martes, 6 de noviembre de 2012

Una noche entre tumbas

por Javier Debarnot

     -Esta noche vamos al cementerio.

     -Lindo paseo, ¿y a qué se debe la visita?

     -¿Qué? ¿Te hace falta un motivo?

     -Tengo 12 años, no nací ayer –contestó Nico-. Nadie va por diversión a un lugar así.

     -Leandro cree que al Sr. Giovanni lo enterraron vivo.

     Esa sí era una buena razón para la excursión nocturna. Aunque la escalofriante teoría de Leandro acabara siendo un fiasco, ninguno de los tres de la pandilla iba a arriesgarse a que tuvieran que contarle el final de esa aventura. Hugo Giovanni, uno de los dueños del kiosco de diarios y revistas del pueblo, había muerto en circunstancias muy extrañas aquella mañana. El hombre de cuarenta y tres años había quedado inmóvil de repente, en su puesto de trabajo, no presentaba signos vitales, y a partir de allí todas fueron decisiones apresuradas y poco acertadas: llamar a una ambulancia que tardó un siglo, decretar su deceso valiéndose de la única opinión manifestada con muchos nervios por un auxiliar de enfermería, firmar este último su muerte y, decidido por su único familiar vivo, enterrarlo en el cementerio con apenas un par de horas en la morgue judicial. Y que en paz descanse.

     Pero a Leandro le sobraban, además de muchos puntos de diferencia de coeficiente intelectual con respecto a la media, motivos para sospechar que se había cometido una atrocidad con el cuerpo, según él, todavía con vida del pobre Giovanni. El chico sabía que la víctima sufría de Parkinson, que más de una vez se le habían resbalado las monedas después de temblar en su mano cuando intentaba darle el vuelto, y esa enfermedad era una de las que podían causar catalepsia.

     -¿Seguro que la catalepsia es eso? –preguntó Nico por su walkie-talkie mientras metía en su mochila un par de linternas para la expedición.

     -Ya lo conocés a Lea, habla poco pero todo lo que dice es palabra santa.

     Cuando los tres chicos se reunieron debajo del viejo roble de siempre, hicieron un breve repaso de los elementos que se habían propuesto llevar, y lo tenían todo. Incluso Pablo encontró en uno de sus bolsillos una carta de amor que, sin que él lo supiera, le había dejado clandestinamente su amiga Lucía, lo que motivó algunos comentarios socarrones de Nico que cesaron cuando la cara de su amigo a punto estuvo de teñírsele de rojo de la vergüenza.

     Sólo la luna, grande, llena y luminosa, ofició de mudo testigo de la llegada de los tres al cementerio del pueblo. Antes de treparse por un muro lateral, Pablo y Nico se habían preguntado por Rufus, el fiel perro de Leandro, diciéndoles éste que era arriesgado que los acompañara porque sus ladridos podían llamar demasiado la atención. Con algo de esfuerzo escalaron la pared de no más de tres metros y saltaron hacia el interior. Parecía no haber un alma por allí. O al menos un alma de las que se alojan en el cuerpo de los vivos.

     La lluvia que durante el día había azotado al pueblo les había jugado una buena pasada, porque gracias a ello la tierra permanecía húmeda y les resultó mucho más fácil la tarea de cavar una vez hallada la tumba de Giovanni. Pablo empuñó la pala que Nico le había hurtado a su padre y comenzó a remover y sacar tierra enérgicamente mientras Lea lo animaba y lo alumbraba con su linterna. Habían decidido que lo más seguro sería que uno de los tres montara guardia, escondiéndose walkie-talkie en mano, cerca de la puerta de la casilla del sereno, y a Nico le había tocado esa misión.

     Pablo sintió una superficie rígida en una de sus arremetidas con la pala. Sin duda había llegado al cajón. Tan excitados estaban él y Leandro que ni notaron, en el momento en que descubrieron un trozo de madera entre la tierra removida, que una sombra invadió el único halo de luz que alumbraba la escena. Un cobarde palazo golpeó la nuca de Pablo, que soltó su propia pala y cayó desmayado hacia adelante derrumbándose contra el ataúd que ya había quedado medio visible. La reacción de Leandro no fue lo suficientemente rápida como para evitar que el atacante, una persona adulta, le inmovilizara con facilidad los brazos y acabara poniéndole un pañuelo en la boca empapado con un somnífero que actúo en segundos.

