martes, 30 de julio de 2013

En la guerra, no existen grises

por Javier Debarnot

     Antes de que una flecha se le enterrara en el omóplato, el mensajero sólo había cometido el pecado de cumplir a rajatabla con su misión, la de comunicarle al rey enemigo que el Príncipe Negro, es decir el mismísimo Eduardo de Woodstock, le declaraba la guerra sin más preámbulos ni miramientos. Juan II se había tomado el asunto tan a pecho que, como respuesta más que elocuente, había decidido matar por la espalda al enviado apenas éste hubo recorrido los escasos metros que separaban el puente del castillo de la torre de vigilancia. Y de ese modo, con esa acción fuera de toda honorabilidad y códigos, así fue como se desató en 1356 la cruel Batalla de Poitiers.

     La primera línea de ataque del ejército de Juan II, amo y señor de Francia, salió con ese ímpetu y ese brío que luego empieza a decaer. Hordas de guerreros rasos blandiendo espadas oxidadas y escudos enclenques dieron un paso doble hacia el lugar de la batalla, ensordeciéndose ellos mismos con sus gritos, pero el entusiasmo se apagó pronto y con él también bajó el ritmo de la marcha, la de ese pelotón de avanzada que iba haciendo un surco por las desoladas campiñas francesas del siglo 14. 

     A algunos kilómetros de distancia se desplazaban las huestes del Príncipe Negro, que había esperado que se movieran sus enemigos para soltar también a su tropa de combate más sanguinaria y a la vez más endeble. Unos y otros, unidos por rellenar ambos bandos el escalafón más bajo de la sociedad y separados ridículamente por los fríos colores de un escudo, iban acercándose paso a paso al epicentro de la contienda. 

     Un sombrío cielo de un color plata apagado era el único testigo de lo que estaba ocurriendo en el campo, donde los humildes adversarios estaban listos, o creían estarlo, para empezar a derramar a la hora señalada litros de sangre impura, la suya, y procurar que la azul de sus majestades divinas no se escapara ni con cuentagotas. Un manojo de nubes raídas como jirones desteñidos amenazaba con desprenderse de ese manto gris sobre las cabezas de los guerreros, inocentes almas atrapadas en toscos e imperfectos cuerpos que habían llegado al mundo sólo para cumplir órdenes, con una permanente obligación moral de pedir permiso o incluso sentir culpa antes de osar con disfrutar de la vida. El placer no parecía haber sido concebido para los soldados de a pie, sino que eran más bien piezas creadas en serie y en cantidad para experimentar con ellas jugando a prueba y error, descartarlas y reemplazarlas por otras. Lo más triste era que lo sabían. Conocían su rol en el juego y aun así se alineaban resignados dispuestos a ir hacia adelante, siempre hacia adelante y contra lo que fuera. 

     Antes de que se produjera el encontronazo de aquellas tropas de avanzada, los dos ejércitos también habían enviado a la guerra a sus caballeros: más altivos y sobradamente más valiosos, pero inferiores en número. Iban recortando distancias hasta la zona álgida de la batalla, con un galope a veces furioso, casi saltando por sobre el andar de los soldados. Avanzaban un tramo importante y de repente se ladeaban y se inmiscuían lateralmente entre las filas de guerreros, para luego volver a salir hacia adelante en una especie de zigzagueo. Subidos a sus nobles corceles, los escasos caballeros vigilaban todo a su alrededor, y a través de sus ojos atrincherados detrás de su gruesa armadura, miraban hacia el horizonte por donde se iba haciendo más grande el ejército rival. 

     La confrontación era inminente y un trueno marcó la antesala de la misma, con tanta furia que hizo temblar el suelo que a los pocos segundos iba a empezar a recibir cuerpos caídos y malheridos por el fragor de la sangrienta lucha. Las tropas de Juan II de Francia llegaron antes al punto donde ya no habría retroceso. Fue más bien sólo uno de sus soldados, el más adelantado del pelotón, y por contrapartida, un valiente del ejército del Príncipe Negro se plantó a pocos metros de él. Y se hizo un silencio de tumba. 

