martes, 24 de septiembre de 2013

Crónica de una independencia anunciada

por Javier Debarnot

24 de septiembre de 2019     

     El día en que se iban a separar, o más bien el día en que se iba a definir hacerlo, España y Cataluña amanecieron juntas, acaso por última vez. España era un país vasto, lleno de comunidades entre las cuales estaba incluida Cataluña. Por eso aquella mañana, como miles y miles de días atrás compartidos en el calendario, una era parte de la otra; y sus historias, las de sus habitantes en común, seguían rodándose en paralelo. Así había sido para los españoles que vivían en Cataluña y para los catalanes que compartían tierra con España. Así, hasta el día en que se iban a separar, allá por el año 2017.

     Hoy, habiendo pasado dos años de aquel trágico día, son pocas las personas que sin haber vivido la implosión desde adentro pueden explicarse, a ellos y al resto del mundo, lo que en verdad ocurrió. Hoy no se conserva nada de todo lo que alguna vez fue. España ha quedado manca de Cataluña y, en consecuencia, esta última es el miembro extirpado -ahora miembro fantasma- de la primera. Lo que antes era la frontera que dividía el final de una comunidad autónoma con el principio de Cataluña es hoy, después de la amputación, una especie de muñón oxidado que evidencia una falta, una pérdida. Una ausencia enorme.

     Unas pocas miles de personas viven en esa porción de tierra devastada que aún sigue respondiendo al nombre de Cataluña, y que fue arrasada en un puñado de meses, en una destrucción sin sentido ni aparente fin –o sí, hasta acabar con todo- que empezó a fraguarse desde el día en que se iban a separar. Unos meses antes, cuando todavía la independencia era un sueño dorado y cercano y posible, el colofón final para alimentar ese anhelo había sido una acción que consistió en formar una cadena humana que cruzó todas las tierras catalanas de norte a sur. Aquello había sido el cénit para los que tomaron partido por la Vía Catalana. Y los políticos, cuándo no, aprovecharon esa oportunidad preciada de meterles toda la fiebre independentista en el cuerpo a los pacíficos ciudadanos. Había sido la vacuna final.

     La peor raza de la humanidad, respondiendo al nombre de clase política, con mucha habilidad se había aferrado al deseo de independencia de muchos catalanes, y puso todo su empeño –y también sus millones- para que esa gente se subiera al carro de la liberación. Así como en otras épocas se le dio “pan y circo” al pueblo, en esa ocasión los políticos alimentaron a sus súbditos con “independencia y fútbol”. La primera empezó a ser vendida casi como lo único indispensable para sobrevivir, ya que esta promesa coincidió -¿por casualidad?- con una de las peores crisis que estaba atravesando España en su conjunto, incluida Cataluña. Pero los gobernantes le dejaron entrever a los catalanes que la liberación sería también el alivio a los problemas económicos. Casi de la noche a la mañana, los principales políticos de aquella región dejaron de hablar de crisis. Pero la crisis seguía allí, asfixiándolos. De un día para el otro, obviaron mencionar la opinión del resto de los países sobre su proyecto independentista. Pero esos países estaban allí, viendo la eventual ruptura como una jugada imposible.

     Y en la otra distracción en la que sumieron a la gente, el fútbol o el “opio del pueblo”, se aprovecharon del principal equipo de la ciudad para convertirlo en una auténtica herramienta política, en un engranaje fundamental de la maquinaria encendida en pos de la búsqueda de la nueva república catalana. En esa época, el F. C. Barcelona alcanzó el punto más alto de su rica historia futbolística, y se dio la obscena paradoja de que, a pesar de que los políticos lo intentaron utilizar para sus complejos fines independentistas, el equipo sólo se dedicaba a jugar al fútbol, como los dioses, pero con una exagerada simpleza y nunca escondiendo armas o segundas intenciones, intenciones que sí enarbolaban los políticos con variadas jugadas –todas fuera del terreno de juego- como por ejemplo gritar por la independencia en un lapso de tiempo determinado, en cada partido que el Barcelona jugaba en su campo. Para todos aquellos que, o bien por no ser catalanes o por no comulgar con la cruzada de separarse de España, resultaba incómodo permanecer sentados en sus gradas mientras gran parte del estadio bramaba por el desmembramiento de Cataluña.

