domingo, 28 de junio de 2009

No te excedas con las copas


por Javier Debarnot

      Recibir un amigo que viene desde el otro lado del charco es siempre un motivo de inmensa alegría. Los primeros minutos son un torbellino de anécdotas de allí y de acá, frases desordenadas y risa fácil celebrando el reencuentro. Ayer, una vez agotada la emoción de habernos visto con Nacho, de repente él se acordó de que tenía algo para darme.

      -No sabés, Javi, me encontré con Alejo y mirá lo que te manda – me soltó mientras me pasaba un pequeño bulto extraído de un bolsillo lateral de su mochila. Sonreí pensando en aquel viejo amigo de la facultad e imaginé que me estaba obsequiando ese trofeo que habíamos ganado juntos en un concurso de creatividad. Pero cuando tuve el paquete entre mis dedos, lo sopesé y reaccioné. Primero: era demasiado pesado como para tratarse de una diminuta copa de metal; segundo: Nacho no tenía ninguna relación con mis compañeros de la carrera de Publicidad; y tercero y garrafal: ahí caí que yo conocía a otro Alejo que era quien me estaba retornando algo mío. Juro que se me heló la sangre cuando supe que ese objeto volvía a mis manos, después de trece años y habiendo cruzado todo un océano.

      Corría 1996 cuando los sábados por la noche empezaron a volvérsenos monótonos, a Nacho, Gastón, Emilio, Marcelo y a mí. Los viernes salíamos a bailar y para evitar repetir el mismo programa al día siguiente nos vimos en la necesidad de buscar otras alternativas de ocio. Entonces se volvieron furor las partidas de tute cabrero por unos pocos billetes, pero para no acabar saturados también de los naipes, fuimos por una tercera opción. Ni nos imaginábamos lo mal que iba a salirnos, de lo contrario hubiéramos elegido seguir emborrachándonos cada sábado para ir al boliche de siempre. Pero nadie tiene el domingo el diario del lunes, claro.

      Nacho y Gastón conocían de la facultad de económicas a un tal Alejo, que por supuesto cayó bien en el resto del grupo. Era un tipo extremadamente tímido pero agradable, siempre portando una sonrisa y charlas interesantes. Fue en una de éstas cuando nos enteramos que practicaba seguido “el juego de la copa”. Nosotros cinco lo habíamos intentado un puñado de veces en el pasado, siempre con el fracaso total como resultado. Preparábamos todo, pegábamos las letras a una mesa e incluso llegamos a encender alguna vela para aportarle misticismo a la cosa, pero nunca pasaba ni fu ni fa. La copa ni se mosqueaba y nuestras risas primero y resignación después iban entrando a escena hasta desvanecer el clima por completo.

      Parecía ser que Alejo se tomaba la cuestión bastante en serio y, una vez salido el tema, se ofreció para acompañarnos en un enésimo intento de mover la copa. Estábamos en casa de Nacho cuando ocurrió el milagro: se movía, claramente se deslizaba hacia cada letra y encima formando palabras lógicas en idioma castellano. Como se supone que para que funcione no puede haber más de cuatro o cinco dedos sobre la base de la copa, al principio quedamos un par afuera, sólo mirando. Y creíamos que el resto la movilizaba adrede para asustar a los que rodeaban la mesa en actitud meramente pasiva. La paranoia se hizo trizas enseguida, porque cada uno de los cinco se fue incorporando al juego y todos sentimos, por primera vez, que algo estaba pasando.

      Repetimos el rito varias veces, siempre con Alejo como maestro de ceremonias. Y nunca más la copa quedaría estancada en el centro. Sentimos que fue como cuando de niños aprendíamos a andar en bicicleta, que una vez logrado el éxito no hay vuelta atrás y es un conocimiento que queda para toda la vida. Así fue con este juego que para muchos era impracticable, por imposibilidad de que les funcione o por temor a las consecuencias. Nosotros en ningún momento nos pusimos a pensar en eso. Yo personalmente no me lo tomé muy en serio, sino apenas como un juego en el que había que respetar las reglas: preguntar siempre quién era el espíritu invocado, indagar con respeto sin inmiscuirse en cuestiones escabrosas y, sobretodo, nunca jamás abandonar el juego sin despedirse. Ese era el abecé que Alejo nos dejó como legado y siempre, casi siempre, intentábamos seguir al pie de la copa.

