jueves, 30 de mayo de 2013

Todo, pero todo es posible


por Javier Debarnot


     Ella despertó aquella mañana con ganas de vivir, muchísimas ganas. Con un gran deseo de sentirse en el cénit de su plácida pero silenciosa existencia, de hacerse notar aún a costa de romper en pedazos la tranquilidad de todos los que se hacían un hueco en su mundo. Tantas veces se la había nombrado en vano, tanto se había especulado con ella, que ya quería hacer algo de verdad para que vieran que sí, que aquello que se decía era cierto. Que podía serlo. El problema era que, tratándose de ella, su decisión de salir del letargo iba a causar revuelo, desconcierto, temores, dudas y finalmente certezas de profecías apocalípticas que quizás estarían empezando a cumplirse. Pero qué más daba, ella sintió que debía reaccionar y demostrarle a los hombres que la leyenda era real; y su acción, una confirmación atroz y descarada. Para que aprendan.

     Las casas empezaron a tiritar cuando ella comenzó a desperezarse. Sus bostezos nacían como brisas pero enseguida crecían vistiéndose de vientos, sintiéndose tornados, tronando a huracanes y arrasando con todo a su paso, revoleando ropa tendida, ramas enclenques y papeles sueltos, zarandeando paredes flacas y haciendo temblar a las férreas extremidades de algunos caballos que se inmiscuían, siempre estaban haciéndolo, en su geografía estática, en su superficie muerta, su cuerpo dormido que ya estaba dejando de serlo. Su larga siesta tenía fecha y hora de caducidad, que era ese mismo momento.

     El principal susto se lo llevaron los animales más pequeños que a poco estuvieron de quedar patas para arriba cuando ella inició su sorprendente movimiento. Algunos caían y no podían dejar de rodar, de desbarrancarse, sin lograr hacer pie en ese suelo que temblaba y se ladeaba en una dirección, siempre hacia el oeste. Y después llegó el turno de algunas casas, las más desgastadas por el tiempo, que como víctimas silenciosas experimentaron la horrible sensación de no poder hacer nada para evitar que sus muros y tejados se resquebrajaran y comenzaran a ceder, llenando de pánico a sus moradores. Pero ella no pensaba detenerse sino todo lo contrario. Sólo le había costado despertarse, una lógica modorra después de sus miles de años de letargo, pero una vez roto el sueño que algunos creyeron eterno, la furia no iba a apaciguarse ni menos detenerse porque ya no había vuelta atrás hasta cumplir con su premisa, demostrando aquello que decían una y otra vez hasta el cansancio. Allí iba ella, reptando y arrastrando todo consigo, recortando el cielo, cabeceando nubes, no dejando indiferente a ningún ser vivo sobre su faz, la mayoría intentando aferrarse a algo para no caer mientras ella avanzaba, palmo a palmo, comiéndose las distancias que la separaban de él. Ella iba hacia él, a buscarlo, como estaba escrito.

     Todos los que estaban sobre ella, polizontes sin desearlo de ese inédito viaje, poco más podían hacer que mirarse unos a otros sin hallar las palabras para explicar aquella locura. Mientras avanzaban sin pausa, por las dudas avizoraban el horizonte, con cierto temor de ver adelante a otra que, al igual que ella, estuviera haciendo eso y existiera el riesgo de que chocara contra ella, con toda la gente, animales, árboles y plantas como juguetes rotos y potenciales víctimas de un potencial impacto de las dos gigantes. Pero no. Por fortuna no otearon ese peligro, parecía no haber moros en la costa, aunque igual seguían moviéndose.

     Mientras ella hacía de las suyas, él permanecía en su casa, impávido, displicente, espeso. Jamás podría imaginar que ella estaba en ese instante acercándose más y más, buscándolo, deseándolo, decidida a hacer aquello a lo que él no se había animado, aun sabiendo muy bien que a él le habría resultado mucho más sencillo. Afuera todo giraba en torno a la inminente llegada de ella. Adentro todo se sumía a la introspección en la que él se había zambullido indiferente, hasta que alguien llegó para rescatarlo de su pasividad, de su letargo. Y sólo una frase tuvo que soltar el visitante para que él se replanteara absolutamente todo. “Mahoma, no vas a creer lo que veo: sal y verás quién ha venido a buscarte”.



