martes, 21 de mayo de 2013

La parábola de los buenos y borrachos samaritanos

por Javier Debarnot

     Cuántas anécdotas podrían escribirse sobre las cenas de fin de año de las empresas. Cuántas historias deben haber nacido sólo con mezclar algunos ingredientes como jefes relajados, secretarias de oferta dos por uno o compañeros infumables a granel. De esa conjunción pueden resultar los menús más variopintos, con grandes posibilidades de indigestión si además se acompañan con unas buenas dosis de alcohol. Esta historia no contempla exactamente todos los ítems del listado, pero sí alcohol, muchísimo alcohol. Y como protagonistas fundamentales de ese cóctel, un trago formado por Laura, Facundo, y yo.

     Los hechos comenzaron cuando Facu y yo fijamos un punto de encuentro para juntarnos antes de llegar a la fiesta, faltando aún media hora para el comienzo oficial de la fiesta de la agencia de publicidad donde trabajábamos. Se iba a celebrar el final de 2005 con cena y baile y se brindaría por un mejor 2006 y bla, bla, bla. Quedamos en una esquina y fuimos a comprar unas cervezas que tomamos sentados en los escalones de la entrada de alguna pintoresca casa de San Telmo. El detalle que no debe pasarse por alto era que apenas unos minutos después, y durante varias horas, tendríamos la posibilidad de beber gratis lo que sea en las cantidades que sean, pero nosotros no queríamos saltarnos ese momento sibarita que luego te permite llegar virtualmente tocado a la cita en cuestión. Por esos años, mi amistad con Facu estaba cimentada en una frase sagrada que uno de los dos le decía al otro como reprimenda por una supuesta actitud o frase polémica. Estás enfermo. Interiormente, ambos sabíamos que esas dos palabras no eran más que un guiño de aprobación, y por eso esa noche, antes de la fiesta y mientras íbamos dejando los cadáveres de las cervezas apilados en un rincón, no dudamos en reflexionar en voz alta sobre eso de aterrizar casi borrachos a la cita. Estamos enfermos.

     Llegamos un poco después de la hora señalada al lugar de la fiesta, un local devenido en discoteca de los ochenta decorada con el gusto mayormente típico de esa década, o sea muy malo. Comprobando que nuestros nombres figuraban en la lista de empleados, nos recibió en la puerta y nos dejó pasar un portero de grandes dimensiones y negro color, que tranquilamente podría pasar por un guardaespaldas de Obama. Pero dejémoslo ahí al personaje de seguridad, que ya volverá más tarde, porque por desgracia estos seres suelen reaparecer en el mejor momento de la noche.

     Lo importante era que nosotros ya estábamos adentro y, por culpa de habernos retrasado, no nos podíamos dar el lujo de elegir mesa para cenar. Nos quedaban las sobras, el lugar para los rezagados o para los que no cuadraban en ninguno de los grupos. Por suerte, en esa mesa-miscelánea estaba Laura, gran confidente de Facu porque trabajaban en el mismo sector de la agencia, y nos sentamos los tres juntos, relajados porque imaginábamos que sólo formando ese trío nos iba a bastar para pasarla bien. Facu y yo, a partir de ese instante sin necesidad de pagar, seguíamos tomando y Laura empezaba a hacerlo, sin saber que la cosa iba a acabar mal. Nosotros, de pura casualidad, nos estábamos convirtiendo en sus ángeles de la guardia, un par de ángeles particulares que no iban a poder evitar que todo se fuera al diablo.

     Antes de que la cena estuviera servida, la mayoría de los que estaban alrededor ya eran nuestra comidilla. Al pobre becario, incorporado a la agencia apenas unas semanas atrás, sus viles compañeros le habían hecho llevarse su propio juego de cubiertos asegurándole que nadie había contemplado un sitio para él en ninguna mesa. Y el inocente había caído con cuchillo y tenedor bajo el brazo, un auténtico plato. La cuestión es que, vaso va, vaso viene, los tres no dejábamos títere con cabeza, y ahí mismo le estaba subiendo el alcohol a Laura. Facu y yo teníamos una resistencia etílica blindada después de mil batallas, y eso que veníamos tomando duro y parejo desde aquella primera y lejana lata de cerveza en la vereda. Si yo hubiera sabido que unos días después me iban a mandar a la puta calle, puedo asegurar que mi ingesta alcohólica se habría duplicado hasta llegar a los niveles de embriaguez de un jugador de rugby australiano o un hooligan escocés, o de quienquiera que ostentara el récord de mantenerse en posición vertical durante más tiempo.

