martes, 18 de diciembre de 2012

La agenda del jueves

por Javier Debarnot

     Cuando Jorge Amaya llamó a su secretaria para revisar la agenda del jueves, nada hacía pensar que sería el último encuentro entre ellos, aunque un poco más tarde, quizás sí se previó una ruptura total al levantarle Jorge la falda a Beatriz y meterle con traición y alevosía una mano palpándole las nalgas.

     Antes del acoso, mucho pero mucho antes, habían empezado a repasar las actividades que Jorge había escrito la tarde anterior junto a las respectivas horas de la hoja de la agenda del jueves, y que iban a marcar la pauta de un día movido. Movidísimo para Jorge y agitado para todos los involucrados.

     A las diez y media, apenas engullido el desayuno, tocaba ir a ver a Ruscalleda, su socio del bufete Amaya & Ruscalleda Abogados. Apenas debería cruzar el pasillo para meterse en su despacho, interrumpir cualesquiera fueran sus reuniones o conversaciones o teleconferencias con Montevideo y mandarlo a Ruscalleda a la mismísima mierda, diciéndole que le ofrecía -sin cargo y en ese preciso jueves de diciembre- el cuarenta y ocho por ciento del paquete accionario de la firma que le correspondía para que enrollara el documento acreditativo de la cesión y se metiera el cilindro resultante en el culo. Qué a gusto se quedaría viéndole la cara de nada a Ruscalleda después de haberle soportado todo. No más. No más hasta ese jueves.

     A las once, conversación telefónica con Jorgito Jr., el único hijo de su segundo y frustrado matrimonio con Anabella. Tuuuuu, sonaría el timbre, tuuuuu, Jorge dejaría el cable del teléfono hecho un auténtico nudo marinero hasta que, tuuuuu, alguien descolgaría del otro lado. ¿Quién es? Soy Jorge. ¿Qué haces después de tanto tiempo, viejo? De viejo, nada, no soy tu padre. ¿Qué? Que no soy tu padre, siempre te preguntaste de dónde había salido tu fanatismo por las frutas, y bueno, es que sos hijo del verdulero de la esquina. ¿Qué estás diciendo, papá? Papá un cuerno, bah, dos cuernos, los que me metió tu madre con el Cholo, así que andá a reclamarle a él la plata para pagar la cuota de tu ridícula carrera en la universidad privada. Pero, papá, digo… Tu tu tu tu. Cortando por lo sano. Otro tema finiquitado.

     Después de zanjar ciertos espinosos asuntos familiares, mejor darse tiempo para un buen almuerzo en el más lujoso restaurante de Puerto Madero. A la una y media, sí, Beatriz, perfecto, la comida debe reservarse a esa hora invitando a Lola y a María, las becarias de la planta dos. El menú más caro para los tres, con ese vino prohibitivo, sí, ese, el de la botella que sólo con leer su etiqueta hace que la tarjeta de crédito dorada cobre vida y se ponga a temblar en la billetera. De entrada, caviar del bueno, después el mejor trozo de lomo y un postre sólo para sibaritas: champagne de lujo con helado de limón, un placer auténticamente digestivo entre bocanadas de un habano original de la isla. ¿La cuenta final de ese monumento a los pecados de la codicia y la gula? Un número de cuatro cifras de esos que invitan a preguntar “¿qué rompimos?”, pero de pagar nada, Jorge diría que se dejó los plásticos y el metálico en el saco y volvería a saldar cuentas el viernes. Si total, era cliente privilegiado.

     “A las cinco tiene el juicio por lo del accidente de los González”, le recordaba Beatriz esa mañana de jueves, antes de que Jorge le pusiera una mano encima. Tendría la décimo cuarta audiencia correspondiente al caso en donde sus defendidos Emilio y Remigio, hijos del reconocido y multimillonario economista Herminio González que era el mejor cliente del bufete, eran acusados de homicidio culposo tras haber atropellado a una chica que iba en bicicleta. Esa tarde, Jorge Amaya torcería el rumbo del juicio al reconocer que el conductor de la cuatro por cuatro y su acompañante iban hasta el cuello de alcohol y cocaína. Nadie entendería nada, ni mucho menos el padre de los implicados al pedir explicaciones a los gritos y recibir de parte de Jorge un “vos no te metas que sos el que les das la merca, aunque al menos a tus hijos se las regalás y no se las vendés como a todos los ilustres ciudadanos de Vicente López y Olivos”. Vuelco violento en la causa, un nuevo juicio abierto por tráfico de estupefacientes y, seguramente debido a que significaría un hito en la historia judicial argentina, un buen espacio asegurado en la portada de varios periódicos del día siguiente. ¿Saldrían los diarios? ¿Alguien los leería?

     A las ocho, ya finalizada su notoria intervención en la causa de los González, la agenda estipulaba partido de paddle con los muchachos. Jorge le había encargado a Beatriz que le comprara en su hora de almuerzo unas zapatillas de deporte, en lo posible de marca, pero la única marca que le había quedado al abogado había sido la de los cinco dedos de su secretaria en su propia cara después de su desubicada tocada de culo. Beatriz había recogido sus cosas, renunciado y dejado el despacho a las once y cuarenta y siete, entre la llamada a Jorge Jr. y la comida con Lola y María. Por supuesto, Beatriz también se había negado rotundamente a ir a sacar fotos del ménage à trois que su jefe haría con las becarias acabado el almuerzo.

     Tal como se planteó la situación, Jorge iría a jugar con las zapatillas de siempre pero su juego sería más agresivo que nunca. Raúl –le diría a uno de sus rivales-, ¿sabés lo que hace tu mujer cada martes a media tarde? Preguntale a Wálter –su otro adversario y compañero y amigo de Raúl-. 15 a 0. Esteban –le lanzaría como al pasar a su pareja de juego- anoche estuve con tu mamá. 30 a 0. Sos adoptado. 40 a 0 y triple bola de partido. Son tres fracasados, no sé por qué me sigo juntando con ustedes.

     De vuelta en la oficina, agitado y sin haberse duchado tras escapar de la furia no contenida de sus tres ex mejores amigos, le quedaría un rato para meterse en su página favorita de apuestas online y responder dos preguntas vitales para dar el próximo paso: cuál puede ser la apuesta más ridícula y cuál es la cantidad de dinero que le queda disponible en su cuenta. Y entonces se jugaría toda su fortuna a que el corredor asturiano Fernando Alonso acabaría una carrera de Fórmula Uno sin esgrimir absolutamente ninguna excusa en caso de no haberla ganado.

     A las doce de la noche de ese jueves, Jorge Amaya giraría la hoja del calendario de su oficina y se iría a dormir pensando en lo agitado, emocionante, bizarro, loco, divertido y excitante que habría sido su día al cumplir una a una todas las actividades planeadas en su agenda del jueves. Ni soñaba despertarse a la mañana siguiente, pero sí que lo haría.

     Al final, incumpliéndose las apocalípticas profecías mayas, no habría fin del mundo el viernes veintiuno de diciembre de dos mil doce. Bueno, no lo habría para los aproximadamente seis mil novecientos noventa y nueve mil millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve habitantes del planeta tierra, pero para Jorge Amaya, visto lo visto y viendo a todo lo que tendría que enfrentarse a partir de ese día, sí sería el auténtico fin del mundo.


martes, 4 de diciembre de 2012

Me casé con una extraterrestre

por Javier Debarnot

     Haberme dado cuenta recién, hace apenas cinco minutos, de que mi mujer no pertenece al planeta Tierra no me resulta tan grave. Pero sí me preocupa un poco el pequeño detalle de que, también de sopetón, acabo de despertarme en una nave espacial, boyando por el universo. Me imagino que la nave será la suya y sería interesante conocer cuándo adquirió el vehículo, más que nada para saber si entrará o no entre los bienes gananciales.

