martes, 26 de febrero de 2013

Mejor no meterse con mi gamulán

por Javier Debarnot


*Gamulán: modismo de Argentina que significa sacón de gamuza con forro de piel de cordero o similar, es decir, un tipo de chaqueta muy abrigada.

     Qué inocente. Cuánto se iba a arrepentir más tarde Cristian por haber dicho esa simple frase, aquella de “ese gamulán ridículo no te lo envidio para nada” rematada con una risa, convengamos que no exagerada pero sí evidente, cuando pudo haber comentado otras miles de cosas sobre las fotos que le había enseñado. Pero no. Él decidió, sin saber dónde se estaba metiendo, meterse con el gamulán. Con mi gamulán, con el gamulán de la familia. Pobre criaturita de Dios.

     Apenas acabó Cristian de soltar la tremenda injuria, la primera reacción no fue mía. Fue de mi mujer, que después de entrecerrar los ojos y lanzar un suspiro de esos que hunden ligeramente el suelo al dejarse caer, escupió la frase que presagiaba no la tormenta, sino el terremoto. “Chicos, salgamos que papá tiene que hablar cosas de grandes con Cristian”. Cargó al más pequeño de mis hijos en brazos y, de la mano del mayor, abandonó la habitación dejándonos solos, al inconsciente y a mí. Pero después de atravesar la puerta, justo antes de que Cristian empezara a darle vueltas a la inusual importancia que parecía estar cobrando el hecho de que se hubiera mofado con descaro de mi gamulán, mi mujer le dio dos vueltas a la llave. Puerta cerrada y de ahí no se movía nadie hasta aclararse, o quizás oscurecerse al máximo, el espinoso asunto de ensuciar vilmente mi prenda de abrigo.

     Hubo unos insoportables segundos de silencio. Yo dirigía mis ojos hacia los altos techos de los edificios que se divisaban por la única ventana de la habitación, con Cristian a mis espaldas que empezaba a preguntar con una risa nerviosa qué era lo que estaba pasando. Apoyé mi mano izquierda contra el cristal y, mientras apretaba fuerte los dedos de la otra mano dejando un puño rocoso junto a mi cintura, repetí un par de veces lo que iba a ser el preámbulo de todo. Sin mirarlo a la cara. Te metiste con mi gamulán. Sin atreverme a verlo por miedo a perder los estribos ahí mismo y tirarlo por la ventana del octavo piso en el que estábamos. Te metiste con mi gamulán. Necesitaba tiempo, un poco de aire para ordenar mis ideas, su humillación, mi furia. Para saber cómo reaccionar pero con la cabeza fría, sin cometer un alevoso y torpe asesinato del que nadie pudiera salvarme luego.

     Cristian por fin supo que se había metido en algo gordo. Cuando yo giré y lo miré a los ojos, él pudo ver que los míos estaban como inyectados en sangre. Del susto que tenía, noté que le costaba articular las palabras, y le interrumpí esa suerte de melodía tartamudeante y ridícula que salía de su boca temblorosa. Lo mandé a callar extendiendo mi palma y llevándome el índice a los labios. Saqué mi celular del bolsillo y marqué el primer número de la tarde, una llamada de larga distancia, esperando contactar con mi padre. De él había heredado el gamulán al cumplir mis dieciocho, unos veinte años atrás.

     Cuando le expliqué escuetamente lo que había pasado con Cristian, su primera reacción fue decirme que podía subirse al primer vuelo y venir a verme. Pero le dije que no hacía falta, que no quería perder tanto tiempo. Decidimos ambos saltarnos un eslabón de la cadena para resolver el desaguisado, en ese caso prescindir de mi propio padre. ¿Pero el abuelo estará en condiciones?, le pregunté sabiendo de su situación delicada, pero la respuesta de mi papá fue contundente: más delicado era que un impertinente se hubiera mofado del gamulán. Mientras finiquitaba la charla, el impertinente intentaba destrabar la puerta que mi mujer había dejado bien cerrada. ¿Qué pasa, Javi?, dejame de joder, me decía Cristian asegurándome que como broma ya estaba bien. ¿Sí?, ¿te parece?, lo hubieras pensado antes de meterte con algo sagrado de la familia, le contesté rabioso.

