miércoles, 16 de febrero de 2011

La anciana ridícula


por Javier Debarnot


Basado en una historia real

I.
     -Tengo que llevarme a Eva.
     La Muerte soltó la frase entre dientes porque hubiera querido que nadie la escuchara. Incluso se avergonzaba y ese rubor le había conquistado su expresión sin permiso, pero aún así, si dijo lo que había dicho era porque no le quedaba opción. Obviamente era conciente de que el Ángel, el mismísimo Ángel de Eva, no iba a tomar esa declaración como algo que puede espetarse al pasar. Enseguida se estremeció y le clavó su mirada a la Muerte como dos llagas ardientes que todo lo perforan.
     -Sólo puedo aceptarte eso si se trata de una broma, pero aún viniendo de tu parte me parece de mal gusto.
     -Es verdad.
     -¿No fue suficiente cuando te llevaste a su madre siendo Eva apenas una adolescente?
     Entonces la Muerte rememoró su propia vida releyendo en su mente la infinidad de nombres incluidos en su lista negra, y ahí empezó a buscar el de la mujer que había traído al mundo a Eva. Enseguida confirmó para sus adentros que el Ángel tenía buena memoria, ya que fehacientemente su protegida se había quedado huérfana de madre sólo 19 años después de nacer. Eva Ofelia Andersson –con doble ese, como aclaraba siempre ella, aunque todos la conocían por el sobrenombre Chochi- fue desde entonces una luchadora tenaz que, después de haberle visto el rostro a la Muerte mientras le arrancaba a su mamá, decidió hacer de su vida algo grande.
     La situación económica de los suyos estuvo un tiempo haciendo equilibrio al borde de un precipicio, obligándola durante su niñez a asistir a un colegio como pupila, por el simple motivo de que en la institución podían hacerse cargo de alimentarla día y noche. Superados esos primeros años, luego vino el fallecimiento de su madre y ese hecho iba a meterle el miedo en el cuerpo: ¿y si a ella le tocara irse del mundo también joven como quien la había dado a luz? Pero Eva tenía los suficientes metros de hilo en el carretel como para bordar miles de amaneceres y entrelazar centenares de historias.
     Contrajo matrimonio de jovencita y de pronto sintió otro palo que el destino intentaba meterle en la rueda de su vida: además de criar a sus dos hijos, debía encargarse del cuidado de sus hermanos que eran muchos y muy pequeños. Lejos de amilanarse, Chochi les abrió su corazón a todos y fue ganándose la admiración del resto de su familia. No pudo avanzar todo lo que hubiera querido en sus estudios porque diversas circunstancias le pusieron una barrera infranqueable para ir más allá del tercer grado de la primaria, pero de todos modos fue incentivada lo suficiente como para poder continuar su camino educativo en modo autodidacta. Absorbió y absorbió conocimientos y sabiduría, una tan grande como para convidarle trozos a quien se los pidiera, condimentados y sazonados con la increíble lucidez que brillaba en cada una de sus frases aún en sus abriles más ancianos.
     Además de sus hijos y hermanos, la vida le regaló nietos y, ya entrada en la vejez, también la colmó de felicidad con la llegada de tres bisnietos que vieron en ella a una especie de sol añadido a sus infancias. Chochi ya no podía pedir más nada porque había recibido más de lo que hubiera imaginado en aquellos duros primeros pasos, pero aún así su perspicacia le hacía presagiar que, además de todo el cariño que siempre atesoraba y repartía a su familia, también tenía cuerda para rato.
     -¿Y cuándo piensas llevártela?
     -Mañana cumple 90 años, supongo que será el principio del fin.
     Ya no existía tensión en la conversación que mantenían la Muerte y el Ángel, habiendo comprendido este último que la decisión no tenía vuelta atrás pero tampoco parecía ser descabellada. La oportuna distensión después del ligero entredicho los había llevado a encender una fina hierba que, enrollada por un papiro, la Muerte y el Ángel fumaban de a uno por vez. Un humo embriagador los rodeaba y formaba una nube alrededor del árbol donde hablaban y filosofaban.
     -Tenés que dejarme hacerle un último regalo a Eva –dijo el Ángel–, pero para que pueda disfrutarlo necesita al menos un par de meses.
     -¿De qué se trata? –replicó relajadamente la Muerte mientras le pasaba la sagrada hierba que con sus brazas ardiendo iluminaba la oscuridad que ya empezaba a cernirse sobre ellos- ¿Qué es eso que planeas regalarle antes de que me la lleve para siempre?
     -Justamente eso –respondió el Ángel señalándole el cilindro que desprendía humo entre los finos dedos de la Muerte–. Eva toda su vida fumó tabaco, y creo que no es justo que se vaya de este mundo sin probar aquello que va mucho más allá de llenarse los pulmones de humo.
     -No veo por qué negarme -reflexionaba la Muerte-. ¿Pero pensaste de qué forma hacerle llegar este obsequio de la naturaleza?
     -Yo soy su Ángel etéreo, pero Chochi tiene su propio ángel en la tierra: su nieta María Eva.