     Lo último que recuerdo es que ayer a las once y pico, antes de irme a dormir, sufría un ligero dolor de cabeza y mi mujer me acercó a la cama una pastillita con un vaso de agua. La ingerí cometiendo el error de siempre: no leer el prospecto del medicamento. No sé, tal vez hubiera estado escrito en las contraindicaciones que el fármaco podía producir leves a moderados desplazamientos del cuerpo, a unos treinta, cuarenta mil kilómetros de la estratósfera. Ahí parece que estoy ahora, viendo la Tierra de un tamaño más pequeño que el de la píldora que me dio anoche mi amada esposa, la bellísima alienígena.

     Ahora que lo pienso, en los quince años que llevo casado con ella pudo haber existido alguna señal –por lo visto, señal interespacial- que me indicara que mi mujer no había nacido en la ciudad de Rosario, y sí en el cuadrante 18 del sector gama del planeta Zafiro. Pero a veces uno va por la vida prestándole atención a estupideces, dudando de cuántas patas tendrá realmente un ciempiés, y estando así de obnubilado por ese crucial interrogante no me parecía raro el detalle de que mi mujer, cuando algo la ponía furiosa, en lugar de decir “esto me pone verde” decía “me pone color piel de humano”.

     Y cuando más de una vez intentaba llamarla a su teléfono móvil, una operadora me decía que el cliente estaba fuera de cobertura. En teoría, ella sólo había salido de casa hacía diez minutos para comprar leche, pero en la práctica –intuyo yo ahora desde acá arriba- quizás estaría dando vueltas por algún rincón de la vía láctea. No lo sé. Más raro era cuando le prestaba atención al detalle de la factura telefónica en caso de que el importe fuera más alto que el habitual, y veía en letra muy pero muy chiquitita que figuraba un apartado que decía “llamadas de larguísima distancia”. Detalles, minucias y cositas que ahora me van cerrando.

     Ya se me está pasando el voleo en la cabeza. Miro a mi alrededor y estoy en una cabina donde destacan sólo cuatro elementos: el panel de cristal transparente que me permite ver el espacio exterior, un tablero con comandos y botones que en teoría son para dirigir la nave, la silla donde estoy sentado y por último una puerta, cerrada. Pruebo de abrirla y es imposible, entonces vuelvo a mi sitio. Medio perdido, recorro el tablero y me encuentro a mi izquierda, pegada con cinta adhesiva, una pequeña foto 4x4 de nuestro hijo. Me emociono, pienso en él y entonces caigo, no literalmente porque sería una catástrofe hacerlo desde tan alto, caigo en por qué mi mujer había insistido tanto en ponerle Esteban como primer nombre, o Ezequiel o Eugenio, y como segundo Tomás, o Tadeo o Toribio -¡Toribio!-, sí, ahora me doy cuenta que tenía que ser un E.T. a toda costa.

     Yo había cedido a todos sus caprichos por amor, como siempre. Y ahora recuerdo que cuando Ezequiel Tadeo apenas tenía cinco o seis meses me enternecía ver, asomándome en la puerta de su habitación, como mi mujer le decía con extrema dulzura: “di bu da rí, a ta tá, lo di ra nó, ti ti ro cé”. Me daba ternura, muchísima, aunque después me generó algo de preocupación cuando, una tarde y por error, levanté uno de los teléfonos de casa y escuché una conversación que mi hijo, ya con dieciséis, mantenía con su madre. Y fue un déjà vu de la anterior. “Di bu da rí, a ta tá”, le decía Ezequiel, y aquel día pensé que tenía un hijo bobo y se me había venido el mundo abajo, pero hoy, que estoy encima del mundo me van cerrando las distintas piezas del puzzle: era un lenguaje de comunicación alienígena.

     Sigo sentado y conmocionado. ¿Por qué nunca me lo confesó? Pienso que todo se puede comprender en esta vida, hasta que tu mujer te diga después de dieciocho años de estar juntos –o sea que la mentira ya se había hecho mayor de edad- que es una extraterrestre. Hay cosas peores, pienso ahora, “soy la que inventé la canción de la Mutua Madrileña, la de ¡soy, soy, soy!”. Eso si que no lo hubiera podido perdonar jamás.

     ¿Y ahora se acabará todo? Yo hasta recién vivía convencido de que estábamos pasando el mejor momento de nuestra relación. Que habíamos reinventado el amor -sí, suena cursi pero hay que intentarlo porque si no, lo que suena es la campana final-. Ayer mismo, cuando le pregunté a mi mujer que quería hacer el fin de semana, me dijo “voy a amarte”. ¡Y yo a ella! La había abrazado emocionado y ella, me doy cuenta ahora porque siempre con el diario del lunes es más fácil, en realidad se había quedado sorprendida de mi reacción, un poco fría. Claro, la confusión había sido semántica. Si en vez de decírmelo me lo hubiera escrito, yo hubiera leído claramente “Voy a Marte”. ¿Sería adonde me estaba llevando ahora?

     Siento un cosquilleo, pero antes de que éste se haga insoportable en mis tripas por suerte me sorprende el ruido de una puerta. Se abre por detrás mío y entra ella. Mi mujer. La extraterrestre. Está igual que siempre, preciosa, vivaz, pero más diáfana que nunca. Corre a mis brazos y me pide perdón de la única forma que sabe, articulando las palabras mientras me besa apasionadamente. Y me lo confiesa todo. De pe a pa, “Pepa”, ese es su verdadero nombre, el que figura en su documento alienígena.

     Apenas puedo sostenerme porque los pies se me bambolean como las dos torres antes de venirse abajo. Me dice que quiere que vayamos a conocer a su auténtica familia, a la de sangre. Pucha, digo, con lo mucho que me había costado llevarme bien con la parentela terrestre, ahora veía que todo el esfuerzo había sido en vano. A empezar de cero, a volver a remar para ganarme la confianza de los suegros.

     “Suegros, no, eso será otro día”, me aclara mi mujer justo en el momento en que la nave aterriza en un planeta que parece muy similar a la Tierra, salvo por el detalle de que el cielo es color verde agua. “Tengo muchísimos hermanos”, me dice ya después de tocar -¿tierra?- firme.

     “¿Tantos hermanos?”, le pregunto mientras vamos caminando de la mano, como en una segunda -¿luna?- de miel. Mi mujer me explica que son como trescientos ocho o trescientos nueve, no lo tiene muy claro porque la tasa de natalidad en Zafiro va creciendo más rápido que la de desempleo en España. Parece ser que en su planeta no existe la televisión y las parejas se tienen que buscar la vida para entretenerse. Me aclara que quiere presentarme a uno de sus hermanos en particular, y ahí percibo que viene hacia nosotros una persona, de aspecto terrestre como yo y como ella. Se acerca.

     Y entonces, cuando por fin está a una distancia prudente, vuelve a instalarse el tembleque en mis rodillas. El personaje en cuestión, uno de los supuestos trescientos nueve hermanos alienígenas de mi mujer, me estira la mano y me dice tímidamente, como si fuera necesario que lo aclarara: “hola, me llamo Lionel”.

 

martes, 20 de noviembre de 2012

¡Al agua!

por Javier Debarnot

     Algunas personas adultas, y quizás la mayoría de la gente mayor, suele sentarse primero en el borde, mete el dedo gordo del pie en la pileta -piscina, para mis amigos españoles-, comprueba la temperatura, y después inicia, parsimoniosa y trabajosamente, un lento descenso de todo el cuerpo hasta acabar con el agua al cuello. Yo no podría rendirme a ese pacífico ritual, más que nada porque si llegara a notar que el elemento esencial está muy frío, mandaría todo al diablo y enfilaría de vuelta al vestuario. Por lo tanto, soy de los que se tiran de cabeza. De una. Y que sea lo que sea.