      La noche que lo hicimos sin la presencia del “maestro” nos sirvió para desterrar las sospechas de que sólo funcionaba porque estaba él. Comprobamos que aún sin Alejo, nosotros nos movíamos a las anchas del juego con idénticos y efectivos resultados, la misma fluidez en el desplazamiento de la copa y la exactitud en cada respuesta. Es importante aclarar que siempre nos mantuvimos en una misma línea de preguntas no demasiado comprometidas. En todos existía el temor a querer saber, por ejemplo, cuánto le quedaba de vida a tal o cual o algo trascendental por el estilo. Éramos felices preguntando quién iba a salir campeón del torneo Clausura. Y llegábamos a la conclusión de que el invocado no entendía nada de fútbol cuando nos hacía escribir Banfield.

      Esa misma noche también hubo un hecho fundamental desembocado por la ausencia de Alejo. Él era quien siempre nos proveía del elemento clave, y al no estar, yo mismo aporté una nueva copa. La birlé del mueble donde mis padres guardaban las bebidas alcohólicas, y se trataba de un pequeño vaso de vidrio macizo de no más de diez centímetros de altura, con líneas verticales que le daban una textura desde la base hasta la abertura. ¿Cuál fue su rendimiento en la mesa? Óptimo al punto de quedar a partir de esa velada como la copa oficial hasta la madrugada fatídica.

      Pasaron varios meses a pleno apogeo en el arte de invocar almas ajenas. Insisto en que no creo del todo en eso, creo en Dios y soy conciente de que existe algo más allá de la muerte, pero no me cabe que aquellos espíritus errantes gasten su tiempo participando de un juego de adolescentes aburridos, porque deben tener menesteres mucho más importantes. Ese era mi pensamiento y me obligaba a buscar otra explicación por la cual se movía la copa, hasta que la hallé en apenas cinco palabras: el poder de la mente. Yo y varios más de los chicos creíamos que inconcientemente empujábamos la copa, que existía una cierta telepatía en nuestros cerebros que motivaba que todos actuáramos de forma similar yendo hasta la letra que pedía la lógica de ese momento. Para corroborar la teoría, una noche decidimos hacerlo con los ojos cerrados, es decir, no ver el abecedario que rodeaba en forma aleatoria la copa. Se puede decir que cobró más fuerza que nunca el enunciado del poder de la mente, porque ante la pregunta de “a qué te dedicabas” formulada sin que podamos ver las letras -salvo Marcelo que tenía que comprobar la respuesta-, la copa contestó “srdjan”, que no resultaba ninguna palabra lógica a no ser que estuviera hablando en serbio o algo por el estilo.

      Igualmente, aún convencidos de que el movimiento del vaso de mis padres se producía por una acción provocada inconcientemente por nosotros, se nos fue haciendo un vicio incurable. Y tan amos del juego nos sentíamos que llegó incluso el momento en que podíamos descartar casi todos los elementos manteniendo la misma efectividad. No necesitábamos noche, ni mesa, ni letras, ni estar sentados sin las piernas cruzadas. No requeríamos ni siquiera de la copa. Usábamos un simple encendedor como reemplazo, poníamos nuestros dedos sobre él y especificábamos que el cenicero era el “sí” y el paquete de cigarrillos el “no”, más que nada Gastón y yo. En el lugar que fuera, usando como base el apoyabrazos de un sofá, preguntábamos cosas simples para que decidiera el espíritu con respuestas afirmativas o negativas. Es verdad que siempre existió la sospecha de que uno de los dos movía descaradamente el objeto. Aprovecho por si él está leyendo esto para aclararle que yo nunca lo hice, y deseo que no haya sido él el desubicado embaucador. Recuerdo un episodio crucial una tarde en lo de Nacho, cuando seguíamos por televisión unas elecciones en las que la actriz Pinky era candidata a intendente por el partido de La Matanza.

