martes, 20 de noviembre de 2012

¡Al agua!

por Javier Debarnot

     Algunas personas adultas, y quizás la mayoría de la gente mayor, suele sentarse primero en el borde, mete el dedo gordo del pie en la pileta -piscina, para mis amigos españoles-, comprueba la temperatura, y después inicia, parsimoniosa y trabajosamente, un lento descenso de todo el cuerpo hasta acabar con el agua al cuello. Yo no podría rendirme a ese pacífico ritual, más que nada porque si llegara a notar que el elemento esencial está muy frío, mandaría todo al diablo y enfilaría de vuelta al vestuario. Por lo tanto, soy de los que se tiran de cabeza. De una. Y que sea lo que sea.

     Allá vamos, a cumplir con mis cien piletas de rigor. Empieza bien la rutina porque estoy solo en mi carril. Es inmensa la satisfacción de contar con esos veinticinco metros de largo por dos de ancho, una extensión que ya querría para un departamento de dos ambientes. Mi cuerpo de metro ochenta y ocho necesita espacio, porque mis brazadas, largas y a en ocasiones torpes, ocupan mucha de la superficie circundante e incluso a veces invaden carriles ajenos, a mi derecha o a mi izquierda. Lo mínimo que puedo pretender es exclusividad para ir y venir, de crawl o de espalda, este último mi estilo favorito aunque tiene sus desventajas.

     Nadar de espaldas me inspira libertad. Como no tengo que ver debajo del agua, aprovecho para subirme las gafas hasta la frente, a la altura del flequillo, y entonces mis ojos también pueden respirar, y si no se entrometiera el techo de la piscina hasta contemplarían el cielo. Paz. Remanso. Pero justamente, el techo de la piscina pasa a ser un aliado fundamental para no romperme un brazo o, peor aún, la nuca contra el borde. Es que voy muy relajado, y yo encima de espaldas nado bastante veloz, y pensando en el último episodio de “How I met your mother” no calculo que ya se están por consumir los veinticinco metros y paf, golpazo en el mejor de los casos de una de mis pesadas brazadas contra el duro cemento que da por finalizada la piscina. Cansado de esos pequeños accidentes, y aclarando que cuando el golpe se lo lleva mi cabeza mi primera reacción es girar para ver si alguien lo vio y piensa “qué boludo el del carril tres, ya se golpeó más de una vez”, uno se ve obligado a buscar una técnica preventiva. El techo. Siempre tiene algo, unas vigas de tanto en tanto o banderines que cuelgan a cierta distancia unos de otros. Ahí encuentro las alertas para evitar la hecatombe: cuando pase la cuarta viga, atento que se viene el borde; o después de los banderines, cuatro brazadas y dejar floja la mano más adelantada hasta tocar la pared. Qué placer haber solucionado los peligros que conlleva nadar con mi estilo preferido.

     Todo marcha perfecto. Ya van veinticuatro piscinas cuando estoy a punto de llegar al borde, pero… ¿van veinticuatro o veintidós? Me distraje hace cuatro –o seis- largos cuando le daba vueltas a una explicación que tendría que darle más tarde a mi jefe. Odio perder la cuenta de los largos que llevo nadados, y lo que suele ocurrir en estos casos es que prefiero quedarme con que llevo el número más bajo. Seguro que más de una vez, por esas distracciones y dudas matemáticas acabo con ciento dos piletas recorridas, pero mi autoexigencia prefiere eso antes que arriesgarme a quedar con noventa y ocho en el casillero.

     Bien, ahora sí que todo está en orden, hasta que veo el peligro a lo lejos, a escasos trece metros. Cada vez que miro hacia delante por debajo del agua entre brazada y brazada de crawl, veo descender un bulto oscuro que, ya sumergido, se mueve lentamente cual lobo marino en uno de los bordes. Una señora mayor con su infaltable traje de baño negro acaba de invadir mi carril. Y adiós a la paz. Hay algo peor: la señora no ha llegado sola sino que viene con aditivos. Un flotador flexible, una especie de palo circular gomoso de un metro y medio de ancho será su fiel compañero y, a la vez, mi cruel enemigo. Será cuestión de tres o cuatro piscinas para que me lo encuentre golpeándome un ojo. Mierda.

     Pero lo peor es que las señoras mayores en las piscinas, al igual que los accidentes aéreos, nunca vienen solas. A los cinco minutos aparece la señora número dos. Es importante advertir que ahora las estoy llamando señoras, pero verán que esto puede cambiar con el transcurrir del relato, o más bien de las piscinas. Por suerte ya voy cincuenta y ocho, ya pasé el Ecuador de mi rutina diaria. Empieza el problema cuando se me dificulta seguir el ritmo. La vie… señora que va adelante, da la sensación de estar como detenida en el agua. Pareciera no avanzar. Yo regulo. Pero va a ser cuestión de metros para toparme con ese piquete en medio del carril. Si no tuviera ese flotador que además franquea el lado izquierdo, podría pasarla, pero el maldito aditivo de la mujer está ahí. Opción uno, aplicarme una pausa y quedar suspendido hasta que la señora llegue al final. Opción dos, y finalmente la que elijo, me sumerjo y paso por debajo de la vieja como su fuera un buzo. Prueba superada.