     El silencio retumbaba en los tímpanos de los guerreros que ya se habían acostumbrado a los alaridos de furia, esos que un poco los cebaban y mucho les servían para ocultar sus verdaderos y atroces miedos. Un silencio que se hizo insoportable, tal vez porque todos los que lo oían sabían que éste tenía una fecha de caducidad, que expiraría en milésimas de segundos. Y después, vendría el acabose. Todos hubieran dado lo que sea para que ese instante se congelara para siempre, en el tiempo de la no guerra, pero no hay dioses que puedan obrar con ese milagro, o será que prefieren no hacerlo y dejar que todo fluya. Sobre todo la sangre. 

     El adelantado del ejército francés dejó ir su brazo izquierdo en diagonal hacia adelante, como si fuera un búmeran, y antes de volver a su sitio tuvo tiempo de alcanzar un cuello y rebanar una cabeza. Y esa serie de sonidos metálicos, fríos, carnales y de estrépito, los del blandir de una espada, la posterior y sorda decapitación y la caída final de un objeto inanimado de golpe estrellándose sobre una montaña de tierra dura, esa secuencia desencadenada y mortal hizo estallar el silencio por el aire, y así la batalla propiamente dicha se encarnizó y no iba a detenerse hasta que alguno de los contendientes suplicara piedad y escupiera vergonzosamente su rendición. 

     Mientras cada soldado se abría paso mano a mano contra sus contendientes, intervinieron también los hombres a caballo, y hubo además una decisiva participación en el combate de un puñado de duques que, a diferencia de los guerreros que debían acercarse hasta sus adversarios para dar cuenta de ellos, estos tenían un estilo bastante diferente y distante de entrar en acción. Los duques iban armados con flechas y, afinando milimétricamente su puntería, las lanzaban desde largas distancias cruzando el terreno en diagonal, y al llegar a su destino sus filosas puntas casi siempre le daban vida a un estertor de muerte. 

     Soldados, caballeros y duques se trenzaron en la cruel batalla de Poitiers durante horas. A destajo, sin margen de descanso ni tregua. Al empezar a enflaquecer las fuerzas y a contarse más cadáveres que luchadores, ambos ejércitos fueron movilizando sus torres de combate hasta el mismísimo meollo de la contienda. Desde esas estratégicas posiciones, esos destacamentos contaban con una artillería mucho más pesada y mortal, erigiéndose en piezas clave del triunfo o la derrota según donde cayera la taba del destino de esa guerra cruel. Incluso Eduardo de Woodstock, al verse acorralado en un momento del enfrentamiento, intercambió posiciones con una de las torres móviles de combate para resguardarse de las estocadas de su enemigo. Así fue consumiéndose la lucha y poco a poco decantándose la balanza a favor de las tropas de Eduardo, el Príncipe Negro, que con su valentía y gran valía en el campo de batalla lograría quedarse con una grandiosa victoria. 

     La reina Bona de Luxemburgo había tejido variadas artimañas y estrategias desde su trono para ayudar a su esposo, pero a pesar de su indudable poder poco pudo hacer para evitar la caída en combate de Juan II. Cerca del anochecer, el rey de Francia se vio acorralado por un caballero y por dos soldados rivales que le franquearon el paso. Sin margen de huida posible, ya evaluando el alto costo que tendría que pagar o acaso preguntándose si no estaría llegando al fin de sus días, finalmente Juan II observó estupefacto la negra armadura de Eduardo de Woodstock, la que le había valido su apodo, emergiendo como tiniebla entre las pocas luces que se conservaban. 

     El Príncipe Negro desenvainó su espada y la manipuló con extremada justeza hasta lograr que el filoso extremo de la misma se posara sobre la barbilla de su enemigo. Como a Juan II le temblaba cada centímetro de su rostro, fue su propio mentón el que no pudo controlar sus sacudones y chocó en repetidas ocasiones con la fría y puntiaguda arma de su enemigo, hasta que acabó brotándole una minúscula gota de sangre. No se derramó ninguna más desde aquel instante, pero así se selló la victoria de Eduardo de Woodstock que apresó al rey de Francia y lo llevó como rehén a Inglaterra. 

     Seiscientos cincuenta años después, decepcionado por la derrota pero conservando la esperanza de vencerlo en una futura contienda, el niño le dijo a su padre: “nunca imaginé que podría llegar a ser tan apasionante una partida de ajedrez”.



lunes, 15 de julio de 2013

Asesinato en la agencia (un ajuste de “cuentas”)

por Javier Debarnot


     Susi, la encargaba de limpieza de la agencia, llegó aquel día apenas entrada la mañana y hubiera podido imaginar miles de escenarios exóticos o sorprendentes, pero nunca el que se plasmaba casi fantasmagóricamente frente a sus atónitos ojos de lunes. En el suelo todavía en penumbras del pasillo que iba del área de creatividad a la de administración, estaba contorneada en blanco la silueta del cuerpo de una persona. Como en las películas. O más bien como en las escenas del crimen.