     Casi veinte minutos habían pasado y la guardia que estaba haciendo Nico se estaba tornando anodina. Y como al chico también le extrañó que sus amigos no le hubieran dicho ni una palabra desde hacía rato, empezó a llamarlos él mismo por su comunicador. Pero sin respuesta. Entonces se adentró entre las tumbas y buscó la de Giovanni, donde en teoría habían estado Pablo y Leandro investigando, pero cuando la encontró no los vio a ellos y tampoco notó ningún rastro de nada. La tierra estaba perfectamente en su sitio, como si nadie hubiera intentado profanar la tumba. ¿No se suponía que era eso lo que habían ido a hacer? ¿Dónde se habían metido? Con todos esos interrogantes, Nico enfiló en dirección a la salida.

     Cuando llegó a la puerta del cementerio, sintió un chistido y no encontró un lugar rápido y fácil donde esconderse, y como tampoco se había animado a correr, no le quedó otra que acceder al llamado. El guardia de seguridad le preguntó qué demonios hacía por ahí a esas horas y no se creyó la excusa de que estaba buscando a su perro. Pero quizás cambió de opinión cuando oyó unos ladridos que se hicieron más y más cercanos. Rufus alcanzó la puerta y, sin dejar de ladrar, pasó por delante del guardia y el chico y se metió para adentro, rumbo a un sector donde se acumulaban una lápida al lado de la otra.

     -¡Lo encontré! –decía Nico sin entender realmente qué hacía allí el perro de su amigo y hacia donde iba tan obstinado y tenaz.

     Rufus llegó hasta la tumba de Giovanni y se apostó allí con sus cuatro patas y la cola tensa pegada a su peludo trasero. Lejos de tranquilizarse, siguió con sus ladridos que ya parecían ir transformándose en aullidos. El guardia, que había seguido en silencio al perro y al niño, levantó su vista hacia la inquietante luna llena y por un segundo pensó si no sería cierta la leyenda del hombre lobo. Pero lejos de supersticiones, al fin se dio cuenta de que el animal estaba intentando decirles algo.

     Por suerte para Pablo y Leandro, el empleado del cementerio cavó con mucha velocidad y los encontró a tiempo, enterrados junto al cajón donde estaba guardado el cuerpo de Giovanni. Poco les había faltado para pasar a ser inquilinos permanentes de esa nunca deseada morada final. Tuvieron que contarle toda la historia al guardia que, agitado por sus nocturnas e inoportunas horas extra, les terminó creyendo de mala gana y quedó para encontrarse con los tres chicos y con sus padres al otro día en la comisaría local.

     -Tienen que abrir el ataúd del Sr. Giovanni.

     Leandro le insistió tanto al comisario local que al final le iba a acabar ganando por cansancio. La explicación de que la catalepsia motivaba la pérdida momentánea de la movilidad y la sensibilidad de un cuerpo todavía con vida era demasiado compleja para un policía que apenas había acabado el secundario, pero como después había existido un macabro intento de enterrar vivos a dos chicos de 12 años, y en esa ocasión sin que mediara ningún término acabado en epsia que el comisario Garrido no podía pronunciar sin comerse la pe, accedió al pedido de Leandro.

     Cuando abrieron el cajón, Hugo Giovanni estaba bien muerto, pero eso no desalentó a Leandro, que con toda la coherencia del mundo recomendó que le practicaran una autopsia. ¿El resultado? El pobre vendedor de periódicos del pueblo había fallecido por asfixia, aproximadamente unas veinte o veintidós horas atrás. Sí, eso quería decir que su última respiración la había dado adentro del cajón, cuatro horas después de haber sido enterrado.

     Fatalidad. Negligencia. Responsabilidad del enfermero. Se lanzaban acusaciones y maldiciones para justificar el desastre que se había cernido sobre el infeliz Giovanni. Pero la teoría de Leandro escarbaba un poco más en el asunto, desenterrando una serie de motivos bien ocultos. Él estaba convencido de que se había tratado de un intento de asesinato, que a la luz de los hechos había sido exitoso.

