martes, 2 de junio de 2009

La conquista

por Javier Debarnot

      Lunes. Para Juan era un día cualquiera, uno más de esos que se acumulaban intrascendentemente en su vida. Se sentó en el banco de siempre a la hora de siempre, y oteó el recipiente en el que llevaba sus sándwiches. Sacó uno y empezó a comer casi de compromiso, sumido en un vacío que lo llenaba por completo, hasta que levantó la vista y miró más allá de las rebanadas de pan que sostenían sus manos. En ese instante mágico la vio a ella.
 
      Dos asientos en diagonal hacia la izquierda del banco en el que Juan pasaba cada mediodía, aterrizó una mujer que imantaba miradas. Tenía cabellos largos y rizados, tez blanca y penetrantes ojos marrones que etiquetaban un cuerpo que sugería armonía y sensualidad en cada curva. Vestía sencillo, con blusa negra y falda gris oscura, y leía un libro que Juan intuyó desde lejos que sería de Paulo Coelho por el diseño de la portada. Desde ese momento, el joven de los abúlicos almuerzos en el parque se sintió atraído por ella. No es que se enamoró perdidamente, pero la chica le gustó mucho. ¿Pero igual haría algo al respecto?
 
      Juan era tímido a ultranzas. Temeroso de por sí a hacerse notar por la vida, tenía dificultad para relacionarse e interactuar hasta con sus compañeros de oficina, y ni hablar de las mujeres. O más bien, ni hablar con las mujeres. La sola presencia de una dama que lo cautivaba le producía efectos adversos más marcados que cualquier medicamento: leve a moderado tartamudeo, temblores en las manos, aumento brusco de palpitaciones y otras complicaciones más. Tenía veintiocho abriles y las chicas con las que había estado se podían contar con los dedos de una mano, y aún así sobraban cuatro.
 
      Esos veinte minutos del encuentro inicial, a Juan se le pasaron como nada. No dejó de observarla hasta que se dio cuenta que era hora de volver a su trabajo. Se levantó raudo y apuró los últimos mordiscos a su almuerzo, dedicándole una última mirada a la chica cuando pasó a su lado. Desapareció de la plaza con la ilusión de volver a verla.
 
      Martes. A la misma hora y en el mismo lugar, el destino le hizo un guiñó a Juan y le devolvió a su princesa. Otra vez llegó para sentarse muy cerca del chico, con el libro del día anterior pero con una expresión más relajada. Con su belleza intacta, leía unas líneas y distraía su vista en el verde y celeste de los alrededores del parque. Entonces, en uno de esos recorridos, sus ojos profundos se cruzaron con los tímidos de Juan que, ruborizado y tenso, bajó su vista refugiándose una vez más en su porción de tarta. Y no hubo más en ese mediodía soleado de octubre.
 
      Miércoles. Siendo la una menos veinte, la chica llegó y se sentó al igual que el resto de la semana, aunque aquella vez, según el obsesivo reloj de Juan, había aparecido con un retraso de quince minutos. Eso significaba que el joven tenía menos tiempo para hacer algo, para intentar la heroica misión de dirigirse a la mujer que a esa altura ya lo inquietaba con creces. Pensó, caviló, repensó y se desdijo en sus vagas ideas sobre cómo abordarla. Hasta que llegó a una cobarde conclusión final, al día siguiente le diría algo. Cuando la doncella se alejaba, a Juan le resonó como un martirio la frase de un profesor de su facultad: mañana es el adverbio de los vencidos. Para él, mañana era como la manta que lo arropaba en la fría noche del día a día. Esa madrugada soñaría mil veces con sus acciones y las posibles reacciones de ella. Lamentablemente, en pocas de esas fantasías encontraba un final feliz.
 
      Jueves. Era el día señalado, con un Juan que estaba tan nervioso que se le cerró el estómago, y por eso ni abrió la viandera que rellenaba su mochila azul. La observó llegar, con la falda del lunes pero con una blusa blanca abotonada sólo hasta la mitad que dejaba apreciar un sugerente escote. La vista del tímido se zambulló ahí mismo, aunque el salto desde la altura lo colmó de vértigo hasta agobiarlo. Fue inevitable que su tensión no parara de aumentar, no obstante el chico se puso de pié y comenzó a caminar en dirección a ella. Sudaba. Se deshacía por dentro. Pero fue.
 