martes, 21 de mayo de 2013

La parábola de los buenos y borrachos samaritanos

por Javier Debarnot

     Cuántas anécdotas podrían escribirse sobre las cenas de fin de año de las empresas. Cuántas historias deben haber nacido sólo con mezclar algunos ingredientes como jefes relajados, secretarias de oferta dos por uno o compañeros infumables a granel. De esa conjunción pueden resultar los menús más variopintos, con grandes posibilidades de indigestión si además se acompañan con unas buenas dosis de alcohol. Esta historia no contempla exactamente todos los ítems del listado, pero sí alcohol, muchísimo alcohol. Y como protagonistas fundamentales de ese cóctel, un trago formado por Laura, Facundo, y yo.

     Los hechos comenzaron cuando Facu y yo fijamos un punto de encuentro para juntarnos antes de llegar a la fiesta, faltando aún media hora para el comienzo oficial de la fiesta de la agencia de publicidad donde trabajábamos. Se iba a celebrar el final de 2005 con cena y baile y se brindaría por un mejor 2006 y bla, bla, bla. Quedamos en una esquina y fuimos a comprar unas cervezas que tomamos sentados en los escalones de la entrada de alguna pintoresca casa de San Telmo. El detalle que no debe pasarse por alto era que apenas unos minutos después, y durante varias horas, tendríamos la posibilidad de beber gratis lo que sea en las cantidades que sean, pero nosotros no queríamos saltarnos ese momento sibarita que luego te permite llegar virtualmente tocado a la cita en cuestión. Por esos años, mi amistad con Facu estaba cimentada en una frase sagrada que uno de los dos le decía al otro como reprimenda por una supuesta actitud o frase polémica. Estás enfermo. Interiormente, ambos sabíamos que esas dos palabras no eran más que un guiño de aprobación, y por eso esa noche, antes de la fiesta y mientras íbamos dejando los cadáveres de las cervezas apilados en un rincón, no dudamos en reflexionar en voz alta sobre eso de aterrizar casi borrachos a la cita. Estamos enfermos.

     Llegamos un poco después de la hora señalada al lugar de la fiesta, un local devenido en discoteca de los ochenta decorada con el gusto mayormente típico de esa década, o sea muy malo. Comprobando que nuestros nombres figuraban en la lista de empleados, nos recibió en la puerta y nos dejó pasar un portero de grandes dimensiones y negro color, que tranquilamente podría pasar por un guardaespaldas de Obama. Pero dejémoslo ahí al personaje de seguridad, que ya volverá más tarde, porque por desgracia estos seres suelen reaparecer en el mejor momento de la noche.

     Lo importante era que nosotros ya estábamos adentro y, por culpa de habernos retrasado, no nos podíamos dar el lujo de elegir mesa para cenar. Nos quedaban las sobras, el lugar para los rezagados o para los que no cuadraban en ninguno de los grupos. Por suerte, en esa mesa-miscelánea estaba Laura, gran confidente de Facu porque trabajaban en el mismo sector de la agencia, y nos sentamos los tres juntos, relajados porque imaginábamos que sólo formando ese trío nos iba a bastar para pasarla bien. Facu y yo, a partir de ese instante sin necesidad de pagar, seguíamos tomando y Laura empezaba a hacerlo, sin saber que la cosa iba a acabar mal. Nosotros, de pura casualidad, nos estábamos convirtiendo en sus ángeles de la guardia, un par de ángeles particulares que no iban a poder evitar que todo se fuera al diablo.

     Antes de que la cena estuviera servida, la mayoría de los que estaban alrededor ya eran nuestra comidilla. Al pobre becario, incorporado a la agencia apenas unas semanas atrás, sus viles compañeros le habían hecho llevarse su propio juego de cubiertos asegurándole que nadie había contemplado un sitio para él en ninguna mesa. Y el inocente había caído con cuchillo y tenedor bajo el brazo, un auténtico plato. La cuestión es que, vaso va, vaso viene, los tres no dejábamos títere con cabeza, y ahí mismo le estaba subiendo el alcohol a Laura. Facu y yo teníamos una resistencia etílica blindada después de mil batallas, y eso que veníamos tomando duro y parejo desde aquella primera y lejana lata de cerveza en la vereda. Si yo hubiera sabido que unos días después me iban a mandar a la puta calle, puedo asegurar que mi ingesta alcohólica se habría duplicado hasta llegar a los niveles de embriaguez de un jugador de rugby australiano o un hooligan escocés, o de quienquiera que ostentara el récord de mantenerse en posición vertical durante más tiempo.

