martes, 15 de enero de 2013

Invisible

por Javier Debarnot

     Apagose el brillo de sus ojos aquella mañana en la que los cristales del salón impedían que el azotador frío se transformara en un polizón indeseable en su hogar, el de ella, nueva dueña de una deslucida mirada pero, mucho peor aún, aterrorizándose al ver que el espejo ya no le devolvía su imagen, y sí en cambio la escenografía que se dibujaba detrás de su transparente humanidad. Aunque mucho tiempo antes de aquel día, meses y meses atrás, ella ya había empezado a sentirse invisible.

     Fue al cumplir sus dieciocho. Con el caer de la hoja del calendario que conmemoraba su aniversario había iniciado un descenso sobre ella de un puñado de maldiciones que, otrora caminantes errantes y desahuciados, sólo quedaron a gusto al inmiscuirse entre sus huesos y quedarse allí, calando hondo. Atormentándola. Sumiéndola en un derrumbe lento pero continuo que se hizo agudo y preocupante al hacerla desaparecer, tiempo después, literalmente del mundo.

     Sus palabras al llegar a la mayoría de edad habían perdido peso y, como si fueran frágiles barcos lanzados a la deriva de un mar de olas rimbombantes, ya nadie hacía caso de ellas y parecían abandonadas a su suerte. Muda, se sentía muda, a veces ni ella misma podía escucharse, percibiendo aterrada que los gritos que a veces lanzaba su alma eran encapsulados por una trinchera de acero que ahí los mantenía, rebotando inútilmente una y otra vez contra sus paredes mientras las personas de afuera seguían ajenas a sus frases, a sus súplicas, a sus desesperadas preguntas y a sus inútiles respuestas. Entre ella y el universo que la rodeaba empezaba a construirse un abismo enorme y aterrador.

     En su casa creían que había quedado apresada en las mazmorras de una depresión. Su padre y hermano, a menudo displicentes y esquivos con ella, nada raro vieron en su rostro que lenta e inexorablemente comenzaba a apagarse, y dejaban todo librado a la fuerza de su voluntad, convencidos de que si ella sola había decidido encerrarse para aislarse del mundo, era ella también la única portadora de la llave para escapar de su oscuridad y sus tormentos si es que así lo deseara.

     Su madre la había visto crecer en pequeñas migajas. Fue testigo de sus primeros amagos de florecer, de sus risas de bautismo, de las ocasiones en las que ella abrió bien grande sus ojos al captar algo maravilloso entre las luces y sombras que la rodeaban. A su madre se la había llevado la muerte cuando ella apenas había aprendido a pronunciar su nombre; mamá, esa palabra dulce salió por vez primera de sus labios justo cuando generosas porciones de tierra húmeda caían lanzadas por una pala hasta cubrir por completo el cajón de madera donde su madre descansaría para siempre. La había dejado sola.

     Aterrorizada por esa insoportable carga de hablar sin ser escuchada, hizo lo que sea para buscar ayuda, pero para sus adentros sabía que a sus apagados gritos de auxilio mucho iba a costarles hallar un par de oídos que los tradujeran. Su descenso parecía no tener freno. Estaba sola y, en el momento en que vio que ni siquiera podía reflejarse en el espejo, supo que debía hacer algo. Algo para no desaparecer definitivamente del mundo, porque ella a pesar de todo amaba la vida, vivirla, sentirla, ser parte de ella.

     Esbozó nuevas súplicas de ayuda, la buscó a ésta infructuosamente, aunque con cada portazo que iba estampándose en la cara por culpa de la indiferencia ajena iba descendiendo más y más en su pozo, frío, sombrío y devastador, para quedar abandonada y ninguneada cual si fuera una insignificante cucaracha que, al saber que está vagando por allí pero a nadie puede hacer daño, se la deja ahí esperando a que se canse, se asfixie, agonice y muera en la soledad más absoluta.

     Sólo ella iba a poder salvar a ella. Nadie de los que alguna vez se habían colado en su corazón pero, ahora ella lo sabía bien, en realidad sólo habían estado aguardando la más mínima distracción para huir del mismo, nadie de esas personas iba a ayudarla. Entonces vio la luz entre las tinieblas, y este halo la condujo, extrayéndola por unas horas de su infierno, hasta una mujer, desconocida y distante, que iba a quitarle la venda que desde los dieciocho llevaba ocultándole los ojos anudada en su nuca.

