martes, 25 de septiembre de 2012

Con la Dra. Ramírez a las 18:30

por Javier Debarnot

     Muchas personas envidian a los millonarios y no desearían otra cosa que no fuera estar en su lugar para tener la vida solucionada. Pero yo, en cambio, tengo una envidia mucho más terrenal y de andar por casa. Desearía ser cualquier hombre o mujer que no le tenga miedo al dentista, porque yo les tengo un terror descomunal a esos mal nacidos.

     Por suerte gozo de una muy buena dentadura, que podría ser blanca y radiante si cumpliera con el mandamiento de ir al dentista al menos dos veces al año. Pero no. El pánico es tan grande dentro de mí que me hace inconcientemente duplicar el intervalo recomendable entre visita y visita, y por eso mismo no es nada extraño que en ese largo interín aparezca una maldita caries que lo complica todo. Si sentarme en la silla eléctrica fuera sólo rendirme ante una limpieza bucal rutinaria, vaya y pase, pero siempre hay una cosita más que en la mayoría de los casos debe ser resuelta con el escalofriante torno (maldigo al genio que lo inventó y le advierto que algún día iré a buscarlo, y si no es a él tendrá que ser a su descendencia).

     Como casi siempre, había pasado más tiempo del aconsejable y una molestia en una muela de arriba me obligó a ser valiente y visitar una vez más a mi infierno en la tierra. Fui a un consultorio nuevo porque conservo la esperanza de toparme con algún dentista piadoso que me reconcilie con todos los anteriores, que no me haga sufrir, que pueda disipar mis miedos, aunque reconozco que mis esperanzas de que eso suceda suelen ser del tamaño del desperfecto que llevo en alguno de mis molares (por mi bien, que sea minúsculo).

     -La Dra. Clarisa ya lo va a atender.

     Ese nombre, al unirlo con el apellido Ramírez que tenía escrito en un trozo de papel donde había anotado el día y la hora de la cita, me hizo algo de ruido, y empecé a darle vueltas a mi cabeza mientras hojeaba una revista en la sala de espera. Al pasar dos páginas ya dejé de preguntarme por ese nombre tan familiar y mis reflexiones levantaron vuelo, aterrizando luego en el imponente parque de la casa de fin de semana de un duque de no sé dónde que enseñaba la publicación. “¿Éste también irá al dentista, no? Pero seguro que pasa directamente…”. Me reconfortó. Los ricos y famosos no tienen esa oportunidad que a nosotros, los ciudadanos de pie, sí nos reserva la aburrida sala de espera: podemos arrepentirnos y huir, inventarnos una excusa, una llamada que nos arranque de la antesala de la habitación del demonio. Aunque la verdad es que nunca jugué esa carta, tal vez porque entiendo que sólo sería estirar la agonía hasta unos días después.

     Me entretuve enviándole unos mensajes por WhatsApp a un amigo de Argentina, siempre maravillado por el simple detalle de que mis letras salen a las seis de una tarde invernal y llegan en el mismo momento a las dos en punto de un floreciente mediodía de verano en el hemisferio sur. La magia de los husos horarios, rota en añicos cuando se asoma la dentista y me invita a pasar, dándome la bienvenida a la sala de torturas.

     Si fuera un criminal de guerra o algo así y, teniéndome cautivo, mis enemigos debieran arrancarme información, por el bien de su operación no deberían dudar en sentarme en una silla con un par de elementos básicos del dentista. Y les diría hasta el color de la ropa interior favorita de mi madre, que no conozco pero me inventaría uno de lo más estrambótico con tal de que se detengan. Piedad. Alejen el maldito torno de mí.

     Entonces, mientras me acomodaba en el sillón y compartía una escueta conversación con la dentista, volvió a invadirme la familiaridad del nombre, Clarisa Ramírez, y ahora su cara. No dije nada en voz alta pero yo a esa doctora la conocía, no podía precisar de dónde y era una persona que llevaba años o incluso décadas sin ver, pero era seguro que ya nos habíamos cruzado más de una vez.