     Acabados los postres, saltamos a la pista, cuando Laura ya empezaba a evidenciar los primeros síntomas de embriaguez. Supongo que había comido poco y eso suele hacer mucha mella cuando uno se mete alcohol a raudales, porque la bebida puede moverse a su antojo por el cuerpo sin peligro de piquetes, al estar varias calles de la anatomía desiertas de hidratos de carbono, y el resultado es que la borrachera se extiende a diestra y siniestra. A Laura le costaba mantenerse en pie y, por el contrario, le salían fáciles los abrazos y las frases del estilo “sabés que te quiero mucho”, lanzadas en un plano de amistad inocente sin dobles intenciones. Facu y yo, sin soltar el trago ni para ir al baño, veíamos el abrupto declive en que iba cayendo el estado de Laura y sólo con una mirada entendimos que, aquella vez, nuestra frase cambiaba de género y número. Está enferma. No hacía falta aclarar que íbamos a bancarla a muerte, a ella y a la situación.

     Entonces todo se volvió confuso. Habrá ocurrido justo cuando nos agarrábamos de las manos a pedido del Puma Rodríguez, o después de que Laura le dijera no sé qué al oído a un chico de BTL que le gustaba, o antes de que pudiéramos empezar a seguir aparatosamente la coreografía de una canción de Xuxa. En alguno de esos momentos, o en otro que no recuerdo, Laura se tambaleó y a punto estuvo de caer en medio de la pista. Nosotros la atajamos, estábamos ahí para socorrerla, pero también, y sin que nadie la llamara, la confusión llegó a la escena y detrás apareció el portero de la discoteca. Sí, el negro. Para oscurecerlo todo.

     Quién sabe lo que se habrá imaginado, pero entre los alaridos de Rafaela que repetía una y otra vez su número de teléfono, el de seguridad forcejeaba e intentaba saber qué había ocurrido, y nosotros en el medio, sin comerla ni beberla -bah, bebiéndola, sí- de repente quedamos como los supuestos malos de la película. Se armó un revuelo alrededor de una Laura ya casi desmayada, y la marea de gente nos arrastró desde la pista hasta la recepción de la discoteca. Después de escasos segundos, era obvio, empezamos una acalorada discusión con el negro que no podía hacerse esperar más porque, al menos para mí, el deporte nacional de todo buen borracho es provocar a los tipos de seguridad de las discos. El problema era que éste tenía pocas pulgas y muchos músculos, y básicamente hubiera podido destruirnos a Facu y a mí con una sola mano. Por suerte, no sabemos cómo pero en pocos segundos ya estábamos afuera, metidos en un taxi con una nueva misión: llevar a Laura sana y salva hasta su casa de Santos Lugares, en las adyacencias de la Capital Federal.

     El viaje se consumió rápidamente entre nuevas demostraciones de cariño y fidelidad eterna por parte de nuestra amiga caída en batalla. Al llegar a destino, yo abrí la puerta de la morada de Laura y me encontré con algo peor que un posible novio celoso. Un can marca weimaraner y tamaño adulto, la adorable mascota de Laura, me miraba amenazante y con un leve pero audible gruñido desde el palier. Debo admitir que se me frunció el culo cuando observé que encima el enorme animal no movía su cola, pero por fortuna se relajó cuando vio a su dueña entrar colgada del brazo de Facu. Y a mí también me volvió el alma al cuerpo. Perra vida.

     Dejamos a Laura en su cama y, después de recibir el quincuagésimo agradecimiento por haberla cuidado tanto, nos aprestamos a salir nuevamente a la noche. Antes de cerrar la puerta de su casa ya podíamos oír sus ronquidos. Laura ya se había entregado al sueño feliz de los embriagados y a nosotros nos quedaba la difícil tarea de volver a casa, con mucho pero mucho alcohol todavía corriendo desaforado por nuestras venas.

