martes, 12 de febrero de 2013

Diálogos con mi hijo

por Javier Debarnot
     
     ¿Te gustaría que viniera una planta gigante y te arrancara un brazo?, le pregunté a mi hijo después de que él, con una pizca de inocencia y otra de malicia luchando cuerpo a cuerpo dentro de su coraza de niño de cuatro años, le amputara una hoja a un olivero. Nada raro hasta ahí, nada fuera de lo normal hasta que dilucidé por el rabillo de mi ojo que algo verde y gigante se acercaba amenazador hacia nosotros. Era ella, la apocalíptica planta gigante, aquella que le había mencionado a mi primogénito, que venía a cobrar venganza por la salvajada cometida y nos superaba en tamaño haciendo que yo me sintiera como un liliputiense, y ni que hablar del pequeño destructor que llevaba mi sangre en sus venas: él era como una hormiguita al lado de la flora enfurecida.
     No vi a nadie a nuestro alrededor salvo esos pedazotes de ramas entrelazados que avanzaban en zigzag buscándolo a él, a mi hijo, por la osadía de haber abusado unos segundos antes de una pequeñísima hermana de su misma verde especie. No valía la pena quedarme a explicarle a ella que yo había hecho lo posible por aleccionar al pequeño asesino de la plantita; tocaba más bien correr, sin preguntarnos si estábamos viviendo una situación real o formábamos parte de una pesadilla de ciencia ficción o cine catástrofe. Le dimos con tanto ritmo a tantas buenas zancadas, bah, en realidad había sido yo el que había apurado los pasos llevando a mi hijo casi flameando en el aire, pero fue tal nuestro esfuerzo que en poco tiempo pudimos sacarle un buen trecho de distancia a la planta enemiga. Aún así, con cautela y sin confiarnos, continuamos al trote manteniendo a nuestro ecológico acechador a raya.
     Entonces mi hijo se detuvo en seco, y yo tuve que frenar de golpe para que no se diera de bruces contra la acera. Al preguntarle qué le ocurría, él no pudo articular palabra. Nada salía de su boca pero noté que sí asomaba algo verde por detrás de su lengua. Empezaron a inflársele los mofletes y, cuando a punto estuve de empezar a pedir auxilio como un desaforado, se le abrieron los labios y la cosa verde fue expulsada de un salto hacia fuera. Ya en el suelo, el bulto dio un par de brincos y se alejó haciendo croc, croc. ¡Un sapo, mi hijo acababa de escupir un condenado sapo! Alienado por el pequeño detalle de que nos venía persiguiendo una planta gigante, ni se me pasó por la cabeza que, veinte minutos atrás, cuando un amiguito le había pedido un caramelo a mi hijo, éste lo negó egoísta y yo, vanagloriándome de mi sabiduría de un tipo de más de treinta y seis abriles, le escupí la inocente pero siempre efectiva maldición de que el que come y no convida…, y sí, le había crecido nomás el sapo pero ya no estaba en su barriga.
     El tallo verde seguía incansable detrás de nosotros y no debíamos entretenernos. Al doblar una esquina creímos perderlo de vista, aunque por las dudas nos asomamos a ver si realmente era así. Mientras arqueábamos los cuellos para echar el vistazo, a mi hijo se le ocurrió hacer una gracia y, llamándome para que no me la perdiera, se puso bizco con esa habilidad tan infantil y divertida. Entonces le dije que tuviera cuidado de hacer esas estupideces, no sea cosa que un golpe de viento… ¡nooooo!, una ráfaga de aire le dio en ese preciso instante en toda la cara, mi hijo intentó regresar sus ojos al lugar original pero no, ahí le quedaron, pareciéndose a los de aquel viejo jugador de apellido Labruna que tenía un ojo mirando hacia el campo y otro hacia la tribuna. Supongo que fue ahí, en ese momento, cuando me dije “¡ojo!” y empecé a intentar hilar uno y otro hecho, o más bien toda esa serie de desgracias que nos iba persiguiendo, buscándole el denominador común a todas ellas, el quid de la cuestión, o lo que sea. Pero me costaba hallarlo.
     El problema era que mi hijo veía doble y eso motivaba que avanzara a tientas, porque temía chocarse con el caño de un semáforo que en realidad estaba dos metros a la derecha de su trayectoria. Y la planta justiciera, aprovechándose de nuestro andar tuerto y titubeante, nos había ganado metros y empezaba a acercarse. Estábamos complicados, pero no podía vencernos un ser viviente al que le sobraba savia pero no sabiduría como tiene un ser humano, reflexioné. Además iba a resultar paradójico que un vegetal se manducara a mi único hijo que era fanático de las verduras. Algo se me tenía que ocurrir.
     ¡Nuestro vecino Aníbal!, me llegaron esas tres palabras como si fueran el Eureka de Arquímedes. Recordé que en su casa, que estaba a dos manzanas, tenía un jardín que cuidaba obsesiva y pulcramente, sobre todo las enredaderas que trepaban por la empalizada lateral, ocupándose siempre de que no invadieran las ventanas de sus vecinos, y para evitar que aquello ocurriera usaba un veneno con el que rociaba a las ramas rebeldes para que desfallecieran antes de cruzar los límites establecidos. Pensé que si tan sólo pudiéramos pedirle a Aníbal ese líquido, acaso éste podría ser la kryptonita de la planta gigante que tramaba despedazarnos.
     Al cuarto timbrazo el dueño de casa salió a atendernos. Intentando ser todo lo sintético que se podía, más que nada porque el enorme trozo de olivero estaba a apenas quince metros de distancia, procuré que Aníbal entendiera que necesitábamos ya mismo el veneno anti-enredaderas. Pero poco tardé en comprender que nuestro vecino tenía la mirada ida, el rostro excesivamente blanco y apagado y encima no dejaba de divagar. A la cuarta incoherencia que soltó decidimos seguir viaje y descartar ese plan repelente. Aceleramos otra vez nuestra huida mientras mi hijo, preguntándome primero por qué no nos habían ayudado los dos señores Aníbal, después me dijo que seguro que habían quedado tontos por estar tantas horas viendo la tele. Esa cantinela me sonó muy familiar, porque era lo que yo mismo le advertía a él que podía ocurrirle a partir de ver el cuarto capítulo seguido de Bob Esponja.
     Finalmente, con la lengua afuera y sin dejar de correr porque la planta gigante no se detenía, llegamos a la puerta del colegio. Y había niños, padres, y también otros personajes que no solían verse habitualmente en la escenografía de cualquier centro educativo. Un par de promotores, que para mi hijo eran cuatro, repartían unos folletos de un circo de pueblo y, junto con la publicidad, les daban caramelos a los niños. Distrayéndome al mirar por detrás de mi hombro el lugar donde andaba el olivero vengador, mi pequeño se adelantó y quedó a la merced de uno de los extraños repartidores. Alargó la mano. Recibió su ración. Y pelándolo en un santiamén, justo cuando yo volví la vista al frente vi cómo se metía el caramelo en la boca. 
     Perdido por perdido, y con la sombra de la planta gigante que ya empezaba a despedazar la luminosidad que cubría casi toda la entrada del colegio, en lugar de reprender a mi hijo decidí imitarlo. Me comí uno de esos caramelos y tomé a mi pequeño de la mano, y supongo que casi simultáneamente los efectos nos causaron estragos en nuestros cerebros. Drogados de los pies a la cabeza, notamos que desaparecieron los repartidores, los otros niños y los padres. Mi hijo dejó de ver doble. Y la planta gigante, aquella que a punto estuvo de caernos encima con sus verdosas y afiladas garras para someternos a juicio o fotosíntesis o quién sabe qué, por suerte ella también se esfumó.
     Entonces pensé, mirando a mi hijo mientras le pasaba tiernamente mi mano sobre su cabeza, en lo bueno que resulta que tantas idioteces y mentiras que solemos decirles a ellos son apenas eso, idioteces y mentiras sin sentido. Porque si fueran reales, al menos la mitad de ellas, estaríamos en serios problemas, ¿o no?