     Allá vamos, a cumplir con mis cien piletas de rigor. Empieza bien la rutina porque estoy solo en mi carril. Es inmensa la satisfacción de contar con esos veinticinco metros de largo por dos de ancho, una extensión que ya querría para un departamento de dos ambientes. Mi cuerpo de metro ochenta y ocho necesita espacio, porque mis brazadas, largas y a en ocasiones torpes, ocupan mucha de la superficie circundante e incluso a veces invaden carriles ajenos, a mi derecha o a mi izquierda. Lo mínimo que puedo pretender es exclusividad para ir y venir, de crawl o de espalda, este último mi estilo favorito aunque tiene sus desventajas.

     Nadar de espaldas me inspira libertad. Como no tengo que ver debajo del agua, aprovecho para subirme las gafas hasta la frente, a la altura del flequillo, y entonces mis ojos también pueden respirar, y si no se entrometiera el techo de la piscina hasta contemplarían el cielo. Paz. Remanso. Pero justamente, el techo de la piscina pasa a ser un aliado fundamental para no romperme un brazo o, peor aún, la nuca contra el borde. Es que voy muy relajado, y yo encima de espaldas nado bastante veloz, y pensando en el último episodio de “How I met your mother” no calculo que ya se están por consumir los veinticinco metros y paf, golpazo en el mejor de los casos de una de mis pesadas brazadas contra el duro cemento que da por finalizada la piscina. Cansado de esos pequeños accidentes, y aclarando que cuando el golpe se lo lleva mi cabeza mi primera reacción es girar para ver si alguien lo vio y piensa “qué boludo el del carril tres, ya se golpeó más de una vez”, uno se ve obligado a buscar una técnica preventiva. El techo. Siempre tiene algo, unas vigas de tanto en tanto o banderines que cuelgan a cierta distancia unos de otros. Ahí encuentro las alertas para evitar la hecatombe: cuando pase la cuarta viga, atento que se viene el borde; o después de los banderines, cuatro brazadas y dejar floja la mano más adelantada hasta tocar la pared. Qué placer haber solucionado los peligros que conlleva nadar con mi estilo preferido.

     Todo marcha perfecto. Ya van veinticuatro piscinas cuando estoy a punto de llegar al borde, pero… ¿van veinticuatro o veintidós? Me distraje hace cuatro –o seis- largos cuando le daba vueltas a una explicación que tendría que darle más tarde a mi jefe. Odio perder la cuenta de los largos que llevo nadados, y lo que suele ocurrir en estos casos es que prefiero quedarme con que llevo el número más bajo. Seguro que más de una vez, por esas distracciones y dudas matemáticas acabo con ciento dos piletas recorridas, pero mi autoexigencia prefiere eso antes que arriesgarme a quedar con noventa y ocho en el casillero.

     Bien, ahora sí que todo está en orden, hasta que veo el peligro a lo lejos, a escasos trece metros. Cada vez que miro hacia delante por debajo del agua entre brazada y brazada de crawl, veo descender un bulto oscuro que, ya sumergido, se mueve lentamente cual lobo marino en uno de los bordes. Una señora mayor con su infaltable traje de baño negro acaba de invadir mi carril. Y adiós a la paz. Hay algo peor: la señora no ha llegado sola sino que viene con aditivos. Un flotador flexible, una especie de palo circular gomoso de un metro y medio de ancho será su fiel compañero y, a la vez, mi cruel enemigo. Será cuestión de tres o cuatro piscinas para que me lo encuentre golpeándome un ojo. Mierda.

     Pero lo peor es que las señoras mayores en las piscinas, al igual que los accidentes aéreos, nunca vienen solas. A los cinco minutos aparece la señora número dos. Es importante advertir que ahora las estoy llamando señoras, pero verán que esto puede cambiar con el transcurrir del relato, o más bien de las piscinas. Por suerte ya voy cincuenta y ocho, ya pasé el Ecuador de mi rutina diaria. Empieza el problema cuando se me dificulta seguir el ritmo. La vie… señora que va adelante, da la sensación de estar como detenida en el agua. Pareciera no avanzar. Yo regulo. Pero va a ser cuestión de metros para toparme con ese piquete en medio del carril. Si no tuviera ese flotador que además franquea el lado izquierdo, podría pasarla, pero el maldito aditivo de la mujer está ahí. Opción uno, aplicarme una pausa y quedar suspendido hasta que la señora llegue al final. Opción dos, y finalmente la que elijo, me sumerjo y paso por debajo de la vieja como su fuera un buzo. Prueba superada.

     Cuando alcanzo el borde y giro mi cabeza para emprender el regreso, la vieja sigue ahí. Podría jurar que, lejos de haber avanzado, parece estar un poco más atrás, como si nadara -“nadar” es una forma de decir- al estilo cangrejo. Salgo embalado, teniendo en cuenta que adelante mío, yendo en idéntica dirección, va la señora número dos, que automáticamente se transforma en vieja de mierda, junto a la otra, cuando se pone a conversar –sí, conversar como si estuvieran tomando mate en la mesa del patio- en el medio del carril de la pileta, una de un lado y otra del otro, con el amigo flotador haciendo juego, y yo a punto de llegar a la bonita reunión dando martillazos con mis brazos en señal de protesta. Pero la vieja de mierda uno y la vieja de mierda dos ni se inmutan. “Ar bruar arrer”, es el sonido que debe oírse en las profundidades cuando digo “la puta madre” aún a costa de tragar un poco de agua y, no sé cómo, sorteo el obstáculo de las dos charlatanas y en escasos segundos, porque la furia me hace desplazarme más rápido aún, acabo la piscina número cincuenta.

     La suerte me guiña un ojo y veo un carril libre, con cero viejas de mierda a mi izquierda. Allá voy para rematar las últimas piscinas que me quedan. Qué placer verle la cara otra vez a la bendita tranquilidad. De golpe empiezan a pasar listas por mi cabeza: la del súper, la de los candidatos a ganar el Balón de Oro, la de las películas que tengo que descargar por Internet. Pienso en cualquiera de esas listas mientras braceo hasta que… listo, se acaba la paz. El panorama que vislumbro por el rabillo del ojo cada vez que saco la cabeza para respirar es sombrío. Oscuro. Decenas y decenas de sombras van caminando por uno de los bordes de la pileta. Es una hilera que parece no acabar nunca, y lo peor de todo es que todos los integrantes van armados con lanzas, escudos, hasta me imagino catapultas. Además gritan, braman, intentan controlarlos pero ellos siguen ahí, desaforados, avanzando y rodeando amenazadoramente el flanco izquierdo de la pileta. Yo tiemblo. Y no son orcos u otras criaturas de Tolkien, son el segundo grado de la Escuela San Ramón Nonat que vienen a su clase de cada jueves, con flotadores, pelotas y otros enseres. El miedo a que en un arrebato de locura se me tiren encima entre siete y me ahoguen me obliga a nadar más rápido aún. Ánimo que sólo me faltan cuatro.

     Al final, los niños fueron domados por los monitores y sólo tuve que sufrir un pelotazo con un balón de goma mucho más inofensivo que los bordes de la piscina. A mi derecha, las señoras uno y dos –ya se me fue la bronca- siguen de cháchara y me sonríen cuando coincidimos en un extremo de la pileta. Ya voy recorriendo el largo número noventa y nueve y, acabado éste, me encomiendo al último esfuerzo de la tarde para completar mis añoradas cien piscinas. Me doy cuenta que estoy llevando a cabo un acto de absoluta justicia. Saldo una deuda. Tantas veces mientras nadaba se me ocurrieron historias para contar luego, que ya era hora de que la historia pasara a ser ella: mi bendita rutina de nadar como fuente de salud, relax, y por qué no inspiración. “Gracias”, le digo a la piscina. “De nada”.

   

martes, 6 de noviembre de 2012

Una noche entre tumbas

por Javier Debarnot

     -Esta noche vamos al cementerio.

     -Lindo paseo, ¿y a qué se debe la visita?