     Eran las tres o cuatro de la mañana y por la calle no había un alma, y menos un condenado taxi. Empezamos a caminar hacia la Capital Federal bordeando las vías del ferrocarril, conscientes de que la zona podía llegar a ser peligrosa a esas horas intempestivas. Para ir más tranquilos, agarramos de una obra en construcción unas piedras del tamaño del pedo que llevábamos, es decir enormes. Que venga ahora ese negro cagón, casi gritábamos en medio de la noche, de la nada, caminando casi en zigzag con un objeto contundente en cada mano. Cuatro proyectiles en total, como para un enfrentamiento complicado. Estamos –estábamos-  enfermos. Al final no hubo batalla y pudimos treparnos a otro taxi que nos depositaría en nuestras casas, pero antes de subirnos tuvimos que tirar las piedras.

     A la mañana siguiente, el padre de Laura la encontró tendida en su cama y jamás sospechó que podía estar de resaca por haberse tomado, durante la eterna noche anterior, hasta el agua de los floreros. Quizás influyó, en esa irrefutable percepción del recién llegado, el hecho de que su hija mostrara evidentes señales de haber sido violada, y trascartón asesinada.

     -Boludo, nuestras huellas deben estar por toda la casa –me dijo Facu horrorizado.

     -Sí, y como mínimo veinte personas nos vieron irnos de la discoteca con ella. Y el negro seguro que declara en nuestra contra.

     Ese diálogo, letal. El párrafo anterior al mismo, escalofriante. Y después el sonido de una sirena que empieza a escucharse más fuerte a medida que el patrullero se acerca a la agencia, para erizarnos la piel y casi hacer que los dos nos meemos encima. Todo eso, le comenté a Facundo preso de un ataque de entusiasmo, todo eso sería un comienzo espectacular para una película de suspenso de esas que vienen con juicio incluido, para contar una historia basada en un hecho real, que fue lo que realmente ocurrió aquella noche hasta que llega el padre a la mañana siguiente. Y, a decir verdad, el hecho real acabó con la desagradable visión de un balde lleno de vómito hasta la mitad, pero eso no da más que para un corto de veinte minutos, me advirtió Facu, o para un cuento de un par de páginas, le dije imaginándome todo esto, un cuento que acaba sencillamente así.



martes, 7 de mayo de 2013

Las frías agujas


por Javier Debarnot

     Las agujas habían campado a sus anchas durante todo el día, pero a partir de un instante, quién sabe si se trató de un tic o de un tac, iban a acelerarse inexorablemente y empezar a martillear sobre la cabeza de Ángel cada vez con más velocidad, a cada segundo menos piadosas, más traicioneras, menos complacientes. Más abusivas. Su ritmo marcaría la pauta del ánimo de Ángel hasta llevarlo al suelo, pisotearlo y abusarse de él. Ellas mismas, las agujas del reloj del salón que bien podrían haber sido las de la habitación o las de la cocina, cumplirían con su cruel sentencia de, a partir de ese preciso momento, indicarle al joven que ya había llegado la hora. Su hora.

     La visión de las agujas llegaba impiadosa desde las alturas, escrutada por los ojos de Ángel que ya no podían contemplar otra cosa, negándosele la proyección del resto de los elementos de su mundo, aquellos que rodeaban al reloj como si su visión real fuera la de un cuadro en donde sólo se definía un minúsculo trozo en forma de círculo perdido en el lienzo, con unas agujas que sobresalían casi saltando a fuerza de gritos, y alrededor de la maquiavélica maquinaria del tiempo todo estaba garabateado con acuarelas pasadas por bastante agua, decolorado cada trazo, esbozado cada uno de ellos con pinceladas débiles, tímidas, y sin la intención necesaria como para darle forma a algo. Todo era un silencio insignificante salvo las agujas, por lo cual Ángel veía el reloj que lo torturaba y nada más que el reloj que lo torturaba. Pero principalmente lo escuchaba, a ese tic-tac impiadoso, entrando por el tubo resonante de sus oídos y viajando por rápidas y desiertas autopistas hasta su cerebro alienado que apenas daba vagas órdenes, o más bien dejaba de hacerlo, con ganas de divorciarse de su cuerpo maltrecho que iba descendiendo hasta las profundidades de un sofá tan blanco, tan frío, tan filoso y tan ajeno a él como todo el resto de las cosas y del mundo.

