martes, 29 de enero de 2013

El cuento del tío

por Javier Debarnot

     ¿Cuatrocientos cincuenta mil euros? Eso son… y se puso a hacer cuentas el viejo, porque pretender que un español mayor de cuarenta no convierta de euros a pesetas una cantidad medianamente elevada es como pedirle a un argentino que se divorcie para siempre del mate. Eso son como setenta y cinco millones de pelas, joder.

     Antes de llegar a ese momento estelar de la noche, Juan, oriundo de Buenos Aires y viviendo de prestado en Madrid desde hacía siete años, calentaba la silla de uno de los tantos bares del Paseo de la Castellana y, sin ánimo de disimular ni ponerse el traje de la discreción, mantenía una charla con su mujer Valeria, a la que le decía que ya tenía catorce puntos en la Quiniela, sí, el Prode de los españoles, y que si acertaba ese último resultado tendrían el premio mayor y encima iba ganando el Atleti. Amor, si la cosa sigue así nos cambia la vida para siempre, le dijo antes de cortar la comunicación dándole aparatosamente un beso al móvil, mua, que luego dejó sobre la mesa al lado de su tercera caña de la noche.

     Dos mesas más para atrás estaba Roberto, madrileño y setentón casi ochentón, con un dúo que jamás se separaba de él: su boina y su bastón que yacían sobre el respaldo de su silla, custodiándolo. Apuraba el último trago de su té con sus sentidos bien despiertos, los ojos apuntando al plasma de cuarenta y dos donde el Atleti sufría para que no le empatara el Depor y las orejas pendientes de la voz de Juan, que nerviosamente volvía a llamar a su chica para decirle que faltaba menos, la puta madre, cinco minutos y nos hacemos millonarios.

     Roberto no pudo evitar decirle algo al porteño una vez que éste dejó el teléfono. Juan lo invitó a su mesa entrando muy rápido en confianza con el abuelo: véngase, maestro, así compartimos el sufrimiento. Le contó lo que Roberto ya sabía, en realidad lo sabían todos los que estaban a cinco metros a la redonda y habían escuchado las cuatro charlas telefónicas, que estaba a punto de ganar la Quiniela, y cuando el viejo quiso saber cuánto le podía tocar, y después de hacer la conversión a pesetas, tuvo que sostenerse la boina por temor a que le saltara de la sorpresa.

     Pero había un problema. Siempre suele haber uno y no precisamente minúsculo, para darle un cachetazo en toda la cara a aquel que piensa que la vida es bella y perfecta. Estoy sin papeles, dijo Juan, sin papeles y con miedo a perderlo todo, porque así como estoy, indocumentado, creo que no me permitirían cobrar ningún premio y me mandarían de vuelta a casa, zas, otra vez a cruzar el charco. Roberto indagó en la cuestión porque dudaba que eso fuera realmente así, y Juan le estaba explicando que sí, que te piden un documento para… ¡vamos, carajo!, el partido había acabado, quince puntos para Juan, todos los aciertos y, ¿ahora qué?, gané pero no sé qué hacer. Dios proveerá, musitó al tiempo que apretaba los puños y miraba al cielo, bah, al descuidado techo del bar que, interponiéndose, cobijaba a Juan y a Roberto y a los demás del impiadoso frío de febrero.

     Brindemos, se relajó el joven. Pídase algo, abuelo, yo invito, que después de todo voy a ser millonario. El viejito preguntó tímidamente si podía acompañar una cerveza con alguna tapa, a lo que Juan le dijo que por supuesto, hombre, lo que usted quiera. El camarero, al que también le había llamado la atención toda la historia que había empezado con las llamadas a Valeria, les acercó dos vasos largos de cerveza y un par de platos con tortilla y patatas bravas. Mientras Roberto hundía un humeante trozo en la salsa, a Juan se le ocurrió una idea. ¿Que tal si ponían la jugada de Quiniela a nombre del abuelo? Que la cobrara como si hubiera ganado él, con su documento. ¿Le parece?, preguntaba Roberto sorprendido por el ofrecimiento de Juan. Y que sí, le decía éste, tranquilo, hombre, ¿usted tiene aquí su carnet de identidad? El viejo asintió y los ojos se le pusieron vidriosos cuando escuchó que el joven le iba a dar una parte importante del premio, un cinco por ciento, unos veinte mil euros, se los merecería por hacerme este tremendo favor.

