martes, 3 de diciembre de 2013

Me importa un cuerno


por Javier Debarnot

     Cuando Rodrigo lanzó la pelota al aire, supo que al impactarla ya no habría vuelta atrás ni tiempo para arrepentirse, y que tendría que estar preparado -¿lo estaba?- para aguantarse la que se le iba a venir encima. Con el rabillo del ojo, mientras la verde fluorescente giraba en su órbita todavía ascendente, miró a su contrincante que no estaba del otro lado de la red sino mucho más cerca. El enemigo observaba expectante a pocos metros, detrás de su propio banco. Su entrenador. Su gran amigo. O al menos así lo había considerado él hasta la noche anterior, la de la traición, durante la velada previa al partido más importante de su vida.

     Rodrigo Morales era un tenista profesional dando sus últimos raquetazos en el circuito. Durante casi diez años había podido mantenerse entre los cincuenta mejores del mundo, incluyendo una temporada fantástica en la que supo colarse entre los top-ten y molestarlos en más de una ocasión. Pero nunca se había quedado con un título grande. Los genes le habían dado un talento talle M suficiente para destacarse entre los mortales, pero escaso para plantarles cara a los fueras de serie y salir airoso de esos peloteos. Era respetado, pero nunca admirado. Los grandes flashes no solían apuntar hacia él, que ya había acostumbrado sus ojos a tener que focalizar las tinieblas del éxito y a sus ya cansadas piernas a vagar por los callejones laterales de la elite del mundo del tenis.

     Esa tarde, antes de disponer del primer match-point con su saque, llevaba conviviendo en las dos horas de final disputadas con un vaivén de reacciones y emociones que bien podrían estar siendo una metáfora de su vida. Estaba jugando el partido más trascendental de su carrera, y antes de haber llegado al clímax en donde podía rubricar su victoria, se había deshecho en un calvario de preguntas y respuestas, en un vía crucis que lo estaba conduciendo al infierno pero que en un segundo pasaba a ser el lecho de rosas que lo arrimaba al paraíso. Todo era un subir y bajar constante, del ostracismo a la gloria en vuelo directo, y enseguida, y también sin escalas, de la panacea al fracaso.

     Gobernando el primer set, justo en el cambio de lado volvió a pensar en la noche anterior. A focalizarla. Su entrenador le estaba diciendo que siguiera así, pegándole duro, y él, que se había prometido dejar “el asunto” de lado y concentrarse sólo en el tenis y en el juego, se dijo para sus adentros que “duro te pegaría a vos, pedazo de hijo de puta”. Aquella tarde, Rodrigo estaba haciendo lo imposible por no permitir que convivieran en su cuerpo el tenista y la persona, los dos en un mismo envase. Pero veía a David, escuchaba sus indicaciones, sus frases que de golpe le sonaban a nada, o a pura mierda y mentiras, y se le volaban todos los papeles. “Con qué autoridad moral me pedís lo que sea, basura”, pensaba en el momento de retornar a la pista.

     Y cuando sin poder evitarlo se encendía otra vez esa licuadora que mezclaba su cerebro con su corazón, el resultado de ese batido era su perdición. Se iba del partido y su rival aparecía otra vez, como un tiburón oliendo sangre, y lo sometía a una tortura que ningún comentarista podía explicar. “Cómo se ha caído incomprensiblemente Morales”, “la final ha dado un vuelco inesperado”, decían dos malhumorados periodistas que en su puta vida le habían dado a una pelotita pero creían poder dilucidar y destripar todos los factores del juego. “Su entrenador David tendrá que hacer algo ya”.