     Durante las dos horas que tardaría en llegar mi abuelo, casi no le dirigí la palabra a Cristian que no paraba de caminar por la habitación. Yo, para matar el tiempo, me fumé cuatro cigarrillos y hasta le ofrecí uno a Cristian, y ante su reiterada negativa le recalqué que dicen que hay que probar de todo antes de morir. Me reí con malicia ante mi propia ocurrencia y acto seguido observé que como respuesta a mi broma se dibujaba una pizca de terror en los ojos de Cristian. De golpe se oyeron ruidos en la cerradura de la única puerta. Mi abuelo.

     Entraron tres de mis seis tíos acompañando al jefe de la familia. El enfado y la agitación que traían encima eran monumentales. La silla de ruedas de mi abuelo no cabía en el diminuto ascensor de mi edificio, por lo cual habían tenido que cargarlos, al mamotreto con ruedas y a su padre, ocho pisos por la incómoda y oscura escalera. Doscientos veinticuatro escalones hasta llegar a mi departamento. Les tomó un par de minutos recuperar el aliento mientras escrutaban de pies a cabeza a Cristian, que en un rincón de la sala parecía haber quedado petrificado y mudo.

     Mis tíos ya estaban al tanto de la afrenta, pero para asegurarse me pidieron que les recordara en qué circunstancias había caído la blasfemia sobre la prenda más emblemática de la familia. Sólo al repetir la descarada frase con la que Cristian había injuriado al gamulán, a mi abuelo lo invadió un repentino ataque de tos que desconocíamos si provenía de la garganta o del corazón, su viejo corazón de casi noventa años que había vivido ya tantos sinsabores. Aunque nunca hubiera imaginado presenciar un trago amargo tan humillante sobre el ocaso de sus días.

     No trates de hablar, abuelo, lo quise tranquilizar viendo que él luchaba por carraspear algo que se nos hacía tan inaudible como enigmático. Mi tío Pepe le alcanzó un bolígrafo y un trozo de papel, y el viejo apoyó la hoja sobre uno de sus muslos y garabateó con letra temblorosa cuatro palabras que iban a disparar una larga explicación: la historia del gamulán. Víctor, por ser el mayor y también el más locuaz, empezó con el relato que allí conocíamos todos, menos Cristian, claro, porque de haberlo sabido jamás hubiera hecho lo que hizo.

     El gamulán había pertenecido a mi bisabuelo, italiano de nacimiento y contrabandista de vocación, que lo había mandado a hacer a medida a una humilde sastrería de barrio en la Sicilia de finales del diecinueve. Había sido su abrigo favorito desde que se lo probara por primera vez frente al espejo, y luego se transformaría en su seña, su talismán, su identidad. Donde él iba, iba el gamulán, y sus íntimos le aclaraban a los más lejanos de su círculo que deberían operarlo para arrancárselo de encima, tal era su devoción por el abrigo.

     Los turbios negocios que le permitieron a mi bisabuelo vivir holgadamente en una Italia pobre que se descosía y deshilachaba bajo los resquemores de la primera guerra, sin que él lo presagiara, pronto lo acorralarían hasta llevarlo al peor final. Una transacción salió mal y tocó ajustar cuentas. Mi bisabuelo, además del gamulán, tenía una amada esposa y había visto nacer a su único hijo, aquel que noventa años después respiraba asmáticamente sobre una silla de ruedas mientras se relataba su historia.

