martes, 31 de diciembre de 2013

Un mundo mejor

por Javier Debarnot


     El meteorito, de un tamaño que cubriría la superficie total de Australia, avanzaba a miles de kilómetros por hora en dirección certera e inmodificable hacia la Tierra.

     Cuando los más equipados y preparados científicos lo vieron venir, ya era demasiado tarde. No habría más que un par de semanas para decidir y actuar, y la única salida que vislumbraron factible era el éxodo. Huir antes de que todo lo que existía en el planeta tal como lo conocían dejara de hacerlo en un puñado de segundos. Nada iba a quedar en pie de producirse el impacto del meteorito y, descartando cualquier posibilidad de destruirlo antes de que llegara, las mentes más iluminadas concluyeron que no había otra escapatoria que, precisamente, la escapatoria.

     Por las características de urgencia y elevado costo de la huída, no todos iban a formar parte de ese plan de evacuación, sino más bien algunos privilegiados. Sólo los que tuvieran varios ceros a la derecha en sus cuentas bancarias podrían subirse a las naves que ya estaban preparadas para ese tipo de emergencias. Hubo extremo cuidado de que no se filtrara la noticia para no desatar el evidente e inevitable caos. Parecía una misión imposible, pero se logró: el noventa y ocho por ciento de los habitantes de la tierra no se enteraron de que estaban a punto de morir.

     Penetrando en el espacio de la Vía Láctea, el meteorito bautizado como Hércules continuaba con su trayectoria apuntando hacia la atmósfera terrestre, a punto de meterse en ella y desprendiendo centenares de rocas incandescentes a su cósmico y grandilocuente paso.

     De la forma más reservada posible, los grandes directivos de las principales corporaciones y empresas del mundo fueron dejando uno a uno sus cargos. La Operación Éxodo fue cumplida a rajatabla con el máximo grado de confidencialidad, preparándose todos los que estaban involucrados para abordar en los vehículos a las 6 AM correspondiente al huso horario UTC–5:00 regido en muchas ciudades de Estados Unidos. Casi de la noche a la mañana, para asombro de la mayor parte de la población, todos los sitios empezaron a quedar descabezados. Los presidentes y reyes del mundo abdicaron en su gran mayoría, sólo quedando Pepe Mujica y otros pocos mandatarios honestos que, aún sabiendo que se avecinaba el fin del mundo, prefirieron permanecer en sus cargos para “vivirlo” como ciudadanos comunes, es decir, como siempre se habían considerado.

     Cada uno de los millonarios tenía su boleto en primera y única clase en los quinientos transbordadores espaciales que iban a partir a la hora señalada. No llevaban más equipaje que sus joyas y riquezas, y los científicos portaban planos y millones de “gigabytes” de información suficiente para construir una nueva civilización en tiempo récord en su próximo destino: el planeta Mercurio. Estando los afortunados a bordo –afortunados por su suerte y por sus fortunas- partieron dejando tras ellos una Tierra que debería ser devastada en cuestión de horas.

     Hércules ya se había llevado por delante todas las estaciones y satélites puestos por el hombre en la parte de la atmósfera más cercana a la Luna, y continuaba su viaje sin intenciones de detenerse hasta su destino final, el globo terráqueo.

     En nuestro planeta, los habitantes intuían algo extraño por el repentino abandono de los poderosos. Unos pocos, los que se habían enterado del asunto, decidieron comunicárselo sólo a sus círculos más íntimos, conscientes de que no se podría hacer otra cosa más que desear una muerte rápida y sin dolor. A las 12 AM -hora del Pacífico- las personas que en ese momento estaban a cielo abierto vieron una enorme bola surcando las alturas. Aterrorizados, no pudieron hacer más que paralizarse ante tamaña escena, la de un objeto envuelto en llamas que se hacía cada vez más grande a medida que se acercaba a la Tierra.

     Entonces, los humanos y animales y todo ser vivo que poblaba el planeta, no fueron testigos del fin del mundo, sino que presenciaron estupefactos cómo el meteorito -que sólo unos pocos sabían que se trataba de Hércules- siguió de largo y no le ocasionó un mínimo rasguño a la superficie terrestre. Apenas levantó algunas mareas y provocó terremotos nimios en sectores poco habitados sin ocasionar muerte alguna. Y pasadas unas horas del episodio, fue recién allí cuando se comprendió todo, cuando la verdad llegó hasta el último de los ciudadanos comunes y se supo que se habían salvado de una destrucción absoluta, un tremebundo apocalipsis del que esa minúscula porción de gente rica había huido creyéndolo inevitable.

