miércoles, 25 de febrero de 2009

Arrástrate y anda

por Javier Debarnot

      Desde hace unos meses Emilio se las había rebuscado para ganarse la vida, aunque el “dignamente” no se ajustaba a su caso. Manifestando una imposibilidad para caminar, empezó pidiendo en una silla de ruedas por los vagones del subterráneo y sacaba treinta pesos por día. Hasta que descubrió que arrastrándose por el suelo sin silla podía recaudar hasta cien por mañana.
 
      Había elegido la estación “Tribunales”, porque estaba provista de un ascensor que le permitía llegar sentado hasta el andén sin necesidad de que alguien lo bajara por las escaleras. Se metía en cada subte que pasaba e iniciaba su discurso mendigando monedas de muchos y billetes de los más samaritanos. Apenas tres horas después de haberse subido al primer vagón, ya podía contar en sus bolsillos la cantidad suficiente de dinero para solventarse. Vivía solo en un mono ambiente del barrio de Once, y para casi todos era una incógnita cómo había perdido la movilidad de sus piernas.
 
      Nadie sabe qué fue lo que le disparó esa idea a Emilio, pero un buen día le pidió al empleado de un kiosco de la estación si le podía cuidar la silla de ruedas.
 
      -Yo no tengo problema, te la guardo acá en el puesto hasta las seis, ¿pero cómo te vas a movilizar? – preguntó con absoluta incertidumbre.
 
      -Quedate tranquilo que me puedo arrastrar –le respondió mientras simultáneamente se descolgó hasta el suelo y comenzó a moverse utilizando las palmas de sus manos como apoyo.
 
      -Estás loco, hermano.
 
      -Estoy desesperado, tengo tres hijos y con lo que saco le doy de comer a uno y medio. Es triste, pero si no doy más lástima me tiran con monedas de diez y veinticinco centavos- le había aclarado Emilio antes de subirse a un tren. Cuando el vehículo se tragó al inválido cerrando las puertas tras su ingreso, el puestero seguía con la boca abierta sin posibilidad de reaccionar, tanto él como el resto de los viajeros que lo habían visto a Emilio bajarse de su silla y comenzar a reptar por el mugroso piso del andén de “Tribunales”.
 
      Para los ocasionales viajeros era chocante verlo arrastrarse por el interior del vagón. Pero toda la destreza y movilidad que le faltaba en sus piernas Emilio la tenía en su lengua. Enfundaba con la precisión de un artista un discurso en el que intentaba desdramatizar su situación apelando a algunos chistes que rozaban el humor negro aludiendo a su propia situación. “Metí la pata”, “¿Qué viene a hablar Maradona de que le cortaron las piernas” y “Es mentira que juntando mil boletos capicúa te dan una silla de ruedas” eran bocadillos que no le fallaban. Nadie se animaba a soltar una carcajada pero varios insinuaban una sonrisa, y la mayoría se conmovía dejándole en su sombrero tipo Piluso las monedas que tenían a mano. La gente resignaba la compra de chicles o alfajores para ayudar al joven que mostraba tanto espíritu aún en su situación tan degradante.
 
      Un jueves todo cambió. Parecía ser una mañana más, otro día en el que Emilio se iba a marchar a su casa con una suculenta cantidad de dinero a cambio de refregar sus pantalones por las superficies del andén y los vagones. El empleado del puesto de diarios ya se había familiarizado con el joven, quizás agradeciendo los cinco pesos diarios que le dejaba en concepto del cuidado de la silla.
 
      -Emilio, mirá que hoy cierro al mediodía así que volvé por acá antes de la una. –le advirtió antes de que subiera al primer vagón del subte.
 
