martes, 18 de junio de 2013

Por pelotudos



por Javier Debarnot


     Ni por disturbios en la vía pública, ni por robo, ni por asesinato. Ni mucho menos por tocarle el culo a una vieja. Por pelotudos. Clara y concisa, esa fue la razón que le dio el comisario de turno al padre de Gonzalo, la respuesta a la pregunta que, para más inri, había sido por qué nos habían metido presos a mí y a mis mejores amigos una cálida noche de noviembre de hace dieciocho años. Toda una noche tras las rejas, por pelotudos.

     Nuestra salida de sábado había empezado como casi todas por aquella época: tomando algo, a la vuelta de la manzana de la discoteca que nos engulliría durante largas horas. Tomando algo al principio, porque después pasaba a ser tomando bastante y, en ese punto, en ese preciso momento donde se pasaba del algo al bastante fue cuando empezó a cocerse a fuego lento el motivo que nos llevaría a los cinco a la comisaría del barrio, la seccional número treinta y uno de Colegiales.

     Ya entonados por la ingesta alcohólica, mientras nos apoyábamos sobre el capó de algunos coches aparcados junto a la acera donde estaba el kiosco que nos expendía las bebidas, de golpe dejábamos de cuidar algunas formas y nuestras charlas subían de tono, aumentaban el volumen, los filtros iban desapareciendo y hasta se colaba de tanto en tanto una canción de cancha desaforada. Nada nuevo. Era lo que hacíamos cada sábado antes de entrar al boliche de moda, al que casi siempre nos metíamos al borde de la borrachera, a veces tambaleando.

     En alguna ocasión aislada, o no tanto, vimos frustrado nuestro intento de ingreso dando el penoso espectáculo de que uno de nosotros -yo mismo- vomitara a centímetros del ser más indeseable del condado, el portero de la discoteca de turno. Pero al menos, antes de que nos echara sin más explicaciones, nos quedábamos con el minúsculo placer de haberle salpicado con gotitas de vómito sus hasta allí relucientes botas de cuero negras. Puede que hasta tiráramos piedras, en una justa represalia una noche en que estábamos demasiado pasados de alcohol, pero eso es otra historia. Mejor volvamos a ese sábado, y a ese kiosco.

     Como detalle no menor, junto a nosotros había otros grupos de jóvenes, de tres o cuatro individuos cada uno, que hacían lo mismo que nosotros: tomar, charlar, tomar más, animarse y bromear, seguir tomando, gritar, cantar, no soltar la botella de birra, decirle algo a las chicas que iban yendo a la disco, reírse, empinar el codo una vez más, burlarse de quien sea y, coqueteando en el límite de la embriaguez, directamente entrar a participar en la ronda final del concurso de la carcajada más estridente de la noche. Entre toda esa estupidez desatada, yo tuve tiempo de percatarme de que un chico que se emborrachaba al lado nuestro era el hijo de un famoso. Y evidentemente, un vecino de la zona tuvo la mala leche de hacer una delatora llamada.

     De repente una luz azul y roja empezó a pintarnos las caras, y el sonido de las sirenas de dos patrulleros tapó nuestros vagos intentos de hacernos entender. La policía. Estacionaron tan rápido y abrieron las puertas con tal despiadada sincronización que ni nos dejaron tiempo para, disimuladamente dando golpecitos con los pies, alejar las botellas de cerveza de nuestro campo de juego para mandarlas al terreno de nuestros desconocidos colegas bebedores. No hubo caso. Todos con las manos en la pared, señores.

     Cuando te dicen señor y sólo tenés diecinueve años, estás en un problema; minúsculo si la palabrita la lanza un profe en el preámbulo de un examen sorpresa, pero grande si el señores sale de la boca de un oficial de la ley. Empezábamos a estar jodidos aquella noche de sábado, apoyando nuestras palmas contra el cemento cálido de un edificio, unos junto a otros, hasta que un policía nos obligaba a romper el estatismo reclamándonos el carnet de identidad.

     Yo había quedado justo al lado del hijo del famoso, el primogénito de uno de los más emblemáticos arqueros, ya inactivo, de la historia del fútbol argentino. Cuando el muchacho en cuestión le mostró su DNI al uniformado, éste leyó su apellido, y entonces en unos instantes eternos confluyeron tres miradas: los ojos del descendiente de la vieja gloria futbolística, los del policía alternándose entre el documento y su dueño, y los míos, escrutadores, a punto de vivir un momento de impunidad, de esos que son moneda corriente en cualquier república bananera. El chico ventajista, que hasta la irrupción de los patrulleros era un borrachín más entre todos nosotros, desenfundó de golpe su derecho a creerse más que el resto sólo por haber llegado al mundo después de, paradójicamente, un gol que su padre el portero famoso le había metido a su madre en alguna noche de juerga.

