martes, 27 de agosto de 2013

El detector del pasado

por Javier Debarnot



     Julia intentó enjuagarse una vez más los ojos ayudándose de sus dedos rociados con la brisa del mar, pero sus lágrimas seguían brotándole como de una cascada apacible pero eterna.

     Cada vez que estoy en la playa con mi familia, no puedo evitar que me invada un leve fastidio alrededor de las ocho de la noche (noche es una forma de decir porque en verano todavía estamos a plena luz). Es mirar a nuestro alrededor y ver a la izquierda una fila de cañas de pescar dispuestas en la orilla del mar a diez metros de distancia entre ellas, y a la derecha exactamente lo mismo. Quedamos nosotros en el medio, como rodeados de una empalizada hecha con palos de los que cuelga un anzuelo que oscila peligrosamente hacia un lado y hacia el otro, preparándose para intentar hipnotizar a los inocentes peces de las inagotables aguas del Atlántico.

     Sin poder dejar de temblar, volvió a desplegar ese maldito diagnóstico poniéndolo de frente a sus ojos vidriosos, que leían sin querer leer, repasando esas seis líneas que un verdugo disfrazado de oncólogo había emitido como sentencia irremediable y cruel.

     Refunfuñando por la infaltable invasión de los pescadores previa al crepúsculo, me sorprendo al ver detrás de uno de ellos a un personaje que enseguida se roba toda mi atención. De unos sesenta abriles, años más, años menos, es un hombre que imanta miradas tan sólo por el extraño elemento que manipula mientras viborea por la playa en un parsimonioso andar. El aparato parece ser una suerte de aspiradora que, zigzagueando a escasos centímetros de la arena, sin dudas va buscando cosas que estén enterradas a un palmo de la superficie. Lo primero que me sale es preguntarle a mi mujer qué cree que andará buscando “ese loco con el detector de metales”.

     A su izquierda, Julia llevaba en el bolso esa carta que garabateó media hora atrás en la sala de espera del centro de salud, y también volvió a leerla, preguntándose si realmente quería que llegara a ser vista por la persona a la que se la había escrito, porque eso significaría que ella ya no volvería atrás en su valiente o cobarde decisión, la más dura y la última de su vida.

     Al otro día, estando yo en el mismo sitio, advierto que sobresale una cabeza por encima de las dunas. Lleva la gorra celeste de ayer y arrastra esa mirada ausente que sólo apunta al suelo y parece haberse olvidado del resto del mundo. El hombre que escanea la playa con su máquina pasa una vez más a pocos metros de donde estoy recogiendo los bártulos para abandonar la playa. Otra vez nos invadieron los pescadores y se acabó la calma.

     La abatida mujer no podía dejar de llorar pero tampoco lo reprimía: ya había decidido que serían sus últimas lágrimas, las del solitario adiós, y sólo estaba turbada al preguntarse una y otra vez si sus seres amados comprenderían su decisión, si la perdonarían, si entenderían que sería por ellos, para que sufrieran todo lo que estaba escrito de golpe y de una sola vez y no tuvieran que llevar sobre sus hombros un martirio o pesadilla de varios meses, precisamente seis si no fallaban los cálculos del diagnóstico cruel.

     Por tercer día consecutivo veo al enigmático personaje. Cada vez me pasa más cerca y también deambula a escasos metros del resto de los veraneantes que estiran el día de playa como un chicle, a pesar de los pescadores. Esta vez yo estoy disfrutando unos mates y ni pienso en el éxodo, totalmente ajeno al accionar de los verdaderos depredadores del agua. Hoy no dejaré que ninguna caña cercana espante mi calma.

     Julia se puso de pie, dejando antes el diagnóstico y la carta en su bolso, y aunque primero enfiló hacia la orilla del mar, después lo pensó mejor y encaró hacia el espigón formado por rocas que se divisaba a doscientos metros de allí. Siendo las diez de la mañana de un cobarde jueves de octubre, la playa estaba casi desierta.

     Al examinar al hombre del detector de metales, descubro que tiene un par de elementos más en su equipo de rastreo: unos auriculares conectados al aparato principal –que apostaría que emiten algún sonido cuando la máquina encuentra algo-, una manopla de metal tipo colador que utiliza para recoger los elementos mientras la arena se escurre por sus orificios, y un pequeño bolso anidado a su cintura donde va depositando todos sus hallazgos útiles o de cierto valor. Por primera vez, veo que se agacha y atenaza algo que examina y guarda en su riñonera. Mi curiosidad sobre la vida o la razón de ser de este personaje no puede ser más grande. Algún día le voy a hablar.

     No se adivinaba nadie a cientos de metros a la redonda. Julia se encargó de comprobar eso, consciente de que un alma ajena podía hacer trastabillar todo su plan. Las rocas por las que caminaba la iban alejando de la orilla y adentrándola por un puente que pronto acabaría, en la gigante superficie de un mar que se intuía tranquilo, pero que siempre había sido como un monstruo aterrador para ella, como suele serlo para cualquier persona que puede saber miles de cosas en la vida, menos nadar.

     -Maestro, ¿encuentra muchas cosas? –le pregunto un día en el que vuelvo a verlo deambular, ajeno a todo y concentrado en su meticulosa misión de surcar entre la escasa profundidad de las arenas.