     Su entrenador David se había acostado con su mujer la noche anterior y quién sabe cuántas otras. Y Rodrigo había tenido la pésima suerte de descubrirlo justo a unas horas del crucial partido, el mismo que dependiendo del final iba a permitirle inscribir su nombre entre los grandes o dejarlo en el olvido para siempre, como un tren que se aleja largando un hilo de humo desde el horizonte mientras un guardia gris te palmea la espalda avisándote que se trata del último. Estrenarse como cornudo en una instancia en la que se necesitaba toda la sangre fría del mundo era una empresa harto complicada. Y demasiado estaba haciendo Morales, que apenas había perdido el primer set por un ajustado 7-5.

     El tenis es un deporte en el que, además de saber pegarle como Dios manda a la pelota, es fundamental estar muy bien de la azotea. Allí arriba, y eso lo sabía Rodrigo como la tabla del uno, se deciden gran parte de las probabilidades de triunfo o derrota. Está claro que los mejores jugadores del mundo tienen la capacidad para meter sus tiros en un ángulo, con efecto, pegarle de revés, hacer un globo o rematar con una volea en la red. Todo el manual y más, pero si la cabeza no va bien, mejor saber rezar en varias religiones porque te pasan por arriba. Los continuos subidones y bajones emocionales acompañaban a Rodrigo a casi todos sus partidos, se le metían en el bolso y no había manera de dejarlos de lado. Por eso –lo estaba pensando durante el segundo set del encuentro que más se recordaría de su carrera- toda esa montaña rusa de inyecciones anímicas le daba vueltas y vueltas. Una y otra vez.

     Putísima madre. Después de perder un punto por un error infantil, Rodrigo se insultaba a sí mismo y hacía el ademán de reventar la raqueta contra la dura moqueta, sólo el ademán, aunque hubiera preferido romperla directamente en la cabeza de David. Mientras tomaba su isotónica no podía evadirse del momento en que había entrado a la habitación de su entrenador a devolverle un pen-drive, y había sentido la inconfundible fragancia del perfume de su mujer, que hubiera sido sospechoso pero no contundente, como sí lo fue ver un preservativo usado y el envoltorio de las toallitas íntimas que usaba ella, enterrados y hasta abrazándose en la pequeña papelera del baño con jacuzzi. ¿Se habrían enfiestado cuando Rodrigo miraba viejos partidos de su futuro rival, y mientras él estudiaba los golpes del otro finalista, su mujer y su entrenador alternaban posiciones del Kamasutra? Seguir preguntándose eso cuando ya se estaba preparando para recibir el servicio de su adversario lo confirmaba a Rodrigo como un masoquista de los pies a la cabeza y, por supuesto, lo dejaba sin chances de hacer nada para evitar el saque directo de su enemigo.

     Su enemigo –lo había confirmado hacía rato- era el malnacido de David. Entonces, antes de que empezara a escapársele el partido, decidió ponerle al tenista rival una careta imaginaria de su entrenador. Así lo visualizó Rodrigo. El finalista que estaba del otro lado de la red no era un tenista con quien siempre había tenido buena relación y que sólo deseaba el título para mantenerse entre los mejores; el que corría en la pista de enfrente era el hijo de puta que se había revolcado con su mujer y había logrado como por arte de magia que los movimientos de Rodrigo fueran más lentos. Debía ser el peso de los cuernos, pensó el hombre doblemente engañado, y hasta se reía de su propia ocurrencia, pero lo cierto es que sus tiros empezaban a ir adonde el tablero que tenía en su mente los tele-dirigía. Ganaba en precisión y, a costa de imaginarse a su rival como el tipo que más aborrecía en el mundo, sentía haberse liberado de las dos bolas de hierro que parecían haberse encadenado a sus tobillos un set atrás.