     Susi casi murió del susto, pero para la tranquilidad de sus familiares no hubo que agregar el dibujo de su diminuta figura junto a la primera. Enseguida pensó en llamar a la policía, pero lo primero que hizo al calmarse fue reconocer -por un par de detalles- el contorno de la macabra figura. Por su cabeza no podían pasar otras cosas que no fueran las preguntas obvias: ¿quién había matado a la nueva ejecutiva de cuentas de la agencia? ¿Y por qué?


     La presunta víctima, cuyo cadáver estaría ya quién sabe dónde, había empezado a trabajar en la agencia apenas unas semanas atrás. Entró para reemplazar a una chica que llevaba años en su puesto y era muy querida por todos, lo que implicó que desde el primer minuto la mayoría mirara con cierto recelo a “la nueva”, porque rara vez es bienvenida una persona desconocida que irrumpe de la nada para tomar el lugar de una auténtica pilar del grupo de trabajo. A partir de ese punto, no sorprendía mucho que casi nadie hubiera hecho buenas migas con Anabella, la última incorporada a la agencia. ¿Pero tan mal había caído al punto de merecer la muerte?


     Prácticamente todos eran sospechosos. Pero Susi, aún paralizada ante el inédito asesinato, intuyó que los más implicados podrían ser cuatro, un póker de jóvenes del mundo publicitario que habían jugado inteligentemente sus cartas para atestar la jugada maestra: Carolina, Sebastián, Myriam y Jorge. ¿Pero quién de ellos había matado a Anabella? ¿O había sido un selecto plan tramado por los cuatro?


     Todo habría comenzado el viernes después del almuerzo. Anabella sabía que la esperaba una tarde de locos, muy ilusa ella, al no poder siquiera presagiar que sería más bien una tarde de muerte. La estrategia perpetrada por los cuatro habría consistido en provocarle un ataque de asma a la nueva, un ataque de asma de esos que acaban mal. Seguramente el primer paso del plan lo dio Caro, la única chica directora de arte de la agencia. Después de recibir por mail –enviado secretamente por Myriam- una orden de trabajo que ya estaba en manos de Anabella, la tarea de Carito era hacer unos sutiles pero trascendentes cambios a las medidas del anuncio que debía gestionar la nueva empleada. Se trataba de una adaptación de una pieza para el Día de la Madre de un cliente importante, que justamente era el único que llevaba Anabella. Después de pasar por las manos y los retoques de Caro, por arte de magia el trabajo a realizar pasó de ser de 29x21 a 21x14 y de ser en blanco y negro a color.


     El punto número dos habría sido con seguridad propiedad de Sebastián. El joven de producción gráfica, cada viernes o cada vez que mamá y papá –los jefes- se ausentaban de la agencia, era el instigador de la pequeña juerga que se montaba en el área de creativos, que consistía en empezar a arrojarse unos a otros con lo que tuvieran a mano. Seba se ponía un gorro que había usado en su adolescencia y, al grito de Bariloche –que era el sitio donde se hacían los viajes de egresados y sinónimo de descontrol-, en cuestión de segundos se desataba la marabunta, el desahogado festín entre todos. Ese día, la clave debe haber sido esperar a que apareciera Anabella con sus órdenes de trabajo y que justo ahí explotara ¡Bariloche! En pleno revoleo de papeles, seguro hubo un momento supuestamente casual en el que cayó la documentación de Anabella al suelo, y Caro aprovechó para sustituirle una orden original por una que ella misma había modificado.


     Devuelta la calma al despacho una vez apagado el fuego de Bariloche, la directora de arte puso en su Mac un recital de U2 y se transportó al lugar donde había visto a la banda irlandesa pocos meses atrás. Ajenos a la evasiva imaginación de la chica, los demás supieron que la canción que había elegido era la señal de que el cambio de papeles había sido un éxito, y entonces, la confusión y el plan estaban servidos.