II.
     El nonagésimo cumpleaños de Chochi se consumió entre alegrías a granel y generosas raciones de comida y bebida. La viejita, que salvo algún que otro achaque gozaba de una salud que a su edad era para envidiarle, tenía carta libre para disfrutar de manjares que a otros ancianos suelen prohibirle, y durante ese día festivo le dio rienda suelta a su combinación favorita: el choripán con vino tinto. María Eva no sólo era una de sus nietas, sino también su confidente y gran amiga, y ambas se habían emborrachado con motivo del festejo. Pero lo que parecía un cuento idílico iba a dar un brusco giro a la trama apenas una semana después.
     Chochi, o la “anciana ridícula” como le decía María Eva parodiando a un capítulo de los Simpsons, fue una tarde a urgencias y volvió luego de varias horas con la peor sentencia incrustada en su cuerpo: un tumor atroz que le invadía varios órganos a los empujones y que portaba una desagradable pancarta anunciando un cáncer letal. No habría nada por hacer, sólo esperar a un final lo menos doloroso posible que iba a llegar más temprano que tarde.
     Ante esa desagradable situación y horrible espera, María Eva vio que los únicos momentos en que su abuela no permanecía postrada en la cama eran cuando fumaba sus innumerables cigarrillos, y entonces decidió ofrecerle una opción impensada para una mujer de noventa a pocos días de su hora final: probar marihuana. La primera y lógica reacción de Chochi fue la negación, pero interiormente en su alma, aquella que mantenía intacta pese al avance de la maldita enfermedad, fue sopesando el ofrecimiento de su nieta hasta que un día le hizo el pedido alto y claro, “traeme el porro”.
     -Pero anciana, te lo vengo ofreciendo hace semanas y te hacés la legalista, ¿y justo hoy me pedís que no tengo? –María Eva simuló un cierto enojo por la solicitud de Chochi justo cuando la hierba brillaba por su ausencia, pero en el fondo sintió la satisfacción de que su abuela se había dejado convencer. La joven sabía que, al decidirse la enferma a fumar marihuana, ésta iba a sentir una sensación inigualable que se asemejaría a un oasis en medio de la pesadilla del cáncer que no dejaba de avanzar. Al otro día, María Eva consiguió la bolsa mágica y se produjo el momento épico: la anciana ridícula probó droga por primera vez en su vida bajo la atenta supervisión de su nieta.
     Después de acabarse el porro iniciático con la naturalidad con la que consumía los cigarrillos de tabaco, Chochi hizo lo que últimamente le costaba horrores, que no era otra cosa que comer. La insensata enfermedad le había cerrado el estómago y muchos temían que la viejita se muriera antes de hambre que de cáncer, pero en ese preciso momento se iba a cortar de cuajo la temida inapetencia de Chochi. Gracias a los efectos de la hierba, se rompió el cerrojo que franqueaba el acceso a su estómago y entonces la anciana ridícula sintió un apetito voraz que la animó a acabarse un plato de fideos con tuco. Y no sólo los disfrutó como nunca, sino que además no le provocaron ninguna molestia posterior.
     Aunque lo mejor estaba por llegar.
     -Estoy de tan buen humor... tengo tantas ganas de reírme.
     Esa fue la frase que soltó Chochi antes de quedar atrapada en un estado de risa constante, que motivó que María Eva le confesara que lo que más había estado esperando era que ella pudiera reaccionar así, ya que la marihuana generalmente provocaba aquello.
     -Si hubiera sabido que se trataba de esto, me hubiera drogado toda mi vida -sentenció la enferma mientras disfrutaba como una niña de ese inédito estado del cuerpo, mente y corazón.
     Los días siguientes empezaron a hacérsele mucho más llevaderos a la anciana, que había hallado en la hierba que le proporcionaba su nieta el paliativo perfecto contra el igual impiadoso cáncer. Al principio eran rituales compartidos, porque Chochi siempre esperaba a María Eva para fumar a medias, pero llegaron más tarde algunas oportunidades en que la viejita no se aguantaba y decidía drogarse sin su mentora. Esas situaciones ponían al descubierto las salidas más brillantes de la anciana ridícula, que además del porro encendido en la mano siempre tenía en la mente una frase para la persona que la veía fumarlo. A una de sus hermanas le dijo “Alicia, éstas son drogas, pero no te doy a probar porque no quiero que te envicies”; y a la señora que la ayudaba con las tareas de la casa “Tere, este cigarrillo que voy a prender es droga, pero no te preocupes porque para consumo personal no es delito”.
     Quizás una de las situaciones más desopilantes se dio una tarde en que María Eva llegó a casa y vio que su abuela, en presencia de uno de sus hijos, hacía malabares para no dejar en evidencia su estado, escondiéndose de él para reírse bajo los efectos del porro.
     -¿Qué te pasa que estás así? -le pidió explicaciones la nieta. La realidad era que en la familia no todos entendían cómo una mujer a punto de morirse de cáncer podía estar consumiendo drogas, y el tío de María Eva era uno de los que, si se hubiera enterado, lo hubiera impedido sin miramientos.
     -La risa no puede salir porque llegó Mussolini –clarificó Chochi en una de sus últimas y memorables sentencias.
     Solamente pasaron tres semanas desde que la anciana ridícula probó el cautivante humo de la marihuana hasta que no pudo hacerlo nunca más. Duró unos veinte días ese estado de relajación que Chochi hallaba luego de inhalar las bocanadas desprendidas por la fina hierba. Fueron mágicos momentos que, ya a sus noventa, pudo compartir muchas veces con su nieta María Eva y en ocasiones se los guardaba sólo para ella. Pero finalmente, ni el destino ni la Muerte la dejaron permanecer más tiempo entre los mortales y se la llevaron un 30 de diciembre. Y aunque la partida de Chochi había estado más que anunciada, sus familiares más cercanos la lloraron y mucho.