     Tic. La cuenta atrás empezaba a dar pasos largos y decididos hacia adelante, irónica y burlona. Ya nadie iba a poder detenerla hasta llegar desafiante hasta el irremediable final, ese broche al que Ángel tanto temía. Ya nada podría hacer él para evitar que los créditos finales, mecanografiados con letra blanca y describiendo todo lo que había disfrutado durante las últimas horas y que tan rápido se había escurrido entres sus dedos enflaquecidos, llenaran de arriba hacia abajo la inmensidad de una pantalla en negro, un negro que perforaba cualquier luz de esperanza de lo que nunca iba a volver a ser, lo que se estaba muriendo, ahogándose sin sentido ni escapatoria en un segundo plano mientras el reloj con las malditas agujas y el pesado repiqueteo de cada segundo seguía siendo lo único en el universo que destruía acaso las desesperadas  ilusiones de Ángel. No. Él sabía, lo supo entonces, que sólo de ilusiones, que exclusivamente por culpa de ellas, desfallece el hombre. Pero a nadie le resulta fácil, y en cambio a la mayoría de los mortales sí le supone algo traumático, desprenderse de ellas, de las acciones que aún no se han vivido devenidas de los sueños, ser conscientes de que todo concluye, de que no se puede subsistir sólo de la añoranza de un mañana que se hace desear, y hay alguien que tiene que hacer el trabajo sucio de bajar la persiana. Un ser desalmado. Y es el tiempo, verdugo, insobornable, es el tiempo el que se pone ese traje y dice a la cara de cualquiera, incluyendo al rostro sin alma de Ángel, que todo lo bueno se acaba y escupe soez esas verdades que casi nadie se anima a soltar. El tiempo. Cuánta mella estaba haciendo en la esperanza ya hecha un cadáver que aún vagaba con un pijama desteñido y agujereado entre el sombrío laberinto de los huesos de Ángel.

     Tac. Los martillazos de las agujas iban golpeando duro y parejo sobre su corteza craneal, cual meteoritos venidos desde el más allá que reventaban contra la superficie terrestre provocando pánico y huidas, tratándose en ese caso de los rebeldes pensamientos de Ángel saliendo disparados hacia los cuatro puntos cardinales después de cada impacto, disuadiéndose, impregnándose de repentina amnesia hasta llevar a su dueño a un estado de vacío escalofriante: nada podía pasar por su mente más que el sonido de las agujas, la cuenta atrás avanzando y consumiendo el tiempo, cada vez más, secuestrando segundo a segundo y extrayéndole a su alma la savia vital que emanaba de sus poros, sintiendo a su alma evaporarse poco a poco, separándose sus partes como minúsculas partículas que empezaban a flotar etéreas por el asfixiante aire del salón, suspendiéndose apacibles pero dando de sopetón violentos vuelcos que interrumpían su calma flotación ante cada latigazo estruendoso de las malditas agujas. Y Ángel, ido.

     Se estaba acabando todo. Qué podía ponerse peor, se preguntaba Ángel ya abatido desde su sofá, y gigantesco fue su error de subestimar la situación y tres o cuatro tic-tacs después clavar sus ojos muertos allí arriba, desde donde el reloj arrojaba sus ráfagas de tics y tacs apuntándole siempre a él, y fue mayúscula su equivocación porque en el quincuagésimo abrir y cerrar de sus pupilas enfocando hacia allí, hacia la brutal máquina de las horas y los minutos, Ángel vio que la aguja larga cobró vida y rompió los límites del cristal que la envolvía a ella, a la aguja corta y a la docena de números, atravesó el agujero y salió de su cubículo reptando por la amarillenta pared. Bajando. Serpenteando. Zigzagueando silenciosa pero firmemente. La aguja se iba alargando, crecía su tamaño desde el punto central del reloj desde donde había nacido alguna vez, hacía tiempo, y Ángel aterrorizado veía como esa aguja-serpiente acortaba distancias y se acercaba a él, que seguía impasible, horrorizado pero impasible. El tiempo, los latidos del tic y del tac, la aguja-serpiente de ese reloj animado. Los tic-tacs eran sus latidos, la aguja larga su brazo viviente y monstruoso que descendía por la pared hasta el suelo, para después encarar el tramo que separaba al zócalo del sofá. Ángel preso, de la desesperación, del estupor y del miedo. Del tiempo. Cruel vengador y asesino, venenoso, dispuesto a llegar más cerca de donde jamás había llegado. La aguja buscaba el alma de Ángel, o lo que quedaba de ella.