     Hubo unos días de juerga y desenfreno. Hubo fiesta en todos los rincones del planeta por saberse salvados del acabose y la extinción. Y otro motivo añadido para las celebraciones –y nada menor- fue el de haberse librado de las cabezas más poderosas del mundo, que se habían escapado como ratas. No quedaron prácticamente presidentes, ni reyes, ni duques, ni príncipes, ni jeques, ni obispos, ni diputados, ni grandes empresarios, ni prestigiosos cirujanos, ni encumbrados abogados. Todos aquellos que profesaban su amor al vil metal se habían borrado del mapa. La Tierra, contrariamente a las desgracias y plagas y azotes que a principio del tercer milenio presagiaban los videntes y profetas más escépticos, se había librado de su peor lacra: los ricos.

     El problema fue que, asumiendo que no quedaban individuos ejerciendo cargos jerárquicos, no pasaron más que un par de semanas para que sucediera lo inevitable. Que reinara el caos. La anarquía total en toda la regla. Hubo grandes movimientos de violencia, robos y saqueos a mansalva y hasta pequeñas guerras civiles desatadas en diferentes puntos. Podría haberse desencadenado algo peor de aquello de lo que se habían salvado raspando, pero por fortuna, y después de un tiempo oscuro y confuso, acabó reinstalándose la paz. Fue cuestión de que emergieran nuevos líderes, carismáticos, pero no adoradores del poder y los dólares, ya que la mayoría de ellos estaba en su nueva morada de Mercurio.

     A ese planeta habían ido a parar todos los políticos corruptos, mientras que los idealistas y honestos seguían en la Tierra, y vaya que hacían falta. Los médicos que se habían forrado poniendo pechos y labios de plástico, allá lejos. Los que curaban los dolores del corazón, de las vísceras y del alma, aquí se habían quedado. Abogados que mentían para hacer creer que una mega estafa de un funcionario era un ligero desliz o traspapeleo de documentos se habían subido todos juntos a una de las naves. Los que defendían a los que se veían obligados a robar un trozo de pan para calmar su hambre, permanecían en el mundo que estaba volviendo a nacer para beneplácito de la verdadera justicia.

     Pronto se demostró que la buena gente sumada a más buena gente eran capaces de mover montañas, sobre todo si se tenía la certeza de que no crecía mala hierba ni se escondían malas espinas de esas que al final acaban pudriéndolo todo. En un mes después del fallido impacto de Hércules, el mundo empezó a ser un lugar mejor.

     Las fronteras pasaron a ser simples caminos que invitaban a quienes llegaban a ellos a cruzarlos, por la simple razón de conocer esas nuevas y diferentes costumbres, oler y saborear esa comida típica, bailar esa danza tradicional o embriagarse con el néctar de esos frutos macerados pacientemente para que vuelvan a florecer en el alma de quienes los beben.

     La Tierra comenzó a ser una palabra grande en todos los sentidos, y el trabajo en sí cobró un nuevo significado, infinitamente alejado de aquel que los poderosos le habían vendido a la gente durante siglos, enmascarando su única ambición de que otros trabajaran más y más creyéndose dignos aunque no estuvieran haciendo otra cosa que engordar los bolsillos del amo guardándose apenas migajas en los suyos y enflaqueciendo día a día y jornada a jornada su moral, su ánimo y sus sueños. Los nuevos líderes, que ni siquiera querían que se los llamara así, ligaron al auténtico trabajo con la tierra en sí, y de esa forma “trabajar la tierra” pasó a ser la clave de todo.

