martes, 23 de octubre de 2012

España y el principio del fin

por Javier Debarnot

     Por primera vez en largo tiempo estoy decidido a hablar de España. Fueron muchas las veces que algún amigo me preguntó por la situación de nuestra madre patria y yo siempre contesté con argumentaciones vagas, pero hoy por fin tengo ganas de expresarme sobre el tema. Creo estar preparado al haber pasado los últimos seis años viviendo aquí. Incluso me siento más calificado para opinar sobre España que sobre mi querida Argentina, porque desde 2006 tuve que cambiar el asado por el jamón ibérico, la computadora por el ordenador y ya no veo pibes por las calles sino chavales.

     El deseo de contarles lo que siento nació como resultado de hilar dos hechos, uno reciente y otro ocurrido una década atrás. Dos postales que se mezclan en mi cabeza, se superponen, se contrastan y se contradicen a la vez, pero finalmente le dan sentido a una idea, aquella que me obliga a preguntarme si todo se trata del principio del fin.

     Hace casi diez años yo vivía unas vacaciones raras en Barcelona. Se suponía que había venido para quedarme, pero diversos motivos me mandarían de vuelta a Argentina, aunque nada de eso me había impedido empaparme sobre las costumbres y la forma de vida de los españoles durante esa época gobernados por el derechista Aznar.

     Con mi mujer y un amigo -también argentino- debatíamos en un balcón del barrio de Sants sobre las cruciales diferencias entre nosotros los “argentos” y los ciudadanos medios de España. Y nos reguntábamos qué era lo que motivaba a un compatriota nuestro a cuidar a su coche de varios años casi como si se tratara de “un hijo más”, mientras que un clase media europeo lo tiraba literalmente a la basura y lo cambiaba por uno nuevo al poco tiempo de uso. “Es por razones meramente económicas”, coincidíamos, convencidos de que en Argentina estábamos obligados a aguantar hasta las últimas consecuencias el vehículo que tanto nos había costado conseguir.

     “¿Pero y el carácter qué?”, indagábamos aquella noche de julio de 2002, “¿cómo puede ser que si uno va caminando por una estación del Metro en España y sin querer empuja con el hombro a otro, el damnificado ni siquiera levanta la cabeza?”. “En Argentina eso es una excusa perfecta para empezar una pelea”, argumentó uno y los otros dos asentíamos, justificando esos arrebatos de violencia porque se vivía en una tensión constante debido a cuestiones que en ese momento ni asomaban por los tejados de España: inseguridad, corrupción generalizada y falta de trabajo.

     Por las calles de Barcelona sí se podían ver maniobras inconcientes de coches que ponían en riesgo la integridad de otros, pero lo que después no solía existir era la reacción desmedida, el insulto bronco ni mucho menos la pelea. El hecho se reducía a un mero contratiempo, a un detalle imperceptible que no manchaba el apacible estilo de vida del hombre y la mujer española, pagando su hipoteca, cambiando de trabajo en caso de que le aburriera el anterior, comprando la ropa de última moda y el plasma más grande aunque sea en veinticuatro cuotas.

     Entonces vino el segundo hecho, diez años después, que para mí fue el que acabó cerrando el círculo. Volvía caminando de hacer unas compras cuando, de pronto, mientras esperaba que cambiara el semáforo para cruzar una calle oí un tono de voz elevado y giré mi cabeza. Detenidos en el semáforo contiguo, los conductores de dos coches iban a ser protagonistas de unas imágenes feas, unas que mi mente no recordaba haber visto antes.

     Todo apuntaba a que en una maniobra previa uno de los dos autos había incomodado al otro y, habiendo frenado ambos vehículos, para los conductores era el momento oportuno para bajarse, discutir, y a la postre saldar cuentas. El entredicho verbal se deshizo cuando uno de los dos hombres tiró la primera trompada, el otro se defendió y también soltó un gancho que creo apenas cortó el aire. La pelea resultaba ridículamente patética, porque los contendientes tenían más de sesenta abriles, yo diría muchísimo más. Nunca había visto a dos hombres tan mayores peleando, vestidos de saco y corbata, y encima por una idiotez. Sus mujeres intentaban separarlos y la situación fue pintándose hasta acabar en un cuadro fellinezco.