     -¿Qué? ¿Te hace falta un motivo?

     -Tengo 12 años, no nací ayer –contestó Nico-. Nadie va por diversión a un lugar así.

     -Leandro cree que al Sr. Giovanni lo enterraron vivo.

     Esa sí era una buena razón para la excursión nocturna. Aunque la escalofriante teoría de Leandro acabara siendo un fiasco, ninguno de los tres de la pandilla iba a arriesgarse a que tuvieran que contarle el final de esa aventura. Hugo Giovanni, uno de los dueños del kiosco de diarios y revistas del pueblo, había muerto en circunstancias muy extrañas aquella mañana. El hombre de cuarenta y tres años había quedado inmóvil de repente, en su puesto de trabajo, no presentaba signos vitales, y a partir de allí todas fueron decisiones apresuradas y poco acertadas: llamar a una ambulancia que tardó un siglo, decretar su deceso valiéndose de la única opinión manifestada con muchos nervios por un auxiliar de enfermería, firmar este último su muerte y, decidido por su único familiar vivo, enterrarlo en el cementerio con apenas un par de horas en la morgue judicial. Y que en paz descanse.

     Pero a Leandro le sobraban, además de muchos puntos de diferencia de coeficiente intelectual con respecto a la media, motivos para sospechar que se había cometido una atrocidad con el cuerpo, según él, todavía con vida del pobre Giovanni. El chico sabía que la víctima sufría de Parkinson, que más de una vez se le habían resbalado las monedas después de temblar en su mano cuando intentaba darle el vuelto, y esa enfermedad era una de las que podían causar catalepsia.

     -¿Seguro que la catalepsia es eso? –preguntó Nico por su walkie-talkie mientras metía en su mochila un par de linternas para la expedición.

     -Ya lo conocés a Lea, habla poco pero todo lo que dice es palabra santa.

     Cuando los tres chicos se reunieron debajo del viejo roble de siempre, hicieron un breve repaso de los elementos que se habían propuesto llevar, y lo tenían todo. Incluso Pablo encontró en uno de sus bolsillos una carta de amor que, sin que él lo supiera, le había dejado clandestinamente su amiga Lucía, lo que motivó algunos comentarios socarrones de Nico que cesaron cuando la cara de su amigo a punto estuvo de teñírsele de rojo de la vergüenza.

     Sólo la luna, grande, llena y luminosa, ofició de mudo testigo de la llegada de los tres al cementerio del pueblo. Antes de treparse por un muro lateral, Pablo y Nico se habían preguntado por Rufus, el fiel perro de Leandro, diciéndoles éste que era arriesgado que los acompañara porque sus ladridos podían llamar demasiado la atención. Con algo de esfuerzo escalaron la pared de no más de tres metros y saltaron hacia el interior. Parecía no haber un alma por allí. O al menos un alma de las que se alojan en el cuerpo de los vivos.

     La lluvia que durante el día había azotado al pueblo les había jugado una buena pasada, porque gracias a ello la tierra permanecía húmeda y les resultó mucho más fácil la tarea de cavar una vez hallada la tumba de Giovanni. Pablo empuñó la pala que Nico le había hurtado a su padre y comenzó a remover y sacar tierra enérgicamente mientras Lea lo animaba y lo alumbraba con su linterna. Habían decidido que lo más seguro sería que uno de los tres montara guardia, escondiéndose walkie-talkie en mano, cerca de la puerta de la casilla del sereno, y a Nico le había tocado esa misión.

     Pablo sintió una superficie rígida en una de sus arremetidas con la pala. Sin duda había llegado al cajón. Tan excitados estaban él y Leandro que ni notaron, en el momento en que descubrieron un trozo de madera entre la tierra removida, que una sombra invadió el único halo de luz que alumbraba la escena. Un cobarde palazo golpeó la nuca de Pablo, que soltó su propia pala y cayó desmayado hacia adelante derrumbándose contra el ataúd que ya había quedado medio visible. La reacción de Leandro no fue lo suficientemente rápida como para evitar que el atacante, una persona adulta, le inmovilizara con facilidad los brazos y acabara poniéndole un pañuelo en la boca empapado con un somnífero que actúo en segundos.

     Casi veinte minutos habían pasado y la guardia que estaba haciendo Nico se estaba tornando anodina. Y como al chico también le extrañó que sus amigos no le hubieran dicho ni una palabra desde hacía rato, empezó a llamarlos él mismo por su comunicador. Pero sin respuesta. Entonces se adentró entre las tumbas y buscó la de Giovanni, donde en teoría habían estado Pablo y Leandro investigando, pero cuando la encontró no los vio a ellos y tampoco notó ningún rastro de nada. La tierra estaba perfectamente en su sitio, como si nadie hubiera intentado profanar la tumba. ¿No se suponía que era eso lo que habían ido a hacer? ¿Dónde se habían metido? Con todos esos interrogantes, Nico enfiló en dirección a la salida.

     Cuando llegó a la puerta del cementerio, sintió un chistido y no encontró un lugar rápido y fácil donde esconderse, y como tampoco se había animado a correr, no le quedó otra que acceder al llamado. El guardia de seguridad le preguntó qué demonios hacía por ahí a esas horas y no se creyó la excusa de que estaba buscando a su perro. Pero quizás cambió de opinión cuando oyó unos ladridos que se hicieron más y más cercanos. Rufus alcanzó la puerta y, sin dejar de ladrar, pasó por delante del guardia y el chico y se metió para adentro, rumbo a un sector donde se acumulaban una lápida al lado de la otra.

     -¡Lo encontré! –decía Nico sin entender realmente qué hacía allí el perro de su amigo y hacia donde iba tan obstinado y tenaz.

     Rufus llegó hasta la tumba de Giovanni y se apostó allí con sus cuatro patas y la cola tensa pegada a su peludo trasero. Lejos de tranquilizarse, siguió con sus ladridos que ya parecían ir transformándose en aullidos. El guardia, que había seguido en silencio al perro y al niño, levantó su vista hacia la inquietante luna llena y por un segundo pensó si no sería cierta la leyenda del hombre lobo. Pero lejos de supersticiones, al fin se dio cuenta de que el animal estaba intentando decirles algo.

     Por suerte para Pablo y Leandro, el empleado del cementerio cavó con mucha velocidad y los encontró a tiempo, enterrados junto al cajón donde estaba guardado el cuerpo de Giovanni. Poco les había faltado para pasar a ser inquilinos permanentes de esa nunca deseada morada final. Tuvieron que contarle toda la historia al guardia que, agitado por sus nocturnas e inoportunas horas extra, les terminó creyendo de mala gana y quedó para encontrarse con los tres chicos y con sus padres al otro día en la comisaría local.

     -Tienen que abrir el ataúd del Sr. Giovanni.

     Leandro le insistió tanto al comisario local que al final le iba a acabar ganando por cansancio. La explicación de que la catalepsia motivaba la pérdida momentánea de la movilidad y la sensibilidad de un cuerpo todavía con vida era demasiado compleja para un policía que apenas había acabado el secundario, pero como después había existido un macabro intento de enterrar vivos a dos chicos de 12 años, y en esa ocasión sin que mediara ningún término acabado en epsia que el comisario Garrido no podía pronunciar sin comerse la pe, accedió al pedido de Leandro.

     Cuando abrieron el cajón, Hugo Giovanni estaba bien muerto, pero eso no desalentó a Leandro, que con toda la coherencia del mundo recomendó que le practicaran una autopsia. ¿El resultado? El pobre vendedor de periódicos del pueblo había fallecido por asfixia, aproximadamente unas veinte o veintidós horas atrás. Sí, eso quería decir que su última respiración la había dado adentro del cajón, cuatro horas después de haber sido enterrado.

