martes, 5 de noviembre de 2013

Irse por las ramas

por Javier Debarnot

     Juliana estaba desesperada por un cigarrillo. Pero de las cuatro personas que quedábamos en la fiesta -exceptuándola a ella-, sólo fumaba yo y se me habían acabado mis Camel hacía rato. Me siguió hasta la habitación y parecía convencida de que sus ruegos iban a obrar el milagro de la aparición del tabaco. Lo dudo mucho, le aclaraba mientras revolvía un cajón para ver si de casualidad me quedaba algún paquete de los que me había traído un amigo en su viaje a Perú.

     -No, Juli, no me quedan ni los Marlboro del altiplano -le dije y vi la desazón en sus ojos, pero no quedaba nada por hacer. Iba a ser imposible satisfacer sus necesidades de nicotina, hasta que lo dijo. Lo dijo justo cuando su mirada aterrizó sobre mi Talismán.

     -¿Y eso no nos podrá salvar? -me puso en aprietos, señalándome el frasco de vidrio con su flaco índice izquierdo, que se hacía aún más escuálido por el aparatoso anillo que lo rodeaba.

     -Jaja -la risa me salió enseguida, nada forzada, cuando recordé la increíble historia del Talismán-. Eso ya me salvó una vez, y no le queda más por hacer en este mundo -hice una pausa dramática antes de meter la frase lapidaria, aprovechando que en la cara de Juli se respiraba intriga-. “Eso”, es la prueba del milagro.

*****

     Tres años antes yo tenía novia, y las únicas veces que iba con mis amigos de pesca era para llenarnos el buche de pejerreyes y no de mujeres, aclarando que ni me gustaba engullir pescado ni disfrutaba del deporte de la caña, pero era un buen programa de aquella Semana Santa en el que Ferchu, Pablo y yo acompañábamos a Tincho, el único apasionado de la caza de bichos de río.

     Era una noche de sábado en Salta, y la luz mortecina de nuestro farol apenas le hacía cosquillas a la de la luna llena, gigante y magnética que se duplicaba en la aguas del embalse de Cabra Corral. El tenso hilo de fibra de la caña de Tincho se incrustaba en la sábana azul oscura y apenas parecía respirar, haciendo sólo los movimientos milimétricos que le indicaba la mano maestra del pescador.

     Todos procurábamos guardar silencio, estoicos, hasta que nos empezábamos a aburrir y nos poníamos como los chicos -o sea, insoportables-. Y tal como ocurría en aquella tierna infancia en la que nuestros padres se inventaban cualquier cosa con tal de sacarnos de encima, Tincho acababa haciendo lo mismo.

     -¿Por qué no van a buscar leña para hacer el fuego?

     Su excusa era que en “media hora, tres cuartos” iba a llenar el balde con pejerreyes para hacerlos a la parrilla con sal y limón. Yo –que me iba a tener que conformar con una sopa instantánea de espárragos ante mi negativa a comer cualquier cosa que saliera del agua con excepción de una sirena- no le tenía mucha fe pero preferí confiar en su instinto de pescador.

     A los alrededores, que eran la orilla del embalse donde habíamos puesto nuestra tienda de campaña y un bosque aledaño, no se intuía otra presencia que no fuera la nuestra. Olía a tierra mojada por la tenue pero persistente lluvia que había estado derrumbándose sobre la zona durante la tarde, y los únicos peces que parecían estar haciendo algo -junto al blanco y vacío recipiente que Tincho iba a completar con suculentos pejerreyes en “media hora, tres cuartos”- eran las mojarritas que tenían hipotecado su futuro como carnada y que giraban sin sentido en las aguas turbias de un balde más pequeño.

     Les dediqué a las condenadas una última mirada compasiva y llevé una mano al bolsillo interior de mi campera atesorando los Camel. Entretenerme para encender un cigarrillo a la luz de la luna me hizo quedar en la resaca de la expedición que íbamos a encarar hacia el bosque con Pablo y Ferchu. Decidimos separarnos para triplicar la efectividad de la búsqueda de ramas secas. Yo me interné hacia la izquierda, todavía maravillado por las formas de humo que lograba expulsar de mi boca y que se evaporaban como fantasmas en esa templada noche de abril.

     A los pocos minutos sólo se oían mis pisadas sobre la hierba húmeda, porque las gotas vespertinas lo habían empapado casi todo. Dónde voy a encontrar una rama que sirva para hacer fuego, pensaba y me torturaba, hasta recordar que teníamos un calentador que funcionaba a las mil maravillas para asar lo que fuera. Este cornudo nos mandó al bosque para pescar tranquilo, dije en voz alta aunque seguramente sólo podían escucharme las lechuzas.

