tercero que se les sumó, masticaban a mi alrededor y en un inteligible portugués soltaban vocablos y carcajeaban entre mordiscos. Que de vez en cuando se referían y se reían de mí en forma flagrante no quedaban dudas, pero tampoco me importaba. Terminé ese nauseabundo plato y me fui sin más.
 
      Ya con el estómago algo entretenido, volví a subir a la cubierta exterior para tomar una cerveza que vendían en el bar por escasos reales. Antes de acabarla aparecieron los simpáticos muchachos que me habían acompañado en la cena, pero por suerte se acomodaron lejos de mí, en unas sillas de frente a un televisor. Era surrealista ver a la luz de la luna a estos mastodontes, rudos, agresivos y viriles, entonando melosas y estridentes canciones de moda en un juego de karaoke.
 
      Me entretuvieron un largo rato hasta que asomó Lorenzo de su camarote invitándome a pasar, y yo sentí curiosidad por conocer la supuesta primera clase del barco. Era una habitación sencilla que el francés mantenía impoluta, con su cama hecha y todas las prendas bien guardadas. Mientras me enseñaba fotos de sus últimos viajes, movió un álbum y dejó al descubierto un objeto peligrosamente particular.
 
      -Si te encuentran con un arma a bordo vas a tener problemas- le dije eclipsado al ver un revólver en su armario- ¿puedo verlo?
 
      Lorenzo no opuso resistencia alguna para que yo, en pocos segundos, tuviera un clásico calibre 38 en mis manos. Le abrí cuidadosamente el tambor y comprobé que tenía un par de balas, recordando que la última vez que había tocado un arma había sido de adolescente, cuando descubrí que mi padre tenía una bien escondida en el placard de su habitación. Pero aquella no estaba cargada y ésta sí, y su dueño me había confesado un plan mortal tan sólo unas horas atrás.
 
      -¿No pensarás usarla de verdad, no?
 
      Se sonrío y me tranquilizó diciendo que había recapacitado, aunque a decir verdad, más que parecer que se le habían ido las ganas de acabar con su vida, daba la sensación de que simplemente había comprendido que su suicidio no iba a resultar trascendente, y por esa única razón no se animaría a hacerlo. Salimos otra vez a cubierta y fuimos por más cerveza, y después de la cuarta lata por cabeza, subía el tono y la efusividad de esa increíble charla bajo la noche estrellada del Amazonas.
 
      Entonces Lorenzo, rompiendo por completo el hilo de lo que veníamos hablando, me pidió si le podía enseñar a bailar tango. Primero le puntualicé que el hecho de que yo fuera argentino no garantizaba mi conocimiento del baile, pero además le dejé en claro que por más que supiera hacerlo, me parecía desubicado darle una clase personal. Su inesperada solicitud me confirmó lo que venía sospechando casi desde el momento en que lo conocí: que el francés tenía una marcada tendencia homosexual. Como seguía insistiendo con su absurdo pedido sin intención de entrar en razones, realmente perdí los estribos, lo insulté, le remarqué que sólo me gustaban las mujeres y que no se atreviera a tocarme, porque ahí mismo lo mandaba al agua a nadar con los delfines rosas.
 
      A tal punto se acaloró la discusión y subió el volumen de nuestras voces, que los cuatro brasileños que todavía seguían con el karaoke interrumpieron una balada de Chayanne para pedirnos calma. Y yo la corté automáticamente después del “calma, hombre” de un grandote con una camiseta del San Pablo, arrojé las latas vacías en un cesto de residuos y bajé obviando por completo el accionar de Lorenzo, quien también abandonó la cubierta para meterse en su camarote. Era casi medianoche.
 
      Me intenté dormir indignado por la confianza que le había dado al francés recibiendo un pésimo pago de su parte. Intentaba justificar su actitud por una posible borrachera, pero también recordaba que había sido yo el que había bebido mucho más que él. Finalmente, en plenas tribulaciones el sueño me venció y se me cerraron los ojos hasta las tres y pico de la mañana.
 
      Con una leve resaca me levanté de la hamaca mientras casi todos dormían. Unas intensas ganas de evacuar me llevaron como un sonámbulo a la planta de arriba. Camino al baño, pasé por la puerta del camarote de Lorenzo y tuve la lucidez para pegar la oreja a ver si oía algo raro. Ya sentado en el inodoro, me sobresaltó una tremenda bocina que rompió el silencio de la noche, proveniente de un barco de prefectura brasileña que se acercaba al Voyager III. Nadie se dio cuenta de que ese sonido había acallado otro, más exiguo pero mucho más violento y letal: el disparo de una 38.
 
      Cuando bajé, los policías ya habían irrumpido en el barco con las requisas habituales de cada noche buscando algo de narcotráfico. Me acomodé con hastío dispuesto a enseñarles hasta la última de mis pertenencias, pero nunca llegaría mi turno, porque antes provino un gritó desde la cubierta superior.
 
