lunes, 15 de julio de 2013

Asesinato en la agencia (un ajuste de “cuentas”)

por Javier Debarnot


     Susi, la encargaba de limpieza de la agencia, llegó aquel día apenas entrada la mañana y hubiera podido imaginar miles de escenarios exóticos o sorprendentes, pero nunca el que se plasmaba casi fantasmagóricamente frente a sus atónitos ojos de lunes. En el suelo todavía en penumbras del pasillo que iba del área de creatividad a la de administración, estaba contorneada en blanco la silueta del cuerpo de una persona. Como en las películas. O más bien como en las escenas del crimen.


     Susi casi murió del susto, pero para la tranquilidad de sus familiares no hubo que agregar el dibujo de su diminuta figura junto a la primera. Enseguida pensó en llamar a la policía, pero lo primero que hizo al calmarse fue reconocer -por un par de detalles- el contorno de la macabra figura. Por su cabeza no podían pasar otras cosas que no fueran las preguntas obvias: ¿quién había matado a la nueva ejecutiva de cuentas de la agencia? ¿Y por qué?


     La presunta víctima, cuyo cadáver estaría ya quién sabe dónde, había empezado a trabajar en la agencia apenas unas semanas atrás. Entró para reemplazar a una chica que llevaba años en su puesto y era muy querida por todos, lo que implicó que desde el primer minuto la mayoría mirara con cierto recelo a “la nueva”, porque rara vez es bienvenida una persona desconocida que irrumpe de la nada para tomar el lugar de una auténtica pilar del grupo de trabajo. A partir de ese punto, no sorprendía mucho que casi nadie hubiera hecho buenas migas con Anabella, la última incorporada a la agencia. ¿Pero tan mal había caído al punto de merecer la muerte?


     Prácticamente todos eran sospechosos. Pero Susi, aún paralizada ante el inédito asesinato, intuyó que los más implicados podrían ser cuatro, un póker de jóvenes del mundo publicitario que habían jugado inteligentemente sus cartas para atestar la jugada maestra: Carolina, Sebastián, Myriam y Jorge. ¿Pero quién de ellos había matado a Anabella? ¿O había sido un selecto plan tramado por los cuatro?


     Todo habría comenzado el viernes después del almuerzo. Anabella sabía que la esperaba una tarde de locos, muy ilusa ella, al no poder siquiera presagiar que sería más bien una tarde de muerte. La estrategia perpetrada por los cuatro habría consistido en provocarle un ataque de asma a la nueva, un ataque de asma de esos que acaban mal. Seguramente el primer paso del plan lo dio Caro, la única chica directora de arte de la agencia. Después de recibir por mail –enviado secretamente por Myriam- una orden de trabajo que ya estaba en manos de Anabella, la tarea de Carito era hacer unos sutiles pero trascendentes cambios a las medidas del anuncio que debía gestionar la nueva empleada. Se trataba de una adaptación de una pieza para el Día de la Madre de un cliente importante, que justamente era el único que llevaba Anabella. Después de pasar por las manos y los retoques de Caro, por arte de magia el trabajo a realizar pasó de ser de 29x21 a 21x14 y de ser en blanco y negro a color.


     El punto número dos habría sido con seguridad propiedad de Sebastián. El joven de producción gráfica, cada viernes o cada vez que mamá y papá –los jefes- se ausentaban de la agencia, era el instigador de la pequeña juerga que se montaba en el área de creativos, que consistía en empezar a arrojarse unos a otros con lo que tuvieran a mano. Seba se ponía un gorro que había usado en su adolescencia y, al grito de Bariloche –que era el sitio donde se hacían los viajes de egresados y sinónimo de descontrol-, en cuestión de segundos se desataba la marabunta, el desahogado festín entre todos. Ese día, la clave debe haber sido esperar a que apareciera Anabella con sus órdenes de trabajo y que justo ahí explotara ¡Bariloche! En pleno revoleo de papeles, seguro hubo un momento supuestamente casual en el que cayó la documentación de Anabella al suelo, y Caro aprovechó para sustituirle una orden original por una que ella misma había modificado.