     El día en que se iban a separar, habiendo quedado atrás la Vía Catalana, iba a celebrarse un referéndum para definir algo claro y conciso: “¿desea Ud. que Cataluña sea una república independiente?”. Pero la pregunta, tan deseada por muchos, había empezado a responderse bastante tiempo antes, en las casas, en las calles, en los trabajos, en cualquier rincón. Y lo que para la “supuesta mayoría” independentista iba a resultar un mero trámite, poco a poco pasó a transformarse en un gigante signo de interrogación, porque vieron que los que votarían con una negativa no eran pocos, sino todo lo contrario.  Españoles que, habiendo pasado casi toda su vida en Cataluña –y queriéndola como su casa, como el lugar que tan bien los había cobijado- creyeron que, ante una eventual separación, iban a comenzar a sentirse como extranjeros en la que ellos consideraban como su propia tierra. Y no, no iban a querer eso. Miles de inmigrantes también lo tenían claro: estaban más que cómodos, agradecidos y se consideraban adaptados a Cataluña, pero temían que con la independencia se cerrarían al resto de los países, todo lo contrario a los deseos de un foráneo que desea abrirse al mundo, ya que una vez que deja su tierra natal empieza a tener una visión en donde las fronteras que suelen ponerse por delante estorban a sus ansias de crecimiento.

     Con ese panorama se llegó al día en que se iban a separar, con una sociedad resquebrajada y dividida por los políticos que jugaban su propio partido, siempre para ellos mismos. La gran mayoría, tanto los partidarios de la independencia como los contrarios a ella, sólo se movían por fines pacíficos. Muchos de los que iban a votar por el “sí” todavía se conmovían pensando en los recuerdos de sus abuelos, que en oscuras décadas pasadas habían sido perseguidos por el único pecado de enorgullecerse de ser catalanes, debían susurrar su propia lengua en sus casas y hacer reverencias a cuadros con el rostro de un dictador que había intentado jugar como si fuera un juguete roto con la libertad de España. La independencia iba a ser en memoria de aquellos hombres y mujeres que habían luchado por el honor de Cataluña en las épocas más oscuras. Por ellos y ellas. Para ellos y para ellas.

     Los que iban en contra entendían esas razones, podían comprenderlas, ponerse en la piel de quienes llevaban ese dolor y esas heridas, pero preferían mirar hacia adelante. Argumentaban que en otras regiones de España también se había estado a la merced de ese grandísimo mal parido, pero decidieron pasar página, sin olvidar e intentando que jamás volviera a repetirse aquello. Y los políticos, en su última y más rastrera jugada, prometieron que en caso de lograr la independencia, el hecho de no tener que destinar el pago de impuestos al reino central de España iba a significar un gran crecimiento económico para todos los catalanes. Había sido su última mentira falaz, pero que cuajó en los escuálidos bolsillos de la gente, que veía en esa razón, la monetaria, el principal motivo para decirle sí a la separación. Ya poco les interesaba la cuestión cultural –que podían seguir conservando y enriqueciendo aún siendo parte de España- o el respeto por su lengua –el catalán, que tampoco estaba en peligro de extinción y por el contrario se veía más afianzado que nunca-. Al final, todo parecía ser cuestión de dinero. Y como el dinero es la peor maldición y será acaso la peste que elimine a la humanidad, pasó lo que pasó el día en que se iban a separar.

     Llegaron de distintas partes de España miles y miles de enajenados y descerebrados individuos, una porción minúscula dentro de los millones de españoles, pero suficiente como para provocar un caos –de hecho, ya habían enseñado una muestra gratuita de su asesina intolerancia durante el día en que se había celebrado pacíficamente la Vía Catalana-. Con sus banderas de España, con el clásico toro estampado por encima de los colores patrios, con sus símbolos ultra-nazis, y armados hasta los dientes. La gran mayoría de los catalanes, no importaba que fueran o no independentistas, hubiera respondido de forma pacífica a ese salvajismo, pero en todos lados se cuecen habas y siempre hay algunos pocos que van por la vida rociados de combustible y sólo les hace falta una chispa para hacer volar todo por los aires. Y como los forajidos anti-catalanes llegaron envueltos en fuego, la explosión no se demoró ni un cuarto de hora.

