martes, 31 de diciembre de 2013

Un mundo mejor

por Javier Debarnot


     El meteorito, de un tamaño que cubriría la superficie total de Australia, avanzaba a miles de kilómetros por hora en dirección certera e inmodificable hacia la Tierra.

     Cuando los más equipados y preparados científicos lo vieron venir, ya era demasiado tarde. No habría más que un par de semanas para decidir y actuar, y la única salida que vislumbraron factible era el éxodo. Huir antes de que todo lo que existía en el planeta tal como lo conocían dejara de hacerlo en un puñado de segundos. Nada iba a quedar en pie de producirse el impacto del meteorito y, descartando cualquier posibilidad de destruirlo antes de que llegara, las mentes más iluminadas concluyeron que no había otra escapatoria que, precisamente, la escapatoria.

     Por las características de urgencia y elevado costo de la huída, no todos iban a formar parte de ese plan de evacuación, sino más bien algunos privilegiados. Sólo los que tuvieran varios ceros a la derecha en sus cuentas bancarias podrían subirse a las naves que ya estaban preparadas para ese tipo de emergencias. Hubo extremo cuidado de que no se filtrara la noticia para no desatar el evidente e inevitable caos. Parecía una misión imposible, pero se logró: el noventa y ocho por ciento de los habitantes de la tierra no se enteraron de que estaban a punto de morir.

     Penetrando en el espacio de la Vía Láctea, el meteorito bautizado como Hércules continuaba con su trayectoria apuntando hacia la atmósfera terrestre, a punto de meterse en ella y desprendiendo centenares de rocas incandescentes a su cósmico y grandilocuente paso.

     De la forma más reservada posible, los grandes directivos de las principales corporaciones y empresas del mundo fueron dejando uno a uno sus cargos. La Operación Éxodo fue cumplida a rajatabla con el máximo grado de confidencialidad, preparándose todos los que estaban involucrados para abordar en los vehículos a las 6 AM correspondiente al huso horario UTC–5:00 regido en muchas ciudades de Estados Unidos. Casi de la noche a la mañana, para asombro de la mayor parte de la población, todos los sitios empezaron a quedar descabezados. Los presidentes y reyes del mundo abdicaron en su gran mayoría, sólo quedando Pepe Mujica y otros pocos mandatarios honestos que, aún sabiendo que se avecinaba el fin del mundo, prefirieron permanecer en sus cargos para “vivirlo” como ciudadanos comunes, es decir, como siempre se habían considerado.

     Cada uno de los millonarios tenía su boleto en primera y única clase en los quinientos transbordadores espaciales que iban a partir a la hora señalada. No llevaban más equipaje que sus joyas y riquezas, y los científicos portaban planos y millones de “gigabytes” de información suficiente para construir una nueva civilización en tiempo récord en su próximo destino: el planeta Mercurio. Estando los afortunados a bordo –afortunados por su suerte y por sus fortunas- partieron dejando tras ellos una Tierra que debería ser devastada en cuestión de horas.

     Hércules ya se había llevado por delante todas las estaciones y satélites puestos por el hombre en la parte de la atmósfera más cercana a la Luna, y continuaba su viaje sin intenciones de detenerse hasta su destino final, el globo terráqueo.

     En nuestro planeta, los habitantes intuían algo extraño por el repentino abandono de los poderosos. Unos pocos, los que se habían enterado del asunto, decidieron comunicárselo sólo a sus círculos más íntimos, conscientes de que no se podría hacer otra cosa más que desear una muerte rápida y sin dolor. A las 12 AM -hora del Pacífico- las personas que en ese momento estaban a cielo abierto vieron una enorme bola surcando las alturas. Aterrorizados, no pudieron hacer más que paralizarse ante tamaña escena, la de un objeto envuelto en llamas que se hacía cada vez más grande a medida que se acercaba a la Tierra.

     Entonces, los humanos y animales y todo ser vivo que poblaba el planeta, no fueron testigos del fin del mundo, sino que presenciaron estupefactos cómo el meteorito -que sólo unos pocos sabían que se trataba de Hércules- siguió de largo y no le ocasionó un mínimo rasguño a la superficie terrestre. Apenas levantó algunas mareas y provocó terremotos nimios en sectores poco habitados sin ocasionar muerte alguna. Y pasadas unas horas del episodio, fue recién allí cuando se comprendió todo, cuando la verdad llegó hasta el último de los ciudadanos comunes y se supo que se habían salvado de una destrucción absoluta, un tremebundo apocalipsis del que esa minúscula porción de gente rica había huido creyéndolo inevitable.

     Hubo unos días de juerga y desenfreno. Hubo fiesta en todos los rincones del planeta por saberse salvados del acabose y la extinción. Y otro motivo añadido para las celebraciones –y nada menor- fue el de haberse librado de las cabezas más poderosas del mundo, que se habían escapado como ratas. No quedaron prácticamente presidentes, ni reyes, ni duques, ni príncipes, ni jeques, ni obispos, ni diputados, ni grandes empresarios, ni prestigiosos cirujanos, ni encumbrados abogados. Todos aquellos que profesaban su amor al vil metal se habían borrado del mapa. La Tierra, contrariamente a las desgracias y plagas y azotes que a principio del tercer milenio presagiaban los videntes y profetas más escépticos, se había librado de su peor lacra: los ricos.

     El problema fue que, asumiendo que no quedaban individuos ejerciendo cargos jerárquicos, no pasaron más que un par de semanas para que sucediera lo inevitable. Que reinara el caos. La anarquía total en toda la regla. Hubo grandes movimientos de violencia, robos y saqueos a mansalva y hasta pequeñas guerras civiles desatadas en diferentes puntos. Podría haberse desencadenado algo peor de aquello de lo que se habían salvado raspando, pero por fortuna, y después de un tiempo oscuro y confuso, acabó reinstalándose la paz. Fue cuestión de que emergieran nuevos líderes, carismáticos, pero no adoradores del poder y los dólares, ya que la mayoría de ellos estaba en su nueva morada de Mercurio.

     A ese planeta habían ido a parar todos los políticos corruptos, mientras que los idealistas y honestos seguían en la Tierra, y vaya que hacían falta. Los médicos que se habían forrado poniendo pechos y labios de plástico, allá lejos. Los que curaban los dolores del corazón, de las vísceras y del alma, aquí se habían quedado. Abogados que mentían para hacer creer que una mega estafa de un funcionario era un ligero desliz o traspapeleo de documentos se habían subido todos juntos a una de las naves. Los que defendían a los que se veían obligados a robar un trozo de pan para calmar su hambre, permanecían en el mundo que estaba volviendo a nacer para beneplácito de la verdadera justicia.

     Pronto se demostró que la buena gente sumada a más buena gente eran capaces de mover montañas, sobre todo si se tenía la certeza de que no crecía mala hierba ni se escondían malas espinas de esas que al final acaban pudriéndolo todo. En un mes después del fallido impacto de Hércules, el mundo empezó a ser un lugar mejor.

     Las fronteras pasaron a ser simples caminos que invitaban a quienes llegaban a ellos a cruzarlos, por la simple razón de conocer esas nuevas y diferentes costumbres, oler y saborear esa comida típica, bailar esa danza tradicional o embriagarse con el néctar de esos frutos macerados pacientemente para que vuelvan a florecer en el alma de quienes los beben.

     La Tierra comenzó a ser una palabra grande en todos los sentidos, y el trabajo en sí cobró un nuevo significado, infinitamente alejado de aquel que los poderosos le habían vendido a la gente durante siglos, enmascarando su única ambición de que otros trabajaran más y más creyéndose dignos aunque no estuvieran haciendo otra cosa que engordar los bolsillos del amo guardándose apenas migajas en los suyos y enflaqueciendo día a día y jornada a jornada su moral, su ánimo y sus sueños. Los nuevos líderes, que ni siquiera querían que se los llamara así, ligaron al auténtico trabajo con la tierra en sí, y de esa forma “trabajar la tierra” pasó a ser la clave de todo.

     En el nuevo mundo, nadie moría de hambre porque se le había enseñado a la gente a conseguir sus propios alimentos, y las personas fueron conscientes de que, actuando como se debía y sin abusos ni alteraciones provocadas a la Madre Tierra, habría comida para los próximos miles y miles de años. La moda dejó de ser un negocio y pasó a ser algo simplemente pintoresco. A ninguno se le ocurría priorizar la vestimenta por sobre otras necesidades básicas como comer, beber o amar. El dinero sucumbió, pero hubo nuevos ricos: todos aquellos que se decidían y animaban a viajar por el mundo sin aviones, sin trenes de alta velocidad, sin móviles ni navegadores GPS. La auténtica riqueza residía en conocer otras culturas, empaparse de las anécdotas de quienes llevaban vidas diferentes pero no por su economía, sólo por sus geografías y sus climas. Todos eran iguales.