     En el nuevo mundo, nadie moría de hambre porque se le había enseñado a la gente a conseguir sus propios alimentos, y las personas fueron conscientes de que, actuando como se debía y sin abusos ni alteraciones provocadas a la Madre Tierra, habría comida para los próximos miles y miles de años. La moda dejó de ser un negocio y pasó a ser algo simplemente pintoresco. A ninguno se le ocurría priorizar la vestimenta por sobre otras necesidades básicas como comer, beber o amar. El dinero sucumbió, pero hubo nuevos ricos: todos aquellos que se decidían y animaban a viajar por el mundo sin aviones, sin trenes de alta velocidad, sin móviles ni navegadores GPS. La auténtica riqueza residía en conocer otras culturas, empaparse de las anécdotas de quienes llevaban vidas diferentes pero no por su economía, sólo por sus geografías y sus climas. Todos eran iguales.

     Pero un día las noticias llegaron a Mercurio. Como Hércules había destrozado todas las estaciones espaciales antes de pasar junto a la Tierra, los nuevos “mercurianos” no supieron del guiño del destino del que se había beneficiado su planeta de origen. Vivieron los primeros meses en su nuevo hábitat convencidos de que eran los únicos terrestres con vida, convencidos de que su tierra de origen había sido destruida por el meteorito. Restablecidas las conexiones espaciales, una vez colocados nuevos satélites gracias a su tecnología de avanzada que habían traído en sus naves, un día descubrieron la verdad: que la Tierra estaba intacta y habitable. Y, como a pesar de las riquezas que habían exportado hasta Mercurio su nueva casa no gozaba ni gozaría nunca de las maravillosas cualidades, la flora, la fauna o la diversidad de condiciones climáticas de la Tierra, en menos de una semana deliberaron y se pusieron de acuerdo en que regresarían. Que volverían y se pondrían otra vez al mando, cómo no. De todo y todos. El regreso sería glorioso y no hubo ni uno que quiso quedarse afuera de la operación que llamaron Renacimiento. Iban a salir dos días después.

     Un día antes de que partiera el primer transbordador de Mercurio hacia la Tierra, algo que había permanecido fuera de alcance un tiempo indeterminado regresó a la órbita que circundaba la Vía Láctea. Después de recorrer galaxias lejanas a miles de años luz de la Tierra, el meteorito Hércules volvió a hacerse presente, amenazante y letal. Pero iba en dirección hacia Mercurio. A darle de lleno. Aquella vez, aparentemente sin margen de error posible. No iba a quedar un alma viva. Parece que al final acabarán ganando los buenos.





martes, 17 de diciembre de 2013

Dame aire

por Javier Debarnot


     “Te necesito más que al aire que respiro”. Qué estupidez. Las propias palabras que Óscar le había escrito a una novia en 1996, o sea veinte años atrás, le parecen además de cursis un disparate escrito a destiempo. Hoy, él y gran parte de la humanidad saben muy bien que nada puede valorarse tanto como el oxígeno que respiramos, o más bien que casi ni podemos respirar. Y por eso en 2016 estamos viviendo la cruel disyuntiva de atrincherarnos en modernas cuevas urbanas para evitar el contacto con el aire, o morir.



     Morir rápido y con dolor, con un estertor que estremece a quien pueda oírlo, esa es la última moda en el catálogo de epidemias mortales de la humanidad y nos azota sin piedad desde hace varios meses en todas las grandes ciudades. El veloz deceso es ocasionado por una infección mortal que quema la garganta y arrasa con todos los caminos que conducen a los pulmones, destruyéndolos sin más, y todo por obra y gracia de una contaminación que se ha enquistado en cada molécula de oxígeno de la tierra, como señal de un maleficio que muy pocos vieron venir porque otros pocos se ocuparon de barrer debajo de la alfombra. Por dinero. Por codicia. Por el asco que viene incluido de fábrica en la simple esencia del ser humano, no en la de todos, pero sí los suficientes como para poner en jaque el futuro de la raza que hoy por fin aprendió que respirar no es gratis, sino mortal.

     Óscar está ahora mismo refugiado en un cuartucho donde, de pura casualidad, encontró esa carta devuelta por su ex novia mientras buscaba un dibujo de su hijo Alex. Es su cumpleaños, hoy, 23 de octubre de 2016, o dicho más correctamente, 23-O del año 2 D.D.A. (Después de la Destrucción del Aire). Desde que se separó de la madre del niño, poco favorecido por una nueva ley que suele otorgarle el noventa por ciento de la custodia a la mujer, Óscar apenas ve a Alex una decena de veces al año, complicándosele la situación por su desempleo crónico y por el pequeño detalle de que viven en diferentes puntas de la ciudad, y en medio de ellos hay un mundo enorme, hostil, y para colmo irrespirable. Pero está decidido a hacerle llegar su regalo como sea, y estaría dispuesto incluso a cavar un túnel para llegar a abrazarlo, aunque para ello tendría que haber empezado antes.