      El discapacitado asintió desde el piso y se abrió lugar en el interior del tren. Ya habiendo pasado varias semanas desde su primer día de mendigar sin la silla, había ganado mucha práctica y se arrastraba con velocidad y firmeza. Cuando las primeras frases de su repertorio empezaron a deslizarse por su boca, Emilio hizo lo que siempre acostumbraba, posar sus ojos en la mirada de un pasajero al azar. Entonces, por primera vez tartamudeó en el preciso instante en que la vio a ella, una chica de unos veintipico, pelirroja, chispeante y sensual. Se sacudió con su imagen, pero como pudo logró encarrilar su parlamento disimulando su atracción hacia aquella mujer que viajaba parada y llevando un bolso colgado en su hombro izquierdo.
 
      Deslizándose por el pasillo, una vez que dio por acabado su parlamento, Emilio inició la recolección de las dádivas que los pasajeros le iban dejando en su sombrero. Por supuesto que seguía pendiente de la chica, convertida a esa altura en la doncella de sus sueños, y más aún cuando ésta le dejó una moneda de un peso con el agravante de regalarle una sonrisa. El joven ya estaba literalmente ido y eclipsado por su belleza, pero continuó hasta terminar la recorrida por el vagón.
 
      Miles de pensamientos obcecaron a Emilio, que se encontró de golpe con la necesidad de hacer cualquier cosa para acercarse a esa mujer. Las alternativas lo bombardeaban sin orden y sin sentido, pero antes de que algo se le ocurriese observó una acción inesperada. Un hombre que viajaba junto a la chica, con mucho sigilo metió su mano en el bolso de ella y le sustrajo la billetera, pero lo hizo con la habilidad de un prestidigitador de guante blanco para que nadie se enterara. Sólo Emilio, claro, que hacía segundos tenía su vista imantada en la pelirroja.
 
      -¡Ey, ladrón, el de campera marrón! – su voz le brotaba nerviosamente - ¿Lo vieron? ¡Le robó la billetera a la chica!
 
      Ninguno de los viajeros se había percatado del hecho y, aunque todos se alarmaron ante los gritos de Emilio, nadie reaccionó mientras el amigo de lo ajeno iba acercándose a una de las puertas a medida que el subterráneo disminuía su velocidad. Estaba a punto de frenar el vagón, el ladrón cerca de abandonarlo y Emilio sentado en el suelo, su hábitat natural, mascullando impotencia porque aparentemente no había persona alguna que atinara a detener al caco, que pasó nerviosamente a su lado sin mirarlo a los ojos.
 
      -¡Vení acá, delincuente! ¿Te pensás que vas a venir a robarnos sin que nos demos cuenta? – seguía gritando antes de que sucediera lo impensado.
 
      Quizás nervioso ante la necesidad de impresionar a la chica, tal vez enarbolando un rol de justiciero que llevaba en sus genes sin saberlo hasta entonces, Emilio hizo algo que significaba arriesgarlo todo, y que sobre mil posibilidades posibles tenía novecientas noventa y nueve de que le saliera mal. Se levantó del piso, pisó firmemente con ambas piernas y dio primero uno, luego dos pasos, hasta que aceleró y corrió los cinco metros que lo separaban del ladrón. Éste estaba a punto de atravesar la puerta y nunca se hubiera imaginado que un paralítico se iba a levantar para darle alcance.
 
      -¿A dónde vas, chorro de mierda? – le gritaba al tiempo que le revisaba los bolsillos hasta encontrar la billetera de la chica. - ¿Lo ven? ¿Vieron que yo no mentía? – les mostraba el botín recuperado a todos, ya en ese momento habiendo bajado del subte justo en la estación “Tribunales”, su habitual punto de partida. Pero ese día estaba siendo el sitio de su punto final como falso discapacitado.
 
      La gente no entendía nada. Unos llamaron a un policía que dio cuenta del malhechor, pero el resto rodeaba a Emilio e iba transformando su estupor en indignación para increparlo con una incontenible furia. Lo acusaban de mentiroso, de estafador, sinvergüenza, y muchos pedían que les devolviera su dinero. Más de uno hizo amagues de intentar golpearlo, y a poco estuvo de ligar una tunda solo entre tanto pasajero estafado, pero lo salvó el dueño del puesto de diarios que había estado observando lo sucedido desde la otra punta del andén y se acercó a socorrerlo. Una vez que se alejó la masa en el próximo subte, el hombre le tiró la silla de ruedas y le pidió que no apareciera nunca más.
 