     Me revisó por unos segundos y me dijo lo que nunca hubiera querido pero sabía que iba a escuchar, que tenía una caries en un molar superior. Tenía que anestesiarme, clavarme una aguja en el paladar y después empezar el “trabajito”. Era una pavada, intentó tranquilizarme justo antes de que me incrustara un frío y filoso cilindro de metal en la boca. Y como mi imaginación prefiere alquilar películas de terror cada vez que la llevo al dentista, a mí ese pinchazo se me antojó como una picadura de serpiente que introducía un veneno mortal, dejándome apenas unos minutos de alivio antes de sucumbir a una muerte segura. Maldita mi mente que me juega las peores pasadas justo cuando necesitaría que me haga escapar de semejantes tormentos.

     Una vez que me creí anestesiado y dispuesto a las tenebrosas manos de la mujer de blanco, ella se apartó el barbijo de la boca para hablar con una claridad que iba a dejarme pasmado.

     -¿Te acuerdas de mí? Soy Clarisa Ramírez, fuimos juntos a quinto y sexto grado en la escuela Mariano Acosta, del barrio de Caballito.

     Lo que siguió a esa breve presentación, en donde me aclaró que al igual que yo se había radicado en Barcelona hacía tres años, fue una sucesión de imágenes que me iban cayendo como diapositivas mientras Clarisa hablaba. La percepción que arrastraba desde la sala de espera se había confirmado, nos conocíamos, pero lo trágico fue dar en el clavo en mi memoria de las circunstancias en las que nos habíamos relacionado alguna vez. La doctora Ramírez había sido una compañera mía a la que había vuelto loca, me pasaba el día junto a un grupo de amigos burlándome de ella, inventándole apodos y haciéndola quedar en ridículo por lo menos una vez a la semana durante los dos años de aquella infancia ya lejana. Supongo que tan grande fue nuestro acoso que sólo lo pudo soportar esos dos interminables cursos escolares, y a partir de séptimo grado jamás volvimos a verla ni a saber de ella o su familia.

     Mi boca permanecía abierta y de la comisura izquierda de mis labios colgaba un tubo que funcionaba como aspirador de saliva. Intenté mover la lengua para articular unas palabras pero cualquier esfuerzo fue en vano.

     -No intentes hablar. El aspirador ya te hizo tragar el suficiente gas paralizante como para dejarte casi inerte, y en poco tiempo apenas podrás mover alguna parte de tu cuerpo.

     Había imaginado alguna vez que un dentista podía distraerse y darme con el torno en la lengua, excederse con la anestesia y que mi boca permaneciera dormida días en lugar de horas, o incluso que creyeran que un nervio de algún premolar estaba muerto cuando en realidad todavía tenía el suficiente hilo de vida como para que lo remachen con un taladro hasta hacerme estallar del dolor. Pero ninguna de esas tribulaciones se parecía a la que estaba viviendo. Estaba medio drogado a la merced de una psicópata que al parecer le buscaba el sentido a su vida vengándose de un hombre, de mí, que ya había olvidado que veinticinco años atrás y cuando apenas era un púber rebelde había tomado de punto a una chica por ser la más gorda de la clase. Simples travesuras de niño para mí, pero para Clarisa está claro que le habían marcado la existencia, atormentándola hasta obligarla a estar a punto de torturarme o llegar más lejos aún. ¿Habría viajado a España sólo para buscarme?

     Antes de volver a subirse el barbijo, me dijo la última frase que me estremeció aún más que toda la presentación previa.

     -No te puse anestesia en la boca, sólo un fármaco para que sientas bastante más todo lo que yo haga en tus dientes.

     Sentí decenas de gotas cayendo por mi frente y mis mejillas, sin poder diferenciar si eran de sudor o lágrimas que brotaban de mis ojos abiertos y aterrorizados. Clarisa puso el torno en funcionamiento y lo estaba acercando a mi cara. Y supongo que fue la desesperación del que ya lo siente todo perdido la que me hizo apelar a un último y, lo esperaba con ansias, eficaz recurso. Mi mano derecha todavía conservaba algo de movilidad. Golpeé la mesa con suficiente elocuencia para que mi torturadora lo viera y detuviera la máquina infernal que ya podía sentir a milímetros de alguno de mis dientes. Junto a mi mano había unos papeles y un bolígrafo. Supongo que con mi mirada habrá entendido mi “último deseo”: escribirle algo ante mi imposibilidad de hablar.