     El gran negocio en este nuevo mundo es la aislación. En esta época reluce como el oro todo aquello que sirva para proteger al ser humano del aire contaminado, destacándose unos paneles de fibra de cristal ultra-fuerte que impiden el paso del oxígeno asesino de afuera hacia adentro. Las empresas que lideran este mercado son, vaya casualidad, las mismas que décadas atrás explotaron el petróleo hasta que el medio ambiente dijo basta y voló en mil pedazos. Óscar sabe que los que antes nos vendieron el veneno ahora son los que nos acercan el antídoto en cómodas cuotas.

     Todos lo tienen claro hoy, que los multimillonarios siguen siendo los detestables personajes de siempre que disfrutan jugando con nosotros como marionetas de trapo. Pero el daño ya está hecho. Muchos recuerdan diversas advertencias o alarmas, por ejemplo en 2013, cuando en Barcelona subieron los índices de contaminación al límite, como manos apretando y aprisionando nuestros cuellos, ahogándonos, pero nadie, ni nosotros mismos, hizo nada para quitárnoslas de encima. Los medios de comunicación pasaron a ser, como a lo largo de casi toda su historia, medios de incomunicación una vez que recibieron los generosos sobres de las grandes corporaciones. ¿A quién iba a convenirle que las automotrices o las petroleras tuvieran que pisar el freno o al menos aflojar el pie del acelerador en esa autopista que iban recorriendo, frenéticamente y sin dejar de llenarse los bolsillos, hacia el “no va más” del mundo tal como lo conocíamos? No a ellos. No a los inescrupulosos que priorizan sumar un mísero billete más antes que cuidar cien vidas, y aun así duermen de noche sin que nada afecte a su alma, aunque más no sea por carecer de ella o porque la han vendido a un mejor postor que ni siquiera es el diablo.

     Antes de salir a la calle, Óscar se calza la máscara protectora con el filtro indicado para poder inspirar y sorber sólo la parte del aire no contaminada. No hay otra manera de estar en el exterior, salvo que uno tenga tendencias suicidas. A pesar de que la ciudad a la intemperie parece un desierto, Óscar tiene la extraña sensación de estar siendo observado, pero sin ganas ni tiempo para distraerse, lo único que le importa es entregarle a su hijo el sobre que lleva en un bolsillo interior de su abrigo. Es un tesoro preciado, tan minúsculo en tamaño como gigante en importancia: un puñado de semillas de cilandro. Las plantas son el gran remedio para curar el azote de la contaminación, pero el problema es que han arrasado con casi todas. Afuera es casi imposible encontrar un trozo de verde, y en cambio la gente las quiere para sus hogares. El tráfico de semillas está a la orden del día y Óscar pudo hacerse con unas gracias a unas maniobras y contactos clandestinos. Qué importa de dónde las saqué, le había dicho a un amigo, la cuestión es que Alex pueda tener su pulmón artificial. Y me importa tres carajos lo que piense la madre, repite ahora en voz baja mientras espera el tranvía eléctrico.

     Cuando se trata de intentar tomar un transporte público, la soledad se esfuma de repente y aparece una pequeña multitud, sea el lugar que sea. Óscar maldice porque las treinta y pico de personas que están en la parada incluyéndolo a él seguramente viajarán como sardinas. Aunque no tiene mucho margen para maldecir por su suerte, ya que la indignación se le vuelve asombro y después odio al irrumpir por una calle lateral un vehículo que, a toda velocidad, pasa por delante de todos incluso despeinando a una chica de largos cabellos.

     -¿Pero qué hace esa basura? –dice uno viendo cómo se aleja echando humo.