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajaja con el anticipo que me mandaste ya me reía. ¿La moraleja cual sería? ¿Mejor no hablarle a nuestros hijos?

Abrazo.

Martín

chapi dijo...

Yo creo que no hace falta que tenga moraleja. Es simplemente una linda forma de reirse de las cosas que se le dicen a los niños. Me encantó los de que a la planta le sobra savia pero no sabiduría! jaja

Anónimo dijo...

Jajaja... mi vieja era de esas, y yo pensaba: ¿pero si nunca vi que a un chico le salga un sapo en la barriga? o le queden los ojos torcidos...pero claro si lo decía mi vieja era ¡palabra santa!. Supongo que la moraleja es esa, que con los años, acabas viendo que no todas las palabras de los viejos son tan santas ni tan sabias. A veces los padres les decimos muchas tonterías a nuestros hijos. ¿Será que tendremos que ser más realistas para luego no perder credibilidad?...
Andre.

Anónimo dijo...

Somos tal cual lo contás, hablamos por demás, decimos de manera muy seria y “creible” (para ellos, pobres chiquitines!) tantas cosas necias, fantasiosas e irreales al reprenderlos… sin darnos cuenta que ellos miran nuestras conductas, nos observan todo el tiempo, y nuestras actitudes son las que valen… mucho más que las palabras! EXCELENTE cuento para padres, para salir de la burbuja y enseñarnos a educar con obras!

Mari

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