     El resto iba a fluir solo, por orden y cuenta de los nervios de la pobre Anabella. Los chicos de producción gráfica ya tenían preparado el trabajo en las medidas correctas pero, cruelmente alineados al plan, lo mantenían oculto e iban a dejarse llevar por las erróneas indicaciones que acababa de darles la futura víctima. Su respiración iba modificándose, pasando de 12 a 24 inhalaciones por minuto, y todo estaba encaminándose al desastre, aunque faltaba el golpe de gracia: la llamada. Jorge iba a atender el teléfono. Era el cliente. Obviamente, preguntando por la nueva ejecutiva de cuentas.


     -¿Anabella? No, acá no trabaja ninguna Anabella.


     Y George -así le decían a Jorge- seguro que había cortado la comunicación con esa rudeza que tan bien se le daba. ¿Pero cómo que no trabaja ninguna Anabella?, dijo la desconsolada nueva empleada, que había oído la conversación desde el pasillo ya al borde del ataque, porque veía que iba achicándose el plazo de entrega del trabajo.


     -Pero vos no sos Anabella, sos Analía. Sí, sí, yo te bauticé como Analía.


     Casi todos habrían empezado a marchar porque se acercaba la hora gloriosa, es decir las siete de la tarde del viernes. Casi todos menos Anabella, que seguía presa de la espera, con el ultimátum del cliente de entregar sí o sí esa adaptación aunque fuera a las mil quinientas. Los cuatro ideólogos del plan para eliminar a la nueva chica de cuentas, atentos al mínimo detalle, veían que poco le faltaba a su víctima para el colapso total. Sólo se requería la estocada final: la hora del cobarde abandono.


     La recepcionista de la agencia ya se había ido y Myriam se habría encargado entonces de poner a alguien idóneo en su reemplazo. No hay problema, dijo Myru, se queda Christian. En realidad había un pequeño problema, y era que Christian, el chico que iba a permanecer como encargado de atender el timbre y las llamadas… era sordomudo. Ojo que tenía la lección bien aprendida: sólo era cuestión de que pusiera una mano en el tubo del portero eléctrico y ante la menor vibración sencillamente debía abrir la puerta, y del teléfono se encargaría Magoya. Un plan perfecto, sobre todo si la idea era entorpecer la posible llegada de los servicios médicos de urgencia en caso de que algún empleado los necesitara.


     Susi, todavía algo atemorizada y nerviosa ante la silueta del cuerpo de Anabella, seguía haciéndose preguntas sobre cómo habría acabado aquel viernes. ¿Se habría producido el mortal ataque de asma de Anabella después de recibir una dura reprimenda del cliente por haber enviado un trabajo con las medidas incorrectas? ¿Habrían huido a tiempo Caro, Seba, Myru y George para no quedar implicados? ¿Los habría ido a buscar la policía el mismísimo sábado para que dieran su coartada o su versión de los hechos? De repente, antes de que Susi siguiera rompiéndose la cabecita en pos de intentar aclarar el crimen de la publicista, se abrió la puerta del ascensor y apareció Carolina, como si nada hubiera pasado. Y a Caro le dio mucha gracia ver que Susi estaba tan traumatizada por la situación que ni se animaba a atravesar el pasillo donde yacía la silueta macabra. A los pocos segundos, la mujer que había permanecido unos diez minutos contemplando estupefacta la escena del crimen y elucubrando sus teorías, por fin pudo tranquilizarse. La recién llegada le dijo que se tranquilizara. Anabella estaba viva.


     No había habido ningún plan secreto para borrar del mapa a la nueva. Caro no había adulterado ninguna orden de trabajo para confundir a Anabella, ni Seba abusado del momento Bariloche para intercambiarle los papeles, ni mucho menos Myru -haciendo oídos sordos al sentido común- había puesto a Christian como encargado del portero eléctrico. George sí que le había dicho Analía en vez de Anabella, al menos cuatro veces ese viernes, pero sería la última vez. Por motivos de estrés laboral típicos de una agencia de publicidad, sí ocurrió que la nueva ejecutiva sufrió un pico de presión que acabó en un leve desmayo. Un desmayo en el escalofriante “pasillo de la muerte”, pero los médicos llegaron a tiempo y todo quedó en un susto.


