martes, 29 de enero de 2013

El cuento del tío

por Javier Debarnot

     ¿Cuatrocientos cincuenta mil euros? Eso son… y se puso a hacer cuentas el viejo, porque pretender que un español mayor de cuarenta no convierta de euros a pesetas una cantidad medianamente elevada es como pedirle a un argentino que se divorcie para siempre del mate. Eso son como setenta y cinco millones de pelas, joder.

     Antes de llegar a ese momento estelar de la noche, Juan, oriundo de Buenos Aires y viviendo de prestado en Madrid desde hacía siete años, calentaba la silla de uno de los tantos bares del Paseo de la Castellana y, sin ánimo de disimular ni ponerse el traje de la discreción, mantenía una charla con su mujer Valeria, a la que le decía que ya tenía catorce puntos en la Quiniela, sí, el Prode de los españoles, y que si acertaba ese último resultado tendrían el premio mayor y encima iba ganando el Atleti. Amor, si la cosa sigue así nos cambia la vida para siempre, le dijo antes de cortar la comunicación dándole aparatosamente un beso al móvil, mua, que luego dejó sobre la mesa al lado de su tercera caña de la noche.

     Dos mesas más para atrás estaba Roberto, madrileño y setentón casi ochentón, con un dúo que jamás se separaba de él: su boina y su bastón que yacían sobre el respaldo de su silla, custodiándolo. Apuraba el último trago de su té con sus sentidos bien despiertos, los ojos apuntando al plasma de cuarenta y dos donde el Atleti sufría para que no le empatara el Depor y las orejas pendientes de la voz de Juan, que nerviosamente volvía a llamar a su chica para decirle que faltaba menos, la puta madre, cinco minutos y nos hacemos millonarios.

     Roberto no pudo evitar decirle algo al porteño una vez que éste dejó el teléfono. Juan lo invitó a su mesa entrando muy rápido en confianza con el abuelo: véngase, maestro, así compartimos el sufrimiento. Le contó lo que Roberto ya sabía, en realidad lo sabían todos los que estaban a cinco metros a la redonda y habían escuchado las cuatro charlas telefónicas, que estaba a punto de ganar la Quiniela, y cuando el viejo quiso saber cuánto le podía tocar, y después de hacer la conversión a pesetas, tuvo que sostenerse la boina por temor a que le saltara de la sorpresa.

     Pero había un problema. Siempre suele haber uno y no precisamente minúsculo, para darle un cachetazo en toda la cara a aquel que piensa que la vida es bella y perfecta. Estoy sin papeles, dijo Juan, sin papeles y con miedo a perderlo todo, porque así como estoy, indocumentado, creo que no me permitirían cobrar ningún premio y me mandarían de vuelta a casa, zas, otra vez a cruzar el charco. Roberto indagó en la cuestión porque dudaba que eso fuera realmente así, y Juan le estaba explicando que sí, que te piden un documento para… ¡vamos, carajo!, el partido había acabado, quince puntos para Juan, todos los aciertos y, ¿ahora qué?, gané pero no sé qué hacer. Dios proveerá, musitó al tiempo que apretaba los puños y miraba al cielo, bah, al descuidado techo del bar que, interponiéndose, cobijaba a Juan y a Roberto y a los demás del impiadoso frío de febrero.

     Brindemos, se relajó el joven. Pídase algo, abuelo, yo invito, que después de todo voy a ser millonario. El viejito preguntó tímidamente si podía acompañar una cerveza con alguna tapa, a lo que Juan le dijo que por supuesto, hombre, lo que usted quiera. El camarero, al que también le había llamado la atención toda la historia que había empezado con las llamadas a Valeria, les acercó dos vasos largos de cerveza y un par de platos con tortilla y patatas bravas. Mientras Roberto hundía un humeante trozo en la salsa, a Juan se le ocurrió una idea. ¿Que tal si ponían la jugada de Quiniela a nombre del abuelo? Que la cobrara como si hubiera ganado él, con su documento. ¿Le parece?, preguntaba Roberto sorprendido por el ofrecimiento de Juan. Y que sí, le decía éste, tranquilo, hombre, ¿usted tiene aquí su carnet de identidad? El viejo asintió y los ojos se le pusieron vidriosos cuando escuchó que el joven le iba a dar una parte importante del premio, un cinco por ciento, unos veinte mil euros, se los merecería por hacerme este tremendo favor.

