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Mostrando entradas de diciembre, 2013

Un mundo mejor

por Javier Debarnot

     El meteorito, de un tamaño que cubriría la superficie total de Australia, avanzaba a miles de kilómetros por hora en dirección certera e inmodificable hacia la Tierra.
     Cuando los más equipados y preparados científicos lo vieron venir, ya era demasiado tarde. No habría más que un par de semanas para decidir y actuar, y la única salida que vislumbraron factible era el éxodo. Huir antes de que todo lo que existía en el planeta tal como lo conocían dejara de hacerlo en un puñado de segundos. Nada iba a quedar en pie de producirse el impacto del meteorito y, descartando cualquier posibilidad de destruirlo antes de que llegara, las mentes más iluminadas concluyeron que no había otra escapatoria que, precisamente, la escapatoria.
     Por las características de urgencia y elevado costo de la huída, no todos iban a formar parte de ese plan de evacuación, sino más bien algunos privilegiados. Sólo los que tuvieran varios ceros a la derecha en sus cuentas bancarias pod…

Dame aire

por Javier Debarnot

     “Te necesito más que al aire que respiro”. Qué estupidez. Las propias palabras que Óscar le había escrito a una novia en 1996, o sea veinte años atrás, le parecen además de cursis un disparate escrito a destiempo. Hoy, él y gran parte de la humanidad saben muy bien que nada puede valorarse tanto como el oxígeno que respiramos, o más bien que casi ni podemos respirar. Y por eso en 2016 estamos viviendo la cruel disyuntiva de atrincherarnos en modernas cuevas urbanas para evitar el contacto con el aire, o morir.


     Morir rápido y con dolor, con un estertor que estremece a quien pueda oírlo, esa es la última moda en el catálogo de epidemias mortales de la humanidad y nos azota sin piedad desde hace varios meses en todas las grandes ciudades. El veloz deceso es ocasionado por una infección mortal que quema la garganta y arrasa con todos los caminos que conducen a los pulmones, destruyéndolos sin más, y todo por obra y gracia de una contaminación que se ha enquista…

Me importa un cuerno

por Javier Debarnot
     Cuando Rodrigo lanzó la pelota al aire, supo que al impactarla ya no habría vuelta atrás ni tiempo para arrepentirse, y que tendría que estar preparado -¿lo estaba?- para aguantarse la que se le iba a venir encima. Con el rabillo del ojo, mientras la verde fluorescente giraba en su órbita todavía ascendente, miró a su contrincante que no estaba del otro lado de la red sino mucho más cerca. El enemigo observaba expectante a pocos metros, detrás de su propio banco. Su entrenador. Su gran amigo. O al menos así lo había considerado él hasta la noche anterior, la de la traición, durante la velada previa al partido más importante de su vida.
     Rodrigo Morales era un tenista profesional dando sus últimos raquetazos en el circuito. Durante casi diez años había podido mantenerse entre los cincuenta mejores del mundo, incluyendo una temporada fantástica en la que supo colarse entre los top-ten y molestarlos en más de una ocasión. Pero nunca se había quedado con un títu…