martes, 30 de julio de 2013

En la guerra, no existen grises

por Javier Debarnot

     Antes de que una flecha se le enterrara en el omóplato, el mensajero sólo había cometido el pecado de cumplir a rajatabla con su misión, la de comunicarle al rey enemigo que el Príncipe Negro, es decir el mismísimo Eduardo de Woodstock, le declaraba la guerra sin más preámbulos ni miramientos. Juan II se había tomado el asunto tan a pecho que, como respuesta más que elocuente, había decidido matar por la espalda al enviado apenas éste hubo recorrido los escasos metros que separaban el puente del castillo de la torre de vigilancia. Y de ese modo, con esa acción fuera de toda honorabilidad y códigos, así fue como se desató en 1356 la cruel Batalla de Poitiers.

     La primera línea de ataque del ejército de Juan II, amo y señor de Francia, salió con ese ímpetu y ese brío que luego empieza a decaer. Hordas de guerreros rasos blandiendo espadas oxidadas y escudos enclenques dieron un paso doble hacia el lugar de la batalla, ensordeciéndose ellos mismos con sus gritos, pero el entusiasmo se apagó pronto y con él también bajó el ritmo de la marcha, la de ese pelotón de avanzada que iba haciendo un surco por las desoladas campiñas francesas del siglo 14. 

     A algunos kilómetros de distancia se desplazaban las huestes del Príncipe Negro, que había esperado que se movieran sus enemigos para soltar también a su tropa de combate más sanguinaria y a la vez más endeble. Unos y otros, unidos por rellenar ambos bandos el escalafón más bajo de la sociedad y separados ridículamente por los fríos colores de un escudo, iban acercándose paso a paso al epicentro de la contienda. 

     Un sombrío cielo de un color plata apagado era el único testigo de lo que estaba ocurriendo en el campo, donde los humildes adversarios estaban listos, o creían estarlo, para empezar a derramar a la hora señalada litros de sangre impura, la suya, y procurar que la azul de sus majestades divinas no se escapara ni con cuentagotas. Un manojo de nubes raídas como jirones desteñidos amenazaba con desprenderse de ese manto gris sobre las cabezas de los guerreros, inocentes almas atrapadas en toscos e imperfectos cuerpos que habían llegado al mundo sólo para cumplir órdenes, con una permanente obligación moral de pedir permiso o incluso sentir culpa antes de osar con disfrutar de la vida. El placer no parecía haber sido concebido para los soldados de a pie, sino que eran más bien piezas creadas en serie y en cantidad para experimentar con ellas jugando a prueba y error, descartarlas y reemplazarlas por otras. Lo más triste era que lo sabían. Conocían su rol en el juego y aun así se alineaban resignados dispuestos a ir hacia adelante, siempre hacia adelante y contra lo que fuera. 

     Antes de que se produjera el encontronazo de aquellas tropas de avanzada, los dos ejércitos también habían enviado a la guerra a sus caballeros: más altivos y sobradamente más valiosos, pero inferiores en número. Iban recortando distancias hasta la zona álgida de la batalla, con un galope a veces furioso, casi saltando por sobre el andar de los soldados. Avanzaban un tramo importante y de repente se ladeaban y se inmiscuían lateralmente entre las filas de guerreros, para luego volver a salir hacia adelante en una especie de zigzagueo. Subidos a sus nobles corceles, los escasos caballeros vigilaban todo a su alrededor, y a través de sus ojos atrincherados detrás de su gruesa armadura, miraban hacia el horizonte por donde se iba haciendo más grande el ejército rival. 

     La confrontación era inminente y un trueno marcó la antesala de la misma, con tanta furia que hizo temblar el suelo que a los pocos segundos iba a empezar a recibir cuerpos caídos y malheridos por el fragor de la sangrienta lucha. Las tropas de Juan II de Francia llegaron antes al punto donde ya no habría retroceso. Fue más bien sólo uno de sus soldados, el más adelantado del pelotón, y por contrapartida, un valiente del ejército del Príncipe Negro se plantó a pocos metros de él. Y se hizo un silencio de tumba. 

     El silencio retumbaba en los tímpanos de los guerreros que ya se habían acostumbrado a los alaridos de furia, esos que un poco los cebaban y mucho les servían para ocultar sus verdaderos y atroces miedos. Un silencio que se hizo insoportable, tal vez porque todos los que lo oían sabían que éste tenía una fecha de caducidad, que expiraría en milésimas de segundos. Y después, vendría el acabose. Todos hubieran dado lo que sea para que ese instante se congelara para siempre, en el tiempo de la no guerra, pero no hay dioses que puedan obrar con ese milagro, o será que prefieren no hacerlo y dejar que todo fluya. Sobre todo la sangre. 

