lunes, 5 de enero de 2009

Creo

por Javier Debarnot

     El olor que despide un artefacto “espiral Raid anti-mosquitos” puede ser catalogado de distintas formas según quien lo perciba. Perjudicial para un activista de Greenpeace, estimulante para un drogadicto en ayunas e inofensivo para un mosquito. Para mí es todo eso más algo fundamental: es el aroma de los Reyes Magos. Se trata de ese tufillo que matizaba la eterna vigilia, la espera en la noche previa para ver si pescaba in fraganti a esos personajes que sin ser la Cenicienta llenaban mis zapatos con justeza.


     Remontarme a esos veranos de enero, porque todavía vivía en el hemisferio sur, es volver a aquella época en que yo aún conservaba ese tesoro tan grande llamado inocencia. Recuerdo esos ritos que eran mágicos cuando uno creía y que se tornan tan absurdos una vez que tenemos la verdad de la milanesa: juntar el pasto y el agua para dejarle a los camellos de los Reyes. ¿Cómo no me daba cuenta de que el sonido de la cadena del inodoro era provocado por mi papá para hacer desaparecer esos elementos de obsequio a los tres cuadrúpedos? ¿Y cómo podía ser que nunca quedara ni una mísera huella de los animales en el parquet de mi living? Nada de nada, ni siquiera una efímera caquita de camello en un rincón del palier del edificio.

     Antes de que se diera el milagro de la aparición de los regalos, yo había estado varias horas dando vueltas en la cama, luchando contra un sueño que suele ganarle fácil a un niño de cinco o seis años. Y era ahí, antes de sucumbir en el colchón, cuando se mezclaba el olorcito del anti-mosquitos con el traqueteo de un turbo Yelmo y con las luces que se colaban por las hendijas de mi ventana, provocando finalmente el efecto adormecedor que le daba un guiño a mis padres. Una vez que mis hermanos y yo cerrábamos los ojos, entraban en acción ellos para hacer todo el montaje de los regalos, deshacerse del agua y otras yerbas. Pero todo fue hermoso mientras duró.

     No recuerdo el tiempo exacto, pero habrá sido cuando tenía unos siete años. Es uno de los primeros momentos bisagra que se dan en la vida de un chico: saber que los Reyes no existen. Creo que por suerte el instante de la revelación no fue un 5 ni 6 de enero, es decir que no descubrí a mi papá con las manos en la masa, o más bien con el pasto en el inodoro. Supongo que en algún desabrido mes de mayo o junio, uno de esos compañeros catalogados como “el más vivo de la clase” fue el que, sin ningún tacto, me espetó un: “Los Reyes son los padres”. Y sanseacabó.

     Es con esa revelación que nos ultrajan para siempre ese tesoro de la inocencia, porque está claro que ya no hay vuelta atrás y nunca más volveremos a recuperar esa creencia. Lo que ni nos imaginamos es que detrás de esa verdad atroz van a venir muchas otras. De más está decir que simultáneamente con ese muro cae también la fachada de Papá Noel, del ratón Pérez y hasta del hombre de la bolsa. Pero no todo termina ahí. Hay más informaciones infames para este boletín de nuestras vidas que se empeña en seguir bochando nuestra ilusión.

     Cada uno deja de creer cuando no puede sostener más esa idílica verdad a la que se quiere aferrar pase lo que pase. A cada cual le llega su tiempo de empezar a mirar torcido ciertas cosas. ¿En qué momento dejamos de creer en la política? ¿Con el “síganme, no los voy a defraudar”, con el “dicen que soy aburrido” o con el tristemente célebre “el que depositó dólares, recibirá dólares"? En ese rubro, casi todos los que vivimos en Argentina ya hace rato que no le escribimos la cartita al candidato de turno. Pero paradójicamente, seguimos sin ver ningún camello pero sí descubrimos cagadas por todos lados.

     Hay otras creencias más personales dependiendo del gusto del “inocente” en cuestión. Para los futboleros es terrible el momento de darse cuenta de que ningún jugador transpira sólo por la camiseta. Creo que el climax de mi ruptura en ese aspecto se dio cuando un volante uruguayo, de pelo enrulado y querido por la hinchada de River pasó sin escalas del club de Núñez a Boca. Que no se crea que voy a pasar por alto su nombre: me refiero a Néstor Gabriel Cedrés, traidor hijo de su reverenda madre. Ahí tampoco hubo camello alguno, pero puedo afirmar con malicia que a ese jugador se le jorobó su carrera.

     Ya en estos tiempos nefastamente globalizados, hace poco asistimos a un acontecimiento que sorprendió a muchos. La elección del político negro Barack Obama como presidente de Estados Unidos fue una especie de regalo que se posó sobre millones de zapatos esperanzados. Debo admitir que yo fui uno de los que puso su calzado junto al arbolito y hasta había redactado mi carta pidiendo por la victoria del otrora senador de Illinois. Pero luego reflexioné un rato y terminé viendo que adentro de los camellos había gato encerrado. Nadie puede ser tan inocente y creer que el puesto de presidente de USA, sin importar el color o la religión de quien lo ocupe, pueda tener tanto peso como el monstruoso aparato político con intereses creados por doquier que silenciosamente maneja los hilos de ese país y a su figura visible como marioneta. Entonces tampoco creo que “sí, podemos”.

     Volviendo a los Reyes en sí, ahora que pasé los treinta tengo un hijo de tres y me toca vivir el rito desde el otro lado. Hoy soy yo el encargado de preservar la magia, de mantener viva la llama de ilusión de un niño inocente que cree en los camellos y espero lo siga haciendo por unos años más. Algunas cosas cambiaron. Mi mudanza al viejo continente hizo desaparecer cualquier rasgo de olor a espiral “anti-mosquitos”, porque en invierno no se necesitan. Lo que sí encendemos son las estufas, creando el clima cálido ideal para el momento en que Manu descubra su regalo junto al arbolito.

     Ver a un hijo con los ojos bien abiertos y con la sonrisa que casi le divide la cara en dos es impagable. Y pensar que, para él, los responsables de tanta felicidad no son ni su papá ni su mamá. Son tres personajes que no existen, pero que nosotros nos encargamos de crear la atmósfera especial para que ellos, aún sin verlos, los vean igual. Cuando uno es padre entiende el verdadero significado de lo que es dar todo sin esperar nada. Es el único amor cien por ciento desinteresado, porque hacemos lo imposible por alegrarlos, pero no nos interesa que nos den el crédito por eso.

     Entonces, cuando por fin nos convertimos en feroces defensores de la inocencia de nuestros hijos, es allí cuando comprendemos la esencia de todo. Cuando éramos chicos, no sabíamos que los Reyes eran los grandes, pero ahora que somos grandes, sabemos que los auténticos Reyes son los chicos.


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