martes, 7 de mayo de 2013

Las frías agujas


por Javier Debarnot

     Las agujas habían campado a sus anchas durante todo el día, pero a partir de un instante, quién sabe si se trató de un tic o de un tac, iban a acelerarse inexorablemente y empezar a martillear sobre la cabeza de Ángel cada vez con más velocidad, a cada segundo menos piadosas, más traicioneras, menos complacientes. Más abusivas. Su ritmo marcaría la pauta del ánimo de Ángel hasta llevarlo al suelo, pisotearlo y abusarse de él. Ellas mismas, las agujas del reloj del salón que bien podrían haber sido las de la habitación o las de la cocina, cumplirían con su cruel sentencia de, a partir de ese preciso momento, indicarle al joven que ya había llegado la hora. Su hora.

     La visión de las agujas llegaba impiadosa desde las alturas, escrutada por los ojos de Ángel que ya no podían contemplar otra cosa, negándosele la proyección del resto de los elementos de su mundo, aquellos que rodeaban al reloj como si su visión real fuera la de un cuadro en donde sólo se definía un minúsculo trozo en forma de círculo perdido en el lienzo, con unas agujas que sobresalían casi saltando a fuerza de gritos, y alrededor de la maquiavélica maquinaria del tiempo todo estaba garabateado con acuarelas pasadas por bastante agua, decolorado cada trazo, esbozado cada uno de ellos con pinceladas débiles, tímidas, y sin la intención necesaria como para darle forma a algo. Todo era un silencio insignificante salvo las agujas, por lo cual Ángel veía el reloj que lo torturaba y nada más que el reloj que lo torturaba. Pero principalmente lo escuchaba, a ese tic-tac impiadoso, entrando por el tubo resonante de sus oídos y viajando por rápidas y desiertas autopistas hasta su cerebro alienado que apenas daba vagas órdenes, o más bien dejaba de hacerlo, con ganas de divorciarse de su cuerpo maltrecho que iba descendiendo hasta las profundidades de un sofá tan blanco, tan frío, tan filoso y tan ajeno a él como todo el resto de las cosas y del mundo.

     Tic. La cuenta atrás empezaba a dar pasos largos y decididos hacia adelante, irónica y burlona. Ya nadie iba a poder detenerla hasta llegar desafiante hasta el irremediable final, ese broche al que Ángel tanto temía. Ya nada podría hacer él para evitar que los créditos finales, mecanografiados con letra blanca y describiendo todo lo que había disfrutado durante las últimas horas y que tan rápido se había escurrido entres sus dedos enflaquecidos, llenaran de arriba hacia abajo la inmensidad de una pantalla en negro, un negro que perforaba cualquier luz de esperanza de lo que nunca iba a volver a ser, lo que se estaba muriendo, ahogándose sin sentido ni escapatoria en un segundo plano mientras el reloj con las malditas agujas y el pesado repiqueteo de cada segundo seguía siendo lo único en el universo que destruía acaso las desesperadas  ilusiones de Ángel. No. Él sabía, lo supo entonces, que sólo de ilusiones, que exclusivamente por culpa de ellas, desfallece el hombre. Pero a nadie le resulta fácil, y en cambio a la mayoría de los mortales sí le supone algo traumático, desprenderse de ellas, de las acciones que aún no se han vivido devenidas de los sueños, ser conscientes de que todo concluye, de que no se puede subsistir sólo de la añoranza de un mañana que se hace desear, y hay alguien que tiene que hacer el trabajo sucio de bajar la persiana. Un ser desalmado. Y es el tiempo, verdugo, insobornable, es el tiempo el que se pone ese traje y dice a la cara de cualquiera, incluyendo al rostro sin alma de Ángel, que todo lo bueno se acaba y escupe soez esas verdades que casi nadie se anima a soltar. El tiempo. Cuánta mella estaba haciendo en la esperanza ya hecha un cadáver que aún vagaba con un pijama desteñido y agujereado entre el sombrío laberinto de los huesos de Ángel.