      -¡Um morto! ¡Ninguém deve sair do barco! – repetía incesantemente un oficial. Traté de mantenerme impasible, aunque intuía que al final Lorenzo había cumplido con su macabro designio. Lo que nunca jamás hubiera imaginado, fue que con un par de declaraciones yo quedaría como el principal acusado de asesinato.
 
      -¡Ese hombre se suicidó! Me dijo ayer que iba a hacerlo –me volvía loco mientras me esposaban- ¡busquen una carta, tiene que haber una carta! –fue lo último medianamente sensato que dije antes de empezar a insultar y a patalear, acciones que fueron la excusa perfecta para que un par de policías brasileños comenzara a golpearme con saña aprovechándose de mis brazos atados.
 
      Esa misma mañana, el grupo de grandotes del karaoke declararían que me oyeron discutir con Lorenzo la noche del crimen. Otro testigo afirmaría haberme visto pasar cerca de su camarote en los minutos cercanos al disparo. Y lo peor aún, tres días más tarde llegarían los resultados de las huellas digitales halladas en el arma, que por supuesto eran las mías.
 
      Mientras me trasladaban a una prisión en el estado de San Pablo, recordaba irónicamente que en las viejas mafias sicilianas se montaba una falsa escena después de ajusticiar a alguno bajo la premisa de “que parezca un suicidio”. Pensar que Lorenzo hizo exactamente lo contrario, quitándose la vida para que luego “parezca un asesinato”. Y justo yo, el idiota que intentó convencerlo de que no era noticia un suicidio, fui la auténtica víctima y el encargado de llevarlo a las páginas policiales bajo el título de “un argentino asesina a un francés en un barco”. Él logró sus cinco minutos de fama y yo quedé atrapado en su farsa, totalmente perdido en el Amazonas.



martes, 24 de marzo de 2009

Las preguntas del rey

por Javier Debarnot

      Érase una monarquía donde la principal ley consistía en que jamás se lo podía contradecir al rey. Cuando éste hacía una pregunta a cualquiera de sus súbditos, una negación equivalía a perder la cabeza in-situ, frente al pueblo y sin importar que la respuesta estuviera emparentada con una verdad absoluta. Un “no” al rey era un pasaje seguro a la muerte sin vueltas ni arrepentimientos.
 
      Aquella reglamentación capital llevaba décadas de sangrienta práctica y motivaba que, morbosamente, a los monarcas se los recordaba por el número de cabezas rebanadas durante su reinado. A Ricardo III se le contabilizaron doscientas treinta y seis al cabo de nueve años y Pedro el Justo apenas había decapitado a diecisiete mientras duró su mandato de un lustro. Los cuerpos malogrados de las víctimas se cremaban inmediatamente después de cada deceso, salvo las cabezas que se guardaban como trofeos de guerra en una habitación del castillo real.
 
      A cada nuevo rey se le inauguraba una sala para ir depositándolas, y se cuenta que, durante una noche en la que Ricardo III estaba ausente, varios de los miembros de su Corte culminaron de la peor forma una juerga con alcohol y mujeres. El Conde Rafael tenía en sus manos la llave del depósito y, alentado por otros desvariados nobles, abrió la puerta y tomó por los pelos varias cabezas que fueron usadas para las peores aberraciones y vejaciones imaginadas. Claro que cuando ese sombrío incidente salió a la luz, todos los implicados volvieron a la sala que llevaba el nombre del rey, pero sólo del cuello para arriba. Ricardo sumó catorce souvenirs más de un plumazo aunque luego debió conformar un nuevo séquito.
 
      En este rito, al oír la pregunta del rey el acusado siempre estaba de frente al monarca y a un lado del jurado, dándole la espalda a la multitud que se agolpaba bajo el playón del palacio real. Sea cual fuera el interrogante que el supremo planteaba fuerte y claro, negarlo era pasar a la siguiente y última fase: caminar diez pasos hacia el cadalso donde el verdugo cortaba cabeza y la tunda furiosa no perdía detalle, e incluso les salpicaban gotas a los de la primera fila.
 
      ¿Y qué ocurría ante una respuesta afirmativa? Si el rey preguntaba “¿has matado a un hombre?” y el acusado asentía reconociendo su falta, no había decapitación alguna pero su vida quedaba en manos del consejo de nobles de la Corte. Estos lo sometían a un juicio privado, aunque sin defensa y que conllevaba casi siempre a la pena de muerte. Todo se resolvía en cuestión de días y el último resquicio que le quedaba al infractor para no dar por terminada su existencia era pedir la clemencia del rey, cosa que jamás había sucedido en la historia de la comarca.
 
      La muerte por haber reconocido el crimen consistía en ser arrojado a un pozo profundo cavado en uno de los jardines internos del palacio, con catorce cocodrilos que hacían el resto. A los animales no se los alimentaba más que con aquella humana carne fresca. Algunas víctimas lograban sobrevivir días y hasta semanas si tenían la destreza de trepar por las rocosas paredes de la excavación y mantenerse allí sorbiendo agua mugrosa hasta morir de hambre. Luego sí, ya sin ninguna resistencia, se desplomaban para ser el desayuno de los reptiles quedando sólo sus huesos desperdigados por el fondo.
 
