martes, 19 de noviembre de 2013

La pizza también se sirve bien fría

por Javier Debarnot

     Veinte años no es nada, ya lo dice el tango, y al soltar la frase el autor tal vez se quedó tranquilo tarareándola, desconociendo que la mayoría de los mortales le refutaría ese concepto con miles de argumentos, tantos como los que caben en unas nada efímeras dos décadas de existencia. ¿Quién puede decir que no le cambió la vida en todo ese tiempo? ¿Alguien podría tirar la piedra y esconder la mano?

     Fede, que lo que había escondido era la piedra para fumarla más tarde, reflexionaba sobre el avasallante paso del tiempo mientras deambulaba nervioso por el palier de su casa. Se preguntaba quién sería el primero en llegar a la cita, a la anhelada cena del reencuentro para festejar los veinte años de haber acabado el secundario. La ansiedad surfeaba en la cresta de la ola como si estuviera de viaje de egresados, y de aquello también habían pasado veinte años.

     Desde que sonó el primer timbrazo hasta que se acallaron las excusas del último en caer transcurrió una hora casi exacta. Y una vez sacudida la emoción del volverse a ver y hecho el recuento de hijos, matrimonios y divorcios que habían tenido lugar en esas dos décadas, a todos dejó de picarles la curiosidad por las vidas ajenas y empezó a picarles el bagre, mucho más a los que habían dado cuenta de la piedra de Fede. Pero nadie se alarmó, ya que estaba todo programado para que fuera la noche perfecta. Sólo era cuestión de que llamaran a la puerta una vez más y… riiiiiing, así fue.


     A las nueve en punto llegó el equipo de una empresa de pizza-party con toda su artillería. Los celebrantes habían convenido que, por un módico precio por cabeza, los ex -compañeros sólo iban a tener que dedicarse a charlar y pasarla bien, mientras un equipo de profesionales gastronómicos se encargaría de la comida y de manejar la barra libre. Todo era relax. Todo diversión y risas. Los únicos que no daban abasto eran los celulares, que no paraban de abrir y cerrar fotos y videos de hijos haciendo las mil y una.

     Pocos se dieron cuenta de que entre los cinco cocineros había uno que mantenía un perfil no bajo sino enano, se desplazaba con lentitud y procuraba ocultar su rostro tras un gorro con visera y ayudándose con sus torpes manos. Mientras el resto de los empleados se sumaba al tono jocoso de la velada, éste ni abría la boca. De tanto en tanto, enfocaba a alguno de los asistentes y sonreía al verlo engullir un trozo de pizza.

     Promediando las once y media, todos los asistentes habían acribillado como mínimo un par de porciones y la mayoría había probado la de vegetales, que venía en promoción. Pasadas las doce, no menos de veinte habían empezado a marearse, y varios acabaron desplomándose en el salón y la terraza de la casa de Fede. Hasta el más novato de los aprendices de Sherlock Holmes podría confirmar que la intoxicación era evidente.

    Los empleados del pizza-party vieron el tendal de cuerpos desmayados y debieron soportar la furia de los ex–alumnos que seguían en pie y que les pedían explicaciones acorralándolos contra la improvisada barra. Temiendo por un posible linchamiento-party, los cocineros escaparon aún sin cobrar la totalidad de sus servicios (el 50% lo habían pedido por adelantado).

    Pero no todos habían huido. Uno de ellos, aquel que había estado camuflándose entre las sombras, seguía allí presente para disfrutar de su obra cúlmine. Ya no quedaban dudas de que su mano había tenido algo que ver con el caos que se cernía a su alrededor. Entonces, cuando a Fede empezó a apagársele el mundo, contuvo sus últimas fuerzas para hablarle a Alejandra, que estaba en un sillón junto a él, desmayándose a su ritmo.

     -Se sacó el bigote.

    -¿Qué estás diciendo? –le preguntó Ale en plena cuenta regresiva, dos, uno, y cayó redonda sobre el apoyabrazos.

    -“La planta”… ¡qué hijo de puta! –y Fede vio un brillo malicioso en los ojos del falso cocinero, un último destello que le confirmó que era “la planta”, antes de que su cuerpo se reseteara quedándosele la pantalla en negro y sumergiéndolo en una copia de seguridad de veinte años atrás.

     “La planta” fue el apodo con el que habían bautizado a su profesor de literatura durante cuarto y quinto año de su secundaria en un colegio del barrio de Núñez, y el mote no era un rapto de genialidad sino de sentido común, porque el hombre –que en aquella época acusaría treinta y pico- era un auténtico vegetal por su forma apática de hablar, de mover las manos, y hasta de mirar fríamente a los ojos sin siquiera pestañear.

     “La planta”, de quien nadie recuerda su verdadero nombre, fue uno de esos maestros que quedan un tiempo largo en la memoria, pero en su caso sin ningún otro mérito que no fuera el de su aparatosa manera de ser tan graciosa y tan poco humana. Casi ninguno de sus alumnos aprendió alguna lección de literatura dictada por él, pero seguro que todos recordarán su canción por siempre: “es el palo borracho, es el hombre vegetal… el que vino de la selva, de la selva tropical”. Cuando se enojaba, a él no le hervía la sangre, pero en cambio se le ponía en marcha un proceso de fotosíntesis letal en sus entrañas.

