martes, 9 de abril de 2013

Yo fui barra brava por un día

por Javier Debarnot


     Yo fui barra brava, de verdad, y no en un reality-show de esos que hoy en día te esperan a la vuelta de cada esquina. No existían entonces, hace casi dos décadas, cuando fui uno más de Los Borrachos del Tablón. Tenía diecinueve, suficiente edad para ir preso sin que tengan que llamar a tus padres, pero insuficiente para saber muchas de las cosas que necesitan saberse en la vida, como por ejemplo, dónde estás a punto de meterte.
     Como definición, meterme en la boca del lobo hubiera quedado perfecto en el caso de haber sido un radical de la hinchada en el estadio de Gimnasia y Esgrima de La Plata, equipo al que denominan el “Lobo”. Pero no. Fue peor. Yo fui un barra brava de River en la cancha de San Lorenzo, un miércoles por la noche, en un barrio al que un entrenador adepto a inmortalizar frases dijo alguna vez “acá asaltaron a Rambo, pibe” para definir las adyacencias de ese estadio. Y no se quedaba corto. Ir a ver a San Lorenzo suponía un viaje de alto riesgo que no cualquiera estaba dispuesto a hacer.
     Mucho más peligroso resultaba el hecho de ir solo a esa cancha. Y yo lo hice aquel miércoles de marzo, bah, en realidad está claro que fui acompañado de mi inconciencia. Me subí a un colectivo que iba a llevarme desde una zona apacible hasta la zona de guerra del Bajo Flores, con un primer objetivo entre ceja y ceja: hacer la amistad con algún otro solitario e irresponsable hincha, uno que sea como yo.
     No hay que ser muy listo ni muy sociable para embarcase en la búsqueda de compañía, sólo basta con sentarse al lado de uno que tenga apariencia de estar yendo al fútbol y preguntarle, aunque uno mismo sepa la respuesta y el otro sepa que uno ya la sabe, algo tan obvio y simple como “¿este colectivo me deja cerca de la cancha de San Lorenzo, no?”. Sí, claro, yo me bajo ahí, vamos juntos si querés. Pan comido.
     Ya tenía un acompañante en el bolsillo. Era evidentemente más grande que yo, asemejaba veintitantos y eso me blindaba de tranquilidad. En lo que quedaba de trayecto me contó que un tiempo atrás era uno más de la barra brava, pero en esa época se había tranquilizado aunque más no sea para acallar los ruegos de su madre, que le pedía que no quedara más veces detenido por quebrantar una o varias leyes de seguridad deportiva. Mi eventual compañero de aventuras era, o había sido hasta hacía un tiempo, una auténtica joyita con antecedentes policiales y todo. La tranquilidad que creí haber ganado al empezar a congeniar con él se iba a perder para siempre apenas un rato después.
     Habíamos bajado del colectivo y, caminando hacia el estadio, de repente me confesó que no tenía ni entrada para ver el partido ni dinero para comprarla. ¿Y entonces qué? No pasa nada, vos esperame acá, así me indicó, y cuando yo me puse a un lado, él empezó con un repetido “¿no tenés un peso para la entrada?” y, pesos van, pesos vienen, en un cuarto de hora ya había recaudado lo suficiente como para que le vendieran su ticket. A poco menos de diez minutos para que empezara el partido, estaba todo dispuesto para que nos metiéramos en la tribuna visitante.
     Recorríamos un playón interno para buscar las escaleras de acceso, hasta que los vi a ellos. Él también les echó un ojo, por eso supuse que el siguiente paso iba a ser casualmente enfilar nuestros pasos hacia otro lado. Lo que habíamos divisado a pocos metros era a la barra brava preparándose para entrar, con bombos y platillos, a la tribuna de River, y por toda esa historia que mi nuevo amigo me había contado de sus intenciones de regenerarse y no meterse más en líos, por todo eso pensé que iba a pretender evitarlos. Pero me di cuenta de que era todo lo contrario cuando me dijo “vení, entremos con los pibes”.