     -Algunas cosas, amigo –al contestarme, me doy cuenta por su sorpresa que evidentemente son pocas las personas que le hablan. Más tarde me reconoce que pasa días enteros sin entablar diálogo alguno, sólo pendiente del pitido de su máquina que lo alerta sobre la presencia de algo. Me cuenta que vive a cincuenta metros de la playa, justo detrás de la zona donde construyeron el muelle por encima del viejo espigón.

     La distancia entre la última roca y la orilla del mar era la suficiente como para que al final del espigón las aguas fueran lo necesariamente ondas para el propósito de la mujer. Julia lo sabía y se convenció de que el salto que iba a dar sería lo mejor para remediar de una vez su tormento y sus fantasmas, para matar al cáncer antes de que éste se atreviera a destrozarle poco a poco sus últimas hojas del calendario. Sólo le quedaba dar el paso más difícil, pero Julia ya estaba mirando a los ojos a la muerte y necesitaba sostenerle la mirada para animarse a ir hacia ella.

     -Mayormente encuentro monedas y relojes, cientos de relojes –me cuenta Rafael, así se llama el buscador de metales-. Empecé hace unos veinte años a hacerlo, en aquella época no tenía este aparato. Ahora vengo cada día.

     -Querrá decir cada día en la época veraniega –lo corrijo.

     -No, todos los días del año. En invierno vengo abrigado, pero busco igual.

     Y Julia se lanzó por fin al azul de las aguas, en un potente salto para asegurarse de que la caída sería sobre el mar y no sobre las filosas rocas de los alrededores del espigón.

     Rafael, animado en la charla, acepta un mate y me cuenta que tiene dos hijos. El mayor lo había visitado hacía unos años, y al ver el cuchitril donde Rafael vive rodeado de mugre y de los centenares de objetos encontrados amontonándose en destartaladas estanterías, le había soltado una frase algo hiriente, y más viniendo de un hijo a su padre: “te sobran relojes pero te están faltando algunos muebles en la cabeza, ¿no?”.

     -Yo sólo bajé la cabeza y le recomendé que, si no quería verme más a mí, al menos podía visitar de vez en cuando a su madre.

     Pocos segundos bastaron para que a Julia le brotara el instinto de supervivencia, aquel que tanto temía que apareciese. Empezó a darle torpes manotazos a las olas que sólo servían para desesperarla más mientras iban llenándose sus pulmones de agua. Sólo alargó una agonía que duró un par de minutos antes de que se ahogara en esa primavera del ´85.

     -“¿Visitar a mamá? ¿No te das cuenta que murió hace dieciocho años, viejo?”, eso me dijo mi hijo y fue la última vez que lo vi. Yo sólo le había aclarado que llevarle unas flores al cementerio también era visitarla. Estar un rato, hablar con ella, decirle que la entendemos.

     Al confesarme Rafael esos secretos tan profundos refiriéndose al suicidio de su esposa y a la posterior ruptura con sus hijos, yo siento que acaba de desnudar su alma y ésta le queda temblando, frágil y a la intemperie. Me saluda amablemente pero con un visible nudo aprisionado en sus entrañas, y se marcha. Antes de darse la vuelta veo que sus ojos siguen invadidos por esa tristeza infinita que me deja conmovido. Ahora comprendo un poco más la locura de ese pobre hombre que no hace otra cosa que buscar por la arena, cada uno de los trescientos sesenta y cinco días del año, con sol, con frío, con vientos o con tempestades.

     Antes de perecer definitivamente en el océano, Julia había intentado manotear por última vez entre las rocas y algo le fue arrancado. Luego sí, su cuerpo sin vida quedaría a la deriva hasta que unos días más tarde lo hallase un barco pesquero a trescientos metros de la playa. Pero una porción minúscula de Julia había quedado flotando en las inmediaciones del espigón, a merced de las olas que rebotaban contra él.

     Una semana después de que Rafael me contara su historia, vuelvo a verlo y soy testigo una vez más de cómo su aparato detecta algo allí enterrado. Se agacha, lo recoge con la manopla y le desprende hasta el último grano de arena. Lo veo derrumbarse, soltar el aspirador y tomarse el rostro con una mano mientras con la otra sostiene el inédito hallazgo, apretándolo en el puño. Está arrodillado y mira repetidamente al cielo, y yo no puedo hacer otra cosa que acercarme.

     Rafael no logra articular palabra, pero me ve llegar y sólo atina a enjuagarse las lágrimas. Por primera vez veo en sus ojos un dejo de felicidad, de armonía. Por fin hay vida en ellos. Y entonces, me ofrece el pequeño elemento que acaba de descubrir después de casi dos décadas de búsqueda, una vieja alianza de matrimonio en la que todavía puede leerse su frase grabada en el interior del anillo, “Siempre contigo, Rafael”.




3 comentarios:

chapi dijo...

Sin palabras. ESPECTACULAR!!!

Anónimo dijo...

No por casi previsible, deja de llegar!!!! Bonito y hasta el fondo...

Maricarmen

Anónimo dijo...

Esta combinación de textos tan bien escritos me ha llevado a reflexionar largo tiempo, sentado en un confortable sillon de casa, hasta que me empezó a doler el culo.
Muy bueno.

Martín

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