      -¿Pinky va a quedar elegida?- preguntamos con Gastón con nuestros índices sobre un pequeño mechero verde. La símil copa se movió hasta una caja de Camel y eso significaba que no. Minutos después Nacho hizo zapping y nos encontramos con la actriz brindando una conferencia de prensa en la que festejaba su victoria. Nos miramos desilusionados restándole credibilidad a nuestro bendito juego, pero increíblemente, media hora más tarde se dieron vuelta los resultados proclamando la definitiva derrota de Pinky en lo que sería uno de los papelones más grandes de los actos eleccionarios en Argentina. Gastón y yo lo festejamos y nos quedamos tranquilos, concientes de que por esa época la copa no nos fallaba casi nunca.

      Estábamos demasiado confiados y relajados con el juego, olvidando quizás aquel respeto inicial. Hubo un toque de atención una noche en casa de mis padres, cuando en pleno desarrollo tradicional, con la clásica copa, letras y cierta solemnidad, la luz se cortó de golpe justo en una pregunta comprometida. La novia de Emilio estaba junto a una ventana desde donde veía una soga vacía de las que se utilizan para tender ropa, sólo con una decena de broches enganchados. Ella jura que, de estar estos últimos absolutamente quietos, comenzaron a girar sobre sí mismos justo cuando se apagó todo. El chillido de los elementos de madera dando vueltas por la soga era notorio, debo reconocerlo, y más al ser concientes de que era una noche de verano sin que corriera una mínima gota de viento. Nos fuimos de casa buscando evadirnos del extraño acontecimiento. La principal afectada era de por sí de pocas palabras, aunque esa noche directamente perdió el habla por unas cuantas horas.

      El sábado de la desgracia casualmente fue la de la vuelta de Alejo al juego. Al día siguiente viajaba a Estados Unidos por varios meses y quería despedirse de nosotros. No había excusa mejor que hacer un último juego de la copa, pero como Dios manda y no como nosotros algunas veces lo habíamos desdibujado con encendedores y ceniceros. La cita era en casa de Emilio, que vivía con sus papás y con su hermana melliza Rocío. En aquella época ninguno de los de nuestro entorno podía resistir la tentación de vivir aquella sobrenatural experiencia y Rocío no iba a ser la excepción. El problema es que, además de ser una chica inocente y diáfana, era demasiado temerosa, no tanto como para no animarse a jugar, pero asustadiza al fin. Y parece ser que la copa capta el miedo, lo huele, y aparentemente no le gusta.

      Ya cuando invocamos al espíritu algo iba descarriado y nos dimos cuenta al preguntarle si era bueno o malo. Por primera vez en meses, nuestro visitante reconocía no ser un alma noble ni bondadosa, y aunque su respuesta nos encendió una alarma, seguimos. Estando Alejo en la mesa, era él quien llevaba la voz cantante y su seriedad y respeto eran tales que nunca se salteaba un paso. Lo siguiente era indagar para ver si el convocado conocía a alguno de los presentes. Todos temimos lo peor y parece que –repito- la copa olfatea el miedo.

      Una a una se fueron sucediendo las letras hasta formar la palabra “Rocío”. Yo la miraba de reojo porque estaba justo a mi lado y me preocupó su semblante cuando le brotó una lágrima que empezó a bajar por su mejilla. Supe que no iba a resistir por mucho tiempo pero el show debía continuar.

      -¿Querés dejarle algún mensaje a Rocío? – pronunció alto y claro Alejo. Lo que ocurrió después bien pudo haber sido el remate de una broma de mal gusto hacia la hermana de Emilio, pero perjuramos que no lo fue. Nuestros dedos temblorosos, incluido el de Rocío, fueron llevando compulsivamente la copa hasta la “m”, la “u”, la “e”, y como para que quedara bien claro, con idéntica velocidad y energía repetimos la palabra muerte un par de veces más. La verdad es que no podíamos detenernos y nos dejábamos llevar hasta que sucedió lo inevitable. Rocío quitó su índice apartando también los del resto, tomó la copa y, al grito desesperado de “¡basta!”, sin pensarlo la arrojó por un ventanal abierto a escasos metros de la mesa. Se hizo un silencio nervioso de dos segundos que parecieron siglos hasta que Alejo lo rompió.