     La pelea que diez años antes nunca imaginé que podía darse estaba ahí, a la vuelta de la esquina de mi casa, en Barcelona y en una fría tarde-noche de febrero de 2012. La tensión que una década atrás supuse que no existía entre los ciudadanos españoles, ahora brotaba a flor de piel, haciendo que por una minucia se fueran a las manos dos tipos grandes, ya abuelos, en teoría bien posicionados económicamente y con un nivel como mínimo medio de cultura. Pero quién sabe qué estaría rondando por las vidas de estos sexagenarios. Quizás el primero acabada de despedir a uno de sus empleados intentando que su empresa se rearmara entre los retazos víctima de la implacable tijera de los ajustes; y tal vez el segundo llevaba varias noches durmiendo mal por culpa del desempleo ya casi crónico que venía padeciendo su hijo mayor.

     La crisis que estalló mundialmente desde Estados Unidos había sido sólo una gran burbuja que había encapsulado a otra, a la inmobiliaria española, que reventó al poco tiempo y acabó modificando el ahora añorado “spanish style”. Entonces subió la tasa de paro… y la crispación. Bajó la calidad de los contratos laborales… y la tolerancia. Muchos empresarios se aferraron a la bendita palabra “crisis” para meterle el miedo en el cuerpo a su plantilla, pidiendo más esfuerzo por lo mismo o por menos. Esos jefes fueron muy despiertos… y empezó a verse cada vez más gente durmiendo en la calle. Muchos creerán que esto último es una exageración, pero sólo basta con pasar a las seis de la mañana por algún cajero automático y en muchos de ellos habrá un pobre hombre allí dentro, tapándose con periódicos y trozos de cartón, pero sin poder disimular la enorme vergüenza que les debe provocar haber caído en esa fea situación, seguramente empujados por un cúmulo de razones y personajes indeseables.

     No me siento capacitado para descubrir cuál sería el paquete de medidas indispensables para ponerle un freno a todo esto. Pero supongo que en algún lugar debe existir. Espero y deseo y añoro que esta maldita crisis haga todo el daño que tenga que hacer de una buena vez, y que después se vaya. Decir que se marche para siempre sería un imposible o una utopía, pero que deje de molestarnos por un largo rato.

     Cualquiera podría preguntarme –en realidad ya lo han hecho- por qué no le doy un cierre a esta larga aventura de más de seis años y aprovecho este momento para pegar la vuelta a mi tierra. Y la respuesta es que me sigue gustando mucho vivir en un lugar donde mis hijos están aprendiendo a crecer. Y viven muy felices, y no es ninguna exageración aquello de que la alegría reflejada en los ojos de nuestros hijos es el motor que nos empuja a seguir adelante. No puedo negar que, en contrapartida con la crisis española, no esté viendo del otro lado del charco algunas buenas y alentadoras señales, lo cual sería otro motivo para replantearme qué estoy haciendo acá, hablando de “vos” entre amigos que hablan de “tú”, con compañeritos de mis hijos que se descostillan de la risa cuando escuchan a los míos decir “boteya” en lugar de “boteia”. Sigo en España porque hice una apuesta fuerte por esta “segunda residencia” y sin duda me dio muchas cosas, y creo que todavía quedan varias páginas en blanco esperando a ser escritas por este argentino soñador.

     Con respecto a mi patria, ya aclarado que me gustan varias cosas que están pasando, también me preocupa una cuestión muy importante: constatar que ahora son casi todos radicales. Yo no soy peronista, que quede bien claro, pero observo desde la distancia que la gente está “radicalmente” a favor de Cristina y la ve como la nueva Evita, o está “radicalmente” en su contra y quiera que ella vea crecer las flores desde abajo. Una locura. A pesar de que hoy por hoy muchísimas familias argentinas tienen televisores de plasma, en pleno 2012 parece que volvimos al blanco y negro. No existen los grises, y eso no puede ser bueno para el futuro de ningún país. No sé cuánto vale hoy el kilo de carne, pero lo que cuesta cada día más es que un oficialista se entienda con un opositor. Pero ojo, sabiendo que desde la distancia no es recomendable tomar partido por el simple hecho de que no puedo respirar cada día el mismo aire que el resto de mis compatriotas, cuánto más conozco a los enemigos del gobierno, léanse Mauricio Macri, Mariano Grondona, Aldo Rico y no sigo porque esto ya se parece a un catálogo de personajes de terror, cuánto más los escucho a todos ellos más cerca me siento de apoyar a la actual presidenta. Escrito queda.