     Pero un día las noticias llegaron a Mercurio. Como Hércules había destrozado todas las estaciones espaciales antes de pasar junto a la Tierra, los nuevos “mercurianos” no supieron del guiño del destino del que se había beneficiado su planeta de origen. Vivieron los primeros meses en su nuevo hábitat convencidos de que eran los únicos terrestres con vida, convencidos de que su tierra de origen había sido destruida por el meteorito. Restablecidas las conexiones espaciales, una vez colocados nuevos satélites gracias a su tecnología de avanzada que habían traído en sus naves, un día descubrieron la verdad: que la Tierra estaba intacta y habitable. Y, como a pesar de las riquezas que habían exportado hasta Mercurio su nueva casa no gozaba ni gozaría nunca de las maravillosas cualidades, la flora, la fauna o la diversidad de condiciones climáticas de la Tierra, en menos de una semana deliberaron y se pusieron de acuerdo en que regresarían. Que volverían y se pondrían otra vez al mando, cómo no. De todo y todos. El regreso sería glorioso y no hubo ni uno que quiso quedarse afuera de la operación que llamaron Renacimiento. Iban a salir dos días después.

     Un día antes de que partiera el primer transbordador de Mercurio hacia la Tierra, algo que había permanecido fuera de alcance un tiempo indeterminado regresó a la órbita que circundaba la Vía Láctea. Después de recorrer galaxias lejanas a miles de años luz de la Tierra, el meteorito Hércules volvió a hacerse presente, amenazante y letal. Pero iba en dirección hacia Mercurio. A darle de lleno. Aquella vez, aparentemente sin margen de error posible. No iba a quedar un alma viva. Parece que al final acabarán ganando los buenos.





martes, 17 de diciembre de 2013

Dame aire

por Javier Debarnot


     “Te necesito más que al aire que respiro”. Qué estupidez. Las propias palabras que Óscar le había escrito a una novia en 1996, o sea veinte años atrás, le parecen además de cursis un disparate escrito a destiempo. Hoy, él y gran parte de la humanidad saben muy bien que nada puede valorarse tanto como el oxígeno que respiramos, o más bien que casi ni podemos respirar. Y por eso en 2016 estamos viviendo la cruel disyuntiva de atrincherarnos en modernas cuevas urbanas para evitar el contacto con el aire, o morir.



     Morir rápido y con dolor, con un estertor que estremece a quien pueda oírlo, esa es la última moda en el catálogo de epidemias mortales de la humanidad y nos azota sin piedad desde hace varios meses en todas las grandes ciudades. El veloz deceso es ocasionado por una infección mortal que quema la garganta y arrasa con todos los caminos que conducen a los pulmones, destruyéndolos sin más, y todo por obra y gracia de una contaminación que se ha enquistado en cada molécula de oxígeno de la tierra, como señal de un maleficio que muy pocos vieron venir porque otros pocos se ocuparon de barrer debajo de la alfombra. Por dinero. Por codicia. Por el asco que viene incluido de fábrica en la simple esencia del ser humano, no en la de todos, pero sí los suficientes como para poner en jaque el futuro de la raza que hoy por fin aprendió que respirar no es gratis, sino mortal.

     Óscar está ahora mismo refugiado en un cuartucho donde, de pura casualidad, encontró esa carta devuelta por su ex novia mientras buscaba un dibujo de su hijo Alex. Es su cumpleaños, hoy, 23 de octubre de 2016, o dicho más correctamente, 23-O del año 2 D.D.A. (Después de la Destrucción del Aire). Desde que se separó de la madre del niño, poco favorecido por una nueva ley que suele otorgarle el noventa por ciento de la custodia a la mujer, Óscar apenas ve a Alex una decena de veces al año, complicándosele la situación por su desempleo crónico y por el pequeño detalle de que viven en diferentes puntas de la ciudad, y en medio de ellos hay un mundo enorme, hostil, y para colmo irrespirable. Pero está decidido a hacerle llegar su regalo como sea, y estaría dispuesto incluso a cavar un túnel para llegar a abrazarlo, aunque para ello tendría que haber empezado antes.

     El gran negocio en este nuevo mundo es la aislación. En esta época reluce como el oro todo aquello que sirva para proteger al ser humano del aire contaminado, destacándose unos paneles de fibra de cristal ultra-fuerte que impiden el paso del oxígeno asesino de afuera hacia adentro. Las empresas que lideran este mercado son, vaya casualidad, las mismas que décadas atrás explotaron el petróleo hasta que el medio ambiente dijo basta y voló en mil pedazos. Óscar sabe que los que antes nos vendieron el veneno ahora son los que nos acercan el antídoto en cómodas cuotas.

     Todos lo tienen claro hoy, que los multimillonarios siguen siendo los detestables personajes de siempre que disfrutan jugando con nosotros como marionetas de trapo. Pero el daño ya está hecho. Muchos recuerdan diversas advertencias o alarmas, por ejemplo en 2013, cuando en Barcelona subieron los índices de contaminación al límite, como manos apretando y aprisionando nuestros cuellos, ahogándonos, pero nadie, ni nosotros mismos, hizo nada para quitárnoslas de encima. Los medios de comunicación pasaron a ser, como a lo largo de casi toda su historia, medios de incomunicación una vez que recibieron los generosos sobres de las grandes corporaciones. ¿A quién iba a convenirle que las automotrices o las petroleras tuvieran que pisar el freno o al menos aflojar el pie del acelerador en esa autopista que iban recorriendo, frenéticamente y sin dejar de llenarse los bolsillos, hacia el “no va más” del mundo tal como lo conocíamos? No a ellos. No a los inescrupulosos que priorizan sumar un mísero billete más antes que cuidar cien vidas, y aun así duermen de noche sin que nada afecte a su alma, aunque más no sea por carecer de ella o porque la han vendido a un mejor postor que ni siquiera es el diablo.

     Antes de salir a la calle, Óscar se calza la máscara protectora con el filtro indicado para poder inspirar y sorber sólo la parte del aire no contaminada. No hay otra manera de estar en el exterior, salvo que uno tenga tendencias suicidas. A pesar de que la ciudad a la intemperie parece un desierto, Óscar tiene la extraña sensación de estar siendo observado, pero sin ganas ni tiempo para distraerse, lo único que le importa es entregarle a su hijo el sobre que lleva en un bolsillo interior de su abrigo. Es un tesoro preciado, tan minúsculo en tamaño como gigante en importancia: un puñado de semillas de cilandro. Las plantas son el gran remedio para curar el azote de la contaminación, pero el problema es que han arrasado con casi todas. Afuera es casi imposible encontrar un trozo de verde, y en cambio la gente las quiere para sus hogares. El tráfico de semillas está a la orden del día y Óscar pudo hacerse con unas gracias a unas maniobras y contactos clandestinos. Qué importa de dónde las saqué, le había dicho a un amigo, la cuestión es que Alex pueda tener su pulmón artificial. Y me importa tres carajos lo que piense la madre, repite ahora en voz baja mientras espera el tranvía eléctrico.

     Cuando se trata de intentar tomar un transporte público, la soledad se esfuma de repente y aparece una pequeña multitud, sea el lugar que sea. Óscar maldice porque las treinta y pico de personas que están en la parada incluyéndolo a él seguramente viajarán como sardinas. Aunque no tiene mucho margen para maldecir por su suerte, ya que la indignación se le vuelve asombro y después odio al irrumpir por una calle lateral un vehículo que, a toda velocidad, pasa por delante de todos incluso despeinando a una chica de largos cabellos.

     -¿Pero qué hace esa basura? –dice uno viendo cómo se aleja echando humo.

     El que está junto a Óscar no puede evitarlo y se arranca por unos segundos la máscara, sólo los suficientes para descargar con toda la fuerza de sus vulnerables pulmones el grito de “hijo de mil puta”. El conductor no lo escucha y tampoco le importaría hacerlo. Está cometiendo una grave infracción porque los coches a combustible están prohibidos desde 2015, o desde el 1 D.D.A., aunque sigue habiendo algunos autos que no han sido desmantelados y gente sin conciencia consigue gasolina en el tráfico negro y continúa conduciéndolos entre las sombras para llegar más rápido. La vida de los otros, para ellos vale tan poco como la suya, en la que se mueven en cuanto pueden sobre cuatro ruedas y un tubo de escape que envicia mucho más la naturaleza del aire.