     Y ahí fue cuando, entre Caro y otros que habían quedado a la hora de la descompensación, tuvieron la idea de, una vez que se llevaron a urgencias a la damnificada, usar cinta adhesiva blanca para simular en el suelo el contorno de un aparente cadáver. Ese que en definitiva había horrorizado a Susi haciéndole vivir toda la película del crimen. Y esa silueta que, como broche de oro a la broma de humor tan negro como genial, tenía un elemento añadido junto a la supuesta mano derecha del cuerpo. Yacía junto a los dedos una hoja de papel, que era la orden de trabajo real que llevaba consigo Anabella en el momento del desmayo.


     Era una prueba indeleble de la última tarea que, finalmente, la había condenado a la muerte… la muerte de su vida en la agencia, porque Anabella jamás regresó a su puesto de trabajo. Y todos sus compañeros siguieron su día a día, inocentes ante los ojos de la justicia. O al menos hasta que se demuestre lo contrario.





BONUS TRACK
 

     Susi quedó muy impresionada con la historia y le relató los hechos a su familia. 

    Uno de sus hijos, de profesión músico, se inspiró y compuso la letra de una canción sobre el desmayo de Anabella, que empezaría a tocar con su banda “Los que nunca despiertan antes de las once”.



“Te toco el timbre”
Letra y música: el hijo de Susi
Interprete: Los que nunca despiertan antes de las once



Yo te deseaba con mi corazón
eras la nueva ejecutiva de cuentas
pero el trabajo fue tu perdición
corrías peligro si no estabas atenta.

Tus compañeros no te hicieron lugar
ni el Pelado, ni Loly, ni Dieguito, ni Hugo
confundía tu nombre un tal Villagrán
por los pasillos vos ibas echando humo.

Te desmayaste por tanta presión
te desplomaste con las hojas de Jumbo
tranquila, amor, seré tu salvador
para Palermo ya mismo pongo rumbo.

(coro)
ANABELLA, VOY VOLANDO A LA AGENCIA
AL LLEGAR TE TOCARÉ EL TIMBRE
SOY EL CHOFER DE EMERGENCIAS

ANABELLA, YA ESTOY AQUÍ EN LA AGENCIA
POR QUÉ NADIE OYE EL TIMBRE
SOY EL CHOFER DE EMERGENCIAS





     Con “Te toco el timbre”, el grupo del hijo de Susi logró un auténtico hit en el circuito tropical del Gran Buenos Aires. 

     En un recital ofrecido en Pasión Latina de Laferrere, la banda tuvo como músico invitado en la percusión a Christian, que fue -con diferencia- el más ovacionado de la noche. Aunque él nunca se enteró.







martes, 2 de julio de 2013

Lucía y Andrés, última vez ayer a las 15:23


por Javier Debarnot

     Sólo se tenían el uno al otro. Todo lo demás lo fueron perdiendo por culpa de la crisis -la económica- porque a Lucía y Andrés nunca les había llegado la otra crisis a pesar de que llevaban siete años juntos. Sí, siete, el lapso indicado según muchos pregoneros aguafiestas que vaticinan un primer sacudón en la pareja. Nada. Lucía y Andrés le seguían diciendo al mundo, y así lo sentían, que se amaban como el primer día.

     Pero ambos estaban en el paro. Lucía a punto de perderlo porque los dos años iban a expirar en tres semanas; y Andrés era un novato en la materia: apenas habían pasado cuatro meses desde que había sido despedido por su empresa, y se lo había contado a Lucía con un Whatsapp que la chica leería cuatro horas después, a destiempo.

     -No te has enterado de mi mensaje- le había dicho Andrés cuando vio a su novia sonriente, como si nada hubiera ocurrido, yéndolo a buscar a la puerta de su futuro ex-trabajo. Y mientras la chica negaba con la cabeza y sus temblorosas manos rebuscaban su móvil entre las mil y un pequeñeces del bolso, supo que la esperaba una mala noticia, se topó con el Whatsapp y le contestó allí mismo a Andrés, con un “ánimo, amor, saldremos adelante como siempre”. Claro que podía decírselo a la cara, pero prefirió martillar compulsivamente las teclas de su Smartphone, le dio al enviar y abrazó a su chico –después de que éste leyera su mensaje y sonriera con ternura-. Además de muy enamorados, y en el presente muy desempleados, estaban muy “whatsappeados”.