     Devuelta la calma al despacho una vez apagado el fuego de Bariloche, la directora de arte puso en su Mac un recital de U2 y se transportó al lugar donde había visto a la banda irlandesa pocos meses atrás. Ajenos a la evasiva imaginación de la chica, los demás supieron que la canción que había elegido era la señal de que el cambio de papeles había sido un éxito, y entonces, la confusión y el plan estaban servidos.


     El resto iba a fluir solo, por orden y cuenta de los nervios de la pobre Anabella. Los chicos de producción gráfica ya tenían preparado el trabajo en las medidas correctas pero, cruelmente alineados al plan, lo mantenían oculto e iban a dejarse llevar por las erróneas indicaciones que acababa de darles la futura víctima. Su respiración iba modificándose, pasando de 12 a 24 inhalaciones por minuto, y todo estaba encaminándose al desastre, aunque faltaba el golpe de gracia: la llamada. Jorge iba a atender el teléfono. Era el cliente. Obviamente, preguntando por la nueva ejecutiva de cuentas.


     -¿Anabella? No, acá no trabaja ninguna Anabella.


     Y George -así le decían a Jorge- seguro que había cortado la comunicación con esa rudeza que tan bien se le daba. ¿Pero cómo que no trabaja ninguna Anabella?, dijo la desconsolada nueva empleada, que había oído la conversación desde el pasillo ya al borde del ataque, porque veía que iba achicándose el plazo de entrega del trabajo.


     -Pero vos no sos Anabella, sos Analía. Sí, sí, yo te bauticé como Analía.


     Casi todos habrían empezado a marchar porque se acercaba la hora gloriosa, es decir las siete de la tarde del viernes. Casi todos menos Anabella, que seguía presa de la espera, con el ultimátum del cliente de entregar sí o sí esa adaptación aunque fuera a las mil quinientas. Los cuatro ideólogos del plan para eliminar a la nueva chica de cuentas, atentos al mínimo detalle, veían que poco le faltaba a su víctima para el colapso total. Sólo se requería la estocada final: la hora del cobarde abandono.


     La recepcionista de la agencia ya se había ido y Myriam se habría encargado entonces de poner a alguien idóneo en su reemplazo. No hay problema, dijo Myru, se queda Christian. En realidad había un pequeño problema, y era que Christian, el chico que iba a permanecer como encargado de atender el timbre y las llamadas… era sordomudo. Ojo que tenía la lección bien aprendida: sólo era cuestión de que pusiera una mano en el tubo del portero eléctrico y ante la menor vibración sencillamente debía abrir la puerta, y del teléfono se encargaría Magoya. Un plan perfecto, sobre todo si la idea era entorpecer la posible llegada de los servicios médicos de urgencia en caso de que algún empleado los necesitara.


     Susi, todavía algo atemorizada y nerviosa ante la silueta del cuerpo de Anabella, seguía haciéndose preguntas sobre cómo habría acabado aquel viernes. ¿Se habría producido el mortal ataque de asma de Anabella después de recibir una dura reprimenda del cliente por haber enviado un trabajo con las medidas incorrectas? ¿Habrían huido a tiempo Caro, Seba, Myru y George para no quedar implicados? ¿Los habría ido a buscar la policía el mismísimo sábado para que dieran su coartada o su versión de los hechos? De repente, antes de que Susi siguiera rompiéndose la cabecita en pos de intentar aclarar el crimen de la publicista, se abrió la puerta del ascensor y apareció Carolina, como si nada hubiera pasado. Y a Caro le dio mucha gracia ver que Susi estaba tan traumatizada por la situación que ni se animaba a atravesar el pasillo donde yacía la silueta macabra. A los pocos segundos, la mujer que había permanecido unos diez minutos contemplando estupefacta la escena del crimen y elucubrando sus teorías, por fin pudo tranquilizarse. La recién llegada le dijo que se tranquilizara. Anabella estaba viva.


