martes, 24 de marzo de 2009

Las preguntas del rey

por Javier Debarnot

      Érase una monarquía donde la principal ley consistía en que jamás se lo podía contradecir al rey. Cuando éste hacía una pregunta a cualquiera de sus súbditos, una negación equivalía a perder la cabeza in-situ, frente al pueblo y sin importar que la respuesta estuviera emparentada con una verdad absoluta. Un “no” al rey era un pasaje seguro a la muerte sin vueltas ni arrepentimientos.
 
      Aquella reglamentación capital llevaba décadas de sangrienta práctica y motivaba que, morbosamente, a los monarcas se los recordaba por el número de cabezas rebanadas durante su reinado. A Ricardo III se le contabilizaron doscientas treinta y seis al cabo de nueve años y Pedro el Justo apenas había decapitado a diecisiete mientras duró su mandato de un lustro. Los cuerpos malogrados de las víctimas se cremaban inmediatamente después de cada deceso, salvo las cabezas que se guardaban como trofeos de guerra en una habitación del castillo real.
 
      A cada nuevo rey se le inauguraba una sala para ir depositándolas, y se cuenta que, durante una noche en la que Ricardo III estaba ausente, varios de los miembros de su Corte culminaron de la peor forma una juerga con alcohol y mujeres. El Conde Rafael tenía en sus manos la llave del depósito y, alentado por otros desvariados nobles, abrió la puerta y tomó por los pelos varias cabezas que fueron usadas para las peores aberraciones y vejaciones imaginadas. Claro que cuando ese sombrío incidente salió a la luz, todos los implicados volvieron a la sala que llevaba el nombre del rey, pero sólo del cuello para arriba. Ricardo sumó catorce souvenirs más de un plumazo aunque luego debió conformar un nuevo séquito.
 
      En este rito, al oír la pregunta del rey el acusado siempre estaba de frente al monarca y a un lado del jurado, dándole la espalda a la multitud que se agolpaba bajo el playón del palacio real. Sea cual fuera el interrogante que el supremo planteaba fuerte y claro, negarlo era pasar a la siguiente y última fase: caminar diez pasos hacia el cadalso donde el verdugo cortaba cabeza y la tunda furiosa no perdía detalle, e incluso les salpicaban gotas a los de la primera fila.
 
      ¿Y qué ocurría ante una respuesta afirmativa? Si el rey preguntaba “¿has matado a un hombre?” y el acusado asentía reconociendo su falta, no había decapitación alguna pero su vida quedaba en manos del consejo de nobles de la Corte. Estos lo sometían a un juicio privado, aunque sin defensa y que conllevaba casi siempre a la pena de muerte. Todo se resolvía en cuestión de días y el último resquicio que le quedaba al infractor para no dar por terminada su existencia era pedir la clemencia del rey, cosa que jamás había sucedido en la historia de la comarca.
 
      La muerte por haber reconocido el crimen consistía en ser arrojado a un pozo profundo cavado en uno de los jardines internos del palacio, con catorce cocodrilos que hacían el resto. A los animales no se los alimentaba más que con aquella humana carne fresca. Algunas víctimas lograban sobrevivir días y hasta semanas si tenían la destreza de trepar por las rocosas paredes de la excavación y mantenerse allí sorbiendo agua mugrosa hasta morir de hambre. Luego sí, ya sin ninguna resistencia, se desplomaban para ser el desayuno de los reptiles quedando sólo sus huesos desperdigados por el fondo.
 
      Morir decapitado era la única opción honorable en la que hombre o mujer defendían su verdad aún a sabiendas de la filosa hacha que les apuntaba al cuello. Reconocer el crimen sólo significaba estirar la agonía especulando con una milagrosa absolución o clemencia real que nunca llegaba, con lo cual decir “sí, lo he hecho” era sinónimo de cobardía y la familia del malogrado era señalada por las calles como parte de la escoria de los débiles.
 
      Juan II, el rey actual, no era particularmente sádico ni justo como sus dos antecesores. Promediando cuatro años en el trono, cargaba con treinta y cuatro cabezas que se habían atrevido a contradecirlo. María, su esposa y avasallante reina, llevaba consigo un carácter fuerte que incidía en muchas decisiones de la Corte, pero el principal problema para Juan no era la personalidad de su mujer, sino más bien cuidarse de que ella no descubriera que tenía una amante llamada Sara.
 
      Se veían a escondidas cuando María se alejaba del palacio, cuidándose también de la acechadora presencia de los nobles de la Corte que le juraban eterna fidelidad a la reina. Así, Juan II y Sara mantuvieron oculto su romance durante varios meses, pero nada puede durar para siempre. Mucho menos tratándose de una ciudad pequeña en la que no hay lugar para que nada ni nadie se esconda largamente, ni siquiera un secreto.
 
      En una noche de desmedida pasión, el rey le regaló a su amante una joya que alguna vez había pertenecido a su esposa. Ya en su casa, Sara se descuidó y el obsequio fue descubierto por su madrastra, siendo el chispazo que encendería la mecha. Esta mujer, más allá de tenerle celos a la hija de su marido, odiaba al monarca porque años atrás había asesinado a sus dos hermanos, quienes se habían negado a reconocer un crimen motivando que sus fétidas cabezas sin vida se mudaran a la macabra sala destinada a cobijarlas.
 