     El que está junto a Óscar no puede evitarlo y se arranca por unos segundos la máscara, sólo los suficientes para descargar con toda la fuerza de sus vulnerables pulmones el grito de “hijo de mil puta”. El conductor no lo escucha y tampoco le importaría hacerlo. Está cometiendo una grave infracción porque los coches a combustible están prohibidos desde 2015, o desde el 1 D.D.A., aunque sigue habiendo algunos autos que no han sido desmantelados y gente sin conciencia consigue gasolina en el tráfico negro y continúa conduciéndolos entre las sombras para llegar más rápido. La vida de los otros, para ellos vale tan poco como la suya, en la que se mueven en cuanto pueden sobre cuatro ruedas y un tubo de escape que envicia mucho más la naturaleza del aire.

     El muchacho que acaba de descargar su catarata de insultos no sabe que, por la osadía de quitarse durante cinco segundos la máscara, le tocará morir en pocas semanas, una vez que la invasión de partículas tóxicas de la que acaba de ser víctima se refriegue y se mezcle entre sus órganos vitales. Pero ajenos al futuro cercano, el chico y Óscar se meten en el tranvía y se acomodan como pueden, quedando entre muchas personas que se apretujan cara a cara. O máscara a máscara.

     Al bajar, Óscar sabe que le queda un largo tramo. Empieza su caminata y se da cuenta de que con sus pisadas sigue arrastrando la percepción de que alguien lo vigila. Ahora sí que se preocupa y no logra apartarse de esas manías persecutorias. Pero antes de que la paranoia pueda ponerse al mando de su cuerpo, alguien desde atrás le pone un caño frío en la espalda. Lo que tengas, hermano, dame lo que tengas. La exigencia de un amigo de lo ajeno suena nítida en los oídos de Óscar, que le aclara sorprendido que no posee nada de valor, a lo que el otro le aprieta más fuerte el revólver contra su abrigo y le responde que lo vio en el tranvía tocándose un bolsillo más de una vez.

     Óscar sabe que se refiere al paquete para su hijo, y que es probable que tampoco le interese mucho al ladrón, y entonces lo saca, le explica qué es, y no puede creer la reacción que genera en el otro.

     -Tanta historia por unas semillas de mierda –le escupe el descarado delincuente al tiempo que se las arranca de las manos, abre rápido el sobre de polietileno y las deja caer, desparramándose las semillas en el aire y quedando a la merced de un viento que las hace volar en diferentes direcciones. La respuesta de Óscar, teniendo en cuenta que el ladrón tiene en su poder un arma, es desmedida e inconsciente. Le da igual. Acumula toda la impotencia en su mano y la suelta en forma de eléctrico puñetazo directo al estómago, que dobla en dos a su enemigo, que primero se revuelve de dolor y enseguida contraataca. El maleante podría dispararle y acabar con todo, porque el revólver sigue entre sus dedos, pero opta por algo mucho más cobarde y asesino: le arranca la máscara y, llevándosela consigo, huye despavorido.

     La primera respuesta de Óscar, a puro instinto, es taparse la boca y la nariz. Y sabe que debe calmarse. No alcanzaría al ladrón con la ventaja que éste le lleva, y menos estando a cara descubierta. Necesita controlar el poco aire que le queda. Evaluando alternativas, se da cuenta de que no podrá aguantar a la intemperie los veinte minutos que restan para que vuelva a pasar el tranvía, así que camina al sitio cerrado que más cerca se divisa. Es una casilla abandonada que ni siquiera tiene las puertas y ventanas bien selladas, pero Óscar no puede pensárselo ni media vez porque es la única opción que le queda para protegerse. Se desploma allí, y como sus pulmones ya están vacíos, no le queda otra que atrapar una nueva bocanada de aire, ese aire que está podrido y que –Óscar lo sabe- lo aniquilará en menos de media hora de no mediar un milagro. Derrumbado en un rincón oscuro de ese refugio que supone será su última morada, se resigna a una muerte lenta y segura, solitaria, triste. Del mundo que probablemente dejará en minutos, Óscar sólo valora a su pequeño Alex, a quien define quizás como el único que asimismo lo quiere a él. Inspira y expira ya sin preocupaciones, y se reconoce más que nunca como un pobre diablo, o un pez arrancado del agua que boquea cada vez más lento, con espasmos de vida en un cuerpo mortecino, mientras va consumiéndose por dentro sin que nadie lo vea ni le importe.

