martes, 26 de marzo de 2013

La final más larga del mundo

por Javier Debarnot

     Los había ido despachando uno a uno. El problema para los periodistas fue cuando calificaron al primero de sus partidos como “paliza”. ¿Y después qué? ¿Qué adjetivos ponerle a las sucesivas, arrolladoras y casi idénticas victorias de Michael Dowenson? Conviviendo en las tierras de Hollywood, algunos críticos que en realidad eran directores de cine frustrados, sugirieron en un arresto de genialidad notable los títulos de “Paliza II”, “Paliza III”, “Paliza IV, el regreso” y así sucesivamente para los triunfos del fantástico tenista norteamericano.

     Por el otro lado venía el ruso Boris Stacanov, antes del torneo una incipiente promesa, y con el correr de los partidos y más que nada con su incansable trajinar en la cancha se había transformado en la sensación del momento. Hablando de un tenista potente en lo previo, nos encontrábamos ante un verdadero prepotente, un profesional cuyo ímpetu siempre lo llevaba a insultar a los jueces de silla, de línea y de la Nación, sobre todo a este último, cuando condenó al deportista a una “probation” de dos años en Moscú por haber atropellado a diecisiete perros con su Ferrari. Cabe destacar que el paseador que había dejado cruzar solos a los pichichos también había sido procesado, cuando el dueño del ovejero “Marx”, una de las víctimas fatales, le metió el brazo en una procesadora eléctrica hasta mutilarle tres dedos.

     Arrancó sacando Michael Dowenson y parte del estadio se encontraba intrigado por ver cuál sería la reacción de Boris. El 1 a 0 a favor del local se consumió tan rápido como se le había derretido un helado entre los dedos a una insoportable criatura de la segunda fila, pero cuando llegó el turno del servicio de Stacanov se confirmó que no importaba el miedo escénico o la presión de jugar la final más importante del mundo del tenis. El ruso seguía pegándole a la pelota como un animal y puso rápido el 1 a 1 en el primer set

     En distintos bares de la fría Moscú, los parroquianos pedían que saquen los programas de ballet para ver las imágenes que llegaban de Las Vegas, y así poder mechar las rondas de vodka con los acribilladores saques de Boris. Aunque el partido era muy parejo, finalmente Dowenson se quedó con la primera manga por 7 a 6, pero la final se definía al mejor de cinco. El segundo set fue también para el norteamericano por el mismo resultado, con lo cual para coronarse campeón, sólo le faltaba ganar el tercero.

     Cuando por fin dieron las siete de la tarde en el estado de Nevada, el tercer set ya estaba en pleno desarrollo, y definir cada juego costaba casi tanto como levantar del suelo a los fanáticos de Boris, que sucumbían allí, borrachísimos de vodka, tratando de que sus ojos siguieran entreabiertos en busca de captar la luz despedida por el viejo televisor del bar. Nuevamente se llegó al 6 a 6 y el tie-break volvió a colarse en la definición. Dowenson comenzó sacando y en pocos minutos dejó un 4 a 1 a su favor, que se estiró a 5-1 con un fantástico revés cruzado aplaudido de pie por todo el estadio. El bueno de Mike, demostrando que se puede ser profeta en su tierra, nunca había estado tan cerca, casi viéndole la cara a la mismísima gloria. Solamente dos puntos lo separaban de la consagración, del panal de abejas revoloteando y zumbando alrededor de las mieles del éxito.

     Pero hubo reacción del ruso, que en un rapto de genialidad y rudeza, torció el destino de ese tercer set y terminó haciéndolo propio por 10-8 en el tie-break. Dowenson lanzó un rugido al aire que recordó quizás al de un fiero león en un abarrotado Coliseo romano a punto de deglutirse a un cristiano. Pasó el descanso y dio comienzo el cuarto set, y pareció como que habían cambiado los rivales. A Dowenson se lo notaba errático y Boris era otra persona, conservando su potencia pero sumándole audacia, elasticidad y ganas de asumir riesgos. Antes de que el coach del norteamericano pudiera atinar a cambiar la táctica de su pupilo, Stacanov se impuso en ese set por 7 a 5 y dejó las cuestiones con una paridad escalofriante. Se iba a una quinta manga, y quien la ganara se quedaría con todo.