      -¿Qué hacés, boluda?- le repetía con un rostro desencajado y desconocido para todos nosotros, porque su expresión hasta aquel instante siempre emanaba tranquilidad y paz. Evidentemente, lo que había hecho Rocío significaba para Alejo el peor de los pecados. No pasó menos de un minuto para que el maestro de ceremonias recogiera su abrigo y se marchara entre continuos alaridos. Ni se despidió de nosotros de lo turbado que estaba, aún sabiendo que pasaría mucho tiempo para volver a vernos porque su avión salía en pocas horas. Todos nos quedamos helados pero enseguida decidimos consolar a Rocío y cuestionarnos el insólito accionar de Alejo. Sólo después alguien, creo que Marcelo, atinó a asomarse por la ventana intentando seguir el rastro imaginario que había dejado la copa. No cabían dudas de que su aterrizaje había sido en un terreno perteneciente a una casa aledaña en construcción.

      Pocas veces volvimos a hablar de esa noche pero quedaron secuelas. Por fortuna, nada le sucedió a Rocío más allá de algunas aisladas pesadillas. Mis padres nunca se preguntaron por la copa que faltaba en su bar, pero yo sí me encargué varias veces de curiosear sobre el chalet que levantaron junto al departamento de Emilio. No puedo negar que a pesar de mi escepticismo por la verdadera seriedad del juego que practicábamos, saber que el instrumento para hacerlo había caído en ese sitio me perturbaba. Temía enterarme de que ocurriera alguna desgracia, porque nadie me hubiera quitado la culpa, a mí y a todos los que habíamos decidido experimentar con fuego. Gracias a Dios, a través de porteros y vecinos de la zona nunca llegaron a mis oídos malas noticias de esa casa. Al menos así fue durante los años en los que esporádicamente me ocupaba del tema hasta que lo olvidé por completo.

      A Alejo no lo volvimos a ver en años. Había partido a Norteamérica la misma mañana del incidente y, no siendo época de teléfonos móviles ni correos electrónicos, perdimos todo tipo de contacto hasta que Nacho, una semana antes de emprender el viaje que hoy lo había traído hasta Barcelona, se lo topó de casualidad en un recital de rock. Estando en 2009, sí pudieron intercambiar sus números de celular, quedaron en encontrarse otro día y fue entonces cuando Alejo le dio a Nacho la copa que ahora regresaba a mí. Cuando la desenvolví, además de las evidencias del paso del tiempo, hallé en ella una ostensible rajadura que, intuí, pudo haberse ocasionado con la caída. Me pregunté en voz alta cuándo había sido que Alejo la había recuperado, y la respuesta de Nacho iba a atarme varios cabos sueltos.

      -Fue a buscarla la misma noche que Rocío la tiró. Trepó por una empalizada y la encontró entre unos pastizales. No podía permitirse que quedara librada a la suerte, más que nada porque era un ser maligno el que había sido invocado. Esa fue la explicación que me dio. Está loco, ¿no?

-Bueno, entonces no pasó nada en la casa de al lado porque la copa sólo estuvo minutos ahí –agregué rememorando mi preocupación en aquellos años- ¿Y qué fue de la vida de Alejo todo este tiempo?

      No debí haber preguntado eso, porque hubiera preferido no saber de la innumerable cantidad de desgracias que sufrió a partir de esa noche. Supe que su viaje de estudios fue un verdadero martirio, que nunca se adaptó a California y que reprobó el Master con las peores notas, aunque había sido mucho peor lo que le ocurrió a su familia al haber sido atracada en su casa de fin de semana en Pilar. Años después de la frustrada excursión de estudios, el chico volvió a Argentina, se puso de novio y su enamorada fue atropellada por un taxista borracho quedando postrada en una cama de hospital por nueve meses. Como si no bastara, en 2001 Alejo fue una víctima más del Corralito y al no poder retirar la suficiente cantidad de dólares una deuda lo obligó a cerrar su negocio de imprenta. Con lo poco que había rescatado, invirtió en letras junto a un socio que acabó estafándolo, y su último estigma fue en octubre de 2007 cuando recibió una bala de goma que le rozó un pulmón, durante una marcha inicialmente pacífica contra la inseguridad que acabó en una refriega entre activistas de izquierda y policías con él en el medio, por supuesto.