     A millones de años luz de allí, alguien que no es su hijo Alex vive pendiente de Óscar. A través de infinidad de cámaras, hace rato que lo está espiando y lo hace con paciencia y dedicación, escrutándolo como si fuera un minúsculo insecto en la bandeja de un microscopio. Es Aterya, la observadora fiel, habitante del planeta Zoryus ubicado en una galaxia lejana. Su civilización avanzada controla, además de a la Tierra, a todo el sistema Solar y a otros cientos de sistemas lindantes a la vía láctea. Cada habitante de Zoryus tiene como hobby fisgonear en la vida de algún habitante de los miles de planetas que están a la merced de Silveryum, su padre y el rey. Aterya sabe que puede decirle a él que restaure el aire puro en el mundo de Óscar y que sería una orden hecha efectiva en cuestión de micro-minutos, que es la medida de tiempo que ellos utilizan. También podría pedirle a Silveryum que pulse un botón y acabe con la Tierra con la misma facilidad que tiene un niño para pisar y destruir un hormiguero. Decida lo que decida, y teniendo en cuenta el contexto desde donde Aterya analiza la civilización terrestre, no existen dudas de que Óscar y los otros miles de millones de humanos no tienen más valor que una simple plaga de cucarachas.





martes, 3 de diciembre de 2013

Me importa un cuerno


por Javier Debarnot

     Cuando Rodrigo lanzó la pelota al aire, supo que al impactarla ya no habría vuelta atrás ni tiempo para arrepentirse, y que tendría que estar preparado -¿lo estaba?- para aguantarse la que se le iba a venir encima. Con el rabillo del ojo, mientras la verde fluorescente giraba en su órbita todavía ascendente, miró a su contrincante que no estaba del otro lado de la red sino mucho más cerca. El enemigo observaba expectante a pocos metros, detrás de su propio banco. Su entrenador. Su gran amigo. O al menos así lo había considerado él hasta la noche anterior, la de la traición, durante la velada previa al partido más importante de su vida.

     Rodrigo Morales era un tenista profesional dando sus últimos raquetazos en el circuito. Durante casi diez años había podido mantenerse entre los cincuenta mejores del mundo, incluyendo una temporada fantástica en la que supo colarse entre los top-ten y molestarlos en más de una ocasión. Pero nunca se había quedado con un título grande. Los genes le habían dado un talento talle M suficiente para destacarse entre los mortales, pero escaso para plantarles cara a los fueras de serie y salir airoso de esos peloteos. Era respetado, pero nunca admirado. Los grandes flashes no solían apuntar hacia él, que ya había acostumbrado sus ojos a tener que focalizar las tinieblas del éxito y a sus ya cansadas piernas a vagar por los callejones laterales de la elite del mundo del tenis.

     Esa tarde, antes de disponer del primer match-point con su saque, llevaba conviviendo en las dos horas de final disputadas con un vaivén de reacciones y emociones que bien podrían estar siendo una metáfora de su vida. Estaba jugando el partido más trascendental de su carrera, y antes de haber llegado al clímax en donde podía rubricar su victoria, se había deshecho en un calvario de preguntas y respuestas, en un vía crucis que lo estaba conduciendo al infierno pero que en un segundo pasaba a ser el lecho de rosas que lo arrimaba al paraíso. Todo era un subir y bajar constante, del ostracismo a la gloria en vuelo directo, y enseguida, y también sin escalas, de la panacea al fracaso.

     Gobernando el primer set, justo en el cambio de lado volvió a pensar en la noche anterior. A focalizarla. Su entrenador le estaba diciendo que siguiera así, pegándole duro, y él, que se había prometido dejar “el asunto” de lado y concentrarse sólo en el tenis y en el juego, se dijo para sus adentros que “duro te pegaría a vos, pedazo de hijo de puta”. Aquella tarde, Rodrigo estaba haciendo lo imposible por no permitir que convivieran en su cuerpo el tenista y la persona, los dos en un mismo envase. Pero veía a David, escuchaba sus indicaciones, sus frases que de golpe le sonaban a nada, o a pura mierda y mentiras, y se le volaban todos los papeles. “Con qué autoridad moral me pedís lo que sea, basura”, pensaba en el momento de retornar a la pista.