     El muchacho que acaba de descargar su catarata de insultos no sabe que, por la osadía de quitarse durante cinco segundos la máscara, le tocará morir en pocas semanas, una vez que la invasión de partículas tóxicas de la que acaba de ser víctima se refriegue y se mezcle entre sus órganos vitales. Pero ajenos al futuro cercano, el chico y Óscar se meten en el tranvía y se acomodan como pueden, quedando entre muchas personas que se apretujan cara a cara. O máscara a máscara.

     Al bajar, Óscar sabe que le queda un largo tramo. Empieza su caminata y se da cuenta de que con sus pisadas sigue arrastrando la percepción de que alguien lo vigila. Ahora sí que se preocupa y no logra apartarse de esas manías persecutorias. Pero antes de que la paranoia pueda ponerse al mando de su cuerpo, alguien desde atrás le pone un caño frío en la espalda. Lo que tengas, hermano, dame lo que tengas. La exigencia de un amigo de lo ajeno suena nítida en los oídos de Óscar, que le aclara sorprendido que no posee nada de valor, a lo que el otro le aprieta más fuerte el revólver contra su abrigo y le responde que lo vio en el tranvía tocándose un bolsillo más de una vez.

     Óscar sabe que se refiere al paquete para su hijo, y que es probable que tampoco le interese mucho al ladrón, y entonces lo saca, le explica qué es, y no puede creer la reacción que genera en el otro.

     -Tanta historia por unas semillas de mierda –le escupe el descarado delincuente al tiempo que se las arranca de las manos, abre rápido el sobre de polietileno y las deja caer, desparramándose las semillas en el aire y quedando a la merced de un viento que las hace volar en diferentes direcciones. La respuesta de Óscar, teniendo en cuenta que el ladrón tiene en su poder un arma, es desmedida e inconsciente. Le da igual. Acumula toda la impotencia en su mano y la suelta en forma de eléctrico puñetazo directo al estómago, que dobla en dos a su enemigo, que primero se revuelve de dolor y enseguida contraataca. El maleante podría dispararle y acabar con todo, porque el revólver sigue entre sus dedos, pero opta por algo mucho más cobarde y asesino: le arranca la máscara y, llevándosela consigo, huye despavorido.

     La primera respuesta de Óscar, a puro instinto, es taparse la boca y la nariz. Y sabe que debe calmarse. No alcanzaría al ladrón con la ventaja que éste le lleva, y menos estando a cara descubierta. Necesita controlar el poco aire que le queda. Evaluando alternativas, se da cuenta de que no podrá aguantar a la intemperie los veinte minutos que restan para que vuelva a pasar el tranvía, así que camina al sitio cerrado que más cerca se divisa. Es una casilla abandonada que ni siquiera tiene las puertas y ventanas bien selladas, pero Óscar no puede pensárselo ni media vez porque es la única opción que le queda para protegerse. Se desploma allí, y como sus pulmones ya están vacíos, no le queda otra que atrapar una nueva bocanada de aire, ese aire que está podrido y que –Óscar lo sabe- lo aniquilará en menos de media hora de no mediar un milagro. Derrumbado en un rincón oscuro de ese refugio que supone será su última morada, se resigna a una muerte lenta y segura, solitaria, triste. Del mundo que probablemente dejará en minutos, Óscar sólo valora a su pequeño Alex, a quien define quizás como el único que asimismo lo quiere a él. Inspira y expira ya sin preocupaciones, y se reconoce más que nunca como un pobre diablo, o un pez arrancado del agua que boquea cada vez más lento, con espasmos de vida en un cuerpo mortecino, mientras va consumiéndose por dentro sin que nadie lo vea ni le importe.

     A millones de años luz de allí, alguien que no es su hijo Alex vive pendiente de Óscar. A través de infinidad de cámaras, hace rato que lo está espiando y lo hace con paciencia y dedicación, escrutándolo como si fuera un minúsculo insecto en la bandeja de un microscopio. Es Aterya, la observadora fiel, habitante del planeta Zoryus ubicado en una galaxia lejana. Su civilización avanzada controla, además de a la Tierra, a todo el sistema Solar y a otros cientos de sistemas lindantes a la vía láctea. Cada habitante de Zoryus tiene como hobby fisgonear en la vida de algún habitante de los miles de planetas que están a la merced de Silveryum, su padre y el rey. Aterya sabe que puede decirle a él que restaure el aire puro en el mundo de Óscar y que sería una orden hecha efectiva en cuestión de micro-minutos, que es la medida de tiempo que ellos utilizan. También podría pedirle a Silveryum que pulse un botón y acabe con la Tierra con la misma facilidad que tiene un niño para pisar y destruir un hormiguero. Decida lo que decida, y teniendo en cuenta el contexto desde donde Aterya analiza la civilización terrestre, no existen dudas de que Óscar y los otros miles de millones de humanos no tienen más valor que una simple plaga de cucarachas.





martes, 3 de diciembre de 2013

Me importa un cuerno


por Javier Debarnot

     Cuando Rodrigo lanzó la pelota al aire, supo que al impactarla ya no habría vuelta atrás ni tiempo para arrepentirse, y que tendría que estar preparado -¿lo estaba?- para aguantarse la que se le iba a venir encima. Con el rabillo del ojo, mientras la verde fluorescente giraba en su órbita todavía ascendente, miró a su contrincante que no estaba del otro lado de la red sino mucho más cerca. El enemigo observaba expectante a pocos metros, detrás de su propio banco. Su entrenador. Su gran amigo. O al menos así lo había considerado él hasta la noche anterior, la de la traición, durante la velada previa al partido más importante de su vida.

     Rodrigo Morales era un tenista profesional dando sus últimos raquetazos en el circuito. Durante casi diez años había podido mantenerse entre los cincuenta mejores del mundo, incluyendo una temporada fantástica en la que supo colarse entre los top-ten y molestarlos en más de una ocasión. Pero nunca se había quedado con un título grande. Los genes le habían dado un talento talle M suficiente para destacarse entre los mortales, pero escaso para plantarles cara a los fueras de serie y salir airoso de esos peloteos. Era respetado, pero nunca admirado. Los grandes flashes no solían apuntar hacia él, que ya había acostumbrado sus ojos a tener que focalizar las tinieblas del éxito y a sus ya cansadas piernas a vagar por los callejones laterales de la elite del mundo del tenis.

     Esa tarde, antes de disponer del primer match-point con su saque, llevaba conviviendo en las dos horas de final disputadas con un vaivén de reacciones y emociones que bien podrían estar siendo una metáfora de su vida. Estaba jugando el partido más trascendental de su carrera, y antes de haber llegado al clímax en donde podía rubricar su victoria, se había deshecho en un calvario de preguntas y respuestas, en un vía crucis que lo estaba conduciendo al infierno pero que en un segundo pasaba a ser el lecho de rosas que lo arrimaba al paraíso. Todo era un subir y bajar constante, del ostracismo a la gloria en vuelo directo, y enseguida, y también sin escalas, de la panacea al fracaso.

     Gobernando el primer set, justo en el cambio de lado volvió a pensar en la noche anterior. A focalizarla. Su entrenador le estaba diciendo que siguiera así, pegándole duro, y él, que se había prometido dejar “el asunto” de lado y concentrarse sólo en el tenis y en el juego, se dijo para sus adentros que “duro te pegaría a vos, pedazo de hijo de puta”. Aquella tarde, Rodrigo estaba haciendo lo imposible por no permitir que convivieran en su cuerpo el tenista y la persona, los dos en un mismo envase. Pero veía a David, escuchaba sus indicaciones, sus frases que de golpe le sonaban a nada, o a pura mierda y mentiras, y se le volaban todos los papeles. “Con qué autoridad moral me pedís lo que sea, basura”, pensaba en el momento de retornar a la pista.

     Y cuando sin poder evitarlo se encendía otra vez esa licuadora que mezclaba su cerebro con su corazón, el resultado de ese batido era su perdición. Se iba del partido y su rival aparecía otra vez, como un tiburón oliendo sangre, y lo sometía a una tortura que ningún comentarista podía explicar. “Cómo se ha caído incomprensiblemente Morales”, “la final ha dado un vuelco inesperado”, decían dos malhumorados periodistas que en su puta vida le habían dado a una pelotita pero creían poder dilucidar y destripar todos los factores del juego. “Su entrenador David tendrá que hacer algo ya”.

     Su entrenador David se había acostado con su mujer la noche anterior y quién sabe cuántas otras. Y Rodrigo había tenido la pésima suerte de descubrirlo justo a unas horas del crucial partido, el mismo que dependiendo del final iba a permitirle inscribir su nombre entre los grandes o dejarlo en el olvido para siempre, como un tren que se aleja largando un hilo de humo desde el horizonte mientras un guardia gris te palmea la espalda avisándote que se trata del último. Estrenarse como cornudo en una instancia en la que se necesitaba toda la sangre fría del mundo era una empresa harto complicada. Y demasiado estaba haciendo Morales, que apenas había perdido el primer set por un ajustado 7-5.