      Iba repasando la oración, la simple oración con la que le hablaría una vez que la tuviera enfrente. Tenía presentes las probables respuestas de ella y hacia donde podría llevar la charla según conviniera. Faltaban ocho, siete, seis pasos, y Juan avanzaba. Quedaban tres metros, sopló una leve brisa y la chica levantó su rostro percibiendo que alguien se le acercaba. Poco a poco, como en cámara lenta, giró su cara en torno a Juan hasta tener contacto visual pleno. Y en ese instante todo tembló.
 
      Primero se estremeció el corazón del joven, pero pasadas unas milésimas de segundo vibró el celular que atesoraba en su bolsillo. Eso ocurrió cuando incluso ya había abierto la boca para despedir el primer vocablo y la chica estaba expectante, a la espera de un diálogo que nunca iba a existir. Imposible negar que para Juan fue un alivio atroz haber abortado de golpe la misión. Siguió de largo como si no hubiera pasado nada al tiempo que atendió su teléfono móvil. Era un llamado insípido de un compañero de la oficina que no duró más de un minuto, que resultó ser la perfecta excusa para aplazar una vez más el acercamiento. Engañándose a sí mismo, el chico volvió a su trabajo ese día creyendo que si no hubiese sido por ese llamado, hubiera pasado algo. Mientras se alejaba del parque, aún ya a cincuenta metros sus piernas temblaban por la emoción de la frustrada conquista.
 
      Viernes. Había llegado para Juan la última chance, porque la noche anterior se le había metido en la cabeza que era ese día o nunca. No tenía ningún plan, con toda lógica, ya que al fin y al cabo nada le había funcionado hasta entonces. Sería lo que Dios quiera, y en eso estaba, justamente mirando algunas nubes que se amontonaban en el cielo, cuando llegó ella, a las dos y veintidós exactas. Algo cambió con respecto al resto de la semana, porque se sentó y enseguida se vio que su semblante era diferente. Estaba apagada, con una tristeza que invadía su rostro, pero no de melancolía, sino de congoja en estado puro. Juan la seguía de reojo y se desencajó al notarla tan turbada justo cuando era su ansiada oportunidad. Mucho más se sorprendió al divisar cómo de golpe la chica rompió en un llanto desesperado.
 
      Una vez más, a pesar de los grises nubarrones, a Juan se le abrió el panorama. Supo que no había nada mejor que una dama sollozando, porque era una clara razón para acercarse a ella con la excusa de consolarla sin que pareciera algo forzado. Por una vez en su vida tuvo decisión y aplomo, y en un santiamén ya había invadido el terreno de la chica que seguía sumida en sus lamentos. Se sentó a su lado sin pedir permiso y arremetió con calma, toda aquella que se le había esfumado el día anterior cuando se había propuesto hablarle. Ese viernes sus palabras finalmente salieron sin pedir permiso.
 
      -Disculpame, ¿estás bien? ¿Te puedo ayudar en algo?
 
      -Eh... –se sorprendió al verlo de repente sentado a su lado- No, ¡hola! –sacó un pañuelo y se limpió el rostro secándose una lágrima que le había corrido apenas el maquillaje bajo su ojo izquierdo – Perdón, no quería hacer ningún escándalo.
 
      -No, ¿qué escándalo? De verdad, sé que quizás me estoy metiendo donde no me corresponde, ¿pero te pasó algo grave?
 
      -No tiene importancia, pero gracias por preguntar –la mujer parecía realmente haberse tranquilizado ante la presencia de Juan–. Veo que venís seguido por acá, si no me equivoco estabas ayer y también algún otro día de la semana. Te tengo visto... –le sonrió y pareció sonrojarse, y el joven sintió que de a poco se iba suscitando el momento mágico con el que siempre había fantaseado. Su doncella le retribuía toda su atención, reconocía haberse percatado de su presencia e incluso le hablaba con cierta cadencia en varias frases. Lo iba enamorando de cero a cien en un rato, haciéndolo sentir el hombre más feliz del mundo.
 
      -Y pensar que no me animaba a hablarte, si hubiera sabido que eras tan sencilla...
 
