martes, 18 de diciembre de 2012

La agenda del jueves

por Javier Debarnot

     Cuando Jorge Amaya llamó a su secretaria para revisar la agenda del jueves, nada hacía pensar que sería el último encuentro entre ellos, aunque un poco más tarde, quizás sí se previó una ruptura total al levantarle Jorge la falda a Beatriz y meterle con traición y alevosía una mano palpándole las nalgas.

     Antes del acoso, mucho pero mucho antes, habían empezado a repasar las actividades que Jorge había escrito la tarde anterior junto a las respectivas horas de la hoja de la agenda del jueves, y que iban a marcar la pauta de un día movido. Movidísimo para Jorge y agitado para todos los involucrados.

     A las diez y media, apenas engullido el desayuno, tocaba ir a ver a Ruscalleda, su socio del bufete Amaya & Ruscalleda Abogados. Apenas debería cruzar el pasillo para meterse en su despacho, interrumpir cualesquiera fueran sus reuniones o conversaciones o teleconferencias con Montevideo y mandarlo a Ruscalleda a la mismísima mierda, diciéndole que le ofrecía -sin cargo y en ese preciso jueves de diciembre- el cuarenta y ocho por ciento del paquete accionario de la firma que le correspondía para que enrollara el documento acreditativo de la cesión y se metiera el cilindro resultante en el culo. Qué a gusto se quedaría viéndole la cara de nada a Ruscalleda después de haberle soportado todo. No más. No más hasta ese jueves.

     A las once, conversación telefónica con Jorgito Jr., el único hijo de su segundo y frustrado matrimonio con Anabella. Tuuuuu, sonaría el timbre, tuuuuu, Jorge dejaría el cable del teléfono hecho un auténtico nudo marinero hasta que, tuuuuu, alguien descolgaría del otro lado. ¿Quién es? Soy Jorge. ¿Qué haces después de tanto tiempo, viejo? De viejo, nada, no soy tu padre. ¿Qué? Que no soy tu padre, siempre te preguntaste de dónde había salido tu fanatismo por las frutas, y bueno, es que sos hijo del verdulero de la esquina. ¿Qué estás diciendo, papá? Papá un cuerno, bah, dos cuernos, los que me metió tu madre con el Cholo, así que andá a reclamarle a él la plata para pagar la cuota de tu ridícula carrera en la universidad privada. Pero, papá, digo… Tu tu tu tu. Cortando por lo sano. Otro tema finiquitado.

     Después de zanjar ciertos espinosos asuntos familiares, mejor darse tiempo para un buen almuerzo en el más lujoso restaurante de Puerto Madero. A la una y media, sí, Beatriz, perfecto, la comida debe reservarse a esa hora invitando a Lola y a María, las becarias de la planta dos. El menú más caro para los tres, con ese vino prohibitivo, sí, ese, el de la botella que sólo con leer su etiqueta hace que la tarjeta de crédito dorada cobre vida y se ponga a temblar en la billetera. De entrada, caviar del bueno, después el mejor trozo de lomo y un postre sólo para sibaritas: champagne de lujo con helado de limón, un placer auténticamente digestivo entre bocanadas de un habano original de la isla. ¿La cuenta final de ese monumento a los pecados de la codicia y la gula? Un número de cuatro cifras de esos que invitan a preguntar “¿qué rompimos?”, pero de pagar nada, Jorge diría que se dejó los plásticos y el metálico en el saco y volvería a saldar cuentas el viernes. Si total, era cliente privilegiado.

     “A las cinco tiene el juicio por lo del accidente de los González”, le recordaba Beatriz esa mañana de jueves, antes de que Jorge le pusiera una mano encima. Tendría la décimo cuarta audiencia correspondiente al caso en donde sus defendidos Emilio y Remigio, hijos del reconocido y multimillonario economista Herminio González que era el mejor cliente del bufete, eran acusados de homicidio culposo tras haber atropellado a una chica que iba en bicicleta. Esa tarde, Jorge Amaya torcería el rumbo del juicio al reconocer que el conductor de la cuatro por cuatro y su acompañante iban hasta el cuello de alcohol y cocaína. Nadie entendería nada, ni mucho menos el padre de los implicados al pedir explicaciones a los gritos y recibir de parte de Jorge un “vos no te metas que sos el que les das la merca, aunque al menos a tus hijos se las regalás y no se las vendés como a todos los ilustres ciudadanos de Vicente López y Olivos”. Vuelco violento en la causa, un nuevo juicio abierto por tráfico de estupefacientes y, seguramente debido a que significaría un hito en la historia judicial argentina, un buen espacio asegurado en la portada de varios periódicos del día siguiente. ¿Saldrían los diarios? ¿Alguien los leería?