     El tenis es un deporte en el que, además de saber pegarle como Dios manda a la pelota, es fundamental estar muy bien de la azotea. Allí arriba, y eso lo sabía Rodrigo como la tabla del uno, se deciden gran parte de las probabilidades de triunfo o derrota. Está claro que los mejores jugadores del mundo tienen la capacidad para meter sus tiros en un ángulo, con efecto, pegarle de revés, hacer un globo o rematar con una volea en la red. Todo el manual y más, pero si la cabeza no va bien, mejor saber rezar en varias religiones porque te pasan por arriba. Los continuos subidones y bajones emocionales acompañaban a Rodrigo a casi todos sus partidos, se le metían en el bolso y no había manera de dejarlos de lado. Por eso –lo estaba pensando durante el segundo set del encuentro que más se recordaría de su carrera- toda esa montaña rusa de inyecciones anímicas le daba vueltas y vueltas. Una y otra vez.

     Putísima madre. Después de perder un punto por un error infantil, Rodrigo se insultaba a sí mismo y hacía el ademán de reventar la raqueta contra la dura moqueta, sólo el ademán, aunque hubiera preferido romperla directamente en la cabeza de David. Mientras tomaba su isotónica no podía evadirse del momento en que había entrado a la habitación de su entrenador a devolverle un pen-drive, y había sentido la inconfundible fragancia del perfume de su mujer, que hubiera sido sospechoso pero no contundente, como sí lo fue ver un preservativo usado y el envoltorio de las toallitas íntimas que usaba ella, enterrados y hasta abrazándose en la pequeña papelera del baño con jacuzzi. ¿Se habrían enfiestado cuando Rodrigo miraba viejos partidos de su futuro rival, y mientras él estudiaba los golpes del otro finalista, su mujer y su entrenador alternaban posiciones del Kamasutra? Seguir preguntándose eso cuando ya se estaba preparando para recibir el servicio de su adversario lo confirmaba a Rodrigo como un masoquista de los pies a la cabeza y, por supuesto, lo dejaba sin chances de hacer nada para evitar el saque directo de su enemigo.

     Su enemigo –lo había confirmado hacía rato- era el malnacido de David. Entonces, antes de que empezara a escapársele el partido, decidió ponerle al tenista rival una careta imaginaria de su entrenador. Así lo visualizó Rodrigo. El finalista que estaba del otro lado de la red no era un tenista con quien siempre había tenido buena relación y que sólo deseaba el título para mantenerse entre los mejores; el que corría en la pista de enfrente era el hijo de puta que se había revolcado con su mujer y había logrado como por arte de magia que los movimientos de Rodrigo fueran más lentos. Debía ser el peso de los cuernos, pensó el hombre doblemente engañado, y hasta se reía de su propia ocurrencia, pero lo cierto es que sus tiros empezaban a ir adonde el tablero que tenía en su mente los tele-dirigía. Ganaba en precisión y, a costa de imaginarse a su rival como el tipo que más aborrecía en el mundo, sentía haberse liberado de las dos bolas de hierro que parecían haberse encadenado a sus tobillos un set atrás.

     ¿Tengo que ganar por mí o mejor perder por él? La puta, otra vez lo atormentaban las dudas. Y las coordenadas que tenía hasta hacía un minuto y que le permitían poner la bola donde quería, empezaban a ser códigos incorrectos. Por culpa del dilema de darlo todo para ganar o rendirse para que David se hundiera con él en el barco de su fracaso, por no saber hacia dónde correr –o dejar de hacerlo-, la final volvía a ponerse cuesta arriba. Si me llevo el torneo, pensaba Rodrigo antes de errar un tiro fácil, este traidor tendrá también el crédito, los elogios, y encima atrapará una buena suma de dólares. Si pierdo, cavilaba después de tirar un globo cuando no debía, este hijo de su madre no verá un mísero billete porque nuestro arreglo era que cobraría sólo en caso de victoria. Que se muera, se dijo después de haber tomado otra mala decisión, si es que su cabeza estaba en condiciones de tomar alguna. Yendo de una disyuntiva a la otra, Rodrigo desapareció mentalmente por enésima vez de la final, y todas sus tibiezas pasaron a ser las fortalezas de su rival. Siempre era así, al menos era para él una ciencia casi exacta en toda su trayectoria.

     Recordaba que la época en la que más duro entrenó fue cuando había muerto su padre, y a pesar de sus horas y horas en la pista y en el gimnasio perfeccionando saque, revés y abdominales, pesaban más los tormentos en su cabeza que lo obligaban a vivir en pleno partido la tortuosa relación que había tenido con su padre antes de que falleciera, con el resultado de haber bajado ese año casi hasta el sótano del ranking. Y en cambio había tenido su mejor racha a finales de 2009, coincidiendo con los primeros meses de vida de su hijo, que le quitaba horas de sueño pero le despejaba cualquier fantasma de su mente donde sólo cabían felicidad y más felicidad.

     Haber vuelto a pensar en su primogénito le dio oxígeno y le devolvió a Rodrigo las claves secretas para meter tiros a todos esos lugares donde el rival no puede llegar jamás. Los comentaristas, esa especie de viejas de barrio que sólo saben hablar y criticar vidas ajenas, ya aburrían hablando de su resurrección y vaticinaban su victoria asegurada. Pero tuvieron que tragarse las palabras, quedando al borde de la indigestión, cuando Rodrigo se preguntó si su hijo realmente sería su hijo, visto lo hija de puta que había resultado ser su mujer –porque su odio no estaba focalizado sólo en David-.

     Finalmente llegó a tener esa bola de partido y supo que no habría vuelta atrás. Si le daba con una furia medida, podría firmar el triunfo más grande de su carrera. Si la golpeaba con furia ciega –buscando que de última la pelota rebotara en un par de sitios antes de enterrarse en el ojo derecho de David- era muy probable que dejara pasar la última oportunidad. Y le dio. Le dio con furia. Le dio con furia… medida.

     Después de levantar el trofeo, los organizadores le cedieron el micrófono a Rodrigo para que dijera unas palabras de cara el público, los diez mil que habían abarrotado el estadio, y para los millones que estaban siguiendo la final por televisión. Este triunfo es para vos, arrancó eufórico, para mi entrenador y mi amigo del alma, te pido que te acerques. Cuando David caminó tímidamente hasta el centro de la pista donde se había montado la tarima para la entrega de premios, Rodrigo depositó la copa en sus manos. Su entrenador no cabía en su asombro, porque no era habitual que un jugador compartiera la gloria tan a la vista de todos.

     El partido había tenido un rating televisivo aceptable, pero pronto quedaría como una definición más, olvidada por la mayoría de los mortales. Pero el trozo de vídeo de dos minutos con la palabras de Rodrigo Morales, y sobre todo la cara que se le quedó a David cuando el ganador le dijo “todo lo mío es tuyo, hasta mi mujer”, fue durante varias semanas récord de visitas en YouTube. Es que la gente ve cualquier cosa cuando no sabe qué cuerno hacer.





martes, 19 de noviembre de 2013

La pizza también se sirve bien fría

por Javier Debarnot

     Veinte años no es nada, ya lo dice el tango, y al soltar la frase el autor tal vez se quedó tranquilo tarareándola, desconociendo que la mayoría de los mortales le refutaría ese concepto con miles de argumentos, tantos como los que caben en unas nada efímeras dos décadas de existencia. ¿Quién puede decir que no le cambió la vida en todo ese tiempo? ¿Alguien podría tirar la piedra y esconder la mano?

     Fede, que lo que había escondido era la piedra para fumarla más tarde, reflexionaba sobre el avasallante paso del tiempo mientras deambulaba nervioso por el palier de su casa. Se preguntaba quién sería el primero en llegar a la cita, a la anhelada cena del reencuentro para festejar los veinte años de haber acabado el secundario. La ansiedad surfeaba en la cresta de la ola como si estuviera de viaje de egresados, y de aquello también habían pasado veinte años.

     Desde que sonó el primer timbrazo hasta que se acallaron las excusas del último en caer transcurrió una hora casi exacta. Y una vez sacudida la emoción del volverse a ver y hecho el recuento de hijos, matrimonios y divorcios que habían tenido lugar en esas dos décadas, a todos dejó de picarles la curiosidad por las vidas ajenas y empezó a picarles el bagre, mucho más a los que habían dado cuenta de la piedra de Fede. Pero nadie se alarmó, ya que estaba todo programado para que fuera la noche perfecta. Sólo era cuestión de que llamaran a la puerta una vez más y… riiiiiing, así fue.