     Deben haber sido muchas y variadas las bromas que los alumnos de quinto le hicieron, y quizás le obligaron éstas a pasar horas y horas recostado en el diván de su psicólogo. Tal vez, fiel a su naturaleza, debió “la planta” irse por las ramas para rebuscar en traumas infantiles y encontrar la raíz de esa tortura diaria a la que fue sometido en aquellos años. Pero sin duda la pasó muy mal durante esa temporada del ´93, y a los pocos meses su novia de toda la vida lo dejó plantado en el altar. Y desde ese punto de inflexión y desde su solitaria casa del barrio de Agronomía, comenzó "la planta" a planear, regar y hacer crecer sin prisa su venganza. Que llegó veinte años después envuelta en varias pizzas de vegetales en mal estado. Pero todo no hacía más que empezar.

     Cuando Fede y sus viejos compañeros volvieron en sí, el panorama no invitaba al brindis que habían empezado a ensayar antes de desmayarse. Cada uno veía la nuca del alumno sentado delante suyo en su respectivo pupitre, menos los que estaban primeros en la fila que veían el pizarrón. Sueño o pesadilla, habían vuelto a su aula de quinto del José Ingenieros, atados de manos, pero peor aún: con su uniforme original de aquella época escolar, las tan distintivas prendas negras y amarillas. A la mayoría de las chicas se les revolvió el estómago de sólo imaginar que “la planta” las había desnudado para vestirlas de colegialas otra vez. Y unas cuantas sufrieron arcadas al verse metidas a los treinta y siete en ropa que les quedaba bien en sus dulces diecisiete (con que veinte años no era nada, ¿no?).

     -Examen final –dijo “la planta” llevándose la mano a la sien, y dejándola ahí, inerte, en un tiempo que se hacía eterno, congelándose en ese gesto tan característico suyo, en esa fría noche, quizás de junio, que se hacía aún más helada porque el rector Maino había decidido no encender la calefacción para bajar los gastos.

     -Al que conteste mal, lo mando directo… al infierno.

     Chicos y chicas se miraron y ninguno podía negar que en sus cuerpos negros y amarillos de taxi el miedo había ocupado todos los asientos. El profesor vengador, sabiendo que ya tenía a sus víctimas en el sitio que había soñado durante dos décadas, bajó la mano que había dejado reposar en su frente y la usó para sacar un revólver que apoyó ruidosamente junto a la primera parte del Quijote. Las manchas de sangre podían presagiarse en un futuro cercano y, teniendo en cuenta que el psicópata no pensaba levantarse, quizás iba a saberse que al contrario de los árboles que mueren de pie, las plantas prefieren matar sentadas.

     -Esto no puede estar pasando –dijo Gabriel en voz alta, ladeando la cabeza mientras una gota de sudor frío le recorría una mejilla y él no hacía más que intentar negar una realidad en la que “la planta” ya había desparramado un par de sesos a balazo limpio. Gabi sólo conservaba la calma porque la cuestión se dirimía por orden alfabético, le acababa de tocar el turno a Bronzoni y faltaba bastante para la "p" de Perazzo... ¿tendría balas suficientes?-. Se lo tiene que estar inventando Javi desde algún lugar de España.

     Bueno, desde España o desde donde sea, pensar una historia que involucra parte de mi pasado siempre me resulta un desafío extra porque soy consciente de que me leerán personas que vivieron una misma porción de los hechos, que en este caso comenzaron con una porción envenenada. Claro que yo no estuve ahí, y que esto no es más que una ficción que recreo dándole a las teclas de mi PC, casi siempre por la noche cuando mi mujer y mis hijos ya duermen, y si oigo algún ruido probablemente sea mi primogénito levantándose para ir al baño o para tomar agua, de hecho ahora mismo hay movimientos por la cocina, seguro que Manu me pedirá que… ¿qué carajo hacés acá, loco de mierda, no ves que esto es una casa de familia? Pará, ¡guardá eso!, te juro que me había leído los primeros veinte capítulos del Quijote pero esa pregunta tiene trampa, no, ¡no!, no vayas a…





7 comentarios:

chapi dijo...

Qué lindo homenaje a los compañeros de la secundaria. ¿Hubo reunión? ¿Te mandaron alguna foto o algo?

rcd dijo...

che que bueno,ya se donde no comer pizza

Anónimo dijo...

Esta memoria novelada, también llamada memolada, resalta ciertos hechos ocurridos de tal manera que tiende capilares literarios ocultos uniendo ficción y generando una obra maestra de continuidad artística entre la realidad y la creación humana. Casi nada.

Javi dijo...

Me siento muy halagado por el comentario anterior. Si vuelve por aquí el autor o la autora, me encantaría saber de quién se trata!!!

Gracias...

Anónimo dijo...

Qué bonito final puede ser aquel en el que tu descendencia encuentre la forma de vencer y hacerte ganar en esta batalla del mal y de la venganza.
Me imagino a la niñez, a la inocencia y a la expresividad de tu primogénito... derrotando, bloqueando y aniquilando la mala leche del infértil ser.

MCarmen

yoga dijo...

Recuerdo como si lo estuviera viendo una caricatura de un profe devenido planta. Muy bueno!! Y nunca se sabe el límite entre la realidad y la ficción. Yoga

Anónimo dijo...

Me acuerdo de ese profe x tus comentarios, que loco! Excelente recreación, mezcla de ficcion y terror..... Te imaginas si lo leyera la misma planta! Que miedo!
Muy entretenido, me encantó Javi!
Mari

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