     Ya internado en el bosque, la oscuridad iba ganándole a la claridad y supongo que sólo sobresalía entre la negrura una brasa incandescente y rojiza cada vez que pitaba mi cigarrillo con fruición. Al acabarlo, lo arrojé y me encargué de aplastar bajo mi suela hasta el último atisbo de fuego, y apagado éste encendí mi linterna.

     Entonces, creyéndome hasta ahí sólo en el bosque en cientos de metros a la redonda, tuve la escalofriante percepción de que estaba equivocado. Lo peor fue cuando escuché ese rugido áspero, ese arggggh, porque era demasiado real como para considerarlo una imitación de las que Pablo solía hacer de vez en cuando. Pero no esa noche. Ni me arriesgué a insultarlo porque –lo supe enseguida- no era él sino una auténtica bestia salvaje.

     Un oso, tiene que ser un oso, fue lo que pensé cuando mi cerebro por fin me dejó hacer otra cosa después de haberme paralizado durante los primeros rugidos. Los siguientes ya los oía cada vez más altos porque el animal se estaba acercando, y ahí no dudé ni un instante: salté sobre el primer árbol alto y frondoso que tenía delante de mis narices y, entre los resbalones que daba por los nervios y porque el tronco también estaba húmedo, en más segundos de los que hubiera deseado logré cobijarme entre las ramas.

     Por fortuna había reaccionado a apagar la linterna, así que estábamos a oscuras el oso y yo. Lo vi llegar desde lo alto, desde el lugar donde tenía miedo hasta de respirar. Él era un enorme bulto que se movía torpemente en la superficie, como olfateándome. Yo me sentí como las mojarritas de Tincho a la merced de los pejerreyes, y supongo que habré rogado por correr con la misma suerte que en teoría estaban teniendo los pececitos.

     Recordé la advertencia del gendarme que custodiaba el puesto de la entrada del embalse. “Ojo que puede haber algún oso andino en el bosque”. Yo sabía, me maldecía. Lo sabía. Que meternos acá había sido una idea de mierda, aunque después me censuraba a mí mismo porque “con el diario del lunes cualquiera sabe lo que va a pasar”. Pero la cuestión era que el oso andino seguía dando vueltas por alrededor del tronco hasta que se detuvo y sobrevino un silencio de tumba en el que nuestros ojos se cruzaron, y yo vi mi muerte reflejada en los suyos.

     Supongo que en la desesperación uno hace lo primero que se le viene a la cabeza, y a la mía llegó la incomprensible idea de arrojarle al oso mi paquete de cigarrillos. Le di en el lomo y -no por la fuerza del impacto sino más bien por la sorpresa- pegó un rugido en “do menor” que hizo temblar las ramas de mi refugio. Para mi agrado, pronto fue en búsqueda del objeto arrojado y al localizarlo se lo metió en la boca y refunfuñando empezó a alejarse.

     Yo esperé un par de minutos o quizás menos, asegurándome de que el oso ya estaba lejos, y salté otra vez en dirección al suelo, desconecté mi mente y sólo atiné a correr en la dirección en la que se suponía estaba nuestro campamento. Me detuve una única vez porque me había llevado por delante un pequeño bulto: en medio de la noche y de mi huida había pateado el paquete estrujado de cigarrillos que segundo atrás había mordido la criatura salvaje. Lo cacé del suelo sin importarme que estuviera impregnado de saliva de oso.

     En un cuarto de hora “vi la luz”. Pude comprobar que Tincho todavía no había pescado ni un pejerrey suicida ni mis amigos encontrado leña. Y lo primero que me pidió Ferchu, aun viéndome con la lengua afuera y sin capacidad para decir ni media palabra, fue un cigarrillo.

*****

     Juliana supo que esos Camel eran infumables, al haber quedado el paquete estrujado por los colmillos de un oso andino y macerado con su baba durante los últimos treinta y seis meses. Al estar bien tapados los cigarrillos dentro del frasco, supongo que nos ahorrábamos el aroma que deberían desprender que dudo mucho fuera a “noche de luna salteña”. Aunque para mí sería sin dudas el olor de la salvación, y por eso el recipiente estaba etiquetado con una frase de mi cosecha personal que no por ser paradójica dejaba de ser una verdad grande como aquel bosque del norte argentino: “fumar puede salvar vidas”.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pobre oso, al final no comió nada... es autobiográfico?

Abrazo del mismo.

Martín

Anónimo dijo...

Parece una de las de "Frank de la Jungla"!
Sin irme por las ramas... ya espero tu próxima aventura!

Un abrazo,

Maricarmen

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