     Ahora vuelvo a hacer el vuelo transatlántico y aterrizo otra vez en España. Y para acabar, quiero darle una pequeña vuelta al título que le puse a toda esta historia. “El principio del fin”. Suena apocalíptico, y supongo que también es bastante vendedor. Promete una conclusión trágica, puede olerse la sangre y, como somos muy morbosos, nadie puede resistirse a querer saber cómo acabará. Hice trampa, lo reconozco, y el título real sería en realidad “España, el fin y el principio”.

     Quiero dejar una mirada de esperanza entre tanta oscuridad. Estamos viviendo sin dudas el fin de una época cómoda, consumista, me atrevo a decir vacía, y a la vez llena de lujosos envoltorios que terminan descubriendo un montón de nada. Espero que muy pronto comencemos a transitar el principio de una nueva era. De un momento ideal para encontrarnos a nosotros mismos, dejar de mirarnos el ombligo y preguntarnos realmente qué queremos hacer de nuestras vidas, y tirar para adelante sin excusas, sin miedo y sin la maldita letra pequeña que viene incluida en cualquier contrato de bancos o servicios. Todo fuera. Se puede soñar con que algo grande es posible. Poco tienen que ver los pésimos políticos, que intentan desempeñar un torpe papel de guionistas de nuestro día a día, con la historia que nosotros queramos escribir. Como ésta, de nuestro puño y letra.


martes, 9 de octubre de 2012

Capicúa

por Javier Debarnot

     La palabra capicúa (del catalán: cap i cua, cabeza y cola) se refiere a cualquier número simétrico que, por ello, se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda. Si una historia empieza mal y se trata de una historia capicúa, por una razón simétrica no puede soportar otro destino posible que no sea igual a su comienzo, es decir que acabe mal.

     El ferrocarril, por viejo y descuidado, fallaba mucho. En esa ocasión el imperfecto le había permitido a Otto bajarse del vehículo en movimiento, cuando el tren ya encaraba sobre los rieles hacia la siguiente estación pero aún así mantenía sus puertas abiertas.

     Recién descendido del furgón, Otto  iba en bicicleta y maldijo porque la única opción que le presentaba el camino era una cuesta empinada hacia arriba. A pedalear con ganas. Fueron sólo unas manzanas, pero las suficientes para dejarlo con la lengua afuera, y a poco de acabar la pendiente se le cruzó un coche Honda modelo Civic que, extrañamente, iba perdiendo aceite dejando un reguero al andar.

     Otto llegó a la estación del Bicing y se sorprendió al verla vacía. Con todas las opciones de anclaje disponibles, eligió el número 20, que era el día en que había dejado su Neuquén natal para probar suerte en Barcelona. Cuando estuvo ya libre del vehículo, se dio cuenta de que lo invadía el hambre y había que apagar ese repentino reclamo interior.

     Engulló en pocos segundos una hamburguesa que rebosaba de Ketchup y mostaza, mientras leía algunos grafitis que ensuciaban una construcción aledaña. ¿Qué manía tendrían algunos impresentables, se preguntaba Otto, de creerse artistas sólo por garabatear frases tan vomitivas como “Anita lava la tina” en una pared cuyo dueño la había soñado blanca u ocre pero impoluta?

     Caminó sin prisa por la avenida y le vino a la mente su primo, el policía, del que no sabía nada desde el 21 de diciembre cuando lo había visto en el cumpleaños de Ana. Por fin llegó a la esquina de la cita, a la hora señalada, para que su hermano le diera el teléfono móvil que la noche anterior Otto se había olvidado en casa de sus padres.

     El niño le dejó el celular y, ante la curiosidad de Otto, le enseñó lo que llevaba en una bolsa. Una pistola de agua recién comprada que sería estrenada esa misma tarde en la playa, o en el mismo salón de su casa si su madre no se dignaba a llevarlo al mar. Hacía 33 grados a la sombra.