     Lucía y Andrés tenían diferentes manías a la hora de usar el programa: la chica cortaba todas las frases batiendo el récord de Whatsapps por minuto; y en cambio Andrés no escatimaba con los emoticones, mandando caritas para cualquier circunstancia. Al conocerse como uña y carne, ambos toleraban esos usos y abusos del otro, pero vivir su relación cada día colgados al Whatsapp, alguna vez les jugaba una mala pasada.

     Un tiempo antes de quedarse sin trabajo, cuando todavía podían darse lujos, Lucía iba al gimnasio tres veces a la semana, no haciéndole caso a Andrés que le decía que no lo necesitaba. “Tú porque me ves con otros ojos”, le replicaba ella antes de irse. Una tarde, cuando acabó de entrenar, le mandó unos mensajes a su novio. “Estoy fuera del gym”. “Me muero”. El destinatario leyó horrorizado los Whatsapps, subió un taxi y le pidió al conductor que se pasara todos los semáforos en rojo hasta llegar al club. Y esperaba encontrar allí una ambulancia con paramédicos atendiendo a Lucía, resucitándola de un paro cardiaco como producto de un sobreesfuerzo. Al llegar, supo que ese panorama apocalíptico sólo convivía en su mente, ya que su media naranja estaba a pocos metros, como si nada, tomándose un café en el bar cercano al gimnasio. Andrés se amputó el susto de la cara al ver la conversación entera que, por culpa de una fallida conexión al 3G, a él le había llegado incompleta: después del “Me muero” venía un “Mira lo que es este perrito” y enseguida el envío de un archivo con la foto de un simpático Shar Pei.

     Al perder sus trabajos, su situación económica empezó a desmoronarse, y llegaron a un punto donde sólo tenían euros para lo básico: el alquiler de una habitación en el centro de Madrid, la comida usando cupones de descuento y, por supuesto, el crédito en sus móviles para seguir conectados. Un día Andrés hizo cuentas con la calculadora de su Smartphone y supo que les quedaba dinero sólo para dos meses. El futuro pintaba negrísimo, pero una mañana Lucía recibió un correo electrónico con un asunto prometedor: has sido escogida para una oferta de trabajo.

     No era nada concreto, pero lo veían como una oportunidad de oro para el rescate financiero de la pareja. Ella se vistió para matar y él la besó apasionadamente mientras le acariciaba el pelo. “Mucha suerte, amor”, dijo Andrés antes de que su enamorada partiera rumbo al bar donde aspiraría a ser la nueva camarera. De camino, recibió 17 mensajitos de su novio, la mayoría corazones, transformando su móvil en una pantalla de monitoreo de frecuencia cardiaca. Al llegar, Lucía le mandó dos últimos Whatsapp: “Ya entro”, “Aparca los mensajes por un rato”, y puso su teléfono en modo vibración.

     Para el puesto en el bar se habían quedado con dos aspirantes y las convocaban a una prueba para descartar a una. Sería la gloria en forma de contrato o la desilusión de continuar fuera del sistema. Las chicas debían atender a los habituales clientes durante media hora cada una, y la que mostrara más destreza y aptitudes, directamente “empezaría el lunes”. Lucía, si bien había trabajado dos años como mesera, mientras se calzaba el delantal notó sobre sus espaldas la presión de tener que conseguir el empleo sí o sí, sintiendo que era ahora o nunca. La pobre era un manojo de nervios.

     Respondiendo a un par de pedidos, cogió en el mostrador de la cocina una bandeja con dos cafés con leche, un cortado, dos zumos de naranja y un croissant. Y avanzaba firme hacia las mesas, montada sobre sus tacos de diez centímetros. No tuvo tiempo de pensar en el error que había sido elegir ese calzado. Su tensión llegaba hasta las nubes y sintió que cualquier pequeñez podía desencadenar una catástrofe. Y la tragedia llegó con un súbito temblor que brotó desde las entrañas de su bolsillo.

     El mensaje que había enviado Andrés en forma de carita sonriente hizo que volara por los aires la bandeja, los cafés, el zumo y el croissant, y también se partió en mil pedazos la oportunidad de trabajo. En el viaje de vuelta a casa, Lucía pensó cuidadosamente las palabras que le iba a decir a su novio. “Necesito un tiempo”, fue la frase que se clavó como una estocada mortal en el corazón de Andrés, pero había más, porque la frase no había acabado. “Necesito un tiempo… sin Whatsapp”. ¿Soportaría eso la pareja feliz? ¿O se darían cuenta de que “ya no conectan”?


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