martes, 22 de octubre de 2013

Black Label on the islands


por Javier Debarnot



     El dedo, siempre pulcro y con su uña prolijamente recortada, hacía rato que estaba zambullido en el líquido amarillento que era la perdición de su amo. Y era este último, su dueño, quien le enviaba al dedo la orden desde su poco lúcido cerebro –porque enviar órdenes era casi lo único que sabía hacer- para que girara lento y cadencioso, en sentido circular, empujando sin ganas aquellos trozos de hielo como dos islas en un mar sereno, una y otra vez, y sólo abandonaba ese movimiento mecánico para entregarse a otro, el de llevar el vaso a la boca y regar los labios con aquel whisky de negra etiqueta, casi tan oscura como su alma de cobarde asesino.

     Los pensamientos desvariados, confusos y oscuros, iban librando una lucha interna entre ellos para abrirse paso entre esa maraña de neuronas, multitudinario grupo un par de décadas atrás, pero que en ese momento de su vida iba disminuyendo su número y las que quedaban estaban en peligro de extinción. Por culpa del alcohol, el cerebro se le iba quemando de a poco, pero el individuo nada iba a hacer para frenar ese deterioro que, cada vez más a menudo si se trataba de razonar, lo dejaba solo ante el mundo, desnudo, frágil e incompetente. Hasta un tipo privado de luces podía darse cuenta que esa cabeza no daba para mucho más que beber y ahogarse en sus resacas. El hecho harto preocupante, sin duda, residía en que el futuro de millones de personas dependía de lo que había en la azotea de ese borracho.

     Después de haber estado largas horas apoltronado en un sofá, el hombre abandonó su sitio y se divorció por un rato del vaso ya huérfano de whisky, su único amor, aunque sólo sería por un tiempo, el que le llevaría darse cuenta de que ya no era él quien gobernaba sus acciones y entonces convendría más seguir de la mano del que llevaba las riendas, es decir de su inseparable bebida de alta graduación alcohólica. El esqueleto de vidrio quedó sobre la mesa, lejos del porta-vasos que la mujer del bebedor le dejaba cada noche con la indicación de que apoyara allí el vaso húmedo para no estropear la costosa madera de roble. Una serie de marcas circulares tatuadas como anillos de Júpiter en la mesa dejaban entrever que, las palabras de su esposa, al hombre le entraban por un oído y le salían por el otro como frases desarmadas sin sentido alguno, borrachas.

     Muy ajeno –solía estarlo de todo- y lejos de preocuparse por esos detalles tan minúsculos, el individuo empezó a tambalearse como una gallina que da sus primeros y únicos pasos después de ser decapitada. Sin estar del todo convencido del lugar al que quería ir, encaró por instinto hacia la habitación de matrimonio. Eran las once y en la casa apenas se oían las pisadas de sus pantuflas. Su mujer, mitad acostada y mitad sentada en la cama, no apartaba los ojos de una novela que, aunque le estaba resultando abúlica, se volvió apasionante de golpe al oír y percibir ella los pasos lentos y torpes de su marido buscando el lado izquierdo del lecho. Aún sin despegar la vista de la página 82, se esmeró en dejar su sentencia alta y firme antes de que el hombre se atreviera a meterse en la cama.

     -No quiero borrachos en esta habitación.

     El alcohólico intentó una excusa inconsistente que quedaría sepultada varios metros bajo tierra con la frase “tu asqueroso aliento se siente a tres metros de distancia”. No había nada que hacer, porque el hombre conocía a su mujer casi tanto como a la bebida, pudiendo reconocerse perdedor en cualquier disputa en la que se enfrascara con ella, y por ello elegía ni empezar a discutir y una vez más prefirió irse con la cabeza gacha, aunque se dio cuenta de que la borrachera venía subiendo en ascensor buscando la terraza de su cerebro. Y para llegar, le quedaban pocos pisos.

     Aceleró su camino hacia el baño, encendió la luz y se vio de cara al amplio espejo, reconociéndose derrumbado. Así de ebrio, como acababa cada noche, aparentaba más años de los sesenta que tenía, pero más que nada se le acentuaban decenas de minúsculas venas al rojo vivo que invadían el blanco de sus ojos. Entonces, en plena observación del derrumbe de su apariencia, supo que el monstruo también estaba subiendo, no el del alcohol a su cabeza sino el de la bola horripilante de fluidos que iba buscando su garganta para auto-expulsarse como un vómito hediondo. Viejo zorro de haber librado mil batallas contra esa amenaza -ganando y perdiendo por partes iguales- el hombre mantuvo la calma y con unos hábiles movimientos guturales pudo contener la catarata y dejarla estancada en su cuello al menos por un rato. Bebió agua y volvió otra vez al salón, de nuevo a su sillón, una vez más a su lugar en el mundo. Antes de dejarse caer allí, y a pesar de que le estaba costando mantenerse en pie, aflojó las cintas de su bata de seda importada de China, dejándola abierta para liberar así a su prominente abdomen.