     Roberto pasaba mentalmente los veinte mil euros a pesetas, cómo no, y mientras tanto Manolo, el camarero, desde su lugar en la barra seguía atento a los pormenores y ya empezaba a imaginar cómo les cambiaría la vida a los dos clientes, aventurando que el joven iba a poder empezar de cero, probablemente tener su piso propio y dejar de pagar el alquiler de una habitación compartida, dejar de aceptar trabajos en negro y mal pagos, dejar de morderse la lengua para no envolverse en una pelea que acaso lo desenmascarara ante la ley como clandestino, como indocumentado, como ilegal, como deshecho, cada vez que oía murmurar a algún ciudadano local de esos que se creen con derecho a todo por pagar sus impuestos, oírlo a éste decir por lo bajo un insultante sudaca de mierda o un vuélvete a tu pueblo con tu taparrabos y tu lanza, seguro que el joven podría dejar de padecer todo eso y empezar de cero gracias al dinero de la Quiniela, y el viejo, con su parte, acabar quizás las últimas páginas que le quedaban por escribir con una letra más esmerada, sin borrones, sin tener que hacer tantos malabares para llegar a fin de mes por culpa de la escuálida pensión a la que podían contársele los huesos, seguro que el abuelo merecía un respiro en su apremiante situación económica, como la de miles de jubilados de España, para darse con ese dinero caído del cielo algunos pequeños lujos, acaso impensados pero sin duda merecidos para una persona que trabajó tantos años y al final de su vida ve que eso de que cosecharás tu siembra se queda casi siempre en un guión de mal gusto, pero para Roberto podría no ser así y girarse la tortilla, todo eso fue lo que fantaseó Manolo mientras le pasaba un trapo al aparador donde se exhibían los berberechos, las olivas rellenas y los bocatas de jamón dulce e ibérico.

     Juan sacó su jugada de la Quiniela y la rellenó con los datos de Roberto. Ahora sólo usted va a poder cobrar la jugada, yo me fío, ¿eh?, le avisó mirándolo fijamente a sus arrugados ojos café. Pagó la cuenta y dijo que necesitaba ir a llevarle algo a su mujer y, al volver, lo acompañaría al local donde había hecho la boleta. Pero, pero… siempre aparece un pero más para poner un nuevo palo en la rueda. El porteño reflexionó en voz alta que, si bien confiaba en Roberto, no podía poner las manos en el fuego en que decidiera irse con la jugada y quedarse con el cien por ciento del premio. Creo que lo más lógico sería que me diera algo, no sé, cien o doscientos euros, lo que lleve encima, yo voy hasta mi casa y vuelvo aquí en menos de media hora, y de esa forma nos quedamos los dos tranquilos, mire que dejo en sus manos un papel que vale cuatrocientos cincuenta mil euros, ¿eh?

     Setenta y cinco millones de pesetas. Sí. Roberto le dio a Juan el único billete de cien que llevaba en un bolsillo interior de su chaqueta de tipo Montgomery diciendo que era todo lo que tenía. Se quedó con la boleta de Quiniela en las manos, revisándola mientras le daba un trago más a su cerveza ya huérfana de espuma. El porteño se había marchado. Pasaron treinta minutos, treinta y cinco, cuarenta. Nunca más volvió a verlo ni supo nada de él.

     Regresando a la residencia de ancianos donde vivía abandonado a la suerte por su hijo menor, Roberto se dirigió a la sala donde sus compañeros daban cuenta de una sopa seguramente insípida. Sentándose junto a su confidente Roque, le negó amablemente el plato a una cocinera cuando ésta se disponía a ponérselo sobre la mesa. Entonces el viejo le contó la historia de la Quiniela a su amigo.

     -Al menos cené gratis y como Dios manda. Ah, y le di a este porteño uno de esos billetes falsos que anda repartiendo el Loco David.

     -¡Muy bien, hombre! –Roque festejó el acto final del encuentro de su amigo con Juan.

     -Estos argentinos… Cuando ellos van, nosotros fuimos y venimos… fuimos en barco hace varias décadas y nos trajimos su supuesta “viveza criolla”, qué nos van a venir a contar.

     -Bueno, ahora también nos trajimos su crisis.

     -Sí, tío, nadie es perfecto.