     ¿Tengo que ganar por mí o mejor perder por él? La puta, otra vez lo atormentaban las dudas. Y las coordenadas que tenía hasta hacía un minuto y que le permitían poner la bola donde quería, empezaban a ser códigos incorrectos. Por culpa del dilema de darlo todo para ganar o rendirse para que David se hundiera con él en el barco de su fracaso, por no saber hacia dónde correr –o dejar de hacerlo-, la final volvía a ponerse cuesta arriba. Si me llevo el torneo, pensaba Rodrigo antes de errar un tiro fácil, este traidor tendrá también el crédito, los elogios, y encima atrapará una buena suma de dólares. Si pierdo, cavilaba después de tirar un globo cuando no debía, este hijo de su madre no verá un mísero billete porque nuestro arreglo era que cobraría sólo en caso de victoria. Que se muera, se dijo después de haber tomado otra mala decisión, si es que su cabeza estaba en condiciones de tomar alguna. Yendo de una disyuntiva a la otra, Rodrigo desapareció mentalmente por enésima vez de la final, y todas sus tibiezas pasaron a ser las fortalezas de su rival. Siempre era así, al menos era para él una ciencia casi exacta en toda su trayectoria.

     Recordaba que la época en la que más duro entrenó fue cuando había muerto su padre, y a pesar de sus horas y horas en la pista y en el gimnasio perfeccionando saque, revés y abdominales, pesaban más los tormentos en su cabeza que lo obligaban a vivir en pleno partido la tortuosa relación que había tenido con su padre antes de que falleciera, con el resultado de haber bajado ese año casi hasta el sótano del ranking. Y en cambio había tenido su mejor racha a finales de 2009, coincidiendo con los primeros meses de vida de su hijo, que le quitaba horas de sueño pero le despejaba cualquier fantasma de su mente donde sólo cabían felicidad y más felicidad.

     Haber vuelto a pensar en su primogénito le dio oxígeno y le devolvió a Rodrigo las claves secretas para meter tiros a todos esos lugares donde el rival no puede llegar jamás. Los comentaristas, esa especie de viejas de barrio que sólo saben hablar y criticar vidas ajenas, ya aburrían hablando de su resurrección y vaticinaban su victoria asegurada. Pero tuvieron que tragarse las palabras, quedando al borde de la indigestión, cuando Rodrigo se preguntó si su hijo realmente sería su hijo, visto lo hija de puta que había resultado ser su mujer –porque su odio no estaba focalizado sólo en David-.

     Finalmente llegó a tener esa bola de partido y supo que no habría vuelta atrás. Si le daba con una furia medida, podría firmar el triunfo más grande de su carrera. Si la golpeaba con furia ciega –buscando que de última la pelota rebotara en un par de sitios antes de enterrarse en el ojo derecho de David- era muy probable que dejara pasar la última oportunidad. Y le dio. Le dio con furia. Le dio con furia… medida.

     Después de levantar el trofeo, los organizadores le cedieron el micrófono a Rodrigo para que dijera unas palabras de cara el público, los diez mil que habían abarrotado el estadio, y para los millones que estaban siguiendo la final por televisión. Este triunfo es para vos, arrancó eufórico, para mi entrenador y mi amigo del alma, te pido que te acerques. Cuando David caminó tímidamente hasta el centro de la pista donde se había montado la tarima para la entrega de premios, Rodrigo depositó la copa en sus manos. Su entrenador no cabía en su asombro, porque no era habitual que un jugador compartiera la gloria tan a la vista de todos.

     El partido había tenido un rating televisivo aceptable, pero pronto quedaría como una definición más, olvidada por la mayoría de los mortales. Pero el trozo de vídeo de dos minutos con la palabras de Rodrigo Morales, y sobre todo la cara que se le quedó a David cuando el ganador le dijo “todo lo mío es tuyo, hasta mi mujer”, fue durante varias semanas récord de visitas en YouTube. Es que la gente ve cualquier cosa cuando no sabe qué cuerno hacer.





3 comentarios:

Anónimo dijo...

Grande.muy divertido.gran dilema

Anónimo dijo...

Una historia bastante creible, aunque con algunos toques fantásticos. Definitivamente no te acordas nada de mi mujer.

Batata clerk

(Gracias por cambiar los nombres)

Anónimo dijo...

Jejejé! A eso se llama ser un ganador!!!

MariCarmen

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