     Una historia en la que, cuando mi abuelo apenas tenía meses de vida y dormía sobre una desordenada cama llena de ropa, un trío de mafiosos irrumpió en la casa donde estaban su padre y su madre. Mi bisabuelo rara vez iba armado y esa tarde no fue la excepción. Sabiéndose perdido, le rogó a su esposa que se escondiera inmediatamente en la habitación secreta donde guardaba el contrabando y, sin tiempo para pensar en otra cosa, manoteó el gamulán que estaba en una silla y cubrió a su hijo por completo. La criatura dormía tan profundamente cobijada por el abrigo favorito de su padre que ni siquiera se despertó cuando en la habitación de al lado le dispararon, con silenciador, dos tiros a quemarropa al contrabandista. Los mafiosos vieron que no había nadie más en la casa y se marcharon. Mi abuelo fue socorrido media hora después por los brazos de su madre que quedaría desalmada y viuda, y que le contaría años después toda la historia a su hijo. Lo había salvado el gamulán, que después pasaría como un legado a los primogénitos de la familia; de mi abuelo a mi padre, y de mi padre a mí.

     Cristian pedía perdón a los gritos en el momento en que lo íbamos subiendo hasta la terraza del piso trece, pataleando en el aire mientras dos de mis tíos le sujetaban un brazo cada uno. Podrían haber usado el ascensor pero decidimos ir todos juntos en solemne procesión, Víctor y yo por detrás de ellos cargando con el abuelo en su silla. La puerta estaba abierta y cuando salimos se nos presentó un día espléndido, con sol, ni una nube y ni una gota de viento. Le pregunté a Cristian si sufría de vértigo pero todo lo que ofrecía como respuesta era que éramos una familia de locos de mierda.
     Pensó que sin duda íbamos a empujarlo al vacío y nos advertía que eso no iba a quedar impune. Mi tío Pepe siempre se caracterizó por ser el más gracioso de la clase, y dijo que podíamos contar que Cristian era un tipo tan distraído que había salido a fumar a la terraza y al arrojar el cigarrillo se había olvidado de soltarlo. El desesperado Cristian le daba crédito a la incoherencia que había soltado mi tío, aclarándonos que todo el mundo sabía que él no era fumador, que nadie iba a creerse esa historia.

     Cuando, sosteniéndolo por los pies, mis tíos pusieron a Cristian cabeza abajo y viendo a lo lejos, en el pavimento, a los coches en fila del tamaño de hormigas, la cosa se puso bastante seria. Volví a intervenir después de varios minutos porque al fin y al cabo era mi amigo, pidiéndole que me jurara que nunca en su vida iba a volver a mofarse de mi gamulán. Mi abuelo seguía la escena bien aferrado a su silla en el centro de la terraza, porque él sí que le tenía un miedo atroz a las alturas.

     Al decirme Cristian que me juraba por la vida de Matilde y Clotilde que jamás se burlaría otra vez de mi gamulán supuse que ya era suficiente. Que sin duda Matilde y Clotilde serían personas muy cercanas a él y también guardarían alguna historia dramática del calibre de la de mi bisabuelo. Mi abuelo levantó lo más rápido que pudo su mano en clara señal de que paráramos todo. Por la acción de mis tíos de quitarlo de la superficie que daba al vacío, a Cristian volvió a girarle ciento ochenta grados el mundo y por fin sus zapatillas pudieron pisar suelo firme. En respetuoso silencio lo dejamos ir, y él se marchó rápido por miedo a que se nos cruzara por nuestra cabeza arrepentirnos. Obviamente, jamás volvería a verlo.

     Despedí a mi familia y bajé a dar un paseo. En la esquina, mientras esperaba el semáforo, un automóvil arrancó antes de tiempo y le pasó finito a otro que cruzaba por esa misma bocacalle. El conductor del segundo vehículo sacó medio cuerpo por la ventanilla y empezó a insultar sin reparos al hombre responsable de la imprudente maniobra. Le decía de todo, y cada vez más fuerte ante la vista de varias personas. Entonces me fui pensando que así no íbamos a llegar a ningún lado. Que hay gente que está muy desequilibrada, violenta e intolerante, sin necesidad ni sentido. Me fui pensando todo eso mientras metía las manos en los bolsillos de mi gamulán.
 