     Iban ya cuatro horas y media de juego. En cada rincón de Rusia todos hablaban del nuevo héroe nacional, y en el resto del mundo se hacía más fuerte el boca a boca en distintos idiomas que advertía que “allá en Estados Unidos hay dos que se están matando a pelotazos”. Según lo estipulado por las reglas de todo torneo de Grand Slam, en el quinto y definitorio set la diferencia tendría que ser sí o sí de dos games, y en el caso de que no se diera tempranamente, continuar jugando hasta que a la postre se logre por parte de uno de los contendientes. Todo hacía prever que el epílogo de la contienda iba a alargarse un rato.

     Boris Stacanov comenzó desplegando un juego sobresaliente que le valió la obtención de los primeros tres juegos, pero hubo un quiebre en el cuarto game, o en realidad algo bastante parecido, cuando el ruso sufrió un esguince de su índice. Dowenson vio la oportunidad para repuntar su juego, y así fue. El norteamericano dio vuelta el trámite y pasó a encabezar el quinto set por 5 a 3, faltándole nada más que un game para alzarse con la ansiada victoria. Eran las nueve de la noche e increíblemente ya se llevaban jugadas unas eternas cinco horas, de lo que hasta allí era la final más espectacular de la historia del tenis. Pero la furia se hizo carne en el cuerpo del moscovita, y además de ganar ese punto, se impuso en los quince siguientes, dejando el tanteador en un 6-5 a su favor.

     El tenista local igualó el quinto set dejándolo en un electrizante seis iguales. Como había sido mencionado con anterioridad, el partido se tendría que definir por diferencia de dos games, así que, como mínimo, para ganar habría que llegar a ocho. Siguieron ganando un juego cada uno, hasta llegar a un 28 a 28 tras ocho horas de juego, justo cuando el sábado le dio paso al domingo. Al amanecer, los finalistas estaban igualando 57 a 57, y un rato antes, en las oficinas centrales de una muy popular marca de pilas alcalinas que utiliza al muñeco de un conejo para sus anuncios televisivos, se había convocado una reunión de urgencia con los principales creativos de la agencia de publicidad que manejaba su cuenta. Había sido suficiente, mientras los redactores degustaban porciones de una tibia pizza de pepperoni, con que el gerente de marketing encendiera el monitor de la sala de reuniones, sintonizara el canal donde transmitían en directo la final entre el americano y el ruso, y señalando la pantalla indicara “queremos eso para la próxima campaña”.

     Cuando se estaba por cumplir el día completo de juego ininterrumpido, ya iban 93 a 92, y estaban batiendo decenas de récord Guinnes, incluyendo mayor cantidad de aces, de insultos a los jueces, de raquetas rotas por parte del yanqui, de litros de agua consumida por ambos, y de ocasiones en las que se había desmayado uno de los ball-boys, el gurrumino de doce años, que no podía soportar seguir en pie aunque en lo que iba del día ya le habían dado tres bananas y un poco de jugo. Llegando a las treinta horas, siendo las diez de la noche del domingo, Mike estaba liderando el set por 125 a 124. A esa altura, tanto él como Boris esgrimían cualquier tipo de imperceptible dolencia para ganar aunque sea unos minutos, y el colmo fue cuando el ruso acusó un terrible calambre en su oreja izquierda, lo que según su entrenador no le permitía escuchar con claridad los gritos de los jueces de línea vinculados a si las pelotas eran buenas o malas.

     A las once del lunes, cuando de a ratos ambos tenistas parecían estar jugando en cámara lenta y pasaban la pelota con cierta parsimonia, las cifras del tanteador seguían aumentando sin reconocer límite alguno. Iban 184-184. En las alturas de los grandes rascacielos yanquis se habían concentrado diversos grupos de manifestantes de la calaña de los que suelen estar en contra del sistema en cualquiera de sus formas. Por esas horas, tanto en la terraza del Empire States como en la de la Torre Sears de Chicago, los que se aglomeraban eran individuos anti-Boris y anti-Dowenson, portando pancartas con los rostros tachados de los deportistas e incluso rogando a potenciales alienígenas para que descendieran con sus naves y los secuestraran con tal de no soportar más vivir en un mundo paralizado por un simple partido de tenis.