      Mientras escribo, levanto la vista del teclado y veo la copa posada a la derecha de la mesa. No sé si Alejo me la mandó de vuelta como para decirme “ya sufrí demasiado, ahora te toca a vos” o él cree que sencillamente tiene que regresar a su dueño original. Detrás de mí hay otra ventana abierta, admito que evalúo la posibilidad de darle un nuevo vuelo furtivo, pero temo que me la encuentre otra vez quién sabe cuándo y en qué manos. En este momento sigue aquí y ya se me ocurrirá qué destino darle. O no.

      Por las dudas, les pido a mis lectores que se fijen de vez en cuando si escribí algún nuevo cuento. Si pasa más tiempo del habitual y continúa estando este testimonio como mi obra final, les ruego averigüen con las personas más cercanas a mí por mi paradero, o por mi salud, o por mi vida. Y si me ha sucedido algo extraño, pueden servirse de estas líneas para intentar explicar lo inexplicable.


martes, 2 de junio de 2009

La conquista

por Javier Debarnot

      Lunes. Para Juan era un día cualquiera, uno más de esos que se acumulaban intrascendentemente en su vida. Se sentó en el banco de siempre a la hora de siempre, y oteó el recipiente en el que llevaba sus sándwiches. Sacó uno y empezó a comer casi de compromiso, sumido en un vacío que lo llenaba por completo, hasta que levantó la vista y miró más allá de las rebanadas de pan que sostenían sus manos. En ese instante mágico la vio a ella.
 
      Dos asientos en diagonal hacia la izquierda del banco en el que Juan pasaba cada mediodía, aterrizó una mujer que imantaba miradas. Tenía cabellos largos y rizados, tez blanca y penetrantes ojos marrones que etiquetaban un cuerpo que sugería armonía y sensualidad en cada curva. Vestía sencillo, con blusa negra y falda gris oscura, y leía un libro que Juan intuyó desde lejos que sería de Paulo Coelho por el diseño de la portada. Desde ese momento, el joven de los abúlicos almuerzos en el parque se sintió atraído por ella. No es que se enamoró perdidamente, pero la chica le gustó mucho. ¿Pero igual haría algo al respecto?
 
      Juan era tímido a ultranzas. Temeroso de por sí a hacerse notar por la vida, tenía dificultad para relacionarse e interactuar hasta con sus compañeros de oficina, y ni hablar de las mujeres. O más bien, ni hablar con las mujeres. La sola presencia de una dama que lo cautivaba le producía efectos adversos más marcados que cualquier medicamento: leve a moderado tartamudeo, temblores en las manos, aumento brusco de palpitaciones y otras complicaciones más. Tenía veintiocho abriles y las chicas con las que había estado se podían contar con los dedos de una mano, y aún así sobraban cuatro.
 
      Esos veinte minutos del encuentro inicial, a Juan se le pasaron como nada. No dejó de observarla hasta que se dio cuenta que era hora de volver a su trabajo. Se levantó raudo y apuró los últimos mordiscos a su almuerzo, dedicándole una última mirada a la chica cuando pasó a su lado. Desapareció de la plaza con la ilusión de volver a verla.
 
      Martes. A la misma hora y en el mismo lugar, el destino le hizo un guiñó a Juan y le devolvió a su princesa. Otra vez llegó para sentarse muy cerca del chico, con el libro del día anterior pero con una expresión más relajada. Con su belleza intacta, leía unas líneas y distraía su vista en el verde y celeste de los alrededores del parque. Entonces, en uno de esos recorridos, sus ojos profundos se cruzaron con los tímidos de Juan que, ruborizado y tenso, bajó su vista refugiándose una vez más en su porción de tarta. Y no hubo más en ese mediodía soleado de octubre.
 