 


martes, 12 de febrero de 2013

Diálogos con mi hijo

por Javier Debarnot
     
     ¿Te gustaría que viniera una planta gigante y te arrancara un brazo?, le pregunté a mi hijo después de que él, con una pizca de inocencia y otra de malicia luchando cuerpo a cuerpo dentro de su coraza de niño de cuatro años, le amputara una hoja a un olivero. Nada raro hasta ahí, nada fuera de lo normal hasta que dilucidé por el rabillo de mi ojo que algo verde y gigante se acercaba amenazador hacia nosotros. Era ella, la apocalíptica planta gigante, aquella que le había mencionado a mi primogénito, que venía a cobrar venganza por la salvajada cometida y nos superaba en tamaño haciendo que yo me sintiera como un liliputiense, y ni que hablar del pequeño destructor que llevaba mi sangre en sus venas: él era como una hormiguita al lado de la flora enfurecida.
     No vi a nadie a nuestro alrededor salvo esos pedazotes de ramas entrelazados que avanzaban en zigzag buscándolo a él, a mi hijo, por la osadía de haber abusado unos segundos antes de una pequeñísima hermana de su misma verde especie. No valía la pena quedarme a explicarle a ella que yo había hecho lo posible por aleccionar al pequeño asesino de la plantita; tocaba más bien correr, sin preguntarnos si estábamos viviendo una situación real o formábamos parte de una pesadilla de ciencia ficción o cine catástrofe. Le dimos con tanto ritmo a tantas buenas zancadas, bah, en realidad había sido yo el que había apurado los pasos llevando a mi hijo casi flameando en el aire, pero fue tal nuestro esfuerzo que en poco tiempo pudimos sacarle un buen trecho de distancia a la planta enemiga. Aún así, con cautela y sin confiarnos, continuamos al trote manteniendo a nuestro ecológico acechador a raya.
     Entonces mi hijo se detuvo en seco, y yo tuve que frenar de golpe para que no se diera de bruces contra la acera. Al preguntarle qué le ocurría, él no pudo articular palabra. Nada salía de su boca pero noté que sí asomaba algo verde por detrás de su lengua. Empezaron a inflársele los mofletes y, cuando a punto estuve de empezar a pedir auxilio como un desaforado, se le abrieron los labios y la cosa verde fue expulsada de un salto hacia fuera. Ya en el suelo, el bulto dio un par de brincos y se alejó haciendo croc, croc. ¡Un sapo, mi hijo acababa de escupir un condenado sapo! Alienado por el pequeño detalle de que nos venía persiguiendo una planta gigante, ni se me pasó por la cabeza que, veinte minutos atrás, cuando un amiguito le había pedido un caramelo a mi hijo, éste lo negó egoísta y yo, vanagloriándome de mi sabiduría de un tipo de más de treinta y seis abriles, le escupí la inocente pero siempre efectiva maldición de que el que come y no convida…, y sí, le había crecido nomás el sapo pero ya no estaba en su barriga.
     El tallo verde seguía incansable detrás de nosotros y no debíamos entretenernos. Al doblar una esquina creímos perderlo de vista, aunque por las dudas nos asomamos a ver si realmente era así. Mientras arqueábamos los cuellos para echar el vistazo, a mi hijo se le ocurrió hacer una gracia y, llamándome para que no me la perdiera, se puso bizco con esa habilidad tan infantil y divertida. Entonces le dije que tuviera cuidado de hacer esas estupideces, no sea cosa que un golpe de viento… ¡nooooo!, una ráfaga de aire le dio en ese preciso instante en toda la cara, mi hijo intentó regresar sus ojos al lugar original pero no, ahí le quedaron, pareciéndose a los de aquel viejo jugador de apellido Labruna que tenía un ojo mirando hacia el campo y otro hacia la tribuna. Supongo que fue ahí, en ese momento, cuando me dije “¡ojo!” y empecé a intentar hilar uno y otro hecho, o más bien toda esa serie de desgracias que nos iba persiguiendo, buscándole el denominador común a todas ellas, el quid de la cuestión, o lo que sea. Pero me costaba hallarlo.