     Tuve mis tres segundos de duda en donde pude haber dicho no, gracias. Pero esa noche, en el partido de la inconciencia contra la prudencia que se jugaba en mi cabeza, los primeros empezaron ganando. Y, vamos. A partir de ese instante, me comporté casi como un soldado raso a la orden de algún comandante, o general, o sargento. En realidad, parecía haber varios caciques al frente de la barra brava. Mientras buscaba con la mirada a mi único conocido en medio de ese gentío, alguien de rango superior me indicó que me agarrara a una de las banderas de la hinchada. Mi referente había desaparecido. Obnubilado por los gritos y el humo de las bengalas, yo obedecí la orden y, colgado de un larguísimo paño blanco y rojo, me dejé arrastrar por la marea escaleras arriba. Estaba siendo parte de Los Borrachos del Tablón, como una diminuta hormiga obrera mezclada entre otras doscientas y pico, pero un fragmento al fin de una de las hinchadas más violentas del fútbol argentino.
     Lo que sucede en el momento de aparecer una barra brava en medio del resto de la multitud es sencillamente único. Para mí lo fue aquella noche. Mis ojos no podían hacerse más grandes. Mis ojos hubieran querido hablar, o más bien cantar, al unísono con mi voz y la de otros miles, ese “llegan los Borrachos del Tablón, llegó la hinchada” que era el grito de batalla que la gente común o pacífica también entonaba, con una mezcla de respeto, entusiasmo. O sumisión. A medida que subíamos escalón por escalón llevando los bombos y las banderas, los espectadores ajenos a la barra brava se iban abriendo, apartándose, dejándonos lugar con auténtica y hasta ridícula devoción. Veía como me miraban, como si fuera uno más de ese ejército destinado a la misión de dejar la vida, en algún caso literalmente, por los colores del equipo. Me sentí como una especie de William Wallace, soberbio y altivo, galopando sin cuidado con mi vigoroso y brillante y negro corcel, inmiscuyéndome sin pedir permiso entre el gentío de una plaza abarrotada por familias de escoceses inofensivos, que me vitoreaban conocedores de mi valentía para luchar por su independencia.
     Llegamos al centro, al corazón de la tribuna, y en un par de minutos todo quedó perfectamente acomodado. Cada bandera en su sitio, las propias y las robadas a los rivales como verdaderos trofeos de guerra. Los principales referentes se ubicaron estratégicamente sobre los para-avalanchas, esos caños horizontales puestos cada equis cantidad de metros en los escalones para frenar posibles caídas multitudinarias de gente. Yo me quedé a un lado, procurando pasar lo más desapercibido posible. En el campo de juego, el partido había comenzado, pero siendo parte de la barra brava, el partido es el que se juega del alambrado hacia fuera. Y los rivales, la mayoría de las veces, no llevan justamente la camiseta contraria. Los rivales van de negro y llevan gorra y pistola.
     Cualquier excusa es buena para empezar un pequeño conflicto con la policía, que pasa de minúsculo a grande en un abrir y cerrar de ojos o, lo que es lo mismo, cuando a un oficial le abren la cabeza o le cierran un ojo de una pedrada. No sé exactamente a qué se debió aquella noche el inicio de la hecatombe, ese rifirrafe inicial que se originó en la parte inferior izquierda de la tribuna mientras yo era un número más, y esperaba que no lo sea de prontuario, dentro de la barra brava visitante.
     Tal vez a la policía no le pareció adecuada la tipografía de una de las banderas o “trapos” de los Borrachos. Quizás creyeron los hombres de la ley que la canción que estábamos cantando no debía ser interpretada en do mayor sino en fa sostenido. Daba igual. Siempre estaba escrito que se iba a armar, y finalmente se armó quilombo por algo. Por hache o por be. Nadie miraba lo que pasaba en el campo de fútbol, no interesaba, pero sí llamaban la atención los intercambios de golpes que se daban en el campo de la batalla dentro de la tribuna de River.