     Me llamo Pablo Heredia y, si bien no es un nombre súper común, cualquiera podrá comprobar que existen como mínimo unos cien en los países hispanoparlantes. “No soy el Pablo que conoces”, garabateé con las últimas fuerzas que me quedaban. Después de leer el mensaje, empezaron a venir, uno detrás del otro, unos insoportables e inacabables segundos en los que yo rogaba que me creyera, que le diera entidad a que se había equivocado de persona, que era probable que existiera otro argentino de unos treinta y pico llamado Pablo Heredia viviendo en España. Tic, tac, tic, tac… el tiempo pasaba y al menos ya no se escuchaba el sonido del torno que todavía seguía bien atrapado entre los dedos de la dentista.

     Y parece que lo creyó, que mi nota había surtido el efecto deseado. Examinó mi rostro desencajado y bañado en sudor. Yo hacía lo imposible por moverlo mientras ella preguntaba si realmente no había sido yo el chico que tanto la acomplejó en el colegio. Nunca fui de tener el juramento fácil, pero si mi voz hubiera sido audible hubiera jurado y perjurado un millón de veces que yo no la había visto en mi vida. Al parecer, Clarisa leyó inocencia y miedo en mi mirada. Me creyó y supongo que iba a empezar a esbozar una disculpa. El peor momento de mi existencia estaba acabando con un final feliz.

     Cuando la doctora se disponía a soltar de una buena vez el torno, un leve pero claro sonido tronó en los oídos de ambos. Provenía de la mesa donde segundos antes había redactado la nota de mi salvación. El ruido duraba un par de segundos, se detenía y volvía a repetirse. Entonces Clarisa vio mi móvil detrás de una caja de enseres odontológicos. Era ese, el aparato, el que se movía levemente con motivo del modo vibrador en que yo lo había puesto antes de pasar a la consulta.

     Mis ojos, que eran acaso los únicos junto con mi conciencia que permanecían vivos en un cuerpo casi dormido, vieron que la mujer tomaba el teléfono y, después de accionar un botón, miraba su pantalla mientras leía en voz alta.

     -Tres mensajes nuevos de WhatsApp.

     ¿Quién me estaría escribiendo justo después de salvarme de una muerte lenta y dolorosa? La intriga no me duró mucho tiempo, gracias a que después de que la doctora leyera de qué se trataba, me acercó el móvil a la distancia suficiente para que yo pudiera echarle un ojo.

     Mensaje de Ramiro recibido a las 18:44: “Cómo te divertís en España, un viernes a la tarde en el dentista, jaja”.

     Mensaje de Ramiro recibido a las 18:45: “¿Sabías quién trabaja de dentista allá en Barcelona? Clarisa Ramírez”.

     Antes de leer la última línea, observé una mueca de sonrisa medio diabólica que se iba dibujando en los labios de la dentista.

     Mensaje de Ramiro recibido a las 18:46: “Clarisa, gorda cementerio de pizzas, jejeje, ¿te acordás”.

     Clarisa encendió otra vez el torno y no lo iba a detener por largo rato. Cuando llegó un nuevo mensaje al móvil que ya volvía a descansar en la mesa, se hubiera hecho bastante dificultoso leerlo, porque gran parte de la pantalla ya estaba manchada con gotas de sangre.



6 comentarios:

Anónimo dijo...

De ahora en mas cada vez que vaya al dentista voy a chequear bien que no sea algún ex-rencoroso con delirios psicópatas!! Jeje muy bueno!

Anónimo dijo...

Grande Javi, me gustó mucho la onda misery. Hoy pienso retirar tu premio capo!, lo mando mañana por la huelga. Abrazo.

chapi dijo...

jaja! A mi tb me hizo acordar a Misery (que no lei, pero se de que va).
Mostro, no te escribo nada mas porque esta sera una de las pocas veces en que pueda ontarte en persona que me parecio tu texto. Nos vemos el lunes!

chapi dijo...

PD: Que bueno que volviste!!!

Anónimo dijo...

Excelente!!! Me hizo acordar a todas las del juego del miedo... qué horror ir al dentista de ahora en más, jaja, a lavarse los dientes se ha dicho!!!

Anónimo dijo...

Excelente!!! Me fascina este estilo literario... es atrapante! A mí me recuerda a una de las películas de "El juego del miedo" ... es escalofriante! Esto me marca un antes y un después a la hora de ir al dentista ... A lavarse los dientes se ha dicho!

María

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