     Yo solamente iba volviendo a mi casa, no estaba tomando nada, dijo el cobarde cuando en realidad, entre líneas, le estaba diciendo al policía que sí, que era el hijo del arquero y que ni se le ocurriera llevarlo detenido porque esa misma noche su puesto de trabajo empezaría a pender de un hilo. Y el uniformado, cobarde como solemos serlo al ver peligrar nuestro pan de cada día, lo dejó ir al famosillo y, con mi DNI y los de mis amigos en la mano, dio la orden inequívoca de que subiéramos todos a uno de los vehículos, los cinco juntos en el asiento de atrás.

     A la una y pico de la madrugada, nos llevaron a una comisaría ubicada a pocas manzanas del lugar donde fuimos detenidos. No nos pusieron esposas, pero el oficial que fichó nuestro ingreso nos solicitó amablemente todos nuestros objetos personales menos la ropa y los cigarrillos, incluyendo en el listado las llaves, el dinero, y hasta los cordones de las zapatillas para que ni pensáramos en suicidarnos.

     Lejos de preocuparnos, a nosotros nos parecía una forma distinta de romper la rutina de cada fin de semana: aquella noche no íbamos a escuchar ninguno de los hits del verano, y en cambio nos dieron a nosotros mismos la responsabilidad de musicalizar la velada al pedirnos que “tocáramos el pianito”. Así se lo conoce en la jerga judicial al trámite de dejar marcadas las huellas dactilares de los diez dedos de las manos en un cartón que luego irá a parar a quién sabe qué lugar, y la máxima preocupación suele ser la de saber cuándo será destruido ese documento incriminador, cuándo se limpiará esa pequeña mancha que por sí sola es inofensiva pero que empezaría a ser una señal de alarma si van apareciendo más “tocadas de piano” en un corto plazo.

     Por suerte, accedieron a nuestro pedido de meternos a los cinco en una misma celda. Por mala suerte, el primero en entrar fue Mariano y no tuvo mejor idea que empezar a largar un chorro hediondo de vómito que inundó una parte del cubículo de tres por cuatro donde íbamos a pasar algunas horas, y eso que no había ningún portero de discoteca cerca. Como castigo, le tocaría ocupar el sitio más cercano a ese charco nauseabundo donde la borrachera había querido dejar sus huellas dactilares, porque ella era la sexta detenida de la noche.

     En la celda de al lado había otro grupo de jóvenes, menor en número, en edad y seguramente con mucho menos alcohol en su sangre. Se notaba que, durante las primeras horas de su cautiverio, estaban asustados porque no oíamos volar una mosca por ahí. ¿Y nosotros? Nico y Edu se trepaban a los barrotes que nos encerraban y gritaban “¡guardias!”, parodiando a una película argentina que se había estrenado en aquellos años. La efervescencia no bajaba y en cambio seguíamos los cinco subidos a la cresta de la ola, viviendo la inédita experiencia de pasar una noche a la sombra.

     Cerca de las seis de la mañana, cuando empezaron a menguar nuestra energía y también los cigarrillos, uno a uno nos fue llamando un agente para ofrecernos la posibilidad de avisarles a nuestros padres dónde estábamos. Como nos dijeron que nos soltarían alrededor de las nueve o las diez, decidimos rechazar la oferta de decirle a un papá furioso o a una mamá preocupada que nos habían llevado presos. Si total, pensábamos con mucha lógica, podíamos volver a casa como si no hubiera pasado nada, como si simplemente después de a la discoteca hubiéramos ido a desayunar y así se había hecho la media mañana. Idea genial, eso nos creíamos, también presos de nuestra inocencia.

     Cuando ya quedaba poco para la hora de marchar, entramos los cinco en modo bajón. Y los del grupo de al lado, que quizás eran los amigos del cobarde hijo del famoso, se empezaron a soltar y a hablar cada vez más alto, ya repuestos del susto de las primeras horas. Shhhhhh. Los mandamos a callar, pretendiendo abusar de nuestra supuesta superioridad o mayor rango jerárquico en las celdas, y lo peor de todo fue que, para nuestro confundido ego, los pobres chicos hicieron silencio. Por una vez en la vida le metimos miedo a alguien. Pero entonces nos dieron las diez.