     -Su hermano es el culpable –dijo Leandro y todos se giraron en una sala contigua a la morgue.

     Lautaro Giovanni, único familiar del hombre cuyo cadáver todavía no podía descansar en paz, era no sólo su hermano sino también su socio en el kiosco de diarios. Tenían exactamente el cincuenta por ciento cada uno del negocio que habían heredado de sus fallecidos padres. Pero mientras que Hugo estaba más solo que un perro, Lautaro tenía esposa, tres varones y, sobre todo, muchísimas deudas de juego. Leandro lo sabía porque era compañero de uno de sus hijos. Con su casa a medio pagar y encima con una amante que revoloteaba por su vida y le hacía gastar los pocos pesos que tenía, Lautaro estaba en  quiebra. Ni él podía negarlo. Y de no mediar milagro alguno, iba a ser embargado y quedarse en la calle en menos de un par de meses.

     -Él sabía que si moría su hermano, todo el negocio pasaría a ser suyo y así podría empezar a saldar deudas –Leandro seguía acaparando la atención.

     Según las especulaciones del pequeño genio, Lautaro había investigado y llegado a la conclusión de que el crimen perfecto sería lograr que su hermano tuviera una catalepsia, debido a la poca formación de los servicios de salud del pueblo. “Nadie se imaginará que el pobre diablo sigue vivo”, habrá pensado en el momento en que, para provocarle el ataque, le sustrajo de su maletín su dosis diaria de Levodopa, el fármaco oral que Hugo ingería para tratarse el Parkinson.

     -Toda esta historia es genial, perfecta –retrucó el comisario-, estamos ante el nuevo Sherlock Holmes… Pero hay un problema –dijo mientras se rascaba el bigote-, ¡no tenemos ninguna prueba!

     Entonces a Leandro se le encendió la lámpara por última vez, pero se trataba del hallazgo más deslumbrante.

     -Las uñas, fíjense en las uñas del cadáver.

     Acabando con la soledad de la sala donde el cuerpo maltrecho de Hugo yacía sobre una fría mesa, un forense y el comisario entraron a la habitación y vieron que, efectivamente, varias de sus uñas estaban desgastadas e incluso conservaban un tono marrón, desprendiendo pequeñas astillas que sin duda habían pertenecido a un pedazo de madera.

     -El cajón –dijo Leandro-. La tapa del cajón.

     El ataúd que había sido abierto para exhumar a Giovanni reposaba en una sala contigua. Hacia allí fueron, en silencio, como guardándole respeto al alma todavía errante del vendedor de diarios, y el policía se dispuso a abrir el cajón. Al hacerlo no pudo evitar lanzar una risa nerviosa mientras se apretaba la lengua entre los dientes. “Este pibe es un fenómeno”, pensó.

     En la parte interior de la tapa de ataúd, además de observarse decenas de arañazos provocados sin duda por la desesperación de Hugo al verse atrapado allí, había un nombre escrito con sus propias uñas, “Lautaro”. ¿Podría finalmente descansar en paz?


5 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente!!! Como te dije al comentar el de la Dra. Ramirez, me encanta este estilo de terror! No podés dejar de leer ni distraerte, está genial! Pobre Giovani, lo que le pasó es tétrico, por eso voy a pedir que me cremen, jaja, por si acaso!

Anónimo dijo...

Excelente!!! Como te dije al comentar el de la Dra. Ramirez, me encanta este estilo de terror! No podés dejar de leer ni distraerte, está genial! Pobre Giovani, lo que le pasó es tétrico, por eso voy a pedir que me cremen, jaja, por si acaso!

Anónimo dijo...

Excelente!!! Como te dije al comentar el de la Dra. Ramirez, me encanta este estilo de terror! No podés dejar de leer ni distraerte, está genial! Pobre Giovani, lo que le pasó es tétrico, por eso voy a pedir que me cremen, jaja, por si acaso!

María

Anónimo dijo...

Muy bueno, lástima que no sabía la tecnica para salir de ataudes de kill bill!
Aguanten los goonies!!

Martín

chapi dijo...

Da miedo la catalepsia!

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