      Amanda, tal era su nombre, nada más había incubado resentimiento por la pérdida familiar y todo ese odio lo tenía mutado en astucia. Conciente de la secreta relación de su hijastra con el rey, y habiendo encontrado aquella joya que servía como irrefutable prueba de aquel amor prohibido, supo enseguida qué debía hacer para arruinarlos.
 
      Una tarde calurosa, se presentó en el castillo ante los caballeros de la Corte y acusó a Sara sin reparos de haber robado un diamante de Su Majestad. Por supuesto que Amanda refrendó su sentencia dejando en manos de los nobles el objeto sustraído, aclarando que lo había encontrado en la recámara de su hijastra. Horas después, el rey se paralizó al ser informado de los hechos, pero poco pudo hacer para evitar que esa misma noche le fuera arrancada la libertad a su amante. Encerrada en una torre alta del palacio, a la mañana siguiente Sara debería escuchar el lapidario interrogante del supremo. Su amante le preguntaría delante de todos si ella había robado algo que él sabía muy bien que secretamente le había regalado.
 
      El Rey naufragó en su colchón entre vacilaciones y encrucijadas. Durante toda la madrugada dio cientos de vueltas, aunque intentando disimular su pesar para no despertar las sospechas de María que yacía a su lado. El alba lo encontraría todavía preguntándose si existía escapatoria alguna en ese callejón sin aparente salida. Obligado a preguntar si Sara había sido la ladrona de la joya, la negación de su amante la condenaría en el acto, y en cambio aceptarlo la dejaría con vida pero amenazando con descubrirlo todo. Si reconocía el hurto, en pocas horas la Corte indagaría hasta descubrir que la acusada y el monarca eran amantes, asesinándola a ella y obligándolo a él a la dimisión y el destierro.
 
      Era un día gris con nubarrones que le sumaban dramatismo al cuadro. Todos dispuestos en sus lugares para llevar a cabo el tortuoso ritual, sólo se esperaba la pregunta de Juan III, de frente a una abatida Sara que bañaba su rostro en lágrimas mientras miraba a su amado con temor y sumisión. El Rey no podía soportar por más de tres segundos los ojos tristes de la joven en su retina. La tensión aumentaba y cayeron las primeras gotas.
 
      -Su Majestad, debe hacer la pregunta de rigor a la acusada- lo apuró uno de los caballeros de la Corte.
 
      -Pues me niego a hacerla- dijo el Rey después de unos instantes eternos y pensó en que sea lo que Dios quiera.
 
      Sara lloraba desconsolada pero nada pudo evitar que el hacha bajara abruptamente y le arrancara la cabeza a su amado. Una regla tan arcaica y absurda como la que no admitía la negación de un súbdito ante el rey, condenaba a este último si se rehusaba a hacer valer su derecho de único dueño de la verdad. Juan II había llegado a la conclusión de que cualquiera fuera la respuesta de su enamorada, la condenaría. Y entonces había preferido no seguir viviendo antes que hacerlo atormentado por la culpa, por la probable muerte de Sara y quizás por todas las anteriores. Por una vez, había actuado fiel a sus sentimientos y no a su cabeza, evitando que rodaran otras tantas destrozando corazones inocentes.




9 comentarios:

**VaNe** dijo...

Sí, sí... Me encantan las historias con cuna de paradoja!!!
Me voy ir poniendo al tanto de tu blog y te voy comentando.
Gracias colega! ;)
VaNe

Claris dijo...

¡Qué buena historia con moraleja!
Pero mejor leerla con el estómago vacío, por lo menos el primer tercio.
Me ha enganchado hasta el final.

Anónimo dijo...

Podrías explicitar las vejaciones del cuarto de las cabezas... estamos hablando de fulbito no? Slds.

Martín

Hermanos Bladimir dijo...

Qué grandiosa manera de mostrar cómo un rey puede hacerse jaque mate a sí mismo, con lo difícil que le sería a cualquier peón estar en la posición diagonal exacta para matarlo.
... Y ni te cuento si sos caballo!

Muy bien descripto el tablero de juego.
Un abrazo.

chapi dijo...

Jaja!!! Martín: yo también pensé automáticamente en fulbito. Debe ser herencia de Robledo Puch (o Puig).
Javi: todavía hoy por hoy siguen habiendo reglas y leyes absurdas por doquier. ¿Te inspiraste en alguna para escribir el relato?

Andrés Ini dijo...

muy bueno javi, como siempre un placer casi tan gran como su historia de títeres.

Zurdita dijo...

Que haces guachinn, todo piola??
Bueno por fin lo lei, siempre me re colgaba y hoy me acorde, muy bueno. Haciendo un analisis estadistico, puedo corroborar que bastante a menudo tus cuentos dejan la moraleja de que el garca de la historia, termina recibiendo su merecido, ya sea publicamente (como este caso, o el del tipo de la silla de ruedas) o sin darse cuenta (como el supremo).
Pasate por el mio que subi un cuento nuevo que escribi hace un tiempo en la playa :P

saludos!

Hermanos Bladimir dijo...

El pueblo pide actualizaciones!
Y ya sabés cómo son los pueblos. Hoy te piden algo y mañana, como no se lo diste, te hacen una revolución francesa. Acutalizá el bloooog, yo se lo que te diiiigo.
Sssssaludosss

Anónimo dijo...

Buenísimo Javi!!!
ESCALOFRIANTE. Soy muy impresionable, y eso de cortar cabezas o de que te morfen los cocodrilos me pone muy nerviosa, como cuando veo una peli de terror y cambio de canal en la parte sangrienta...
La verdad no sabía que eras tan buen relator!!!
Mari

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