     Nos devolvieron las llaves, los documentos y los cordones. El sol nos abofeteó en la cara, espabilándonos de los últimos rastros de borrachera una vez que asomamos nuestras trompas a la calle de un domingo típicamente domingo. Y taza-taza, cada uno a su casa. Me colgué de un colectivo y, después de unas diez paradas, bajé en mi barrio y apuré el paso. Vi en mi reloj que ni siquiera eran las once, y al entrar al departamento me sorprendí gratamente porque no estaban mis padres. El plan “aquí no ha pasado nada” marchaba a la perfección.

     Después de desvestirme y meterme a la cama en tiempo récord, oí el inconfundible sonido de unas llaves atornillando la cerradura de la puerta principal. Siendo un domingo típicamente domingo, mi madre volvía de misa con mi hermana menor. Ahora me hago el dormido como que acabo de llegar de desayunar y listo, volví a creerme la mentira. Pero enseguida unos pasos se hicieron cada vez más audibles. Venían hacia mí habitación y, definitivamente, la pantomima se hizo pedazos al escuchar a mi madre que decía “¿dónde está ese pelotudo?, ¿dónde se metió?”.

     Si esto fuera cine y no un burdo intento de literatura, podría rebobinarse la situación hasta llegar al párrafo donde se cuentan las payasadas de dos de nosotros colgándose de los barrotes de la celda. Si pudiera cambiarse la cámara, se podría enseñar lo que estaba pasando justo en ese instante en el despacho del comisario, con un teléfono sonando, el hombre de la ley descolgando, y oyendo del otro lado la voz de un padre, el de mi amigo Gon, que preguntaba si por casualidad su hijo estaba en ese lugar. Sí, que está acá con sus cuatro amigos, y que no hicieron nada grave, que están los cinco sencillamente por pelotudos. Después, tres o cuatro llamadas habían sido suficientes para que los padres de todos se enteraran de nuestro paradero y, lo peor de todo, nos aguardaran ansiosos para comernos con cuchillo y tenedor.

     Que mi mamá me catalogara como el pelotudo de la casa durante varias horas no fue tan grave como la actitud de Vicky, mi hermanita de seis años en aquella época, que ni me insultó ni me dijo nada de nada, pero durante casi toda una semana me miró con excesivo respeto, temerosa de mí, y en ese tiempo que por suerte fue fugaz creyó que tenía un hermano delincuente.

     Por si a alguien le interesa saberlo, y aunque no sea un dato tan relevante en los hechos ocurridos ese noviembre del ´95, el hijo del famoso en cuestión era Lucas Cassius Gatti, sí, el primogénito de Hugo Orlando, uno de los arqueros más emblemáticos de Boca Juniors. Aprovecho estas líneas para mandarlo en cana (1), al menos metafóricamente, aunque está claro que debió pasar por eso dieciocho años atrás, junto a nosotros y a sus amigos. El motivo está más que cantado. Él también, y él más que ninguno, por pelotudo.


(1) Para mis amigos españoles: en el lunfardo o jerga argentina, "cana" significa policía, por lo cual "mandar en cana" es como "mandar preso". Pero no sólo se emplea para ese uso coloquial, siendo mucho más común un significado metafórico de "mandar en cana", que es lo mismo que "chivatear", delatar, etc.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Y después nos preguntamos ¿a quien salen nuestros hijos tan quilomberos?!...No más palabras Sr. Juez.

Anónimo dijo...

Muy lindo ! Que recuerdos!
Abrazo
Gon

Anónimo dijo...

Muy bueno jajaja, al final Gatti se la come!!

Martín

Anónimo dijo...

Qué grande Javi!!! La verdad te podés escribir un libro con todas las anécdotas de tu adolescencia... Lo mejor: "dónde está ese pelotudo?" jajaja! y no puedo imaginarme la cara de "excesivo respeto" de Vicky! Tan chiquita e inocente con sus seis añitos!
Hace tiempo que esperaba un cuento narrando esta aventura de ir en cana, y llegó!!!
Excelente como siempre!!! (Ah, la parte del hijo de Gatti no la sabía, me acabo de enterar!).

María

chapi dijo...

Jaja, qué buena anécdota.No sé por qué, adiviné que el arquero sería Gatti. ¿A lo mejor me lo contaste en una noche de borrachera en Barcelona, subido a esa terraza en la Zona Franca?

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