     A las nueve en punto llegó el equipo de una empresa de pizza-party con toda su artillería. Los celebrantes habían convenido que, por un módico precio por cabeza, los ex -compañeros sólo iban a tener que dedicarse a charlar y pasarla bien, mientras un equipo de profesionales gastronómicos se encargaría de la comida y de manejar la barra libre. Todo era relax. Todo diversión y risas. Los únicos que no daban abasto eran los celulares, que no paraban de abrir y cerrar fotos y videos de hijos haciendo las mil y una.

     Pocos se dieron cuenta de que entre los cinco cocineros había uno que mantenía un perfil no bajo sino enano, se desplazaba con lentitud y procuraba ocultar su rostro tras un gorro con visera y ayudándose con sus torpes manos. Mientras el resto de los empleados se sumaba al tono jocoso de la velada, éste ni abría la boca. De tanto en tanto, enfocaba a alguno de los asistentes y sonreía al verlo engullir un trozo de pizza.

     Promediando las once y media, todos los asistentes habían acribillado como mínimo un par de porciones y la mayoría había probado la de vegetales, que venía en promoción. Pasadas las doce, no menos de veinte habían empezado a marearse, y varios acabaron desplomándose en el salón y la terraza de la casa de Fede. Hasta el más novato de los aprendices de Sherlock Holmes podría confirmar que la intoxicación era evidente.

    Los empleados del pizza-party vieron el tendal de cuerpos desmayados y debieron soportar la furia de los ex–alumnos que seguían en pie y que les pedían explicaciones acorralándolos contra la improvisada barra. Temiendo por un posible linchamiento-party, los cocineros escaparon aún sin cobrar la totalidad de sus servicios (el 50% lo habían pedido por adelantado).

    Pero no todos habían huido. Uno de ellos, aquel que había estado camuflándose entre las sombras, seguía allí presente para disfrutar de su obra cúlmine. Ya no quedaban dudas de que su mano había tenido algo que ver con el caos que se cernía a su alrededor. Entonces, cuando a Fede empezó a apagársele el mundo, contuvo sus últimas fuerzas para hablarle a Alejandra, que estaba en un sillón junto a él, desmayándose a su ritmo.

     -Se sacó el bigote.

    -¿Qué estás diciendo? –le preguntó Ale en plena cuenta regresiva, dos, uno, y cayó redonda sobre el apoyabrazos.

    -“La planta”… ¡qué hijo de puta! –y Fede vio un brillo malicioso en los ojos del falso cocinero, un último destello que le confirmó que era “la planta”, antes de que su cuerpo se reseteara quedándosele la pantalla en negro y sumergiéndolo en una copia de seguridad de veinte años atrás.

     “La planta” fue el apodo con el que habían bautizado a su profesor de literatura durante cuarto y quinto año de su secundaria en un colegio del barrio de Núñez, y el mote no era un rapto de genialidad sino de sentido común, porque el hombre –que en aquella época acusaría treinta y pico- era un auténtico vegetal por su forma apática de hablar, de mover las manos, y hasta de mirar fríamente a los ojos sin siquiera pestañear.

     “La planta”, de quien nadie recuerda su verdadero nombre, fue uno de esos maestros que quedan un tiempo largo en la memoria, pero en su caso sin ningún otro mérito que no fuera el de su aparatosa manera de ser tan graciosa y tan poco humana. Casi ninguno de sus alumnos aprendió alguna lección de literatura dictada por él, pero seguro que todos recordarán su canción por siempre: “es el palo borracho, es el hombre vegetal… el que vino de la selva, de la selva tropical”. Cuando se enojaba, a él no le hervía la sangre, pero en cambio se le ponía en marcha un proceso de fotosíntesis letal en sus entrañas.

     Deben haber sido muchas y variadas las bromas que los alumnos de quinto le hicieron, y quizás le obligaron éstas a pasar horas y horas recostado en el diván de su psicólogo. Tal vez, fiel a su naturaleza, debió “la planta” irse por las ramas para rebuscar en traumas infantiles y encontrar la raíz de esa tortura diaria a la que fue sometido en aquellos años. Pero sin duda la pasó muy mal durante esa temporada del ´93, y a los pocos meses su novia de toda la vida lo dejó plantado en el altar. Y desde ese punto de inflexión y desde su solitaria casa del barrio de Agronomía, comenzó "la planta" a planear, regar y hacer crecer sin prisa su venganza. Que llegó veinte años después envuelta en varias pizzas de vegetales en mal estado. Pero todo no hacía más que empezar.

     Cuando Fede y sus viejos compañeros volvieron en sí, el panorama no invitaba al brindis que habían empezado a ensayar antes de desmayarse. Cada uno veía la nuca del alumno sentado delante suyo en su respectivo pupitre, menos los que estaban primeros en la fila que veían el pizarrón. Sueño o pesadilla, habían vuelto a su aula de quinto del José Ingenieros, atados de manos, pero peor aún: con su uniforme original de aquella época escolar, las tan distintivas prendas negras y amarillas. A la mayoría de las chicas se les revolvió el estómago de sólo imaginar que “la planta” las había desnudado para vestirlas de colegialas otra vez. Y unas cuantas sufrieron arcadas al verse metidas a los treinta y siete en ropa que les quedaba bien en sus dulces diecisiete (con que veinte años no era nada, ¿no?).

     -Examen final –dijo “la planta” llevándose la mano a la sien, y dejándola ahí, inerte, en un tiempo que se hacía eterno, congelándose en ese gesto tan característico suyo, en esa fría noche, quizás de junio, que se hacía aún más helada porque el rector Maino había decidido no encender la calefacción para bajar los gastos.

     -Al que conteste mal, lo mando directo… al infierno.

     Chicos y chicas se miraron y ninguno podía negar que en sus cuerpos negros y amarillos de taxi el miedo había ocupado todos los asientos. El profesor vengador, sabiendo que ya tenía a sus víctimas en el sitio que había soñado durante dos décadas, bajó la mano que había dejado reposar en su frente y la usó para sacar un revólver que apoyó ruidosamente junto a la primera parte del Quijote. Las manchas de sangre podían presagiarse en un futuro cercano y, teniendo en cuenta que el psicópata no pensaba levantarse, quizás iba a saberse que al contrario de los árboles que mueren de pie, las plantas prefieren matar sentadas.

     -Esto no puede estar pasando –dijo Gabriel en voz alta, ladeando la cabeza mientras una gota de sudor frío le recorría una mejilla y él no hacía más que intentar negar una realidad en la que “la planta” ya había desparramado un par de sesos a balazo limpio. Gabi sólo conservaba la calma porque la cuestión se dirimía por orden alfabético, le acababa de tocar el turno a Bronzoni y faltaba bastante para la "p" de Perazzo... ¿tendría balas suficientes?-. Se lo tiene que estar inventando Javi desde algún lugar de España.

     Bueno, desde España o desde donde sea, pensar una historia que involucra parte de mi pasado siempre me resulta un desafío extra porque soy consciente de que me leerán personas que vivieron una misma porción de los hechos, que en este caso comenzaron con una porción envenenada. Claro que yo no estuve ahí, y que esto no es más que una ficción que recreo dándole a las teclas de mi PC, casi siempre por la noche cuando mi mujer y mis hijos ya duermen, y si oigo algún ruido probablemente sea mi primogénito levantándose para ir al baño o para tomar agua, de hecho ahora mismo hay movimientos por la cocina, seguro que Manu me pedirá que… ¿qué carajo hacés acá, loco de mierda, no ves que esto es una casa de familia? Pará, ¡guardá eso!, te juro que me había leído los primeros veinte capítulos del Quijote pero esa pregunta tiene trampa, no, ¡no!, no vayas a…





martes, 5 de noviembre de 2013

Irse por las ramas

por Javier Debarnot

     Juliana estaba desesperada por un cigarrillo. Pero de las cuatro personas que quedábamos en la fiesta -exceptuándola a ella-, sólo fumaba yo y se me habían acabado mis Camel hacía rato. Me siguió hasta la habitación y parecía convencida de que sus ruegos iban a obrar el milagro de la aparición del tabaco. Lo dudo mucho, le aclaraba mientras revolvía un cajón para ver si de casualidad me quedaba algún paquete de los que me había traído un amigo en su viaje a Perú.

     -No, Juli, no me quedan ni los Marlboro del altiplano -le dije y vi la desazón en sus ojos, pero no quedaba nada por hacer. Iba a ser imposible satisfacer sus necesidades de nicotina, hasta que lo dijo. Lo dijo justo cuando su mirada aterrizó sobre mi Talismán.