     El día en que se iban a separar fue el día en que nunca se llegó a celebrar el referéndum, y la batalla campal fue tan atroz que recordó en apenas horas a las peores pesadillas vividas durante la guerra civil española. Los violentos ganaron las calles y destruyeron todo a su paso. En un par de semanas empezaron a faltar los suministros básicos y, para los catalanes que no querían participar en guerra alguna, había llegado el momento del éxodo. Sólo era cuestión de decidir hacia dónde: los independentistas decidieron huir hacia la frontera con el país vecino, y el resto intentó refugiarse en las tierras españolas aledañas que no estuvieran plagadas de anti-catalanes. Cabe aclarar que los políticos, a pocos minutos de iniciarse el estallido ya tenían sus maletas listas para subirse al primer vuelo con destino al exterior, haciendo lo que indicaba el manual de su especie, que por algo viene sobreviviendo desde hace millones de años. Huyeron como cucarachas.

     Hoy, habiendo pasado dos años del trágico día en que se iban a separar, por fortuna quedan pocos resabios o huellas de esa guerra incomprensible o inútil, o más bien una más de las guerras que en definitiva se hacen por dinero o por religión. Centenares de familias viven en tierras que van quitándose el polvo de las batallas y enverdeciendo y floreciendo día a día. En una casa que sobrevivió al fuego y a las balas del pasado reciente, se oye el inédito llanto de una niña que acaba de llegar al mundo. El orgulloso padre, catalán de muchas generaciones que ha decidido quedarse hasta que Cataluña vuelva a ser lo que alguna vez fue, sale a la puerta y grita en idioma español, que es el que habló toda su vida, “¡ha nacido la Paz!”. Su vecino, que es español pero antes que nada un fiel amigo, lo corrige y le dice que no se utilizan los artículos antes de los nombres propios, con lo cual la frase correcta sería “ha nacido Paz”.

     Entonces, ya con su hija en brazos, el padre se acerca a su amigo y con lágrimas en los ojos le dice:

     -Dejemos esas tonterías que ya sabes adonde nos han llevado. Y déjame soñar que hoy realmente ha nacido la Paz.



martes, 10 de septiembre de 2013

Auto-secuestro


por Javier Debarnot

     Quiero denunciar un secuestro. Sí, está ocurriendo ahora mismo. ¿Que a quién? ¡A mí mismo! Y no es broma, en este preciso instante casi no tengo adonde ir, salvo a los lugares por los que ya pasé treinta y ocho mil veces, y que están tan iguales y yo tan distinto cada vez que vuelvo a cruzarme con ellos. Quizás debería decir que, más que no tener adonde ir, mientras dure este calvario podría sufrir unas consecuencias nefastas si me atrevo a abandonar mi sitio. Estoy secuestrado, atrapa… ¡momento!, ¡tiempo muerto! Hay un movimiento esperanzador, veo una luz, la vislumbro, es la luz al final del túnel oscuro y tenebroso. Voy hacia ahí, parece que ya toca -¡gracias a Dios!- acabar con esta pesadilla pero… ¡no! Maldición y falsa alarma, otra vomitiva falsa alarma. Sigue el secuestro ambulante, y soy otra vez bienvenido a la angustiante, asfixiante y maligna, aunque en realidad nunca me había ido de ella, tortura despiadada de intentar estacionar el puto coche.

     Debo confesar esto con absoluta sinceridad: sé cómo llegué a esta situación –obvio, manejando este automóvil de la muerte-, pero me cuesta dilucidar hace cuánto. Ya no distingo si fueron minutos, horas, días enteros, perdí toda noción del tiempo, al punto de que si existiera la reencarnación apostaría muchos enteros que la persona o animal o lo que fuera que sea, ese ser que llegó con las manos en el volante de este vehículo, es un yo anterior a mí, uno de una vida pasada. Sucede que me siento tan abrumado que todo lo que antes resultaba para mi mente un cielo celeste y claro ahora es un trozo de paño gris y nublado, salpicado con manchones de témpera oscura que hunden todo en un precipicio de confusión donde mis razonamientos van cayendo torpes e inconexos, no hallando lugar para frenar ni para ordenarse. Es éste también mi sufrimiento, que allá arriba, en mi atormentada cabeza, ahora mismo mis ideas tampoco puedan estacionar en paz.