      La joven posó dulcemente su dedo índice en los labios de Juan, interrumpiendo su hablar, gesto que al chico lo derritió casi literalmente por dentro. Acto seguido, le sugirió intercambiar teléfonos para quedar alguna tarde a la salida de sus trabajos. Juan le dio su número y guardó el de ella en la memoria de su celular. Viendo que eran casi las tres, tuvo que empezar el triste trámite de la despedida.
 
      -Bueno, Paula, increíble haberte conocido, lástima que haya sido en un momento difícil –Juan volvió atrás en el tiempo recordando lo que le había dado pie a todo–. A propósito, de verdad, ¿por qué llorabas?
 
      -Cómo resumirte... -pensó Paula en voz alta- Me robaron, justo antes de venir al parque me había subido al subte, y evidentemente alguien metió mano en mi bolso sin que me diera cuenta. Se llevaron cuatrocientos pesos que necesitaba para un trámite. Muy tonta de mí. Pero qué le voy a hacer, si mi jefe me echa, algo nuevo surgirá...
 
      Envalentonado por el momento, y con el agravante de que había cobrado su sueldo aquella mañana y llevaba todo el dinero en su bolsillo, Juan se ofreció a darle los cuatrocientos pesos para que Paula evitara tener un disgusto en su trabajo, permitiendo que se los devolviera el lunes. La chica primero se negó pero terminó aceptando, se mostró agradecida y lo despidió con un húmedo beso que le dejó la marca del pintalabios. Habían quedado en verse la semana siguiente. Juan se fue complacido y orgulloso como nunca y el fin de semana se le pasó con la lentitud de un año, aunque por suerte acabó.
 
      Lunes otra vez. Juan esperaba en la plaza, esta vez en el banco donde siempre se reposaba Paula. Pasó más de media hora y nadie apareció. Entonces marcó el número que tenía en la memoria de su móvil y se sorprendió al ver que no pertenecía a ningún abonado en servicio. En otro parque bastante lejano estaba Paula. Llegó caminando parsimoniosamente buscando algo, hasta que lo encontró y tomó asiento cerca de su nuevo hallazgo. Con la malicia que sólo atesora un ser humano, sonrió pensando que la ciudad estaba llena de Juanes, y sólo era cuestión de esperarlos y hacerlos sentir especiales para dejarlos luego más desgraciados que nunca.
 
 

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno, Javi, es verdad, la calle, la vida está llena de Juanes, me siento uno.   Me ha encantado tu relato.

Muuua!

Olga

Anónimo dijo...

Grande pa! Moraleja: Nunca hables con mujeres que leen Coelho son todas chorras. Aunque las peores son las que leen a Stephen King, prefieron no contar de esas.

Hablamos.

Martín

chapi dijo...

Coincido con Martín, Coelho es para desconfiar.
Te mando cuatrocientos abrazos.
Cristian

mazlov dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
mazlov dijo...

Por eso cada vez que hermosas damiselas me piden el número de móvil les digo: "decime tu número y te llamo, así te queda el mío". Y verifico en el momento que le suene el aparato, con el perdón de la expresión :p

Claris dijo...

Qué manera de desperdiciar 5 días de tu vida. Qué traicioneras son (algunas mujeres) y qué pena matar el romanticismo de esta manera sniffffff. Javier, espero que en el próximo cuento se respire VENGANZAAAAAA

Anónimo dijo...

Ohhh! Pobre Juan. Me dió penita.
Muy bueno!

beso

Claudina
PD: no somos todas como Paula!

Hermanos Bladimir dijo...

Javi, muy buen relato, como de costumbre.
A decir verdad, por como venía encarada la cosa, me suponía que algo medio malo -y quizás traicionero- iba a suceder. Como que el mismo desarrollo iba desenmascarando poco a poco el final.
Pienso que por situaciones así, es que a veces no es tan mala idea seguir a las mujeres e investigarlas casi paranoicamente antes de iniciar una charla ocasional.

Y con respecto al comentario de arriba (de Claudina), me permito una corrección:
"No somos todas como Paula, las hay peores".

Respetuosos saludos

Anónimo dijo...

Excelente hermanito!
Me encantan las historias de amor, está tan bien relatado que hasta el final creí que Juan eras vos. Recién al final me di cuenta que obviamente no podía ser así.
Muy atrapante!
Mari

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