 

martes, 15 de enero de 2013

Invisible

por Javier Debarnot

     Apagose el brillo de sus ojos aquella mañana en la que los cristales del salón impedían que el azotador frío se transformara en un polizón indeseable en su hogar, el de ella, nueva dueña de una deslucida mirada pero, mucho peor aún, aterrorizándose al ver que el espejo ya no le devolvía su imagen, y sí en cambio la escenografía que se dibujaba detrás de su transparente humanidad. Aunque mucho tiempo antes de aquel día, meses y meses atrás, ella ya había empezado a sentirse invisible.

     Fue al cumplir sus dieciocho. Con el caer de la hoja del calendario que conmemoraba su aniversario había iniciado un descenso sobre ella de un puñado de maldiciones que, otrora caminantes errantes y desahuciados, sólo quedaron a gusto al inmiscuirse entre sus huesos y quedarse allí, calando hondo. Atormentándola. Sumiéndola en un derrumbe lento pero continuo que se hizo agudo y preocupante al hacerla desaparecer, tiempo después, literalmente del mundo.

     Sus palabras al llegar a la mayoría de edad habían perdido peso y, como si fueran frágiles barcos lanzados a la deriva de un mar de olas rimbombantes, ya nadie hacía caso de ellas y parecían abandonadas a su suerte. Muda, se sentía muda, a veces ni ella misma podía escucharse, percibiendo aterrada que los gritos que a veces lanzaba su alma eran encapsulados por una trinchera de acero que ahí los mantenía, rebotando inútilmente una y otra vez contra sus paredes mientras las personas de afuera seguían ajenas a sus frases, a sus súplicas, a sus desesperadas preguntas y a sus inútiles respuestas. Entre ella y el universo que la rodeaba empezaba a construirse un abismo enorme y aterrador.

     En su casa creían que había quedado apresada en las mazmorras de una depresión. Su padre y hermano, a menudo displicentes y esquivos con ella, nada raro vieron en su rostro que lenta e inexorablemente comenzaba a apagarse, y dejaban todo librado a la fuerza de su voluntad, convencidos de que si ella sola había decidido encerrarse para aislarse del mundo, era ella también la única portadora de la llave para escapar de su oscuridad y sus tormentos si es que así lo deseara.

     Su madre la había visto crecer en pequeñas migajas. Fue testigo de sus primeros amagos de florecer, de sus risas de bautismo, de las ocasiones en las que ella abrió bien grande sus ojos al captar algo maravilloso entre las luces y sombras que la rodeaban. A su madre se la había llevado la muerte cuando ella apenas había aprendido a pronunciar su nombre; mamá, esa palabra dulce salió por vez primera de sus labios justo cuando generosas porciones de tierra húmeda caían lanzadas por una pala hasta cubrir por completo el cajón de madera donde su madre descansaría para siempre. La había dejado sola.

     Aterrorizada por esa insoportable carga de hablar sin ser escuchada, hizo lo que sea para buscar ayuda, pero para sus adentros sabía que a sus apagados gritos de auxilio mucho iba a costarles hallar un par de oídos que los tradujeran. Su descenso parecía no tener freno. Estaba sola y, en el momento en que vio que ni siquiera podía reflejarse en el espejo, supo que debía hacer algo. Algo para no desaparecer definitivamente del mundo, porque ella a pesar de todo amaba la vida, vivirla, sentirla, ser parte de ella.

     Esbozó nuevas súplicas de ayuda, la buscó a ésta infructuosamente, aunque con cada portazo que iba estampándose en la cara por culpa de la indiferencia ajena iba descendiendo más y más en su pozo, frío, sombrío y devastador, para quedar abandonada y ninguneada cual si fuera una insignificante cucaracha que, al saber que está vagando por allí pero a nadie puede hacer daño, se la deja ahí esperando a que se canse, se asfixie, agonice y muera en la soledad más absoluta.

     Sólo ella iba a poder salvar a ella. Nadie de los que alguna vez se habían colado en su corazón pero, ahora ella lo sabía bien, en realidad sólo habían estado aguardando la más mínima distracción para huir del mismo, nadie de esas personas iba a ayudarla. Entonces vio la luz entre las tinieblas, y este halo la condujo, extrayéndola por unas horas de su infierno, hasta una mujer, desconocida y distante, que iba a quitarle la venda que desde los dieciocho llevaba ocultándole los ojos anudada en su nuca.