     Me considero secuestrado porque ahora mismo, o mejor dicho desde hace un rato larguísimo, no puedo gozar de libertad, o más bien de todo lo que significa esa palabra en su amplitud más exacta. Quiero bajarme del coche sin más, pero hay una lista de razones que me impiden hacerlo, siendo la primera y fundamental que no encuentro sitio para aparcar en un par de kilómetros a la redonda. Al mencionar sitio me refiero a un sitio que sea legal, está claro. Podría dejar el auto sobre la puerta de un garaje, en alguna zona pintada de amarillo o incluso caer en la siempre tentadora opción de usurpar una plaza exclusiva para discapacitados. Esto último podría verse como una impertinencia, pero juro que en este trance eterno del que soy un involuntario participante me siento bastante discapacitado, traducido en que carezco de la capacidad para estacionar. Aunque resulta evidente afirmar que, si decidiera hacerlo en la plaza de un disminuido, en ese instante dejaría de evidenciarme como un discapacitado para aparcar y estaría siendo, debo decirlo con todas las letras, un vulgar hijo de su madre que se pasa las prohibiciones por el forro. Suspiro varias veces, expiro otras tantas, y al final me auto-convoco una vez más a mi introspectivo retiro espiritual en busca de paciencia. Lucho, trajino, busco que nadie me robe la última porción que me queda de calma, y me escondo bien escondido en ese refugio que me protege del rayo amenazante de la desesperación. Con ese titánico esfuerzo, logro no caer en esa tentación de meter el auto donde lo ponen los que van en silla de ruedas o afines. Pero el problema –el principal- sigue ahí, por desgracia, y restregándose en mi cara.

     No llegué solo a este meollo. Antes de estar atrapado en esta cabina mientras deambulo buscando un lugar que, supongo pesimista, no hallaré ni en millones de años, recuerdo que en la previa a esta infructuosa caza tenía una vida agradable y una familia feliz. Íbamos a la playa, es verdad que habíamos pasado por la espinosa misión de cargar todos los bártulos en el maletero del coche –si llevamos todo esto para unas horas, ¿qué tendríamos que acarrear para pasar una semana afuera?, ¿sería más fácil trasladar nuestra casa entera hasta el destino elegido?, yo creo que sí- pero lo cierto es que ya con las vituallas bien acomodadas atrás, se suponía que quedaba el tiempo del disfrute.

     Iluso, qué tipo iluso. Menudo trompazo me llevé en la jeta al ver el panorama de coches que se multiplicaban, más bien se elevaban a su máxima potencia y no dejaban ver otra cosa que una pila interminable de vehículos alineados para alienarme. No dudé y, dejándolos justo en el sitio donde habíamos planeado pasar la mañana, me despedí de mis seres queridos hasta que yo pudiera estacionar. Los libré de este castigo, y ahora se me llena la azotea de preguntas: si siento que han pasado minutos, horas, años, una década entera… ¿qué habrá sido de ellos? ¿Reconoceré a mis hijos cuando los vuelva a ver? ¿Se acordará mi mujer de mí o me habrá desechado porque –con absoluta razón- no puede existir un hombre tan inútil que se pase una vida buscando lugar para aparcar? Prefiero no contestarme nada de eso. Creo que no aportaría nada bueno a este cuadro de inminente locura que me está acechando, que ya veo por el retrovisor, que siento que me toca bocina, pero no, la bocina me la está tocando un desalmado y malparido que no entiende que si voy a veinticinco kilómetros por hora es porque estoy desesperado y no quiero que se me escape la posibilidad de ver la aguja en el pajar, que no soy un infeliz dominguero, ¿lo podrá entender?

     En la mitad de mi trayecto, que es un recorrido que se repite una y otra vez, “derecho por la avenida, girar en la Calle Siete, seguir hasta la diagonal, cruzar la rotonda e ir bajando en escalera por las calles internas hasta desembocar de nuevo en la avenida y volver a empezar”, por suerte en el intento número no sé cuánto me llega un sonido que es el de la esperanza. Es un mensaje de texto de mi mujer. Mi primera alegría –ínfima, pero alegría al fin- es ver que mi chica todavía se acuerda de mí después de tanto tiempo, y su comunicación es como una islita en este kilométrico mar contaminado de restos de chatarra de coches que, nobleza obliga, veo que están correctamente aparcados sobre la superficie del agua y no dejan lugar para nada más, y menos para la carrocería de mi auto. Lo que leo en la pantalla de mi móvil es que se desocupó un lugar en la avenida y que mi mujer se ofrece a reservármelo. El problema es que en este momento estoy –gracias a Murphy y su genialidad de ley- exactamente en la otra punta, y haciendo cálculos mentales pienso que en el lapso que demoraré en llegar al sitio podrán pasar por allí no menos de cincuenta coches. Y no quiero dejar a mi samaritana esposa a la merced de esa jauría despiadada, de ese medio centenar de almas errantes como yo que deben estar hastiados de sus inservibles vueltas en búsqueda del paraíso que los libere. Por otra parte, aún en momentos de máxima desesperación intento ponerme en el lugar del otro, y pienso que si después de quinientas horas hallara un sitio y viera que está custodiado por una doncella feliz que dice que “mi marido está a la vuelta”, es probable que mi reacción fuera estacionar igual, pasando por encima de la susodicha -eso sí, no sería tan animal de dejar un par de niños sin madre: atropellaría también a las criaturitas y me iría a la playa en paz, con el auto aparcado en toda regla-. Por esos motivos, prefiero contestarle a mi mujer que “voy para allá pero no te molestes en reservarme la plaza”. Y, faltaría más, al llegar al terreno de la discordia veo a un hombre feliz que acaba de estacionar su coche, y lo estoy envidiando más que al individuo más bañado en millones del planeta.

