martes, 4 de diciembre de 2012

Me casé con una extraterrestre

por Javier Debarnot

     Haberme dado cuenta recién, hace apenas cinco minutos, de que mi mujer no pertenece al planeta Tierra no me resulta tan grave. Pero sí me preocupa un poco el pequeño detalle de que, también de sopetón, acabo de despertarme en una nave espacial, boyando por el universo. Me imagino que la nave será la suya y sería interesante conocer cuándo adquirió el vehículo, más que nada para saber si entrará o no entre los bienes gananciales.

     Lo último que recuerdo es que ayer a las once y pico, antes de irme a dormir, sufría un ligero dolor de cabeza y mi mujer me acercó a la cama una pastillita con un vaso de agua. La ingerí cometiendo el error de siempre: no leer el prospecto del medicamento. No sé, tal vez hubiera estado escrito en las contraindicaciones que el fármaco podía producir leves a moderados desplazamientos del cuerpo, a unos treinta, cuarenta mil kilómetros de la estratósfera. Ahí parece que estoy ahora, viendo la Tierra de un tamaño más pequeño que el de la píldora que me dio anoche mi amada esposa, la bellísima alienígena.

     Ahora que lo pienso, en los quince años que llevo casado con ella pudo haber existido alguna señal –por lo visto, señal interespacial- que me indicara que mi mujer no había nacido en la ciudad de Rosario, y sí en el cuadrante 18 del sector gama del planeta Zafiro. Pero a veces uno va por la vida prestándole atención a estupideces, dudando de cuántas patas tendrá realmente un ciempiés, y estando así de obnubilado por ese crucial interrogante no me parecía raro el detalle de que mi mujer, cuando algo la ponía furiosa, en lugar de decir “esto me pone verde” decía “me pone color piel de humano”.

     Y cuando más de una vez intentaba llamarla a su teléfono móvil, una operadora me decía que el cliente estaba fuera de cobertura. En teoría, ella sólo había salido de casa hacía diez minutos para comprar leche, pero en la práctica –intuyo yo ahora desde acá arriba- quizás estaría dando vueltas por algún rincón de la vía láctea. No lo sé. Más raro era cuando le prestaba atención al detalle de la factura telefónica en caso de que el importe fuera más alto que el habitual, y veía en letra muy pero muy chiquitita que figuraba un apartado que decía “llamadas de larguísima distancia”. Detalles, minucias y cositas que ahora me van cerrando.

     Ya se me está pasando el voleo en la cabeza. Miro a mi alrededor y estoy en una cabina donde destacan sólo cuatro elementos: el panel de cristal transparente que me permite ver el espacio exterior, un tablero con comandos y botones que en teoría son para dirigir la nave, la silla donde estoy sentado y por último una puerta, cerrada. Pruebo de abrirla y es imposible, entonces vuelvo a mi sitio. Medio perdido, recorro el tablero y me encuentro a mi izquierda, pegada con cinta adhesiva, una pequeña foto 4x4 de nuestro hijo. Me emociono, pienso en él y entonces caigo, no literalmente porque sería una catástrofe hacerlo desde tan alto, caigo en por qué mi mujer había insistido tanto en ponerle Esteban como primer nombre, o Ezequiel o Eugenio, y como segundo Tomás, o Tadeo o Toribio -¡Toribio!-, sí, ahora me doy cuenta que tenía que ser un E.T. a toda costa.

     Yo había cedido a todos sus caprichos por amor, como siempre. Y ahora recuerdo que cuando Ezequiel Tadeo apenas tenía cinco o seis meses me enternecía ver, asomándome en la puerta de su habitación, como mi mujer le decía con extrema dulzura: “di bu da rí, a ta tá, lo di ra nó, ti ti ro cé”. Me daba ternura, muchísima, aunque después me generó algo de preocupación cuando, una tarde y por error, levanté uno de los teléfonos de casa y escuché una conversación que mi hijo, ya con dieciséis, mantenía con su madre. Y fue un déjà vu de la anterior. “Di bu da rí, a ta tá”, le decía Ezequiel, y aquel día pensé que tenía un hijo bobo y se me había venido el mundo abajo, pero hoy, que estoy encima del mundo me van cerrando las distintas piezas del puzzle: era un lenguaje de comunicación alienígena.