      Miércoles. Siendo la una menos veinte, la chica llegó y se sentó al igual que el resto de la semana, aunque aquella vez, según el obsesivo reloj de Juan, había aparecido con un retraso de quince minutos. Eso significaba que el joven tenía menos tiempo para hacer algo, para intentar la heroica misión de dirigirse a la mujer que a esa altura ya lo inquietaba con creces. Pensó, caviló, repensó y se desdijo en sus vagas ideas sobre cómo abordarla. Hasta que llegó a una cobarde conclusión final, al día siguiente le diría algo. Cuando la doncella se alejaba, a Juan le resonó como un martirio la frase de un profesor de su facultad: mañana es el adverbio de los vencidos. Para él, mañana era como la manta que lo arropaba en la fría noche del día a día. Esa madrugada soñaría mil veces con sus acciones y las posibles reacciones de ella. Lamentablemente, en pocas de esas fantasías encontraba un final feliz.
 
      Jueves. Era el día señalado, con un Juan que estaba tan nervioso que se le cerró el estómago, y por eso ni abrió la viandera que rellenaba su mochila azul. La observó llegar, con la falda del lunes pero con una blusa blanca abotonada sólo hasta la mitad que dejaba apreciar un sugerente escote. La vista del tímido se zambulló ahí mismo, aunque el salto desde la altura lo colmó de vértigo hasta agobiarlo. Fue inevitable que su tensión no parara de aumentar, no obstante el chico se puso de pié y comenzó a caminar en dirección a ella. Sudaba. Se deshacía por dentro. Pero fue.
 
      Iba repasando la oración, la simple oración con la que le hablaría una vez que la tuviera enfrente. Tenía presentes las probables respuestas de ella y hacia donde podría llevar la charla según conviniera. Faltaban ocho, siete, seis pasos, y Juan avanzaba. Quedaban tres metros, sopló una leve brisa y la chica levantó su rostro percibiendo que alguien se le acercaba. Poco a poco, como en cámara lenta, giró su cara en torno a Juan hasta tener contacto visual pleno. Y en ese instante todo tembló.
 
      Primero se estremeció el corazón del joven, pero pasadas unas milésimas de segundo vibró el celular que atesoraba en su bolsillo. Eso ocurrió cuando incluso ya había abierto la boca para despedir el primer vocablo y la chica estaba expectante, a la espera de un diálogo que nunca iba a existir. Imposible negar que para Juan fue un alivio atroz haber abortado de golpe la misión. Siguió de largo como si no hubiera pasado nada al tiempo que atendió su teléfono móvil. Era un llamado insípido de un compañero de la oficina que no duró más de un minuto, que resultó ser la perfecta excusa para aplazar una vez más el acercamiento. Engañándose a sí mismo, el chico volvió a su trabajo ese día creyendo que si no hubiese sido por ese llamado, hubiera pasado algo. Mientras se alejaba del parque, aún ya a cincuenta metros sus piernas temblaban por la emoción de la frustrada conquista.
 
      Viernes. Había llegado para Juan la última chance, porque la noche anterior se le había metido en la cabeza que era ese día o nunca. No tenía ningún plan, con toda lógica, ya que al fin y al cabo nada le había funcionado hasta entonces. Sería lo que Dios quiera, y en eso estaba, justamente mirando algunas nubes que se amontonaban en el cielo, cuando llegó ella, a las dos y veintidós exactas. Algo cambió con respecto al resto de la semana, porque se sentó y enseguida se vio que su semblante era diferente. Estaba apagada, con una tristeza que invadía su rostro, pero no de melancolía, sino de congoja en estado puro. Juan la seguía de reojo y se desencajó al notarla tan turbada justo cuando era su ansiada oportunidad. Mucho más se sorprendió al divisar cómo de golpe la chica rompió en un llanto desesperado.
 
