martes, 1 de enero de 2013

Una foto del Facebook

por Javier Debarnot

     Cuando subí inocentemente la foto, jamás hubiera podido imaginar lo que acabaría pasando. Desde que le di a la opción “publicar” hasta el momento en que supe de la tragedia, hubo en el camino una pareja rota, una amistad de años también trunca y una casa desvalijada, pero nunca, créanme que jamás de los jamases pensé que una simple foto en el Facebook iba a ser causante de un asesinato.

     No soy de los primeros en haberme subido a la ola del Facebook pero tampoco soy un novato. Aprendí a moverme con destreza entre las aguas del Muro y, cuando toca, soy capaz de capear el temporal. Supongo que entré a la más famosa de las redes sociales por el mismo motivo que la mayoría de la gente: ver en qué andaban los viejos compañeros de la escuela secundaria o aquellos grandes amigos de la primaria.

     Siendo conocedor –y envidioso- de la riqueza de Mark Zuckerberg, puedo permitirme con malicia decir que se ha perdido de un excelente negocio, el de llevarse sencillamente el diez por ciento del importe de las bebidas que se consumen en cada cena del reencuentro que celebran los alumnos de las promociones de equis año al unirse gracias al Facebook. Muchos ceros se sumarían a la cuenta bancaria de Mark y esto resulta más que comprensible, porque en muchos casos en esas reuniones es necesario consumir litros y litros de alcohol para soportar a algunos compañeros infumables. Supongo que, después de la mayoría de esas juntadas, nada cambia ni nada se transforma. Lógica pura. Si no viste a alguien en los últimos veinte años ni te preguntaste nunca por su vida, ¿sería tal vez porque no te interesaba hacerlo? Pero el Facebook llegó para derrumbar aquellas barreras.

     Creí sabérmelas todas con respecto al Facebook. Aprendí a detectar y diferenciar a los usuarios moderados, a los chismosos incurables y a los auténticos adictos de la red, aquellos que en una rara mezcla de Truman Show con Gran Hermano han decidido vivir su vida en directo y online. Estaba seguro de tenerlo todo controlado en el “caralibro”. Hasta que subí la foto. Esa fatídica foto que un día rescaté del fondo de un cajón y, preso de la emoción, la nostalgia y la melancolía, la escaneé antes de cometer el error de subirla a la nube.

     Era un asado en casa de Lucho, en el ´94 o ´95. Me cuesta identificar el año exacto pero sé que es alguno de los dos por mi pelo largo, por el sospechoso rojo de mi mirada y por esa certeza irrefutable de que, en esa época, la única forma de quitarme un vaso de Fernet de la mano era amputándome un brazo. Ahí estaba yo en la foto, en primer plano sosteniendo aquella bebida espumante que le tapaba media cara a Julián. Alrededor había como doce o trece personas más. Etiqueté a Julián, a Diego, a Mauro, a las mellizas Laura y Natalia, y al Gordo Luis, todos ellos amigos míos del Facebook. Puse la foto en mi Muro y me fui a dormir. En España eran las doce de la noche, pero en Argentina –de donde son gran parte de mis contactos- apenas eran las siete y a esa hora muchas personas están revoloteando como colibríes por las redes sociales. Al conectarme al otro día, iba a descubrir que varias cosas habían pasado.

     Diego, según parece, va tras los pasos de Roberto Carlos y quiere tener un millón de amigos. Le faltan novecientos noventa y ocho mil ochocientos, pero con esos mil doscientos ya tiene los contactos suficientes como para presumir de contar con una cartera de lo más heterogénea de amigos –bah, amigos es una forma de decir-. Los tiene de todos los colores, religiones y continentes. Un día le puntualicé que perdía cada mañana al menos diez minutos de su vida saludando a los contactos que cumplían años, a quienes les dedicaba un mensaje personalizado y el promedio era de cuatro cumpleañeros diarios. El muy caradura ni se inmutó y, en caso de que siguiera mofándome de él de esa manera, me amenazó con borrarme del Facebook. La cuestión es que Diego compartió mi foto en su Muro, que fue vista por un buen porcentaje de sus amigos entre el cual se incluían varios protagonistas de la imagen. Se etiquetaron Felipe, Analía, Romina y Héctor.

     Que Héctor se haya reconocido no resultaba ningún problema, salvo por el pequeño detalle de que, creyéndose gracioso, etiquetó un objeto que había en la mesa, un cuchillo de mango de roble que habíamos usado para cortar la carne aquel día. “El cuchillo de Lalo”. Eso fue lo que puso sobre mi foto. Permítanme acotar que, a esa gente que etiqueta objetos inanimados en el Facebook, yo también las etiqueto: son gente un poco pelotuda, y Héctor lo era -por algo no lo veo más o menos desde aquel asado-.

     Entonces empezaron los problemas. El más mínimo, casi nimio, fue el que se desencadenó por una discusión que nació en los comentarios de la foto. Julián empezó comentando algo acerca de una camiseta de Divididos que llevaba Felipe en el asado y éste rememoró los recitales de la banda que habían vivido juntos. Un tema fue llevando a otro y de pronto, quién sabe cómo, en el comentario número dieciocho la charla se tornó política, mutó a ideológica y, salpicada con términos como “facho” y “nene de mamá”, acabó siendo un diálogo violento que no podía sostenerse en pie. Pedí cordura porque, en definitiva, me sentía el moderador al haberlos unido en mi foto, pero sólo logré que me putearan a mí. Los dos juntos y casi al unísono. Indignado borré todos sus comentarios pero lo peor ya había ocurrido antes, porque Julián y Felipe se habían borrado respectivamente de sus contactos telefónicos. Eran amigos, lo sabía de buenas fuentes, hasta que por culpa de la foto pasó lo que pasó y dejarían de verse.