      Emilio volvió a su casa aturdido por los insultos y sin agradecimiento por parte de la chica, pero con la certeza de que no podría aparecer por esa estación ni las aledañas al menos por un tiempo. Malvendió la silla de ruedas a través de una página de internet y, para demostrar que los milagros casi nunca existen, no buscó ningún trabajo decente. Hoy recauda lo suficiente para mantenerse sin apuros, haciendo de ciego en la Terminal de trenes de Constitución.






domingo, 8 de febrero de 2009

El día más pensado

por Javier Debarnot

      -Ahí, ahí, quedate parado justo ahí.

      Lucas pretendía que Lautaro se quedara inmóvil en medio de la oficina como antena humana. Eran las 16:04 y ya estaba empezando un programa de radio en el cual Lucas era productor artístico. Y si alguien no sostenía el trozo de metal, el sonido se tornaba una lluvia molesta.

      -¿Te pensás que no tengo nada que hacer?- lanzó Lautaro.

      -No, dale, haceme el favor, sostené la antena un segundo más- seguía rogando Lucas, pero la ayuda de su amigo se esfumaría enseguida.

      -La voy a soltar ya. Parate y arreglate- y dejó escurrir la antena de sus manos sin titubear, volviéndose a oir ese molesto zumbido.

      -¿Y si movés un poco el dial? Puede ser que se haya perdido la sintonía, fijate, Lauta.

      -¿Te parece? A ver… - con el dedo índice rozó la perilla apenas girándola a la derecha. Lo casi ínfimo de sonido que se advertía de la emisora se desvaneció por completo, y entonces sucedió lo impensado. 

      -Ahí, ahí, quedate parado justo ahí. 

      -¿Te pensás que no tengo nada que hacer?

      -No, dale, haceme el favor, sostené la antena un segundo más. 

      Esas voces, vale aclarar, surgían de los parlantes de la radio y no de las bocas de quienes les habían dado vida unos minutos atrás. Se seguía oyendo un viejo parlamento de Lautaro diciendo “La voy a soltar ya. Parate y arreglate”, pero antes de que esta frase llegara a su fin, Lucas reaccionó de su estado de incredulidad preguntado qué estaba pasando.

      -Es como si se hubiera grabado nuestra charla– contestó un desencajado Lautaro.

   -Fue cuando moviste el dial. Movelo de vuelta, tiralo más atrás- dijo Lucas ya casi acostumbrado a esa especie de nueva dimensión. Julieta y Nacho, los otros dos habitantes de la oficina, estaban tan absortos como Lucas y Lautaro. Éste movió nuevamente la perilla y, cuando la detuvo, volvieron a surgir nítidas su voz y la de su amigo Lucas, en una charla que habían tenido quince o veinte minutos atrás. 

      -Mirá que en diez empieza el programa.

      -Sí, Lucas, vos siempre la misma historia.

      -Yo te digo para que me ayudes por si no se puede sintonizar bien la radio. 

      La conmoción en la oficina ya era total. Julieta había abandonado su programa de chateo y Nacho cerrado una planilla de cálculo. Estaban los cuatro boquiabiertos, sorprendiéndose del pasado que iban despidiendo los parlantes. 

      -Uy, parece que no engancha, a ver Lauta, dame una mano y mové la antena.

      -Miralo al señor dando órdenes, yo no puedo creer cómo te ayudo.

      -Ahí, ahí, quedate parado justo ahí. 

      Y era como una rueda donde todo volvía a empezar una y otra vez. Nacho rompió el molde y dijo “vamos a mover la perilla más lejos”, y dicho y hecho, la llevó hasta la punta de la escala de frecuencias. 