     -¿Y eso no nos podrá salvar? -me puso en aprietos, señalándome el frasco de vidrio con su flaco índice izquierdo, que se hacía aún más escuálido por el aparatoso anillo que lo rodeaba.

     -Jaja -la risa me salió enseguida, nada forzada, cuando recordé la increíble historia del Talismán-. Eso ya me salvó una vez, y no le queda más por hacer en este mundo -hice una pausa dramática antes de meter la frase lapidaria, aprovechando que en la cara de Juli se respiraba intriga-. “Eso”, es la prueba del milagro.

*****

     Tres años antes yo tenía novia, y las únicas veces que iba con mis amigos de pesca era para llenarnos el buche de pejerreyes y no de mujeres, aclarando que ni me gustaba engullir pescado ni disfrutaba del deporte de la caña, pero era un buen programa de aquella Semana Santa en el que Ferchu, Pablo y yo acompañábamos a Tincho, el único apasionado de la caza de bichos de río.

     Era una noche de sábado en Salta, y la luz mortecina de nuestro farol apenas le hacía cosquillas a la de la luna llena, gigante y magnética que se duplicaba en la aguas del embalse de Cabra Corral. El tenso hilo de fibra de la caña de Tincho se incrustaba en la sábana azul oscura y apenas parecía respirar, haciendo sólo los movimientos milimétricos que le indicaba la mano maestra del pescador.

     Todos procurábamos guardar silencio, estoicos, hasta que nos empezábamos a aburrir y nos poníamos como los chicos -o sea, insoportables-. Y tal como ocurría en aquella tierna infancia en la que nuestros padres se inventaban cualquier cosa con tal de sacarnos de encima, Tincho acababa haciendo lo mismo.

     -¿Por qué no van a buscar leña para hacer el fuego?

     Su excusa era que en “media hora, tres cuartos” iba a llenar el balde con pejerreyes para hacerlos a la parrilla con sal y limón. Yo –que me iba a tener que conformar con una sopa instantánea de espárragos ante mi negativa a comer cualquier cosa que saliera del agua con excepción de una sirena- no le tenía mucha fe pero preferí confiar en su instinto de pescador.

     A los alrededores, que eran la orilla del embalse donde habíamos puesto nuestra tienda de campaña y un bosque aledaño, no se intuía otra presencia que no fuera la nuestra. Olía a tierra mojada por la tenue pero persistente lluvia que había estado derrumbándose sobre la zona durante la tarde, y los únicos peces que parecían estar haciendo algo -junto al blanco y vacío recipiente que Tincho iba a completar con suculentos pejerreyes en “media hora, tres cuartos”- eran las mojarritas que tenían hipotecado su futuro como carnada y que giraban sin sentido en las aguas turbias de un balde más pequeño.

     Les dediqué a las condenadas una última mirada compasiva y llevé una mano al bolsillo interior de mi campera atesorando los Camel. Entretenerme para encender un cigarrillo a la luz de la luna me hizo quedar en la resaca de la expedición que íbamos a encarar hacia el bosque con Pablo y Ferchu. Decidimos separarnos para triplicar la efectividad de la búsqueda de ramas secas. Yo me interné hacia la izquierda, todavía maravillado por las formas de humo que lograba expulsar de mi boca y que se evaporaban como fantasmas en esa templada noche de abril.

     A los pocos minutos sólo se oían mis pisadas sobre la hierba húmeda, porque las gotas vespertinas lo habían empapado casi todo. Dónde voy a encontrar una rama que sirva para hacer fuego, pensaba y me torturaba, hasta recordar que teníamos un calentador que funcionaba a las mil maravillas para asar lo que fuera. Este cornudo nos mandó al bosque para pescar tranquilo, dije en voz alta aunque seguramente sólo podían escucharme las lechuzas.

     Ya internado en el bosque, la oscuridad iba ganándole a la claridad y supongo que sólo sobresalía entre la negrura una brasa incandescente y rojiza cada vez que pitaba mi cigarrillo con fruición. Al acabarlo, lo arrojé y me encargué de aplastar bajo mi suela hasta el último atisbo de fuego, y apagado éste encendí mi linterna.

     Entonces, creyéndome hasta ahí sólo en el bosque en cientos de metros a la redonda, tuve la escalofriante percepción de que estaba equivocado. Lo peor fue cuando escuché ese rugido áspero, ese arggggh, porque era demasiado real como para considerarlo una imitación de las que Pablo solía hacer de vez en cuando. Pero no esa noche. Ni me arriesgué a insultarlo porque –lo supe enseguida- no era él sino una auténtica bestia salvaje.

     Un oso, tiene que ser un oso, fue lo que pensé cuando mi cerebro por fin me dejó hacer otra cosa después de haberme paralizado durante los primeros rugidos. Los siguientes ya los oía cada vez más altos porque el animal se estaba acercando, y ahí no dudé ni un instante: salté sobre el primer árbol alto y frondoso que tenía delante de mis narices y, entre los resbalones que daba por los nervios y porque el tronco también estaba húmedo, en más segundos de los que hubiera deseado logré cobijarme entre las ramas.

     Por fortuna había reaccionado a apagar la linterna, así que estábamos a oscuras el oso y yo. Lo vi llegar desde lo alto, desde el lugar donde tenía miedo hasta de respirar. Él era un enorme bulto que se movía torpemente en la superficie, como olfateándome. Yo me sentí como las mojarritas de Tincho a la merced de los pejerreyes, y supongo que habré rogado por correr con la misma suerte que en teoría estaban teniendo los pececitos.

     Recordé la advertencia del gendarme que custodiaba el puesto de la entrada del embalse. “Ojo que puede haber algún oso andino en el bosque”. Yo sabía, me maldecía. Lo sabía. Que meternos acá había sido una idea de mierda, aunque después me censuraba a mí mismo porque “con el diario del lunes cualquiera sabe lo que va a pasar”. Pero la cuestión era que el oso andino seguía dando vueltas por alrededor del tronco hasta que se detuvo y sobrevino un silencio de tumba en el que nuestros ojos se cruzaron, y yo vi mi muerte reflejada en los suyos.

     Supongo que en la desesperación uno hace lo primero que se le viene a la cabeza, y a la mía llegó la incomprensible idea de arrojarle al oso mi paquete de cigarrillos. Le di en el lomo y -no por la fuerza del impacto sino más bien por la sorpresa- pegó un rugido en “do menor” que hizo temblar las ramas de mi refugio. Para mi agrado, pronto fue en búsqueda del objeto arrojado y al localizarlo se lo metió en la boca y refunfuñando empezó a alejarse.

     Yo esperé un par de minutos o quizás menos, asegurándome de que el oso ya estaba lejos, y salté otra vez en dirección al suelo, desconecté mi mente y sólo atiné a correr en la dirección en la que se suponía estaba nuestro campamento. Me detuve una única vez porque me había llevado por delante un pequeño bulto: en medio de la noche y de mi huida había pateado el paquete estrujado de cigarrillos que segundo atrás había mordido la criatura salvaje. Lo cacé del suelo sin importarme que estuviera impregnado de saliva de oso.

     En un cuarto de hora “vi la luz”. Pude comprobar que Tincho todavía no había pescado ni un pejerrey suicida ni mis amigos encontrado leña. Y lo primero que me pidió Ferchu, aun viéndome con la lengua afuera y sin capacidad para decir ni media palabra, fue un cigarrillo.

*****

     Juliana supo que esos Camel eran infumables, al haber quedado el paquete estrujado por los colmillos de un oso andino y macerado con su baba durante los últimos treinta y seis meses. Al estar bien tapados los cigarrillos dentro del frasco, supongo que nos ahorrábamos el aroma que deberían desprender que dudo mucho fuera a “noche de luna salteña”. Aunque para mí sería sin dudas el olor de la salvación, y por eso el recipiente estaba etiquetado con una frase de mi cosecha personal que no por ser paradójica dejaba de ser una verdad grande como aquel bosque del norte argentino: “fumar puede salvar vidas”.



martes, 22 de octubre de 2013

Black Label on the islands


por Javier Debarnot



     El dedo, siempre pulcro y con su uña prolijamente recortada, hacía rato que estaba zambullido en el líquido amarillento que era la perdición de su amo. Y era este último, su dueño, quien le enviaba al dedo la orden desde su poco lúcido cerebro –porque enviar órdenes era casi lo único que sabía hacer- para que girara lento y cadencioso, en sentido circular, empujando sin ganas aquellos trozos de hielo como dos islas en un mar sereno, una y otra vez, y sólo abandonaba ese movimiento mecánico para entregarse a otro, el de llevar el vaso a la boca y regar los labios con aquel whisky de negra etiqueta, casi tan oscura como su alma de cobarde asesino.