III.
     Subidos en la rama más alta de un robusto roble, el Ángel y la Muerte observaron el entierro en respetuoso silencio. Todos estaban conmovidos por el último adiós a la anciana ridícula, aunque una de las más afectadas era una María Eva que no encontraba consuelo. Al menos se había reconfortado habiendo dejado un último obsequio en el cajón de su querida abuela: el cigarrillo de marihuana que Chochi había empezado y que nunca pudo acabar antes de que el cáncer le apagara su corazón para siempre.
     Cuando todos se retiraron de la parcela donde yacían los restos de Eva Ofelia Andersson –con doble ese-, fue su nieta la única que permaneció en el lugar que ya había quedado silenciado de llantos y plegarias. Sólo unos pájaros cantaban mientras ella buscó en uno de sus bolsillos un manojo de semillas de cannabis listas para ser sembradas junto a la tumba de Chochi. A su abuela siempre le habían apasionado las plantas, por lo cual el homenaje era bueno por partida doble, por su amor a la naturaleza y por tratarse de la especie vegetal que en sus últimos días le había proporcionado placer en pequeñas dosis.
     Habiéndose alejado María Eva, el Ángel experimentó una desesperante sensación de vacío sin poder hallarle un verdadero sentido a su existencia. Él también se aprestó a retirarse, pero antes no pudo evitar regar con sus lágrimas el montículo donde la chica había enterrado las semillas. No iban a ser suficientes para provocar un milagroso brote, pero fueron las primeras gotas que iba a beber la tierra que en un futuro vería crecer la mágica planta junto al lecho final de la anciana ridícula.
     Muy sola quedó la Muerte, que no atinó siquiera a un mínimo sollozo porque no formaba parte de su esencia, pero sí reflexionó unos minutos mientras la sombra del ocaso ya empezaba a recortarse sobre la tumba de Chochi. Habiendo vivido desde las alturas todo el dolor que había provocado su decisión de llevarse a la anciana, se vio invadida de golpe por un sentimiento que muy pocas veces se había hecho carne en la frialdad de su alma. Y entonces la Muerte se sintió más ridícula que nunca.


6 comentarios:

**VaNe** dijo...

Y ahora reitero en "sitio oficial":
T E Z A R P A S T E N E N E !! De groso te zarpaste!!!
Es presiosamente poético! Y bueno, encima donde toca... y con quienes... la amada anciana ridícula que aprendimos todos a querer a través del corazón de Eva.
No se si objetivamente o no (creo que sí, tal vez, o no sé) pero creo que es uno de tus textos más hermosos... sinceramente.
Grande Javi!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Gracias por tus letras!
Estamos en contacto siempre
Beso enorme!!!!!!

chapi dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
chapi dijo...

JAJA! Mientras lo leía pensaba "esto seguro que pasó de verdad". Y ahora vuelvo al email que mandaste y veo que está basado en una historia real.
Te sugiero que pongas "Basado en una historia real" junto al título del cuento en el blog, o en cursiva al principio del texto.
Sobre el cuento, me gustó un montón. Cuando la muerte y el ángel prenden el cuete da un giro muy inesperado. No pude evitar reirme. Me parece que es un cuento para leer escuchando "La balada del diablo y la muerte" de La Renga de fondo, no?

PD: Eliminé mi comentario anterior porque al releerlo (al comentario) le encontré como tres errores.

Anónimo dijo...

Lo leo, lo releo, lo vuelvo a leer y no puedo parar de llorar. De alegría, de tristeza, de emoción...
Es hermoso, es un homenaje hermoso, la verdad es que no se como agradecertelo.
Besos!!
Eva

Anónimo dijo...

Muy bueno, cada vez mejor... te pusiste las pilas. Está claro que tu escritura va hacia arriba. Ya quiero leer el siguiente.

Martín

Anónimo dijo...

Excelentísimo como siempre... la verdad es que es un arte el poder tocar un tema tan delicado sin herir, sino por el contrario exaltarlo dejando un mensaje sublime. Me gustó muchísimo y me emocioné en algunas partes.
Seguís siendo un capooooo!!!
Esperamos el que sigue!
Mari

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