     El problema era que mi hijo veía doble y eso motivaba que avanzara a tientas, porque temía chocarse con el caño de un semáforo que en realidad estaba dos metros a la derecha de su trayectoria. Y la planta justiciera, aprovechándose de nuestro andar tuerto y titubeante, nos había ganado metros y empezaba a acercarse. Estábamos complicados, pero no podía vencernos un ser viviente al que le sobraba savia pero no sabiduría como tiene un ser humano, reflexioné. Además iba a resultar paradójico que un vegetal se manducara a mi único hijo que era fanático de las verduras. Algo se me tenía que ocurrir.
     ¡Nuestro vecino Aníbal!, me llegaron esas tres palabras como si fueran el Eureka de Arquímedes. Recordé que en su casa, que estaba a dos manzanas, tenía un jardín que cuidaba obsesiva y pulcramente, sobre todo las enredaderas que trepaban por la empalizada lateral, ocupándose siempre de que no invadieran las ventanas de sus vecinos, y para evitar que aquello ocurriera usaba un veneno con el que rociaba a las ramas rebeldes para que desfallecieran antes de cruzar los límites establecidos. Pensé que si tan sólo pudiéramos pedirle a Aníbal ese líquido, acaso éste podría ser la kryptonita de la planta gigante que tramaba despedazarnos.
     Al cuarto timbrazo el dueño de casa salió a atendernos. Intentando ser todo lo sintético que se podía, más que nada porque el enorme trozo de olivero estaba a apenas quince metros de distancia, procuré que Aníbal entendiera que necesitábamos ya mismo el veneno anti-enredaderas. Pero poco tardé en comprender que nuestro vecino tenía la mirada ida, el rostro excesivamente blanco y apagado y encima no dejaba de divagar. A la cuarta incoherencia que soltó decidimos seguir viaje y descartar ese plan repelente. Aceleramos otra vez nuestra huida mientras mi hijo, preguntándome primero por qué no nos habían ayudado los dos señores Aníbal, después me dijo que seguro que habían quedado tontos por estar tantas horas viendo la tele. Esa cantinela me sonó muy familiar, porque era lo que yo mismo le advertía a él que podía ocurrirle a partir de ver el cuarto capítulo seguido de Bob Esponja.
     Finalmente, con la lengua afuera y sin dejar de correr porque la planta gigante no se detenía, llegamos a la puerta del colegio. Y había niños, padres, y también otros personajes que no solían verse habitualmente en la escenografía de cualquier centro educativo. Un par de promotores, que para mi hijo eran cuatro, repartían unos folletos de un circo de pueblo y, junto con la publicidad, les daban caramelos a los niños. Distrayéndome al mirar por detrás de mi hombro el lugar donde andaba el olivero vengador, mi pequeño se adelantó y quedó a la merced de uno de los extraños repartidores. Alargó la mano. Recibió su ración. Y pelándolo en un santiamén, justo cuando yo volví la vista al frente vi cómo se metía el caramelo en la boca. 
     Perdido por perdido, y con la sombra de la planta gigante que ya empezaba a despedazar la luminosidad que cubría casi toda la entrada del colegio, en lugar de reprender a mi hijo decidí imitarlo. Me comí uno de esos caramelos y tomé a mi pequeño de la mano, y supongo que casi simultáneamente los efectos nos causaron estragos en nuestros cerebros. Drogados de los pies a la cabeza, notamos que desaparecieron los repartidores, los otros niños y los padres. Mi hijo dejó de ver doble. Y la planta gigante, aquella que a punto estuvo de caernos encima con sus verdosas y afiladas garras para someternos a juicio o fotosíntesis o quién sabe qué, por suerte ella también se esfumó.
     Entonces pensé, mirando a mi hijo mientras le pasaba tiernamente mi mano sobre su cabeza, en lo bueno que resulta que tantas idioteces y mentiras que solemos decirles a ellos son apenas eso, idioteces y mentiras sin sentido. Porque si fueran reales, al menos la mitad de ellas, estaríamos en serios problemas, ¿o no?

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