     A las ocho, ya finalizada su notoria intervención en la causa de los González, la agenda estipulaba partido de paddle con los muchachos. Jorge le había encargado a Beatriz que le comprara en su hora de almuerzo unas zapatillas de deporte, en lo posible de marca, pero la única marca que le había quedado al abogado había sido la de los cinco dedos de su secretaria en su propia cara después de su desubicada tocada de culo. Beatriz había recogido sus cosas, renunciado y dejado el despacho a las once y cuarenta y siete, entre la llamada a Jorge Jr. y la comida con Lola y María. Por supuesto, Beatriz también se había negado rotundamente a ir a sacar fotos del ménage à trois que su jefe haría con las becarias acabado el almuerzo.

     Tal como se planteó la situación, Jorge iría a jugar con las zapatillas de siempre pero su juego sería más agresivo que nunca. Raúl –le diría a uno de sus rivales-, ¿sabés lo que hace tu mujer cada martes a media tarde? Preguntale a Wálter –su otro adversario y compañero y amigo de Raúl-. 15 a 0. Esteban –le lanzaría como al pasar a su pareja de juego- anoche estuve con tu mamá. 30 a 0. Sos adoptado. 40 a 0 y triple bola de partido. Son tres fracasados, no sé por qué me sigo juntando con ustedes.

     De vuelta en la oficina, agitado y sin haberse duchado tras escapar de la furia no contenida de sus tres ex mejores amigos, le quedaría un rato para meterse en su página favorita de apuestas online y responder dos preguntas vitales para dar el próximo paso: cuál puede ser la apuesta más ridícula y cuál es la cantidad de dinero que le queda disponible en su cuenta. Y entonces se jugaría toda su fortuna a que el corredor asturiano Fernando Alonso acabaría una carrera de Fórmula Uno sin esgrimir absolutamente ninguna excusa en caso de no haberla ganado.

     A las doce de la noche de ese jueves, Jorge Amaya giraría la hoja del calendario de su oficina y se iría a dormir pensando en lo agitado, emocionante, bizarro, loco, divertido y excitante que habría sido su día al cumplir una a una todas las actividades planeadas en su agenda del jueves. Ni soñaba despertarse a la mañana siguiente, pero sí que lo haría.

     Al final, incumpliéndose las apocalípticas profecías mayas, no habría fin del mundo el viernes veintiuno de diciembre de dos mil doce. Bueno, no lo habría para los aproximadamente seis mil novecientos noventa y nueve mil millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve habitantes del planeta tierra, pero para Jorge Amaya, visto lo visto y viendo a todo lo que tendría que enfrentarse a partir de ese día, sí sería el auténtico fin del mundo.


martes, 4 de diciembre de 2012

Me casé con una extraterrestre

por Javier Debarnot

     Haberme dado cuenta recién, hace apenas cinco minutos, de que mi mujer no pertenece al planeta Tierra no me resulta tan grave. Pero sí me preocupa un poco el pequeño detalle de que, también de sopetón, acabo de despertarme en una nave espacial, boyando por el universo. Me imagino que la nave será la suya y sería interesante conocer cuándo adquirió el vehículo, más que nada para saber si entrará o no entre los bienes gananciales.

     Lo último que recuerdo es que ayer a las once y pico, antes de irme a dormir, sufría un ligero dolor de cabeza y mi mujer me acercó a la cama una pastillita con un vaso de agua. La ingerí cometiendo el error de siempre: no leer el prospecto del medicamento. No sé, tal vez hubiera estado escrito en las contraindicaciones que el fármaco podía producir leves a moderados desplazamientos del cuerpo, a unos treinta, cuarenta mil kilómetros de la estratósfera. Ahí parece que estoy ahora, viendo la Tierra de un tamaño más pequeño que el de la píldora que me dio anoche mi amada esposa, la bellísima alienígena.

     Ahora que lo pienso, en los quince años que llevo casado con ella pudo haber existido alguna señal –por lo visto, señal interespacial- que me indicara que mi mujer no había nacido en la ciudad de Rosario, y sí en el cuadrante 18 del sector gama del planeta Zafiro. Pero a veces uno va por la vida prestándole atención a estupideces, dudando de cuántas patas tendrá realmente un ciempiés, y estando así de obnubilado por ese crucial interrogante no me parecía raro el detalle de que mi mujer, cuando algo la ponía furiosa, en lugar de decir “esto me pone verde” decía “me pone color piel de humano”.

     Y cuando más de una vez intentaba llamarla a su teléfono móvil, una operadora me decía que el cliente estaba fuera de cobertura. En teoría, ella sólo había salido de casa hacía diez minutos para comprar leche, pero en la práctica –intuyo yo ahora desde acá arriba- quizás estaría dando vueltas por algún rincón de la vía láctea. No lo sé. Más raro era cuando le prestaba atención al detalle de la factura telefónica en caso de que el importe fuera más alto que el habitual, y veía en letra muy pero muy chiquitita que figuraba un apartado que decía “llamadas de larguísima distancia”. Detalles, minucias y cositas que ahora me van cerrando.