     Sigo sentado y conmocionado. ¿Por qué nunca me lo confesó? Pienso que todo se puede comprender en esta vida, hasta que tu mujer te diga después de dieciocho años de estar juntos –o sea que la mentira ya se había hecho mayor de edad- que es una extraterrestre. Hay cosas peores, pienso ahora, “soy la que inventé la canción de la Mutua Madrileña, la de ¡soy, soy, soy!”. Eso si que no lo hubiera podido perdonar jamás.

     ¿Y ahora se acabará todo? Yo hasta recién vivía convencido de que estábamos pasando el mejor momento de nuestra relación. Que habíamos reinventado el amor -sí, suena cursi pero hay que intentarlo porque si no, lo que suena es la campana final-. Ayer mismo, cuando le pregunté a mi mujer que quería hacer el fin de semana, me dijo “voy a amarte”. ¡Y yo a ella! La había abrazado emocionado y ella, me doy cuenta ahora porque siempre con el diario del lunes es más fácil, en realidad se había quedado sorprendida de mi reacción, un poco fría. Claro, la confusión había sido semántica. Si en vez de decírmelo me lo hubiera escrito, yo hubiera leído claramente “Voy a Marte”. ¿Sería adonde me estaba llevando ahora?

     Siento un cosquilleo, pero antes de que éste se haga insoportable en mis tripas por suerte me sorprende el ruido de una puerta. Se abre por detrás mío y entra ella. Mi mujer. La extraterrestre. Está igual que siempre, preciosa, vivaz, pero más diáfana que nunca. Corre a mis brazos y me pide perdón de la única forma que sabe, articulando las palabras mientras me besa apasionadamente. Y me lo confiesa todo. De pe a pa, “Pepa”, ese es su verdadero nombre, el que figura en su documento alienígena.

     Apenas puedo sostenerme porque los pies se me bambolean como las dos torres antes de venirse abajo. Me dice que quiere que vayamos a conocer a su auténtica familia, a la de sangre. Pucha, digo, con lo mucho que me había costado llevarme bien con la parentela terrestre, ahora veía que todo el esfuerzo había sido en vano. A empezar de cero, a volver a remar para ganarme la confianza de los suegros.

     “Suegros, no, eso será otro día”, me aclara mi mujer justo en el momento en que la nave aterriza en un planeta que parece muy similar a la Tierra, salvo por el detalle de que el cielo es color verde agua. “Tengo muchísimos hermanos”, me dice ya después de tocar -¿tierra?- firme.

     “¿Tantos hermanos?”, le pregunto mientras vamos caminando de la mano, como en una segunda -¿luna?- de miel. Mi mujer me explica que son como trescientos ocho o trescientos nueve, no lo tiene muy claro porque la tasa de natalidad en Zafiro va creciendo más rápido que la de desempleo en España. Parece ser que en su planeta no existe la televisión y las parejas se tienen que buscar la vida para entretenerse. Me aclara que quiere presentarme a uno de sus hermanos en particular, y ahí percibo que viene hacia nosotros una persona, de aspecto terrestre como yo y como ella. Se acerca.

     Y entonces, cuando por fin está a una distancia prudente, vuelve a instalarse el tembleque en mis rodillas. El personaje en cuestión, uno de los supuestos trescientos nueve hermanos alienígenas de mi mujer, me estira la mano y me dice tímidamente, como si fuera necesario que lo aclarara: “hola, me llamo Lionel”.

 

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Grande pa! Muy bueno, qué cuñadito te echaste. Ahora me empieza a cerrar todo.
Abrazo.

Martín

Anónimo dijo...

Brillante! Me parti de la risa. La gente en el bus me mira raro por mis lágrimas de risa contenida.

chapi dijo...

Me encantó! Cada vez mejores los textos de esta segunda etapa. Me encantan!

Anónimo dijo...

Muy bueno!!! En realidad mientras leía me preguntaba cuál sería el final ... y lo entendí previa búsqueda en el google, porque no me había enterado del comentario que habían hecho de Messi, y bueno, a veces salgo de la burbuja, jaja!

Anónimo dijo...

Muy bueno!!! En realidad mientras leía me preguntaba cuál sería el final ... y lo entendí previa búsqueda en el google, porque no me había enterado del comentario que habían hecho de Messi, y bueno, a veces salgo de la burbuja, jaja! Una fantasía muy creativa, muy bien adaptado, me gustó!

Mari

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