      -¿Qué hacés, Nachito, todo bien? 

      -Sí, Juli, por suerte es viernes. 

      -Eso es de hoy a la mañana –acotó Juli –cuando llegué yo, ¿te acordás Nacho? – y mientras decía esto, uno de los teléfonos comenzó a sonar y, por unos segundos, Lautaro tuvo la lucidez de volver al planeta Tierra y suponer que podría tratarse de Álvarez pidiendo esos informes tan impostergables como inservibles. “Debe ser por el tema de los informes, jeje, que siga llamando, nomás”, dijo sin siquiera amagar a atender. Al finalizar el sonido de los siete timbrazos, el aparato se quedó mudo y nunca más volverían a escucharlo, al menos desde esa oficina y trabajando los cuatro juntos. Todo lo que había salido de sus cuerdas vocales esa mañana de octubre seguía inundando sus oídos para que fueran testigos de ellos mismos, escuchando sus silencios, sus frases de compromiso, sus bromas, sus vidas desde sus puntos de vista. 

      -Che Juli, ¿vos al final vas a la fiesta de la Facultad? 

      -Mmm, puede ser, en realidad no sé- contestaba la chica, o mejor dicho había contestado en una charla con Lautaro a primera hora. 

      Maravillados los cuatro, iban reviviendo los parlamentos que habían construido esa mañana. Cuando se vislumbraba un silencio o un monótono cruce de palabras, simplemente movían la perilla para cambiar la frecuencia y adelantar el pasado, acercándose más al tiempo que en ese momento estaban viviendo. Así se iban apilando unos tras otros distintos momentos maquillados con lo que expresaban sus voces. De repente, surgió una especie de debate político a raíz de una noticia del día. 

      -A mí me importa muy poco si le aumentan los impuestos a las empresas, loco, que se jodan – las palabras surgían cargadas de bronca. 

      -Pará, Lucas, no es tan así, al fin y al cabo son los que pueden activar al país, si los obligás a pagar no pueden crecer, ni pagar las deudas que tienen.

      -Mirá vos, Lautaro, así que eso es más importante antes de que le aumenten los sueldos a la gente. La gente tiene que comer, ¿no te das cuenta? 

      -Ja ja ja ja –estalló Nacho –¿cómo discutieron hoy, eh?

      El cruce de palabras seguía, se iba ablandando, de a ratos amagaba con subir nuevamente la temperatura y al final volvía a bajar los decibeles. 

      -Es un tema de principios, vos vas para un lado y yo para el otro.

      -Sí, no me entra en la cabeza, pero igual vas a seguir siendo mi amigo.

      -Ni hablar, me parece que es exagerado que reaccionemos así. 

      Mientras se reían de ellos mismos, Juli intervino con una sencilla pero innovadora propuesta.

      -¿Y si probamos poniendo FM?

      Lautaro movió la palanca de AM a FM. Si el momento en el que habían surgido sus voces del pasado los había sorprendido, el que estaba por venir iba a redoblar la apuesta: esta vez, la situación iba a golpearlos. 

      -Espero que no esté el insoportable de Nacho, seguro que me va a pedir otra vez algún disco. 

      El destinatario de esa frase observó al autor que estaba a treinta centímetros suyo. Fulminándolo con una mirada de odio, ni siquiera tuvo tiempo de pedirle explicaciones. Lo que seguía saliendo de los parlantes continuaba tapándolo todo, como una ola gigante que arrasaba una indefensa playa a su paso. 

      -Qué raro, Lucas metiéndose en el medio. A ver, dale, ahora tratá de hacerte el galán con Juli. Ahí está, no pasaron ni diez segundos. 

      -Pará, flaco, –interrumpió Lautaro –yo nunca dije eso, en todo caso lo puedo llegar a pensar.

      Precisamente en ese momento, a todos se les erizaron los pelos y se les heló la sangre. Eso sí que era demasiado. 