     Cuando se supone que no hay nada que pueda aumentar un poco más mi sufrimiento, pero que si existiera tal cosa sin duda me haría explotar, la que amenaza con reventar por allá abajo es mi vejiga. Es un cartón lleno grande como una catedral: no puedo bajarme del maldito coche y encima me estoy meando. ¿Qué hago? ¿Lo dejo ahí tirado donde sea y pido permiso en algún bar pasándome por alto el cartelito de “baños exclusivos para clientes”? La posibilidad de regar un arbolito aledaño se antoja arriesgada, porque estamos a plena luz del día y pasan decenas de campantes veraneantes que no quisieran apreciar –o sí, hay gente para todos los gustos- el espectáculo de un hombre adulto haciendo sus necesidades en la calle, junto a su vehículo que lo ilumina con sus intermitentes en represalia por haberlo abandonado ante la primera emergencia. Evalúo otras opciones y entonces me asalta una idea. En realidad, hace rato que mis ideas no aportan ninguna solución tangible y ésta última tampoco es la excepción: pienso en usar un cubo de mi hijo menor para depositar ahí mi orín. Juro que me lo estoy replanteando hasta que un bocinazo otra vez me devuelve al mundo de los sensatos, y no me queda otra que seguir aguantándome.

     Sumido en la más profunda depresión, porque he llegado a la horrible conclusión de que no es improbable que me muera de viejo intentado estacionar, veo de súbito una serie de movimientos a los que mis ojos no pueden darle crédito ni entidad. No puede estar pasando, pero sí, está pasando. En menos de treinta segundos observo cómo en el Paseo Marítimo no menos de siete coches se marchan, dejando sus respectivos lugares a la intemperie, a la buena de Dios. Y en otro hecho que se suma a esta sucesión de sucesos fantásticos, me doy cuenta de que el resto de los vehículos que buscaba sitio hace caso omiso a la aparición de los espacios vacíos. Algunos se van, los que estaban estacionados, y los otros, los que buscaban dónde hacerlo, siguen de largo. Tengo no uno, ni dos, ni tres, sino múltiples opciones. Casi lloro de la emoción y hago un par de maniobras perfectas, de manual, para dejar mi vehículo correctamente aparcado a escasos metros de la playa. Mi familia se alegrará al verme, ahora sí que no tengo dudas y debo admitir que soy todo entusiasmo. Ahora es la alegría la que no encontrará lugar para estacionar en mi cuerpo. Es tan grande, tan rebosante, que no me cabe. 

     Ajeno al resto del mundo, mientras acciono los distintos botones y palancas antes de bajarme del coche, lamentablemente me doy cuenta de todo y caigo otra vez a la realidad, aterrizando desde mi ahora solitario y placentero páramo. Tanto estuve los últimos minutos, horas, días o años, tantísimo tiempo he pasado pendiente del infierno en que me encontraba inmerso en la tierra que nunca atiné a mirar hacia el cielo. Ese mismo cielo que, atiborrado de nubarrones grises oscuros casi negros, amenaza ahora con caerse a pedazos. Creo que la tormenta se largará en cuestión de segundos y, de a poco, todos empiezan a abandonar la playa, las avenidas y las calles en una especie de pacífica e interminable estampida. Yo aquí planeo quedarme, y no pienso moverme en –mínimo- tres o cuatro horas. O días, o semanas, o en toda mi vida. Sólo quiero celebrar que este secuestro ha finalizado, aunque es posible que, después de haber vivido esta pesadilla, haya quedado tan afectado que nadie podrá liberarme.



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