      Una vez más, a pesar de los grises nubarrones, a Juan se le abrió el panorama. Supo que no había nada mejor que una dama sollozando, porque era una clara razón para acercarse a ella con la excusa de consolarla sin que pareciera algo forzado. Por una vez en su vida tuvo decisión y aplomo, y en un santiamén ya había invadido el terreno de la chica que seguía sumida en sus lamentos. Se sentó a su lado sin pedir permiso y arremetió con calma, toda aquella que se le había esfumado el día anterior cuando se había propuesto hablarle. Ese viernes sus palabras finalmente salieron sin pedir permiso.
 
      -Disculpame, ¿estás bien? ¿Te puedo ayudar en algo?
 
      -Eh... –se sorprendió al verlo de repente sentado a su lado- No, ¡hola! –sacó un pañuelo y se limpió el rostro secándose una lágrima que le había corrido apenas el maquillaje bajo su ojo izquierdo – Perdón, no quería hacer ningún escándalo.
 
      -No, ¿qué escándalo? De verdad, sé que quizás me estoy metiendo donde no me corresponde, ¿pero te pasó algo grave?
 
      -No tiene importancia, pero gracias por preguntar –la mujer parecía realmente haberse tranquilizado ante la presencia de Juan–. Veo que venís seguido por acá, si no me equivoco estabas ayer y también algún otro día de la semana. Te tengo visto... –le sonrió y pareció sonrojarse, y el joven sintió que de a poco se iba suscitando el momento mágico con el que siempre había fantaseado. Su doncella le retribuía toda su atención, reconocía haberse percatado de su presencia e incluso le hablaba con cierta cadencia en varias frases. Lo iba enamorando de cero a cien en un rato, haciéndolo sentir el hombre más feliz del mundo.
 
      -Y pensar que no me animaba a hablarte, si hubiera sabido que eras tan sencilla...
 
      La joven posó dulcemente su dedo índice en los labios de Juan, interrumpiendo su hablar, gesto que al chico lo derritió casi literalmente por dentro. Acto seguido, le sugirió intercambiar teléfonos para quedar alguna tarde a la salida de sus trabajos. Juan le dio su número y guardó el de ella en la memoria de su celular. Viendo que eran casi las tres, tuvo que empezar el triste trámite de la despedida.
 
      -Bueno, Paula, increíble haberte conocido, lástima que haya sido en un momento difícil –Juan volvió atrás en el tiempo recordando lo que le había dado pie a todo–. A propósito, de verdad, ¿por qué llorabas?
 
      -Cómo resumirte... -pensó Paula en voz alta- Me robaron, justo antes de venir al parque me había subido al subte, y evidentemente alguien metió mano en mi bolso sin que me diera cuenta. Se llevaron cuatrocientos pesos que necesitaba para un trámite. Muy tonta de mí. Pero qué le voy a hacer, si mi jefe me echa, algo nuevo surgirá...
 
      Envalentonado por el momento, y con el agravante de que había cobrado su sueldo aquella mañana y llevaba todo el dinero en su bolsillo, Juan se ofreció a darle los cuatrocientos pesos para que Paula evitara tener un disgusto en su trabajo, permitiendo que se los devolviera el lunes. La chica primero se negó pero terminó aceptando, se mostró agradecida y lo despidió con un húmedo beso que le dejó la marca del pintalabios. Habían quedado en verse la semana siguiente. Juan se fue complacido y orgulloso como nunca y el fin de semana se le pasó con la lentitud de un año, aunque por suerte acabó.
 
      Lunes otra vez. Juan esperaba en la plaza, esta vez en el banco donde siempre se reposaba Paula. Pasó más de media hora y nadie apareció. Entonces marcó el número que tenía en la memoria de su móvil y se sorprendió al ver que no pertenecía a ningún abonado en servicio. En otro parque bastante lejano estaba Paula. Llegó caminando parsimoniosamente buscando algo, hasta que lo encontró y tomó asiento cerca de su nuevo hallazgo. Con la malicia que sólo atesora un ser humano, sonrió pensando que la ciudad estaba llena de Juanes, y sólo era cuestión de esperarlos y hacerlos sentir especiales para dejarlos luego más desgraciados que nunca.
 
 

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