     Luego de sobreponerse a treinta y cuatro match-points en las últimas cinco horas, y a punto de cumplirse los dos días consecutivos de juego, Stacanov tenía su servicio con la ventaja de 214 a 213 a su favor, y 40-30. Un punto más y todo sería suyo. A las 16:05, Boris lanzó la pelotita al aire, fijó su mirada en ella y la golpeó en el punto más alto de su trayectoria. La pequeña esfera verde fluorescente recorrió sólo unos seis o siete metros luego del impacto en la raqueta del recio tenista, suficientes para atravesar la red y pasar al espacio aéreo del terreno rival, hasta el preciso segundo en que se elevó violentamente hacia arriba, en dirección al techo del Kingston King, que se resquebrajó en un par de suspiros. Todo fue muy rápido y el destino se sentenció en una ínfima porción de minuto. El terremoto había llegado a 7.5 en la escala de Richter según los más prestigiosos sismólogos de la región oeste de los Estados Unidos. Los daños fueron devastadores en esa zona de Nevada, consumiendo al estadio y a todo lo que figuraba a quince kilómetros a la redonda a un manojo de destrozos, muerte y escombros. No quedó un alma viva en el interior del mítico escenario donde se había estado disputando el partido más conmovedor de la historia del deporte.

     Cuentan que exactamente cuarenta y siete segundos después de que se hubiera agrietado la tierra destruyendo y apilando cemento y cuerpos en una suerte de montaña sepulcral, una pelota verde brotó de la nada, se deslizó entre la maraña de restos y cayó al vacío hasta ser detenida por un pedazo de suelo, cubierto aún por polvo de ladrillo en donde se asomaba una línea blanca formando un ángulo recto. Esa porción de suelo, apilada entre cientos de elementos derruidos, aseguran que formaba parte del campo de juego que antes del terremoto pertenecía a Dowenson. El pique del balón se había dado sobre el fleje. Era buena y entonces significaba el triunfo de Stacanov. Increíble, ¿no?


 