     Tac. Los martillazos de las agujas iban golpeando duro y parejo sobre su corteza craneal, cual meteoritos venidos desde el más allá que reventaban contra la superficie terrestre provocando pánico y huidas, tratándose en ese caso de los rebeldes pensamientos de Ángel saliendo disparados hacia los cuatro puntos cardinales después de cada impacto, disuadiéndose, impregnándose de repentina amnesia hasta llevar a su dueño a un estado de vacío escalofriante: nada podía pasar por su mente más que el sonido de las agujas, la cuenta atrás avanzando y consumiendo el tiempo, cada vez más, secuestrando segundo a segundo y extrayéndole a su alma la savia vital que emanaba de sus poros, sintiendo a su alma evaporarse poco a poco, separándose sus partes como minúsculas partículas que empezaban a flotar etéreas por el asfixiante aire del salón, suspendiéndose apacibles pero dando de sopetón violentos vuelcos que interrumpían su calma flotación ante cada latigazo estruendoso de las malditas agujas. Y Ángel, ido.

     Se estaba acabando todo. Qué podía ponerse peor, se preguntaba Ángel ya abatido desde su sofá, y gigantesco fue su error de subestimar la situación y tres o cuatro tic-tacs después clavar sus ojos muertos allí arriba, desde donde el reloj arrojaba sus ráfagas de tics y tacs apuntándole siempre a él, y fue mayúscula su equivocación porque en el quincuagésimo abrir y cerrar de sus pupilas enfocando hacia allí, hacia la brutal máquina de las horas y los minutos, Ángel vio que la aguja larga cobró vida y rompió los límites del cristal que la envolvía a ella, a la aguja corta y a la docena de números, atravesó el agujero y salió de su cubículo reptando por la amarillenta pared. Bajando. Serpenteando. Zigzagueando silenciosa pero firmemente. La aguja se iba alargando, crecía su tamaño desde el punto central del reloj desde donde había nacido alguna vez, hacía tiempo, y Ángel aterrorizado veía como esa aguja-serpiente acortaba distancias y se acercaba a él, que seguía impasible, horrorizado pero impasible. El tiempo, los latidos del tic y del tac, la aguja-serpiente de ese reloj animado. Los tic-tacs eran sus latidos, la aguja larga su brazo viviente y monstruoso que descendía por la pared hasta el suelo, para después encarar el tramo que separaba al zócalo del sofá. Ángel preso, de la desesperación, del estupor y del miedo. Del tiempo. Cruel vengador y asesino, venenoso, dispuesto a llegar más cerca de donde jamás había llegado. La aguja buscaba el alma de Ángel, o lo que quedaba de ella.

     El terror iba a jugarle sucio al cuerpo del joven, paralizándolo. Cobarde, se decía Ángel sin decírselo, ahora es cuando más te necesito y pareces abandonarme. A la serpiente del tiempo sólo le restaban centímetros para alcanzar la suela de uno de los zapatos que parecía clavado al suelo, y entonces los ojos titubeantes de Ángel la vieron a ella, la aguja corta, que también se animó de golpe y siguió los primeros pasos de su hermana mayor, abandonando la cárcel circular en la que había pasado todos sus horas, minutos y segundos. Fue libre pero fue hacia arriba. Como imantada por el techo del salón, la aguja pequeña también iba por Ángel, pero podría entreverse que en sus fríos cálculos tramaba atacarlo desde otro ángulo, desplazándose con menos velocidad pero con zancadas más largas, porque en definitiva ella había pasado toda su vida dando pasos agigantados de horas. Y parecía la aguja hambrienta de un solo objetivo, de un único y preciado tesoro, olfateándolo y yendo sin pausa hacia él: el cuello de Ángel.