     Una hechicera, la hechicera que veía más allá de la vida de ella, tanto más allá que alcanzaba a divisar otras vidas, las anteriores, las que ella había vivido, sin saberlo, con su misma alma en diferentes cuerpos. Y tal había sido ese periplo por distintas vidas que, en una de ellas y según la hechicera, se había maldecido a la en ese entonces portadora de su alma a apagársele cuando se hiciera mayor. Es tu condena, es tu lastre, la fulminó con sus ojos azabaches la hechicera. Era su condena, era su lastre, y acaso nada podía hacerse para torcer el rumbo de ese destino maldito, el de ella, perpetrado en una vida anterior.

     Sí puedes hacer algo, pero el precio es alto, quizás ni siquiera estés dispuesto a pagarlo, la conminó la hechicera. Ella quiso conocerlo. Y se sorprendió porque al contrario de lo que se imaginaba, tuvo de golpe ante sus ojos una oferta que en toda su vida jamás le habían servido en bandeja como lo estaba haciendo la hechicera, aunque disfrazándola de algo que podía resultar terriblemente violento. Para escapar de la maldición que estaba haciéndola desaparecer día a día, simplemente debía ella desear con toda su alma aquello que más añoraba, su máxima aspiración, la que llevaba adentro desde niña. Debía desearlo y se cumpliría, pero cuidado porque era imposible garantizar que el deseo se haría carne de la forma que ella imaginaba y, una vez cumplido, no existiría vuelta atrás hasta el final de sus días.

     Ella buscó en sus sueños, recorrió su infancia, husmeó emociones, sensaciones, recuerdos, momentos que la habían inspirado, evocó aquella felicidad ya perdida y rota, y volvió a vestirse con ilusiones y anhelos que, todos ellos, sin duda habían quedado anclados en sus primeros y felices años de vida cuando aún tenía a su madre. Lo supo. Ella lo supo y dejó escapar todas las dudas. Sé cuál es mi deseo, le dijo a la hechicera y ésta asintió con calma, y dejó que la paz, por primera vez en el encuentro entre ambas, invadiera su rostro alejando la dureza de sus arrugadas facciones: cierra los ojos, niña, cierra los ojos y tu deseo se cumplirá. Y así lo hizo ella entornando lentamente sus párpados.

     Cuando los abrió, supo al instante que la pesada carga que la atormentaba se había evaporado para siempre. Se sentía ligera, ágil, libre como jamás lo había estado en su vida, y al girar su rostro vio dos alas negras, naranjas y amarillas que se batían en el aire, suspendiéndola y provocándole ese cosquilleo en el estómago que las personas manifiestan al ser invadidas por la adrenalina. Pero ella ya no tenía estómago ni brazos ni pelo y veía a la hechicera como un gigante, aunque ni le temía ni le importaba, y sólo tenía enfocada una ventana abierta de par en par a la que se dirigió pasando por encima del hombro de la mujer. Poniéndose de pie, la hechicera vio a la mariposa salir de la habitación y ganar el cielo. El insecto llevaba el alma de ella. Su sueño, el de toda su vida, había sido poder volar.

 

martes, 1 de enero de 2013

Una foto del Facebook

por Javier Debarnot

     Cuando subí inocentemente la foto, jamás hubiera podido imaginar lo que acabaría pasando. Desde que le di a la opción “publicar” hasta el momento en que supe de la tragedia, hubo en el camino una pareja rota, una amistad de años también trunca y una casa desvalijada, pero nunca, créanme que jamás de los jamases pensé que una simple foto en el Facebook iba a ser causante de un asesinato.

     No soy de los primeros en haberme subido a la ola del Facebook pero tampoco soy un novato. Aprendí a moverme con destreza entre las aguas del Muro y, cuando toca, soy capaz de capear el temporal. Supongo que entré a la más famosa de las redes sociales por el mismo motivo que la mayoría de la gente: ver en qué andaban los viejos compañeros de la escuela secundaria o aquellos grandes amigos de la primaria.

     Siendo conocedor –y envidioso- de la riqueza de Mark Zuckerberg, puedo permitirme con malicia decir que se ha perdido de un excelente negocio, el de llevarse sencillamente el diez por ciento del importe de las bebidas que se consumen en cada cena del reencuentro que celebran los alumnos de las promociones de equis año al unirse gracias al Facebook. Muchos ceros se sumarían a la cuenta bancaria de Mark y esto resulta más que comprensible, porque en muchos casos en esas reuniones es necesario consumir litros y litros de alcohol para soportar a algunos compañeros infumables. Supongo que, después de la mayoría de esas juntadas, nada cambia ni nada se transforma. Lógica pura. Si no viste a alguien en los últimos veinte años ni te preguntaste nunca por su vida, ¿sería tal vez porque no te interesaba hacerlo? Pero el Facebook llegó para derrumbar aquellas barreras.