     No había habido ningún plan secreto para borrar del mapa a la nueva. Caro no había adulterado ninguna orden de trabajo para confundir a Anabella, ni Seba abusado del momento Bariloche para intercambiarle los papeles, ni mucho menos Myru -haciendo oídos sordos al sentido común- había puesto a Christian como encargado del portero eléctrico. George sí que le había dicho Analía en vez de Anabella, al menos cuatro veces ese viernes, pero sería la última vez. Por motivos de estrés laboral típicos de una agencia de publicidad, sí ocurrió que la nueva ejecutiva sufrió un pico de presión que acabó en un leve desmayo. Un desmayo en el escalofriante “pasillo de la muerte”, pero los médicos llegaron a tiempo y todo quedó en un susto.


     Y ahí fue cuando, entre Caro y otros que habían quedado a la hora de la descompensación, tuvieron la idea de, una vez que se llevaron a urgencias a la damnificada, usar cinta adhesiva blanca para simular en el suelo el contorno de un aparente cadáver. Ese que en definitiva había horrorizado a Susi haciéndole vivir toda la película del crimen. Y esa silueta que, como broche de oro a la broma de humor tan negro como genial, tenía un elemento añadido junto a la supuesta mano derecha del cuerpo. Yacía junto a los dedos una hoja de papel, que era la orden de trabajo real que llevaba consigo Anabella en el momento del desmayo.


     Era una prueba indeleble de la última tarea que, finalmente, la había condenado a la muerte… la muerte de su vida en la agencia, porque Anabella jamás regresó a su puesto de trabajo. Y todos sus compañeros siguieron su día a día, inocentes ante los ojos de la justicia. O al menos hasta que se demuestre lo contrario.





BONUS TRACK
 

     Susi quedó muy impresionada con la historia y le relató los hechos a su familia. 

    Uno de sus hijos, de profesión músico, se inspiró y compuso la letra de una canción sobre el desmayo de Anabella, que empezaría a tocar con su banda “Los que nunca despiertan antes de las once”.



“Te toco el timbre”
Letra y música: el hijo de Susi
Interprete: Los que nunca despiertan antes de las once



Yo te deseaba con mi corazón
eras la nueva ejecutiva de cuentas
pero el trabajo fue tu perdición
corrías peligro si no estabas atenta.

Tus compañeros no te hicieron lugar
ni el Pelado, ni Loly, ni Dieguito, ni Hugo
confundía tu nombre un tal Villagrán
por los pasillos vos ibas echando humo.

Te desmayaste por tanta presión
te desplomaste con las hojas de Jumbo
tranquila, amor, seré tu salvador
para Palermo ya mismo pongo rumbo.

(coro)
ANABELLA, VOY VOLANDO A LA AGENCIA
AL LLEGAR TE TOCARÉ EL TIMBRE
SOY EL CHOFER DE EMERGENCIAS

ANABELLA, YA ESTOY AQUÍ EN LA AGENCIA
POR QUÉ NADIE OYE EL TIMBRE
SOY EL CHOFER DE EMERGENCIAS





     Con “Te toco el timbre”, el grupo del hijo de Susi logró un auténtico hit en el circuito tropical del Gran Buenos Aires. 

     En un recital ofrecido en Pasión Latina de Laferrere, la banda tuvo como músico invitado en la percusión a Christian, que fue -con diferencia- el más ovacionado de la noche. Aunque él nunca se enteró.







5 comentarios:

Anónimo dijo...

Ja haha lo mejor el bonus track! estabas inspirado...

Abrazo

Martín

Anónimo dijo...

Teletransportado hacia esos momentos tan místicos de seleti, exquisitos detalles brother.

chapi dijo...

Para mí lo mejor fue "el momento Bariloche". No podría encontrar una mejor forma de describir un momento así.

Anónimo dijo...

¿Myri = Myru?

Anónimo dijo...

Buenísimo! Como a "Chapì", también me encantó lo de Bariloche, jaja, es tal cual!
Yo creo que ahì ya me daba el ataque de asma! No hacìan falta el resto de las tramoyas... Pobre Anabella, y pensar que en cada laburo hay una, y unos cuantos que hacen la vida imposible al que tiene que pagar derecho de piso!
Mari

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