     Roberto pasaba mentalmente los veinte mil euros a pesetas, cómo no, y mientras tanto Manolo, el camarero, desde su lugar en la barra seguía atento a los pormenores y ya empezaba a imaginar cómo les cambiaría la vida a los dos clientes, aventurando que el joven iba a poder empezar de cero, probablemente tener su piso propio y dejar de pagar el alquiler de una habitación compartida, dejar de aceptar trabajos en negro y mal pagos, dejar de morderse la lengua para no envolverse en una pelea que acaso lo desenmascarara ante la ley como clandestino, como indocumentado, como ilegal, como deshecho, cada vez que oía murmurar a algún ciudadano local de esos que se creen con derecho a todo por pagar sus impuestos, oírlo a éste decir por lo bajo un insultante sudaca de mierda o un vuélvete a tu pueblo con tu taparrabos y tu lanza, seguro que el joven podría dejar de padecer todo eso y empezar de cero gracias al dinero de la Quiniela, y el viejo, con su parte, acabar quizás las últimas páginas que le quedaban por escribir con una letra más esmerada, sin borrones, sin tener que hacer tantos malabares para llegar a fin de mes por culpa de la escuálida pensión a la que podían contársele los huesos, seguro que el abuelo merecía un respiro en su apremiante situación económica, como la de miles de jubilados de España, para darse con ese dinero caído del cielo algunos pequeños lujos, acaso impensados pero sin duda merecidos para una persona que trabajó tantos años y al final de su vida ve que eso de que cosecharás tu siembra se queda casi siempre en un guión de mal gusto, pero para Roberto podría no ser así y girarse la tortilla, todo eso fue lo que fantaseó Manolo mientras le pasaba un trapo al aparador donde se exhibían los berberechos, las olivas rellenas y los bocatas de jamón dulce e ibérico.

     Juan sacó su jugada de la Quiniela y la rellenó con los datos de Roberto. Ahora sólo usted va a poder cobrar la jugada, yo me fío, ¿eh?, le avisó mirándolo fijamente a sus arrugados ojos café. Pagó la cuenta y dijo que necesitaba ir a llevarle algo a su mujer y, al volver, lo acompañaría al local donde había hecho la boleta. Pero, pero… siempre aparece un pero más para poner un nuevo palo en la rueda. El porteño reflexionó en voz alta que, si bien confiaba en Roberto, no podía poner las manos en el fuego en que decidiera irse con la jugada y quedarse con el cien por ciento del premio. Creo que lo más lógico sería que me diera algo, no sé, cien o doscientos euros, lo que lleve encima, yo voy hasta mi casa y vuelvo aquí en menos de media hora, y de esa forma nos quedamos los dos tranquilos, mire que dejo en sus manos un papel que vale cuatrocientos cincuenta mil euros, ¿eh?

     Setenta y cinco millones de pesetas. Sí. Roberto le dio a Juan el único billete de cien que llevaba en un bolsillo interior de su chaqueta de tipo Montgomery diciendo que era todo lo que tenía. Se quedó con la boleta de Quiniela en las manos, revisándola mientras le daba un trago más a su cerveza ya huérfana de espuma. El porteño se había marchado. Pasaron treinta minutos, treinta y cinco, cuarenta. Nunca más volvió a verlo ni supo nada de él.

     Regresando a la residencia de ancianos donde vivía abandonado a la suerte por su hijo menor, Roberto se dirigió a la sala donde sus compañeros daban cuenta de una sopa seguramente insípida. Sentándose junto a su confidente Roque, le negó amablemente el plato a una cocinera cuando ésta se disponía a ponérselo sobre la mesa. Entonces el viejo le contó la historia de la Quiniela a su amigo.

     -Al menos cené gratis y como Dios manda. Ah, y le di a este porteño uno de esos billetes falsos que anda repartiendo el Loco David.

     -¡Muy bien, hombre! –Roque festejó el acto final del encuentro de su amigo con Juan.

     -Estos argentinos… Cuando ellos van, nosotros fuimos y venimos… fuimos en barco hace varias décadas y nos trajimos su supuesta “viveza criolla”, qué nos van a venir a contar.

     -Bueno, ahora también nos trajimos su crisis.

     -Sí, tío, nadie es perfecto.

 

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Las nueve reinas te persiguen. ¿Te alcanzarán? abrazo.

Martín

chapi dijo...

Jaja! Esta buenisimo! En mi opinion, este es el estilo que mejor te queda. Te lo vengo diciendo desde que lei Gato por Liebre!

SebaCar dijo...

Me gustó mucho!!! Abrazo grande Javi y perdón por no contestar nunca aquel email. En verdad es una casilla que uso poco, lo leí muy tarde y lo dejé para "después"... seba.cardenas@gmail.com esta la uso siempre...

Anónimo dijo...

Si ya lo dice la frase: Más sabe el diablo por viejo que por diablo...aun nos llevan unos cuantos siglos de historia y trapicheos. Aunque nosotros somos buenos hijos de la madre patria....
Andre.

Anónimo dijo...

Muy buena la interpretación de la frase típica de “la viveza criolla”! Qué capo este Roberto, maestro!!! Así es, coincido con el primer comentarista, Martín… Juan y Roberto cuadraban perfecto en la peli de 9 reinas! Muy entretenido, cada vez me gusta más tu estilo para escribir!

Mari

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