     Cuando alcanzo el borde y giro mi cabeza para emprender el regreso, la vieja sigue ahí. Podría jurar que, lejos de haber avanzado, parece estar un poco más atrás, como si nadara -“nadar” es una forma de decir- al estilo cangrejo. Salgo embalado, teniendo en cuenta que adelante mío, yendo en idéntica dirección, va la señora número dos, que automáticamente se transforma en vieja de mierda, junto a la otra, cuando se pone a conversar –sí, conversar como si estuvieran tomando mate en la mesa del patio- en el medio del carril de la pileta, una de un lado y otra del otro, con el amigo flotador haciendo juego, y yo a punto de llegar a la bonita reunión dando martillazos con mis brazos en señal de protesta. Pero la vieja de mierda uno y la vieja de mierda dos ni se inmutan. “Ar bruar arrer”, es el sonido que debe oírse en las profundidades cuando digo “la puta madre” aún a costa de tragar un poco de agua y, no sé cómo, sorteo el obstáculo de las dos charlatanas y en escasos segundos, porque la furia me hace desplazarme más rápido aún, acabo la piscina número cincuenta.

     La suerte me guiña un ojo y veo un carril libre, con cero viejas de mierda a mi izquierda. Allá voy para rematar las últimas piscinas que me quedan. Qué placer verle la cara otra vez a la bendita tranquilidad. De golpe empiezan a pasar listas por mi cabeza: la del súper, la de los candidatos a ganar el Balón de Oro, la de las películas que tengo que descargar por Internet. Pienso en cualquiera de esas listas mientras braceo hasta que… listo, se acaba la paz. El panorama que vislumbro por el rabillo del ojo cada vez que saco la cabeza para respirar es sombrío. Oscuro. Decenas y decenas de sombras van caminando por uno de los bordes de la pileta. Es una hilera que parece no acabar nunca, y lo peor de todo es que todos los integrantes van armados con lanzas, escudos, hasta me imagino catapultas. Además gritan, braman, intentan controlarlos pero ellos siguen ahí, desaforados, avanzando y rodeando amenazadoramente el flanco izquierdo de la pileta. Yo tiemblo. Y no son orcos u otras criaturas de Tolkien, son el segundo grado de la Escuela San Ramón Nonat que vienen a su clase de cada jueves, con flotadores, pelotas y otros enseres. El miedo a que en un arrebato de locura se me tiren encima entre siete y me ahoguen me obliga a nadar más rápido aún. Ánimo que sólo me faltan cuatro.

     Al final, los niños fueron domados por los monitores y sólo tuve que sufrir un pelotazo con un balón de goma mucho más inofensivo que los bordes de la piscina. A mi derecha, las señoras uno y dos –ya se me fue la bronca- siguen de cháchara y me sonríen cuando coincidimos en un extremo de la pileta. Ya voy recorriendo el largo número noventa y nueve y, acabado éste, me encomiendo al último esfuerzo de la tarde para completar mis añoradas cien piscinas. Me doy cuenta que estoy llevando a cabo un acto de absoluta justicia. Saldo una deuda. Tantas veces mientras nadaba se me ocurrieron historias para contar luego, que ya era hora de que la historia pasara a ser ella: mi bendita rutina de nadar como fuente de salud, relax, y por qué no inspiración. “Gracias”, le digo a la piscina. “De nada”.

   

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno, cada vez te pareces más a Chejov. Abrazo.

Martín.

Anónimo dijo...

Me encantó Javi!!! Buenísimo! Me trajo mucha nostalgia, melancolía, no sé, ganas de volver a mi niñez… única etapa de mi vida en la que tuve ese placer de las 80 piscinas, o 40, o las que uno pueda hacer esquivando esos “mastodontes” de malla negra, qué bien descriptos! o apurándose antes de que lleguen esas bandas de colonos con pelotas… EXCELENTE, MUY REAL Y DESCRIPTIVO!!! Fue como sumergirme por unos minutos en la pileta cubierta del Muni y simplemente, recordar…
María

Anónimo dijo...

Me encantó Javi!!! Buenísimo! Me trajo mucha nostalgia, melancolía, no sé, ganas de volver a mi niñez… única etapa de mi vida en la que tuve ese placer de las 80 piscinas, o 40, o las que uno pueda hacer esquivando esos “mastodontes” de malla negra, qué bien descriptos! o apurándose antes de que lleguen esas bandas de colonos con pelotas… EXCELENTE, MUY REAL Y DESCRIPTIVO!!! Fue como sumergirme por unos minutos en la pileta cubierta del Muni y simplemente, recordar…

María

Trini dijo...

Este texto tiene un estilo grossísimo. Creo que encontraste tu voz. No dejes de escribir!!!

Anónimo dijo...

el del comentario anterior era yo, es decir Cristian, pero por error salió con la firma de Trini!

yoga dijo...

Todo el relato, para mi, transcurrió en la pile del ciudad, con Mili en el borde comandando enanitos (algunos esquivos) Como me identifico con las orcas de malla graaaaaande negra, no me atrae mas el agua. Muy bueno, con "nada" hiciste mucho.

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