     Y cuando sin poder evitarlo se encendía otra vez esa licuadora que mezclaba su cerebro con su corazón, el resultado de ese batido era su perdición. Se iba del partido y su rival aparecía otra vez, como un tiburón oliendo sangre, y lo sometía a una tortura que ningún comentarista podía explicar. “Cómo se ha caído incomprensiblemente Morales”, “la final ha dado un vuelco inesperado”, decían dos malhumorados periodistas que en su puta vida le habían dado a una pelotita pero creían poder dilucidar y destripar todos los factores del juego. “Su entrenador David tendrá que hacer algo ya”.

     Su entrenador David se había acostado con su mujer la noche anterior y quién sabe cuántas otras. Y Rodrigo había tenido la pésima suerte de descubrirlo justo a unas horas del crucial partido, el mismo que dependiendo del final iba a permitirle inscribir su nombre entre los grandes o dejarlo en el olvido para siempre, como un tren que se aleja largando un hilo de humo desde el horizonte mientras un guardia gris te palmea la espalda avisándote que se trata del último. Estrenarse como cornudo en una instancia en la que se necesitaba toda la sangre fría del mundo era una empresa harto complicada. Y demasiado estaba haciendo Morales, que apenas había perdido el primer set por un ajustado 7-5.

     El tenis es un deporte en el que, además de saber pegarle como Dios manda a la pelota, es fundamental estar muy bien de la azotea. Allí arriba, y eso lo sabía Rodrigo como la tabla del uno, se deciden gran parte de las probabilidades de triunfo o derrota. Está claro que los mejores jugadores del mundo tienen la capacidad para meter sus tiros en un ángulo, con efecto, pegarle de revés, hacer un globo o rematar con una volea en la red. Todo el manual y más, pero si la cabeza no va bien, mejor saber rezar en varias religiones porque te pasan por arriba. Los continuos subidones y bajones emocionales acompañaban a Rodrigo a casi todos sus partidos, se le metían en el bolso y no había manera de dejarlos de lado. Por eso –lo estaba pensando durante el segundo set del encuentro que más se recordaría de su carrera- toda esa montaña rusa de inyecciones anímicas le daba vueltas y vueltas. Una y otra vez.

     Putísima madre. Después de perder un punto por un error infantil, Rodrigo se insultaba a sí mismo y hacía el ademán de reventar la raqueta contra la dura moqueta, sólo el ademán, aunque hubiera preferido romperla directamente en la cabeza de David. Mientras tomaba su isotónica no podía evadirse del momento en que había entrado a la habitación de su entrenador a devolverle un pen-drive, y había sentido la inconfundible fragancia del perfume de su mujer, que hubiera sido sospechoso pero no contundente, como sí lo fue ver un preservativo usado y el envoltorio de las toallitas íntimas que usaba ella, enterrados y hasta abrazándose en la pequeña papelera del baño con jacuzzi. ¿Se habrían enfiestado cuando Rodrigo miraba viejos partidos de su futuro rival, y mientras él estudiaba los golpes del otro finalista, su mujer y su entrenador alternaban posiciones del Kamasutra? Seguir preguntándose eso cuando ya se estaba preparando para recibir el servicio de su adversario lo confirmaba a Rodrigo como un masoquista de los pies a la cabeza y, por supuesto, lo dejaba sin chances de hacer nada para evitar el saque directo de su enemigo.

     Su enemigo –lo había confirmado hacía rato- era el malnacido de David. Entonces, antes de que empezara a escapársele el partido, decidió ponerle al tenista rival una careta imaginaria de su entrenador. Así lo visualizó Rodrigo. El finalista que estaba del otro lado de la red no era un tenista con quien siempre había tenido buena relación y que sólo deseaba el título para mantenerse entre los mejores; el que corría en la pista de enfrente era el hijo de puta que se había revolcado con su mujer y había logrado como por arte de magia que los movimientos de Rodrigo fueran más lentos. Debía ser el peso de los cuernos, pensó el hombre doblemente engañado, y hasta se reía de su propia ocurrencia, pero lo cierto es que sus tiros empezaban a ir adonde el tablero que tenía en su mente los tele-dirigía. Ganaba en precisión y, a costa de imaginarse a su rival como el tipo que más aborrecía en el mundo, sentía haberse liberado de las dos bolas de hierro que parecían haberse encadenado a sus tobillos un set atrás.