      Morir decapitado era la única opción honorable en la que hombre o mujer defendían su verdad aún a sabiendas de la filosa hacha que les apuntaba al cuello. Reconocer el crimen sólo significaba estirar la agonía especulando con una milagrosa absolución o clemencia real que nunca llegaba, con lo cual decir “sí, lo he hecho” era sinónimo de cobardía y la familia del malogrado era señalada por las calles como parte de la escoria de los débiles.
 
      Juan II, el rey actual, no era particularmente sádico ni justo como sus dos antecesores. Promediando cuatro años en el trono, cargaba con treinta y cuatro cabezas que se habían atrevido a contradecirlo. María, su esposa y avasallante reina, llevaba consigo un carácter fuerte que incidía en muchas decisiones de la Corte, pero el principal problema para Juan no era la personalidad de su mujer, sino más bien cuidarse de que ella no descubriera que tenía una amante llamada Sara.
 
      Se veían a escondidas cuando María se alejaba del palacio, cuidándose también de la acechadora presencia de los nobles de la Corte que le juraban eterna fidelidad a la reina. Así, Juan II y Sara mantuvieron oculto su romance durante varios meses, pero nada puede durar para siempre. Mucho menos tratándose de una ciudad pequeña en la que no hay lugar para que nada ni nadie se esconda largamente, ni siquiera un secreto.
 
      En una noche de desmedida pasión, el rey le regaló a su amante una joya que alguna vez había pertenecido a su esposa. Ya en su casa, Sara se descuidó y el obsequio fue descubierto por su madrastra, siendo el chispazo que encendería la mecha. Esta mujer, más allá de tenerle celos a la hija de su marido, odiaba al monarca porque años atrás había asesinado a sus dos hermanos, quienes se habían negado a reconocer un crimen motivando que sus fétidas cabezas sin vida se mudaran a la macabra sala destinada a cobijarlas.
 
      Amanda, tal era su nombre, nada más había incubado resentimiento por la pérdida familiar y todo ese odio lo tenía mutado en astucia. Conciente de la secreta relación de su hijastra con el rey, y habiendo encontrado aquella joya que servía como irrefutable prueba de aquel amor prohibido, supo enseguida qué debía hacer para arruinarlos.
 
      Una tarde calurosa, se presentó en el castillo ante los caballeros de la Corte y acusó a Sara sin reparos de haber robado un diamante de Su Majestad. Por supuesto que Amanda refrendó su sentencia dejando en manos de los nobles el objeto sustraído, aclarando que lo había encontrado en la recámara de su hijastra. Horas después, el rey se paralizó al ser informado de los hechos, pero poco pudo hacer para evitar que esa misma noche le fuera arrancada la libertad a su amante. Encerrada en una torre alta del palacio, a la mañana siguiente Sara debería escuchar el lapidario interrogante del supremo. Su amante le preguntaría delante de todos si ella había robado algo que él sabía muy bien que secretamente le había regalado.
 
      El Rey naufragó en su colchón entre vacilaciones y encrucijadas. Durante toda la madrugada dio cientos de vueltas, aunque intentando disimular su pesar para no despertar las sospechas de María que yacía a su lado. El alba lo encontraría todavía preguntándose si existía escapatoria alguna en ese callejón sin aparente salida. Obligado a preguntar si Sara había sido la ladrona de la joya, la negación de su amante la condenaría en el acto, y en cambio aceptarlo la dejaría con vida pero amenazando con descubrirlo todo. Si reconocía el hurto, en pocas horas la Corte indagaría hasta descubrir que la acusada y el monarca eran amantes, asesinándola a ella y obligándolo a él a la dimisión y el destierro.
 
      Era un día gris con nubarrones que le sumaban dramatismo al cuadro. Todos dispuestos en sus lugares para llevar a cabo el tortuoso ritual, sólo se esperaba la pregunta de Juan III, de frente a una abatida Sara que bañaba su rostro en lágrimas mientras miraba a su amado con temor y sumisión. El Rey no podía soportar por más de tres segundos los ojos tristes de la joven en su retina. La tensión aumentaba y cayeron las primeras gotas.
 
      -Su Majestad, debe hacer la pregunta de rigor a la acusada- lo apuró uno de los caballeros de la Corte.
 
      -Pues me niego a hacerla- dijo el Rey después de unos instantes eternos y pensó en que sea lo que Dios quiera.
 
      Sara lloraba desconsolada pero nada pudo evitar que el hacha bajara abruptamente y le arrancara la cabeza a su amado. Una regla tan arcaica y absurda como la que no admitía la negación de un súbdito ante el rey, condenaba a este último si se rehusaba a hacer valer su derecho de único dueño de la verdad. Juan II había llegado a la conclusión de que cualquiera fuera la respuesta de su enamorada, la condenaría. Y entonces había preferido no seguir viviendo antes que hacerlo atormentado por la culpa, por la probable muerte de Sara y quizás por todas las anteriores. Por una vez, había actuado fiel a sus sentimientos y no a su cabeza, evitando que rodaran otras tantas destrozando corazones inocentes.




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