     Ya se me está pasando el voleo en la cabeza. Miro a mi alrededor y estoy en una cabina donde destacan sólo cuatro elementos: el panel de cristal transparente que me permite ver el espacio exterior, un tablero con comandos y botones que en teoría son para dirigir la nave, la silla donde estoy sentado y por último una puerta, cerrada. Pruebo de abrirla y es imposible, entonces vuelvo a mi sitio. Medio perdido, recorro el tablero y me encuentro a mi izquierda, pegada con cinta adhesiva, una pequeña foto 4x4 de nuestro hijo. Me emociono, pienso en él y entonces caigo, no literalmente porque sería una catástrofe hacerlo desde tan alto, caigo en por qué mi mujer había insistido tanto en ponerle Esteban como primer nombre, o Ezequiel o Eugenio, y como segundo Tomás, o Tadeo o Toribio -¡Toribio!-, sí, ahora me doy cuenta que tenía que ser un E.T. a toda costa.

     Yo había cedido a todos sus caprichos por amor, como siempre. Y ahora recuerdo que cuando Ezequiel Tadeo apenas tenía cinco o seis meses me enternecía ver, asomándome en la puerta de su habitación, como mi mujer le decía con extrema dulzura: “di bu da rí, a ta tá, lo di ra nó, ti ti ro cé”. Me daba ternura, muchísima, aunque después me generó algo de preocupación cuando, una tarde y por error, levanté uno de los teléfonos de casa y escuché una conversación que mi hijo, ya con dieciséis, mantenía con su madre. Y fue un déjà vu de la anterior. “Di bu da rí, a ta tá”, le decía Ezequiel, y aquel día pensé que tenía un hijo bobo y se me había venido el mundo abajo, pero hoy, que estoy encima del mundo me van cerrando las distintas piezas del puzzle: era un lenguaje de comunicación alienígena.

     Sigo sentado y conmocionado. ¿Por qué nunca me lo confesó? Pienso que todo se puede comprender en esta vida, hasta que tu mujer te diga después de dieciocho años de estar juntos –o sea que la mentira ya se había hecho mayor de edad- que es una extraterrestre. Hay cosas peores, pienso ahora, “soy la que inventé la canción de la Mutua Madrileña, la de ¡soy, soy, soy!”. Eso si que no lo hubiera podido perdonar jamás.

     ¿Y ahora se acabará todo? Yo hasta recién vivía convencido de que estábamos pasando el mejor momento de nuestra relación. Que habíamos reinventado el amor -sí, suena cursi pero hay que intentarlo porque si no, lo que suena es la campana final-. Ayer mismo, cuando le pregunté a mi mujer que quería hacer el fin de semana, me dijo “voy a amarte”. ¡Y yo a ella! La había abrazado emocionado y ella, me doy cuenta ahora porque siempre con el diario del lunes es más fácil, en realidad se había quedado sorprendida de mi reacción, un poco fría. Claro, la confusión había sido semántica. Si en vez de decírmelo me lo hubiera escrito, yo hubiera leído claramente “Voy a Marte”. ¿Sería adonde me estaba llevando ahora?

     Siento un cosquilleo, pero antes de que éste se haga insoportable en mis tripas por suerte me sorprende el ruido de una puerta. Se abre por detrás mío y entra ella. Mi mujer. La extraterrestre. Está igual que siempre, preciosa, vivaz, pero más diáfana que nunca. Corre a mis brazos y me pide perdón de la única forma que sabe, articulando las palabras mientras me besa apasionadamente. Y me lo confiesa todo. De pe a pa, “Pepa”, ese es su verdadero nombre, el que figura en su documento alienígena.

     Apenas puedo sostenerme porque los pies se me bambolean como las dos torres antes de venirse abajo. Me dice que quiere que vayamos a conocer a su auténtica familia, a la de sangre. Pucha, digo, con lo mucho que me había costado llevarme bien con la parentela terrestre, ahora veía que todo el esfuerzo había sido en vano. A empezar de cero, a volver a remar para ganarme la confianza de los suegros.

     “Suegros, no, eso será otro día”, me aclara mi mujer justo en el momento en que la nave aterriza en un planeta que parece muy similar a la Tierra, salvo por el detalle de que el cielo es color verde agua. “Tengo muchísimos hermanos”, me dice ya después de tocar -¿tierra?- firme.

     “¿Tantos hermanos?”, le pregunto mientras vamos caminando de la mano, como en una segunda -¿luna?- de miel. Mi mujer me explica que son como trescientos ocho o trescientos nueve, no lo tiene muy claro porque la tasa de natalidad en Zafiro va creciendo más rápido que la de desempleo en España. Parece ser que en su planeta no existe la televisión y las parejas se tienen que buscar la vida para entretenerse. Me aclara que quiere presentarme a uno de sus hermanos en particular, y ahí percibo que viene hacia nosotros una persona, de aspecto terrestre como yo y como ella. Se acerca.

     Y entonces, cuando por fin está a una distancia prudente, vuelve a instalarse el tembleque en mis rodillas. El personaje en cuestión, uno de los supuestos trescientos nueve hermanos alienígenas de mi mujer, me estira la mano y me dice tímidamente, como si fuera necesario que lo aclarara: “hola, me llamo Lionel”.

 

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