     ¿Tengo que ganar por mí o mejor perder por él? La puta, otra vez lo atormentaban las dudas. Y las coordenadas que tenía hasta hacía un minuto y que le permitían poner la bola donde quería, empezaban a ser códigos incorrectos. Por culpa del dilema de darlo todo para ganar o rendirse para que David se hundiera con él en el barco de su fracaso, por no saber hacia dónde correr –o dejar de hacerlo-, la final volvía a ponerse cuesta arriba. Si me llevo el torneo, pensaba Rodrigo antes de errar un tiro fácil, este traidor tendrá también el crédito, los elogios, y encima atrapará una buena suma de dólares. Si pierdo, cavilaba después de tirar un globo cuando no debía, este hijo de su madre no verá un mísero billete porque nuestro arreglo era que cobraría sólo en caso de victoria. Que se muera, se dijo después de haber tomado otra mala decisión, si es que su cabeza estaba en condiciones de tomar alguna. Yendo de una disyuntiva a la otra, Rodrigo desapareció mentalmente por enésima vez de la final, y todas sus tibiezas pasaron a ser las fortalezas de su rival. Siempre era así, al menos era para él una ciencia casi exacta en toda su trayectoria.

     Recordaba que la época en la que más duro entrenó fue cuando había muerto su padre, y a pesar de sus horas y horas en la pista y en el gimnasio perfeccionando saque, revés y abdominales, pesaban más los tormentos en su cabeza que lo obligaban a vivir en pleno partido la tortuosa relación que había tenido con su padre antes de que falleciera, con el resultado de haber bajado ese año casi hasta el sótano del ranking. Y en cambio había tenido su mejor racha a finales de 2009, coincidiendo con los primeros meses de vida de su hijo, que le quitaba horas de sueño pero le despejaba cualquier fantasma de su mente donde sólo cabían felicidad y más felicidad.

     Haber vuelto a pensar en su primogénito le dio oxígeno y le devolvió a Rodrigo las claves secretas para meter tiros a todos esos lugares donde el rival no puede llegar jamás. Los comentaristas, esa especie de viejas de barrio que sólo saben hablar y criticar vidas ajenas, ya aburrían hablando de su resurrección y vaticinaban su victoria asegurada. Pero tuvieron que tragarse las palabras, quedando al borde de la indigestión, cuando Rodrigo se preguntó si su hijo realmente sería su hijo, visto lo hija de puta que había resultado ser su mujer –porque su odio no estaba focalizado sólo en David-.

     Finalmente llegó a tener esa bola de partido y supo que no habría vuelta atrás. Si le daba con una furia medida, podría firmar el triunfo más grande de su carrera. Si la golpeaba con furia ciega –buscando que de última la pelota rebotara en un par de sitios antes de enterrarse en el ojo derecho de David- era muy probable que dejara pasar la última oportunidad. Y le dio. Le dio con furia. Le dio con furia… medida.

     Después de levantar el trofeo, los organizadores le cedieron el micrófono a Rodrigo para que dijera unas palabras de cara el público, los diez mil que habían abarrotado el estadio, y para los millones que estaban siguiendo la final por televisión. Este triunfo es para vos, arrancó eufórico, para mi entrenador y mi amigo del alma, te pido que te acerques. Cuando David caminó tímidamente hasta el centro de la pista donde se había montado la tarima para la entrega de premios, Rodrigo depositó la copa en sus manos. Su entrenador no cabía en su asombro, porque no era habitual que un jugador compartiera la gloria tan a la vista de todos.

     El partido había tenido un rating televisivo aceptable, pero pronto quedaría como una definición más, olvidada por la mayoría de los mortales. Pero el trozo de vídeo de dos minutos con la palabras de Rodrigo Morales, y sobre todo la cara que se le quedó a David cuando el ganador le dijo “todo lo mío es tuyo, hasta mi mujer”, fue durante varias semanas récord de visitas en YouTube. Es que la gente ve cualquier cosa cuando no sabe qué cuerno hacer.





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