     No pudo precisar cuánto tiempo pasó para que ambas lo alcanzaran, porque los tic-tacs antes rítmicos se habían deformado hasta convertirse en fantasmagóricos y sombríos sonidos sin ton ni son, acompañando el reptar de ambas agujas por paredes, suelo y techo del salón. No supo Ángel si demoraron unas centésimas de segundo o varios siglos, porque ellas mismas jugaban y minimizaban el tiempo a su antojo, pero de repente se encontró Ángel alcanzado por las dos agujas, la larga y la corta, que lo habían abordado desde el norte y el sur, y lo rodearon, lo atenazaron, comenzaron a presionar con frialdad y malicia sobre sus carnes, abrazando su humanidad, estrangulando cada porción de su anatomía, sacándole punta a sus lenguas bífidas acaso para atestar el golpe final, frías, calculadoras, maliciosas, agujas asesinas que no dejaban nada con vida a su paso y se relamían ante su nueva víctima. Viéndose sin salida, Ángel cerró los ojos y decidió que no le quedaba otro camino que dejarse llevar. Dejarse ir. Asesinado por las agujas-serpientes en su salón, a quién sabe qué hora, porque el reloj yacía desnudo en la pared de enfrente, inerte, y Ángel comprendió que nada iba a hacer para ayudarlo, convencido de que si el esqueleto del reloj tuviera ojos probablemente estos estarían mirando para otro lado, ajenos a su agonía y a su muerte segura a manos de las virulentas agujas.

     Tic. Mordió la primera de las agujas-serpientes, para acabar ella misma agonizando y desapareciendo una vez finalizada su corta mordida, de una duración fiel a su esencia de aguja pequeña. Tac. Atacó a Ángel la segunda de las agujas-serpientes y luego se extinguió en un chillido agudo y largo, hasta extenuarse y decretar en su último suspiro su larga partida hacia el infierno de las agujas largas y asesinas. Entonces, ya herido mortalmente pero habiéndose liberado de las serpientes que tiempo atrás habían inmovilizado sus piernas, brazos y cuello, Ángel supo que la hora había llegado, su hora, esa hora irremediable y cruel, la hora en la que todo lo bueno quedaba definitivamente atrás y se iniciaba un veloz, inevitable y mortal camino hacia el final del tunel. Su corazón también acusó recibo y, estampándosele el último sello con la hora, los minutos y los segundos exactos utilizándose como tinta la sangre de las agujas, dejó de latir para siempre.

     Un tiempo más tarde descubrieron su cuerpo yaciendo sobre el sofá. Nada podía hacerse, todo estaba sentenciado. Su muerte. La de Ángel. El fin de sus días. Algunos lo lloraron, otros lo despidieron con una medida solemnidad huérfana de lágrimas. Al retirar el cadáver, quedando desierta la escena donde Ángel había dejado de existir, alguien dijo una de esas frases hechas y el que estaba a su lado le contestó entre suspiros y también pecando de nula originalidad: su tiempo se ha acabado. Y se fue, llevándose esa frase, su dueño se marchó. Desde arriba, cuando ya no quedó nadie ni mucho menos los malogrados restos de Ángel, ellas rieron malignas, rieron astutas, rieron a tiempo como todo lo que hacían. Las frías agujas, otra vez cobijadas en su fría y calculada morada llamada reloj, sabían que el tiempo no se le había acabado a Ángel, sino que había sido el tiempo el que lo había acabado.


5 comentarios:

Anónimo dijo...

Pobre Angel. Me hizo acordar a un texto de Henry Miller.

Martín

chapi dijo...

Me gustó mucho, pero es uno de tus textos más simbólicos, no? Abrazote! Qué bueno que escribas seguido!

Anónimo dijo...


Me quedo con esta frase: “Asesinado por las agujas-serpientes en su salón, a quién sabe qué hora, porque el reloj yacía desnudo en la pared de enfrente, inerte”
El tiempo que mide nuestra vida, dicen no para, pero se detiene por completo para los que cierran los ojos a esta vida ¿Qué tiempo o espacio nos deparará después de que las agujas del reloj nos dejen de sonar?
Brillante, agudo, inexorable a la vez. Te deja resonando…. un tic-tac.

CW.

Anónimo dijo...

Al leerlo se me ha venido a la mente la pintura de Dalí “La persistencia de la memoria” o también conocido como “Los relojes blandos”. El protagonismo de los relojes en movimiento y la afectación sobre el individuo que estos provocan.
Sensaciones, pensamientos y sucesos, hasta la muerte misma.
Es una entrada poética, pictórica, simbólica. Interesante de leer.

Anónimo dijo...

Super metafórico, y una forma muy original de reflexionar sobre ese tema tan turbio y temible: la muerte. Qué fría, implacable e inexplicable que es para nosotros…Solo de esa manera se puede escrutar algo tan indeseado. Triste pero tan real!

María

Datos personales