martes, 12 de marzo de 2013

En prisión, nada es lo que parece

por Javier Debarnot


     Ocho años pasó José en el Instituto Correccional de Menores de Sevilla y, después de allí, aterrizó casi sin escalas en la Penitenciaría Provincial de Málaga. Cuatro años más tarde le tocaría el Penal número 7 de Gibraltar donde completó siete temporadas tras los muros. Pero nada de eso parecía ser suficiente para José. Nada le hacía torcer el rumbo o más bien modificar drásticamente los escenarios en los que había decidido seguir protagonizando sus días.
     Quizás por aquellos antecedentes que le daban forma a ese nutrido curriculum, nadie se lo pensó dos veces, ni siquiera una y media, cuando llegó el momento crucial. Hubo otros seis individuos como José intentando quedarse con ese botín aquella tarde de abril. Pero el señalado había sido él. Un funcionario público lo había sometido a un exhaustivo interrogatorio y las respuestas de José disiparon todas las dudas, motivando que el resto de los involucrados fuera desechado y se marchara a casa.
     José Miguel Carranza, apenas una semana después, entró en la Prisión Estatal de Granada, conocida por ser la más peligrosa de toda la región de Andalucía. Ni se imaginaba por aquel entonces cuántos años pasaría en esa cárcel, ni los tormentos que marcarían su existencia y la de los que lo rodeaban.
     El alcalde se la agarró con él desde el primer día y, lo que es peor, no dejaba de instigar a sus guardiacárceles favoritos para que le hicieran la vida imposible. José pronto dejó de ser José y empezó a ser el Obeso, el Gordo Grasiento o simplemente el Culón. Y todo por unos putos siete quilos de más, pensaba la víctima de los motes. Pero podía sobrellevar eso, lo de los apodos, y también que el alcalde le permitiera estar en el patio sólo una semana al mes y que el resto del tiempo debiera dividirlo entre las celdas comunes, los pasillos internos y el comedor. Nada de eso lo desestabilizaba tanto como la hora de ir a las duchas.
     José odiaba el momento del aseo porque, lo sabía por su pasado en otras cárceles, era el tiempo propicio para que los internos sacaran su costado más mugriento. Eran las duchas la ocasión ideal para las agresiones, para los ajustes de cuentas y las vejaciones más desubicadas. En la prisión de Granada todo se regía por una máxima no escrita: todos habían violado la ley para estar entre esas rejas, con lo cual la ley podría cobrar venganza y violar al que sea. Y José estaba allí. Sus noventa y ocho kilos en medio de esa escenografía, con su culo gordo en estado de alerta olfateando el menor movimiento para saber si aquella tarde alguien intentaría violar a alguien. Lo que más lo alarmaba era que los demás, todos los demás, siempre estaban pendientes de él, atentos a un mínimo descuido suyo para actuar, arrimarme, abordar y penetrar, con esa nube de vapor en el medio que manchaba de sombras, espesura e infiernos al blanco de los azulejos. Aún tomando todas las precauciones del caso, José no pudo ni podría en un futuro evitar decenas de violaciones bajo el chorro de agua caliente de las duchas.
     Las pocas veces que José estaba en el patio de la cárcel, su ánimo se desbarrancaba por un precipicio de melancolía. Le era suficiente con ver la pelota de básquet que, lanzada por un veterano interno, se colaba entre las desgastadas redes de la canasta, para que lo invadieran tiempos ya muy lejanos, de interminables partidos con sus primos en una pista cercana a la casa de sus padres en un barrio humilde de La Cartuja, donde después de sudar durante el día lo que soñaba por las noches distaba mucho de esa realidad que finalmente se había forjado, compartida entre ladrones, estafadores y asesinos. Qué sería lo que le había hecho torcer el rumbo para acabar paseando su sombra un día tras otro por las sombras de la mayoría de las prisiones del sur de España. Esa mañana, sus ojos se obnubilaron nostálgicos mientras seguían el pique del desgastado balón naranja contra el suelo de cemento. Y así pasaba el tiempo, ensimismado en las huellas de su niñez, hasta que otra pelota le dio en la cabeza y el pasado bucólico se rompió en pedazos. José atinó por un segundo a reaccionar ante el agresor que parecía estar, unos metros más atrás y mezclándose entre otros jugadores, riéndose con disimulo. Pero José no podía contestar. Sabía muy bien que si osaba responder al pelotazo podía caerle una gorda, porque el alcalde siempre estaba esperándolo.
     Durante la hora del almuerzo siempre pensaba en su esposa y su hija. Ambas se avergonzaban de él, la mujer por la incomprensible repulsión que le tenía y la más pequeña por influencia de su madre. Pero José no perdía las esperanzas de que cambiaran ese sentimiento de vergüenza por uno de orgullo y, entre bocado y bocado, fantaseaba con hacer en la prisión los méritos suficientes para tener una recompensa al final del túnel. Aunque todo estaba muy negro. Si sigues eligiendo estar en la cárcel, le advertía su mujer, acabarás perdiéndolo todo incluyéndola a tu niña. A la fidelidad que se habían jurado doce años atrás ya le habían atrapado con las manos en la masa: todos sabían en el barrio que la esposa de José iba pasando de cama en cama mientras su marido era un simple número, vulgar y cornudo número, de la inexpugnable prisión de Granada.
     Pero era al anochecer cuando a José lo invadían los miedos y los fantasmas. Cuando se encontraba de cara a la celda y, al sonar una estridente chicharra, ésta se cerraba y el silencio tomaba la escena. Casi todos los internos caían rendidos al sueño pero a él le resultaba imposible pegar un ojo. No podía permitírselo. Pasaba noches frías, interminables, casi eternas. Instantes que parecían atrincherarse en el tiempo, y segundos y minutos y horas amontonándose en el reloj del muro mientras José suplicaba que nadie osara hacer nada. Que ninguno estuviera tramando cosas raras, y mucho menos que, de sopetón, unos brazos extraños lo sorprendieran por la espalda y lo inmovilizaran a pesar de que él procuraba estar siempre en guardia, sin dejar de caminar de un lado a otro atento al más mínimo sonido aunque más no sean los pasos de una laucha que se solía inmiscuir por los tubos de ventilación de la tercera planta de celdas comunes. Al igual que en las duchas, cada noche también todos parecían estar pendientes de José. Al acecho. Y él se preguntaba, una noche sí y otra también, hasta cuándo iba a seguir soportando esa presión. Esa condena.
     Por fortuna para José, la mayoría de las veladas nocturnas no ocurría nada. Todo seguía su curso. Aparecía el alcalde y veía que el Culón no había pasado ningún sobresalto.  Hasta cuándo, seguía dándole vueltas José. Para qué seguir tentando a la suerte y, como su propia mujer se lo presagiaba, para qué padecer todo ese sufrimiento si cualquier día podía quedarse sin nada de nada. Pero a pesar de esos miedos y esas pesadillas y esas historias, a menudo los hombres siguen actuando de forma incomprensible. Y es por ello que José decidió, muy a su pesar, seguir haciendo lo único que aprendió a hacer e hizo en su vida. Seguir siendo aquel al que muchos desprecian en la prisión, o en otras palabras, ponerse cada día el uniforme de guardia penitenciario.

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