     El hermano de Otto desapareció de golpe y el joven, móvil en mano, empezó a recorrer los menúes del aparato, Facebook, Twitter, mensajes, poniéndose al día de todo lo que había pasado en las escasas once horas en las que se había separado de él. Abrió el Apalabrados y una jugada lo esperaba ansioso. Un par de letras iguales separadas por tres casilleros en blanco Es tu oportunidad, pensaba Otto, una palabra para rematar la partida. Hay algo. Tenía la palabra ahí, en la punta de la lengua y de sus dedos, que recorrían frenéticos las tres teclas del móvil. ¿Serviría acaso un nombre propio?

     Menem.

     ¿Se lo darían por válido? Dudó, caviló, lo repensó. Minimizó la pantalla del Apalabrados y una a una fue abriendo las otras redes sociales, buscando a algún conocido imparcial que le aprobara o desaprobara la palabra. De golpe apareció un amigo, pero un amigo de lo ajeno, y no en un chat sino en persona.

     -Hermano, dame el móvil -le soltó a Otto un ladronzuelo de baja estatura que solamente lo impresionaba por la pistola que atesoraba en su mano.

     Y a Otto no le quedó más remedio que deshacerse de su ansiado celular que sólo había recuperado durante 11 minutos. En segundos, al caco se lo había tragado la tierra y a la víctima lo volvían a asaltar, pero la impotencia y la bronca. Entonces su turbada mente evocó a su primo, el policía, y las circunstancias le pedían llamarlo ya, en ese instante, pero cómo iba a hacerlo si lo que le habían robado era el condenado móvil, del que no podía separarse y le había costado un dineral, 262 euros y sólo por estar en oferta.

     Desandando el camino hacia su casa volvió a pasar por la pared de “Anita lava la tina”. Y como su cerebro funcionaba a media asta, le ordenaba a Otto hacer cosas sin sentido, como por ejemplo ponerse a releer la frase. Pero cuando se acercó a la zona del grafiti no fue para mirarlo mejor, más bien para expulsar de su cuerpo el trozo de carne, los panes con semillas de sésamo, el Ketchup y la mostaza, todos mezclados, pero fácilmente diferenciables un alimento de otro por su color y su textura.

     El olor fétido de su propio vómito espantó a Otto del lugar del deceso de la hamburguesa. Obnubilado y atontado, sus pasos lo condujeron a la misma estación de Bicing donde había estado un cuarto de hora atrás. Solo una bicicleta, y en el anclaje 02, el número de veces que Otto había vuelto a Neuquén desde su llegada a Barcelona, pero qué demonios le importaban esos datos en ese momento.

     Al menos el camino hacia la estación era cuesta abajo. Para Otto hubiera sido extremadamente fácil, casi como un lecho de rosas donde sólo habría que dejarse llevar sin necesidad de pedalear ni esforzarse, pero el desafortunado joven no había contado con el charco de aceite que había dejado el Civic. Las dos ruedas se cubrieron con el graso líquido y transformaron a la bicicleta de Otto en un vehículo demasiado veloz, descontrolado y difícil de domar, agravado el peligro por culpa de la pendiente que hacía deslizar a la bici más rápido metro a metro.

     El ferrocarril, por viejo y descuidado, fallaba mucho. En esa ocasión el imperfecto ocasionaría un cortocircuito en uno de sus motores, y plum, una pequeña explosión en la caja dañaría el sistema de frenado. Poco le faltaba al tren para detenerse por completo, pero los metros de más que recorrió pasándose de la estación fueron suficientes para agarrar de lleno a Otto que, con la bicicleta fuera de control, sólo había podido detener su descenso al chocar con la parte trasera del ferrocarril y quedar sepultado bajo su trompa.

     Si una historia empieza mal y se trata de una historia capicúa, por una razón simétrica no puede soportar otro destino posible que no sea igual a su comienzo, es decir que acabe mal. La palabra capicúa (del catalán: cap i cua, cabeza y cola) se refiere a cualquier historia simétrica que, por ello, se lee –más o menos- igual de arriba a abajo que de abajo a arriba.

por Javier Debarnot

Capicúa

 

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