martes, 2 de julio de 2013

Lucía y Andrés, última vez ayer a las 15:23


por Javier Debarnot

     Sólo se tenían el uno al otro. Todo lo demás lo fueron perdiendo por culpa de la crisis -la económica- porque a Lucía y Andrés nunca les había llegado la otra crisis a pesar de que llevaban siete años juntos. Sí, siete, el lapso indicado según muchos pregoneros aguafiestas que vaticinan un primer sacudón en la pareja. Nada. Lucía y Andrés le seguían diciendo al mundo, y así lo sentían, que se amaban como el primer día.

     Pero ambos estaban en el paro. Lucía a punto de perderlo porque los dos años iban a expirar en tres semanas; y Andrés era un novato en la materia: apenas habían pasado cuatro meses desde que había sido despedido por su empresa, y se lo había contado a Lucía con un Whatsapp que la chica leería cuatro horas después, a destiempo.

     -No te has enterado de mi mensaje- le había dicho Andrés cuando vio a su novia sonriente, como si nada hubiera ocurrido, yéndolo a buscar a la puerta de su futuro ex-trabajo. Y mientras la chica negaba con la cabeza y sus temblorosas manos rebuscaban su móvil entre las mil y un pequeñeces del bolso, supo que la esperaba una mala noticia, se topó con el Whatsapp y le contestó allí mismo a Andrés, con un “ánimo, amor, saldremos adelante como siempre”. Claro que podía decírselo a la cara, pero prefirió martillar compulsivamente las teclas de su Smartphone, le dio al enviar y abrazó a su chico –después de que éste leyera su mensaje y sonriera con ternura-. Además de muy enamorados, y en el presente muy desempleados, estaban muy “whatsappeados”.

     Lucía y Andrés tenían diferentes manías a la hora de usar el programa: la chica cortaba todas las frases batiendo el récord de Whatsapps por minuto; y en cambio Andrés no escatimaba con los emoticones, mandando caritas para cualquier circunstancia. Al conocerse como uña y carne, ambos toleraban esos usos y abusos del otro, pero vivir su relación cada día colgados al Whatsapp, alguna vez les jugaba una mala pasada.

     Un tiempo antes de quedarse sin trabajo, cuando todavía podían darse lujos, Lucía iba al gimnasio tres veces a la semana, no haciéndole caso a Andrés que le decía que no lo necesitaba. “Tú porque me ves con otros ojos”, le replicaba ella antes de irse. Una tarde, cuando acabó de entrenar, le mandó unos mensajes a su novio. “Estoy fuera del gym”. “Me muero”. El destinatario leyó horrorizado los Whatsapps, subió un taxi y le pidió al conductor que se pasara todos los semáforos en rojo hasta llegar al club. Y esperaba encontrar allí una ambulancia con paramédicos atendiendo a Lucía, resucitándola de un paro cardiaco como producto de un sobreesfuerzo. Al llegar, supo que ese panorama apocalíptico sólo convivía en su mente, ya que su media naranja estaba a pocos metros, como si nada, tomándose un café en el bar cercano al gimnasio. Andrés se amputó el susto de la cara al ver la conversación entera que, por culpa de una fallida conexión al 3G, a él le había llegado incompleta: después del “Me muero” venía un “Mira lo que es este perrito” y enseguida el envío de un archivo con la foto de un simpático Shar Pei.

     Al perder sus trabajos, su situación económica empezó a desmoronarse, y llegaron a un punto donde sólo tenían euros para lo básico: el alquiler de una habitación en el centro de Madrid, la comida usando cupones de descuento y, por supuesto, el crédito en sus móviles para seguir conectados. Un día Andrés hizo cuentas con la calculadora de su Smartphone y supo que les quedaba dinero sólo para dos meses. El futuro pintaba negrísimo, pero una mañana Lucía recibió un correo electrónico con un asunto prometedor: has sido escogida para una oferta de trabajo.

     No era nada concreto, pero lo veían como una oportunidad de oro para el rescate financiero de la pareja. Ella se vistió para matar y él la besó apasionadamente mientras le acariciaba el pelo. “Mucha suerte, amor”, dijo Andrés antes de que su enamorada partiera rumbo al bar donde aspiraría a ser la nueva camarera. De camino, recibió 17 mensajitos de su novio, la mayoría corazones, transformando su móvil en una pantalla de monitoreo de frecuencia cardiaca. Al llegar, Lucía le mandó dos últimos Whatsapp: “Ya entro”, “Aparca los mensajes por un rato”, y puso su teléfono en modo vibración.

     Para el puesto en el bar se habían quedado con dos aspirantes y las convocaban a una prueba para descartar a una. Sería la gloria en forma de contrato o la desilusión de continuar fuera del sistema. Las chicas debían atender a los habituales clientes durante media hora cada una, y la que mostrara más destreza y aptitudes, directamente “empezaría el lunes”. Lucía, si bien había trabajado dos años como mesera, mientras se calzaba el delantal notó sobre sus espaldas la presión de tener que conseguir el empleo sí o sí, sintiendo que era ahora o nunca. La pobre era un manojo de nervios.

     Respondiendo a un par de pedidos, cogió en el mostrador de la cocina una bandeja con dos cafés con leche, un cortado, dos zumos de naranja y un croissant. Y avanzaba firme hacia las mesas, montada sobre sus tacos de diez centímetros. No tuvo tiempo de pensar en el error que había sido elegir ese calzado. Su tensión llegaba hasta las nubes y sintió que cualquier pequeñez podía desencadenar una catástrofe. Y la tragedia llegó con un súbito temblor que brotó desde las entrañas de su bolsillo.

     El mensaje que había enviado Andrés en forma de carita sonriente hizo que volara por los aires la bandeja, los cafés, el zumo y el croissant, y también se partió en mil pedazos la oportunidad de trabajo. En el viaje de vuelta a casa, Lucía pensó cuidadosamente las palabras que le iba a decir a su novio. “Necesito un tiempo”, fue la frase que se clavó como una estocada mortal en el corazón de Andrés, pero había más, porque la frase no había acabado. “Necesito un tiempo… sin Whatsapp”. ¿Soportaría eso la pareja feliz? ¿O se darían cuenta de que “ya no conectan”?


4 comentarios:

Anónimo dijo...

Un buen comentario puede ser el título de la anterior entrada. Jajaja. Espero que no sea autoreferencial. Abrazo.

Martín

chapi dijo...

Mu bueno. Mencanto, sobre tol final xq describ mu bien como la tecnologia afecta ntra frma de comportarnos :P

Anónimo dijo...

Muy muy muy bueno… para explicar los no sólo beneficios sino también estragos que hace la tecnología hoy en día. Es la otra cara de la moneda, la verdad me gustó mucho la forma en que lo exponés! No ir a los extremos de un “terminador”, la cosa es mucho más sencilla… pero igual de demoledora no? Así como en un trabajo “no hay sistema”… y estamos todos parados sin hacer nada… también el “exceso de sistema” puede romper el amor! Un cuento para pensar…

María

Anónimo dijo...

Muy bueno el cuento. Es enervante ver gente que, en compañía se la pasa conectado; en bares, colectivos, por la calle...

yoga

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