     Los pensamientos desvariados, confusos y oscuros, iban librando una lucha interna entre ellos para abrirse paso entre esa maraña de neuronas, multitudinario grupo un par de décadas atrás, pero que en ese momento de su vida iba disminuyendo su número y las que quedaban estaban en peligro de extinción. Por culpa del alcohol, el cerebro se le iba quemando de a poco, pero el individuo nada iba a hacer para frenar ese deterioro que, cada vez más a menudo si se trataba de razonar, lo dejaba solo ante el mundo, desnudo, frágil e incompetente. Hasta un tipo privado de luces podía darse cuenta que esa cabeza no daba para mucho más que beber y ahogarse en sus resacas. El hecho harto preocupante, sin duda, residía en que el futuro de millones de personas dependía de lo que había en la azotea de ese borracho.

     Después de haber estado largas horas apoltronado en un sofá, el hombre abandonó su sitio y se divorció por un rato del vaso ya huérfano de whisky, su único amor, aunque sólo sería por un tiempo, el que le llevaría darse cuenta de que ya no era él quien gobernaba sus acciones y entonces convendría más seguir de la mano del que llevaba las riendas, es decir de su inseparable bebida de alta graduación alcohólica. El esqueleto de vidrio quedó sobre la mesa, lejos del porta-vasos que la mujer del bebedor le dejaba cada noche con la indicación de que apoyara allí el vaso húmedo para no estropear la costosa madera de roble. Una serie de marcas circulares tatuadas como anillos de Júpiter en la mesa dejaban entrever que, las palabras de su esposa, al hombre le entraban por un oído y le salían por el otro como frases desarmadas sin sentido alguno, borrachas.

     Muy ajeno –solía estarlo de todo- y lejos de preocuparse por esos detalles tan minúsculos, el individuo empezó a tambalearse como una gallina que da sus primeros y únicos pasos después de ser decapitada. Sin estar del todo convencido del lugar al que quería ir, encaró por instinto hacia la habitación de matrimonio. Eran las once y en la casa apenas se oían las pisadas de sus pantuflas. Su mujer, mitad acostada y mitad sentada en la cama, no apartaba los ojos de una novela que, aunque le estaba resultando abúlica, se volvió apasionante de golpe al oír y percibir ella los pasos lentos y torpes de su marido buscando el lado izquierdo del lecho. Aún sin despegar la vista de la página 82, se esmeró en dejar su sentencia alta y firme antes de que el hombre se atreviera a meterse en la cama.

     -No quiero borrachos en esta habitación.

     El alcohólico intentó una excusa inconsistente que quedaría sepultada varios metros bajo tierra con la frase “tu asqueroso aliento se siente a tres metros de distancia”. No había nada que hacer, porque el hombre conocía a su mujer casi tanto como a la bebida, pudiendo reconocerse perdedor en cualquier disputa en la que se enfrascara con ella, y por ello elegía ni empezar a discutir y una vez más prefirió irse con la cabeza gacha, aunque se dio cuenta de que la borrachera venía subiendo en ascensor buscando la terraza de su cerebro. Y para llegar, le quedaban pocos pisos.

     Aceleró su camino hacia el baño, encendió la luz y se vio de cara al amplio espejo, reconociéndose derrumbado. Así de ebrio, como acababa cada noche, aparentaba más años de los sesenta que tenía, pero más que nada se le acentuaban decenas de minúsculas venas al rojo vivo que invadían el blanco de sus ojos. Entonces, en plena observación del derrumbe de su apariencia, supo que el monstruo también estaba subiendo, no el del alcohol a su cabeza sino el de la bola horripilante de fluidos que iba buscando su garganta para auto-expulsarse como un vómito hediondo. Viejo zorro de haber librado mil batallas contra esa amenaza -ganando y perdiendo por partes iguales- el hombre mantuvo la calma y con unos hábiles movimientos guturales pudo contener la catarata y dejarla estancada en su cuello al menos por un rato. Bebió agua y volvió otra vez al salón, de nuevo a su sillón, una vez más a su lugar en el mundo. Antes de dejarse caer allí, y a pesar de que le estaba costando mantenerse en pie, aflojó las cintas de su bata de seda importada de China, dejándola abierta para liberar así a su prominente abdomen.

     Antes de que el techo, los cuadros, las lámparas y otros elementos de la habitación empezaran a girar sobre su humanidad en su imaginario y borracho mundo, escogió como antídoto centrar su atención en un único sitio: el periódico que estaba en la mesa, detrás del vaso vacío. Lo tomó entre sus manos temblorosas y repasó los titulares de la portada. Varios de ellos presagiaban su caída, el empobrecimiento de su imagen, las últimas titubeantes o fallidas tomas de decisiones, y sólo leer esto le hizo girar su vista hacia la habitación de donde su mujer la había expulsado, acentuándose su inequívoca hipótesis de que así como ella lo despreciaba por su incurable vicio, también lo respetaba y admiraba cuando estaba con sus ropas verde militares que inspiraban ambición, fuerza, coraje y hombría. Poder. Ella amaba al poder sobre todas las cosas y él lo tenía, o lo representaba, pero esas noticias vaticinaban una fecha de caducidad para ese bien tan preciado.

     Volvían los mareos. Volvía el monstruo interior, aquel que desde esas oscuras entrañas parecía estar haciendo lo posible por ver la luz al final de su boca. No puedo vomitar acá una vez más, se decía endureciendo sus dedos que con sus uñas prolijamente recortadas estrujaban el Clarín. Debía frenar el avance de esa borrachera durante esa noche, pero más debía hacer algo para no dejar escapar el poder que le daba sentido a su existencia. De golpe, aquella idea trasnochada que había sido engendrada entre el cuarto o quinto vaso de whisky de dos o tres madrugadas atrás, aterrizó en el ínfimo espacio que le dejaba la pista de ese cerebro bombardeado. ¿Por qué no?, se preguntaba. Sabía que con esa acción podría girar en forma drástica el centro de atención de la gente, dar vuelta el foco de todo. Y hasta sumar como aliada a esa prensa que hasta ese día lo estaba hostigando. Era consciente también que, si bien el precio de fracasar podría ser excesivo, él no iba a ser el encargado de pagarlo.

     Es tan fuerte la enfermedad del poder que, para este oscuro individuo, fue sólo ilusionarse con la posibilidad de recuperarlo que le provocó una ligera excitación. Y por arte de magia también lo abandonaron los repentinos desvanecimientos y las repetidas ganas de vomitar. Se sintió de golpe tan recuperado que incluso se levantó del sofá y fue hasta la cómoda donde guardaba su sagrado tesoro. Se sirvió con asquerosa parsimonia dos medidas más, dejó caer tres hielos como tres bombas aéreas sobre el vaso y, con la bebida en la mano, se metió en la habitación donde su mujer seguía con la abúlica novela. Antes de que ella pudiera siquiera decirle algo o insultarlo, le contó la brillante idea que pondría en marcha al día siguiente. “Tenemos que recuperar las Islas Malvinas, mandaremos tropas para echar a esos ingleses de mierda”. Unos minutos después, la botella medio vacía de Black Label y otro puñado de accesorios fueron los únicos y mudos testigos de cómo Leopoldo Fortunato y su esposa hacían el amor.

     Epílogo:

     Leopoldo F. Galtieri -Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y Presidente de facto de Argentina- ordenó el 2 de abril de 1982 el desembarco de sus tropas para tomar la capital insular de las Islas Malvinas, Port Stanley, a la que se rebautizó como Puerto Argentino. Aquel fue el origen de la Guerra de las Malvinas con Inglaterra que acabaría el 14 de junio, con la derrota del Ejército Argentino y 649 de sus soldados fallecidos (muchos de ellos sin experiencia y apenas mayores de edad).


martes, 8 de octubre de 2013

Fuera de lugar

por Javier Debarnot



     Me vi al espejo y no era yo, y mi primer reflejo –o el segundo, porque el primero había sido el que me devolvió el cristal con ese rostro ajeno- fue preguntarme si eso sería bueno o malo. ¿Qué problema habría en esa transfiguración? ¿Acaso estaba yo cien por ciento conforme con mi vida, con mi imagen, con algo? Pero no era aquella la cuestión, sería en todo caso un tema para debatir más tarde, y lo que me apremiaba era el hecho de no reconocerme en el tocador a pesar de tirarme agua a la cara tres veces.