     Fatalidad. Negligencia. Responsabilidad del enfermero. Se lanzaban acusaciones y maldiciones para justificar el desastre que se había cernido sobre el infeliz Giovanni. Pero la teoría de Leandro escarbaba un poco más en el asunto, desenterrando una serie de motivos bien ocultos. Él estaba convencido de que se había tratado de un intento de asesinato, que a la luz de los hechos había sido exitoso.

     -Su hermano es el culpable –dijo Leandro y todos se giraron en una sala contigua a la morgue.

     Lautaro Giovanni, único familiar del hombre cuyo cadáver todavía no podía descansar en paz, era no sólo su hermano sino también su socio en el kiosco de diarios. Tenían exactamente el cincuenta por ciento cada uno del negocio que habían heredado de sus fallecidos padres. Pero mientras que Hugo estaba más solo que un perro, Lautaro tenía esposa, tres varones y, sobre todo, muchísimas deudas de juego. Leandro lo sabía porque era compañero de uno de sus hijos. Con su casa a medio pagar y encima con una amante que revoloteaba por su vida y le hacía gastar los pocos pesos que tenía, Lautaro estaba en  quiebra. Ni él podía negarlo. Y de no mediar milagro alguno, iba a ser embargado y quedarse en la calle en menos de un par de meses.

     -Él sabía que si moría su hermano, todo el negocio pasaría a ser suyo y así podría empezar a saldar deudas –Leandro seguía acaparando la atención.

     Según las especulaciones del pequeño genio, Lautaro había investigado y llegado a la conclusión de que el crimen perfecto sería lograr que su hermano tuviera una catalepsia, debido a la poca formación de los servicios de salud del pueblo. “Nadie se imaginará que el pobre diablo sigue vivo”, habrá pensado en el momento en que, para provocarle el ataque, le sustrajo de su maletín su dosis diaria de Levodopa, el fármaco oral que Hugo ingería para tratarse el Parkinson.

     -Toda esta historia es genial, perfecta –retrucó el comisario-, estamos ante el nuevo Sherlock Holmes… Pero hay un problema –dijo mientras se rascaba el bigote-, ¡no tenemos ninguna prueba!

     Entonces a Leandro se le encendió la lámpara por última vez, pero se trataba del hallazgo más deslumbrante.

     -Las uñas, fíjense en las uñas del cadáver.

     Acabando con la soledad de la sala donde el cuerpo maltrecho de Hugo yacía sobre una fría mesa, un forense y el comisario entraron a la habitación y vieron que, efectivamente, varias de sus uñas estaban desgastadas e incluso conservaban un tono marrón, desprendiendo pequeñas astillas que sin duda habían pertenecido a un pedazo de madera.

     -El cajón –dijo Leandro-. La tapa del cajón.

     El ataúd que había sido abierto para exhumar a Giovanni reposaba en una sala contigua. Hacia allí fueron, en silencio, como guardándole respeto al alma todavía errante del vendedor de diarios, y el policía se dispuso a abrir el cajón. Al hacerlo no pudo evitar lanzar una risa nerviosa mientras se apretaba la lengua entre los dientes. “Este pibe es un fenómeno”, pensó.

     En la parte interior de la tapa de ataúd, además de observarse decenas de arañazos provocados sin duda por la desesperación de Hugo al verse atrapado allí, había un nombre escrito con sus propias uñas, “Lautaro”. ¿Podría finalmente descansar en paz?


martes, 23 de octubre de 2012

España y el principio del fin

por Javier Debarnot

     Por primera vez en largo tiempo estoy decidido a hablar de España. Fueron muchas las veces que algún amigo me preguntó por la situación de nuestra madre patria y yo siempre contesté con argumentaciones vagas, pero hoy por fin tengo ganas de expresarme sobre el tema. Creo estar preparado al haber pasado los últimos seis años viviendo aquí. Incluso me siento más calificado para opinar sobre España que sobre mi querida Argentina, porque desde 2006 tuve que cambiar el asado por el jamón ibérico, la computadora por el ordenador y ya no veo pibes por las calles sino chavales.

     El deseo de contarles lo que siento nació como resultado de hilar dos hechos, uno reciente y otro ocurrido una década atrás. Dos postales que se mezclan en mi cabeza, se superponen, se contrastan y se contradicen a la vez, pero finalmente le dan sentido a una idea, aquella que me obliga a preguntarme si todo se trata del principio del fin.

     Hace casi diez años yo vivía unas vacaciones raras en Barcelona. Se suponía que había venido para quedarme, pero diversos motivos me mandarían de vuelta a Argentina, aunque nada de eso me había impedido empaparme sobre las costumbres y la forma de vida de los españoles durante esa época gobernados por el derechista Aznar.

     Con mi mujer y un amigo -también argentino- debatíamos en un balcón del barrio de Sants sobre las cruciales diferencias entre nosotros los “argentos” y los ciudadanos medios de España. Y nos reguntábamos qué era lo que motivaba a un compatriota nuestro a cuidar a su coche de varios años casi como si se tratara de “un hijo más”, mientras que un clase media europeo lo tiraba literalmente a la basura y lo cambiaba por uno nuevo al poco tiempo de uso. “Es por razones meramente económicas”, coincidíamos, convencidos de que en Argentina estábamos obligados a aguantar hasta las últimas consecuencias el vehículo que tanto nos había costado conseguir.

     “¿Pero y el carácter qué?”, indagábamos aquella noche de julio de 2002, “¿cómo puede ser que si uno va caminando por una estación del Metro en España y sin querer empuja con el hombro a otro, el damnificado ni siquiera levanta la cabeza?”. “En Argentina eso es una excusa perfecta para empezar una pelea”, argumentó uno y los otros dos asentíamos, justificando esos arrebatos de violencia porque se vivía en una tensión constante debido a cuestiones que en ese momento ni asomaban por los tejados de España: inseguridad, corrupción generalizada y falta de trabajo.

     Por las calles de Barcelona sí se podían ver maniobras inconcientes de coches que ponían en riesgo la integridad de otros, pero lo que después no solía existir era la reacción desmedida, el insulto bronco ni mucho menos la pelea. El hecho se reducía a un mero contratiempo, a un detalle imperceptible que no manchaba el apacible estilo de vida del hombre y la mujer española, pagando su hipoteca, cambiando de trabajo en caso de que le aburriera el anterior, comprando la ropa de última moda y el plasma más grande aunque sea en veinticuatro cuotas.

     Entonces vino el segundo hecho, diez años después, que para mí fue el que acabó cerrando el círculo. Volvía caminando de hacer unas compras cuando, de pronto, mientras esperaba que cambiara el semáforo para cruzar una calle oí un tono de voz elevado y giré mi cabeza. Detenidos en el semáforo contiguo, los conductores de dos coches iban a ser protagonistas de unas imágenes feas, unas que mi mente no recordaba haber visto antes.

     Todo apuntaba a que en una maniobra previa uno de los dos autos había incomodado al otro y, habiendo frenado ambos vehículos, para los conductores era el momento oportuno para bajarse, discutir, y a la postre saldar cuentas. El entredicho verbal se deshizo cuando uno de los dos hombres tiró la primera trompada, el otro se defendió y también soltó un gancho que creo apenas cortó el aire. La pelea resultaba ridículamente patética, porque los contendientes tenían más de sesenta abriles, yo diría muchísimo más. Nunca había visto a dos hombres tan mayores peleando, vestidos de saco y corbata, y encima por una idiotez. Sus mujeres intentaban separarlos y la situación fue pintándose hasta acabar en un cuadro fellinezco.