     Creí sabérmelas todas con respecto al Facebook. Aprendí a detectar y diferenciar a los usuarios moderados, a los chismosos incurables y a los auténticos adictos de la red, aquellos que en una rara mezcla de Truman Show con Gran Hermano han decidido vivir su vida en directo y online. Estaba seguro de tenerlo todo controlado en el “caralibro”. Hasta que subí la foto. Esa fatídica foto que un día rescaté del fondo de un cajón y, preso de la emoción, la nostalgia y la melancolía, la escaneé antes de cometer el error de subirla a la nube.

     Era un asado en casa de Lucho, en el ´94 o ´95. Me cuesta identificar el año exacto pero sé que es alguno de los dos por mi pelo largo, por el sospechoso rojo de mi mirada y por esa certeza irrefutable de que, en esa época, la única forma de quitarme un vaso de Fernet de la mano era amputándome un brazo. Ahí estaba yo en la foto, en primer plano sosteniendo aquella bebida espumante que le tapaba media cara a Julián. Alrededor había como doce o trece personas más. Etiqueté a Julián, a Diego, a Mauro, a las mellizas Laura y Natalia, y al Gordo Luis, todos ellos amigos míos del Facebook. Puse la foto en mi Muro y me fui a dormir. En España eran las doce de la noche, pero en Argentina –de donde son gran parte de mis contactos- apenas eran las siete y a esa hora muchas personas están revoloteando como colibríes por las redes sociales. Al conectarme al otro día, iba a descubrir que varias cosas habían pasado.

     Diego, según parece, va tras los pasos de Roberto Carlos y quiere tener un millón de amigos. Le faltan novecientos noventa y ocho mil ochocientos, pero con esos mil doscientos ya tiene los contactos suficientes como para presumir de contar con una cartera de lo más heterogénea de amigos –bah, amigos es una forma de decir-. Los tiene de todos los colores, religiones y continentes. Un día le puntualicé que perdía cada mañana al menos diez minutos de su vida saludando a los contactos que cumplían años, a quienes les dedicaba un mensaje personalizado y el promedio era de cuatro cumpleañeros diarios. El muy caradura ni se inmutó y, en caso de que siguiera mofándome de él de esa manera, me amenazó con borrarme del Facebook. La cuestión es que Diego compartió mi foto en su Muro, que fue vista por un buen porcentaje de sus amigos entre el cual se incluían varios protagonistas de la imagen. Se etiquetaron Felipe, Analía, Romina y Héctor.

     Que Héctor se haya reconocido no resultaba ningún problema, salvo por el pequeño detalle de que, creyéndose gracioso, etiquetó un objeto que había en la mesa, un cuchillo de mango de roble que habíamos usado para cortar la carne aquel día. “El cuchillo de Lalo”. Eso fue lo que puso sobre mi foto. Permítanme acotar que, a esa gente que etiqueta objetos inanimados en el Facebook, yo también las etiqueto: son gente un poco pelotuda, y Héctor lo era -por algo no lo veo más o menos desde aquel asado-.

     Entonces empezaron los problemas. El más mínimo, casi nimio, fue el que se desencadenó por una discusión que nació en los comentarios de la foto. Julián empezó comentando algo acerca de una camiseta de Divididos que llevaba Felipe en el asado y éste rememoró los recitales de la banda que habían vivido juntos. Un tema fue llevando a otro y de pronto, quién sabe cómo, en el comentario número dieciocho la charla se tornó política, mutó a ideológica y, salpicada con términos como “facho” y “nene de mamá”, acabó siendo un diálogo violento que no podía sostenerse en pie. Pedí cordura porque, en definitiva, me sentía el moderador al haberlos unido en mi foto, pero sólo logré que me putearan a mí. Los dos juntos y casi al unísono. Indignado borré todos sus comentarios pero lo peor ya había ocurrido antes, porque Julián y Felipe se habían borrado respectivamente de sus contactos telefónicos. Eran amigos, lo sabía de buenas fuentes, hasta que por culpa de la foto pasó lo que pasó y dejarían de verse.