     Antes de que el techo, los cuadros, las lámparas y otros elementos de la habitación empezaran a girar sobre su humanidad en su imaginario y borracho mundo, escogió como antídoto centrar su atención en un único sitio: el periódico que estaba en la mesa, detrás del vaso vacío. Lo tomó entre sus manos temblorosas y repasó los titulares de la portada. Varios de ellos presagiaban su caída, el empobrecimiento de su imagen, las últimas titubeantes o fallidas tomas de decisiones, y sólo leer esto le hizo girar su vista hacia la habitación de donde su mujer la había expulsado, acentuándose su inequívoca hipótesis de que así como ella lo despreciaba por su incurable vicio, también lo respetaba y admiraba cuando estaba con sus ropas verde militares que inspiraban ambición, fuerza, coraje y hombría. Poder. Ella amaba al poder sobre todas las cosas y él lo tenía, o lo representaba, pero esas noticias vaticinaban una fecha de caducidad para ese bien tan preciado.

     Volvían los mareos. Volvía el monstruo interior, aquel que desde esas oscuras entrañas parecía estar haciendo lo posible por ver la luz al final de su boca. No puedo vomitar acá una vez más, se decía endureciendo sus dedos que con sus uñas prolijamente recortadas estrujaban el Clarín. Debía frenar el avance de esa borrachera durante esa noche, pero más debía hacer algo para no dejar escapar el poder que le daba sentido a su existencia. De golpe, aquella idea trasnochada que había sido engendrada entre el cuarto o quinto vaso de whisky de dos o tres madrugadas atrás, aterrizó en el ínfimo espacio que le dejaba la pista de ese cerebro bombardeado. ¿Por qué no?, se preguntaba. Sabía que con esa acción podría girar en forma drástica el centro de atención de la gente, dar vuelta el foco de todo. Y hasta sumar como aliada a esa prensa que hasta ese día lo estaba hostigando. Era consciente también que, si bien el precio de fracasar podría ser excesivo, él no iba a ser el encargado de pagarlo.

     Es tan fuerte la enfermedad del poder que, para este oscuro individuo, fue sólo ilusionarse con la posibilidad de recuperarlo que le provocó una ligera excitación. Y por arte de magia también lo abandonaron los repentinos desvanecimientos y las repetidas ganas de vomitar. Se sintió de golpe tan recuperado que incluso se levantó del sofá y fue hasta la cómoda donde guardaba su sagrado tesoro. Se sirvió con asquerosa parsimonia dos medidas más, dejó caer tres hielos como tres bombas aéreas sobre el vaso y, con la bebida en la mano, se metió en la habitación donde su mujer seguía con la abúlica novela. Antes de que ella pudiera siquiera decirle algo o insultarlo, le contó la brillante idea que pondría en marcha al día siguiente. “Tenemos que recuperar las Islas Malvinas, mandaremos tropas para echar a esos ingleses de mierda”. Unos minutos después, la botella medio vacía de Black Label y otro puñado de accesorios fueron los únicos y mudos testigos de cómo Leopoldo Fortunato y su esposa hacían el amor.

     Epílogo:

     Leopoldo F. Galtieri -Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y Presidente de facto de Argentina- ordenó el 2 de abril de 1982 el desembarco de sus tropas para tomar la capital insular de las Islas Malvinas, Port Stanley, a la que se rebautizó como Puerto Argentino. Aquel fue el origen de la Guerra de las Malvinas con Inglaterra que acabaría el 14 de junio, con la derrota del Ejército Argentino y 649 de sus soldados fallecidos (muchos de ellos sin experiencia y apenas mayores de edad).


6 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues yo estoy con vos. Solo un borracho.
Muy bueno super concentrado en el último párrafo.

Abrazo.

Martín

chapi dijo...

muy bueno! Ojalá hubiera vomitado así se evitaba una guerra!
Un abrazo, y seguí escribiendo que es lindo leerte.

Anónimo dijo...

No tendrian que haber terminado cogiendo, a ese viejo no se le pareba ni a palos y menos con la vieja chota de la mujer.
abzo gon

Anónimo dijo...

Entrada especial. Un primer parrafo inmejorable. Y un relato con la sensacion de estar alli presente observando muy de cerca una triste intimidad, que tanto daño podia causar. podria escribir aun mas cosas positivas, pero alguien podria pensar que estan viciados por mis conflictos de intereses. ya te conte mis sentimientos con esta entrada. Es de las mas maduras.

Anónimo dijo...

Me gusta como se refleja la correlación inversa entre la fragilidad-inmadurez íntima, interna y recóndita, y la agresividad e invasión al prójimo.
Además, escrito con tristeza y dolor...

Maricarmen

Anónimo dijo...

Excelente estilo literario para narrar una realidad tan cruel. Opino igual que Chapi, ojalá hubiera vomitado hasta vaciarse de tanta mierda, y listo el pollo! Espero que retomes Javi, se te extraña! Mari

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