     Acabados los postres, saltamos a la pista, cuando Laura ya empezaba a evidenciar los primeros síntomas de embriaguez. Supongo que había comido poco y eso suele hacer mucha mella cuando uno se mete alcohol a raudales, porque la bebida puede moverse a su antojo por el cuerpo sin peligro de piquetes, al estar varias calles de la anatomía desiertas de hidratos de carbono, y el resultado es que la borrachera se extiende a diestra y siniestra. A Laura le costaba mantenerse en pie y, por el contrario, le salían fáciles los abrazos y las frases del estilo “sabés que te quiero mucho”, lanzadas en un plano de amistad inocente sin dobles intenciones. Facu y yo, sin soltar el trago ni para ir al baño, veíamos el abrupto declive en que iba cayendo el estado de Laura y sólo con una mirada entendimos que, aquella vez, nuestra frase cambiaba de género y número. Está enferma. No hacía falta aclarar que íbamos a bancarla a muerte, a ella y a la situación.

     Entonces todo se volvió confuso. Habrá ocurrido justo cuando nos agarrábamos de las manos a pedido del Puma Rodríguez, o después de que Laura le dijera no sé qué al oído a un chico de BTL que le gustaba, o antes de que pudiéramos empezar a seguir aparatosamente la coreografía de una canción de Xuxa. En alguno de esos momentos, o en otro que no recuerdo, Laura se tambaleó y a punto estuvo de caer en medio de la pista. Nosotros la atajamos, estábamos ahí para socorrerla, pero también, y sin que nadie la llamara, la confusión llegó a la escena y detrás apareció el portero de la discoteca. Sí, el negro. Para oscurecerlo todo.

     Quién sabe lo que se habrá imaginado, pero entre los alaridos de Rafaela que repetía una y otra vez su número de teléfono, el de seguridad forcejeaba e intentaba saber qué había ocurrido, y nosotros en el medio, sin comerla ni beberla -bah, bebiéndola, sí- de repente quedamos como los supuestos malos de la película. Se armó un revuelo alrededor de una Laura ya casi desmayada, y la marea de gente nos arrastró desde la pista hasta la recepción de la discoteca. Después de escasos segundos, era obvio, empezamos una acalorada discusión con el negro que no podía hacerse esperar más porque, al menos para mí, el deporte nacional de todo buen borracho es provocar a los tipos de seguridad de las discos. El problema era que éste tenía pocas pulgas y muchos músculos, y básicamente hubiera podido destruirnos a Facu y a mí con una sola mano. Por suerte, no sabemos cómo pero en pocos segundos ya estábamos afuera, metidos en un taxi con una nueva misión: llevar a Laura sana y salva hasta su casa de Santos Lugares, en las adyacencias de la Capital Federal.

     El viaje se consumió rápidamente entre nuevas demostraciones de cariño y fidelidad eterna por parte de nuestra amiga caída en batalla. Al llegar a destino, yo abrí la puerta de la morada de Laura y me encontré con algo peor que un posible novio celoso. Un can marca weimaraner y tamaño adulto, la adorable mascota de Laura, me miraba amenazante y con un leve pero audible gruñido desde el palier. Debo admitir que se me frunció el culo cuando observé que encima el enorme animal no movía su cola, pero por fortuna se relajó cuando vio a su dueña entrar colgada del brazo de Facu. Y a mí también me volvió el alma al cuerpo. Perra vida.

     Dejamos a Laura en su cama y, después de recibir el quincuagésimo agradecimiento por haberla cuidado tanto, nos aprestamos a salir nuevamente a la noche. Antes de cerrar la puerta de su casa ya podíamos oír sus ronquidos. Laura ya se había entregado al sueño feliz de los embriagados y a nosotros nos quedaba la difícil tarea de volver a casa, con mucho pero mucho alcohol todavía corriendo desaforado por nuestras venas.