     Una hechicera, la hechicera que veía más allá de la vida de ella, tanto más allá que alcanzaba a divisar otras vidas, las anteriores, las que ella había vivido, sin saberlo, con su misma alma en diferentes cuerpos. Y tal había sido ese periplo por distintas vidas que, en una de ellas y según la hechicera, se había maldecido a la en ese entonces portadora de su alma a apagársele cuando se hiciera mayor. Es tu condena, es tu lastre, la fulminó con sus ojos azabaches la hechicera. Era su condena, era su lastre, y acaso nada podía hacerse para torcer el rumbo de ese destino maldito, el de ella, perpetrado en una vida anterior.

     Sí puedes hacer algo, pero el precio es alto, quizás ni siquiera estés dispuesto a pagarlo, la conminó la hechicera. Ella quiso conocerlo. Y se sorprendió porque al contrario de lo que se imaginaba, tuvo de golpe ante sus ojos una oferta que en toda su vida jamás le habían servido en bandeja como lo estaba haciendo la hechicera, aunque disfrazándola de algo que podía resultar terriblemente violento. Para escapar de la maldición que estaba haciéndola desaparecer día a día, simplemente debía ella desear con toda su alma aquello que más añoraba, su máxima aspiración, la que llevaba adentro desde niña. Debía desearlo y se cumpliría, pero cuidado porque era imposible garantizar que el deseo se haría carne de la forma que ella imaginaba y, una vez cumplido, no existiría vuelta atrás hasta el final de sus días.

     Ella buscó en sus sueños, recorrió su infancia, husmeó emociones, sensaciones, recuerdos, momentos que la habían inspirado, evocó aquella felicidad ya perdida y rota, y volvió a vestirse con ilusiones y anhelos que, todos ellos, sin duda habían quedado anclados en sus primeros y felices años de vida cuando aún tenía a su madre. Lo supo. Ella lo supo y dejó escapar todas las dudas. Sé cuál es mi deseo, le dijo a la hechicera y ésta asintió con calma, y dejó que la paz, por primera vez en el encuentro entre ambas, invadiera su rostro alejando la dureza de sus arrugadas facciones: cierra los ojos, niña, cierra los ojos y tu deseo se cumplirá. Y así lo hizo ella entornando lentamente sus párpados.

     Cuando los abrió, supo al instante que la pesada carga que la atormentaba se había evaporado para siempre. Se sentía ligera, ágil, libre como jamás lo había estado en su vida, y al girar su rostro vio dos alas negras, naranjas y amarillas que se batían en el aire, suspendiéndola y provocándole ese cosquilleo en el estómago que las personas manifiestan al ser invadidas por la adrenalina. Pero ella ya no tenía estómago ni brazos ni pelo y veía a la hechicera como un gigante, aunque ni le temía ni le importaba, y sólo tenía enfocada una ventana abierta de par en par a la que se dirigió pasando por encima del hombro de la mujer. Poniéndose de pie, la hechicera vio a la mariposa salir de la habitación y ganar el cielo. El insecto llevaba el alma de ella. Su sueño, el de toda su vida, había sido poder volar.

 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Este relato me hizo acordar a "El leve Pedro", lo releí un poco y no tiene nada que ver pero algo hay de fondo...." Abrazo.

Martín

chapi dijo...

Tu texto mas raro hasta ahora, puede ser? Abrazo!

Anónimo dijo...

Asfixiante, me estremeció y llenó de dolor, agonía y frescura a la vez. Pasamos a diario al lado de personas que piden ayuda sin ser escuchadas.
Me gustó la mariposa como símbolo de libertad, delicadeza, belleza. Como si su vida hasta los 18 fue la de una oruga, arrastrándose por la vida, diminuta y pesada a la vez.
¿Será que cumplir aquello que más deseamos en la vida es lo que nos lleva a la felicidad y nos hace convertirnos en esas mariposas coloridas que revolotean por la vida?
Sencillamente precioso.
Andre.

Anónimo dijo...

Muy tierno, delicado y a la vez triste. Excelente el vocabulario que usás para describirla… Me gustó mucho porque me hizo pensar también mucho. Qué espantosa que es la soledad, la depresión y la baja autoestima, tan baja que te hace tocar el mismo abismo… Menos mal que tuvo un buen final… o comienzo!

Mari

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