     La pelea que diez años antes nunca imaginé que podía darse estaba ahí, a la vuelta de la esquina de mi casa, en Barcelona y en una fría tarde-noche de febrero de 2012. La tensión que una década atrás supuse que no existía entre los ciudadanos españoles, ahora brotaba a flor de piel, haciendo que por una minucia se fueran a las manos dos tipos grandes, ya abuelos, en teoría bien posicionados económicamente y con un nivel como mínimo medio de cultura. Pero quién sabe qué estaría rondando por las vidas de estos sexagenarios. Quizás el primero acabada de despedir a uno de sus empleados intentando que su empresa se rearmara entre los retazos víctima de la implacable tijera de los ajustes; y tal vez el segundo llevaba varias noches durmiendo mal por culpa del desempleo ya casi crónico que venía padeciendo su hijo mayor.

     La crisis que estalló mundialmente desde Estados Unidos había sido sólo una gran burbuja que había encapsulado a otra, a la inmobiliaria española, que reventó al poco tiempo y acabó modificando el ahora añorado “spanish style”. Entonces subió la tasa de paro… y la crispación. Bajó la calidad de los contratos laborales… y la tolerancia. Muchos empresarios se aferraron a la bendita palabra “crisis” para meterle el miedo en el cuerpo a su plantilla, pidiendo más esfuerzo por lo mismo o por menos. Esos jefes fueron muy despiertos… y empezó a verse cada vez más gente durmiendo en la calle. Muchos creerán que esto último es una exageración, pero sólo basta con pasar a las seis de la mañana por algún cajero automático y en muchos de ellos habrá un pobre hombre allí dentro, tapándose con periódicos y trozos de cartón, pero sin poder disimular la enorme vergüenza que les debe provocar haber caído en esa fea situación, seguramente empujados por un cúmulo de razones y personajes indeseables.

     No me siento capacitado para descubrir cuál sería el paquete de medidas indispensables para ponerle un freno a todo esto. Pero supongo que en algún lugar debe existir. Espero y deseo y añoro que esta maldita crisis haga todo el daño que tenga que hacer de una buena vez, y que después se vaya. Decir que se marche para siempre sería un imposible o una utopía, pero que deje de molestarnos por un largo rato.

     Cualquiera podría preguntarme –en realidad ya lo han hecho- por qué no le doy un cierre a esta larga aventura de más de seis años y aprovecho este momento para pegar la vuelta a mi tierra. Y la respuesta es que me sigue gustando mucho vivir en un lugar donde mis hijos están aprendiendo a crecer. Y viven muy felices, y no es ninguna exageración aquello de que la alegría reflejada en los ojos de nuestros hijos es el motor que nos empuja a seguir adelante. No puedo negar que, en contrapartida con la crisis española, no esté viendo del otro lado del charco algunas buenas y alentadoras señales, lo cual sería otro motivo para replantearme qué estoy haciendo acá, hablando de “vos” entre amigos que hablan de “tú”, con compañeritos de mis hijos que se descostillan de la risa cuando escuchan a los míos decir “boteya” en lugar de “boteia”. Sigo en España porque hice una apuesta fuerte por esta “segunda residencia” y sin duda me dio muchas cosas, y creo que todavía quedan varias páginas en blanco esperando a ser escritas por este argentino soñador.

     Con respecto a mi patria, ya aclarado que me gustan varias cosas que están pasando, también me preocupa una cuestión muy importante: constatar que ahora son casi todos radicales. Yo no soy peronista, que quede bien claro, pero observo desde la distancia que la gente está “radicalmente” a favor de Cristina y la ve como la nueva Evita, o está “radicalmente” en su contra y quiera que ella vea crecer las flores desde abajo. Una locura. A pesar de que hoy por hoy muchísimas familias argentinas tienen televisores de plasma, en pleno 2012 parece que volvimos al blanco y negro. No existen los grises, y eso no puede ser bueno para el futuro de ningún país. No sé cuánto vale hoy el kilo de carne, pero lo que cuesta cada día más es que un oficialista se entienda con un opositor. Pero ojo, sabiendo que desde la distancia no es recomendable tomar partido por el simple hecho de que no puedo respirar cada día el mismo aire que el resto de mis compatriotas, cuánto más conozco a los enemigos del gobierno, léanse Mauricio Macri, Mariano Grondona, Aldo Rico y no sigo porque esto ya se parece a un catálogo de personajes de terror, cuánto más los escucho a todos ellos más cerca me siento de apoyar a la actual presidenta. Escrito queda.

     Ahora vuelvo a hacer el vuelo transatlántico y aterrizo otra vez en España. Y para acabar, quiero darle una pequeña vuelta al título que le puse a toda esta historia. “El principio del fin”. Suena apocalíptico, y supongo que también es bastante vendedor. Promete una conclusión trágica, puede olerse la sangre y, como somos muy morbosos, nadie puede resistirse a querer saber cómo acabará. Hice trampa, lo reconozco, y el título real sería en realidad “España, el fin y el principio”.

     Quiero dejar una mirada de esperanza entre tanta oscuridad. Estamos viviendo sin dudas el fin de una época cómoda, consumista, me atrevo a decir vacía, y a la vez llena de lujosos envoltorios que terminan descubriendo un montón de nada. Espero que muy pronto comencemos a transitar el principio de una nueva era. De un momento ideal para encontrarnos a nosotros mismos, dejar de mirarnos el ombligo y preguntarnos realmente qué queremos hacer de nuestras vidas, y tirar para adelante sin excusas, sin miedo y sin la maldita letra pequeña que viene incluida en cualquier contrato de bancos o servicios. Todo fuera. Se puede soñar con que algo grande es posible. Poco tienen que ver los pésimos políticos, que intentan desempeñar un torpe papel de guionistas de nuestro día a día, con la historia que nosotros queramos escribir. Como ésta, de nuestro puño y letra.


martes, 9 de octubre de 2012

Capicúa

por Javier Debarnot

     La palabra capicúa (del catalán: cap i cua, cabeza y cola) se refiere a cualquier número simétrico que, por ello, se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Si una historia empieza mal y se trata de una historia capicúa, por una razón simétrica no puede soportar otro destino posible que no sea igual a su comienzo, es decir que acabe mal.

     El ferrocarril, por viejo y descuidado, fallaba mucho. En esa ocasión el imperfecto le había permitido a Otto bajarse del vehículo en movimiento, cuando el tren ya encaraba sobre los rieles hacia la siguiente estación pero aún así mantenía sus puertas abiertas.

     Recién descendido del furgón, Otto  iba en bicicleta y maldijo porque la única opción que le presentaba el camino era una cuesta empinada hacia arriba. A pedalear con ganas. Fueron sólo unas manzanas, pero las suficientes para dejarlo con la lengua afuera, y a poco de acabar la pendiente se le cruzó un coche Honda modelo Civic que, extrañamente, iba perdiendo aceite dejando un reguero al andar.

     Otto llegó a la estación del Bicing y se sorprendió al verla vacía. Con todas las opciones de anclaje disponibles, eligió el número 20, que era el día en que había dejado su Neuquén natal para probar suerte en Barcelona. Cuando estuvo ya libre del vehículo, se dio cuenta de que lo invadía el hambre y había que apagar ese repentino reclamo interior.

     Engulló en pocos segundos una hamburguesa que rebosaba de Ketchup y mostaza, mientras leía algunos grafitis que ensuciaban una construcción aledaña. ¿Qué manía tendrían algunos impresentables, se preguntaba Otto, de creerse artistas sólo por garabatear frases tan vomitivas como “Anita lava la tina” en una pared cuyo dueño la había soñado blanca u ocre pero impoluta?

     Caminó sin prisa por la avenida y le vino a la mente su primo, el policía, del que no sabía nada desde el 21 de diciembre cuando lo había visto en el cumpleaños de Ana. Por fin llegó a la esquina de la cita, a la hora señalada, para que su hermano le diera el teléfono móvil que la noche anterior Otto se había olvidado en casa de sus padres.

     El niño le dejó el celular y, ante la curiosidad de Otto, le enseñó lo que llevaba en una bolsa. Una pistola de agua recién comprada que sería estrenada esa misma tarde en la playa, o en el mismo salón de su casa si su madre no se dignaba a llevarlo al mar. Hacía 33 grados a la sombra.