     Peor parte se llevó Diego. Al ver esa instantánea reconoció en un segundo plano a Melina, una chica con la que había tenido una fogosa historia en aquellos años, y la curiosidad lo llevó a escribir su nombre y apellido en el buscador del Facebook. Sólo husmeó un poco por su biografía y descubrió que mantenía muy dignamente su agraciada figura de esa época juvenil con una pequeña diferencia, en realidad dos y no pequeñas; se había hecho una cirugía y tenía unos pechos esculturales. Pero quedó ahí para Diego, en una fantasía de lo que no fue y podría haber sido si estuviera hoy con Melina, y cerró el navegador de Internet pero cometiendo el grave error de no cerrar su sesión. Cuando un par de horas después su mujer entró al Facebook apareció directamente en el perfil de Diego. No vio las tetas de Melina, pero sí su nombre, en esa entrometida columna de “personas que quizás conozcas”. Para qué. Hubo pedido de explicaciones, pase de facturas, rencores y sospechas del pasado que salieron a la luz y hasta platos que volaron por el aire. Por una puta ventana del Facebook, pensó Diego, se encontraba con una separación en puerta, Por la foto, claro, por la maldita foto.

     Un tal Luis Aguilar, uno de los mil doscientos amigos de Diego, es un pobre tipo que pasa varias horas al día leyendo todo lo que se publica y se escribe en Facebook. Tiene amigos delincuentes a los que le pasa información, fresca y contrastada. Mete su nariz de sabueso entre los comentarios y casi siempre acaba descubriendo un hueso. En el diálogo que se generó en mi foto, una vez eliminada la discusión entre Julián y Felipe, surgió –cuándo no- la idea de volver a reunirse todos los comensales de aquel asado. Se habían empezado a barajar lugares pero sobre todo fechas, y Mauro escribió que para él sería imposible la segunda quincena de febrero porque se iría de vacaciones a la costa. Mauro es de esos adictos al Facebook capaz de subir un álbum de dieciocho fotos con el título “miren como fumo un Marlboro Light”. La cuestión es que Aguilar entró inmediatamente en su Muro y vio que tenía una lujosa casa, vio en donde la tenía y hasta por donde podía uno treparse para entrar, gracias a su sesión de fotos intitulada “así llega Papá Noel a casita”. Toda esa fidedigna data se la vendió a sus colegas los cacos, que cuando no pueden darle dinero le pagan con especias. Luis Aguilar ahora luce un plasma de cuarenta y dos pulgadas en su sucucho de cuatro por cinco, plasma que Mauro no encontró al volver de sus vacaciones. En realidad sólo vio las paredes peladas de su casa y a poco estuvo de publicar las fotos en su Muro de su muro vacío. Por mi foto, por esa endiablada foto.

     “El cuchillo de Lalo”. ¿Pero por qué mierda dice ahí que ese cuchillo era de Lalo si todo el mundo sabe que me lo robó a mí en el campamento de fin de curso? Todo eso pasó probablemente por la cabeza de Rubén, el verdadero dueño del objeto mal etiquetado por Héctor. Rubén no había estado en el asado pero vio la foto por ser amigo de un amigo de otro de los amigos de Diego, que no tiene ningún filtro de seguridad en su perfil, por lo cual si un contacto suyo se tira un pedo en la Puna del Atacama se puede enterar hasta un vikingo de los fiordos noruegos. La cuestión es que Rubén, que pasaba por un pésimo momento de su vida después de cumplir una condena de seis años por robo a mano armada, fue a la casa de Lalo decidido a recuperar su cuchillo. Ahí se encontró con la desagradable sorpresa de que Lalo no sólo le había robado el cubierto sino también su primera novia. Moción violenta o salvajada premeditada, imposible saber de qué se trató, pero si alguien hubiera sacado una foto de la escena del crimen seguro que Héctor hubiera etiquetado “las tripas de Lalo”, “el intestino de Lalo”, etcétera, etcétera, y por supuesto, “el cuchillo de Rubén”, en ese caso correctamente etiquetado. Por mi foto, por mi culpa, por mi gran culpa.

     Ahora me pregunto si me llamarán a declarar por todo este asunto, por la pelea, por el adulterio, por el robo y por el asesinato. Imagino un tribunal presidido por Mark Zuckerberg con su toga de egresado de Harvard, un jurado plagado de adolescentes histéricas que conocen cada recoveco legal del Facebook, y un abogado que me pregunta solemnemente antes de empezar el juicio obligándome a extender mi mano derecha sobre una alfombrilla color azul Facebook: “¿jura decir su contraseña y nombre de usuario correctos y permitir que conozcamos toda la información de su perfil?”. A Javier no le gusta esto. ¿Y a ustedes?


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