     Peor parte se llevó Diego. Al ver esa instantánea reconoció en un segundo plano a Melina, una chica con la que había tenido una fogosa historia en aquellos años, y la curiosidad lo llevó a escribir su nombre y apellido en el buscador del Facebook. Sólo husmeó un poco por su biografía y descubrió que mantenía muy dignamente su agraciada figura de esa época juvenil con una pequeña diferencia, en realidad dos y no pequeñas; se había hecho una cirugía y tenía unos pechos esculturales. Pero quedó ahí para Diego, en una fantasía de lo que no fue y podría haber sido si estuviera hoy con Melina, y cerró el navegador de Internet pero cometiendo el grave error de no cerrar su sesión. Cuando un par de horas después su mujer entró al Facebook apareció directamente en el perfil de Diego. No vio las tetas de Melina, pero sí su nombre, en esa entrometida columna de “personas que quizás conozcas”. Para qué. Hubo pedido de explicaciones, pase de facturas, rencores y sospechas del pasado que salieron a la luz y hasta platos que volaron por el aire. Por una puta ventana del Facebook, pensó Diego, se encontraba con una separación en puerta, Por la foto, claro, por la maldita foto.

     Un tal Luis Aguilar, uno de los mil doscientos amigos de Diego, es un pobre tipo que pasa varias horas al día leyendo todo lo que se publica y se escribe en Facebook. Tiene amigos delincuentes a los que le pasa información, fresca y contrastada. Mete su nariz de sabueso entre los comentarios y casi siempre acaba descubriendo un hueso. En el diálogo que se generó en mi foto, una vez eliminada la discusión entre Julián y Felipe, surgió –cuándo no- la idea de volver a reunirse todos los comensales de aquel asado. Se habían empezado a barajar lugares pero sobre todo fechas, y Mauro escribió que para él sería imposible la segunda quincena de febrero porque se iría de vacaciones a la costa. Mauro es de esos adictos al Facebook capaz de subir un álbum de dieciocho fotos con el título “miren como fumo un Marlboro Light”. La cuestión es que Aguilar entró inmediatamente en su Muro y vio que tenía una lujosa casa, vio en donde la tenía y hasta por donde podía uno treparse para entrar, gracias a su sesión de fotos intitulada “así llega Papá Noel a casita”. Toda esa fidedigna data se la vendió a sus colegas los cacos, que cuando no pueden darle dinero le pagan con especias. Luis Aguilar ahora luce un plasma de cuarenta y dos pulgadas en su sucucho de cuatro por cinco, plasma que Mauro no encontró al volver de sus vacaciones. En realidad sólo vio las paredes peladas de su casa y a poco estuvo de publicar las fotos en su Muro de su muro vacío. Por mi foto, por esa endiablada foto.

     “El cuchillo de Lalo”. ¿Pero por qué mierda dice ahí que ese cuchillo era de Lalo si todo el mundo sabe que me lo robó a mí en el campamento de fin de curso? Todo eso pasó probablemente por la cabeza de Rubén, el verdadero dueño del objeto mal etiquetado por Héctor. Rubén no había estado en el asado pero vio la foto por ser amigo de un amigo de otro de los amigos de Diego, que no tiene ningún filtro de seguridad en su perfil, por lo cual si un contacto suyo se tira un pedo en la Puna del Atacama se puede enterar hasta un vikingo de los fiordos noruegos. La cuestión es que Rubén, que pasaba por un pésimo momento de su vida después de cumplir una condena de seis años por robo a mano armada, fue a la casa de Lalo decidido a recuperar su cuchillo. Ahí se encontró con la desagradable sorpresa de que Lalo no sólo le había robado el cubierto sino también su primera novia. Moción violenta o salvajada premeditada, imposible saber de qué se trató, pero si alguien hubiera sacado una foto de la escena del crimen seguro que Héctor hubiera etiquetado “las tripas de Lalo”, “el intestino de Lalo”, etcétera, etcétera, y por supuesto, “el cuchillo de Rubén”, en ese caso correctamente etiquetado. Por mi foto, por mi culpa, por mi gran culpa.

     Ahora me pregunto si me llamarán a declarar por todo este asunto, por la pelea, por el adulterio, por el robo y por el asesinato. Imagino un tribunal presidido por Mark Zuckerberg con su toga de egresado de Harvard, un jurado plagado de adolescentes histéricas que conocen cada recoveco legal del Facebook, y un abogado que me pregunta solemnemente antes de empezar el juicio obligándome a extender mi mano derecha sobre una alfombrilla color azul Facebook: “¿jura decir su contraseña y nombre de usuario correctos y permitir que conozcamos toda la información de su perfil?”. A Javier no le gusta esto. ¿Y a ustedes?


4 comentarios:

Anónimo dijo...

Todo parece estár conectado...mmm. Da para un corto o un anuncio. Tu oficio te persigue.

Abrazo.

Martín

Andrea CWiki dijo...

a Andrea Le gusta esto. Cuack!
Interesante, actual, nos muestra las ventajas y peligros del mal uso del "cara libro" y las redes sociales. Coincido con el primer comentario.

Anónimo dijo...

EXCELENTISIMO!!! El mejor hasta ahora!!! Creo que lo primero que hago después de escribir esto es ….. borrarme para siempre del “maldito” facebook, y que desaparezcan todas las “malditas” fotos y todos los “malditos” comentarios!!! No por nada siempre tuve mis dudas y ciertos temores a la hora de colgar algo… todo puede pasar, cuidado a todos!!! Mejor prevenir … seguro en el futuro en vez de redes sociales, habrá un gran segmento de gente “antisocial” con aversión al facebook, van a ver! ME ENCANTÓ JAVI!!!

Mari

chapi dijo...

jaja BRILLANTE!

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