     El hermano de Otto desapareció de golpe y el joven, móvil en mano, empezó a recorrer los menúes del aparato, Facebook, Twitter, mensajes, poniéndose al día de todo lo que había pasado en las escasas once horas en las que se había separado de él. Abrió el Apalabrados y una jugada lo esperaba ansioso. Un par de letras iguales separadas por tres casilleros en blanco Es tu oportunidad, pensaba Otto, una palabra para rematar la partida. Hay algo. Tenía la palabra ahí, en la punta de la lengua y de sus dedos, que recorrían frenéticos las tres teclas del móvil. ¿Serviría acaso un nombre propio?

     Menem.

     ¿Se lo darían por válido? Dudó, caviló, lo repensó. Minimizó la pantalla del Apalabrados y una a una fue abriendo las otras redes sociales, buscando a algún conocido imparcial que le aprobara o desaprobara la palabra. De golpe apareció un amigo, pero un amigo de lo ajeno, y no en un chat sino en persona.

     -Hermano, dame el móvil -le soltó a Otto un ladronzuelo de baja estatura que solamente lo impresionaba por la pistola que atesoraba en su mano.

     Y a Otto no le quedó más remedio que deshacerse de su ansiado celular que sólo había recuperado durante 11 minutos. En segundos, al caco se lo había tragado la tierra y a la víctima lo volvían a asaltar, pero la impotencia y la bronca. Entonces su turbada mente evocó a su primo, el policía, y las circunstancias le pedían llamarlo ya, en ese instante, pero cómo iba a hacerlo si lo que le habían robado era el condenado móvil, del que no podía separarse y le había costado un dineral, 262 euros y sólo por estar en oferta.

     Desandando el camino hacia su casa volvió a pasar por la pared de “Anita lava la tina”. Y como su cerebro funcionaba a media asta, le ordenaba a Otto hacer cosas sin sentido, como por ejemplo ponerse a releer la frase. Pero cuando se acercó a la zona del grafiti no fue para mirarlo mejor, más bien para expulsar de su cuerpo el trozo de carne, los panes con semillas de sésamo, el Ketchup y la mostaza, todos mezclados, pero fácilmente diferenciables un alimento de otro por su color y su textura.

     El olor fétido de su propio vómito espantó a Otto del lugar del deceso de la hamburguesa. Obnubilado y atontado, sus pasos lo condujeron a la misma estación de Bicing donde había estado un cuarto de hora atrás. Solo una bicicleta, y en el anclaje 02, el número de veces que Otto había vuelto a Neuquén desde su llegada a Barcelona, pero qué demonios le importaban esos datos en ese momento.

     Al menos el camino hacia la estación era cuesta abajo. Para Otto hubiera sido extremadamente fácil, casi como un lecho de rosas donde sólo habría que dejarse llevar sin necesidad de pedalear ni esforzarse, pero el desafortunado joven no había contado con el charco de aceite que había dejado el Civic. Las dos ruedas se cubrieron con el graso líquido y transformaron a la bicicleta de Otto en un vehículo demasiado veloz, descontrolado y difícil de domar, agravado el peligro por culpa de la pendiente que hacía deslizar a la bici más rápido metro a metro.

     El ferrocarril, por viejo y descuidado, fallaba mucho. En esa ocasión el imperfecto ocasionaría un cortocircuito en uno de sus motores, y plum, una pequeña explosión en la caja dañaría el sistema de frenado. Poco le faltaba al tren para detenerse por completo, pero los metros de más que recorrió pasándose de la estación fueron suficientes para agarrar de lleno a Otto que, con la bicicleta fuera de control, sólo había podido detener su descenso al chocar con la parte trasera del ferrocarril y quedar sepultado bajo su trompa.

     Si una historia empieza mal y se trata de una historia capicúa, por una razón simétrica no puede soportar otro destino posible que no sea igual a su comienzo, es decir que acabe mal. La palabra capicúa (del catalán: cap i cua, cabeza y cola) se refiere a cualquier historia simétrica que, por ello, se lee –más o menos- igual de arriba a abajo que de abajo a arriba.

por Javier Debarnot

Capicúa

 

martes, 25 de septiembre de 2012

Con la Dra. Ramírez a las 18:30

por Javier Debarnot

     Muchas personas envidian a los millonarios y no desearían otra cosa que no fuera estar en su lugar para tener la vida solucionada. Pero yo, en cambio, tengo una envidia mucho más terrenal y de andar por casa. Desearía ser cualquier hombre o mujer que no le tenga miedo al dentista, porque yo les tengo un terror descomunal a esos mal nacidos.

     Por suerte gozo de una muy buena dentadura, que podría ser blanca y radiante si cumpliera con el mandamiento de ir al dentista al menos dos veces al año. Pero no. El pánico es tan grande dentro de mí que me hace inconcientemente duplicar el intervalo recomendable entre visita y visita, y por eso mismo no es nada extraño que en ese largo interín aparezca una maldita caries que lo complica todo. Si sentarme en la silla eléctrica fuera sólo rendirme ante una limpieza bucal rutinaria, vaya y pase, pero siempre hay una cosita más que en la mayoría de los casos debe ser resuelta con el escalofriante torno (maldigo al genio que lo inventó y le advierto que algún día iré a buscarlo, y si no es a él tendrá que ser a su descendencia).

     Como casi siempre, había pasado más tiempo del aconsejable y una molestia en una muela de arriba me obligó a ser valiente y visitar una vez más a mi infierno en la tierra. Fui a un consultorio nuevo porque conservo la esperanza de toparme con algún dentista piadoso que me reconcilie con todos los anteriores, que no me haga sufrir, que pueda disipar mis miedos, aunque reconozco que mis esperanzas de que eso suceda suelen ser del tamaño del desperfecto que llevo en alguno de mis molares (por mi bien, que sea minúsculo).

     -La Dra. Clarisa ya lo va a atender.

     Ese nombre, al unirlo con el apellido Ramírez que tenía escrito en un trozo de papel donde había anotado el día y la hora de la cita, me hizo algo de ruido, y empecé a darle vueltas a mi cabeza mientras hojeaba una revista en la sala de espera. Al pasar dos páginas ya dejé de preguntarme por ese nombre tan familiar y mis reflexiones levantaron vuelo, aterrizando luego en el imponente parque de la casa de fin de semana de un duque de no sé dónde que enseñaba la publicación. “¿Éste también irá al dentista, no? Pero seguro que pasa directamente…”. Me reconfortó. Los ricos y famosos no tienen esa oportunidad que a nosotros, los ciudadanos de pie, sí nos reserva la aburrida sala de espera: podemos arrepentirnos y huir, inventarnos una excusa, una llamada que nos arranque de la antesala de la habitación del demonio. Aunque la verdad es que nunca jugué esa carta, tal vez porque entiendo que sólo sería estirar la agonía hasta unos días después.

     Me entretuve enviándole unos mensajes por WhatsApp a un amigo de Argentina, siempre maravillado por el simple detalle de que mis letras salen a las seis de una tarde invernal y llegan en el mismo momento a las dos en punto de un floreciente mediodía de verano en el hemisferio sur. La magia de los husos horarios, rota en añicos cuando se asoma la dentista y me invita a pasar, dándome la bienvenida a la sala de torturas.

     Si fuera un criminal de guerra o algo así y, teniéndome cautivo, mis enemigos debieran arrancarme información, por el bien de su operación no deberían dudar en sentarme en una silla con un par de elementos básicos del dentista. Y les diría hasta el color de la ropa interior favorita de mi madre, que no conozco pero me inventaría uno de lo más estrambótico con tal de que se detengan. Piedad. Alejen el maldito torno de mí.