     Eran las tres o cuatro de la mañana y por la calle no había un alma, y menos un condenado taxi. Empezamos a caminar hacia la Capital Federal bordeando las vías del ferrocarril, conscientes de que la zona podía llegar a ser peligrosa a esas horas intempestivas. Para ir más tranquilos, agarramos de una obra en construcción unas piedras del tamaño del pedo que llevábamos, es decir enormes. Que venga ahora ese negro cagón, casi gritábamos en medio de la noche, de la nada, caminando casi en zigzag con un objeto contundente en cada mano. Cuatro proyectiles en total, como para un enfrentamiento complicado. Estamos –estábamos-  enfermos. Al final no hubo batalla y pudimos treparnos a otro taxi que nos depositaría en nuestras casas, pero antes de subirnos tuvimos que tirar las piedras.

     A la mañana siguiente, el padre de Laura la encontró tendida en su cama y jamás sospechó que podía estar de resaca por haberse tomado, durante la eterna noche anterior, hasta el agua de los floreros. Quizás influyó, en esa irrefutable percepción del recién llegado, el hecho de que su hija mostrara evidentes señales de haber sido violada, y trascartón asesinada.

     -Boludo, nuestras huellas deben estar por toda la casa –me dijo Facu horrorizado.

     -Sí, y como mínimo veinte personas nos vieron irnos de la discoteca con ella. Y el negro seguro que declara en nuestra contra.

     Ese diálogo, letal. El párrafo anterior al mismo, escalofriante. Y después el sonido de una sirena que empieza a escucharse más fuerte a medida que el patrullero se acerca a la agencia, para erizarnos la piel y casi hacer que los dos nos meemos encima. Todo eso, le comenté a Facundo preso de un ataque de entusiasmo, todo eso sería un comienzo espectacular para una película de suspenso de esas que vienen con juicio incluido, para contar una historia basada en un hecho real, que fue lo que realmente ocurrió aquella noche hasta que llega el padre a la mañana siguiente. Y, a decir verdad, el hecho real acabó con la desagradable visión de un balde lleno de vómito hasta la mitad, pero eso no da más que para un corto de veinte minutos, me advirtió Facu, o para un cuento de un par de páginas, le dije imaginándome todo esto, un cuento que acaba sencillamente así.



6 comentarios:

Anónimo dijo...

"Gracias bro, gran regalo por adelantado me hiciste...claramente estás enfermo, para acordarte con tanta precisión de esa noche. Me remontó a las épocas que volvíamos juntos en el tedioso 151, acompañados de un chopp, otras de charlas filosóficamente descartables o de tus desventuras de delantero devenido en carrilero tímido. Te quiero una bocha y más. Facu, tu amigo el enfermo"

Anónimo dijo...

Madre mía!! yo puedo contar mas de una de esas, de esas borracheras digo, el caso es que hay una parte en que la historia se me olvida y ya no recuerdo cual es la derecha y cual es la izquierda. Menos mal que hay un gran código tácito entre amigos y colegas de copas que siempre te devuelve a casa sano y salvo. Hoy por mi mañana por ti. CW

chapi dijo...

Y siempre nos quedará la duda de qué tan cerca estuvieron de meterle mano a Laura! Por cierto, seguís en contacto con ella? Le mandaste el link del texto?

Abrazo!

Anónimo dijo...

Es una historia que me recuerda mucho aquellas épocas. Me gustó lo de los piquetes al alcohol y el momento desmayo...
Hablamos, abrazo.

Martín

Anónimo dijo...

Muy lindo Javi!! Abrazo Gon

Anónimo dijo...

Qué bueno que estuvo Javi!!! Me encantó leerlo! De haberlo sabido lo hubiera leído antes! Cómo se disfrutan tus cuentos, re bien escritos, más cuando es una historia real, según leí en el comentario del mismo Facu… él y Laura eran compañeros del Rosario o nada que ver?

Espectacular para usarlo como guión de una película!

María

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