      -Qué mal tipo que es, sabe que me gusta Juli y sin embargo se tiene que hacer notar.

      -Si viene a tomar unas cervezas, por ahí borracha se pone cariñosa conmigo. 

      -¿Qué dijiste idiota?- increpó Julieta a Lucas en un tono bastante agresivo -¿Yo cariñosa con vos?

      Pero antes de que el acusado atinara a responder, una nueva sorpresa cayó para calentar aún más la olla. Una voz femenina surgió para seguir removiendo lo oculto: 

      -Éste no entiende que no le toco ni un pelo. ¡Me da asco! 

      -Ah, bueno, hablando de criticar –esta vez fue Lucas el que se relamió, como sorprendido pero a la vez disfrutando de la agresión que había sufrido, porque había pasado de increpador a increpado por obra y gracia de un misterioso equipo de audio.

      -¿Se dieron cuenta de lo que está pasando? Estamos escuchando nuestros pensamientos.

      -¿Qué decís? –vociferó Lautaro.

      -Digo eso. Que de la radio sale lo que pensamos– agregó Nacho mientras con sus dedos hizo lo que nadie atinaba a hacer: mover otra vez el dial. 

      -Este pibe es un descerebrado, no coordina dos frases seguidas.

      -No puede ser tan derechista, parece un dictador.

      -Pero qué soberbio de mierda.

      -Por Dios, ya me aburrís. 

      Lucas y Lautaro, protagonistas de ese cruce de pensamientos, ni se dirigían la mirada. En esos instantes, mientras sus pensamientos iban quedando expuestos, la sensación de todos era de algo muy cercano a la desnudez. Se percibían metidos en una de esas máquinas de rayos “x” que les radiografiaba el alma, dejando al descubierto sus pesares, sus sentimientos más íntimos, pero también lo más oscuro de sus formas de ver al prójimo, de estereotiparlo, subestimarlo, y peor aún, de despreciarlo. 

      -Y este Nacho que nunca se la juega por nadie, ¿no tiene pelotas?

      -Lucas y Lautaro otra vez, ¿por qué no se matan a piñas y listo?

      -Pedazo de autista.

      -Pero qué maricones de mierda.

      -¿Puede ser que esta chica no pare de calentar a los hombres?

      -No sé hasta cuándo voy a soportar esa cara de baboso que tiene. 

      Hasta allí llegó todo. No volvió a surgir ninguna frase dañina porque Nacho tomó el grabador con sus manos e hizo estrellar al equipo contra el piso. Julieta abrió la puerta y salió disparada, llevándose por delante a un empleado ajeno a la oficina que estaba a punto de entrar atraído por el estallido de la radio.

      A partir de la huida de la chica, comenzaron a originarse los resquemores del intenso acontecimiento vivido. Ignacio fue suspendido una semana por haber incurrido en una conducta violenta luego de hacerse cargo del destrozo del aparato. Lucas presentó su renuncia esa misma tarde y volvió a meterse de lleno en su programa de radio. Lautaro fue despedido por arrojarle una piña a Lucas, y Julieta pidió un traslado a otro sector de la empresa. De esa forma, no volverían a trabajar los cuatro juntos.

      Los hechos sobrenaturales de los que habían sido testigos y protagonistas los habían marcado demasiado. Solamente Lautaro y Julieta siguieron frecuentándose e incluso se pusieron de novios. Pero jamás volverían a cruzarse con Lucas y Nacho. Estos últimos, cuatro años después del día más raro de sus vidas, se toparon de casualidad en la Avenida Corrientes y no esquivaron la oportunidad para compartir un café. Repasaron lo que había sido de sus existencias en todo ese tiempo, y fue en una de esas charlas cuando, a punto de contarle un proyecto que tenía, Lucas le dijo a su antiguo compañero de trabajo:

      -¿Sabés lo que estaba pensando?

      Y Nacho lo miró raro.


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