     Entonces, mientras me acomodaba en el sillón y compartía una escueta conversación con la dentista, volvió a invadirme la familiaridad del nombre, Clarisa Ramírez, y ahora su cara. No dije nada en voz alta pero yo a esa doctora la conocía, no podía precisar de dónde y era una persona que llevaba años o incluso décadas sin ver, pero era seguro que ya nos habíamos cruzado más de una vez.

     Me revisó por unos segundos y me dijo lo que nunca hubiera querido pero sabía que iba a escuchar, que tenía una caries en un molar superior. Tenía que anestesiarme, clavarme una aguja en el paladar y después empezar el “trabajito”. Era una pavada, intentó tranquilizarme justo antes de que me incrustara un frío y filoso cilindro de metal en la boca. Y como mi imaginación prefiere alquilar películas de terror cada vez que la llevo al dentista, a mí ese pinchazo se me antojó como una picadura de serpiente que introducía un veneno mortal, dejándome apenas unos minutos de alivio antes de sucumbir a una muerte segura. Maldita mi mente que me juega las peores pasadas justo cuando necesitaría que me haga escapar de semejantes tormentos.

     Una vez que me creí anestesiado y dispuesto a las tenebrosas manos de la mujer de blanco, ella se apartó el barbijo de la boca para hablar con una claridad que iba a dejarme pasmado.

     -¿Te acuerdas de mí? Soy Clarisa Ramírez, fuimos juntos a quinto y sexto grado en la escuela Mariano Acosta, del barrio de Caballito.

     Lo que siguió a esa breve presentación, en donde me aclaró que al igual que yo se había radicado en Barcelona hacía tres años, fue una sucesión de imágenes que me iban cayendo como diapositivas mientras Clarisa hablaba. La percepción que arrastraba desde la sala de espera se había confirmado, nos conocíamos, pero lo trágico fue dar en el clavo en mi memoria de las circunstancias en las que nos habíamos relacionado alguna vez. La doctora Ramírez había sido una compañera mía a la que había vuelto loca, me pasaba el día junto a un grupo de amigos burlándome de ella, inventándole apodos y haciéndola quedar en ridículo por lo menos una vez a la semana durante los dos años de aquella infancia ya lejana. Supongo que tan grande fue nuestro acoso que sólo lo pudo soportar esos dos interminables cursos escolares, y a partir de séptimo grado jamás volvimos a verla ni a saber de ella o su familia.

     Mi boca permanecía abierta y de la comisura izquierda de mis labios colgaba un tubo que funcionaba como aspirador de saliva. Intenté mover la lengua para articular unas palabras pero cualquier esfuerzo fue en vano.

     -No intentes hablar. El aspirador ya te hizo tragar el suficiente gas paralizante como para dejarte casi inerte, y en poco tiempo apenas podrás mover alguna parte de tu cuerpo.

     Había imaginado alguna vez que un dentista podía distraerse y darme con el torno en la lengua, excederse con la anestesia y que mi boca permaneciera dormida días en lugar de horas, o incluso que creyeran que un nervio de algún premolar estaba muerto cuando en realidad todavía tenía el suficiente hilo de vida como para que lo remachen con un taladro hasta hacerme estallar del dolor. Pero ninguna de esas tribulaciones se parecía a la que estaba viviendo. Estaba medio drogado a la merced de una psicópata que al parecer le buscaba el sentido a su vida vengándose de un hombre, de mí, que ya había olvidado que veinticinco años atrás y cuando apenas era un púber rebelde había tomado de punto a una chica por ser la más gorda de la clase. Simples travesuras de niño para mí, pero para Clarisa está claro que le habían marcado la existencia, atormentándola hasta obligarla a estar a punto de torturarme o llegar más lejos aún. ¿Habría viajado a España sólo para buscarme?

     Antes de volver a subirse el barbijo, me dijo la última frase que me estremeció aún más que toda la presentación previa.

     -No te puse anestesia en la boca, sólo un fármaco para que sientas bastante más todo lo que yo haga en tus dientes.

     Sentí decenas de gotas cayendo por mi frente y mis mejillas, sin poder diferenciar si eran de sudor o lágrimas que brotaban de mis ojos abiertos y aterrorizados. Clarisa puso el torno en funcionamiento y lo estaba acercando a mi cara. Y supongo que fue la desesperación del que ya lo siente todo perdido la que me hizo apelar a un último y, lo esperaba con ansias, eficaz recurso. Mi mano derecha todavía conservaba algo de movilidad. Golpeé la mesa con suficiente elocuencia para que mi torturadora lo viera y detuviera la máquina infernal que ya podía sentir a milímetros de alguno de mis dientes. Junto a mi mano había unos papeles y un bolígrafo. Supongo que con mi mirada habrá entendido mi “último deseo”: escribirle algo ante mi imposibilidad de hablar.

     Me llamo Pablo Heredia y, si bien no es un nombre súper común, cualquiera podrá comprobar que existen como mínimo unos cien en los países hispanoparlantes. “No soy el Pablo que conoces”, garabateé con las últimas fuerzas que me quedaban. Después de leer el mensaje, empezaron a venir, uno detrás del otro, unos insoportables e inacabables segundos en los que yo rogaba que me creyera, que le diera entidad a que se había equivocado de persona, que era probable que existiera otro argentino de unos treinta y pico llamado Pablo Heredia viviendo en España. Tic, tac, tic, tac… el tiempo pasaba y al menos ya no se escuchaba el sonido del torno que todavía seguía bien atrapado entre los dedos de la dentista.

     Y parece que lo creyó, que mi nota había surtido el efecto deseado. Examinó mi rostro desencajado y bañado en sudor. Yo hacía lo imposible por moverlo mientras ella preguntaba si realmente no había sido yo el chico que tanto la acomplejó en el colegio. Nunca fui de tener el juramento fácil, pero si mi voz hubiera sido audible hubiera jurado y perjurado un millón de veces que yo no la había visto en mi vida. Al parecer, Clarisa leyó inocencia y miedo en mi mirada. Me creyó y supongo que iba a empezar a esbozar una disculpa. El peor momento de mi existencia estaba acabando con un final feliz.

     Cuando la doctora se disponía a soltar de una buena vez el torno, un leve pero claro sonido tronó en los oídos de ambos. Provenía de la mesa donde segundos antes había redactado la nota de mi salvación. El ruido duraba un par de segundos, se detenía y volvía a repetirse. Entonces Clarisa vio mi móvil detrás de una caja de enseres odontológicos. Era ese, el aparato, el que se movía levemente con motivo del modo vibrador en que yo lo había puesto antes de pasar a la consulta.

     Mis ojos, que eran acaso los únicos junto con mi conciencia que permanecían vivos en un cuerpo casi dormido, vieron que la mujer tomaba el teléfono y, después de accionar un botón, miraba su pantalla mientras leía en voz alta.

     -Tres mensajes nuevos de WhatsApp.

     ¿Quién me estaría escribiendo justo después de salvarme de una muerte lenta y dolorosa? La intriga no me duró mucho tiempo, gracias a que después de que la doctora leyera de qué se trataba, me acercó el móvil a la distancia suficiente para que yo pudiera echarle un ojo.

     Mensaje de Ramiro recibido a las 18:44: “Cómo te divertís en España, un viernes a la tarde en el dentista, jaja”.

     Mensaje de Ramiro recibido a las 18:45: “¿Sabías quién trabaja de dentista allá en Barcelona? Clarisa Ramírez”.

     Antes de leer la última línea, observé una mueca de sonrisa medio diabólica que se iba dibujando en los labios de la dentista.

     Mensaje de Ramiro recibido a las 18:46: “Clarisa, gorda cementerio de pizzas, jejeje, ¿te acordás”.

     Clarisa encendió otra vez el torno y no lo iba a detener por largo rato. Cuando llegó un nuevo mensaje al móvil que ya volvía a descansar en la mesa, se hubiera hecho bastante dificultoso leerlo, porque gran parte de la pantalla ya estaba manchada con gotas de sangre.



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