     El terror iba a jugarle sucio al cuerpo del joven, paralizándolo. Cobarde, se decía Ángel sin decírselo, ahora es cuando más te necesito y pareces abandonarme. A la serpiente del tiempo sólo le restaban centímetros para alcanzar la suela de uno de los zapatos que parecía clavado al suelo, y entonces los ojos titubeantes de Ángel la vieron a ella, la aguja corta, que también se animó de golpe y siguió los primeros pasos de su hermana mayor, abandonando la cárcel circular en la que había pasado todos sus horas, minutos y segundos. Fue libre pero fue hacia arriba. Como imantada por el techo del salón, la aguja pequeña también iba por Ángel, pero podría entreverse que en sus fríos cálculos tramaba atacarlo desde otro ángulo, desplazándose con menos velocidad pero con zancadas más largas, porque en definitiva ella había pasado toda su vida dando pasos agigantados de horas. Y parecía la aguja hambrienta de un solo objetivo, de un único y preciado tesoro, olfateándolo y yendo sin pausa hacia él: el cuello de Ángel.

     No pudo precisar cuánto tiempo pasó para que ambas lo alcanzaran, porque los tic-tacs antes rítmicos se habían deformado hasta convertirse en fantasmagóricos y sombríos sonidos sin ton ni son, acompañando el reptar de ambas agujas por paredes, suelo y techo del salón. No supo Ángel si demoraron unas centésimas de segundo o varios siglos, porque ellas mismas jugaban y minimizaban el tiempo a su antojo, pero de repente se encontró Ángel alcanzado por las dos agujas, la larga y la corta, que lo habían abordado desde el norte y el sur, y lo rodearon, lo atenazaron, comenzaron a presionar con frialdad y malicia sobre sus carnes, abrazando su humanidad, estrangulando cada porción de su anatomía, sacándole punta a sus lenguas bífidas acaso para atestar el golpe final, frías, calculadoras, maliciosas, agujas asesinas que no dejaban nada con vida a su paso y se relamían ante su nueva víctima. Viéndose sin salida, Ángel cerró los ojos y decidió que no le quedaba otro camino que dejarse llevar. Dejarse ir. Asesinado por las agujas-serpientes en su salón, a quién sabe qué hora, porque el reloj yacía desnudo en la pared de enfrente, inerte, y Ángel comprendió que nada iba a hacer para ayudarlo, convencido de que si el esqueleto del reloj tuviera ojos probablemente estos estarían mirando para otro lado, ajenos a su agonía y a su muerte segura a manos de las virulentas agujas.

     Tic. Mordió la primera de las agujas-serpientes, para acabar ella misma agonizando y desapareciendo una vez finalizada su corta mordida, de una duración fiel a su esencia de aguja pequeña. Tac. Atacó a Ángel la segunda de las agujas-serpientes y luego se extinguió en un chillido agudo y largo, hasta extenuarse y decretar en su último suspiro su larga partida hacia el infierno de las agujas largas y asesinas. Entonces, ya herido mortalmente pero habiéndose liberado de las serpientes que tiempo atrás habían inmovilizado sus piernas, brazos y cuello, Ángel supo que la hora había llegado, su hora, esa hora irremediable y cruel, la hora en la que todo lo bueno quedaba definitivamente atrás y se iniciaba un veloz, inevitable y mortal camino hacia el final del tunel. Su corazón también acusó recibo y, estampándosele el último sello con la hora, los minutos y los segundos exactos utilizándose como tinta la sangre de las agujas, dejó de latir para siempre.

     Un tiempo más tarde descubrieron su cuerpo yaciendo sobre el sofá. Nada podía hacerse, todo estaba sentenciado. Su muerte. La de Ángel. El fin de sus días. Algunos lo lloraron, otros lo despidieron con una medida solemnidad huérfana de lágrimas. Al retirar el cadáver, quedando desierta la escena donde Ángel había dejado de existir, alguien dijo una de esas frases hechas y el que estaba a su lado le contestó entre suspiros y también pecando de nula originalidad: su tiempo se ha acabado. Y se fue, llevándose esa frase, su dueño se marchó. Desde arriba, cuando ya no quedó nadie ni mucho menos los malogrados restos de Ángel, ellas rieron malignas, rieron astutas, rieron a tiempo como todo lo que hacían. Las frías agujas, otra vez cobijadas en su fría y calculada morada llamada reloj, sabían que el tiempo no se le había acabado a Ángel, sino que había sido el tiempo el que lo había acabado.


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