     Las inéditas facciones que se revolvían en el lugar donde antes estabas mis viejas facciones parecían estar burlándose de mí, exagerando una mueca casi diabólica desde ese yo que no era yo, mientras a mis auténticos gestos –los que yo conocía de siempre pero en esos instantes no podía ver porque parecían habérmelos robado- los sentía en mi carne evidenciando muestras de incredulidad, apretada la frente en dos surcos profundos que siempre se me formaban cuando levantaba las cejas por estar sorprendido o extrañado. No veía esos surcos, pero los intuía al igual que la boca abierta con la amplitud necesaria para que pueda colarse una mosca, aunque mi cara real era otra, la de la insoportable sonrisa enseñando los dientes pero escondiendo todo lo demás, las verdaderas intenciones. ¿De qué mierda se estaba riendo ese yo que no era yo?

     Salí del baño, viendo antes de apagar la luz el nuevo rostro y el desconocido cuerpo que vestían mis huesos. Largué un bufido que era en realidad mi primer pedido de ayuda, porque necesitaba a mi familia para que viera con sus ojos lo que veían los míos que ya no parecían ser míos. Pero enseguida vino la segunda sorpresa del día, cuando observé alarmado que mi casa tampoco era tal como lo recordaba. Era otro hogar, no podía estar pasando pero pasaba, y sólo fue dar dos pasos para ver todo cambiado y frotarme los ojos, los que ya reconocía ajenos pero igual cumplían su función, y después del paneo posterior y la comprobación de que el pasillo no era lo que había sido antes de meterme en el baño, decidí volver a este último para resguardarme de ese cambio que ya empezaba a fastidiarme. Y lo temía, lo veía venir y no me equivoqué: al reingresar al baño éste tampoco era el mismo. Desconcierto total, y para ser una broma estaba demasiado bien hecha, pensé al mirarme en un espejo nuevo donde mi cara seguía siendo la de la insoportable sonrisa pero no la mía. Y entonces grité pero no había nadie para ayudarme en esa casa desconocida y vacía, y supe que la ayuda tendría que buscarla afuera, en la calle.

     Ir de mangas cortas y bermudas cuando alrededor tuyo pasa la gente abrigada y echando vapor por la boca es una situación que, si no fuera porque acabas de darte cuenta de que te cambiaron el cuerpo y la casa, para cualquiera sería desesperante. Ese fue el panorama con el que me topé al salir al mundo exterior, donde todo era diferente pero sobre todo el clima. El frío calaba mis huesos -¿seguirían siendo los míos?- pero poco me importaba, ya que toda la atención la acaparaba mi angustia de saberme preso de algún ser superior que iba robándome uno a uno los elementos de mi mundo. Subido a esa angustia, me dejé imantar hacia algo o alguien que pudiera darme como mínimo una respuesta o una razón, o al menos una condenada explicación, mientras temblaba pero sólo se trataba de un acto reflejo de mi extraño cuerpo, en esas extrañas calles que rodeaban lo que había sido mi vieja casa también modificada. Divisé un transeúnte y fui hacia él, intentando resolver en los segundos que iba a demorar para enfrentarlo qué diablos podía decirle, o cómo empezar o introducir la conversación para que no me descarte enseguida al considerarme un loco desquiciado –y teniendo en cuenta que iba de verano cuando la temperatura rozaba los cero grados, tenía todos los números para parecer un bicho raro de los pies a la cabeza que, vuelvo a insistir, no eran los míos-. Al fin me puse frente al extraño y abrí la boca para soltar lo que iba a ser una estrambótica frase inicial, y también final.

     -Mepe gusputaparipiapa sapaberpe quepe mepe espetapa papasanpadopo apahoporapa mispimopo…

     “La puta madre”, eso fue lo que pensé al instante, sabiendo que si lo hubiera dicho me habría salido un “lapa puputapa mapadrepe”. Ante la mirada atónita del joven de unos veinte años que había abordado para pedirle que me aclarara los tantos, supe que el idioma que estaba hablando era el jerigonza, el único que podían escupir mis recién estrenados labios, ese dialecto infantil consistente en agregar después de cada sílaba una sílaba extra con la letra pe acompañada de la vocal de la sílaba original, que debía sonar tan ridículo viniendo de un tipo en teoría maduro de casi cuarenta, agravado el despropósito por estar yo vestido de veraneante en época invernal. En menos de medio minuto quedé hablando solo, desvariando, desesperándome, y comprobando que además del lenguaje español tampoco me salían ni el inglés ni las mínimas nociones de italiano que tenía. Ahí sí, por fin, me azotó la baja temperatura como una bofetada de esas que hacen ruido y dejan marca. Mi interlocutor ya me había dado la espalda y, mientras se alejaba a buen ritmo, apenas giró el cuello dos veces para verme por encima del hombro, dejándome como regalo indeseable su brutal dosis de indiferencia. Quepe sepe mupueperapa elpe hipijopo depe puputapa.

     Mis pasos o los de quien sea me condujeron al único sitio que encontré abierto para resguardarme del frío, un cine de barrio con más pinta de estar perdido que de ser un lugar para no perderse. Entré consciente de que no sólo el frío era el que me taladraba el alma, también la incertidumbre, la desesperación que iba a más y el temor a no ser saberme yo mismo, a no reconocerme ni ser reconocido. No había nadie en el cubículo de venta de entradas ni tampoco alguien que impidiera mi acceso a la sala uno, la de la planta principal, así que decidí avanzar, y mientras lo hacía, tímido y titubeante, sólo oía -mezclados con el sonido de mi respiración entrecortada- los crujidos que hacían las suelas de mis zapatillas arrastrándose por un piso de parqué avejentado y cubierto sin ganas por una alfombra roja y desteñida. La oscuridad me dio la bienvenida a un tenebroso interior donde casi todo era negro, menos un rectángulo del que se desprendía un frío y blanco resplandor que parecía cobrar vida proyectándose desde una pequeña obertura que despedía un sonido chirriante, el de una cinta de celuloide avanzando a trompicones. El cine parecía desierto –lo estaba- y yo me senté en una silla del medio.

     Fue empezar a correr una imagen por la pantalla cuando entró un nuevo espectador, el segundo, porque apenas estábamos él y yo -que casi no era yo-. Había sin exagerar una centena de butacas vacías, todas menos la mía, pero el recién llegado vino hacia mi sitio, convencido y sin miramientos. Yo no daba crédito y llegué enseguida a la conclusión de que el hombre no buscaba un lugar, el mal parido buscaba problemas, sin duda, porque no era el guardia de seguridad ni el acomodador ni nadie, sólo un espectador que, con entrada en mano, aseguraba que yo le estaba ocupando el asiento. Me dijo que tenía fila diecinueve butaca trece y, al ver mi rostro –que no era mi rostro- con un semblante pasivo o displicente como diciendo “de aquí no me mueve nadie", puso su ticket a pocos centímetros de mi nariz. Y aunque tampoco era mi nariz, me molestó mucho, yo diría muchísimo, y ese estallido de bronca me eyectó del asiento –que en teoría no era el mío- y hecho una furia le tiré el primer trompazo de la tarde, pero no eran mis brazos, ¡maldita suerte!, y por eso no calculaba bien las distancias ni la potencia de mis golpes inoperantes que acababan marchitándose antes de llegar a destino, y en cambio los ataques de mi enemigo me alcanzaban, ¡vaya si lo hacían!, y estallaban certeros en mi cuello, mis orejas, hasta que uno me dio en la sien, todo se puso borroso, al final negro, y caí dormido antes de escupir mi último insulto en jerigonza.

     Cuando desperté, ella estaba a mi lado, escrutándome tierna y rascándome la espalda con suavidad, porque sabía que me encantaba. Me di cuenta que volvía a ser yo mismo. Me dejé mimar, pero adentro mío sabía que estaba librando una lucha que la impaciencia me iba a ganar enseguida, y lo hizo. Yo asumí con caballerosidad la derrota y me incorporé del colchón resignando el compilado de caricias. No me costó nada espabilarme y no atiné a otra cosa que a contarle a mi chica la pesadilla que había tenido. No había relatado ni la cuarta parte de la historia cuando me vi interrumpido y volví a abrir bien grande los ojos, que ya eran los míos, cuando escuché a mi mujer decirme:

     -Ese no fue tu sueño, fue lo que soñé yo y te lo acabo de contar hace unos minutos.

     Podría interpretar que todo se trataba de otra de las bromas pesadas que la vida tenía reservadas para mí, pero hay una pequeña –o más bien gigante- cuestión que acabo de descubrir ahora. Sí, recién ahora, ¡bendito sea!, justo en este momento lo veo claro por primera vez en esta confusión mayúscula: no soy yo el que está escribiendo esto. Parece ridículo, lo reconozco, pero no sé de qué se sorprenden. ¿Acaso creen que son ustedes los que están leyendo?




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