     El adelantado del ejército francés dejó ir su brazo izquierdo en diagonal hacia adelante, como si fuera un búmeran, y antes de volver a su sitio tuvo tiempo de alcanzar un cuello y rebanar una cabeza. Y esa serie de sonidos metálicos, fríos, carnales y de estrépito, los del blandir de una espada, la posterior y sorda decapitación y la caída final de un objeto inanimado de golpe estrellándose sobre una montaña de tierra dura, esa secuencia desencadenada y mortal hizo estallar el silencio por el aire, y así la batalla propiamente dicha se encarnizó y no iba a detenerse hasta que alguno de los contendientes suplicara piedad y escupiera vergonzosamente su rendición. 

     Mientras cada soldado se abría paso mano a mano contra sus contendientes, intervinieron también los hombres a caballo, y hubo además una decisiva participación en el combate de un puñado de duques que, a diferencia de los guerreros que debían acercarse hasta sus adversarios para dar cuenta de ellos, estos tenían un estilo bastante diferente y distante de entrar en acción. Los duques iban armados con flechas y, afinando milimétricamente su puntería, las lanzaban desde largas distancias cruzando el terreno en diagonal, y al llegar a su destino sus filosas puntas casi siempre le daban vida a un estertor de muerte. 

     Soldados, caballeros y duques se trenzaron en la cruel batalla de Poitiers durante horas. A destajo, sin margen de descanso ni tregua. Al empezar a enflaquecer las fuerzas y a contarse más cadáveres que luchadores, ambos ejércitos fueron movilizando sus torres de combate hasta el mismísimo meollo de la contienda. Desde esas estratégicas posiciones, esos destacamentos contaban con una artillería mucho más pesada y mortal, erigiéndose en piezas clave del triunfo o la derrota según donde cayera la taba del destino de esa guerra cruel. Incluso Eduardo de Woodstock, al verse acorralado en un momento del enfrentamiento, intercambió posiciones con una de las torres móviles de combate para resguardarse de las estocadas de su enemigo. Así fue consumiéndose la lucha y poco a poco decantándose la balanza a favor de las tropas de Eduardo, el Príncipe Negro, que con su valentía y gran valía en el campo de batalla lograría quedarse con una grandiosa victoria. 

     La reina Bona de Luxemburgo había tejido variadas artimañas y estrategias desde su trono para ayudar a su esposo, pero a pesar de su indudable poder poco pudo hacer para evitar la caída en combate de Juan II. Cerca del anochecer, el rey de Francia se vio acorralado por un caballero y por dos soldados rivales que le franquearon el paso. Sin margen de huida posible, ya evaluando el alto costo que tendría que pagar o acaso preguntándose si no estaría llegando al fin de sus días, finalmente Juan II observó estupefacto la negra armadura de Eduardo de Woodstock, la que le había valido su apodo, emergiendo como tiniebla entre las pocas luces que se conservaban. 

     El Príncipe Negro desenvainó su espada y la manipuló con extremada justeza hasta lograr que el filoso extremo de la misma se posara sobre la barbilla de su enemigo. Como a Juan II le temblaba cada centímetro de su rostro, fue su propio mentón el que no pudo controlar sus sacudones y chocó en repetidas ocasiones con la fría y puntiaguda arma de su enemigo, hasta que acabó brotándole una minúscula gota de sangre. No se derramó ninguna más desde aquel instante, pero así se selló la victoria de Eduardo de Woodstock que apresó al rey de Francia y lo llevó como rehén a Inglaterra. 

     Seiscientos cincuenta años después, decepcionado por la derrota pero conservando la esperanza de vencerlo en una futura contienda, el niño le dijo a su padre: “nunca imaginé que podría llegar a ser tan apasionante una partida de ajedrez”.



3 comentarios:

chapi dijo...

El final es genial! Me encantó el relato. Qué bueno poder leerte con regularidad.

Anónimo dijo...

Ahhh guachito... como me dijiste alguna vez que jugabas me di cuenta con lo de las flechas diagonales, muy bueno todo...

Anónimo dijo...

Desde mi ignorancia en temas literatos seguro que tendrás varias especialidades..., pero una de ellas desde luego es lograr al final un primer desconcierto y una inmediata posterior sonrisa... (El título, en la misma línea...; aparece como típica y evidentemente trascendente, y luego hace el giño final al colorido del tablero, jejejé!)
Me ha gustado como la paternidad se entremezcla con recuerdos y con la temprana propia biografía.

Maricarmen

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