     A varios kilómetros de ahí, por televisión, un amigo estaba viendo Crónica TV. Dicho canal es famoso en Argentina porque, al parecer, su creador es o fue en una vida anterior un vampiro hecho y derecho. Huele sangre y allí se dirige, listo para enseñarla cuando ésta brote, si es a chorros, mejor, y sea sangre de cualquier tipo o factor. Por eso, aquella noche una cámara de la emisora estaba clavada enfocando el corazón mismo de los Borrachos del Tablón. Dos líneas de texto en letras blancas y mayúsculas describían la acción como una batalla entre la hinchada de River y la policía. Después enfocaban otra cámara y se veía a decenas de soldados enfundados con camisetas de la banda roja peleando con uniformados en la parte donde se había originado el conflicto. Y otra vez volvían a la imagen del centro de la tribuna, donde los integrantes de la barra brava bajaban corriendo para reforzar a las tropas que se batían con la policía.
     Mi amigo me reconoció en un plano muy corto, con música de fondo de Crónica TV y en directo para todo el país. Me vio recorrer los escalones hacia abajo, junto a otros violentos barra bravas. Y fue testigo de dichas imágenes mientras un locutor relataba que los individuos que salían en pantalla, yo incluido, estaba yendo a pelear cuerpo a cuerpo y mano a mano con la policía.
     Era verdad que, tal como se veía en directo, yo iba bajando. Abandonaba el lugar que había ocupado entre los hinchas más radicales y, al llegar a la parte baja de la tribuna, se me presentaban dos opciones. Podía ir hacia la izquierda para al menos intimidar desde la superioridad numérica a los guardianes del orden, pelear por la supuesta injusticia que se había cometido, ser juez y parte de un grupo marginal rebelándose contra el brazo de la ley. O bien podía ir hacia la derecha, cruzar el alambrado que delimitaba la mitad de la tribuna y dirigirme al sector que aunaba a la clase pacífica de la hinchada, la más sumisa, la que nunca solía causar problemas ni alzar la voz ante la autoridad. ¿Izquierda o derecha?
     Como pasa casi siempre en la vida, la derecha es mucho más cómoda que la izquierda. Y allá me fui, debo confesarlo, resguardando mi integridad física y poniéndole fin a la aventura de haber sido barra brava por un día, bueno, por unas horas, está bien, por unos minutitos. Pero quién me quita lo bailado.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Uyy sos de la pesada... Elige tu aventura, si vas a la derecha ve a la pag.1, si no te cagas y eliges la izquierda ve a la pag. 109.

Abrazo.

Martín

Anónimo dijo...

ya lo dije yo cuando te conoci: El getleman y el barrabrava...eso sos vos.

Andrea CWiki dijo...

Si ya te lo dije yo cuando te conoci, "El Caballero y el Barrabrava" Te acordas de Pato Pekin?

chapi dijo...

Eh! esta historia no me la habías contado nunca!!! Te la estabas guardando? Me encantó!

Hoy, más que nunca, abrazo de gol!

Anónimo dijo...

Genial! Es cierto!?? importa?

Abrazo de gol again

Gon

Anónimo dijo...

Hola Javier, yo trabajo con Gonzalo y voy a la cancha desde hace 25 años y me senti identificado con el relato, muy bueno.

Te acordas que partido fue?

Abrazo
Sebastian

Anónimo dijo...

Qué bueno que está! Cuántas anécdotas debés tener de la cancha no? Tantos y tantos años de fidelidad, y sin ofenderte, fanatismo por River! Pero ésta no la sabía! Gran privilegio, y como bien decís: quién te quita lo bailado no? “Yo te quiero RIVER PLATE, a vos te sigo, vos sos mi vida, siempre te voy a alentar, sos lo más grande de la Argentina…”. Qué épocas… y para vos son el presente!

María

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